____
______
_________
INDICE En este libro encontraremos las siguientes narraciones, cuentos y poemas: Página
El mundo y yo.....................................................................................
3
La Cucarachita Martina y el Ratoncito Pérez, cuento
5
El lagarto está llorando, poema
12
Idilio de los monitos, poema ...........................................................
13
La reinita charladora, cuento
25
Los patitos del corral, poema
25
El colibrí y la rosa, poema .........................................................
26
Fábula de Esopo
27
Collar, c u e n to .......................................................................................
28
Una historia, poem a...........................................................................
35
El Ángel de la Guarda, poem a........................................................
36
¿Con qué producen las abejas sus zumbidos?...........................
37
La hormiga, la paloma y el cazador...............................................
37
Chirriquitica, cuento
38
Canción de la ranita verde mar, poem a.......................................
46
¿Por qué no debemos pescar peces chiquitos?...........................
47
Un amigo de los animales.............................................
48
El Lobo de Agubio ...........................................................................
49
Romance de don G a to .....................................................................
54
LECTURA
PARA
NIÑOS
Y
ADULTOS
Este es otro libro para el pueblo, publicado por la División de Educación de la Comunidad del Departamento de Instrucción Pública. §Aunque es un libro que divertirá a los mayores, “El Niño y Su Mundo” está dedicado muy especialmente a los niños de nuestros campos puertorriqueños. § Espe ramos que padres, hijos y nietos se regocijen con su lectura. Los niños vivirán en él sus experiencias de hoy. Los padres y los abuelos revivirán en él sus experiencias de ayer. ¿Por qué? Porque para los mayores, la época de la infancia no muere nunca. Los anos infantiles fueron las raíces de la vida adulta. Recordarlos es volver a vivirlos un poco. “El Niño y Su Miítido” por lo tanto, es lectura de ayer y de hoy.
El
MUNDO
Y
YO
Yo no estoy solo. Estoy en el mundo. Y en el mundo hay cosas grandes y pequeñas que tienen vida como la tengo yo. Viven los otros niños de mi edad. Viven las personas ma yores. Viven las plantas. Viven los animales. Yo tengo vida. Pero la flor también tiene vida. Y tiene vida la hormiga. Porque Dios no sólo me dio vida a mí. Se la dio también a las plantas. Se la dio a los animales. La vida es un milagro de Dios. Pero ese milagro no lo hizo Dios para mí solo. Lo hizo para el coquí. Y para el pitirre. Y para la flor de majagua. Y para la mata de plátano. Porque mi vida me la dio Dios, yo la respeto. Pero como la vida Dios se la dio también a otros, yo respeto la vida de los demás. No importa que sea la vida de una persona, de una planta o de un animal. Plantas, animales, personas, todos somos hijos de Dios. To dos nos parecemos en una cosa: en que vivimos. La vida me une al ruiseñor. Y a la hormiga. Y al perro. Y a la palma de coco. Y a la flor del cupey. Este milagro de la vida es tan grande que aún cuando cie rro los ojos hago vivir a otros seres. Cuando pienso o cuando sueño
mi mundo sigue viviendo, Y hago que la vida de plantas y ani males se parezca a la mía. Y hago que hablen las flores. Y hago que hablen los animales, Y le doy vida a otros seres que no son ni personas, ni plantas, ni animales. Doy vida en mi mente a las hadas, a los ángeles, a los duendes. Esos seres que viven en mi mente solo yo los entiendo. No los entenderán quizás los mayores. Pero yo sí los entiendo. Por eso entiendo los cuentos. Y los poemas de animales que hablan. Por eso entiendo a Francisco de Asís dominando al lobo. Y me da mucha pena la desgracia del Ratoncito Pérez. Y me alegra la boda de Ghirriquitica. Por eso todo lo que tiene este libro es parte de mi mundo. Del mundo real que vive a mi alrededor. O del mundo de sueños que yo hago vivir en mi mente. Este es mi mundo. No estoy solo en él. Yo tengo vida, Pero también tiene vida la hormiga. Y el coquí. Y la flor del flamboyán. La vida me une a todo lo que me rodea. No estoy solo en el mundo. . .
L A CUCARACHITA M A R T IN A Y EL R ATO N C ITO P E R E Z (A d a p ta c ió n p u e r to r r iq u e ñ a d e un cu e n to m m j v iejo )
Había una vez una cucarachita muy trabajadora y muy limpia que vivía so la en su casita. Se llamaba Martina. Y te nía fama en el barrio de hacer unas so pas de cebolla como para chuparse los dedos. Una cucaracha que sabe hacer sopas de cebolla no se da todos los días. Y por eso Martina tenía muchos pretendientes Pero ella no se ocupaba de esas cosas. Aunque, eso sí, apreciaba muchísimo a un vecino suyo: el ratoncito Pérez. Pues bien, estaba un día Martina ha ciendo la limpieza del batey, cuando vio algo que brillaba en el suelo. Dejó la es coba y se agachó para coger la cosa que tanto brillaba. ¿Qué creen ustedes que era? Un centavito nuevo y reluciente. Para una cucaracha encontrarse un centavo es igual que para nosotros encon tramos el tesoro de Cofresí. Por eso Mar tina se puso contenta. Y empezó a cavi lar lo que compraría con el centavito. Pensó en comprar dulces. Pero le co gió miedo a una indigestión. Pensó en comprarse unas pantallas. Pero como no 5
tenía orejas, rechazó la idea de las pan tallas. Fue a mirarse al espejo. Y vio lo mucho que le brillaba la nariz. ¡Claro! Necesitaba polvos para la cara. Y así fue como la cucarachita Martina se compró una gran caja de polvos de arroz. Esa tarde Martina, después de dejar la casa limpia como un dije, se sentó a la entrada de su vivienda. Se había em polvado de lo lindo. Se había puesto tan to y tanto polvo que parecía lo que era, una cucarachita Martina. A nosotros nos da gracias ver a una cucaracha empolva da. Pero los pretendientes de la cucarachita la encontraron más bonita que nun ca. Y se acercaron para proponerle ma trimonio. Primero vino el Torito. Y dijo: —Cucarachita Martina, ¡qué linda es tás! Y ella muy modesta contestó: —Como no soy bonita, te lo agradezco más. Y el Torito, muy zalamero, preguntó: —¿Te quieres casar conmigo? En vez de contestar, la cucarachita preguntó: —A ver, ¿qué haces de noche? Y el Torito respondió: —¡Muuu! ¡Muuu!
