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INTERSECCIONES VOLUMEN 3. Cultura y democracia.

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INTERSECCIONES VOL. 3

Cultura y Democracia

DERECHOS DE EDICIÓN

© de la edición, AECID, Agencia Española de Cooperación Internacional para el Desarrollo © de los textos y fotografías, sus autores y autoras.

LA PUBLICACIÓN

Editorial: AECID, Agencia Española de Cooperación Internacional para el Desarrollo

Un proyecto de: Centro Cultural de España en El Salvador

Coordinación editorial: Cristina Algarra Equipo editorial: Susana Reyes, Álvaro Ortega, Eloisa Vaello Marco, Paula Palicio, Leticia Macua. Diseño: Jimena Pons Ganddini Corrección de estilo: Susana Reyes

Imprenta: Ricaldone Esta publicación ha sido posible gracias a la Agencia Española de Cooperación Internacional para el Desarrollo (AECID). El contenido de la misma no refleja necesariamente la postura de la AECID.

Este libro se publica en el marco del Proyecto Intersecciones, recopila algunas de las voces del Encuentro de debate para América Latina y El Caribe. Diálogo con actores culturales, organizado por el Centro Cultural de España en Santiago de Chile, e incorpora otras miradas.

Centro Cultural de España en El Salvador

Calle La Reforma 166, colonia San Benito, San Salvador. Teléfono: +503 2233 7300

Correo electrónico: info.ccesv@aecid.es Dirección web: ccesv.aecid.es

NIPO en línea:

109-25-084-7

NIPO impreso:

109-25-083-1

EDICIÓN NO VENAL

Obra editada bajo licencia Creative Commons.

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De las obras de arte: Copyright de los y las artistas.

Catálogo general de publicaciones oficiales: https://cpage.mpr.gob.es/

Biblioteca Digital de la AECID-BIDA: http://bibliotecadigital.aecid.es

INTERSECCIONES VOL. 3

p. 04 Créditos

p. 08 Eloísa Vaello y Paula Palicio. Presentación: Intersecciones Vol. III

p. 14 Cristina Algarra (España) - Editora. "La cultura como espacio de resistencia"

p. 18 Cooperativa Gráfica La Voz de la Mujer La normalidad era el problema. Xilografía

p. 18 Capítulo 1: Cultura, democracia y ciudadanía

p. 22 Nicolás Sticotti (Argentina) – Editor, gestor cultural y comunicador. Policrisis, democracia y derechos culturales: repensar la función pública de la cultura

p. 28 Amador Fernández-Savater (España)Investigador independiente, activista y editor. La zona gris de la democracia: hacia una política de la impureza

p. 36 Fernando Mires (Chile-Alemania) – Politólogo. La crisis de Occidente y sus dimensiones culturales y políticas

p. 42 Grace Jiménez (El Salvador) - Diseñadora, fundadora de La Casa Rosada. Des-obediencia cultural. Autocracia, régimen de excepción, silencio y temor

p. 48 Valeria Guzmán (El Salvador - España)Periodista y artista. Las personas migradas también crean cultura 1.

2.

3.

p. 54 Javier del Olmo. Américas en conversación con Juan Carlos Romero

p. 54 Capítulo 2: Derechos culturas y democratización de la cultura

p. 58 Paola de la Vega (Ecuador) - Educadora, investigadora y trabajadora cultural. Gestión cultural crítica y crisis democrática

p. 62 Eduardo Vázquez Martín (México) - Escritor, poeta y gestor cultural. La diversidad cultural y la democracia política

p. 68 Zaría Abreu Flores (México) - Escritora, dramaturga y directora escénica. ¿Democratizar la cultura o discapacitar la democracia?

p. 76 Milene Chiovatto (Brasil) - Educadora museal.

Cultura, democracia y educación museal

p. 84 Ketzali Pérez (Guatemala) - Artista y periodista. Para volver a narrar(nos)

p. 88 Capítulo 3: Nuevas narrativas y cultura de paz

p. 92 Elizabeth Lira (Chile) - Psicóloga, Pontificia Universidad Católica de Chile, terapeuta familiar. Reflexiones y proyecciones. Sobre memoria, convivencia y construcción de paz en América Latina.

p. 100 Paz Gómez (España) - Antropóloga y profesora tutora de Antropología, UNED. La protección del patrimonio cultural inmaterial. Un ejercicio de ciudadanía.

p. 110 Belén Rodríguez (Paraguay) - Artista. Arte, algoritmos y memoria en los códigos

p. 118 Marina Mendoza (Argentina) - Socióloga y Dra. en Ciencias Sociales. Entre discursos de odio y noticias falsas: los desafíos de la democracia en la era digital

p. 126 Centro de desarrollo cultural Casa Moravia (Colombia) - Una casa para la paz: aprendizajes desde el Centro de Desarrollo Cultural de Moravia

p. 132 Escuadrón Guillemet, Sandra Martínez. No es que hayamos perdido

Afiche tipográfico sobre papel cartón, 25 x 18 cm, 2018 Archivo Resistencias Tipográficas p. 88 Ana Laura Pérez. LuchadorasMX. Monografía feminista (Detalle). Ilustración digital.

p. 132 Biografías

p. 152 Bibliografía

PRESENTACIÓN:

Intersecciones vol. 3

Paula Palicio Noriega y Eloisa Vaello Marco Buenos Aires y Madrid, octubre de 2025.

El primer dispositivo cultural fue probablemente un recipiente… Muchos teóricos creen que los primeros inventos culturales deben haber sido un contenedor para recoger productos recolectados y algún tipo de canguro o portador de red.

La teoría de la bolsa de la ficción

En el texto La teoría de la bolsa de la ficción, Úrsula K. Leguin cuenta la importancia de narrar de una manera diferente, de elaborar relatos basados no en el héroe y la lanza, sino en la bolsa, la recolección y el cuidado. O, como añade Donna Haraway sobre este mismo texto: la bolsa de ficción como lugar en el que «importa qué historias contamos para poder contar otras historias; importa qué conceptos pensamos para pensar otros conceptos».

Desde hace varios años, en la Red de Centros Culturales de la Agencia Española de Cooperación Internacional para el Desarrollo (AECID) pensamos la cultura y su impacto en la transformación social desde múltiples ámbitos, entre ellos, esa reflexión necesaria sobre qué historias contamos para poder contar otras historias.

Los derechos culturales y su aporte a la democracia son la base sobre la que se estructura buena parte de nuestro trabajo, en el que la participación cultural debe atender a las nuevas realidades colectivas y vitales, pero también a todas las vidas, sobre todo a las que tradicionalmente han sido relegadas o denostadas.

La cultura es clave para una verdadera transformación política y una democracia sólida, ya que solo desde la cultura podemos imaginar nuevos valores, podemos redireccionar nuevos deseos más allá de ser consumidores de una vida

marcada por el mercado o podemos aumentar nuestra capacidad de escucha con la sociedad. Es desde la cultura desde donde podemos proyectar e imaginar un mundo más justo y solidario. Un mundo mejor.

Cada espacio cultural tiene una dimensión poética y una dimensión política. Por eso, los gestores culturales somos estrategas de la construcción de futuro y podemos, por qué no, centrar nuestro trabajo en la «recolección de semillas y de avena y en los saberes de los hacedores, y los pensamientos de los pensativos y las canciones de los cantores y no en el relato de la lanza y del Héroe».

Podemos resistirnos al bombardeo de imágenes y estímulos, a la homogeneidad y pérdida de la diversidad cultural, a la promesa de la inmediatez o a la productividad obsesiva. Podemos reivindicar la pérdida de tiempo y recuperar el aprendizaje y el proceso, además del aburrimiento y lo inesperado. La cultura será clave para una nueva disposición de la experiencia humana y, como dice Amador Fernández-Savater, «no solamente alude a una lucha política —en el plano de las leyes o el gobierno—, sino que aspira y practica una relación de nuevo tipo con uno mismo, con los demás y con el entorno. Apela a que no es posible ningún cambio macro sin un cambio micro; que no hay transformación política sin una transformación cultural».

Afortunadamente, la cultura ha ganado terreno en las políticas internacionales de cooperación en los últimos años, y los derechos culturales se reconocen hoy como herramienta fundamental para la democracia. Es reconocido que el ejercicio de los derechos culturales fortalece la gobernanza y permite una participación ciudadana más activa y plural, y que sin cultura no hay posibilidad de avance ante los nuevos retos que tenemos como humanidad.

Este cambio de contexto y discusión sobre la cultura ha llevado a la AECID a reelaborar su Estrategia de Cultura y De-

sarrollo de 2007, actualizándola a partir de los cambios que estamos viviendo. En resumen, se trata de una estrategia que avance en una lectura amplia de los derechos culturales, que no se limiten al acceso o consumo de bienes, sino que incluya la participación en la creación, gestión y transmisión de sentidos, memorias y narrativas de futuro.

El texto que tiene entre las manos es uno de esos ejercicios que desde la Red hacemos para contar otras historias. Intersecciones nació con la intención de pensar de una manera situada las relaciones entre cultura y desarrollo desde El Salvador. Así fue su primera edición. En su segunda edición, un virus llamado covid-19 nos obligó casi involuntariamente a internacionalizar la propuesta y ya contó con numerosas voces convocadas desde la Red de Centros Culturales. En este tercer volumen, nos aliamos con el Programa Democracia para desde Chile generar un espacio de conversación sobre las confluencias entre Cultura y Democracia. Y de ese encuentro, y de la posterior reflexión sobre el mismo, surge este tercer volumen: Intersecciones III.

En este caso, las intersecciones son múltiples: intersecciones entre la teoría y el territorio que pisamos, porque no perdemos el foco en lo situado; intersecciones entre la gran política y las decisiones y dificultades de nuestro vivir en el mundo; y consecuencia de las primeras, intersecciones entre cultura y democracia.

Valeria Guzmán plantea en su texto: ¿Puede, entonces, la cultura ser una forma de ejercer la ciudadanía y construir democracia? La respuesta está clara: la Cultura nos hace reconocernos como seres incompletos, seres en construcción, seres humanos independientes que necesitan organizarse y crear comunidad, organizarse políticamente para vivir mejor. Parecía que la democracia era esa organización, que si bien no era perfecta, se había consolidado como la mejor opción posible. Ahora está en crisis a lo largo y ancho del planeta. Y solo desde y con la Cultura tenemos opciones para cuidarla

y protegerla, para defenderla de los discursos que alzan su voz y quieren hacernos callar. La Cultura define lo que somos, también lo que fuimos, pero sobre todo: define lo que queremos ser, como personas individuales e independientes, pero sobre todo como comunidad. Ahí radica su poder, en generar caminos y narrativas de futuro que defiendan la paz, la tolerancia y los derechos humanos. La Cultura nos permite mantener las utopías que son el camino hacia un mundo mejor. Más igualitario, más sostenible y más justo. Un mundo en el que quepamos todos y todas.

Esperamos que este nuevo volumen de Intersecciones nos haga pensar, porque la Cultura construye ciudadanos críticos, ciudadanos que ante los retrocesos democráticos se organizan, ante las injusticias se indignan, ante los discursos de odio siembran esperanza, y ante la cultura de la guerra se movilizan para construir y defender la paz. Una paz que solo será duradera si se construye sobre pilares de derechos, justicia e igualdad.

Pensemos en la Bolsa de Úrsula K. Leguin. Pensemos en ese recipiente que es la cultura, y situemos en ella todos los elementos que hemos ido mencionando para reformular una democracia en crisis, un planeta en crisis. Metamos en la bolsa que es la cultura todos los ingredientes: tolerancia y empatía, solidaridad y hospitalidad, libertad, igualdad y justicia. Utopía. Resistencia y resiliencia. Derechos. Cuidados y dignidad. Memoria. Solo así podremos construir narrativas e historias de esperanza. Solo así podremos construir un futuro para todos y todas, un futuro en que nadie quede atrás.

P.D. Este texto nació en junio de 2023 en Santiago de Chile. En el marco del encuentro “Por un nuevo contrato social, renovar la democracia para no dejar a nadie atrás”, se fue cociendo a fuego lento entre Chile y Madrid, y ahora ve la luz desde San Salvador en octubre 2025. Gracias a todos, todas por la paciencia. Dedicado a José María Tojeira que fue ejemplo, camino e inspiración.

LA CULTURA COMO ESPACIO

DE RESISTENCIA

Intersecciones surge en 2018 como una serie de encuentros en El Salvador que sirvieron para intercambiar saberes y sentires sobre el papel de la cultura desde diferentes ámbitos. En estas reuniones se discutieron temas importantes, y gracias a su puesta en papel, podemos explorar y conocer las ideas ahí vertidas. Una foto fija, que hoy nos sirve para retomar las profundas reflexiones de voces referentes en el pensamiento y el quehacer social salvadoreño, como José María Tojeira o Morena Herrera, entre muchos otros. Voces, que gracias al texto escrito, se mantienen vivas y nos siguen interpelando.

Cuando se termina una buena conversación, queda la sensación de que se han abierto nuevas puertas para seguir adentrándose y profundizando en reflexiones que se van desarrollando a lo largo del tiempo y adaptándose al contexto actual. Es por eso que, durante la pandemia, una segunda edición de estos encuentros tuvo nuevos enfoques marcados por el confinamiento y lo que implicaba el arte y la cultura para la salud y para revalorizar la importancia del contacto humano.

Esta tercera edición habla de democracia y su relación con la cultura, y esa relación es algo en lo que debemos reflexionar. En 2028 o en 2020 hubiera sido casi impensable que ese fuese el tema central de la publicación. ¿Cómo hemos llegado a un punto, en pleno siglo XXI, donde lo que esté en debate sea la democracia y su relación con la cultura? Un sistema que creíamos eterno, y que, pese a sus imperfecciones, ha mantenido en relativo equilibrio el bienestar de aquellas naciones donde se instauraba, está hoy en cuestionamiento. La democracia parece haber recibido en muchos países un

golpe que amenaza con ser fatal. Este nuevo número de Intersecciones parte de esa constatación y plantea una ruta: reconocer en la cultura un territorio que es preciso cuidar, proteger y valorar, porque allí puede estar la posibilidad de reencauzar los procesos democráticos y la paz social.

El génesis de esta edición surge en Santiago de Chile en el evento Por un nuevo contrato social, renovar la democracia para no dejar a nadie atrás, un encuentro de debate para América Latina y el Caribe celebrado los días 15 y 16 de junio de 2023. Las ponencias y discusiones trazaron las primeras líneas de un mapa: la urgencia del diálogo como cimiento de la democracia, la representatividad estable y plural, la vigencia de los Derechos Humanos como faro en tiempos oscuros. Hoy, cuando el diálogo pareciera que se apaga y la representatividad se encoge a votaciones cada cierto tiempo y a un puñado de likes o comentarios artificiales en redes sociales, esas bases cobran una vigencia ineludible. Ese encuentro sirve de punto de partida para invitar e incluir nuevas miradas.

Allí resonó la voz de la gestora cultural chilena María Paulina Soto, quien trajo a la conversación que existe un margen de duda en la convicción de que plasmando los derechos culturales por la vía política, en una Constitución o en leyes, tenemos asegurados esos derechos: “los derechos culturales no son conceptual ni declarativamente suficientes, porque somos países racistas, homófobos y xenófobos. Así, la tarea de la democracia cultural es enorme”, sentenció. A partir de sus palabras, este número abre el debate hacia otras experiencias: el teatro como refugio y voz para quienes migran, la urgencia de volver a narrarnos para poder encontrarnos, la memoria como lugar de convivencia y como garantía de derechos culturales conquistados.

En el encuentro, el politólogo Nicolás Barbieri recordó que los espacios culturales son mucho más que edificios o instituciones: son lugares de encuentro, de cohesión social, de diálogo entre voces diversas, desde las comunidades loca-

les hasta los colectivos más amplios. Su planteamiento abrió preguntas que atraviesan esta publicación: ¿cómo incluir a quienes no participan de esos espacios?, ¿qué prejuicios pesan sobre ellos?, ¿cómo reconocer que no existe una única cultura, sino muchas formas de habitarla? Estas reflexiones son ahondadas en artículos de esta publicación que recorren experiencias concretas: desde los inicios del espacio cultural Casa Moravia en Medellín, hasta debates sobre la democratización de la cultura y la compleja tensión entre cultura democrática y democracia cultural.

El encuentro no eludió los retos más contemporáneos: la desinformación, la libertad de expresión, los algoritmos, la inteligencia artificial y su relación compleja con la democracia y la participación ciudadana. Todos ellos se cruzan con los ejes de esta publicación —cultura y democracia— y se despliegan aquí en artículos sobre la situación política de Iberoamérica, sobre la necesidad de dotar de memoria a los códigos que programan nuestros algoritmos, sobre la vida transformada en mercado (vida-mercado) y su tecnificación. En total, quince artículos, que dialogan con importantes recursos ilustrativos de la exposición colaborativa y multicultural Giro Gráfico, como en el muro la hiedra, que buscan ser una postal, una fotografía en movimiento, del presente democrático de la región. Una invitación a pensar cómo la cultura puede convertirse en un terreno fértil para la empatía y el reconocimiento: desde las raíces y la memoria, desde el cuerpo y la palabra, desde las pantallas, las aplicaciones, y también desde esa frágil frontera entre información y desinformación.

Giro gráfico. Como en el muro la hiedra es fruto de un largo proceso de investigación colectiva llevada a cabo por la Red de Conceptualismos del Sur en colaboración con el Museo Reina Sofía, que se encuentran en esta edición gracias al apoyo de Ana Longoni y de los artistas que se sumaron a la iniciativa.

Ecologías de los intersticios

Cooperativa Gráfica La Voz de la Mujer

La normalidad era el problema. Xilografía.

80x64cm, 2020

Integran La Cooperativa Gráfica La Voz de la Mujer: Eusebia Mamani Choque, María Eugenia Lara, Daniela Ríos, Katterin Machnuk, Alex Robles, Lucia Bianchi, Ailin Méndez, Eva Socompi Ramos

La Voz de la Mujer se ha organizado alrededor de las consignas feministas y ha convertido la gráfica en un sitio de trabajo, compartiendo cuidados y acogida, difundiendo saberes, luchas y cosmovisiones. “Nuestras vidas y memorias migrantes, las diversas luchas que nos atravesaron (por el gas o el agua, por ejemplo) el ser parte de familias mineras y campesinas, construyeron nuestras historias de desarraigo, de trabajos precarizados y explotados. Desde una mirada feminista, nuestros espacios de producción gráfica y cultural son actos políticos que reconfiguran las ecologías de los intersticios. Se convierten en lugares donde las vidas migrantes, las mujeres, las disidencias sexuales y las comunidades indígenas expresan sus saberes, sus luchas y su cosmovisión, desbordando los límites del Estado y del mercado.” (...)

CULTURA, DEMOCRACIA Y CIUDADANÍA

Todo viaje requiere un punto de partida. Este volumen propone comenzar estableciendo algunos conceptos que orientarán el trayecto que está por abrirse. La primera intersección que planteamos es la que vincula cultura, democracia y ciudadanía.

El respeto por la dignidad y los derechos humanos, la participación cívica, la empatía hacia la otredad, el fomento del debate público y la confianza en el Estado de derecho y sus instituciones constituyen prácticas esenciales que la ciudadanía debería no solo preservar, sino también expandir. En tiempos donde la democracia se ve erosionada, estas prácticas se vuelven aún más urgentes. En este sentido, Nicolás Sticotti argumenta que la cultura, concebida como un bien público común, puede y debe funcionar como un pilar que sostenga ciudadanía y democracia: redistribuyendo oportunidades —simbólicas y materiales— y habilitando espacios de reconocimiento mutuo y diálogo social. Esta noción de cultura no es mera descripción, sino un deber ser; una herramienta de transformación capaz de abrir salidas ante el estancamiento actual.

¿Y dónde estamos? Amador Fernández-Savater sitúa nuestro presente en una “zona gris” cuyo signo predominante es la decepción. Una decepción que no solo se dirige a la democracia, sino también a la audacia y la valentía política, y que se traduce en un proceso de “derechización”: una forma de gestionar y dar forma a esa desilusión colectiva.

En esta misma línea, Fernando Mires advierte que lo que está en crisis en Occidente no es la cultura de élites —cine, literatura, música—, sino la propia democracia, hoy amenazada por el auge de regímenes iliberales que se extienden en todo el mundo, incluyendo también América Latina. Un ejemplo concreto de estas dinámicas lo ofrece Grace Jiménez en su análisis sobre El Salvador: un país donde el régimen de excepción, el silencio y el miedo delinean la vida social. Su texto recuerda que democracia y cultura no habitan en los

templos patriarcales del poder, sino en la vida cotidiana de quienes se resisten a ser silenciados. Allí, quienes no comparten las narrativas oficiales son objeto de estigmatización y segregación social.

Vivimos en un mundo globalizado donde hay más de 300 millones de personas migrantes. Solo en Colombia hay 2.8 millones de venezolanos, pero estos flujos se producen a lo largo de todo el continente y más allá, con personas que participan activamente en las sociedades de acogida a través de la cultura. La ciudadanía, formalmente, está ligada a un estatus migratorio y a una serie de documentación legal, pero la cultura no conoce de fronteras. Valeria Guzmán lo muestra al relatar cómo, desde su propia experiencia, ha encontrado en el teatro la manera de encontrar voz para expresar y desahogar la falta de empatía que pesa sobre sus vidas cotidianas, a pesar de las dificultades de tener un reconocimiento en lo institucional siendo migrante. ¿Puede, entonces, la cultura ser una forma de ejercer la ciudadanía y construir democracia?

