Directora del Centro Cultural de España en El Salvador
Ilustración de portada autoría de: Ana Bustelo
ISSN: 2617-5622
El Salvador, octubre de 2018
Teléfono: (503) 2233.7300
Reservados todos los derechos de conformidad con la ley. No se permite la reproducción total o parcial de este impreso, ni su traducción, incorporación de un sistema informático, transmisión en cualquier forma o por cualquier medio, sea este electrónico, mecánico, por fotocopia, grabación y otros métodos, sin permiso previo y escrito de los titulares de copyright.
P.06 GÉNEROS
Morena Herrera
P.15
MOVIMIENTO DE MUJERES Y FEMINISTA MMYF EN EL SALVADOR
María Candelaria Navas
P.40 ¿QUÉ SIGNIFICA SER MUJER Y ARTISTA DESDE CENTRO AMÉRICA HOY?
Luisa Fuentes Guaza
MagdalenaHenríquez P.18
SER MUJER EN EL SALVADOR
P.44 MATRIA
AlexandraLyttonRegalado
P.22 PÍKARA MAGAZINE
Lucía Egaña Rojas
P.24
MI -NUESTRAGENEALOGÍA DE LA AGRESIÓN SEXUAL
Lucía Egaña Rojas
P.31 DE VÍCTIMA A MEDUSAS
EmilaGallegos
BenjamínSchwab P.34 POLVO DE GALLO
P.37 GENEROS.AS
Eloísa Vaello Marco
LA ORIENTACIÓN SEXUAL INVISIBLE
LigiaOrellana P.53
NadieyNadiA P.57
PLASTICIDAD GENITAL DE LA VESTIDA
P.60 POR QUÉ LAS MUJERES AÚN
NECESITAN AYUDA PARA SUBIR EL GARRAFÓN
MiguelMolinaTobar
Al apostar por un plural en el tema de esta revista imaginamos poder abarcar las diversas perspectivas que parecieran estar ya en el imaginario de opinadores, activistas, académicos, pensadores, políticos, ciudadanos... Pese a la cantidad de información y declaraciones que circulan en redes sociales y medios con declarativas de autodeterminación, apoyo, reflexión, etc. no ha sido fácil lograr un equilibrio de perspectivas de los diversos géneros que estamos comenzando a reconocer.
No lo hemos tomado como un tropiezo. Más bien es un desequilibrio que corresponde a un hic et nunc, a la fotografía del momento, a una caminata natural de las luchas reivindicativas respecto de cualquier desigualdad. El recorrido que el feminismo ha logrado es imposible pedirlo para la lucha por la igualdad de derechos de toda la comunidad LGBTI, sobre todo respecto de leyes que les permitan el matrimonio igualitario, la adopción, la pensión a cónyuges en parejas homosexuales, lésbicas, etc., con la misma claridad o la misma forma en que ya sucede para las luchas que los feminismos han logrado. Si comparamos sin pudor la lucha por las reivindicaciones laborales o la abolición de la esclavitud, o el acceso a salud y bienestar, o cualquier batalla por la equidad en algún aspecto de las relaciones sociales, económicas, culturales, de producción, etc. podemos comprender el largo camino que falta por andar en la teorización, legislación, asunción, etc., de ese plural por el que estamos apostando.
Y falta el caso de hombres hablando de ser hombres heterosexuales (falta mucho más para que consideren que su opción es una opción más) en una sociedad donde su «contraparte natural» más pareciera que solo se queja, que denuncia, que confiesa, que se asume, que exige otro modo —no heteronormado, no binario— de establecer las relaciones sexuales, emocionales, de convivencia. Para ellos también algo está cambiando, y la primera reacción es etiquetar cualquier denuncia de reivindicación como violencia contra su estatus de poder, y todavía no cuadran las reflexiones transformadoras donde hay que considerar diversas perspectivas para reflexionar sobre la sexualidad y las prácticas a ella asociadas.
Todavía falta más para comprender que los roles asignados al género (…¡cómo cambiaría esto si habláramos de roles de géneros!…) son los que nos mantienen atados a prácticas excluyentes, culturales, económicas, políticas, que la configuración de esos roles marcan hasta las relaciones de producción, los imaginarios, los rituales… En fin, llueve desde hace tiempo, pero todavía falta mucho para comprender que las prácticas desde la sexualidad no tienen por qué seguir siendo prácticas de ejercicio de poder.
Morena Herrera. Activista Feminista y Defensora de Derechos Humanos
La atrevida invitación a reflexionar y escribir sin pudor y sin vergüenzas nos coloca ante el desafío de pensar sobre cosas que hemos reflexionado y no nos hemos atrevido a decir, o al menos a poner en negro sobre blanco. Cuando era niña deseaba ser un niño, envidiaba la libertad de la que mis amigos gozaban. Poco a poco he comprendido los porqués, por eso, ahora quiero seguir siendo mujer y contribuir a cambiar las reglas que nos oprimen.