—¡Ay, no, Torito, que me asustarás! El Torito se retiró muy cabizbajo. Y vino el Perrito. Y el Perrito dijo: —Cucarachita Martina, ¡qué linda es tás! —Como no soy bonita, te lo agradezco más. —¿Te quieres casar conmigo? —pre guntó el Perrito. —A ver, ¿qué haces de noche? — pre guntó ella. —¡Guau, guau, guau! — ladró el Perrito. —¡Ay, no, no; que me asustarás! Y el Perrito se alejó con el rabo entre las patas. Entonces vino el Gallito. Y el Gallito dijo: —Cucarachita Martina, ¡qué linda es tás! —Como no soy bonita, te lo agradezco más. —¿Te quieres casar conmigo? —A ver, ¿qué haces de noche? ¡Quiquiriquiiii! — cantó el Gallito. —¡Ay, no, no; que me asustarás! —dijo Martina. Y el Gallito se fue cantando bajito. Y vino el Chivito. Y el Chivito dijo:
—Cucarachita Martina, ¡qué linda es tás!
' —Como no soy bonita, te lo agradezco
más. —¿Te quieres casar conmigo? —A ver, ¿qué haces de noche? — pre guntó ella. —¡Bee, beee! — gritó el Chivito. —¡Ay, no, no; que me asustarás! Y el Chivito se fue llorando por las calabazas que le había dado la Cucarachita Martina. Estaba ya obscureciendo cuando pasó por allí el Ratoncito Pérez. A Martina le dio un vuelco el corazón. ¿Le diría algo el Ratoncito Pérez? Y el Ratoncito Péres se turbó todo cuando vio a su vecinita sentada a la puerta. Porque era muy tímido. Pero en verdad estaba tan linda la cucarachita con su cara empolvada, que el ratoncito no se pudo contener. —Cucarachita Martina, ¡qué linda es tás! —Como no soy bonita, te lo agradezco más. —¿Te quieres casar conmigo? —A ver, ¿qué haces de noche? —¡Dormir y callar! ¡Dormir y callar! —dijo muy humildemente el Ratoncito Pérez.
—Pues contigo me he de casar — gritó la Cucarachita Martina. Y así fue como esos dos vecinitos se comprometieron. Y al día siguiente se casaron. Y vivieron muy felices. Pero. . . Solo una cosa apenaba a la Cucarachi ta Martina. Y era lo goloso que había resultado ser su marido. El pobre Raton cito Pérez siempre estaba metiéndose en líos por lo lambío que era. La Cucarachi ta estaba cansada de decírselo: —Ten cuidado, maridito, que cualquier día vas a pasar un susto. Y el susto vino. ¡Y qué susto! Su mujer le había dicho que no se acercara a las ratoneras. Pero el Raton cito olió el queso y perdió la sesera. Se fue derechito a la ratonera que había puesto un campesino en su tala. Calcu ló que cogiendo el cantito de queso muy aprisa podía escapar. Pero calculó mal. Porque por mucha prisa que se dio, la ratonera de cantazo cayó como una bom ba atómica y le pilló el rabito. La Cucarachita Martina se fue a vol ver loca cuando vio a su marido sin ra bo. Pero luego se consoló pensando que aquel susto le serviría de escarmiento.
¡Eso se creía ella! ¿Cuándo han visto ustedes que un ratón escarmienta? ¡Y mu cho menos si es casado! Está visto y requetevisto. Los maridos que no toman en cuenta lo que les dicen sus mujercitas, llevan las de perder. Y el Ratoncito Pérez lo perdió todo. ¡Todo! ¡Hasta la vida! La cosa pasó así: Un día la Cucarachita Martina tuvo que salir de compras. Tenía puesta la olla en las tres piedras del fogón. Por que estaba haciendo una de sus famosas sopas de cebollas. Pues bien, antes de sa lir le dijo a su marido: —Maridito, menea la olla con la cu chara de palo. Pero ten cuidado. No te acerques mucho al fuego, que te puedes quemar. El Ratoncito Pérez prometió menear la olla con mucho cuidado. Y despidió a su mujercita con un beso en la frente. Pero cuando le tocó menear la olla sin tió un olor tan rico y tan rico a sopa de cebollas, que no se pudo contener. Se trepó en la olla caliente y quiso pescar una cebolla que ya estaba doradita. Sí, sí. ¡Cualquiera pesca en agua hirviendo! El Ratoncito Pérez dio un resbalón y, ¡zas!, cayó de cabeza dentro de la sopa.