POLICRISIS, DEMOCRACIA Y DERECHOS

CULTURALES: REPENSAR LA FUNCIÓN PÚBLICA DE LA CULTURA

Que hasta ahora la cultura haya fracasado no es una justificación para fomentar su fracaso.

Theodor Adorno, 1951

Vivimos en un escenario atravesado por múltiples crisis que se entrelazan y potencian, configurando una policrisis civilizatoria (Svampa, 2025) que pone en jaque la convivencia social, el ambiente y las propias instituciones democráticas. En este contexto límite, la cultura emerge como un campo de disputa y a la vez como fuente de esperanza. No se trata solo de políticas estatales o servicios culturales: la cultura entendida como un bien público común y como infraestructura vital es un pilar frente a la policrisis, capaz de sostener la ciudadanía y la democracia, redistribuir oportunidades simbólicas y materiales, y habilitar espacios de reconocimiento y diálogo. Este artículo invita a pensar la función pública de la cultura como una tarea urgente. Buscando ampliar los objetivos de las políticas culturales en nuestros territorios, pensando no solo en fortalecer los derechos culturales, sino también radicalizar la democracia y abrir horizontes de esperanza hacia sociedades más justas, diversas e inclusivas.

Desde una perspectiva latinoamericana de derechos culturales, diversos autores y colectivos señalan que fortalecer la función pública de la cultura es clave para sostener y renovar la democracia. Son muchas las voces en el campo de las políticas culturales que vienen trabajando en estas perspectivas. Entre ellas, Paola de la Vega, Jazmín Beirak, Lucina Jiménez, Pablo Mendes Calado, Rubens Bayardo, Eduardo Nivón Bolán, Albino Canelas Rubim, Marilena Chaui, Ayrton Krenak, Elvira Espejo Ayca o George Yúdice abogan por políticas culturales con enfoque de derechos, participativas, revitalizadoras de diálogos de saberes y orientadas al bien común.

En esta línea, en el marco de los debates que propone la Mondiacult 2025, que llaman a revisar críticamente las políticas culturales y su vínculo con los modelos de desarrollo, el economista australiano Justin O’Connor (2025) plantea la necesidad de superar el paradigma global de la economía creativa. Propone entender a la cultura como infraestructura vital, tan esencial como las redes de energía o el agua potable, porque sostiene la cohesión social, la equidad y la ciudadanía plena. Advierte que reducirla a industria es un error: sus dimensiones simbólicas y sociales no pueden subordinarse al mercado. De ahí la importancia de recuperar la noción de bienes públicos e infraestructuras culturales, es decir, el entramado de políticas, instituciones, redes comunitarias y ciudadanas que hacen posible un ecosistema cultural vivo más allá del lucro.

La noción de economía creativa —difundida a través de programas como la economía naranja, la púrpura o las ciudades creativas— puso el acento en indicadores como el PIB, el empleo o las exportaciones. Aunque generó visibilidad e in-

versión, también trajo efectos problemáticos: precarización laboral, gentrificación, concentración de beneficios y un vaciamiento del sentido público de las políticas culturales.

Frente a estos límites, pensar las industrias culturales en clave de derechos abre otra perspectiva: se trata de fomentar circuitos económicos alternativos que privilegien la diversidad, la cooperación y la participación de múltiples actores, en lugar de la concentración oligopólica. Conviene subrayar que la cultura como derecho y como función pública excede a las industrias culturales. Mientras la cultura es un campo vasto de prácticas, valores y memorias que dan sentido a la vida colectiva, las industrias culturales son apenas un subsistema: aquellas actividades que producen y distribuyen bienes y servicios culturales con una dimensión económica. Confundir ambas nociones conduce a reducir la cultura a mercancía; en cambio, pensarlas en relación permite reconocer cómo las industrias culturales pueden y deben gestionarse también desde un enfoque de derechos y de democracia cultural.

En este horizonte, la noción de democracia cultural resulta decisiva. No se trata únicamente de democratizar el acceso a bienes culturales ya existentes, sino de habilitar condiciones para que todas las comunidades puedan producir, expresar y circular sus propias narrativas. La democracia cultural se juega en el derecho a la enunciación pública, en la distribución equitativa de recursos y en la construcción de espacios de encuentro que contrarresten la fragmentación social.

La propuesta de una gestión cultural crítica, como la formula Paola de la Vega Velastegui (2024), aporta claves concretas para este desafío. Supone repensar las prácticas de gestión

más allá de la lógica instrumental o del mercado, para situarlas en una ética del cuidado, la participación y la justicia social. Una gestión cultural crítica cuestiona estructuras de poder, fortalece vínculos comunitarios, revitaliza memorias colectivas y proyecta futuros compartidos. En palabras de De la Vega, esto implica apostar por utopismos concretos: horizontes de transformación posibles y situados, que enlazan los derechos culturales con la democracia en acto.

Los proyectos que surgen desde la sociedad civil —comunitarios, colectivos de base o emprendimientos independientes— tienen un rol clave: sostener y radicalizar la democracia cultural en tiempos de ataques a la diferencia. La defensa activa de la pluralidad de voces y memorias no puede quedar solo en manos del Estado; debe nutrirse también de iniciativas independientes. En nuestro caso, RGC (Red de Gestión Cultural) se reconoce como un proyecto editorial independiente comprometido con la promoción de la diversidad cultural, fomentando diálogos entre territorios, generaciones y tradiciones, y abriendo un espacio para que múltiples miradas disputen sentidos frente a las narrativas hegemónicas.

Asumir la cultura como infraestructura vital significa comprenderla como un pilar de las sociedades democráticas, en pie de igualdad con la educación, la salud o el ambiente. En el contexto de la policrisis actual, colocar a la diversidad cultural, la democracia cultural y la gestión cultural crítica en el centro de la acción pública y comunitaria no es solo

un imperativo ético: es una estrategia de supervivencia y esperanza. Allí reside la posibilidad de regenerar el pacto social, ampliando horizontes colectivos y fortaleciendo la democracia como práctica cotidiana de dignidad y cuidado de lo común.

LA ZONA GRIS DE LA DEMOCRACIA: HACIA UNA POLÍTICA DE LA IMPUREZA1

Amador Fernández-Savater (España) Investigador, activista y editor.

Has cerrado la puerta de nuevo para huir de la oscuridad pero en tu armario espera la noche.

El hecho fundamental para entender nuestra época, del que tenemos que partir necesariamente para pensar políticamente cualquier cosa, es la coincidencia entre vida y mercado. ¿Qué significa esto?

Muy sencillo: la vida, tal y como se presenta espontáneamente, tal y como se vive cotidianamente, tal y como se percibe y se desea inmediatamente, se experimenta como mercado.

El mercado, en su alianza (o mejor dicho aleación) con la tecnología, aparece hoy como la principal fuerza de configuración de experiencia. Nos movemos en Uber, viajamos con Airbnb, ligamos en Tinder, nos proveemos de alimentos en Mercadona, nos informamos gracias a Google, buscamos entretenimiento en Netflix.

Y cada uno de nosotros reproduce el mercado simplemente viviendo, tomándose a sí mismo como un capital que gestionar: capital humano, capital-imagen, capital-salud, capital-afectos, capital-capacidades, capital erótico, capital-proyectos, capital-contactos.

¿Qué significa políticamente esta adecuación vida-mercado? Que la ideología está en las cosas, está en el aire. Es inherente a la vida misma, al hecho mismo de vivir. La noción de “lucha ideológica” debe redefinirse entonces completamente.

1 Texto original publicado en: Fernández-Savater, A., & García López, E. (2023, 1 de julio). La zona gris de la democracia: hacia una política de la impureza. CTXT.

Amador Fernández-Savater

2 Nota de la editora: el autor hace referencia a la presidenta de la comunidad de Madrid (España), Isabel Díaz Ayuso.

No se trata de ideas: la gente de izquierdas se diferencia de la gente de derechas en sus construcciones mentales, pero su vida está bañada en la misma realidad de mercado. Las vidas, como dijo alguien, son hoy todas de derechas.

No se trata de crítica: mientras que la realidad material se ha vuelto mercado, la crítica se ha vuelto puramente ideal. Una opinión sobre el mundo, una preferencia, una valoración subjetiva. Fácilmente descartables por los realistas de mercado como “utopías” o “quimeras” separadas de la realidad.

No se trata de comunicación: la vida-mercado es el medio de comunicación más poderoso. Emite constantemente, desde cualquier lado y a partir de cualquiera de nuestros gestos más nimios. Lo sabe perfectamente la presidenta Ayuso2: mientras los demás candidatos bombardeaban nuestros buzones de correos con cartas y programas, ella se limitaba a imprimir la palabra “libertad” sobre su foto en chándal. La realidad misma (cada bar y terraza) era su mejor publicidad.

Puede argumentarse que la libertad de la vida-mercado es cada vez más cara y no está al alcance de cualquiera. Ciertamente, pero sale gratis desearla y domina hoy el imaginario de las expectativas de vida. Es la promesa de felicidad más fuerte, más pregnante.

ZONA GRIS Y POLÍTICAS

DE CONTENCIÓN

Esta vida-mercado produce una sombra, un reverso hecho de malestares tanto “objetivos” (precarización y desigualdad) como “subjetivos” (sufrimiento psíquico).

Durante los últimos quince años se ha venido gestando un aumento de las desigualdades y las brechas sociales. Cuerpos y territorios vulnerables mantenidos en el tiempo, rodeados de una creciente incertidumbre: la Gran Recesión, la pandemia, la crisis de precios como resultado de la guerra en Ucrania, las amenazas climáticas...

A esta sombra de la vida-mercado podríamos denominar la zona gris. Una experiencia de mundo repleta de miedo, desconfianza y desasosiego, que va más allá del relato, más allá del efecto hipnótico atribuible a los aparatos ideológicos de los medios de comunicación.

¿Qué puede la izquierda? En el mejor de los casos, cuando no se limita enteramente a gestionar la vida-mercado, la izquierda que trabaja en las instituciones, el gobierno, en la siempre difícil gestión de lo público, busca poner coto a los excesos neoliberales, redistribuir la riqueza y “contener” las infinitas y dolorosas heridas que se abren en el cuerpo social. Contener, es decir, ralentizar los impactos y externalidades más agresivas de la agenda neoliberal mediante el despliegue de políticas públicas de corte neokeynesiano.

No es poca cosa, desde luego. A nadie se le escapa que el Estado, en tanto dispositivo de gestión, es una herramienta de primer orden y, precisamente por ello, las derechas lo pelean con ahínco. Pero necesitamos ampliar la mirada porque el dilema es mucho más profundo. Radica en que la contención no

Amador

contiene, no modifica las estructuras latentes de la desigualdad, no revierte la insatisfacción subjetiva de amplios sectores de la población, sus malestares psíquicos, la extensión del recelo, la guerra del penúltimo contra el último, la sensación de una permanente “vida en precario”. La contención no es capaz de retomar la iniciativa en la producción de mundo, hoy en manos de la vida-mercado.

DERECHIZACIÓN, DESAFECCIÓN Y DESERCIÓN

La izquierda, en tanto que se plantea como mero dique de contención, está, por tanto, condenada a la decepción, a decepcionar. Es hoy, fundamentalmente, una experiencia de impotencia. Decepciona Tsipras, decepciona Boric, decepciona la Nueva Política en España… La moderación, como gestión del marco autorizado de lo posible, desilusiona y suele caer derrotada electoralmente.

La decepción es la característica principal de la zona gris. Decepción ante la democracia, la política y la izquierda. Decepción ante las retóricas y gesticulaciones que no se traducen en hechos y políticas efectivas. Decepción ante la superioridad moral (frente al sexismo, al racismo o al clasismo) que se revela finalmente como hipocresía de clase media. Decepción ante la falta de audacia o valentía política.

Podemos discernir al menos tres tendencias en esta zona gris de decepción: la derechización, la desafección y la deserción.

–la derechización es la decepción elaborada como resentimiento victimista. Es el malestar que busca culpables en la lógica de chivo expiatorio: los trans, los menas, los ecologistas, las feministas, los migrantes, etc.

La promesa de paraíso en la tierra vía consumo de la vida-mercado se agrieta considerablemente desde 2008: crisis económica, pandemia, guerra, emergencia climática. La decepción ante la promesa rota (sostenida tanto por gobiernos de izquierda como de derecha) se convierte en resentimiento y agresividad redirigido contra los “enemigos internos” a los que se culpabiliza de la situación. El malestar se delega en poderes fuertes que prometen la restauración de las ilusiones rotas, la vuelta a la normalidad.

–la desafección es la decepción elaborada como abstención pasiva. La desafección es el gesto de quien no llega a hacer algo creativo con su malestar, pero tampoco lo entrega a los poderes fuertes que prometen la restauración del orden. Y que simplemente toma distancia: se retira, se ausenta, se desafilia.

Son, por ejemplo, las millones de personas que, elección tras elección, ante todas las llamadas a la participación y la responsabilidad, no votan y muestran así su desimplicación radical de un sistema político-electoral en el que no sienten que se juegue ninguna diferencia significativa para sus vidas. Un verdadero agujero negro en el ideal ciudadano de la democracia del que no se habla casi nunca, más que para denigrarlo.

–la deserción es la decepción elaborada como gesto activo. Son todas las formas de habitar creativamente o de politizar los malestares, de convertir cada interrupción de la vida-mercado en un grado de mayor autonomía.

El fenómeno de la Gran Dimisión, los movimientos decrecentistas, los nuevos comunalismos, el desenganche (más o menos colectivo, más o menos político) de los deseos y las expectativas que nos mantienen clavados a un sistema que genera ansiedad y precariedad, etc.

La zona gris, en cualquiera de sus tres expresiones, es un objeto volante no identificado para los radares de la izquierda. La derechización se juzga moralmente, sin atender a que se trata de un fenómeno de los cuerpos; la desafección se considera como déficit de participación, de responsabilidad o de implicación; y la deserción no se puede leer ni entender en la rejilla de la movilización clásica.

Una política de la impureza

La vida coincide con el mercado. La izquierda se repliega en políticas de contención desde arriba que apenas contienen los efectos más devastadores: precariedad y sufrimiento psíquico. Una zona gris se abre, un reverso de la política, un espacio ambivalente de decepción con respecto a las promesas de la democracia. En ese magma palpitan pulsiones de derechización, de desafección y de deserción.

Se puede juzgar la zona gris simplemente como una amenaza a la democracia, o interpretar que en ella hay indicaciones útiles sobre lo que no funciona, sobre sus límites, sobre sus techos de cristal. A esta segunda opción le llamamos “política de la impureza” y pasa por meter las manos en el barro de la zona gris buscando ahí pistas y fuerzas para la transformación social. Una política de la impureza pasaría por el desafío de inventar orientaciones y estrategias más allá de los circuitos cerrados 1) de la contención y 2) la comunicación.

La contención se limita a parchear sin plantear otra lógica, otro hacer, otro horizonte. Pero la vida-mercado atraviesa finalmente todos los topes y los límites, haciendo saltar todos los parches. La política de contención ni siquiera es reformista, porque el reformismo en un sentido fuerte es el proyecto de sustituir a lo largo de un tiempo de proceso un sistema por otro, un modelo por otro.

La comunicación se limita a hablar la lengua de la vida-mercado, la seducción y el marketing. La división entre un emisor que propone y un receptor que se “identifica” o “adhiere”, entre los sujetos de la enunciación y los objetos del enunciado. La comunicación no es el campo neutro de batalla, sino el lenguaje mismo del enemigo.

¿Se pueden experimentar otras políticas y otros lenguajes, otros haceres y otros decires? Sin duda, pero no sin meter las manos en el barro impuro de la zona gris, allí donde habita la decepción con respecto a la democracia y la política, en medio de las vidas rotas por la precariedad y el sufrimiento psíquico. No se trata tanto “dirigirse a”, “seducir” o “convencer”, como “impregnarse de”, “dialogar con”, “pensar junto a”. Una nueva cultura política.

Estamos metidos en este círculo endemoniado: la vida-mercado produce un malestar que la ola reaccionaria canaliza... ¡para afianzar la misma vida-mercado! Solo interrogando la zona gris de la democracia podemos hallar pistas para escapar de esta trampa. La salida del infierno está allí donde las llamas son más altas.

LA CRISIS DE OCCIDENTE Y SUS DIMENSIONES

CULTURALES Y POLÍTICAS

Nunca un concepto atrapa a toda la realidad que designa. Siempre queda algo afuera. Sucede sobre todo con conceptos aplicados a situaciones y hechos dependientes de un marco histórico específico y en un momento también específico. Queramos o no, los conceptos están arraigados en su historia y no en lo que designan desde un punto de vista puramente gramatical. Hay países geográficamente occidentales que no los entendemos como occidentales desde un punto de vista cultural, de la misma manera que hay países geográficamente no occidentales a los cuales, desde un punto de vista cultural, entendemos como occidentales, o por lo menos, como occidentalizados.

¿CRISIS DE OCCIDENTE?

Cuando diversos autores nos hablan de la “crisis de Occidente” tenemos que entender el término desde el contexto histórico de donde proviene esa designación. Solo después podemos indagar sobre las razones que llevan a suponer que una crisis existe o, lo que es similar, si bajo el rótulo “crisis de Occidente” es intentada presentar como crisis cultural una cuyas formas de ser no son culturales. Esto es importante remarcarlo en tiempos como los actuales, donde no son pocos quienes designan como crisis de Occidente a una crisis económica, a saber, el creciente avance económico de China en comparación con economías occidentales, sobre todo con Estados Unidos. No obstante, no deja de ser paradoja que quienes se refieren a una crisis económica suelen ser los mismos que suponen que Occidente es una cultura y no una simple economía.

1 Faared Zakaria acuñó el concepto de democracia iliberal, en su ensayo The Rise of Illiberal Democracy, para definir sistemas de gobierno aparentemente democráticos pero que carece de elementos esenciales, como el respeto pleno al Estado de derecho, las libertades civiles y la separación de poderes.

La separación entre lo económico y lo político es importante, pues si Occidente va a ser superado económicamente por China no significa de modo automático que lo vaya a ser desde un punto de vista cultural. Distinto sería si nos refiriéramos a que Occidente está experimentando una crisis de índole cultural, la que al serlo, también podría llevar a una crisis política. Pero, hasta ahora al menos, no tenemos noticia de que la llamada cultura occidental esté siendo superada, ni en términos culturales ni en términos políticos, por otras culturas. Más bien sucede lo contrario.

Occidente continúa siendo un centro de exportación cultural, tanto en lo que se refiere a las culturas de elites (música, arte, literatura) como a las culturas de masas (vestimentas, películas, modos de vida). Lo que sí podemos detectar es que en varios países occidentales hay síntomas de que las democracias, en particular la llamada democracia liberal, está experimentando serios deterioros, llevando incluso a la instauración de regímenes autoritarios e incluso autocráticos. El auge de los regímenes iliberales1 es una sombra que se extiende sobre Europa y, en gran parte, sobre América Latina. Eso es innegable. En ese sentido podríamos hablar de crisis de las democracias occidentales. Pero aún así hay que caminar con cuidado.

La desvalorización de las democracias no ocurre como consecuencia de una admiración ciudadana por formas de gobiernos de países (auto) designados no-occidentales, como China, Rusia, India. Hecho que contrasta con las crisis políticas que durante el siglo pasado experimentaban los regímenes anti-occidentales, sobre todo la URSS y sus satélites cuyos ciudadanos anhelaban vivir de acuerdo con las normas de los países occidentales. En ese llamado “mundo comunista”, los disidentes, así como gran parte de la población, miraban con deseos no disimulados hacia Occidente como todavía lo hacen las generaciones jóvenes de China, Rusia, Irán y otros países regidos por autocracias y dictaduras. Si recordamos la caída de los regímenes comunistas europeos, las crisis políticas, incluso económicas que experimentaron, fueron precedi-

das por quiebres que podríamos llamar culturales. Luego, si Occidente está en crisis, es más bien por razones endógenas y no exógenas. La economía china crece y crece y el militarismo ruso amenaza a muchas naciones, no solo a Ucrania. Pero gran parte de la juventud de esos imperios preferiría vivir en naciones occidentales que bajo regímenes en donde las libertades públicas, entre ellas las de expresión y movimiento, están radicalmente censuradas.

¿Podríamos decir entonces que, si hablamos de crisis de las democracias occidentales, ella es más bien producto de un proceso de desgaste o descomposición cultural? Al menos así las entendieron en el pasado pensadores “culturalistas” como Toynbee, Spengler y Hungtinton.

Para Arnold Toynbee, las culturas eran “naturalezas vivas” sujetas a evoluciones cíclicas condicionadas por la conjunción de procesos exógenos como endógenos, procesos que determinan el nacimiento, duración y muerte de las culturas. La crisis de una cultura sobreviene cuando ya no se encuentra en condiciones de resistir desafíos provenientes desde el exterior a ella.

EL MUNDO ES UN SOLO MUNDO

Que la lucha por la democracia sea política y no cultural no quiere decir que la dimensión cultural no exista. A Hannah Arendt, en su ensayo titulado “Política y cultura”, debemos la observación de que la dimensión de “lo político” necesita de un contexto cultural. No por casualidad hablamos en ciertas ocasiones de “cultura política”, término que significa que la cultura impregna a la política. Más todavía: para Arendt, la po-

lítica es un medio que se han dado las culturas para dirimir diferencias de un modo no destructivo.

En el espacio de la política nos protegemos con palabras de la violencia que proviene de una lucha cultural sin política (es decir, de la guerra), aduce Arendt. Del mismo modo, de la política, y no de la cultura, proviene la democracia que es una forma de gobierno y, a la vez, un modo de vida. En breve: la política es un lugar donde aseguramos nuestras libertades mediante constituciones e instituciones.