Hablar de género
Género o géneros plural, como se titula este número de la revista, es un concepto que se ha convertido en parte de los discursos políticamente correctos en ciertos círculos sociales, intelectuales y políticos, pese a que renieguen del feminismo como movimiento social que le ha dado origen y, sobre todo, del escándalo de algunas de sus propuestas y demandas, principalmente de aquellas que tienen que ver con los cuerpos, con el placer y las decisiones reproductivas. Este cambio no es cosa menor, particularmente en sociedades que devienen de culturas conservadoras y en muchos casos profundamente misóginas como la salvadoreña.
La categoría género tiene dimensiones analíticas y políticas que no pueden y no deben separarse, pues su desarrollo es el resultado de luchas y cuestionamientos feministas a arraigadas ideas de que las desigualdades entre mujeres y hombres son inmutables y producto de la naturaleza. El uso de «el género» ha permitido explicar y demostrar cómo las sociedades se dividen y organizan jerárquica y simbólicamente a partir de construcciones culturales basadas en el sexo de las personas.
Durante un parto la interrogante inicial casi de rigor ¿qué es?, referida a la criatura humana recién nacida que en la actualidad incluso precede al momento del nacimiento como resultado del adelanto científico con las ultrasonografías, es una pregunta que no está asociada únicamente al color de la ropa, de la cunita o a la asignación de los primeros juguetes de quien acaba de nacer. Por el contrario, es el reflejo de expectativas sociales que van mucho más allá de los deseos de sus progenitores. Nacer hembra/ mujer o nacer macho/hombre es un dato casual, pero nuestras sociedades rápidamente se encargan de transmitirle una serie de valores, oportunidades y privilegios o restricciones derivadas de ese dato, que pareciera ser una simple información sobre la forma genital con que nacemos.
Si al hablar de género nos referimos a relaciones de poder entre mujeres y hombres, es decir, a una relación entre personas desiguales, es necesario aclarar, de entrada, que esta no es la única relación de desigualdad que circunscribe la posición social en que vivimos. Pero sí es posible afirmar que es una de las más pretendidamente ignoradas, o la que cuesta más reconocer; pues mientras la alusión a las clases sociales, al racismo, al etnocentrismo, y otras expresiones de desigualdad social, política, cultural y económica son fácilmente aceptadas, las nociones de género resultan más difíciles de reconocer debido a la naturalización con que son percibidas y practicadas.
El modelo de dominio y control masculino sobre las mujeres, en contraste o frente a la vida cotidiana de las mujeres y lo que ellas hacen, no se manifiesta de manera similar en todas las clases sociales, pues mientras para algunas, por ejemplo las que tienen más poder económico producto de su posición de clase, esa discriminación parece ser solo un tema de autoridad, de tener que encargarse de mandar y supervisar a quienes hacen el trabajo doméstico y de cuidados en su familia, aunque a veces tienen que ocultar humillaciones e incluso graves situaciones de maltrato porque no se atreven a denunciar a su «poderoso esposo»; para otras, en las que confluyen intersecciones de múltiples opresiones, como la explotación de la clase social, la discriminación étnica o racial, ser mujer pobre, indígena, negra y aún más si es lesbiana o mujer trans, la simple lucha diaria por sobrevivir se convierte en una verdadera batalla.
No podemos hablar de las mujeres sin tener en cuenta esas otras determinaciones sociales, porque existen y nos hacen diferentes. Sin embargo todas, independientemente de la clase social, el pueblo o los rasgos físicos que nos caracterizan y marcan nuestras vidas, compartimos un hilo común, muchas veces invisible: es el hecho de ser mujeres en sociedades que nos consideran ciudadanas de segunda categoría. Esto es lo que hace posible las alianzas y pactos interclasistas entre mujeres, que obviamente no son fáciles, pero que dan tanto miedo a los patriarcas.
Cabe destacar que si bien los estudios de género surgen en los años 70 del siglo XX, el análisis y cuestionamiento a las explicaciones biologicistas acerca de la opresión y el lugar social de las mujeres viene siendo debatido teórica y políticamente desde hace más de tres siglos por los feminismos.
La crítica y la acción social y política feminista han convertido la categoría de género en una variable obligada de las ciencias sociales en todos los campos de análisis de la sociedad. Esto ha llevado a que toda investigación sobre fenómenos sociales, que se asuma con la debida seriedad, está obligada a indagar cómo determinada situación afecta de manera diferenciada a mujeres y hombres, así cómo y en qué medida contribuye a superar o profundizar las desigualdades de género.
Así la teoría feminista propone una nueva manera de analizar la realidad, haciéndose cargo de una de las desigualdades milenarias e ignoradas por otras corrientes de pensamiento. Su propuesta no se detiene solo a mirar los rasgos superficiales de relaciones y funciones sociales de mujeres y hombres, sino que busca develar los mecanismos de poder que utiliza el patriarcado para asegurar y perpetuar el dominio sobre las mujeres, entre ellos, el papel de las subjetividades, las identidades y de los discursos que pretenden legitimar esa dominación.
En palabras sencillas, el feminismo, al mismo tiempo que ha sido y es un movimiento que lucha por la ampliación de derechos y la calidad de la democracia, cuestiona las ideas y prácticas que fundamentan que los hombres son superiores a las mujeres y que tienen el poder para dominarlas.