Al poco rato llegó la Cucarachita Mar- _ tina con su paquete de compras. Como no vio a su marido por ninguna parte creyó que había ido un momento a la letrina. Y se puso a atender la sopa. Pero cuando Martina fue a menear la olla con la cu chara de palo . . . ¡qué dolor sintió! Vio a su pobre marido, al lambío de su marido, flotando muertecito en la sopa hirviendo. ¡Pobre Cucarachita Martina! A sus gri tos vinieron los vecinos. Y esa noche cele braron el velorio del Ratoncito Pérez. La viuda estaba inconsolable. Ni siquiera se puso polvos de arroz en la cara. Y los ve-
El lagarto está llorando, la lagarta está llorando. El lagarto y la lagarta con delantalitos blancos han perdido sin querer su anillo de desposados. ¡Ay, su anillito de plomo, ay, su anillito plomado! Un cielo grande y sin gente monta en su globo a los pájaros. El sol, capitán redondo, lleva un chaleco de raso. ¡Miradlos qué viejos son! ¡Qué viejos son los lagartos! ¡Ay, cómo lloran y lloran; ay, ay, cómo están llorando! F e d e r ic o G a rcía L o r c a
( español)
I D I L I O DE LOS M O N I T O S
LA
REINITA
CHARLADORA
Erase una vez que vivía en un campo de Lares un mucha chito llamado Héctor José. Tenía siete años de edad y era alegre y muy bueno. Amaba mucho a sus padres y a sus hermanos mayores. Un día, su hermana le trajo de la capital un libro muy bo nito. Era un libro de hadas y duendes. Héctor José, loco de alegría, besó a su hermana y corrió a tenderse bajo un árbol de mango a leerlo. En sus páginas había estampas de hadas. Eran bellísimas niñas y mujercitas con alas transparentes. Cada una de ellas tenía una varita de oro con una estrella en la punta. Los duendes eran hombrecitos muy pequeños, con barba larga que les llegaba hasta las rodillas. De repente, el niño cerró el libro. Se le había ocurrido una idea. ¿No habría hadas y duendes en el monte? ¡Seguramente que entre las flores y los cafetos deberían estar las hadas es condidas! Se levantó y miró en dirección de su casa. No había nadie mirándolo. Corrió por el caminito, entre las amapolas, y llegó a la cerca. Era una alambrada con púas. Se coló por entre dos alambres con tan mala suerte que el pantalón se enganchó en una púa. ¡Pobre pantalón nuevo! Pero Héctor José no se detuvo. ¡No, señor! ¡Tenía que encontrar las hadas! Caminó mucho. Pasó por quebradas saltando sobre las pie dras. Pasó junto a los altos capás. Caminó por entre los bohíos de sus amigos campesinos. Buscaba por todas partes, pero no encontraba a las bellas mujercitas con alas. Oyendo el canto de un zorzal, se apartó del camino y se metió dentro del monte. Guiado por el trino del pajarito, llegó
a un claro. Una quebradita bajaba por entre grandes piedras cubiertas de lama. Los árboles no dejaban pasar el sol, y el sitio era muy fresco. Cansado, Héctor José se sentó en una piedra, al borde de la quebrada. Abrió el libro y miró las estampas de nuevo. ¿Dónde estarían escondidas las hadas? —¿Cómo te llamas? Al oír la pregunta Héctor José saltó de su asiento. ¿Quién le hablaba? Buscó con la mirada y no vio a nadie. —¿Cómo te llamas? ¿Qué?. . . ¿Te comieron la lengua los ratones? Héctor José sintió ganas de echar a correr. Oía una voz, pero no podía ver a nadie. Juntando valor, preguntó suavemente: —¿Dónde estás? —Aquí. . ., ¿no me ves? Aquí arriba. . . Héctor José miró en di rección a la voz, hacia un árbol de toronjas, y vio. . . ¡una
reinita!
Acercándose
al palo preguntó con voz temblorosa^
—¿Tú eres la que me hablas? —Yo misma. . ., y no estoy acostumbrada a que me hagan esperar tanto. Héctor José se fijó bien y vio que la reinita tenía una corona de flores en la cabeza. Héctor José se acercó a ella. La reinita dio un salto hacia atrás y dijo: —No te acerques más sin hacer una reverencia. A las rei nas como yo se nos saluda. Héctor José había leído sobre ésto, y doblando la rodilla, se inclinó ante la reinita. —Así es mejor. ¡Jum! Ahora puedes acercarte, Héctor José. El niño se acercó un poco más. —¿Cómo sabes mi nombre? —Tontillo. . ., yo lo sé todo. Sé que vives en‘una casa grande de tablas, que eres bueno y que andas buscando hadas. Al oírla, Héctor José sacó el libro, que tenía escondido tras . la espalda, y se lo enseñó. —¿Tú no sabes dónde hay hadas? —Aquí no hay hadas — repuso ella orgullosa —; ésas son de otros países. —¡Oh! — repuso Héctor José con tristeza. La reinita miró al niño y sintió pena. Acercándose más a él le dijo: —Pero hay el reino de las aves y las flores. ¿Quieres verlo? El niño asintió lleno de alegría. Ella entonces dijo: —Pues, bien, espérame aquí, que vengo ya mismo. No te vayas, ¿ah? Héctor José la vio alejarse volando entre los árboles. ¡Cuan-
do él contase en su casa lo que le había pasado! ¡Una reinita que hablaba y tenía corona! i Al rato, la vio venir trayendo en su pico una frutita roja. —Toma — dijo poniéndola en la piedra —, ésta es una bayita de café mágico. Chúpala. Héctor José tomó la bayita y la llevó a la boca. ¿Qué le pasaría? Al chuparla, notó una sensación muy rara. Le parecía que la reinita se iba haciendo más grande, grande, grande ••• ¡Uy!, ¡pero era él que estaba tan chiquito como ella! La bayita lo había he cho ponerse pequeñito.
—Ahora puedes venir conmigo al reino de las aves y las flores. Y acto seguido, lo invitó a montarse sobre ella. Héctor José lo hizo así. ¡Qué alegría! ¡Volar sobre una reinita! ¡Quién lo iba a creer! Volaron mucho y al fin la reinita descendió en un bellísimo jardín. Héctor José abría los ojos de admiración. Vio un gran bohío de cristales en el centro de un pueblo. Todas las casitas eran de flores y cristales. Por las calles vio calandrias, medio-pesos, machangos y ruiseñores. Todos vestidos con telas de plumas de muchos colores. Los machangos llevaban espadas y gorras coloradas. Debían ser los soldados. Vio muchas flores caminando por los parques. Margaritas, lirios, glorias de la mañana, pensamientos. ¡Muchas, muchas! ¡Héctor José se reía de puro contento! La reinita se posó en la plaza frente al bohío. Desde lo alto del bohío un bien-te-veo vestido como un capitán gritó: —¡Bien-te-veo, reina amada! Un ruiseñor mayordomo salió y se inclinó ante la reinita: —¡Majestad! —Este es Héctor José, un niño bueno. Viene a visitarnos. Prepárele una habitación junto a la mía. Héctor José se volvió a ella y le dijo: —Pero yo tengo que regresar hoy mismo. Mi mamá me estará buscando. —Muchacho, los días en el reino de las aves y las flores son minutos en tu casa. No te apures. Consolado por estas palabras, Héctor José aceptó quedarse. Entraron al bohío, que por dentro brillaba como el sol. Héctor
José pasó la mano por una de las paredes y probó el dedn. ¡Era de azúcar! Con disimulo, arrancó un pedacito y se lo comió. Esa noche las aves y las flores dieron un baile en honor de Héctor José. ¡Qué mucho gozó! Vio bailar a cotorras con ma changos, y zorzales con calandrias, jazmines con maracas, ama polas con lirios, rosas, gardenias, claveles, geranios... ¡Oh! ¡Qué muchas flores bellas! Cantaron muchas aves. El dulce ruiseñor, la picoreta ca landria, el bravo pitirre, el alegre gorrión. ¡Se repartieron dulces y jugos de flores! Héctor José no cabía en sí mismo, de gozo! ¡Todos lo querían y lo besaban! ¡Qué feliz era! Así pasaron días y semanas. Las aves montaban a Héctor José y lo paseaban por el reino. Todo era risa, alegría y amor. Pero a Héctor José le hacían falta sus padres y un día fue donde la reina y le dijo: —Reinita, reinita, yo quiero ver a mamá.