Hay países, en efecto, que han perdido la democracia, pero no han perdido la vida política (Hungría, Eslovaquia, Turquía, y varios más). En los Estados Unidos hay evidentes agresiones que provienen desde el espacio de la política hacia el de la democracia, pero el debate político continúa vivo. De la misma manera, muchas naciones latinoamericanas se encuentran políticamente constituidas como repúblicas soberanas, pero todavía no alcanzan el formato democrático. Incluso naciones democráticamente constituidas como el Chile posdictatorial han experimentado proyectos —desde la izquierda primero, desde la derecha después— destinados a alterar el orden constitucional.

Conviene detenernos a pensar el caso latinoamericano, en cuyos territorios tienen lugar diversas luchas políticas, democráticas y antidemocráticas. Interesante es hacerlo puesto que allí, en Latinoamérica, no pocos autores pensaron que después del fin de la Guerra Fría lo que se avecinaba iba a ser un proceso de democratización radical del continente. Sin embargo, la realidad ha sido más lenta. Los países del Cono Sur se han liberado de dictaduras y, si bien no avanzan, mantienen, aún bajo gobiernos populistas, los soportes básicos de la democracia.

El ya vernáculo populismo latinoamericano, ya sea en sus formas de derecha e izquierda, ha tenido mal que mal que adaptarse a ciertas formalidades democráticas. Colombia, Ecuador,

ahora Bolivia, han logrado hacer prevalecer los usos políticos por sobre la violencia organizada. Las izquierdas, si quieren obtener la mayoría de los votos, buscan orientarse más hacia el centro y las derechas populistas no han tocado el andamiaje constitucional de sus naciones. Han aparecido autoritarismos de derecha, y el más extremo está en El Salvador, pero hasta ahora no podemos ver ahí una tendencia política ascendente a nivel continental. Los tres países dictatoriales, Cuba, Nicaragua y Venezuela, no cuentan con demasiado apoyo de las izquierdas democráticas de la región y este es un punto que habla a favor de la (social) democratización de esas izquierdas.

Los tiempos en los que Hugo Chávez movilizaba en su torno a las izquierdas irredentas han quedado atrás. Parecerá paradoja, pero lo cierto es que en estos momentos las democracias latinoamericanas, pese a su fragilidad, se ven menos amenazadas que en Europa.

La globalización ha sido un fenómeno no solo económico. Existe, además, una globalización política. No deja de ser destacable el hecho de que las fuerzas en conflicto que actúan en Europa y en los Estados Unidos no sean hoy demasiado diferentes a las latinoamericanas.

Los conservadores latinoamericanos ya no actúan en nombre de “señoríos” agrarios como en el pasado sino a favor de economías ultraliberales. Los socialistas de hoy se llaman progresistas. América Latina, en breve, no está al margen de los nuevos tiempos. El mundo es (o ha llegado a ser) un solo mundo.

DES-OBEDIENCIA CULTURAL.

AUTOCRACIA, RÉGIMEN DE EXCEPCIÓN, SILENCIO

Y TEMOR.

Grace Jiménez (El Salvador)

Diseñadora, fundadora de La Casa Rosada.

Al analizar la intersección entre cultura y democracia, será común hablar sobre la ausencia democrática que nos dejara el 2024, será común el doler conceptos, nombramientos o derechos reprimidos entre la curva repetitiva de la historia. Será común cuidar dónde y con quién compartimos el luto de una libertad que parece no haber llegado más allá de algunas cuantas primaveras.

No pretendo denunciar al gobierno, las instancias están agotadas, esa puerta está cerrada, custodiada y con llave. Sin embargo, la democracia y la cultura no están habitando dentro de los templos patriarcales adornados de luces led y barricadas con púas. Por ello busco invitarnos a abrazar la incomodidad lo suficiente como para replantearnos nuestra inercia.

En su reciente informe, “Ver, oír y callar, la nueva realidad del espacio cívico”, Cristosal1 analiza la perspectiva de distintas colectividades de la sociedad civil, la participación política de diversas luchas sociales y el estado de los espacios cívicos, y antepone acciones sistemáticas, como la autocensura, la participación a puerta cerrada como alternativas más seguras para sus miembros organizados y el público general. Posicionan estas acciones como una respuesta ante una serie de estrategias de intimidación por parte del oficialismo, el régimen de excepción y las narrativas que profundizan la estigmatización y segregación comunitaria y social.

El informe contextualiza sobre la tendencia descendente en acciones individuales como contraloría, expresiones públicas disidentes y libres, presencia en acciones de calle, y en general un fuerte rechazo a la transparencia y diálogo entre ciudadanía y gobernanza. Las narrativas y acciones gubernamenta-

1 Cristosal. (2024, octubre). Ver, oír y callar: la nueva realidad del espacio cívico en El Salvador. Cristosal.

les no solo ahondan en el imaginario social sobre “los buenos y los malos”, sino que nos confrontan con múltiples factores que posicionan el silencio, el miedo y la desesperanza como una tendencia ascendente.

Las narrativas discriminatorias y separatistas, por más que encuentren cuna dentro de los gobiernos autocráticos, los fundamentalismos religiosos y los movimientos cooptados de algunas luchas sociales, no nacen de ellos. Si buscamos más atrás, nuestra historia humana ha sostenido la distinción entre la otredad como una estrategia para validar una serie de sistemas de segregación; el racismo, el clasismo, la homo-lesbo-transfobia y la gordofobia son algunos de los sistemas que sostienen entre sí y delimitan la regulación sistémica de libertades, certezas y derechos que comunidades y poblaciones llegan a experimentar, y bajo qué marco estos se encuadran. La cultura y la democracia no solo son sistemas circunstanciales complejos de comportamientos y sentipensares de las sociedades y los humanos en ella, sino una construcción teórico-práctica a partir de vestigios de heridas infligidas sobre las comunidades que no han sido históricamente parte del /ciudadano/hombre/humano legítimo y garante nombramiento.

Heridas y sistemas

que componen nuestra constitución

Es vital reconocer cómo nosotres, dentro de estas prácticas y construcciones, también somos partícipes conscientes o inconscientes del debilitamiento de nuestra cultura. Esta superficie contextual es lo que conocemos, es parte de lo que nos habita, lo que nos constituye como individuos. Pero, consecuentemente, reconocernos como partícipes abre la puerta a la resignificación de nuestras posturas, nuestras propuestas y lo que edificamos.

Si en nuestra historia de vida pretendemos darle forma a nuestra propia constitución, nuestros conceptos y mapas que nos permitan percibir nuestras realidades y construir sin mantenernos atados a una construcción que reconocemos como corrupta, que nos inhabilita habitar(nos) desde la libertad y la aventura, desde la horizontalidad y el cuidado, será necesario revisar los cimientos de esta construcción y darnos la oportunidad de una santa demolición.

Demoler nuestros propios sesgos y preceptos parece una idea catastrófica y caótica. Como humanos buscamos contar con algunas certezas, con nortes y estructuras que enmarquen nuestro comportamiento. Desbaratarlos será, sin lugar a duda, un cataclismo, pero la naturaleza misma nos permite saber que la muerte y sepultura es, en sí, una nueva vida.

Ver, oír y callar suena como un tríptico familiar. El temor y el individualismo nos ha invadido en casi cada aspecto de nues-

tra vida; la soledad se ha vuelto una aspiración; el silencio, un activo costoso, y el diálogo parece ser ahora un vestigio. Poco a poco entre la (no tan) aparente velocidad que nos demanda la vida, hemos ido encontrando el aislamiento como un escape de la incomodidad que la convivencia y comunidad impone.

Cuando el silencio es la norma, el juego es revolución.

Permitámonos jugar

y jugar y jugar para explorar.

Habitar la cultura de la desobediencia es permitirnos y darnos el espacio de humanización, de comunidad, de construir horizontalmente, de transformar la cooperación en solidaridad, es reconocernos desde la sombra y la luz, desde la esperanza y el luto, es sabernos punzón y ungüento.

Desobedecer de la miopía sistémica que nos ha criado y observar, pensar y construir críticamente. Desobedecer del silencio, de la inacción, desobedecer del temor infundido, desobedecer de la mirada miope de la realidad. Desobedecer la inmediatez y superficialidad. Desobedecer a la desesperanza de creer que la liberación es inalcanzable.

Que la desobediencia nos habite, nos invada y nos guíe a reestructurar nuestra constitución, que sea una llamarada de cataclismos individuales, que nos permita destrucción y reestructuración.

LAS PERSONAS MIGRADAS

TAMBIÉN CREAN CULTURA

Valeria Guzmán (El Salvador / España) Periodista y artista.

“Son tiempos difíciles para las democracias”, parece que es la frase que se repite cada vez más. Y es cierto, los autoritarismos aumentan, la polarización es regla y los discursos de odio hacia la diferencia y la diversidad parecen echar raíces cada vez más profundas. Esto tiene consecuencias reales sobre la vida de las personas menos privilegiadas, como las personas migradas.

Los impactos de esos discursos deshumanizantes van desde la discriminación cotidiana expresada con una mala mirada, hasta la organización de “cacerías” de personas racializadas. Con estos tiempos corriendo, las y los migrantes debemos demostrar constantemente que somos personas y, en segundo lugar, que tenemos derecho a ser candidatas a la ciudadanía del país al que hemos llegado.

La existencia en un territorio que no es el país en que naciste es cuestionada o satanizada. Nuestra propia humanidad se debate y es difícil imaginar un escenario donde socialmente se nos ve con derechos y deberes como cualquier otra persona local. Las personas migrantes no solo somos las que limpiamos las mesas del bar y bañamos al abuelo de la familia haciendo trabajos de cuidados. Además de buscarnos la vida, también somos las mujeres, hombres y disidencias que creamos cultura allá donde vamos.

Cuando una persona migra, por cualquier razón, lleva consigo un bagaje cultural y el derecho de compartir lo que sabe. En los países del llamado “norte global” se discute mucho sobre la integración de las personas migrantes en sus sociedades. A veces, eso se confunde con asimilación y se espera que el recién llegado olvide toda su vida anterior y adopte las tradiciones y las formas de ser y de estar del nuevo lugar inmediatamente para poder considerarle "ejemplar". Pocas veces desde la cultura dominante se le da un espacio para que se exprese sobre sus propias formas de ser, vivir y estar.

En Barcelona, un grupo de nueve mujeres migrantes nos reunimos durante casi dos años a hablar sobre esas vivencias. Nos contamos entre nosotras los casos de racismo que habíamos vivido y pensamos en hacer una obra de teatro sobre las experiencias compartidas.

En este espacio autogestionado, a nadie se le solicitó dinero ni mucho menos documentación para tener derecho a expresarse, teorizar y pensar en crear algo en la ciudad. Al ser inmigrante y precarizado, la ciudad puede hacerte sentir invisible, como una vida que no importa. Pero este tipo de espacios autogestionados sirven para volver a simplemente ser persona. Para dejar de pensar en trámites burocráticos y ejercer derechos culturales.

Los derechos culturales no hacen solo referencia a la identidad y la cultura que cada una trae, sino también a la posibilidad de construir algo nuevo y de participar en espacios culturales del lugar donde se vive.

Las posibilidades de espacios de creación para las poblaciones migrantes en los países a los que migramos son un oasis y, como ellos, también son difíciles de encontrar. Existe poca oferta de procesos públicos

que acepten a personas que formalmente no son parte de la ciudad o del país.

Diversas asociaciones culturales optan por un modelo de pago diferenciado para apoyar a las poblaciones migradas. En algunas salas de teatro alternativas de Barcelona, a la hora de pagar la entrada para espectáculos, hay una opción de pago completo para personas locales y un pago con descuento para personas migradas o de otros grupos vulnerables. De la misma forma, conozco a compañeras artistas y activistas que brindan talleres con un sistema de becas en sus proyectos personales. Por ejemplo, el grupo Melanin Team. Esta asociación cultural creada por tres mujeres racializadas ofrece clases de bailes latinos y africanos con una perspectiva feminista. Ahí, ellas ofrecen becas completas para las compañeras que no puedan pagar sus clases. Estos espacios se presentan como una de las pocas oportunidades para ser parte de una red, reír, bailar y compartir en colectivo.

La experiencia de querer crear y no encontrar un camino o los medios necesarios para hacerlo puede ser muy aislante. Se puede tener todo el deseo de escribir, actuar o cantar, pero nadie quiere hacerlo sin comida en el estómago. Esto no tiene por qué ser así. Es necesario que se le brinde la importancia adecuada a la inversión en programas que permitan que todas, todos y todes podamos tener acceso a la cultura.

Con el grupo de mujeres autogestionadas nos reunimos de manera independiente para, a través del juego escénico, procesar esas vivencias y transformarlas en unas donde nosotras teníamos agencia sobre lo que nos sucede. El proceso se cerró con la creación de una obra de teatro comunitario. Durante el primer semestre de 2025, tuvimos buen recibimiento de un

público que parecía dispuesto a escuchar esas experiencias y también dispuesto a comprometerse para evitar situaciones que repliquen el racismo al que nos enfrentamos las personas migradas y/o racializadas. Pero que la alteridad hable no siempre es bienvenido. También se nos cuestionó el derecho a hablar sobre el contexto social del territorio en que vivimos al no ser locales. Así aprendimos que los nacionalismos también atacan a los y las hacedoras de cultura.

Defender la democracia es también defender el derecho a la disidencia, a la diferencia, al pensar distinto porque venimos de diferentes contextos geográficos, familiares, económicos, etc. Defender la democracia debería implicar también defender el derecho a la libertad de expresión y reconocer que artistas, gestoras culturales y público pueden tener opiniones distintas sobre un mismo tema y que, aún así, exista la posibilidad de establecer diálogos.

Reconocer a las personas migrantes como sujetas de derechos culturales es una necesidad democrática. Defender el derecho a crear cultura es defender inherentemente el derecho de las personas migradas a estar y vivir en los territorios que desean. En momentos actuales donde se habla de deportaciones masivas, cacerías humanas y persecución a la diferencia, es necesario defender con los dientes la posibilidad de crear, compartir y consumir cultura sin importar las coordenadas geográficas sobre el lugar de nacimiento.

Javier del Olmo

Américas en conversación con Juan Carlos Romero 2017-2022 [Cat. 209]

Alzar las voces únicas, cuestionar los significados colectivos, garantizar la diversidad, luchar por la inclusión de los cuerpos y preservar la cultura, esas deberían ser las Américas en conversación.

DERECHOS CULTURALES Y DEMOCRATIZACIÓN DE LA CULTURA

Los derechos humanos constituyen un pilar esencial de las democracias contemporáneas. ¿Por qué afirmarlo así? Porque los derechos son, en última instancia, expresiones de libertad y convivencia. En particular, los derechos culturales garantizan a las personas la posibilidad de participar en la vida cultural, acceder a bienes y servicios culturales y, de manera fundamental, crear, preservar y transmitir sus propias expresiones simbólicas.

Como plantea Paola Vega, el respeto y la vigencia de los derechos culturales sostienen memorias, tecnologías sociales, epistemologías y metodologías que permanecen vivas en las prácticas colectivas: en la activación de espacios públicos, en las casas comunales barriales, en cooperativas de economía solidaria, en experiencias de educación popular y en las organizaciones de pueblos ancestrales. Allí, la cultura, con el apoyo de una gestión cultural crítica, se despliega no como un adorno, sino como tejido vital de la democracia.

Ejercer y proteger los derechos culturales, como subraya Eduardo Vásquez Martín, garantiza la diversidad. Y esa diversidad no es una consigna abstracta: es la raíz que permite que pueblos y sociedades participen, desde sus diferencias, en el diseño, la implementación y la evaluación de las políticas públicas. Sin diversidad, la democracia se empobrece; con ella, se expande y se profundiza.

En un texto provocador, Zaría Abreu Flores cuestiona el modo en que la democracia mayoritaria excluye sistemáticamente a ciertos cuerpos: los cuerpos enfermos, viejos, discapacitados. Su reflexión interpela la noción misma de ciudadanía al denunciar que, en la práctica, esos cuerpos, los cuerpos discas, no son reconocidos como parte de la mayoría y, por tanto, son marginados del discurso y del diseño de políticas. Este planteamiento obliga a repensar radicalmente tanto la arquitectura democrática como las narrativas que la sostienen.

Por su parte, Milene Chiovatto introduce un tercer concepto en esta intersección entre cultura y democracia: la educación museal. A través de su experiencia en el trabajo educativo en museos, reflexiona sobre la diferencia entre democratización cultural (acercar la cultura a la ciudadanía) y democracia cultural (reconocer que todas las personas son agentes culturales). Según su perspectiva, las instituciones culturales, como los museos, tienen la responsabilidad de cuestionar los objetos patrimonializados, las formas de exhibición y su propio funcionamiento. Al tensionar los sentidos establecidos y abrirse a la diversidad de públicos, la educación museal se convierte en un laboratorio de construcción y cuestionamiento de significados colectivos.

Pero lo colectivo se construye desde la diversidad de voces únicas que deben ser alzadas y escuchadas. La periodista y artista guatemalteca Ketzali Pérez, en su texto “Volver a narrar(nos)” nos propone el ejercicio de contar —a alguien o algo— con la lucidez de distinguir lo esencial para no dejarnos arrastrar en medio de un presente saturado por la sobreproducción de información y contenidos muchas repetitivos.

Este segundo capítulo de Intersecciones nos invita, así, a comprender que los derechos culturales posibilitan que la democracia se sostenga y se renueve desde la pluralidad, la memoria y la creatividad social.

Paola de la Vega (Ecuador) Educadora, investigadora y trabajadora cultural.

GESTIÓN CULTURAL CRÍTICA Y CRISIS DEMOCRÁTICA

Una de las características de la policrisis global contemporánea es la ideología del no-futuro como una ideología del poder1. La posibilidad de fracturarla y tensionarla está latente en la cualidad utópica de la cultura o lo que suele llamarse la cultura para la transformación social; con ello no me refiero a su imaginario instalado en la esfera político-cultural como promesa de salvación en contextos sociales vulnerables o de violencia, o al potencial transformador de la cultura que “radica exclusivamente en su capacidad para enaltecer y mejorar el espíritu del sujeto individual” (Rowan, 2024, 172), sino a la fuerza de las acciones colectivas que intervienen en el presente para transformarlo. En este sentido, la noción de gestión cultural crítica2 ayuda a comprender cómo prácticas de utopismo concreto “resisten a lo que Wilder (2022) define como un pesimismo categórico: aquel que declara la imposibilidad de cualquier cambio en sintonía con el triunfalismo del fin de la historia proclamado por el orden neoliberal” (De la Vega, 2024, 299).

1 Esta idea la tomo de la filósofa catalana Marina Garcés. “Marina Garcés: la idea del no-futuro es la del poder”. Culturplaza, 23 de enero de 2024

2 Para ampliar este concepto, sugiero revisar el libro de mi autoría: Genealogías para una gestión cultural crítica. Buenos Aires-Quito: RGC Ediciones y Edipuce, 2024.

La gestión cultural crítica hace referencia a acciones que ensayan en el presente, futuros anticipatorios de aquello que podríamos ser culturalmente, como comunidad, como sociedad —la utopía son potenciales, semillas o gérmenes ocultos en el presente de otros futuros posibles (Bloch)3—; son elaboraciones radicalmente colectivas que responden a condiciones contextuales específicas y cuestionan formas de organización promovidas por políticas identitarias multiculturales, desbordando diferencias aparentemente infranqueables y estables (culturales, territoriales, identitarias) y abriendo espacio a prácticas solidarias y alianzas políticas (De la Vega, 2024, 305). Estas utopías concretas están vivas desde hace décadas en Abya Yala4, en genealogías que dejan ver en el presente

3 Amador Fernández-Savater propone en su red Facebook algunas lecturas de lo utópico. 9 de julio de 2025.

4 Abya Yala es un modo de enunciación político y epistémico anticolonial, que vincula territorio y lengua. Abya-Yala, tal como Indoamérica, Ñamérica y Améfrica, “han buscado plantear lo que nos une, a pesar de las delimitaciones geográficas y la división de naciones ficticia. (...) Abya-Yala como forma de nombrar un territorio fértil y en plena madurez alude a “Tierra Madura, Tierra Viva o Tierra en Florecimiento y fue el término utilizado por los Kuna, pueblo originario que habita en Colombia y Panamá, para designar al territorio

comprendido por el continente americano.

De acuerdo con el momento histórico vivido, se referían a este territorio de diferente forma: KualagumYala, TagargunYala, TinyaYala, y AbyaYala, siendo este último el que coincidió con la llegada de los españoles. El término Abya Yala es, en sí mismo, un símbolo de identidad y respeto hacia las raíces de los pueblos originarios.”

(Duque y De Oliveira, 2022)

formas de colectividad y agenciamiento cultural no sectorizadas. Estos legados genealógicos de memorias, tecnologías sociales, epistemologías y metodologías se mantienen vigentes en activaciones de espacios públicos, casas comunales barriales, cooperativas de economía social, experiencias de educación popular, organizaciones de pueblos ancestrales que suspenden la dicotomía colonial cultura-naturaleza y gestan en lo colectivo prácticas que se enuncian en la interrelación indisoluble entre diversidad cultural y biodiversidad, o acciones colectivas en defensa de los derechos humanos, el trabajo digno y la lucha contra las desigualdades. Revisitar estas prácticas, entendiendo sus aciertos y contradicciones, podría ofrecernos pistas sobre modos de hacer y organizar lo común, y abrir escenarios de futuro, siempre inscritos en el presente.