Violentadas por ser mujeres, aunque hoy contamos con una ley…
Una de las formas más conocidas del ejercicio de poder patriarcal es la violencia contra las mujeres por razones de género. En nuestro país, recientemente se ha puesto atención al incremento de los feminicidios, que es la forma más extrema de violencia contra las mujeres. Lamentablemente tiende a analizarse como un fenómeno aislado y no como parte de una larga cadena de hechos violentos que inician muchas veces en formas muy sutiles, de las cuales es frecuente que las propias mujeres que la sufren sean poco conscientes.
De esta manera, cuando decimos que el piropo callejero es acoso sexual, nos dicen exageradas, o cuando una mujer interpone una denuncia judicial por una agresión sexual que no llegó a ser una violación sexual; se convierte en «sospechosa» de que quizá no le gustan los hombres y eso de alguna manera la descalifica como denunciante.
Las instancias judiciales, policiales y políticas comprenden muy poco la magnitud que tiene el permiso y la tolerancia social de la violencia masculina que hombres ejercen contra mujeres y niñas. Es frecuente que nos pregunten ¿Y no hay violencia de las mujeres contra los hombres? Allí tenemos que decir que sí, que las mujeres también podemos ser violentas, sobre todo cuando nos toca defendernos, pero que hay que mirar las estadísticas de las denuncias donde se puede
comprobar que más del 95% de casos la violencia se ejerce en la otra dirección. A esto además hay que agregar que solo una pequeña parte de casos se denuncia, sobre todo si las agresiones han ocurrido en el seno de relaciones familiares y de pareja, y que las mujeres, por vergüenza o por temor, muchas veces no denuncian.
Situaciones similares enfrentamos cuando denunciamos el abuso sexual infantil contra las niñas, salvo en casos donde se muestre graves daños, los tocamientos y otras formas de agresión sexual no son atendidos como prioridad. Recuerdo que hace unos años, en el departamento donde vivo, un juez dio sobreseimiento a un imputado, pastor evangélico por cierto , acusado de violar a una niña de 11 años. El argumento fue que el himen de la niña era elástico y no se podía comprobar la violación.
Pese a todo esto, tenemos que reconocer que hoy podemos denunciar y en algunos casos vale subrayar que muy pocos , las mujeres han logrado acceso a la justicia, aunque no a la reparación de daños. Que contemos con una Ley Especial Integral para una Vida Libre de Violencia contra las Mujeres ha sido el resultado de largos años de lucha social de organizaciones de mujeres que movieron voluntades institucionales para su aprobación.
Discriminadas también en la política…
La lucha contra la discriminación derivada de las relaciones de género tiene un campo muy importante en la participación política, que es uno de los terrenos prioritarios de ejercicio masculino de poder. La marginación de las mujeres en la política se expresa de múltiples formas, incluyendo la concesión de puestos secundarios y la integración de algunas mujeres, que sirven para justificar que la mayoría de quienes ocupan las máximas posiciones de poder, continúen siendo hombres.
Recientemente, en un grupo de reflexión nos preguntábamos porque las mujeres que llegan a posiciones de poder trabajan muy poco para lograr que otras mujeres lleguen a esos mismos lugares. Concluíamos que quien incursiona en esos espacios y tiene aspiraciones de hacer carrera política tiende a buscar posicionarse en temas de importancia, que le den presencia pública y mediática. Pensamos que lamentablemente todavía no hemos logrado instaurar la noción de que trabajar a favor de la igualdad entre mujeres y hombres sea un ámbito que genere suficiente prestigio, que se convierta en un tema relevante.
Las denuncias de hostilidad y violencia contra las mujeres en instancias políticas son comunes a todos los partidos políticos. También es común que las mujeres, si quieren conservar el espacio que han conquistado, tengan que callar o hacer sus críticas de manera más discreta que pública. Ese es uno de los costos que ellas tienen que pagar por compartir la tribuna.
Hoy hay más mujeres en la política, si comparamos lo que ahora tenemos con la situación de hace un cuarto de siglo, no podemos negar que hemos caminado, pero es insuficiente, para pensar en una sociedad que reconoce y ejerce la paridad como un rasgo democrático.
La desigualdad de género tiene una dimensión económica
El feminismo ha demostrado que la desigualdad por razones de género también se manifiesta y tiene una dimensión económica. La desigualdad salarial entre mujeres y hombres que realizan los mismos trabajos es una de sus expresiones. La división sexual que organiza el mundo del trabajo se traduce en la jerarquización de profesiones y oficios de acuerdo al sexo de las personas que los realizan. Los trabajos realizados por mujeres tienen una menor valoración económica y social.
Esto es lo que explica que más del 90 % de personas que hacen trabajo doméstico remunerado en hogares que no son los propios sean mujeres y que la mayoría no devenguen ni siquiera el salario mínimo y no tengan prestaciones sociales. Las empresas aprovechan esta forma de organización social, por ejemplo con las bordadoras que trabajan en sus domicilios, que no son consideradas obreras ni se les reconocen derechos laborales pese a que trabajan para empresas de exportación. Están en sus casas y aunque dispongan de muy poco tiempo para atender sus necesidades, no son consideradas «verdaderas trabajadoras».