Ella lo miró y repuso: —¿No eres feliz aquí? —S í. . ., pero quiero ver a mamá y a papá. A la reinita no le gustó que Héctor José quisiera irse. Ella le había cogido mucho cariño. Pero sabía que a los niños les hacen falta sus papás. —Bien. . . , volverás a tu casa. —Y . . . ¿podré venir aquí otro día? La reinita lo miró con tristeza y dijo: —Eso no es posible. Los humanos sólo pueden venir una vez aquí. Al oírla, Héctor José sintió una gran pena. —Pero — añadió la reinita — a mí me verás siempre en el monte. Y también a los demás: las flores, los pitirres, los rui señores. Lo único, que no te podremos hablar. Pero tú ya sabes que nosotros vivimos como ustedes. Ahora tú puedes decirle a todos tus amiguitos que nos traten bien. Que no nos tiren con piedras ni hondas. Que no maten las flores. Que nosotros no podemos hablarles. Pero trinamos canciones para ellos, y las flores dan perfumes en vez de palabras. Así que tú serás como un em bajador nuestro. Para que nos defiendas. . . ¿Sí? Héctor José asintió lleno de alegría. Se sentía muy impor tante. La reinita buscó una bayita verde de café y se la dió al niño diciéndole: —Chúpala y volverás al monte otra vez. El niño abrazó a la reinita, que lloraba de pena, y chupó la bayita mágica. Tuvo una sensación rara y de pronto todo se borró ante él. \
Sintió unos, brazos grandes que lo sacudían. Y oyó muchas voces. Abrió los ojos y vio a sus padres frente a éi. Miró a sus
hermanos con jachos encendidos. Se diĂł cuenta que estaba en el claro del monte donde habĂa hallado la reinita. i
La madre lo abrazaba llorando y riĂŠndose a la vez.
—¡Gracias a Dios! Creíamos que te habías perdido. —No, mami. Si yo estaba en el rei no de las aves y las flores. —Estabas dormido aquí, Héctor—re puso uno de sus hermanos. —No. Yo salí a buscar hadas y me Entonces Héctor contó la historia. Sus padres no respondieron, pero lo tomaron en brazos pa ra conducirlo a la casa. Héctor José pensaba si todo habría sido un sueño. De re pente oyó un dulce trino. Miró hacia arriba, y a la luz de los jachos vió una reinita cantando. ¡Una reinita cantando de noche! —Mírala, m am i.. ., mírala — gritó alegre. —Allí. . . Allí. . . La madre vio la reinita en un árbol. Y no supo bien si fue el destello de los jachos o el reflejo de la luna entre las hojas, pero habría jurado ver algo en la cabeza de la reinita. Sí, una corona de flores con gotas de rocío que temblaban como diamantes.
j^í/ ¡t&dhnJsi Juan Bautista Grosso (Argentino) ¡Pirulín! ¡Pirulán! Los patitos del corral, en hileras ya se van, muy contentos a nadar, a la charca de cristal. ¡Pirulín! ¡Pirulán! El gallito catalán con los patos no se va, porque dice
¡Pirulín!
que jamás
¡Pirulán!
él un baño
Vamos todos
tomará.
a cantar con los patos del corral, que se fueron a nadar a la charca de cristal.
COLLAR Collar y yo éramos como dos hermanos. Nos criamos juntos. Lo trajo papá a casa, cachorrito, cuando yo tenía cinco años. Desde entonces, mi “sombra” y yo, como decía mamá, éramos inseparables. “Panchito, vente a comer”, decía ella. Y allá íbamos Collar y yo a sentarnos en nuestro rincón en la cocina. El comía de mi plato cuando creía que había esperado demasiado su ración. Yo lo regañaba, no porque me molestara su atrevimiento, sino para tener contenta a mamá. Porque mamá se ponía que picaba con las cosas de mi perro. “Mira, muchacho, ¿cómo vas a dejar que ese chingo te dañe la comida?” — gritaba ella. Pero mi perro no era ningún chingo. Yo lo encontraba mejor que alguna gente. Era un gran amigo.
Cuando salíamos para el monte, se iba adelante rastreando, paraba las orejas, y pegaba carrera persiguiendo algo. Escarbaba como loco entre las raíces cuando hallaba una cueva de ratas. Y metía la nariz olfateando la presa. Yo lo azuzaba y él respondía con gruñidos y caracoleos. A veces yo aprovechaba que él estuviera entretenido bus cando entre las cepas de matojos. Entonces me le escondía en el bejucal, donde me quedaba quieto, como muerto. Al momento sentía sus pasos por la vereda. Pasaba de largo por donde yo es taba, pero volvía a buscarme. Al descubrirme, sus alegres ladridos y el meneo de su cola decían más que todas las palabras. Una lástima que mi perro no hablara. ¡Me hubiera dicho tantas cosas! Nos bañábanlos juntos. Se tiraba al charco primero. Y en lo que me quitaba la ropa ya estaba él a mi lado, sacudiéndose de aquel primer chapuzón. En ocasiones yo zambullía hondo. Y, sin que él se diera cuenta, me ocultaba detrás de una peña, entre los juncos y el jengibrillo. i
Collar se quedaba nadando un rato esperando mi salida.