5 Amador Fernández-Savater. “La política como lucha entre pasiones (lecciones de Torre Pacheco)”. Ctxt. Contexto y Acción. 9 de agosto de 2025. 6 Latinobarómetro Informe 2024.

Los cauces genealógicos de lo comunitario se han ido desmoronando desde la pandemia del covid-19, con la agudización de las condiciones precarias de vida de sujetos, comunidades y trabajadores de la cultura y la ausencia de políticas públicas, en muchos países de la región, que garanticen las condiciones mínimas de dignidad. La supervivencia individual, el pluriempleo y la consecuente captura del tiempo para la participación social están en la base de este desmoronamiento. A ello se suma que en los últimos años hemos presenciado la fragilización de los pilares del sistema democrático y el surgimiento de gobiernos autoritarios de la cuarta ola de la derecha radical en América Latina (Goldstein, 2024).

Si la democracia no solo es la gestión de lo existente (instituciones, procedimientos, normas), sino la necesidad de participar como colectividad en la discusión y transformación de lo dado5, cada vez estamos más lejos de ello. ¿Cómo construir comunidades que transformen desde la acción y participación colectiva cuando la confianza interpersonal en 2024 se situó en América Latina en el 15 %6?, ¿cómo hacerlo cuando la subjetividad está dominada por el miedo al otro, por una perspectiva de cambio que se afirma en una agenda seguritista, de militarización, punitivismo y cárcel?, ¿qué hacer frente a la

culpabilización del otro que promueve la necesidad de líderes autoritarios, mesiánicos y estados de excepción permanentes como antídotos?, ¿cómo reorganizar lo comunitario cuando gobiernos autoritarios promueven leyes que pretenden controlar y censurar formas de organización de la sociedad civil, en nombre de la seguridad? Ante estas preguntas tengo dos intuiciones: la primera, que recuperar comunidad implica reconstruir valores democráticos, desde la gestión de lo pequeño, lo micropolítico, lo territorial y lo próximo; segunda, que este proceso es lento e involucra la escucha de aprendizajes y experiencias de esos legados genealógicos de prácticas de acción cultural expandida y desectorizada, capaces de “trenzar y articular las prácticas y conflictos culturales con otros campos de trabajo y otros conflictos sociales” (Rowan, 2024, 171).

La participación democrática en cultura no se reduce al acceso a recursos o servicios públicos, por parte de la ciudadanía y trabajadores sectoriales, ni tampoco a la repetición de frases hechas sobre el valor de la cultura y su dimensión como derecho en las que insistimos exclusivamente artistas y profesionales del campo. La democracia cultural, movilizada por la acción colectiva, abre espacios de imaginación política desde la cultura, crea formas de gobierno y diseño institucional, y genera mecanismos de redistribución de poder; con creatividad, pone en tensión narrativas culturales dominantes naturalizadas; interviene, acciona y transforma en contextos localizados, promoviendo la igualdad, la convivencia y el diálogo. Y, sobre todo, una democracia cultural cuestiona la matriz tatcheriana de que las cuestiones político-culturales son asuntos técnicos que solo debían gestionar los expertos.

LA DIVERSIDAD CULTURAL Y LA DEMOCRACIA POLÍTICA

A diferencia de los sistemas coloniales de dominación, las teocracias, las dictaduras o gobiernos autoritarios de todo signo, las experiencias democráticas modernas se fundamentan en el derecho de los pueblos, las comunidades y las personas, a la autodeterminación. Por lo anterior, los estados democráticos modernos asumen la obligación de garantizar que la expresión de la voluntad de las mayorías y la preservación de los derechos de las minorías resulten amparados por el poder público.

Esto es así porque las sociedades democráticas reconocen y respetan a la diversidad como el origen de su riqueza social y basan parte importante de su razón de ser y de su legitimidad en las capacidades que desarrollan para garantizar los derechos humanos de las personas. Por su parte, el orden democrático evoluciona en la medida en que la concepción social de estos derechos también se amplía y renueva. Una característica de estos procesos de renovación ha consistido, después de la Segunda Guerra Mundial, en la transición de una visión restrictiva de los derechos humanos, exclusivamente en términos individuales, a considerar una nueva gama de derechos sociales, económicos y culturales, cuya dimensión es tanto individual como colectiva.

Eduardo Vázquez Martín

La existencia en un territorio que no es el país en que naciste es cuestionada o satanizada. Nuestra propia humanidad se debate y es difícil imaginar un escenario donde socialmente se nos ve con derechos y deberes como cualquier otra persona local. Las personas migrantes no solo somos las que limpiamos las mesas del bar y bañamos al abuelo de la familia haciendo trabajos de cuidados. Además de buscarnos la vida, también somos las mujeres, hombres y disidencias que creamos cultura allá donde vamos.

En el caso de los derechos culturales, su protagonismo en términos sociales, intelectuales y académicos, es resultado de la emergencia y el renovado protagonismo de expresiones que involucran tanto a la sociedad en general como al mundo del arte y la cultura. Estas expresiones lo mismo se relacionan con la pertenencia o autoadscripción a los pueblos originarios y afrodescendientes, las identidades sexogenéricas, generacionales, nacionales, populares o particulares, que lo mismo se expresan de manera tradicional a través de festividades, usos y costumbres, o desde el ámbito culinario o cosmogónico. También pueden tomar la forma de alguna de las disciplinas artísticas, conceptuales, literarias o cinematográficas, cuya naturaleza, siendo esencialmente cultural, es también política —aunque no se circunscriban al marco de la representaciones electorales y a los sistemas de partidos, emergen de movimientos sociales críticos, de resistencia a la dominación, o sea consecuencia de alguna discrepancia en el ejercicio legítimo de la disidencia—.

En los territorios del arte y la cultura las adhesiones y las desafecciones, las tradiciones y las rupturas, aún cuando se encuentran vinculadas, e incluso determinadas, por la vida política, económica y social, tienden a expresarse de manera específica y en sus propios tiempos: muchas veces anticipando los cambios de época e incluso propiciándolos.

En efecto: la cultura está entretejida con todas nuestras actividades sociales, económicas, familiares y privadas, pero lo que

es importante reconocer es que, aun así, conserva siempre un mayor o menor margen de autonomía, imprescindible para desatar el proceso creativo, por lo que la libertad de expresión es la primera condición que reclama la cultura al orden democrático.

Por la propia naturaleza de sus procesos, el diálogo, el debate y la representatividad en la cultura es diferente al de la democracia electoral, por lo que necesita espacios propios de deliberación y participación, ya sea en el marco de las instituciones del Estado (universidades, ministerios nacionales o gobiernos locales) o en el que construyen las organizaciones de la sociedad civil o en el que determina la economía de mercado.

Si la democracia política tiende a sintetizar la diversidad, y en no pocas ocasiones a concentrar las tensiones que devienen de su naturaleza dialéctica en dos grandes bloques, en el caso de los procesos propios de la vida cultural tienden a crear escenarios donde la metáfora, la metonimia y la sinécdoque, la subjetividad y la intuición, el sueño y la imaginación, así como la especificidad técnica de muchos tramos creativos, reproducen constantemente dinámicas complejas que generan sus propias tesis y antítesis. Todo ello cada vez más acelerado por la globalización comercial y la interconexión entre las comunidades y las personas.

Cuando hablamos de derechos culturales, básicamente nos referimos al derecho de las personas y las comunidades al acceso y conocimiento del patrimonio cultural propio y de la humanidad, así como a participar de la vida cultural de su tiempo a través del ejercicio en libertad de todas las formas de expresión humana, como una manera legítima y necesaria de participar de la vida pública. Por eso el empeño de artistas y comunidades, de creadores y gestores, que insistimos en convencer a las esferas del poder público, desde el ámbito local o internacional, de lo necesario que resulta en nuestros tiempos el garantizar estos derechos como una prioridad,

Eduardo Vázquez Martín

pues implica poner en marcha distintas formas de diálogo entre las comunidades y los pueblos, una manera que pensamos capaz de construir espacios de participación y resolución de conflictos en sociedades y naciones como las nuestras: lastimadas y escindidas por la desigualdad, la crisis climática y la violencia generalizada.

Colocar los derechos culturales en las agendas públicas implica extender el alcance de la inclusión democrática y abrirnos a nuevas maneras de interpretar la realidad, fomentar el diálogo y la convivencia, involucrar a nuevos actores y a otras perspectivas, lo que amplía nuestro marco visual, enriquece la conversación y fertiliza los terrenos de donde emerge la curiosidad y se enriquece el conocimiento. Desde la perspectiva de muchos de los que nos dedicamos a la gestión de la cultura, el intenso ejercicio creativo y los diálogos que propicia ejercitan a la sociedad en la comprensión del otro, de los otros, y nos enseñan a practicar la tolerancia, por lo que la fiesta de la cultura propicia la experiencia de la empatía, la fraternidad y la solidaridad.

En el 5.º Encuentro “Por un nuevo contrato social. Renovar la democracia para no dejar a nadie atrás”, convocado por la Agencia Española de Cooperación (AECID) y las autoridades culturales del gobierno de Chile, mismo que tuvo lugar en Santiago de Chile los días 15 y 16 de junio de 2023, reflexionamos, desde nuestras experiencias nacionales (España, Chile, Uruguay, Colombia, Nicaragua, México, El Salvador, entre otros) acerca del papel que debía jugar el arte y la cultura en la consolidación y defensa de la democracia. No intentaré una relatoría de lo mucho que se dijo en esas horas chilenas, pero sí me gustaría ensayar lo que yo interpreté como consenso: que la democracia necesita reconocer y estimular la diversidad cultural para echar raíces profundas en los pueblos y las sociedades; pero también que la democracia política, representativa, no expresa la diversidad cultural, por lo que necesitamos crear formas nuevas que hagan posible la participación creativa en el diseño, operación y evaluación de las políticas

públicas. Esto quiere decir que la democracia política requiere de una democracia cultural fundamentada en la diversidad, para fortalecerse a sí misma y resistir la ola autoritaria que se extiende por el mundo, lo incendia y amenaza con barrer todo esfuerzo progresista, la resolución pacífica de los conflictos, la sostenibilidad y el bienestar compartido.

Es fundamental que los gobiernos progresistas no intenten instrumentalizar a la cultura como extensión de la propaganda política; requerimos que los proyectos políticos democráticos comprendan que la mayor y definitiva aportación de la vida cultural a la democracia es su propia dinámica creativa, diversa, crítica e incluso divergente. Me pregunto si la democracia cultural es posible sin modificar el lugar que el arte y la cultura tiene en la arquitectura institucional de nuestras democracias. Creo que no. En mi experiencia, una democracia progresista requiere ampliar los márgenes de autonomía y autogestión de la cultura frente a los otros órganos del poder político. Las experiencias autonómicas en materia educativa y universitaria quizá nos indican el camino. También necesitamos que se entienda, de una vez por todas, que el papel de la cultura en el desarrollo requiere reconocer su transversalidad e interseccionalidad, de manera que se potencie el papel que ya cumplen las dinámicas de creación cultural en el desarrollo económico y social, la sostenibilidad, la gobernabilidad.

Eduardo Vázquez Martín

¿DEMOCRATIZAR LA CULTURA O DISCAPACITAR LA DEMOCRACIA?

Zaría Abreu Flores (México)

Estoy sentada escribiendo esto, intentando responder las preguntas detonadoras que me enviaron; resuenan en mi cabeza, pero no en mí, no en mi cuerpo, no me “hacen sentido”, me detengo a preguntarme por qué.

(P A U S A L A R G A)

Han pasado diez minutos, sigo sin encontrar el sentido, pero hay algo de intuición que me señala por dónde caminar este laberinto mental y el camino es —qué raro— una pregunta:

¿En verdad podemos hablar de democracia para las cuerpas discas?

¿De qué modo se aplicaría ese término para cuerpos que no son —las más de las veces— ni siquiera considerados “ciudadanos”? ¿Cómo generar políticas públicas para quienes se nos niega el espacio público?

Podría seguir el listado de preguntas y esto sería más que un texto, un conglomerado de cuestionamientos sin solución, porque —tanto en los hechos como en la teoría— la democracia no existe para los cuerpos discas.

El discurso sobre la democracia no es un discurso que desde ninguna de sus aristas toque los cuerpos discas, es más, me atrevería a decir que los excluye a priori porque, bien mirada, la democracia es la ley de la mayoría, y los cuerpos enfermos, discapacitados, viejos, no somos parte de esa mayoría…

(P A U S A O T R A V E Z)

Otros diez minutos. Otro listado de preguntas sin respuesta. Lanzo solo una, como quien juega tiro al blanco.

¿No somos mayoría?

Quizá lo somos, pero marginadas como estamos, obligadas a permanecer ocultas no nos “vemos”, contrario a todo lo que pudiera pensarse los leprosarios no han desaparecido, y ahí, en esos nuevos leprosarios inscritos dentro de la democracia, están nuestras cuerpAs discas.

Empezar por dinamitar

axiomas:

Sí, somos mayoría.

Todo cuerpo está destinado a su degradación, todo cuerpo enfermará o envejecerá y por lo tanto se discapacitará y ahí en esa potencia de devenir enfermo deberían centrarse las sociedades, pero el cuerpo enfermo y discapacitado está “fuera de”, jamás será el centro; el capitalismo tardío, fundado en las democracias actuales, requiere de cuerpos/máquinas que sean productoras al mismo tiempo que consumidoras.

Ahí, en ese concepto de “cuerpo sano” —que es el cuerpo al que se le dan los derechos y las categorías de “ciudadanía”— no entramos ni discas, ni enfermas, ni viejas, ni locas.

Pienso en un ejemplo, lo traigo a mi escritura, una escritura viva, autobiográfica, que no conoce otro modo de volverse cuerpo, que no conoce otro modo de teorizar, porque la teoría, como la escritura, deben fundarse en lo vivo, en lo corpóreo, en la experiencia situada.

En mi país hay trámites que solo se pueden hacer presencialmente y si partimos de que:

salir a la calle no es una experiencia humana universal existimos millones de personas que no podemos acceder a esos trámites, requerimos de un gestor, pero el “derecho” a ese gestor no nos es concedido si no renunciamos a nuestra ciudadanía, es decir: si no firmamos una carta que diga que somos personas incapaces de hacernos cargo de nosotras mismas. Aun así, una reciente ley de mi país prohíbe la interdicción por ser una ley que atenta contra los derechos humanos más esenciales. ¿Democracia?

¡Democracia, Democracia su lechuguita…!

Para tener acceso, se nos quitan las condiciones civiles que supuestamente están creadas para dar acceso…

La serpiente se muerde la cola, el margen del margen.

¿De qué me “sirven” a mí la democracia y las “leyes” que se ejecutan en su nombre?

Pero además, en realidad, en este oscuro fin de los tiempos, ¿deberíamos seguir abogando por el sistema político que nos trajo hasta acá?

¿Nos hemos preguntado qué tanto sustenta al capitalismo la democracia? Porque a ojos vista, hoy por hoy, es su pilar fundamental. Creo que hay que atrevernos a nombrarlo: La democracia, actualmente, se ha convertido en una dictadura disfrazada…

Lo progre a favor del fascismo, máxime en los territorios del Abya Yala, o LATAM como nos nombran quienes no fueron paridos en este territorio, un territoriodisca, un territorio enfermo, un territorio que es también un cuerpo mutado que se tiene la impresión de que hay que “arreglar”, en lugar de abrazar en toda su hermosa complejidad de culturas originarias.

Mi territorio, mi tierra, mi lugar de origen,

—el lugar donde está enterrado mi ombligo— es un cuerpo disca, que adquiere su potencia de su mutación, por eso se intenta homogeneizarlo, “curarlo”, volverlo funcional…

En LATAM (léase Abya Yala) nos ha dado por ‘copiar’ la dicotomía gringa de republicanos vs. demócratas e intentar aplicarla a una política estatal que poco o nada tiene que ver con esa farsa y que no termina de entender las formas organizativas de los pueblos y comunidades originarias que son el torrente vital de nuestros territorios.

Ne ni cucaa' hriini stine' // Esta tinta es mi sangre.

Democracia es igual a Estado. Y yo, mujer zapoteca (binnizá) de cuerpA disca, enferma y gorda no quiero tener nada que ver con el Estado, no quiero reclamarle derechos para regalarle leyes sobre mí, y no quiero que me “incluyan” sin mi consentimiento en las dinámicas de los Estados demócrata/ capitalistas que son tanatofílicos, capacitistas e inoperantes. Ahí, en esa cultura de la muerte, no quiero participar.

(A Q U Í O T R A P A U S A, E S T A V E Z

I N M E N S A — D E D Í A S —).

Vuelvo y, otra vez, más que respuestas, tengo preguntas.

¿Qué tanto —a veces— al aceptar participar de políticas y reflexiones “incluyentes” estamos dándole un cheque en blanco

al Estado?

Dónde inscribir entonces la cultura disca, su enunciación, su estancia “frente a”, como la oposición abierta a la construcción de simuladas democracias que son la ley del más fuerte y de los eslóganes masificantes.

La cultura disca se inscribe primero en la cuerpa y después volviendo potencia el rechazo social. La democracia, esa que se supone que buscamos “curar”, nos quiere muertas y la vida no se pide por favor.

Hablando en esos términos, jugando a ese político lenguaje, podría decir:

La enfermedad es lo más democrático que existe.

¿Con qué fin democratizarla entonces?

Creo que, si deseamos en verdad que nuestras cuerpas discas adquieran espacio y presencia y, sobre todo, dejemos de ser vidas desechables, habríamos de pensar en

des-democratizar,

lo digo en el mismo sentido de esa canción que reza "A desalambrar, a desalambrar, que la tierra es nuestra, tuya y de aquel...".

Discapacitemos la democracia que peca de muy sano patriarcado, capitalismo y capacitismo. Enseñemos la verdadera potencia spinoziana de la mutación, apostándole a mutar los cimientos de la sociedad toda, antes de poner una inútil rampa más (imaginaria o no).

Apostemos por los lugares de creación de arte y pensamiento en donde cuerpos y corazones discas estamos generando mundos habitables más allá (mucho más allá) del reciclaje de los ya tan manoseados conceptos de democracia, inclusión y adaptaciones "especiales".

Entre lo progre y el margen, elijamos el margen, porque ahí, en nuestras ‘anomalías' está el único futuro posible e imaginable.

CULTURA, DEMOCRACIA

Y EDUCACIÓN MUSEAL

Milene Chiovatto (Brasil) Educadora museal.

¿Qué relaciones podemos tejer entre estos tres grandes conceptos y de qué forma se encuentran interconectados? Esta fue la tarea que me fue asignada para esta publicación y sobre la cual pretendo discurrir brevemente, sin la pretensión de una respuesta definitiva, sino con el ímpetu de fomentar reflexiones sobre las posibilidades de esta articulación.

DEMOCRATIZACIÓN

DE LA CULTURA

VS. DEMOCRACIA CULTURAL

El campo de la cultura tuvo una amplia importancia en los años posteriores al fin de la Segunda Guerra Mundial. Hechos como la creación de la Unesco (Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura), del Consejo Internacional de Museos (ICOM, por su siglas en inglés), y del primer Ministerio de Cultura en Francia son evidencias de cuánto el caos de la guerra evidenció a la cultura como uno de los factores fundamentales en aquellos tiempos de búsqueda de unidad y paz.

Lo que hoy conocemos como política cultural tiene como premisa la creación del Ministerio de Asuntos Culturales en Francia, en 1959, que surge con los siguientes objetivos:

"[La función del] ministerio encargado de la misión Asuntos Culturales es hacer accesibles las obras capitales de la humanidad y, en primer lugar, las de Francia, al mayor número posible de franceses; proporcionar al mayor público nuestro patrimonio cultural e incentivar la creación de obras de arte y espíritu que lo enriquezcan" 1 .

1 LACERDA, Alice Pires de. Democratização da Cultura X Democracia Cultural: os Pontos de Cultura enquanto política cultural de formação de público.

LOPES, João Teixeira. Da democratização da Cultura a um conceito e prática alternativos de Democracia cultural.

2 RUBIM, Antonio Albino Canelas. Cultural Policies and new challenges. In: Matrizes, Ano 2 – nº 2 primeiro semestre de 2009. Pg. 96

Con ese fin, André Malraux, que estuvo al frente de dicho ministerio durante diez años, desarrolló proyectos que buscaban “llevar la cultura al público”. Este fenómeno moldeó lo que hoy llamamos "democratización de la cultura", que se fundamenta en la creencia de que la mala distribución de los centros de cultura o la ausencia de espacios culturales fuera del centro, o incluso el alto precio de las entradas, serían los principales inconvenientes materiales que explican la brecha existente entre la cultura “erudita” y académica y la clase popular.

Más tarde, en la década de 1960, este modelo fue criticado al percibirse su ineficacia, pues no basta con reducir las barreras físicas entre la cultura erudita y las clases populares. El equívoco es anterior: el concepto de cultura utilizado en las políticas de democratización de la cultura restringe la cultura a la erudita, considerada "la gran cultura” (europea, blanca y colonizadora), legitimada por las élites productoras de parámetros estéticos, desconsiderando la diversidad cultural y obedeciendo a una lógica jerárquica. Además, considera al público como homogéneo y aborda la cultura solo en su dimensión de disfrute.

Fue necesario, por lo tanto, desarrollar otro modelo para la Cultura y un nuevo rumbo para las políticas culturales, ya que el principal factor de distanciamiento del gran público respecto de la Cultura son sus barreras simbólicas.