Esta forma de organizar el mundo del trabajo tiene una de sus raíces en la asignación de las mujeres a los quehaceres domésticos y de cuidado, considerados como labores femeninas. La economía feminista viene mostrando cómo la matriz de la economía clásica ha ignorado la producción de bienes y servicios que las mujeres realizan en sus hogares, fundamentales para la sostenibilidad de la vida, de familias y comunidades. El mecanismo es que no tienen valor para el mercado y por tanto no tienen valor económico.
Las propuestas feministas para cambiar esta forma de dominio y expropiación de las energías femeninas son de diferente índole. Una de ellas es impulsar la valoración social y la contribución a la sociedad y cuentas nacionales de un trabajo no reconocido. Otra intenta propiciar diálogos y negociaciones en el seno de las familias para una distribución más igualitaria de las labores domésticas y de cuidado con la incorporación activa de los hombres asumiendo responsabilidades que superen el tradicional «él me ayuda». También hay mujeres que han debido recurrir a la insumisión, es decir, a dejar de hacer, «porque la camisa planchada sólo se valora cuando esta ajada y no la voy a planchar» decía una mujer que compartía sus experiencias. Lo principal en este ámbito es la toma de conciencia por parte de las mujeres de que la autonomía tiene una dimensión económica y que esta se construye tanto en el ámbito público como en el privado.
Otro campo de acción feminista está centrado en la construcción de identidades masculinas y femeninas, es decir en la manera en que aprendemos a ser hombres y a ser mujeres. En este marco es fundamental construir alternativas a la educación sexista y lograr que los medios de comunicación asuman un papel activo en la transformación de representaciones sociales que favorezcan la igualdad entre mujeres y hombres.
La maternidad y las madres - niñas
Uno de los ámbitos privilegiados donde la construcción de identidades e imaginarios sociales femeninos tiene más fuerza es la maternidad, porque desde el patriarcado ha sido erigida como único destino y principal campo de realización de las mujeres, lo cual no es equiparable ni por asomo con lo que representa la paternidad para los hombres. Esto no tiene que ver con la mayor o menor satisfacción que tengamos las mujeres con el cuidado y el cariño hacia hijos e hijas, sino con la idea de que para ser verdaderas mujeres, hay que ser madres.
La imposición de la maternidad como figura principal del ideario femenino tiene enormes repercusiones en la vida de las mujeres. En casi todos los países de América Latina y también en nuestro país, vemos como la sociedad asume con total naturalidad el embarazo en niñas hasta de 9 años. Hace unos años recurriendo a la Ley de Acceso de a la Información Pública, solicitamos al Ministerio de Salud los datos de cuántos partos fueron atendidos en niñas y adolescentes de 9 a 18 años y cuántos egresos hospitalarios con diagnóstico de abuso sexual relacionados con embarazos y partos habían tenido en niñas y adolescentes de la misma edad durante los años comprendidos entre el 2009 y 2014. La comparación era de perplejidad, habían atendido 117,708 partos y solo en 20 se reconocían con diagnóstico de abuso sexual.
Esta realidad nos conecta directamente con otra, profundamente dolorosa e injusta en nuestra sociedad, relacionada con la penalización absoluta del aborto que criminaliza a las mujeres y significa graves violaciones al derecho a la salud y la vida de mujeres y niñas. Pese a que amplios sectores de la sociedad han cambiado su manera de evaluar el aborto, reconociendo la necesidad de cambiar la ley, esta permanece inerte. Esto es el resultado de ejercicios de chantaje hacia parlamentarios y de poderes fácticos, que imponen su propia moralidad y creencias al conjunto de la sociedad.
La regulación del aborto está relacionada con diferentes dimensiones; una de ellas, al reconocimiento de las sociedades al derecho de las mujeres a la autonomía sobre sus cuerpos, a su capacidad de decidir cuántos hijos e hijas quiere tener y cuándo desea tenerlos. Mantener el aborto como delito y negar la prestación de servicios públicos de salud, aun cuando los embarazos sean impuestos por violencia sexual o amenacen la salud y la vida de las mujeres, es un asunto de democracia y de justicia. Por ello, es un problema que debe preocupar tanto a mujeres como a hombres.
Concluyendo…
Como se mencionaba en el inicio de este artículo, son los temas feministas relacionados con el cuerpo los que más escandalizan a los sectores conservadores y antiderechos que se oponen a la libertad de las mujeres. La sexualidad y el lugar que ocupa en nuestras sociedades es otro ámbito de dominación, ya que continúa siendo tratada desde prejuicios y tabúes, considerando pasiva la sexualidad de las mujeres y activa la de los hombres.
En este mismo campo, las organizaciones que se pronuncian desde la diversidad sexual han hecho rupturas importantes, poniendo en evidencia la doble moral que profundizan los tratos discriminatorios y niegan derechos a las personas por el hecho de amar a otras independientemente de su sexo. El cuestionamiento a las identidades de género binarias que ha puesto en evidencia la demanda de reconocimiento de las personas transexuales, ha hecho tambalear a las miradas dicotómicas de la realidad social. Justo es mencionar que ninguna fisura a los modelos de dominación es gratuita. Cada conquista implica luchas y vidas. Aquí las mujeres trans son las que sacan la peor parte, porque no siempre son consideradas mujeres, incluso en algunos espacios feministas.