Pero después volvía a la orilla. Daba un par de carreras deses peradas, ladrando. Se tiraba al agua de nuevo y me buscaba por todo el charco. Había perdido mi rastro y, cansado, salía a la orilla, aullando que daba pena. A mí entonces me remordía tanto mi proceder que buscaba contentarlo. Metía la mano en las piedras y casi siempre agarra ba una buruquena o un camarón. Con un grito de alegría se lo lanzaba a la arena. Collar cruzaba el charco, me ponía las patas sobre el pecho, y trataba de lamerme el rostro. Luego se dedicaba a jugar con el camarón en la arena, cucándolo y huyendo a saltos.
\
dábamos vueltas por los cafetos sin lograr ver nada. Pero lo cierto era que nos estaban faltando los pollos. Otro día vimos que en los chinos había un plumero. Plu mas color canela, pardas. Tuve mis sospechas y fui a ver el nido de la perdiz que estaba echada en el tronco viejo. Allí estaban los pichones, boquiabiertos, esperando a sus padres que no vol verían ya. Estaban emplumando y cebados como bolitas. No ha bía duda. El que había matado a los padres de las perdicitas era el mismo que nos robaba los pollos. Collar había comenzado a rastrear las huellas desde el plu mero y, como de costumbre, iba gruñendo y chillando mientras olía la hojarasca. Yo*seguí detrás de él. Dio vueltas y revueltas hasta que se adentró en el monte. En las pomarrosas descubrió una cueva de boca ancha. Collar empezó a escarbar sin cesar. Yo me di cuenta de que la cueva tenía otra salida y me puse a ta parla con pedazos de palo y hojarasca. Allí dentro estaba el ani mal que se había comido las perdices. Collar cavaba con sus uñas desesperadamente y resoplaba cada vez más fuerte. Entonces soltó un chillido. De dentro de la cueva algo le había arañado el hocico. Pero Collar era valiente y siguió escarbando. De momento tiró la zarpa y se trajo algo agarrado. Era una mangosta. Salió otra de la cueva y le mordió el hocico. Collar, de un zarpazo, la tiró adentro y siguió la lucha. Yo estaba loco por ayudar a mi amigo, pero no podía. La cabeza de Collar ocupaba toda la entrada y mi ayuda no le servía de nada. En pocos minutos Collar venció a las dos mangostas. Yo estaba orgulloso de mi perro. De regreso cogí las perdicitas y me las llevé para casa. Como estábamos en la cosecha de chinas me sería fácil criarlas con las semillas. Durante los días que siguieron Collar se convirtió en un
verdadero cazador de mangostas. Cuando menos yo lo esperaba, salía disparado de mi lado. Al rato sus ladridos de triunfo me avisaban que había vencido a otro de sus enemigos.
El gallinero progresó. Los pajaritos se veían más conten tos. El zorzal, con su nidito de bruscas en el palo de panas, se tiraba sin temor al suelo a buscar gusanos y semillas. Las calandrias, en su hamaquita colgada de las pencas de la palma, cantaban su más linda canción. El cau-cau de la pájara boba se oía más a menudo en los camaseyes. Los pájaros carpinteros charlaban su qué-que-re-qué en los palos viejos. Las reinitas volvieron a comer del azúcar que yo les ponía en las tapitas. Y mis perdicitas co rreteaban por el batey. Y se paseaban por los cafetos con las ga llinas, que no alcanzaban a picarlas. Pero una mañana no cantó el zorzal, ni silbó la calandria, ni gorjeó el bienteveo. Las gallinas se levantaron cacareando, azo radas, como anunciando algo. Yo me tiré del catre primero que los demás, como de costumbre. Pero al abrir la puerta no encon tré a nadie que me saludara. “¡Collar} ¡Collar! ¡Collar!” — grité. Mi perro, mi amigo, no respondía a mi llamada. Corrí al batey. Di la vuelta a la casa. “¡Collar! ¡Collar!” Lo busqué por todos lados. Corriendo. Gri tando. “¡Collar! ¡Collar!”
Y entonces, lo vi. Lo vi tendido en la grama húmeda, su boca espumosa, sus ojos vidriosos. Recordé su pelea con las mangostas. Comprendí que había muerto de rabia. El halna acabado con las mangostas, pero había dado su vida en cambio. Me arrodillé a su lado y le pedí a Dios que me diera valor para enterrarlo. Hice una sepultura al lado del batey donde tan tas veces jugamos juntos. Y me puse en el alma estas palabras: “Aquí, en mi corazón, está Collar, el mejor de los amigos”. No pude menos que llorar su partida como también la lloraron nuestros amigos los pájaros.
/
UNA
HISTORIA
Oculta en el corazón de una pequeña semilla, bajo la tierra, una planta en profunda paz dormía. —¡Despierta! — el calor le dijo. —¡Despierta! — la lluvia fría. La planta, que oyó el llamado, quiso ver lo que ocurría. Se puso un vestido verde y estiró el cuerpo hacia arriba. De toda planta que nace esta es la historia sencilla.
M an u el F e r n á n d e z Ju n c o s ( p u e r to r r iq u e ñ o )
EL
ANGEL
DE
LA
GUARDA
En Ángel de la Guarda tiene un ala en el cielo y otra en tu alma, niñito bueno, y otra en tu alma. Suspendidos al viento cuerpo y mirada, niñito bueno, cuerpo y mirada. Pregúntaselo al árbol y a la calandria y a las flores silvestres y a la encantada, niñito bueno,
Y verás si te dicen
y a la encantada.
lo que te cuento, que el Ángel de la Guarda mima tus sueños, niñito bueno, mima tu sueño. El Ángel de la Guarda niñito bueno, ¡tiene un ala en tu alma y otra en el cielo! C a rm elin a V iz ca rron d o ( p u e r to r r iq u e ñ a )
¿CON QUE PRODUCEN LAS ABEJAS SUS ZUMBIOOS? El zumbido de las abejas y de otros muchos insectos lo pro ducen sus alas. Las abejas frotan un ala contra la otra hasta que producen ese sonido que nosotros llamamos zumbido. El mo vimiento de las alas es rapidísimo, tan rápido que no podemos verlo. Pero sí podemos oír el sonido que producen las alas al
moverse. Ese es el zumbido.