Este nuevo modelo cultural, con fuerza propulsora una vez más en Francia y con el apoyo de la Unesco, diseminó y promovió un nuevo paradigma: el modelo de la Democracia Cultural. Este segundo modelo "reivindica una definición más amplia de cultura, reconoce la diversidad de formatos expresivos existentes, busca una mayor integración entre cultura y vida cotidiana y asume como condición de la política cultural la descentralización de las intervenciones culturales"2

La descentralización de la producción cultural, por ejemplo, además de promover una mayor interacción entre los diferen-

tes niveles de gestión pública, impulsa el desarrollo de expresiones culturales locales. El nuevo modelo se basa en una concepción menos vertical de políticas para el sector, repensando el papel del Estado y asumiendo la necesidad de participación de otros actores sociales.

Tal política cultural reconoce la pluralidad de la noción de público, una expansión tan necesaria como la del propio concepto de cultura, que pasa a considerar la dimensión antropológica de la cultura producida por la interacción social de los individuos.

A partir de la década de 1970, la Unesco comienza a difundir una nueva definición de cultura:

“[...] la cultura puede ser considerada [...] como el conjunto de características distintivas, espirituales y materiales, intelectuales y emocionales que caracterizan a una sociedad o un grupo social. Abarca, además de las artes y las letras, modos de vida, derechos fundamentales del ser humano, sistemas de valores, tradiciones y creencias”3.

No obstante, la lógica de la antigua democratización de la cultura aún persiste hoy, por ejemplo, cuando las políticas culturales en vigor insisten en sostener que, para estimular el aumento de la asistencia a eventos y equipamientos culturales, como museos, teatros, centros culturales, conciertos y recitales, basta con aplicar una política de reducción de precios.

3 CORTÉS, Guillermo (2006). Tan cerca y tan lejos: los vaivenes de las políticas culturales. In: CORTÉS, Guillermo e VICH, Victos (Orgs.). Políticas culturales. Lima: Instituto de Estudios Peruanos e Instituto Nacional de Cultura. Apud: RUBIM, Antonio Albino Canelas.

DEMOCRACIA

Si la democracia cultural amplía sus límites hacia una producción y un disfrute cultural diverso, en acciones conjuntas y descentralizadas, con la participación de los más variados agentes sociales; ¿qué sería, entonces, lo que llamamos democracia en el ámbito político?

La democracia es un régimen político en el que la soberanía es ejercida por el pueblo, que es el detentor del poder y confía parte de ese poder al Estado para organizar la sociedad.

Aunque haya surgido en la antigua Atenas, en el siglo V a.C., como forma de decidir cuestiones políticas, existen muchas diferencias entre la democracia ateniense y la contemporánea.

Hoy en día, para que una democracia sea considerada verdadera, no basta con que el pueblo tenga el derecho de votar; es necesario que exista participación popular, es decir, compromiso activo de los ciudadanos en las decisiones políticas; libertad de expresión, con el derecho de manifestar opiniones libremente sin censura; igualdad política, con todos los ciudadanos teniendo los mismos derechos ante la ley y en la participación política; el mantenimiento del Estado de Derecho, es decir, respeto a las leyes que se aplican igualmente a todos, incluidos los gobernantes; pluralismo, con la existencia y respeto de múltiples opiniones, partidos e intereses, además de elecciones libres y periódicas. Es la suma de estos elementos lo que constituye la base del funcionamiento democrático y garantiza la protección de los derechos individuales y colectivos.

A pesar de sus beneficios, la democracia no está libre de desafíos. Es necesario combatir el populismo y la desinformación; estar atentos a la desigualdad social, ya que las barreras eco-

nómicas pueden limitar la participación política real; cuidar la confianza en las instituciones, dado que los escándalos y la corrupción debilitan la participación ciudadana; estar atentos a la baja participación electoral, pues el desinterés y la apatía política afectan la representatividad; y atender a las amenazas autoritarias, constantes en nuestros países latinoamericanos.

Estos obstáculos exigen esfuerzos continuos de educación, transparencia y reforma para fortalecer la democracia, principalmente en nuestras frágiles realidades políticas.

EDUCACIÓN MUSEAL Y DEMOCRACIA

La educación no formal, en la cual se incluye la educación museal, en conjunto con la educación escolar y la familiar, busca contribuir a la formación de los sujetos. Existen distintas formas de educar, y en el campo de la educación museal también pueden surgir diferentes metodologías y formatos. No obstante, toda elección es determinante, pues como diría Paulo Freire: “Educar es un acto político. No hay práctica educativa indiferente a los valores. No puede ser indiferente a un cierto proyecto, deseo o sueño de sociedad”4.

Así, trataremos aquí aquella educación museal que elige, entre todas las posibilidades pedagógicas, la de considerar a los educandos como coautores de su propio proyecto educativo; aquella que opta por la libertad expresiva del público; la que escoge un enfoque dialógico y no impositivo de verdades autoritarias; aquella que actúa dentro y fuera de las instituciones culturales, avanzando hacia los territorios; aquella atenta y abierta a los diferentes públicos; finalmente, aquella que actúa

4 FREIRE, Paulo. "A EDUCAÇÂO é um ato político".

5 Andréa Costa, Fernanda Castro, Milene Chiovatto, Ozias Soares. Educação

Museal. In: Caderno da PNEM. Instituto

Brasileiro de Museus. Brasília, DF: IBRAM, 2018. Acessível em Caderno da Política

Nacional de Educação Museal — Instituto

Brasileiro de Museus - Ibram

conforme a la definición expresada en el cuaderno de la Política Nacional de Educación Museal de Brasil:

“Su foco no está en objetos o acervos, sino en la formación de los sujetos en interacción con los bienes musealizados, con los profesionales de los museos y la experiencia de la visita. [...] La Educación Museal actúa para una formación crítica e integral de los individuos, su emancipación y actuación consciente en la sociedad con el fin de transformarla”5.

Si se practica de este modo, la educación museal tiene el potencial de sumarse a los esfuerzos de construcción no solo de una democracia cultural, sino también de la propia democracia política.

Mediante preguntas instigadoras frente a los objetos del museo, es posible desarrollar el razonamiento crítico, justificando posibles sentidos atribuidos a esos objetos, tejiendo relaciones entre ellos y entre las historias de vida de quienes los observan.

Muchas veces la educación museal es responsable de criticar los objetos patrimonializados, sus formas de presentación y las propias instituciones en las que se desarrolla, tensionando, así, los sentidos producidos por el museo (institución aún permeada de memorias colonizadoras, autoritarias y elitizadas), buscando la construcción de sentidos posibles a partir del conocimiento de los diferentes públicos.

Una obra de arte, una corona real, un equipamiento científico, un esqueleto de un animal extinto, pasan a ser, de este modo, pretextos (pre-textos) para generar diálogos sobre sus significados, sus contextos de producción, sobre en qué medida nuestra acción en el mundo contribuyó o no a dar origen a ese objeto de valor y, aún más, qué valor es ese y quién lo atribuye.

Es precisamente en la posibilidad de generar debates, articular ideas, descubrir nuevos sentidos y cuestionar los significados de objetos, instituciones, cultura y vida donde la educación museal, practicada de manera consciente y plural, contribuye al desarrollo de una conciencia crítica en los individuos y, al hacerlo, fomenta también su acción crítica en el mundo.

PARA VOLVER A NARRAR(NOS)

Ketzali Pérez (Guatemala) Artista y periodista.

Mirada, ¿mirada de quién?

¿La nuestra o la de ellos?

Negma Coy

La intención en este escrito es extender una invitación. O tal vez entregar un ejercicio cotidiano que se reproduzca y se traduzca en las tantas formas e idiomas que deseemos. Sin embargo, tengo una petición con esta provocación: que sea un ejercicio acompañado del cuestionamiento, la reflexión y, en el mejor de los casos, que nos permita el encuentro.

Lo que propongo entonces es volver a narrar(nos), sobre todo, en estos tiempos de sobreestimulación y sobreproducción donde aparentemente al tener acceso a aparatos y herramientas que facilitan la enunciación de historias, creemos y pretendemos que estamos narrando. Pretendemos estar contando algo o de alguien.

Digo que pretendemos, porque en el ejercicio de narración ¿qué tanto estamos escuchándonos y escuchando con quienes compartimos este espacio-tiempo?

Volver a narrar(nos) es una apuesta a la pausa. Aquella que ofrece una revisión estructural de cómo estamos relatando nuestro presente y a las otras. Porque de esta pausa y revisión, se configurarán los relatos presentes y futuros.

Narrar ha sido una de las acciones más antiguas de la humanidad, y de lo no humano, en donde el cuento, la danza, la música y lo visual han permitido la permanencia de la visión y los

sentires de diversas culturas, familias, pueblos e individuos; conteniendo en el tiempo sus sueños, dolores y esperanzas.

Narrar en estos tiempos urgidos puede llegar a confinar nuestra imaginación. Entonces, volver a narrar(nos) también es una invitación a respirar y detenerse, a escuchar activamente, con ternura y desacuerdo, lo que las otras tienen por compartir y, así, traducir esas historias en cantos, en cuentos, en fotografías o en cine para que dancen en el centro de nuestros vientres.

Volver a narrar(nos) es una búsqueda de cómo seguir sosteniendo nuestros centros: el vientre. ¿Cómo se alimenta nuestro espíritu? ¿De qué estamos alimentándonos? Debemos reconocer que nuestra existencia está compuesta más allá de lo físico.

El mundo se mueve y entonces… ¿Qué tan capaces somos de escucharlo, capturar sus imágenes y transcribir?

Narrar y registrar las diferencias también es importante, porque nos permitirá proponer sociedades más plurales, más atendidas. Apostémosle a construir sociedades desde una visión cultural, esa que puede dejarnos sentirnos y reconocernos entre todas.

No quiero provocar angustias ni ansiedades con esta invitación. Más bien, deseo que encontremos formas prácticas de delicadeza y atención, para seguir nutriendo los relatos que permitirán la construcción de un mundo con menos dolores.

Merecemos construir y relatar historias contra el agotamiento y el horror. Es que volver a narrar(nos) es un acto de valentía que conlleva resiliencia. Una respuesta para combatir la aniquilación de la vida.

Volvamos entonces a:

Narrar(nos) a través imágenes y la palabra,

cantar(nos) los arrullos que la abuela nos dejó, danzar(nos) las tristezas que nuestros cuerpos cargan.

Insistamos en el arte de volver a narrar(nos).

Qehlaa ta qak’achariik.

Volvamos a narrar la vida.

Como última invitación de un ejercicio de volver a narrar(nos), obsequio una pequeña canción titulada K’ux, que acompañe esta lectura. Nace de explorar dónde está nuestro corazón/ centro y cómo seguir alimentándolo.

K’ux está en idioma maya poqomam, y su traducción podría interpretarse como “corazón” (más allá de entenderse como un órgano muscular, es lo que da vida y sostiene a un cuerpo humano y no humano en esencia espiritual) o “el centro de un ser”. Dentro de nuestra visión como pueblo maya todo tiene un k’ux. Desde un árbol hasta la misma casa que podemos llegar a habitar. Al entender que habitamos con otros seres sintientes, nuestra dimensión también abre una ritualidad de cómo interactuar y cuidar lo que está a nuestro alrededor.

Escuchar

Ana Laura Perez LuchadorasMX

Monografía feminista (Detalle)

Ilustración digital

Medidas variables, 2020

La historia ha sido escrita por conquistadores. Las guerras y la dominación se han erigido como “los grandes acontecimientos humanos”… ¿y quién dijo que fuera así?. Grupos de hombres matando a otros hombres, saqueando pueblos, incendiando casas, tomando por la fuerza a las mujeres como botín de guerra.

¿Por qué la historia ha sido el recuento de la dominación? (...)

NUEVAS NARRATIVAS Y CULTURA DE PAZ

Vivimos en un tiempo marcado por las narrativas, en el que la realidad es compleja y la verdad no es solo una. Cuando revisamos el pasado encontramos relatos únicos sobre los sucesos históricos, aquellos que marcaron los vencedores, los poderosos, los que controlaban los medios. Hoy, rescatamos a través de pequeñas grietas las voces de las víctimas, de los vencidos, de los olvidados y de la cotidianeidad para restituir la voz de las minorías históricamente invisibilizadas, comunidades desplazadas o afectadas por la violencia. Elizabeth Lira (Chile) y Paz Gómez (España) nos conducen por recorridos musicales y performáticos que revelan cómo el arte sirve tanto para sanar heridas y denunciar violencias —en la experiencia chilena— como para convertirse en vehículo de diálogo comunitario, tal como ocurre con Las Rondas en Candeleda, España, ambos pilares para la construcción democrática.

El siglo XXI y el auge de las tecnologías parecían poner fin a estas narrativas únicas. Hoy (casi) todo el mundo tiene acceso a un teléfono con el que publicar sus historias; hasta el más mínimo detalle de su día a día o sus opiniones respecto a cualquier tema. Nos encontramos en un espacio digital donde conviven arte, algoritmos, memoria e inteligencia artificial; pero ¿qué tan nuevas son las narrativas generadas por la IA si los algoritmos se alimentan de imaginarios arcaicos y sesgos persistentes? Tal es la reflexión que plantea Belén Rodríguez, invitándonos a cuestionar críticamente la aparente novedad de estas producciones tecnológicas y nos insta a reprogramar los algoritmos.

Las redes sociales y el espacio digital se han vuelto no solo instrumentos de expresión, sino también territorios en disputa, como nos advierte Mariana Mendoza. La proliferación de discursos de odio, la circulación de bulos y desinformación y la polarización política erosionan de manera sostenida las capacidades democráticas de nuestras sociedades. Mariana subraya la responsabilidad de los medios de comunicación de proteger a los ciudadanos frente a la manipulación y la distorsión informativa.

En este mundo hiperconectado virtualmente, el contacto humano y la relación en comunidad siguen siendo imprescindibles para la cohesión y el diálogo. Desde el Centro de Desarrollo Cultural de Moravia (Medellín, Colombia) nos cuentan cómo, desde lo local, trabajar la incidencia, la memoria y la participación, a través del arte y la cultura trasciende límites y enriquece la vida democrática de la ciudad, comprendiendo la construcción de paz como un entramado de prácticas cotidianas y diversas y recordándonos que lo comunitario puede tener un eco más amplio en la ciudad.

REFLEXIONES Y PROYECCIONES

SOBRE MEMORIA,

CONVIVENCIA

Y

CONSTRUCCIÓN DE PAZ EN AMÉRICA LATINA1

Elizabeth Lira (Chile)

Psicóloga, Pontificia Universidad

Católica de Chile, y terapeuta familiar.

Cuando me pidieron iniciar estas reflexiones estuve pensando en el presente inmediato en América Latina y las dificultades y retrocesos que se han experimentado en estos temas. Es fundamental reflexionar que estos asuntos requieren pensarse en contextos adversos pues, a pesar de su validez ética y política, se ha producido un desgaste progresivo de su capacidad de convocar a las sociedades y en particular a las generaciones jóvenes. Como chilena, me voy a permitir una licencia y hablaré de Chile. En 1946 fue elegido un gobierno que se presentó como progresista y fue elegido por una amplia mayoría en la que se incluían los partidos de la izquierda y el Partido Comunista. Las presiones políticas de la Guerra Fría llevaron, poco tiempo después, a que el gobierno dictara una nueva ley de Seguridad Interior del Estado, conocida como ley de “Defensa de la Democracia”. Uno de sus resultados fue la ilegalización del Partido Comunista, que hasta antes de la dictación de la ley participaba del gobierno con miembros del partido en altos cargos. Se detuvo a cientos de dirigentes políticos, sociales y sindicales, que fueron recluidos en campos de concentración y cárceles, y sufrieron torturas y otras formas de represión. Muchos de ellos fueron detenidos nuevamente en 1973. Pablo Neruda, que fue Premio Nobel de Literatura en 1972, había sido elegido en 1945 como senador por el Partido Comunista en Tarapacá y Antofagasta.2 Fue perseguido y debió salir clandestinamente del país. En ese periodo terminó una de sus obras principales: Canto General, que se publicó fuera del país y a la vez en una versión clandestina en 1950 en Chile.

Neruda describió en sus memorias que el Canto General era un “proyecto poético monumental”, memorializando la historia de América. Muchos poemas del Canto General pueden ser leídos como pedazos de una memoria colectiva que compartimos, pero que hemos olvidado. Habla de las vidas, las lu-

1 Este texto surge del Encuentro Memoria, Paz y Resolución de Conflictos. Cartagena de Indias, Colombia.10 y 11 de diciembre de 2024

2 “Exilio de Pablo Neruda”. Neruda se comprometió con la izquierda y el Partido Comunista a raíz de su experiencia durante la Guerra Civil española, donde tuvo una posición contraria al fascismo. En 1945 ingresó formalmente al Partido Comunista.

Elizabeth Lira

3 Pablo Neruda (1955) Canto General

Alicante : Biblioteca

Virtual Miguel de Cervantes, 2000

Publicación original:

Buenos Aires, Editorial Losada, 1955, p. 255

4 Mikis Theodorakis & Pablo Neruda - 1980Canto General

chas y las muertes desde la llegada de los conquistadores, de los indígenas que resistieron, de Fray Bartolomé de las Casas que los defendió. Habla de los libertadores, del miedo creado por los tiranos, los verdugos y los corruptos, los identifica por sus nombres en Paraguay, en Ecuador, en Argentina, en Nicaragua, en Guatemala y en Venezuela, en Cuba, en Bolivia, en El Salvador, en México y en Santo Domingo, desde la Colonia hasta el siglo XIX y XX, pero también en Chile y en Colombia, en Perú y en Brasil, nombrando también a quienes lucharon, a quienes fueron víctimas y murieron, pero sin perder el hilo del futuro. A modo de ejemplo, el poema Siempre se refiere a la memoria del dolor de las muertes y las pérdidas y empieza así:

Aunque los pasos toquen mil años este sitio, no borrarán la sangre de los que aquí cayeron. Y no se extinguirá la hora en que caísteis, aunque miles de voces crucen este silencio.

La lluvia empapará las piedras de la plaza, pero no apagará vuestros nombres de fuego3

El Canto General relata la historia latinoamericana hasta el siglo XX y de las antiguas civilizaciones, describiendo las vegetaciones, los árboles y los ríos; tiene elementos autobiográficos, un elogio idealizado del socialismo real de la época y de la militancia política de Neruda. Esa historia épica habla del dolor y de un sufrimiento que no se esquiva, sino que se nombra con el fin de convocar para que no se repita. Un músico griego, Mikis Theodorakis, musicalizó el poema en una obra monumental y lo hizo llegar al mundo en 1980, en solidaridad con Chile, haciendo que esa memoria se transformara en una memoria viva4.

Este ejemplo permite abrir el diálogo para pensar cómo decir algo sobre la memoria para que pueda ser escuchado (entre nosotros, y con otros).

Hay muchos otros ejemplos. Uno de los más conocidos es El diario de Ana Frank, que permitió que millones de personas pudieran conocer lo que les pasó a las familias, a los jóvenes, con la persecución nazi y cómo sus sueños eran semejantes a los de millones de otros jóvenes en el mundo5; la lista puede ser larga. Si examinamos en cada uno de nuestros países encontraremos obras musicales, obras de teatro, poemas que sintonizan con historias de dolor y que permiten recordar y pensar sobre las condiciones de un tiempo de represión y cárcel y cómo ese tiempo oscuro pudo ser vivido, sufrido, a veces superado. La musicalización de Joan Manuel Serrat de los poemas de Miguel Hernández permitió comunicar los sentimientos y las emociones que forman parte de la memoria de miles, no solo en España sino en otras latitudes.6 Podríamos buscar muchos otros que han permitido expresar y comunicar las memorias de un pasado político conflictivo, compartiendo la indignación por la injusticia de las muertes y de la represión, procurando que el conocimiento de estos hechos contribuya a evitar su repetición. Esta es una clave decisiva. ¿Cómo asegurar que tanto dolor no se repita?

La memoria de las víctimas ha sido parte fundamental de la historia reciente. En un contexto democrático se produce una disputa entre las distintas memorias y sus significados individuales y colectivos. Pero la capacidad de convocatoria para esas disputas se desgasta, envejece y pierde sentido cuando no se conecta con los valores y significados del presente.

En algunos países de América Latina, las tiranías se han sucedido, aunque algunas de signo distinto, buscando derrotar la tiranía anterior. Esta reproducción de la estructura tiránica busca el apoyo popular... Y en muchos casos lo logra. Seguimos preguntándonos por qué ciertos líderes tienen ese apoyo, por qué ha sido posible que fueran elegidos democráti-

5 El Diario de Ana Frank.
6 Miguel HernándezJoan Manuel Serrat Para la Libertad .
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Elizabeth Lira

camente en algunos países… ¿De qué manera esos líderes resuenan en la mente de las mayorías como figuras que van a resolver las violencias, los abusos y las injusticias… o garantizar mejoras económicas, o la seguridad? Con ese apoyo se legitiman formas represivas aberrantes o, en otros lugares, se pueden desarticular las políticas públicas de la memoria y las políticas sociales, reduciendo presupuestos, sin entrar en los temas de fondo.

Las visiones antagónicas sobre el pasado reciente se disputan en los espacios institucionales y oficiales y también en las memorias políticas. En sociedades democráticas las distintas visiones y reinterpretaciones del pasado se disputan histórica e ideológicamente. Pero en América Latina, algunos gobiernos han buscado anular los programas, y proyectos estatales creados en nombre de la memoria de las víctimas, lo que parece legítimo para quienes se identifican con los opresores, y dictadores que pretendían imponer otra memoria.