Todo este cambio no sería posible sin el feminismo, que se afirma cada vez más desde la pluralidad, desde la diversidad de expresiones de lo que en la actualidad representan los feminismos, mismos que se reconocen desde la horizontalidad y múltiples presencias, en la búsqueda de transformar las formas de reproducción de la dominación patriarcal. Es desde aquí que hoy podemos hablar de los géneros, como herramienta que interpreta, analiza y lucha contra realidades de desigualdad, pero que no las inventa.
Eso es lo que les da tanto miedo a quienes ahora se han inventado la «ideología de género» como una estrategia para cohesionarse, como un intento de detener las transformaciones y avances feministas, parar disputar la hegemonía y recuperar el control conservador y patriarcal de la sociedad.
Cecy
«Yo sentí angustia. No quería, no quería y no quería. Busqué la forma de practicarme otro aborto, le dije a unas amigas que necesitaba hacérmelo. Volví a tomar cosas, orégano, por segunda vez, y nada. Ya había escuchado que había distintos métodos, que había pastillas abortivas. Si yo hubiera encontrado la forma (de abortar), lo hubiera hecho. Yo amo mucho a mi hijo y todo, pero igual, si hubiera tenido la forma, lo hago. Y creo que no me arrepentiría para nada». Fotografía de Víctor Peña
María Candelaria Navas. Académica e investigadora feminista
Después de la firma de los Acuerdos de Paz, en 1992, comienza en El Salvador una nueva fase histórica. Los movimientos sociales y los movimientos de mujeres y feminista son impactados por los cambios que se experimentan al pasar de la guerra a la paz. Y las mujeres sienten la necesidad de pasar de ser objetos a ser sujetas sociales.
Antes de la guerra, los movimientos sociales clásicos giraban alrededor de las demandas de clase por mejorar salarios, horarios, asistencia social; luego, durante la guerra civil, se convierten en movimientos populares revolucionarios y se incorporaron a la estrategia revolucionaria por una nueva sociedad. En la posguerra, los nuevos movimientos sociales necesitaban recrear sus planteamientos teóricos y metodológicos para su accionar e interpretación.
Los movimientos de mujeres y feminista (MMyF), como sujeto social transformador y ante el surgimiento de nuevas organizaciones con demandas específicas del ser mujer, debieron recurrir a interpretaciones explicativas sobre las relaciones sociales entre hombres y mujeres, y las disparidades de género en los diferentes espacios sociales, económicos, políticos, culturales. Esto les permitió iniciar los Estudios de Género en El Salvador, asumiéndose como sujetas transformadoras.
Probablemente los MMyF sean el movimiento social más dinámico y sostenible de todos los que surgieron en la posguerra, y aprovecharon los espacios democráticos abiertos por los Acuerdos de Paz, lograron colocar el tema de la discriminación genérica en la agenda nacional, creando cierta masa crítica en algunos sectores
sociales y políticos de la sociedad salvadoreña. Colocaron en primer plano la desigualdad genérica, producto de las relaciones desiguales de poder, que habían permanecido ocultas y naturalizadas. La lucha de las mujeres ha sido visibilizar la desigualdad y la discriminación. Justamente el subvertir ese orden establecido le confiere sentido político a su lucha.
De hecho, logró romper el histórico divorcio entre el Estado y el movimiento popular al involucrarse de lleno en la elaboración de la Política Nacional de la Mujer, en 1996, antes de la creación del Instituto Salvadoreño de Desarrollo de la Mujer (Isdemu).
El MMyF en El Salvador es de una larga data; sin embargo la incorporación del feminismo y de la perspectiva de género en sus planteamientos y demandas es reciente, aproximadamen-
te treinta y tres años, con la fundación de dos organizaciones: Organización de Mujeres por la Paz (Ormusa), que surge en 1985, y el Instituto de Investigación, Capacitación y Desarrollo de la Mujer (IMU), en 1986, fueron las primeras organizaciones de mujeres que en su misión y visión inicial se plantearon la lucha específica por los derechos de las mujeres.
Como MMyF se reconoce aquel que está constituido por todos los espacios organizativos que las mujeres conforman para enfrentar, socializar, reconocer y resolver necesidades e intereses ligados a su condición de género subordinado y discriminado. Se caracterizan por la búsqueda de cambios que mejoren la condición y/o posición de las mujeres en la sociedad. Además, se construye y deconstruye permanentemente.
Existen criterios que algunas estudiosas de los movimientos sociales han definido para calificar la pertinencia o no de un movimiento social.
A.
Su permanencia en el tiempo, desde 1985-86, cuando surgen las primeras organizaciones de mujeres que incorporan la perspectiva de género, hasta la actualidad.
Planteamiento de sus demandas a nivel nacional, con análisis feministas, por un cambio cultural y político. Aquí se incluyen aquellos estudios que han tenido como objeto de investigación las situaciones y experiencias de las mujeres en la sociedad, considerándolas como sujetos centrales del proceso, como base para plantear sus demandas. C.
E.
B.
La presencia de organizaciones de mujeres en todo el país. En el mapeo nacional de las expresiones organizativas a nivel municipal, realizado en 2007(FUNDE, 2008,14), se informa de 526 organizaciones locales, 11 organizaciones nacionales y 14 redes que articulan a las organizaciones de mujeres y feministas de carácter nacional.