LA HORMIGA, LA PALOMA Y EL CAZADOR Habiéndose caído una hormiga en el agua, se hubiera aho gado si una caritativa paloma no le hubiese echado desde un árbol una rama. Así pudo la hormiga salvarse. Llega en esto un cazador y prepara su arco para tirar a la paloma. La pobre hormiga, viendo el peligro que corre su bienhechora, se adelan
ta y da un fuerte picotazo en el pie al cazador. El picotazo obli gó al cazador a volver la cara y dejar caer la flecha. Al ruido que hizo la flecha al caer, advirtió la paloma el peligro, y escapó. A m or c o n a m o r se p a g a .
/
CHIRRIQ (JUICA (Adaptación de un cuento europeo) Erase una vez y dos son tres que vivía una viejecita en un país lejano. Estaba siempre sola porque no tenía hijos ni parientes. Una vez fue donde un hadá para pedirle que le diese alguien que la acompañara. Cuando el hada la oyó, le dio un gra nito de arroz y le dijo que lo sembrase. Y que esperara a ver lo que ocurría. La viejecita le preguntó qué iba a suceder pero el hada no quiso decirle. La viejecita corrió a su casa y sembró el giano de arroz. Pasados dos días, del granito salió una mata con un bellísimo capullo aún cerrado. Cuando la viejecita lo vio, dijo: —Pero ¿cómo me va a dar compañía un capullo de rosa? Y ante su asombro, el capullo se abrió y apareció sentada en el medio del mismo una hermosa niña. Tan linda era que la viejecita lloró de alegría. La niña era más chiquita que una mariposa y por eso, por ser tan chiquita, la llamó Chirriquitica. La viejecita le preparó una cama con una cáscara de nuez llena de pétalos de
rosa. Luego, para que se divirtiera, le colocó en un plato lleno de agua una hoja de tulipán para que se pasease en ella. ¿Saben lo que Chirriquitica usaba como remos? ¿A que nadie lo adivina? ¡Dos agujas de coser! La viejecita y Chirriquitica vivieron muy felices. Se querían mucho. Y se en tendían bien. Pero el tiempo pasó y Chi rriquitica sintió deseos de conocer la vida. Y de conocer el mundo. Tenía ansias de aventuras. Por eso Chirriquitica habló con la vie jecita y le dijo lo que deseaba. La buena mujer sintió pena de perder a su hijita. Pero comprendió que los jóvenes no pue-
V
den vivir atados para siempre a los viejos. Y le dio permiso paja conocer mundo. Chirriquitica salió de su casa muy de madrugada. Anduvo por el bosque un buen rato. Al llegar a una charca se en contró a un señor sapo que la saludó muy amablemente: —Linda niña —dijo el sapo—, estoy buscando novia. ¿Quieres casarte conmi go? Chirriquitica contestó .con cortesía, pero con mucha firmeza:
—Muchas gracias, señor Sapo. No es toy en edad de casarme. Voy a conocer el mundo. Y acabando de decir esto, Chirriquitica saltó a una hoja que flotaba en el agua. La hoja se alejó de la orilla. Pero luego se quedó quieta en medio de la charca. —¿Cómo llegaré a la otra orilla — pen só Chirriquitica —, si yo no sé nadar? Pero enseguida notó que unos pececitos dorados se acercaban a la hoja y la empujaban con sus hociquitos. Así fue navegando Chirriquitica en la hoja em pujada por los pececitos dorados. Y salió navegando de la charca y entró en un rió. Allí los pececitos se despidieron. La co rriente siguió arrastrando la hoja que le servía de botecito a Chirriquitica. Hasta que la hoja se atascó entre unos bejucos. Fué allí donde Chirriquitica pasó tre mendo susto. Porque un escarabajo vino a sacarla de la hoja y se la llevó por los aires. Pero el escarabajo no tenía malas intenciones. La llevó a su nido y le pre guntó si quería casarse con él. —Soy muy joven para casarme — con testó Chirriquitica. — Quiero conocer el
mundo. Las escarabajas hermanas del escara bajo, hacían burla de Chirriquitica por que sólo tenía dos piernas y no tenía an tenas como ellas. Tanto se burlaron de la pobre niña que el escarabajo decidió dejarla en libertad. Cogiéndola de nuevo, voló con ella y la abandonó en la yerba. La linda niña se preparó una casita entre unas violetas que crecían en el prado. Chirriquitica era muy feliz en su nueva casita. Todas las mañanas cantaba alegre saludando al sol. Y las flores dobla ban sus cabecitas para acariciarla. Así pasó todo el verano bebiendo el jugo de las flores y tomando del rocío de la mañana. Pero llegó el invierno. En aquel país caía nieve. Las flores y los ár boles se secaron. Y Chirriquitica temblaba de frío. No encontraba un lugar para abrigarse. Al fin halló una cueva en la tierra y allí se metió. ¡Cuál no sería su asombro al ver a una vieja ratita que barría el piso de la cueva con su escobita! Chirriquitica le pidió un poco de comida. Hacía mu chos días que la pobrecita no comía nada. La Ratita, que era muy buena, se la dio y le pidió que se quedara con ella hasta
que pasara el invierno. La niña ayudaba a la ratita, limpiando y barriendo la cue va. Y era feliz. Cierto día vino a visitar a la ratita un vecino, el señor Güimo. Era muy viejo y estaba casi ciego. La ratita le pidió a Chirriquitica que cantara algo para ale grar al señor Güimo, que siempre estaba quejándose. La niña cantó tan lindo que el señor Güimo se enamoró de ella. Así se lo dijo a Chirriquitica, pero la niña no quería casarse con el señor Güimo. La ratita
le dijo que el señor Güimo era
muy rico v contraría.