La verdad sobre el pasado oprobioso más reciente se ha basado en los testimonios de las víctimas y en los registros judiciales. Hemos creído que si las atrocidades cometidas se castigaban con severidad por jueces eficaces y oportunos; si asegurábamos leyes e instituciones que garantizaran los derechos y los hicieran exigibles, era suficiente. Pero tal vez depende de un consenso político y ético sobre los valores que fundamentan nuestra convivencia y que aseguren que los cambios de gobierno de distinto signo político no impliquen desmantelar los sitios de memoria, los programas formativos en derechos humanos, las políticas de reparación. Hoy parece que la democracia a secas es la mayor utopía, porque las que tenemos mantienen desigualdades profundas, no siendo en verdad democracias “democráticas”, si se me permite decirlo así.

En cuanto a los valores que forman parte de la convivencia en paz, la noción de dignidad ha sido una reivindicación de la primavera árabe, del movimiento Black Lives Matter, del estallido

social en Chile (2019). ¿De qué nos habla esa reivindicación? Tal vez se trata de reivindicaciones humanas profundas que no logran resolverse en las condiciones de la convivencia actual y que surgen como protestas, como demandas sociales, pero también como expresión de un profundo malestar existencial al vivir la exclusión, la injusticia y el maltrato en distintos ámbitos de la vida a veces por generaciones, en sociedades declaradas como democráticas.

La dignidad fue una reivindicación fundamental en la Declaración Universal de los Derechos Humanos. Sin embargo, no basta con reivindicar los valores fundamentales como principios y declaraciones compartidas. Los horrores en la ex-Yugoslavia y en Ruanda, las masacres en Colombia, los cientos de miles de torturados y desaparecidos en América Latina, entre otros, han sido asuntos que subrayan la importancia de pensar esta historia, entender cómo fue posible que se cometieran atrocidades en nombre de supuestos valores y en nombre del bien común. Esta historia tiene como contraparte la memoria de las resistencias a esas violaciones, reivindicando los valores fundamentales que sostienen la comunidad humana en momentos críticos como es la solidaridad con quienes son perseguidos, sin considerar su ideología ni sus creencias.

La conflictividad de las sociedades tiene hoy dimensiones semejantes; no ha desaparecido la desigualdad, la violencia ni la injusticia. La representación de ese pasado conflictivo y el reconocimiento de las víctimas tiene enormes desafíos al vincularse a los temas políticos del presente y con las demandas sociales actuales. El desafío es construir las condiciones de no repetición desde el reconocimiento y reparación de las víctimas y desde el compromiso de una sociedad con el respeto irrestricto de la dignidad de las personas en toda circunstancia, como fundamento de la convivencia democrática.

Sin embargo, ¿qué ocurre con la “seguridad” en nuestros países? Surge el riesgo de controlar las distintas formas de violencias del crimen organizado y el narcotráfico, afectando

7 Xabier Etxeberria

Sobre la tortura: perspectiva ética y propuesta pedagógica. Bilbao: Bakeaz. Escuela de Paz. N 10, 2006:18

los derechos de algunos o de muchos en nombre del bien común. Esta situación amenaza la convivencia en paz y debe ser objeto de reflexión. A pesar de los progresos culturales y políticos cristalizados en la Declaración Universal de los Derechos Humanos y en el sistema internacional de Derechos Humanos, la justificación de prácticas discriminatorias y represivas contra las personas sospechosas de transgredir la ley, ya fuesen delincuentes o subversivos, ha persistido a lo largo del tiempo, como se ha señalado, en nombre del orden público y la seguridad del Estado. Este ha llegado a ser un tema crítico en muchos países. Sobre este dilema, decía el filósofo vasco Xabier Etxeberría:

Se trata de emitir el mensaje explícito de que no queremos que se nos defienda a través de la tortura, de que sí queremos que se procure la seguridad a la que tenemos derecho y que necesitamos para la expansión de nuestras libertades (las autoridades tendrán que hacer los esfuerzos necesarios ideando las oportunas estrategias) pero no a costa de aplastar la dignidad de nadie.7

Garantizar la seguridad es responsabilidad del Estado e implica resolver las tensiones y contradicciones entre una noción del bien común general y la dignidad de las personas, garantizando los derechos de todos.

La investigación reciente demuestra que el impacto traumático de la tortura o de la acción represiva proviene de que no es un daño causado por una “fuerza mayor”, sino por otro ser humano que usa la violencia, el maltrato y el sufrimiento como recursos de coerción, que en muchos casos busca la degradación, la anulación de la capacidad de resistencia, violentando la dignidad del otro con el abuso físico, moral o sexual. Para

hacerlo se requiere despojar al otro de su condición humana, convirtiéndolo en un enemigo al que hay que destruir. Se argumenta que sus acciones, sus creencias, sus proyectos, sus ideas políticas, o algo de su condición particular atentan contra el orden vigente; por tanto, en nombre del bien común se justifica su represión (o su eliminación) bajo la convicción de que esa persona no es legítima en la convivencia y por tanto se le debe expulsar. No estamos exentos de este riesgo en nuestra convivencia actual. Es un asunto pendiente resolver cómo reconocer la dignidad de las personas en toda circunstancia, a la vez asegurar que las conductas delictuales sean sancionadas de acuerdo con la ley.

La noción de semejante, de prójimo, es el fundamento de la convivencia en paz pero, ¿cómo construir socialmente la reciprocidad como garantía de la convivencia democrática?

LA PROTECCIÓN DEL PATRIMONIO CULTURAL INMATERIAL. UN EJERCICIO DE CIUDADANÍA

Paz Gómez (España)

Antropóloga y profesora tutora de Antropología, UNED.

La ciudadanía, entendida como acción participativa y de colaboración en la construcción de la vida social y su papel en la identificación, registro y salvaguardia del mismo serán el eje central de reflexión del presente artículo. El hilo conductor del análisis tendrá como eje el “Festival Internacional de Folklore Pedro Vaquero” que se celebra en un pueblo de la provincia de Ávila a finales del mes de agosto.

Se ha venido entendiendo la ciudadanía como sentido de pertenencia de los sujetos y grupos sociales a una comunidad política, organizada a través de un Estado y una nación territorial”. Desde lo político refiere a los derechos y responsabilidades adquiridas; en lo económico se enmarca en la relación del individuo con el mercado y por último encontramos una dimensión cultural que “refiere a la conciencia de un patrimonio cultural común”1. Desde la Antropología este concepto trasciende los límites de lo “legal” para adentrarse en las experiencias y realidades vividas pero sin olvidar que se trata de una acción que se realiza de forma voluntaria y que convierte al sujeto o al grupo en un agente activo de la acción social.

Hasta la Edad Moderna, en Europa la cultura de los distintos grupos sociales era conocida y vivida por todos; la relación entre los distintos estamentos daba como resultado el que los nobles participaran de la cultura popular en fiestas, romances, cantos, bailes… y compartieran una buena parte de sus creencias.

Con la aparición del Estado Moderno y los cambios religiosos dictados desde la Contrarreforma, las élites políticas y religiosas comienzan a ver al “Pueblo” como inculto, supersticioso y necesitado de ser instruido y “salvado”. La Ilustración contribuirá a esta separación entre ambos grupos que ya son mirados como un “Otro”, aún cuando ellos siguieran participando en buena medida de “lo popular” pero en un camino unidireccional.

1 AA: Ciudadanía y participación.

2 Véase en especial los distintos trabajos de recopilación sobre literatura popular, cantos y rituales en Velasco Maíllo, H. M. V. M. (2024). El folklore y sus paradojas. Revista Española De Investigaciones Sociológicas, (49), 123–145

Es en el mismo período cuando aparecen sujetos interesados en la “cultura popular”. Desde mediados del XIX, este interés por lo popular desde el folklore, entendido primero como disciplina y movimiento social después, se produce entre eruditos y otros sujetos “cultos” que pondrán su mirada sobre la producción de la cultura popular. Sin embargo, esta “mirada” estuvo siempre sesgada por cuanto la calificación de “valioso” era impuesta desde fuera. “Otros” decidían que debía protegerse, y cómo, convirtiendo hechos y procesos culturales en colecciones2.

“EL CAMINO” DE LA REGULACIÓN LEGISLATIVA

DEL PATRIMONIO INMATERIAL PARA SU PROTECCIÓN

El reconocimiento y la protección del patrimonio inmaterial ha sido prácticamente “la última conquista” en la protección de las producciones humanas. En 1972 la Unesco aprobó la Convención sobre la Protección del Patrimonio Mundial, Natural y Cultural y aunque todavía se circunscribe a lo material, afirma el proceso de protección del patrimonio. Va a ser en 1982, durante la Conferencia Mundial sobre las Políticas Culturales (MONDIACULT), en México, que junto a una modificación sobre el concepto de cultura entendida, no solo como lo artístico sino como los “modos de vida”, se afirmó que

la identidad cultural es la defensa de las tradiciones, la historia y los valores morales, espirituales y éticos heredados de las generaciones pasadas. Se señaló que los usos culturales presentes y futuros son tan valiosos como los del pasado y se

hizo hincapié en que tanto los gobiernos como las comunidades debían participar en la elaboración de las políticas culturales3.

Esta declaración va a sentar las bases de lo que después se acordará en el 2003: el reconocimiento de la contemporaneidad y la transmisión intergeneracional de la tradición que se incorporan como elementos claves del patrimonio. A comienzos del siglo XXI, ha tenido lugar un cambio en la terminología sobre la cultura popular. Se ha producido un desplazamiento desde el término Folklore hacia el de Patrimonio Cultural Inmaterial.

Todo este camino va a llevar a que la Convención 2003 se defina sobre la base de la igualdad de las culturas frente a bienes con “valor universal”. El reconocimiento vendría de la importancia que ese patrimonio tuviera para la comunidad que lo porta.

Un hecho cultural se presenta así como el conjunto de valores y expresiones materiales e inmateriales que las personas seleccionan e identifican, independientemente de quien sea su propietario, como reflejo y expresión de sus identidades, creencias, conocimientos, tradiciones y entornos vivos, y que merecen que las generaciones contemporáneas las protejan y mejoren, y las transmitan a las generaciones futuras.

3 Unesco. (s.f.). 1982-2000: de MONDIACULT a "Nuestra diversidad creativa".

4 Fórmula de gobernabilidad en la que se cuenta con la participación de la ciudadanía para la construcción de políticas públicas.

5 Libro verde para la gestión sostenible del patrimonio cultural (2023)

LA PARTICIPACIÓN CIUDADANA Y LA PROTECCIÓN DEL PATRIMONIO

En Europa, y por tanto en España, la gobernanza participativa5 del patrimonio cultural determina que el patrimonio es un recurso compartido y un bien común, por tanto son las comunidades y los sujetos que tienen la capacidad de decidir sobre el mismo. Qué hechos son patrimoniales y las fórmulas más adecuadas para su protección, estimulando y dando cabida a instituciones y expertos sobre el tema. Como impulsores de esta acción se reconoce la labor de las asociaciones culturales.

De esta colaboración entre la ciudadanía y las asociaciones han surgido en España un buen número de buenas prácticas6 en la gestión del patrimonio cultural. En este contexto analizaremos una iniciativa que lleva manteniéndose más de veinte años en un pueblo de la provincia de Ávila: El Festival Internacional de Folklore Pedro Vaquero. Candeleda.

6 Ayuntamiento de Candeleda. (s.f.).

Candeleda es un municipio de algo más de 5.000 habitantes, formado por dos núcleos de población, Candeleda pueblo y El Raso —pedanía situada a 10 km del núcleo urbano— que administrativamente se encuadra en la Comunidad Autónoma de Castilla y León, pero está enclavado en un territorio donde confluyen esta Comunidad, Extremadura y Castilla la Mancha, lo que le confiere ser un lugar donde se encuentran distintas tradiciones culturales.

Candeleda7 es en la actualidad un pueblo dedicado a la agricultura, la ganadería, la construcción y el turismo rural. En los años 60 comenzó, como en tantos pueblos españoles, la diáspora hacia las ciudades e incluso hacia otros países. Este proceso modificó no solo la estructura poblacional sino que incidió y “puso en peligro” algunas de las formas tradicionales de crear fiesta, en especial se resintió “La Ronda”.

“La Ronda” define a una manera de festejar, es un hecho festivo-cultural que tradicionalmente se celebra en este municipio

y sus comarcas aledañas, en el que vecinos amigos y familiares “se encuentran” para celebrar juntos. Es una agrupación informal y no cerrada que se junta tanto en eventos domésticos o privados o para las fiestas tradicionales del municipio y crean fiesta a través, sobre todo, de la música, el canto y el baile, pero también de la comensalidad; los bares son lugar de parada y refrigerio de “La Ronda”.

En esta celebración, el eje fundamental es la ejecución de los géneros tradicionales músico-coreográficos del municipio —jota en sus distintas formas, rondeña, malagueña por un lado y cantos de ronda y tonás por el otro— que sirven como guía para el festejo, ya sea de de una boda o bien de una celebración del ciclo festivo anual. La ronda como hecho social tiene además el componente añadido de la participación. La creación de lazos de pertenencia se crean en el contexto de una acción común. Todos comparten un objetivo —rondar— que se traduce en festejar algo o a alguien.

La ronda camina por las calles y el grupo va dibujando un itinerario que recrea y refuerza los lazos vecinales y familiares a través de ese “andar el pueblo”, mientras se cantan rondas —piezas de jotas valseadas— que alternan el canto de los solistas con la unión de todos los rondaores a una en cada estribillo, repetido fila a fila del principio al final del grupo. Se realizan paradas en plazas y puntos estratégicos, alguna casa de un familiar o amigo, bares, esquinas… donde los músicos se colocan en un semicírculo para las jotas, rondeñas y malagueñas, cantadas por solistas que alternan con los guitarreros en la ejecución de la pieza mientras el resto baila por parejas sin una coreografía específica. En los “descansos” de los músicos, la “ronda” se cogen del brazo y en un círculo cerrado cantan “tonás” —cantos a capela— de una gran fuerza expresiva y lírica —compuestos por romances, canciones seriadas, narrativas— y otras entonaciones más populares que pueden ser cantadas por cualquiera que “se arrime” al grupo.

8 Eugenia Barandela muestra así la esencia de la “ronda”. Al igual que se colabora en los trabajos cotidianos, también se ayuda en lo festivo.

En la ronda “caben” los buenos cantadores, tocadores y bailadores, pero también los que no lo son tanto, participando con palmas, con bailes sencillos y reforzando los estribillos de los cantos, “lo bonito es ayudar8”. En ella se ejecutan distintos repertorios dependiendo del momento y del año; con cuerdas —guitarra, bandurria, laúd— buena parte del año, pero especialmente en verano y con percusiones —calderos, zambombas e instrumentos de “cocina”— y a viva voz en el tiempo de Navidad. En la ronda tradicionalmente se hacían “novios” y se forjaban alianzas entre vecinos o familias… o se “dirimían conflictos”.

La ronda es —en fin— un hecho cultural que podríamos reconocer como patrimonio inmaterial y “cumple” con las cualidades que se asocian a él. Es tradicional contemporáneo, viviente, integrador, representativo y basado en la comunidad —construye la identidad del grupo—, y se basa en sus conocimientos y saberes tradicionales, y su expresividad artística. Contribuye a la cohesión social fomentando un sentimiento de identidad y responsabilidad que ayuda a los individuos a sentirse miembros de “su comunidad”. Son ellos los que ejecutan, transmiten, cuidan y recrean la fiesta; es integrador por cuanto es compartido por otras comunidades y pueblos cercanos.

La ronda es una forma de socialización colectiva y en su celebración los niños y jóvenes aprenden las técnicas de toque, los cantos y los bailes junto a sus mayores. Es también memoria colectiva ya que, a través de la música y el baile, se recuerda a amigos y familiares que estuvieron y que de esta forma se vuelven a hacer presentes.

La ronda está viva en muchos pueblos y es patrimonio integrador de las comarcas limítrofes como la Vera de Cáceres y la Campana de Oropesa, de Toledo. Se renueva cada año incorporando nuevos estilos, letras que actualizan los repertorios adaptándose a la vida actual.

Pero “La Ronda” pasó por momentos difíciles. Según los datos del Instituto Nacional de Estadística, en 1960 el número de

personas que oficialmente tenían su residencia en el municipio era de 7 386 habitantes mientras que en 1970 era de 5 862, casi el 20 % de la población constituida casi en su totalidad por jóvenes.

Esta pérdida de población joven afectó en todos los ámbitos en el devenir cotidiano del pueblo, pero también en el festivo. Si los jóvenes no estaban, la ronda quedaba “coja”, deslucida. Algunos de esos jóvenes, cuando volvían de vacaciones al pueblo, salían a rondar con sus hijos, familias y junto a sus vecinos de Candeleda, ellos mantendrían vivo este modo de festejar, aunque de manera mucho más minoritaria.

A comienzos del siglo XXI, se seguía celebrando anualmente un concurso de jotas y rondeñas que cada año reunía a candeledanos y vecinos. El concurso contaba con un jurado de personas conocedoras del folklore que puntuaban la ejecución de dos piezas por grupo presentado; una jota y una rondeña; los ganadores recibían un premio en metálico. Este concurso generaba gran expectación pero también muchos conflictos; divergencias con la opinión del jurado y, sobre todo, que “fácilmente” ganaban aquellos grupos venidos de fuera que conocían “las reglas del escenario”9.

En el año 2003 de manera espontánea, dos personas van a solicitar al alcalde la conversión del concurso en un Festival —una muestra— de Folklore. Las razones, mejorar la calidad de la ejecución en escenario y, sobre todo, convertir el evento en un espacio festivo donde escuchar a las rondas candeledanas o invitadas sin que mediaran ni premios ni competencia, sino que la música fuera un medio de comunicación y de socialización.

Nace así el Festival de Folklore Pedro Vaquero, en el año 2004, con el nombre de un gran folklorista y protector de la música tradicional, manteniendo esa estructura de una noche —noche del sábado—, pero con la idea de ir recuperando otros repertorios que no fueran los géneros de baile. Desde

9 En uno de los últimos concursos, “Tío Flores”, uno de los grandes cantadores candeledanos, ejecutó toda la pieza colocado a un lado del micrófono, con lo que no se le oyó nada (notas del diario de campo de la autora)

entonces, el Festival ha apostado por los distintos modelos de escena que el folklore presenta: grupos de baile y música en directo que ejecutan el repertorio de su localidad, grupos folk que aportan su visión personal con el uso de “otros instrumentos” sobre esta música, y las rondas tradicionales, las grandes protagonistas del evento.

En 2012 los organizadores entendieron que era necesario ampliar el Festival y crear una asociación que diera “cuerpo” al objetivo del mismo; revitalizar y difundir el patrimonio candeledano. Así nace la Asociación Cultural Pedro Vaquero, que con un número superior a los doscientos asociados comienza a programar un Festival en el que el eje festivo está fuera de la escena.

Este grupo es el responsable de facilitar la creación de un tiempo y unos espacios donde la acción festiva pueda desarrollarse —organizar a los vecinos, colaborar en la creación e impulso de nuevos grupos, gestionar los eventos, etc—. Mientras, el Ayuntamiento patrocina, financia y pone a disposición de la Asociación los medios e infraestructuras necesarias para su realización.

Es la ronda la que da sentido a la celebración. El primer día del Festival, todos los vecinos y vecinas que quieran acudir recorren plazas y calles parando en esquinas y plazas, donde marcan el inicio de este evento festivo. Este comienzo del Festival muestra la voluntad de Candeleda de primar su patrimonio y por eso también, cada día, cuando terminan las actuaciones, los grupos de escenario y todos los que quieran acompañar salen por las calles de Candeleda y las recorren con sus músicas.

El sábado sigue siendo el día “grande”; cada año una ronda de Candeleda sube al escenario para representar al municipio. También la presencia de grupos y músicos internacionales ha sido importante, en especial porque la programación se ha centrado en mostrar la cultura musical de otras culturas. Las

músicas árabe, sefardita, mexicana y ucraniana han sido referentes no solo del disfrute sino del conocimiento y la apreciación de “lo Otro” con una gran aceptación en el pueblo.

El trabajo que lleva a este evento tan importante a nivel comarcal y provincial se completa con los talleres que durante años tuvieron como objetivo la enseñanza de los instrumentos y su toque tradicional10

En los primeros años el trabajo se centró en revitalizar los cantos de ronda y comenzar de nuevo a salir por las calles en grupo. Para dar lugar a la ronda del tiempo de navidad, se creó otro evento —Retumbaleda— en el que de nuevo junto al Ayuntamiento se organizaron hogueras en las calles como punto de encuentro de las rondas de calderos y zambombas. En la actualidad, el Festival va a celebrar su XXX edición en 2025 y Retumbaleda, la XVII; con una programación, el primero, que abarca casi una semana con talleres, conferencias, encuentros y actuaciones pero con La Ronda siempre presente.

El Ayuntamiento de Candeleda, la Asociación Cultural Pedro Vaquero y todos los vecinos y vecinas de ambos lugares de población —El Raso y Candeleda— refrendan cada año la protección, uso y disfrute de su patrimonio.

10 El cuidado que en Candeleda se tiene en no perder las formas de toque tradicional de guitarra han hecho que se reconozca en el expediente.

Belén Rodríguez (Paraguay)

Artista y periodista.

ARTE, ALGORITMOS Y MEMORIA

EN LOS CÓDIGOS

Soy una poeta del código en una misión para detener una fuerza invisible que se levanta. Lo llamo la mirada codificada, mi término para el sesgo algorítmico.