D.
Acciones conjuntas. Ejemplos de acciones conjuntas hay muchas y variadas: nacionales, locales, territoriales, en alianzas con el movimiento social o con otros sectores sociopolíticos.
Identificación de su adversario. En general el adversario del MMyF es el sistema patriarcal en el marco de una sociedad capitalista neoliberal, aunque no muy explícito su carácter de clase, pero sus acciones han sido enfiladas hacia el Estado. Asimismo fue conformándose su visión definida como una sociedad con equidad de género; y más claramente su identidad como mujeres salvadoreñas.
Entre los principales logros podríamos señalar los siguientes:
Creación en 1996 del Instituto de la Mujer (Isdemu)
En el ámbito de la Asamblea Legislativa, se logró la creación o reforma al marco jurídico nacional, entre las que se puntualizan:
La Ley contra la Violencia Intrafamiliar (1996);
Aprobación de un nuevo Código Penal (1997), en el que se incluyeron figuras penales que tenían como objetivo proteger los derechos de las mujeres de actos de violencia como el acoso sexual y la violencia intrafamiliar.
Ley Especial Integral para una Vida Libre de Violencia para las Mujeres - LEIV
Ley de Igualdad de Oportunidades - LIE
Ley del Presupuesto General de la Nación con Perspectiva de Género.
En el ámbito municipal, promoción y apoyo en la creación de políticas municipales para la equidad de género y mecanismos municipales, como comisiones de género, unidades de género, comisiones de la mujer, partidas presupuestarias para la implementación de acciones afirmativas hacia mujeres, entre otras.
Incrementar la participación política de las mujeres en cargos de elección popular, ha sido una apuesta importante y sostenida del movimiento de mujeres, desde la visión de contribuir con la transformación del patriarcado y cambiar la representación política en la toma de decisión y el sistema político.
La formación-capacitación es central en la generación de conocimientos, en la reflexión y aplicación de los mismos, porque permite que las mujeres a partir de su práctica descubran aquellos elementos que nos identifican como mujeres en nuestra condición histórica.
Potenciar iniciativas individuales o colectivas para la generación de ingresos de las mujeres es de reciente data. Sin embargo, la articulación de estrategias de financiamiento, formación empresarial, comercialización, asesoría y asistencia técnica, dan cuenta de la importancia que esto significa para las mujeres emprendedoras.
Articulación en redes y alianzas como mecanismos de cohesión temática entre las organizaciones feministas y de mujeres, que han facilitado el impulso de procesos de incidencia política feminista frente al Estado, formación, campañas comunicacionales y denuncias.
Pese a los avances ya señalados, aún quedan muchos vacíos:
Aprobación de la ley que permita el aborto desde las cuatro causales.
Sexismo en la educación y medios de comunicación. C.
Acciones para eliminar la violencia contra las mujeres: feminicidios, maltratos, acoso, etc.
Incorporación del análisis de género en las universidades tanto en la pública, como en las privadas.
Navas, María Candelaria (1987) LasOrganizacionesdeMujeresenElSalvador:1975-1985 Tesis de Maestría en Estudios Latinoamericanos. UNAM, México. Navas, María Candelaria (2011) MovimientodeMujeresenElSalvador1986-2008:Desdesuinvisibilidadhistóricahastalaincorporaciónde laperspectivade género. Tesis de Doctorado en Ciencia Política. UNAM, México. Navas, María Candelaria (2012): FeminismoySufragismo:Visibilizandoelprotagonismodelasmujeressalvadoreñas,Editorial Universitaria, San Salvador, El Salvador.
Hace años, ser mujer no fue lo mejor que me pudo haber pasado. Soy la segunda de tres hermanas. Mi papá siempre me hizo sentir en deuda por el hecho de no ser varón. Nunca logré entender esa obsesión de mi papá, pero repasando cosas en mi mente he llegado a la conclusión de que él pensaba que las niñas venimos a ser una carga, nacemos y no valemos tanto como ellos. Como si ser niña fuera un problema y ser niño, una solución. Nacimos niñas y eso es algo que nos cobró a sus tres hijas.
Magdalena Henríquez. Actriz de La Cachada Teatro
Crecí en un pueblo de La Libertad. Mi papá trabajaba en una hacienda y en las temporadas de las cortas de café se iba con mi mamá a las fincas o trabajaba en la zafra. En la casa éramos muchos, mis abuelos paternos, mis tíos, tías y nosotras. Nos cuenta mi mamá que a veces no tenía nada para darnos de comer y se iba donde una vecina a pedirle que le regalara sopa de frijoles para darnos con tortilla.