que piejor marido
no
“¡Qué empeño tiene la gente en ca sarse!” — pensó Chirriquitica. Primero fué un sapo, luego un escarabajo y ahora el señor Güimo. En seguida el Güimo y la ratita dijeron que la boda sería a fines del verano próximo. ¡Qué triste estaba Chi rriquitica! ¡Tendría que casarse! Era bue no el señor Güimo. Pero demasiado viejo para ella. Pasó el tiempo. Un día Chirriquitica caminaba por una galería de la cueva cuando se encontró con un ruiseñor muer to. El ruiseñor estaba casi enterrado en la nieve. ¡Qué pena le dió ver al pajarito
muerto! Tenía las plumas muy suaves y aun muerto era lindo de a verdad. Chirriquitica se acercó para darle un beso. Y, ¡oh sorpresa!, en el pechito del pajarito sintió latir muy-suave el corazón. ¡No estaba muerto! La niña corrió a bus car hojas y pajas para cubrirlo y darle calor. Poco a poco el pajarito fue abriendo los ojos y dio las gracias a la niña por sal varlo de la muerte. No pasó mucho tiempo antes que el pajarito comenzara a trinar. Todas las noches Chirriquitica corría a su lado para oírlo cantar. Pasó así el in vierno y la boda con el señor Güimo se acercaba. Para mayor pena a Chirriqui tica el pajarito se despidió, pues tenía que volar por los campos con sus otros com pañeros. ¡Qué día tan triste para la pobre Chirriquitica! Antes de irse, el pajarito la invitó a que se fuera con él. Pero la niña pensó que sería desagradecida con la ra tita que tan buena era con ella, y decidió quedarse. Pasó la primavera y llegó el verano. Chirriquitica se preparaba con mucha pena para la inevitable boda con el señor Güimo. ¡Qué otra cosa iba a hacer! Un día en que más triste estaba la
niña oyó el canto de un ave a la entrada de la cueva. Cuando salió a ver qué era, ¿a que no saben quién estaba allí? Sí, el mismo ruiseñor que ella había salvado. Llorando, Chirriquitica le contó sus pe_nas. Le dijo que pasaría su vida ence rrada en una cueva oscura con el señor Güimo sin ver el sol, ni las flores, ni los pájaros. El pajarito enseguida la hizo que se subiera en su lomo y, amarrándola con el cinturón, se remontó por los aires. El pájaro atravesó mares, cruzó países, pasó por encima de montañas y montes altos. Y al fin llegó a una isla muy bo nita, llena de árboles y flores. Chirriqui tica, al ver una tierra tan linda, le pre guntó al pajarito qué era aquello. El le dijo que en ese país nunca hacía frío y que siempre había flores. —Ese país tan lindo se llama Puerto Rico — dijo el pajarito mientras descendía. La niña lo miraba todo muy asom brada. De pronto vio un hermoso jardín de bellas flores. El pajarito bajó, colocán dola sobre una blanca margarita. ¡Cuál no sería el asombro de Chirriquitica al ver que las amapolas, lirios y azucenas ha blaban y reían! ¡Y los pájaros también!
Entonces se fijó en un hermoso joven pequeñito como ella y que llevaba una azada de cristal. Era el jardinero de aquel jardín. El joven se acercó a Chirriquitica y le ofreció su azada, pidiéndole que fuera su esposa, pues ella era la más bella criatura del mundo. ¡Qué distinto era todo aque llo! Ahora sí que a Chirriquitica le dieron ganas de casarse. Llena de alegría, Chirriquitica tomó la azada que le ofreció el joven. Dos rei nitas se acercaron a ella y le prendieron en la espalda un par de alitas lindas para que pudiera volar de flor en flor. Chirriquitica y el joven jardinero se casaron. A las bodas asistieron todos los animalitos del monte cercano. También vino el ruiseñor, que cantó para los jóve nes esposos. Chirriquitica y su marido vivieron mu chos años felices y tuvieron muchos hijitos. Los hijitos eran tan pequeños como granos de arroz. ¡ ¡Y cuento a c a b a o y arroz con m ela o !
¡El que se quedé sen ta o , se queda p e g a o !
CANCION DI LA NANITA VERDE MAR El viento dijo a la rana del estanque verde mar: —¿Por qué siendo tan hermosa no vas al bosque a bailar? —No tengo ropas de seda ni siquiera un delantal, ni sombrilla que me cubra del fuerte sol tropical. —No me cuentes tus tristezas verde flor del cenagal, que con lirios de la luna bordaré tu delantal. La rana dijo sonriente: —No te puedo acompañar, porque tengo en estas aguas las dulzuras del hogar.
¿POR QUE NO DEBEMOS PESCAR PECES CHIQUITOS? La carne de los peces es un buen alimento. Pero en nuestros ríos no hay muchos peces. Debemos, pues, proteger los que hay para que luego tengamos muchos. ¿Cómo? Pues no matan do los peces pequeños. Los peces pequeños son los que crecen para poner huevos y criar nuevos peces. Si no les damos oportunidad a los peces chiquitos a crecer y a multiplicarse, no tendremos pesca. El pez que ha crecido y ha criado hijos es el pez que mejor sirve para nuestro alimento. Lo mismo que le pasa a los peces de río le pasa a los peces de mar. Necesitan tiempo para crecer y multiplicarse. Vamos a dejarlos crecer para que nos den más peces y más carne de pescado.
tn ^ ^ K iá fa o ^ iio s En el siglo trece vivía en Asís, ciudad de Italia, el hijo de un riquísimo comerciante. Llamábase Francisco. Estaba entera mente dado a la vida de placer. Hízose famoso por su gran des pilfarro. Mas he aquí que llegó al corazón de Francisco una voz del Cielo. Desde el momento en que Francisco oyó la voz decidió dejar su insensato comportamiento. Determinado a servir fiel mente a Cristo, hizo trizas sus ricos vestidos y empezó a vivir como mendigo. Este joven convertido fue luego San Francisco de Asís. Su amor a Dios incluía el amor a la hermosa tierra, hecha por Dios. Y el amor a sus criaturas. Odiaba la crueldad. Predi caba a la gente el amor a “nuestros hermanos los pájaros”. Ha blaba del viento tratándole de “hermano”. Y a la lluvia la llamaba “hermana”. Lo que más nos hace recordar a Francisco de Asís es su enseñanza de no tratar nunca con crueldad a ningún animal. El decía que debíamos considerar a los animales como herma nos en la creación. Y predicaba el amor de Dios en toda criatura viviente.