Nos encontramos atravesados por la crisis global en los términos posibles e increíbles que esto pueda entenderse, y en este contexto y tiempo, aparece/reaparece la Inteligencia Artificial (IA); sin pretender hacer una revisión histórica de su primera aparición, me permito mencionar que ha estado desde mediados del siglo pasado, pero ahora pareciera que adquiere una relevancia sin precedentes, atravesando la intersección entre cultura, democracia y tecnología en espacios que imaginamos/habitamos como nubes.

Aparece así el ciberespacio/la cibercultura, territorio/producción simbólica, espacio de disputa, en donde ahora se dan nuevas/otras formas de expresión y reflexión, exactamente en la convergencia entre la creatividad humana y las “lógicas” algorítmicas. Ahí es donde encuentro que el arte puede intervenir/crispar, en las posibilidades y limitaciones que esta tecnología impone sobre la producción cultural, la identidad y la memoria: el sesgo algorítmico, o como afirma Joy Buolamwini, la mirada codificada.

A razón de eso, los derechos culturales-ciberculturales adquieren importancia en la construcción del sentido de una ciudadanía-ciborg en este contexto tecnológico. Es crucial

1 Joy Buolamwini es una poeta del código que utiliza el arte y la investigación para iluminar las implicaciones sociales de la inteligencia artificial. Fundó la Liga de la Justicia Algorítmica para crear un mundo con tecnología más equitativa y responsable. (Mit Media Lab People, s.f.)

reflexionar sobre cómo la IA puede configurar nuevas subjetividades y generar espacios de interacción, logrando redefinir los modos en que puede darse la producción artística. En este punto considero importante mencionar que la IA no podría ser neutral, ya que se encuentra atravesada por bases de datos que reproducen los mismos sesgos presentes en las sociedades. En este escrito me propongo indagar cómo la creación artística puede valerse de esa tecnología para convertirse en un acto de cuestionamiento, proponiendo nuevas narrativas desde el Sur Global.

CIBER/CULTURADEMOCRACIA-

DERECHOS CULTURALES

Históricamente, la producción cultural ha sido un espacio de resistencia, reflexión y diálogo en las sociedades en crisis. La IA, y a partir de este momento me referiré a las IA desarrolladas por grandes empresas, ha irrumpido en ese campo, planteando cuestionamientos sobre su papel en la generación de narrativas. Si bien hay argumentaciones que sostienen que la IA democratiza en cierta manera la producción cultural, no es posible obviar que también puede perpetuar sesgos de género, y esto pensando que la concentración del desarrollo a gran escala de esta tecnología se da en las corporaciones del Norte Global.

Entonces, en términos de derechos culturales, se puede afirmar que la IA genera tensiones/roces entre acceso y exclusión. Ofrece herramientas que abren posibilidades de experimentación artística, pero impone a su vez una codificación, en el sentido de la clasificación de datos, que en muchos casos no representa las realidades o las representa de forma sesgada. En el contexto latinoamericano, esto puede leerse como una brecha digital que puede condicionar la producción artística y

¿Qué podemos hacer?

El habitar ese espacio y llenar esa nube implica la necesidad de una hibridación con la tecnología/corporalidad, la construcción de identidades, la teórica Donna Haraway (Manifiesto Ciborg, 1984) lo llamaría ciudadanía ciborg, entre esa posibilidad aparecen las nuevas subjetividades.

Hace/genera sentido entonces que la práctica artística con IA pueda ser un territorio de experimentación/hibridación, en el cual esos códigos, esa mirada codificada, sean apropiados y resignificados por artistas del Sur Global para generar discursos desde el conocimiento situado, según Haraway (Ciencia, cyborgs y mujeres: La reinvención de la naturaleza, 1995), "la única manera de encontrar una visión más amplia es estar en algún sitio en particular" (p. 321).

CREAR CON IA

Sabemos que la IA ha abierto nuevas posibilidades para crear arte, pero ¿permiten generar imágenes/narrativas que no correspondan a las estructuras "tradicionales" de representación? Porque el uso de esta tecnología implica posibles/ciertos/muchos resultados sesgados que afectan representaciones de género, raza y clase.

Con ese conocimiento y mi acercamiento al uso de tecnologías en mi producción artística, he trabajado desde hace unos los resultados, desde el uso de esa tecnología. Entonces pregunto: ¿La IA simplemente reproduce las asimetrías de poder presentes en las sociedades?

años con la IA Generativa, en las series como Mar_IA o Vera icon non manufactum (en latín y griego, "verdadera imagen «no realizado manualmente"), generando diálogos con esta herramienta que me permitan crear obras a partir de los sesgos hallados en los resultados que voy obteniendo de cada interacción. Trabajando con los imaginarios culturales dominantes, consigo reproducir ciertas normativas visuales que logro subvertir con la propia IA Generativa, si bien mi acercamiento genera una tensión entre lo “sagrado”, los patrones estéticos tradicionales y la tecnología, encuentro en esta práctica nuevas posibilidades de resignificación visual.

Belén Rodríguez, "La_Dolorosa_0.2", de la serie Vera Icon non manufactum, Cocreación con IA / Entrenamiento con autorretratos / Sublimación textil a dos capas en seda italiana y boal semitransparente, 2024.

Belén Rodríguez

Algo similar aparece en la obra de Kira Xonorika, artista interdisciplinar, investigadora y escritora (Genderit.org, s.f.) paraguaya, quien “a través de sus obras, pone en debate el paradigma binario desde el uso de la IA Generativa; disputando las nociones instauradas de autoría en arte, desafía la idea del artista como un genio individual y abre espacio para una práctica hacia la colaboración y la hibridación de nuevas formas de expresión frente a futuras protopías” (Rodríguez, 2025).

Estos acercamientos artísticos parten de que las IA’s no son neutrales, están condicionadas por los datos con los que son entrenadas, por lo que pueden reproducir estereotipos, invisibilizando o reforzando ciertas miradas codificadas. Entonces

Kira Xonorika, Meditation, cocreación con IA, 2023.

esta tecnología se convierte en un espacio de exploración, donde es necesario intervenir y debatir esa mirada.

Si bien me he limitado a dos posibles usos en el arte de la IA Generativa, existen otros poetas del código, utilizando el término de Buolamwini, por lo que en estas líneas me permito citar algunos como LABi.a., Karen Palacio y Leticia Almeida.

NARRATIVAS PARA

LA CIBERCONVIVENCIA

DESDE/

EN EL SUR GLOBAL

Sin duda el arte y la IA pueden generar nuevas formas de memoria, representación, visibilización, cuestionamientos y pensamientos desde el Sur Global. Hace sentido entonces la construcción de epistemologías ciberalternativas que sirvan para contrarrestar hegemonías predominantes en el ciberespacio, siendo así la IA una herramienta que pueda disputar significados y representaciones.

Finalmente, repensar las posibilidades de uso de esta tecnología desde el conocimiento situado, implica reconocer sus limitaciones y a través de ellas subvertir su mirada codificada.

ENTRE DISCURSOS DE ODIO Y NOTICIAS FALSAS: LOS DESAFÍOS DE LA DEMOCRACIA EN

LA ERA DIGITAL

Marina Mendoza (Argentina) Socióloga y doctora en Ciencias Sociales.

La emergencia de nuevos formatos y canales de comunicación que inauguró la era digital movilizó una enorme expectativa global en torno a la posibilidad de ampliación de los espacios de democratización social. A diferencia de los medios tradicionales que se sustentan en un paradigma unidireccional, los nuevos medios prometían crear una esfera pública digital que posibilitara una mayor participación ciudadana en la toma de decisiones. La proliferación de experiencias de ciberactivismo, la revelación de crímenes de Estado y la capacidad de denuncia que habilitaron las redes sociales y los espacios digitales, sustentaron temporalmente la ilusión de la ciberdemocracia.

Sin embargo, un cuarto de siglo después, en un contexto de auge de los discursos autoritarios que son viabilizados a nivel mundial por medio de estos soportes tecnológicos, esta expectativa inicial merece ser revisada. En este escrito analizamos cómo incide la proliferación de discursos de odio en redes sociales, la propagación de fake news y la exacerbación de la polarización política en la erosión de las capacidades democráticas de las sociedades actuales.

DESINFORMACIÓN Y FAKE NEWS EN LA ERA DE LA POSVERDAD

Las expectativas iniciales de instauración de una esfera pública virtual fueron rápidamente reemplazadas por la certeza de una puesta en escena: no solo no se redujo la distancia entre gobernantes y gobernados, sino que, además, las redes sociales comenzaron a reproducir las mismas lógicas que los medios tradicionales, bombardeando con información a los usuarios basados en algoritmos y estrategias de cooptación publicitaria.

Las nuevas tecnologías de la información y la comunicación se han convertido en campos de fuerza —en clave bourdiana— en los que se disputan los sentidos en torno a la verdad digital. Una verdad que no se sustenta en la evidencia empírica sino en la capacidad de obtener likes y reposteos. La viralización instantánea a nivel planetario, en ocasiones de noticias falsas, provoca una exacerbación de mensajes que son reproducidos acríticamente y moldean la percepción ciudadana sobre la política, los políticos y la democracia. La era de la posverdad no exige verificación de la veracidad de la información difundida, sino viralización y alcance de una masa crítica suficiente para convencer a vastos sectores.

PROLIFERACIÓN DE DISCURSOS DE

ODIO

EN REDES SOCIALES

En las primeras décadas de este siglo, un conjunto de reivindicaciones populares logró instalarse en las agendas globales gracias al crecimiento de colectivos de lucha contra los efectos del neoliberalismo sobre la profundización de las desigualdades estructurales. Este fenómeno se conjugó con una tendencia mundial de gobiernos progresistas que viabilizaron institucionalmente algunas de estas demandas.

Las luchas feministas por el reconocimiento del peso del patriarcado, la visibilización de las inequidades en el acceso a las condiciones materiales básicas de existencia del colectivo LGBTIQ+, la resistencia de las comunidades indígenas y campesinas al avance de la frontera extractivista, la protección de los derechos humanos y la denuncia de la responsabilidad antrópica en el cambio climático, constituyeron sus bastiones principales.

En los últimos diez años, esta agenda progresista —que en algunas narrativas se conjuga intencionalmente con la llamada ideología woke1 de origen estadounidense— está siendo foco de ataques de representantes y medios de extrema derecha que utilizan las redes sociales para propagar discursos violentos escudándose en el anonimato y la capacidad de intervención que ofrecen estas plataformas. Los principales mecanismos empleados se pueden sintetizar en dos grandes núcleos: la deslegitimación de sus demandas mediante la erosión de la credibilidad de los actores sociales involucrados y la difusión de información falsa orientada a distorsionar los motivos de su activismo.

En la denominada “batalla cultural”, los nuevos medios desempeñan un rol crucial para construir campos de sentido que

1 En los últimos años el término woke se ha transformado en un concepto polarizante: mientras algunos lo mantienen como símbolo de justicia social y compromiso político, sectores conservadores lo emplean de forma peyorativa para criticar lo que consideran excesos de corrección política o censura cultural. Rhodes, C. (2022). Woke capitalism: How corporate morality is sabotaging democracy. Policy Press.

consoliden la hegemonía de las nuevas derechas. La instalación de discursos negacionistas del Terrorismo de Estado, pero también del cambio climático y la agenda globalista, constituyen los principales focos de ataque de una corriente que enarbola la ideología promercado y la negación de los colectivismos como sus principales banderas.

POLARIZACIÓN Y ESPECTACULARIZACIÓN DE LA POLÍTICA

A inicios de los 2000, eran pocos los asesores políticos de países latinoamericanos que recomendaban construir campañas electorales desde una estrategia negativa de ataque directo y, en ocasiones, personal, a los rivales. Las redes sociales aceleraron este proceso y la estrategia confrontativa aparece hoy de manera recurrente, independientemente del espacio político que se trate. Ejércitos de trolls inundan las redes sociales con comentarios negativos y noticias falsas para deslegitimar al adversario político desde narrativas que intentan manipular la opinión pública a su favor.

Estas estrategias de polarización se instalan mediante la generación de emociones intensas que buscan provocar la indignación ciudadana —como los escándalos de corrupción— o generar temor entre la población respecto de un espacio político que es construido como una amenaza para la propia institucionalidad democrática. La difusión de discursos negativos sobre los adversarios políticos, marcada por la polarización nosotros-ellos, aparece en redes sociales acompañada de una épica de la confrontación política que se presenta en términos bélicos.

A la estrategia de polarización se agrega la espectacularización y banalización de la política, fenómeno que profundiza una lógica instaurada tras las reformas neoliberales de los noventa que trastocaron las lógicas de construcción de liderazgos y las dinámicas del voto, instaurando una tendencia hacia la despolitización ciudadana y hacia las candidaturas construidas desde los medios. El relato mediático, antes y ahora, prioriza la morbosidad, el sensacionalismo y la ficcionalización de los hechos cotidianos en pos de lograr un producto fácilmente consumible para las audiencias, que vacía de contenido el mensaje político y promueve el fortalecimiento del statu quo.

Las formas espectaculares de la política no son otra cosa que la negación de la política como herramienta de transformación, generando el empobrecimiento del debate público y el enajenamiento del hombre en su rol de espectador. Las redes sociales configuran una apariencia de intervención sobre el decurso de las problemáticas significativas de la vida en sociedad, sustentado por una oferta —variada y heterogénea— de candidatos políticos que se ofrecen en el espacio público digital como mercancías, donde resulta triunfante aquel que posee una característica diferencial, un atributo novedoso escasamente vinculado, las mayoría de las veces, al quehacer político.

DESAFÍOS PARA LAS DEMOCRACIAS EN LA ERA DIGITAL

La proliferación de discursos violentos, la propagación de noticias falsas y la implementación de campañas políticas basadas en la polarización extrema y la banalización, presentan desafíos para las democracias contemporáneas. Si los medios de comunicación tradicionales se configuraban como el “cuarto poder” por la incidencia que ejercían sobre las decisiones públicas, las redes sociales llevan esta influencia al paroxismo al erigirse como la principal fuente de información de la mayoría de la población.

Las democracias se enriquecen mediante el desarrollo del pensamiento crítico. La espectacularización de la política y la reproducción acrítica de contenidos que propone la era digital vacían de sustancia el debate público y erosionan las capacidades democráticas de las sociedades. Esto pone en evidencia que la ilusión de la esfera pública digital, lejos de garantizar una ampliación de las posibilidades de participación en la toma de decisiones, ha generado su debilitamiento. Queda pendiente el desafío de generar espacios de discusión que, mediante un uso consciente de estas tecnologías, logren fortalecer el pensamiento reflexivo y el desarrollo de una ciudadanía capaz de recuperar el potencial transformador de la política. Tal vez aún sea posible reconstruir la utopía de la ciberdemocracia.

Centro de Desarrollo Cultural Casa Moravia (Colombia)

UNA CASA PARA LA PAZ: APRENDIZAJES

DESDE EL CENTRO DE

DESARROLLO

CULTURAL DE MORAVIA

Desde el año 2008 trabajamos por reconocer la paz como una construcción cotidiana a partir de la participación, la inclusión y la creación de un proyecto de cultura viva comunitaria gestado en el barrio Moravia para Medellín y el mundo.

CONTEXTOS PARA LA COMPRENSIÓN DE NUESTRO PROYECTO

En el 2008 cumplimos un sueño: la inauguración de un espacio cultural gestionado por los habitantes de Moravia, un barrio ubicado al norte de la ciudad de Medellín, Colombia. Al contar nuestra experiencia de trabajo, cuando hablamos del barrio no nos referimos solo a un dato de ubicación geográfica, sino a un universo de relaciones, saberes y experiencias que dieron vida al Centro Cultural que vivimos hoy.

En una historia compartida con los barrios autoconstruidos y autogestionados de América Latina, la historia de Moravia es, ante todo, la historia de una comunidad que se hizo a sí misma. Desde la década de los sesenta, cuando llegaron las primeras familias desplazadas por la violencia o en búsqueda de mejores oportunidades, este territorio del norte de Medellín empezó a poblarse a punta de esfuerzo y creatividad.

Eran terrenos cenagosos, con sembrados y maleza, poco aptos para construir un hábitat digno. Estas condiciones socioespaciales se complejizaron todavía más cuando en 1977 un sector de Moravia se habilitó como basurero oficial de la ciudad, lo que dio origen a una montaña de residuos que en pocos

Centro

años llegó a superar los treinta metros de altura. Allí, en medio de las dificultades, más de quince mil personas construyeron sus viviendas con lo que encontraban: madera, cartón, latas, plásticos, etc. Lo que para muchos era un signo de marginalidad, para quienes habitaron ese espacio se convirtió en una posibilidad de sobrevivir y de organizarse.

En medio de estas condiciones estructurales de exclusión social los habitantes de Moravia, que solo fue reconocido oficialmente como barrio de Medellín hasta el año 1993, se han unido históricamente para solucionar sus necesidades básicas, para acompañarse de manera solidaria y para exigir su derecho a la ciudad.

UNA CASA PARA TODOS Y TODAS

Cuando a principios de la década del 2000 comenzó a pensarse en la posibilidad de construir un centro cultural en el barrio, no se trataba de imponer un modelo desde afuera, sino de responder a una demanda histórica: la necesidad de contar con un espacio común donde la cultura, la memoria y la vida comunitaria fueran reconocidas como parte fundamental del derecho a habitar la ciudad.

En 2008 inauguramos el Centro de Desarrollo Cultural de Moravia (CDCM), un edificio diseñado por Rogelio Salmona y concebido como símbolo de dignidad para el barrio. La arquitectura de Salmona no fue un detalle accesorio: en un territorio estigmatizado por la pobreza y la marginalidad, levantar un edificio público de esta envergadura significaba reconocer que sus habitantes tenían derecho a los mismos bienes culturales que cualquier otro ciudadano. Como solía decir el arquitecto, “la esencia de la ciudad es su espacio público y la

esencia del espacio público es el edificio público”. El Centro nació bajo el lema de ser “La Casa de Todos” y, desde entonces, se ha consolidado como una centralidad cultural, un lugar abierto y permeable, donde el barrio se encuentra consigo mismo y con la ciudad.

Desde el primer día, nuestra apuesta ha sido trabajar en una cultura de paz entendida no como un proyecto puntual, sino como un modo de hacer. La paz, para nosotros se construye en las prácticas cotidianas, en la manera cómo nos relacionamos, en la posibilidad de reconocernos en medio de la diversidad. En estos diecisiete años hemos visto cómo el arte y la cultura se convierten en caminos para convivir, para tramitar los conflictos y para transformar la vida barrial. No hablamos de la paz como una meta lejana, sino como un ejercicio diario que se construye en el diálogo, en el respeto por la palabra, en la creación compartida y en el encuentro intergeneracional, tal y como ocurre en los más de veintiséis cursos de formación y cuatro semilleros en artes y oficios que ofertamos de manera gratuita para madres gestantes, niños, niñas, jóvenes, adultos y adultos mayores.

Entendemos también que la cultura es formación ciudadana. Hemos apostado por promover la participación de comunidades activas, con conciencia crítica, que puedan incidir en la vida pública de la ciudad y en la formación de públicos mediante la programación de una agenda cultural gratuita y permanente que incluye conciertos, exposiciones, teatro, cine, performance y prácticas artísticas en comunidad. Encontrarnos en el goce de las experiencias estéticas y en la oportunidad de aprovechar de otras formas el tiempo libre, también es un aporte a una convivencia más pacífica.

Creemos en la potencia de la pequeña escala: en los encuentros entre vecinos, en las iniciativas barriales, en las experiencias colaborativas. Desde ahí hemos visto cómo lo local puede incidir en lo global, cómo un barrio puede aportar a la democracia de la ciudad y cómo la participación cultural

se convierte en semilla de ciudadanía. Como afirma nuestra coordinadora, Mónica Saldarriaga Ocampo, “el principal reto para los proyectos culturales de la ciudad es crear plataformas colaborativas y escenarios de escucha para la diversidad y que promuevan la construcción desde la alteridad. Si no reconocemos nuestras diferencias, seguimos siendo islas. Este es el punto de partida para construir una sociedad más justa, más pacífica, y el arte es la herramienta que nos permite hacerlo”.

En este camino hemos comprendido que la cultura de paz se construye desde lo cotidiano. Desde el Centro de Desarrollo Cultural de Moravia, hemos aprendido que un proyecto cultural sólo se sostiene cuando surge de un sueño compartido, cuando la comunidad lo reconoce como propio y participa de su ideación, de su cuidado y de su proyección. Esa fuerza inicial, que nos recuerda que la autoconstrucción del barrio también fue autogestión, sigue siendo hoy el motor que nos permite mantenernos como una casa viva.

También descubrimos que la paz se nutre de alianzas. Nuestro modelo de gestión en tríada —comunidad, sector público y sector privado— ha sido fundamental para darle estabilidad, permanencia y credibilidad al proyecto. Pero más allá de lo administrativo, lo que hemos visto es que estas alianzas son también aprendizajes compartidos: cada actor aporta, desde sus posibilidades, su mirada y sus recursos, y juntos tejemos una red que hace posible sostener el Centro y sus apuestas de transformación cultural.

Otro aprendizaje invaluable ha sido entender el Centro Cultural como plataforma: un espacio donde las propuestas artísticas locales encuentran lugar para mostrarse, dialogar con otras tradiciones y proyectarse hacia la ciudad y el mundo. Este rol nos ha permitido confirmar que el arte no es un lujo ni un adorno, sino una herramienta para encontrarnos, reconocernos, para tramitar los conflictos y para imaginar futuros distintos. En estos años también hemos aprendido a valorar la memoria como semilla de futuro. Documentar y difundir

las historias del barrio nos ha permitido dignificar los saberes comunitarios y reconocer en ellos un archivo vivo que fortalece la identidad y la pertenencia. Cada relato recuperado se convierte en una forma de habitar la ciudad de manera más consciente, en un recordatorio de que el derecho a la cultura es inseparable del derecho a la ciudad.