Desde muy pequeña tuve que soportar demasiada violencia. Me acuerdo de que mi papá golpeaba a mi mamá por todo y por nada. Ella nos ha contado que desde que tenían quince días de casados empezaron los golpes. A mi hermana mayor, cuando apenas había cumplido los seis meses, la golpeaba por llorar en la hamaca y no dormirse. No nos dejaba jugar, nos golpeaba hasta cansarse. Además, tenía una frase que solía decirnos y que en su momento no entendía: «sólo me falta la cinquera porque las putas ya las tengo», nos decía. Yo tenía unos siete años cuando escuché eso. Yo no sabía lo que significaba. Ahora creo que él, como muchos, pensaba que las mujeres sólo sirven para tener marido y parir. Y así crecí, escuchando también de mi abuela y mi madre que: la mujer debe ser de un solo marido, que una mujer con hijos no vale lo mismo que una virgen, que una casa en la que no hay hombre no hay respeto, que la mujer que quieretenerunhogartienequesufrir… Todo esto me hizo sentir muy poca cosa como mujer, insuficiente para todo.
En 1980, tuvimos que salir huyendo del pueblo. Mi papá formaba parte de la guerrilla y la guardia ya lo había amenazado. Tuvimos que dejar lo poquito que teníamos y venirnos a la capital para vivir de posada y luego en mesones. Mi papá trabajó un tiempo vendiendo en el mercado, hasta que lo metieron preso porque lo capturaron en una casa de seguridad con armas. Nosotras nos quedamos a vivir con la familia de mi papá, pero al no estar él, nuestras tías le hacían la vida difícil a mi mamá. Ella intentaba darnos de comer lavando ajeno o limpiando una casa. Cuando mi papá salió libre no volvió a trabajar en años, fue entonces cuando se volvió un alcohólico. Hablaba mucho de lo que le hicieron los 15 días que lo mantuvieron capturado y desaparecido. Lo habían torturado. Para ese tiempo mi mamá ya vendía tortillas, las repartía en tiendas. El negocio era bueno aunque pesado. Mi mamá alcanzaba a ahorrar pero nunca podía usar sus ahorros sin el permiso de mi papá. Él, en cambio, sí que podía agarrar el dinero. Una vez le pidió todos sus ahorros para poner un negocio de venta de maíz y leña. A mi mamá le vendía también, pero más caro que a otras personas. Muchas veces se bebía el dinero que ganaba y de nuevo le pedía los ahorros a mi mamá.
A los 13 años tuve mi primer novio. Yo creía que era el amor de mi vida. Si no lo veía todos los días sentía que me iba a morir. Él tenía 16 años. A los 14 tuve mi primera relación sexual y no sangré. Eso le hizo pensar que yo había tenido algo con alguien más antes. Llorando le dije que no. Nunca volvimos a tocar ese tema y seguimos teniendo relaciones. Yo sabía de métodos anticonceptivos, pero me daba vergüenza ir a la farmacia y preguntar. Pensaba que si alguien conocido me veía le iban a decir a mi mamá y en la casa me iban a matar. Mi profesora de ciencias en la escuela nos había hablado de esas cosas y también nos dijo del método del ritmo. Con ese método estuve un año teniendo relaciones, pero al primer descuido quedé embarazada. Tenía 15 años. Ya no pude seguir estudiando porque tenía que trabajar para mantener a mi hijo. Igual ya estaba trabajando en una maquila porque mi mamá sola ya no nos podía dar estudio. Mi trabajo era barrer una parte de la planta desde las 6 de la mañana a 6 de la tarde. No me fui a vivir con el papá de mi hijo porque él ni estudiaba ni trabajaba y mi mamá me dijo que para ir a mantenerlo a él mejor la mantenía a ella, y que ella iba a cuidar a mi hijo.
A los 19 años conocí al padre de mis últimos dos hijos. Tuve que agradecerle el hecho de que se fijara en mí. Yo ya era una mujer con hijo y, en este país, eso te hace valer menos que una que no tiene. Sentía que me hacía un favor. Eso me llevó a soportarle muchas cosas: insultos, golpes y hasta una violación. Yo pensaba que, a pesar de todo eso, tenía que seguir agradeciéndole el hecho de que viviera conmigo. Me separé después de siete años y me quedé sola criando a mis tres hijos, dos niños y una niña. Los mantenía con los 10 dólares que podía ganar al día, cuando todo iba bien. Para ese entonces hacía tortillas como mi mamá y las iba a repartir a las colonias.
Cuando cumplí 30 años lloré todo el día. Me creí fracasada. Ya estaba separada y con tres hijos. Tenía un sentimiento de culpa por no ser la mujer que lo aguanta todo, porque un día dije «¡hasta aquí!», porque no soporté que me golpeara delante de mi hijo mayor, por no saber sufrir. Un día se me revolvió la infancia, la vida entera. «¡Hasta aquí!. O me voy ahora o no me voy nunca», pensé. Ahora sé que fue la mejor decisión que he podido tomar en mi vida. Pero tampoco ha sido fácil.
Ser madre me resultó muy difícil. Sobre todo con los varones. El mayor de mis hijos dejó de vivir conmigo a los 15 años y se fue con mi mamá. Estaba iniciando el bachillerato y recuerdo que dejó cuatro materias; eso para mí era imperdonable, su única responsabilidad era estudiar y no lo estaba haciendo. Le di una golpiza y por eso se fue, pero siguió estudiando y se graduó. Ahora más que su mamá soy su amiga y compartimos muchos momentos. He tenido que hablar con él y explicarle muchas cosas, he tenido que decirle que nadie está preparado para ser madre a los 15 años y que dentro de todo siempre he intentado hacer las cosas lo que mejor que he podido.