En el tiempo en que San Francisco vivía en la ciudad de Agubio, apareció un grandísimo lobo terrible y feroz. El cual lobo no solamente devoraba a los animales, sino también a los hombres. Todos los ciudadanos tenían mucho miedo, porque frecuentes veces se acercaba el lobo a la ciudad. Por miedo a este lobo, nadie se atrevía a salir del lugar. Por lo cual San Francisco, compadeciéndose de los hombres de aquella tierra, quiso salir al encuentro de este lobo. Y ha ciendo el signo de la Cruz, salió fuera del lugar con sus com pañeros. Y como los demás dudasen en seguir adelante, San Francisco tomó el camino hacia el lugar donde estaba el lobo.
c
m
s y v ÿ i
nos Vierçpo,copo
^ ïi D I C H O C O B O H I Z O C B C W ) ï S ) i B P i | ) m C i S C O Coi£ l j î b o * C > } î B l ^ T } l Y * C C 1£ C ) % > 0 S C X 3 c , 3 H U , F i l t r a r s e l o «& Ü I ^ P O I i C I P D t d O I ^ *.• % *
Y he aquí que muchos ciudadanos vieron cómo el dicho lobo hizo frente a San Francisco con la boca abierta. Y acercán dose a él, San Francisco llamóle y dijóle: —Ven aquí, hermano lobo; te mando de parte de Cristo que no me hagas mal a mí ni a persona alguna. Y es admirable cosa cómo, inmediatamente después que San Farncisco habló con dulzura, el lobo terrible cerró la boca. Y vino mansamente como un cordero y echóse a los pies de San Francisco. Entonces San Francisco le habló así: —Hermano lobo, haces mucho daño en estos lugares y has cometido grandísimos males. Has matado a las criaturas de Dios. Y no solamente has matado y devorado a las bestias, sino a los hombres, hechos a imagen de Dios. Todo el mundo clama y murmura contra ti. Y toda esta tierra te es enemiga. Pero yo quiero, hermano lobo, hacer la paz entre ellos y tú, de modo que no los ofendas más. Quiero que te perdonen toda ofensa pasada, y que ni hombres ni perros te persigan más. Dichas estas palabras, el lobo, con movimiento de la cola y las orejas, parecía aceptar lo que San Francisco decía. Enton ces San Francisco dijo: —Hermano lobo, pues que te place hacer y conservar esta paz, te prometo que haré que te den el sustento mientras vivas. De manera que no padezcas más hambre. Porque sé muy bien que es por el hambre que haces tanto mal. Pues que te consigo esta gracia, quiero, hermano lobo, que me prometas que no molestarás más a ningún hombre ni a animal alguno. ¿Me lo prometes? Y el lobo, inclinando la cabeza, dio evidentes señales de que prometía. Y San Francisco dijo:
—Hermano lobo, quiero que me des fe de esa promesa, para que me pueda fiar de ella. Y extendiendo San Francisco la mano para tomar juramento, el lobo levantó una pata delantera y mansamente la puso sobre la mano de San Francisco. Entonces San Francisco dijo: —Hermano lobo, te mando en nombre de Jesucristo que vengas conmigo, sin duda de nada, y vayamos a sellar esta paz en nombre de Dios. Y el lobo, obediente, se fue con él como un cordero manso. Y enseguida esta noticia súpose por toda la nación. Las gentes todas, hombres y mujeres, jóvenes y viejos, acudieron a la plaza para ver al lobo con San Francisco. al lobo.
Y el lobo vivió varios años en Agubio. Entrábase mansa mente por las casas, sin hacer mal a persona alguna y sin que a él le fuera hecho daño alguno. Y fue alimentado cortésmente por las gentes, y así andaba por el lugar y jamás le ladraba un perro. Por fin, al cabo de los años, el hermano lobo se murió de viejo. De lo cual doliéronse mucho los ciudadanos, porque vién dole andar tan manso por la ciudad le habían tomado gran cariño.
ROMANCE DíWGAIO
Y
Estaba el señor don Gato en silla de oro sentado, calzando media de* seda y zapatico calado, cuando llegó la noticia que había de ser casado con una gatita rubia hija de un gato dorado. Don Gato, con la alegría, subió a bailar al tejado; tropezó con la veleta, y rodando vino abajo; se rompió siete costillas y la puntica del rabo. Llamaron a los doctores, sangrador y cirujano;
unos le toman el pulso, otros le miran el rabo; todos dicen a una voz: —¡Muy malo está el señor Gato! A la mañana siguiente ya van todos a enterrarlo. Los ratones, de contentos, se visten de colorado; las gatas se ponen luto; los gatos, capotes pardos, y los gaticos pequeños lloraban: ¡miau! ¡miau!
Ya lo llevan a enterrar por la Calle del Pescado. ¡Al olor de las sardinas don Gato ha resucitado! Los ratones corren, corren. . . Ya los persigue don Gato.
Editor René Marqués
Escritores J. L. Vivas Maldonado Domingo Silás René Marqués
Diseñador gráfico Lorenzo Homar
Dibujantes Lorenzo Homar José Meiéndez Contreras Francisco Palacios Félix Bonilla José M. Figueroa Eduardo Vera Luis Germán Cajigas
.
m m 3
¡BV» ♦\* « fM
ELm il
a ll f/ M n i m ]I f i l i L ìiii
^
Q9
3
m
W
^ B éE E
? ^ 8
; .: ; ; ijmH f i l I S m
1 iwfll l ‘t f r i 5^Sfc IB Ir
Ê r ^ m t& M m
Ê rS Ê P W
EH^nÉ^yXi flm ^ V v A V ii
i
Imprese en multes « a
1