Finalmente, hemos aprendido que la paz no es un discurso, sino una práctica constante, cotidiana. Está en la manera en que nos reunimos para conversar, en la disposición a escuchar las diferencias, en la capacidad de reconocernos como diversos y, aun así, tejer un proyecto común. Estos aprendizajes nos proyectan hacia el futuro con la certeza de que el Centro de Desarrollo Cultural de Moravia seguirá siendo una casa abierta donde los derechos culturales se ejercen como prácticas vivas, donde la democracia se fortalece en la participación cotidiana y donde el arte y la cultura son caminos posibles para convivir, imaginar y transformar de manera colectiva.

Centro
Moravia

Escuadrón Guillemet, Sandra Martínez

No es que hayamos perdido

Afiche tipográfico sobre papel cartón, 25 x 18 cm, 2018

Archivo Resistencias Tipográficas

Coordinación Raquel Masci y Juan Pablo Pérez

Conjunto heterogéneo de afiches creados con tipos móviles de madera y metal que encuentran en la letra y la palabra impresa un vocabulario visual para interpelar el contexto social.

>>LA PALABRA GRÁFICA AGITA

BIOGRAFÍAS

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Nicolás Sticotti

Editor, gestor cultural y comunicador.

Editor, gestor cultural y comunicador, especializado en ciudadanía, industrias y políticas culturales desde una perspectiva de derechos. Con más de 20 años de trayectoria en el sector cultural —y en particular en el mundo del libro— ha desarrollado y coordinado proyectos nacionales e internacionales en comunicación, producción ejecutiva y programación, tanto en el ámbito público como en el privado. Es director de RGC – Redes de Gestión Cultural y Presidente de la Asociación Civil por los Derechos Culturales. Actualmente es docente de la materia Industrias Culturales en la Licenciatura en Gestión Cultural de la Universidad Nacional de Avellaneda (UNDAV), donde también se desempeñó como director del Centro Universitario para las Industrias Culturales Argentinas (CUICA) y secretario de Extensión del Departamento de Humanidades y Artes. En los últimos años ha centrado sus preocupaciones en la articulación estratégica entre el sector cultural, la crisis ambiental, la fragilidad de las democracias y las transformaciones impulsadas por las tecnologías, desarrollando contenidos e iniciativas que integran sustentabilidad, educación ambiental, derechos culturales y la imaginación de futuros posibles.

Amador Fernández-Savater

Nació en Madrid en 1974. Desde diferentes espacios, como talleres de lectura, trabajo en las escuelas o escritura en los medios, participa en lo que denomina "la batalla del pensamiento", la pelea cotidiana por inventar nombres propios para entender y transformar lo que nos pasa en lugar de ser pensados por otros. Sus intervenciones han sido recogidas en algunos libros recientes, como Habitar y gobernar (textos sobre el movimiento de los indignados o 15-M, 2020), El eclipse de la atención (2022) o Capitalismo libidinal (2024), donde se piensa la relación entre capitalismo y deseo, la disputa por sustraer el deseo al puro consumo de mercado.

Investigador, activista y editor.

Politólogo.

Fernando Mires

Nacido el 23 de febrero de 1943 en Santiago de Chile, profesor Emérito de la Universidad de Oldenburg, Alemania, autor de numerosos artículos y libros sobre filosofía política, política internacional y ciencias sociales, publicados en diversos idiomas. Fernando Mires se diplomó de profesor de historia en Chile en la Universidad de Chile (1965). Entre 1967 y 1968 realizó estudios de postgrado en Historia Moderna) en la Universidad Carolina de Praga. En 1969, fue nombrado profesor en la Cátedra de Historia de América Latina en el Instituto de Sociología de la Universidad de Concepción, Chile. En 1974 tuvo que abandonar su país como consecuencia del golpe de Estado. En 1975 asumió funciones de docencia y de investigación en el Instituto de Sociología de la Universidad de Oldenburg, Alemania. En 1978 se doctoró en Ciencias Económicas y Sociales. En 1991 obtuvo el título de Privat Dozent en el área de Ciencias Políticas. En 1995 fue nombrado profesor en el Instituto de Ciencias Políticas de la Universidad de Oldenburg, Alemania, de Política Internacional y Teoría Política.

Grace Jiménez

Persona no binarie, feminista, pansexual y cuir. Diseñadore, educadore pero, sobre todo, revoltose y bochinchera. Persona en constante destrucción y formación. Cofundadore de La Casa Rosada, espacio cultural, casa diversa, autónoma, cuir y feminista, que nace desde el dolor y la esperanza colectiva entre amigues marikas, con la intención de proponer una forma diferente de construir comunidad interseccional, más marika, más honesta, tierna y horizontal.

Diseñadora, fundadora de La Casa Rosada

Periodista y artista.

Valeria Guzmán

Valeria Guzmán nació en El Salvador. Ha sido barista, dobladora de cajas y trabajadora de vías ferroviarias. Estudió teatro en la extinta Escuela Experimental de Artes Escénicas del Ministerio de Educación. Es también periodista con experiencia en medios como El Faro, La Prensa Gráfica y Alharaca. Se ha especializado en periodismo narrativo y de investigación, con énfasis en derechos humanos y temas de género. Tiene una maestría en Estudios de Género, Identidades y Ciudadanía por la Universidad de Cádiz.

En 2020 recibió el Premio de Periodismo de Profundidad de la Sociedad Interamericana de Prensa. Ha publicado reportajes sobre feminicidios, memoria histórica y violencia estructural. Ha enfrentado amenazas por su trabajo periodístico y su teléfono fue intervenido con el software espía Pegasus, lo que motivó la salida de su país de origen.

Actualmente trabaja con el equipo coordinador del programa Exprésate de la International Women’s Media Foundation (IWMF), donde se brinda formación en enfoque de género interseccional a periodistas de la región mesoamericana.

Paola de la Vega

Educadora, investigadora y trabajadora cultural. Doctora en Estudios Culturales Latinoamericanos por la Universidad Andina Simón Bolívar Sede Ecuador (UASB). Lcda. en Comunicación y Literatura por la Pontificia Universidad Católica del Ecuador (PUCE) y Máster en Gestión Cultural por la Universidad Carlos III de Madrid. Actualmente es docente-investigadora de la Carrera de Artes Visuales de la PUCE, y profesora invitada en varios postgrados nacionales e internacionales en gestión cultural y políticas culturales en Latinoamericana y España. En 2024 publicó el libro Genealogías para una gestión cultural crítica (RGC Argentina-EdiPUCE). Acompaña al Movimiento Cultura Viva Comunitaria, tanto en Ecuador como en diversos espacios regionales. Es parte de la Red Educativa IberCultura Viva.

Educadora, investigadora y trabajadora cultural.

Eduardo Vázquez Martín

Escritor, poeta y gestor cultural.

Poeta, periodista, columnista, ensayista, promotor cultural, guionista y editor de documentales. Realizó estudios de antropología social en la Escuela Nacional de Antropología e Historia. Participó en la creación de la revista La Orquesta y dirigió la colección “Cuadernos de La Orquesta”. Fue fundador, jefe de redacción y director del Periódico de Poesía, editado por la Universidad Nacional Autónoma de México. Fundador de las revistas Milenio, Viceversa y Laberinto Urbano. Ha desempeñado diversos cargos públicos en el Gobierno de la Ciudad de México, en el Servicio Exterior Mexicano y en el Gobierno de San Luis Potosí. Ha dirigido el Museo de Historia Natural y Cultura Ambiental de la Ciudad de México. Fue secretario de Cultura de la Ciudad de México, de 2014 a 2018, y actualmente es coordinador ejecutivo del Mandato Antiguo Colegio de San Ildefonso.

Zaría Abreu

(México, 1973). Escritora, poeta, guionista y dramaturga con más de treinta años de experiencia en series, proyectos transmedia, escénicos, literarios y audiovisuales. Creadora especializada en temas como neurodiversidad, diversidad funcional, género, enfermedad crónica y labores de cuidado. Se dedica también a dar talleres, conversatorios y seminarios a personas con discapacidades psicosociales y físicas, corporalidades diversas, enfermedades crónicas y mujeres mayores de 70 años, todo desde una perspectiva feminista y de la discapacidad como resistencia. Ha recibido varios reconocimientos y premios nacionales e internacionales y se ha presentado y ha sido publicada en varios países como Cuba, Guatemala, El Salvador, Argentina, Uruguay, Inglaterra y España. Creadora y coordinadora de los proyectos: Poesía en Pijama, Usted Está Aquí y Vulnerabilidades Insurrectas, mediante los cuales trabaja con grupos de mujeres discas/enfermas para la visibilización y la creación de testimonios. Decidida y orgullosamente hija de Lilith, desertora de Eva, femidisca, prieta oaxaqueña, disca, neurodivergente y autista.

Escritora, dramaturga y directora escénica.

Milene Chiovatto

Licenciada en Educación en Artes y Diseño por la Universidad Mackenzie, máster en Ciencias de la Comunicación y Sociología del Arte por la Escuela de Comunicaciones y Artes (ECA) de la Universidad de São Paulo (USP). Ha sido profesora de historia del arte y estética en diversas instituciones de educación superior. Entre otras actividades, coordinó el servicio educativo en la 24.ª Bienal de Artes de São Paulo. Es autora de materiales educativos sobre arte para diferentes edades y perfiles de público. Fue coordinadora del Núcleo de Acción Educativa (NAE) de la Pinacoteca de São Paulo y ex presidenta del Comité Internacional para la Educación y la Acción Cultural (CECA) del Consejo Internacional de Museos (ICOM). Asesora del Instituto Moreira Salles. Educadora museal.

Ketzali Awalb'iitz Pérez Pérez

Es artista escénica, gestora cultural y comunicadora maya poqomam. Su trabajo nace a través del diálogo entre el arte, la memoria y la identidad, donde la música, el teatro, la distribución de impacto y la palabra se conectan para imaginar futuros posibles. Su movimiento va desde la creación escénica hasta la investigación periodística, de la curaduría comunitaria a la mediación pedagógica, entendiendo siempre el arte como herramienta de encuentro, resiliencia y transformación social. Estudió la Licenciatura en Música en la Universidad Galileo y la Licenciatura en Arte Dramático en la Universidad de San Carlos de Guatemala, formación que le permitió sostener una práctica interdisciplinaria que conecta lo académico con lo comunitario. Fue seleccionada como parte de la 7.° generación de jóvenes periodistas de la Red Latam. Ahora es integrante de la Red de Capacitadores en Herramientas Digitales en Centroamérica, impulsada por Google News Initiative y Factual. Actualmente coordina el programa Pantalla Itinerante de Fundación Ixcanul, donde impulsa procesos de exhibición cinematográfica comunitaria que refuerzan la participación ciudadana y pluralidad. Sostiene que lo personal es político y cotidiano: por ello articula su trabajo con la defensa de los derechos de las mujeres, pueblos indígenas, la justicia transicional y la defensa del territorio. Es vegetariana y cuidadora de dos felinas y dos caninas, reconociendo que los cuidados cotidianos son un gesto fundamental para sostener la vida.

Artista y periodista.

Elizabeth Lira Kornfeld

Psicóloga, Pontificia

Universidad

Católica de Chile, terapeuta familiar.

Profesora titular de la Facultad de Psicología y directora del Centro de Derechos Humanos de la Universidad Alberto Hurtado. Es directora adjunta del proyecto Núcleo Milenio Data Justa (ANID). Fue miembro de la Comisión Nacional de Prisión Política y Tortura (2003-2005) y de la Comisión Asesora Presidencial para la Calificación de Detenidos Desaparecidos, Ejecutados Políticos y Víctimas de Prisión Política y Tortura (2010-2011). Ha recibido numerosos premios, entre ellos, en 2005 recibió el Premio a los Derechos Humanos René Cassin por la Comisión de Prisión Política y Tortura (B’nai B’rith-Chile). En 2011, Eclipse Award (Center for Torture Victims, Minneapolis). En 2013, Reconocimiento a terapeutas durante la dictadura, Universidad de Chile. En 2017, el Premio Nacional de Humanidades y Ciencias Sociales de Chile. Sus libros más recientes son, como editora y autora, Lecturas de Psicología y Política. Crisis política y daño psicológico, Santiago: Ediciones Universidad Alberto Hurtado, 2017. Coautora con Loveman Brian, Los campesinos “exonerados de la tierra”. Leyes y políticas de reparación y clientelismo político en Chile. Santiago. DER/Facultad de Derecho Universidad Alberto Hurtado, 2021. Como editora, con Cornejo M. y Morales G. de Human Rights Violations in Latin America, Reparations and Rehabilitation, Peace Psychology, Book Series, Springer.

Gómez

Paz

Fernández

Antropóloga e historiadora que ha desarrollado su trabajo fundamentalmente en el campo de la docencia, como profesora tutora en la Universidad Nacional de Educación a Distancia (UNED), y la difusión. Desde hace diez años trabaja sobre Patrimonio Cultural Inmaterial dedicándose a la elaboración de informes técnicos para la incoación de expedientes de Declaración de Bien de Interés Cultural, sobre todo para la Comunidad de Madrid, con el Grupo de Investigación, Etnografía y Patrimonio Inmaterial. Trabaja también sobre la perspectiva de género en los inventarios de patrimonio. Desde hace más de veinte años ha trabajado sobre folclore y cultura expresiva en España.

Antropóloga y profesora tutora de Antropología, UNED.

Artista y periodista.

Belén Rodríguez

(Asunción, 1991). Artista multidisciplinar, reside en Areguá, (Paraguay). Estudió Artes Visuales en el Instituto Superior de Arte de la Universidad Nacional de Asunción, donde actualmente es auxiliar docente; en 2018, gracias a la beca Asociación de Universidades Grupo Montevideo (AUGM) de movilidad académica, realizó un intercambio en la Universidade Federal de Santa Maria, (Brasil). Es miembro de la Asociación para las Artes Visuales en el Paraguay «Gente de Arte», y de Artistas Visuales del Paraguay Asociados, (AVISPA). Ha expuesto en muestras individuales y colectivas en Paraguay, Argentina, Brasil, Chile, Cuba, El Salvador y Francia. Ha sido reconocida con varios premios entre ellos destacan: en 2024, el 1.° Lugar, Reconocimiento 4.° Edición Invernadero: Arte, Política, Experimento; en 2022, el Premio Adquisición Rivas Collection en la Feria de Arte Oxígeno; en 2021 el 1.° Premio Matisse a las Artes Visuales, el Premio AICA Paraguay 2021 como artista integrante de la exposición Colmar de Memoria el Olvido; en el mismo año, recibió una mención de honor en el premio ASGAPA de escritura crítica, y fue invitada a la XIV Bienal de La Habana en Cuba; en 2019 gana el premio Emergentes, en conjunto con el Colectivo Taller de Moreno. En 2023 fue residente de la Cité International des Arts, en París, Francia, y en 2024, de la Corporación Cultural SACO, en Antofagasta, Chile, y del Centro Cultural de España y LFBK, Zaragoza, El Salvador.

Doctora en Ciencias Sociales y socióloga por la Universidad de Buenos Aires (UBA), Magíster en Comunicación y Creación Cultural por la Fundación Walter Benjamin. Investigadora Posdoctoral del Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas (CONICET) con sede en el Instituto de Estudios de América Latina y el Caribe (IEALC, Facultad de Ciencias Sociales-Universidad de Buenos Aires). Profesora de grado y posgrado en universidades públicas (UBA, Universidad Nacional de Tres de Febrero) y privadas (Universidad de Palermo, Universidad del Museo Social Argentino). Coordina el Observatorio de América Latina (OBLAT-UBA) e integra el Ubacyt “Estado, élites y centros de pensamiento en América Latina (2008-2025)” y el Grupo de Trabajo de CLACSO “Elites empresariales, Estado y dominación”. Autora del libro Un enemigo para un modelo económico. La criminalización de la protesta antiextractivista en Chile y Perú durante el boom y caída del superciclo de commodities (2000-2018) (2021) y compiladora del libro Élites económicas e influencias en América Latina. Metodologías de investigación y claves para su estudio (2023).

Socióloga y doctora en Ciencias Sociales.

Marina Mendoza

Centro de Desarrollo Cultural de Moravia

Somos un espacio abierto para el encuentro, la creación y el diálogo entre comunidades diversas, donde el arte y la cultura son motores de transformación. Más información en: www.centroculturalmoravia.org

Cristina

Algarra Luján

Gestora cultural, comunicadora y antropóloga especializada en arte comunitario, comunicación social y procesos de memoria. Su trabajo se sitúa en la intersección entre la cultura, el periodismo y la participación ciudadana, explorando cómo el arte y la comunicación pueden contribuir a fortalecer la cohesión social, la identidad colectiva y el pensamiento crítico. Ha desarrollado proyectos en España y América Latina vinculados a la gestión cultural participativa, la mediación artística y el periodismo. Ha colaborado con medios de comunicación como El Faro o El Intercambio y con instituciones culturales como el Museo de Arte de El Salvador (MARTE) y el Centro Cultural de España en El Salvador (CCESV), en programas de comunicación y arte comunitario. Es cofundadora de la Asociación Enredando Culturas, desde donde impulsa proyectos de gestión cultural, comunicación y desarrollo rural en la Serranía de Cuenca, promoviendo el arte como herramienta de transformación social y fortalecimiento territorial.

Gestora cultural, comunicadora y antropóloga.

Eloisa Vaello Marco

Eloisa Vaello Marco (España, 1969). Ingeniera de Sistemas por la Universidad Politécnica de Valencia, Máster en Relaciones Internacionales y Comunicación por la Universidad Complutense de Madrid, posgrado en Estudios Africanos por la Universidad Autónoma de Madrid y Gestión y Cooperación Cultural Internacional por la Universidad de Barcelona. Tras su paso por la empresa privada como ingeniera de sistemas, desde el año 2007 comienza su trabajo en la Red de Centros Culturales de la Agencia Española de Cooperación Internacional para el Desarrollo, como coordinadora de la Programación y Comunicación del Centro Cultural de España en Malabo. Desde el año 2011, directora del Centro Cultural de España Juan de Salazar, Paraguay, y posteriormente, desde 2017 al 2022, directora del Centro Cultural de España en El Salvador. Durante su gestión se pusieron en marcha proyectos como Chaco Ra’anga, un viaje expandido por el corazón del Chaco, en coordinación con los Centros Culturales de Argentina y Bolivia; Invernadero, para generar un espacio de formación y creación colectiva en las intersecciones entre arte, política y experimento; una edición especial de Experimenta Ciudad, en colaboración con Medialab Prado; un espacio de formación en torno a las políticas públicas en temas de cultura; y un festival de hip hop y culturas urbanas en Malabo que ha dejado un gran poso. En mayo de 2023 asume la subdirección de Cooperación y Acción Cultural para el Desarrollo Sostenible, en la Dirección de Relaciones Culturales y Científicas de la AECID, desde donde está coordinando la Red de Centros Culturales de AECID así como la actualización de la Estrategia de Cultura y Desarrollo. Gestora cultural, programadora y cooperante.

Licenciada en Historia del Arte por la Universidad de Oviedo (2007) y Máster de gestión de organizaciones de cooperación para el desarrollo y de intervención social, comienza su carrera como gestora cultural en la Oficina Cultural de la Embajada de España en La Paz, Bolivia. Años más tarde (2012), colabora en la puesta en marcha del Centro Cultural de España en La Paz, perteneciente a la red de centros culturales de la Agencia Española de Cooperación y Desarrollo (AECID), para la que ha seguido trabajando desde entonces. Ha sido gestora cultural en el Centro Cultural de España en Costa Rica (El Farolito), y ha dirigido los centros culturales de España en Panamá y Santiago de Chile. Actualmente dirige el Centro Cultural de España en Buenos Aires.

Gestora cultural.

Paula

BIBLIOGRAFÍA POR CAPÍTULO

Capítulo I

1.1 POLICRISIS, DEMOCRACIA Y DERECHOS CULTURALES: REPENSAR LA FUNCIÓN PÚBLICA DE LA CULTURA. Nicolás Sticotti

(Argentina)

Fuentes y referencias:

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Krenak, A. (2021). Ideas para postergar el fin del mundo. Buenos Aires: Prometeo.

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Nivón Bolán, E. (2025). Cuando la cultura es objeto de políticas. Buenos Aires: RGC Ediciones / UAM.

O’Connor, J. (2025). Buscando nuevas narrativas para la cultura: fundamentos, infraestructuras, bienes (y males) públicos.

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LA CRISIS DE OCCIDENTE Y SUS DIMENSIONES CULTURALES Y POLÍTICAS.

Fernando Mires (Chile / Alemania)

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Toynbee, A. J. (2007) Estudio de la historia: Alianza Editorial

Spengler, O. (2013) La decadencia de Occidente: Austral

Capítulo 2

2.4 CULTURA, DEMOCRACIA Y EDUCACIÓN MUSEAL.

Milene Chiovatto (Brasil)

Fuentes y referencias:

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Capítulo 3

3.2 LA PROTECCIÓN DEL PATRIMONIO CULTURAL INMATERIAL. UN EJERCICIO DE CIUDADANÍA.

El

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Paz Gómez (España)

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Velasco Maíllo, H.

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3.3 ARTE, ALGORITMOS Y MEMORIA EN LOS CÓDIGOS

Belén Rodríguez

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