Mi segundo hijo se parece mucho físicamente a su padre, se parece hasta en los gestos y eso me molestaba mucho, me hacía sentir un rechazo hacia el niño que yo no podía manejar. Verlo a él era ver a su papá y recordar todo lo que había pasado. No salía nada bonito de mí para él. Ahora mi hijo ya tiene 18 años y he tenido que trabajar mucho mi relación con él. Hoy es muy diferente, ahora lo puedo abrazar y decirle cada vez que puedo lo mucho que lo quiero y lo orgullosa que estoy de él. En unos días se gradúa de bachiller. Con la niña ha sido diferente, con ella todo siento que me cuesta menos, no sé si se deba al hecho de que mi situación emocional es otra muy diferente a cuando sus hermanos estaban pequeños o al simple hecho de que ella es niña y me siento más identificada con ella.
Al ser madre soltera todo se multiplica, debes estar pendiente de tantas cosas. Una, y quizás la que más me preocupa con los varones, es que no se me vayan por el mal camino, que no vayan a terminar dentro de una pandilla. Eso me llevó a ser muy dura con ellos y a repetir los insultos y los golpes de mi papá. No conocía otra manera de hacer las cosas. Con mi hija los miedos son otros, tengo miedo de lo rápido que va creciendo, que parezca muy bonita, que llame la atención de algún pandillero... Luego de eso está todo lo demás: que vayan a la escuela, la salud, la comida, el pago del alquiler de la casa y tantas cosas más. Las preocupaciones siguen y siguen. Si salen, saber dónde y con quién, estar pendiente de sus amistades, de que sigan estudiando. Y también está el miedo de que, aun no estando en malos pasos, les suceda algo, que los confundan, que vayan a zonas que no conozcan y de las que no puedan salir. Me da terror que puedan formar parte de las estadísticas sólo por el hecho de ser jóvenes y de vivir en una zona conflictiva. Han pasado 12 años desde que me separé del padre de mis dos hijos menores.
En el camino encontré muchas dificultades, pero también encontré personas que han marcado mi vida para bien. Personas que me hicieron cuestionarme lo que creía normal y a reconciliarme conmigo misma como mujer. Las más significativas han sido dos mujeres, mujeres con menos años que yo, pero apasionadas por lo que hacen, con una fuerza desconocida para mí. Una de ellas me enseñó a cuestionar. Recuerdo perfectamente cuando la conocí. En esos días la lluvia había arrastrado un bus hacia la quebrada de la colonia Málaga. El bus estaba lleno de personas que regresaban de un culto religioso. Ella dijo algo así: «¿cómo es posible que si esta gente venía de hacer algo bueno, de alabar a Dios, les haya pasado esto?» Y se cuestionó el hecho de que existiera un Dios que permitiera tales cosas. Eso fue tan fuerte para mí porque siempre me habían enseñado que hay cosas que no se cuestionan, solo se aceptan, se normalizan.
Ahora ya no acepto todo lo que venga. Me gusta preguntarme qué pienso yo, cómo me siento yo, y me gusta escuchar mis propias respuestas.
De la segunda mujer me impresionó su forma de disfrutar la vida, de disfrutar su sexualidad, de disfrutar lo que hace, de proyectar la alegría de la vida. Con ella aprendí a soñar, a creer en mí, a liberarme. Con la complicidad de ellas, como siempre digo, me salieron alas. Llevo casi siete años en La Cachada, un proceso que por medio del teatro me ha permitido conocerme y entender muchas cosas de mí que no sabía.
El teatro ha sido un espejo frente al cual me he sentado, me he observado y he conversado conmigo misma para saber lo que me duele y porqué me duele, lo que me hace feliz. El teatro me ha permitido entender que la violencia no es normal y que tengo la capacidad de romper con eso.
Mariano
«Después del trato de entregar las pastillas se hace un acuerdo: nadie se conoce, para no tener problemas a futuro. En la misma paranoia las entrego en bolsas plásticas y las agarro con guantes, para que no detecten mis huellas, o en un pañuelo. A quienes les vendo también les recomiendo eso, que no las agarren directo con las manos».
Fotografía de Víctor Peña
El texto de Lucía Egaña Rojas que les presentamos detonó hace cuatro años nuestro particular #Metoo. Su autobiografía de abusos, acoso y agresiones sexuales recibió 134 comentarios (sin contar los que tuvimos que eliminar por ofensivos), la mayoría de mujeres a las que el artículo les había dado conciencia o aplomo (según los casos) para nombrar las propias violencias vividas desde niñas. Muchas de ellas subrayaban que habían intentado normalizar esos episodios, que los habían reducido a agrias anécdotas, porque tuvieron mala suerte, o porque ya se sabe que ser mujer implica pagar ciertos peajes. Asistir de forma tan literal al relato colectivo, entender que esta no es una cuestión individual ni inevitable, sino la memoria viva y pasada de más de la mitad de la población humana, encendió la mecha de la indignación, la urgencia por romper el silencio y exigir respeto hacia nuestros cuerpos.
«Mi -nuestra- geneaología de la agresión sexual» es uno de los cinco artículos más leídos y compartidos en la historia de pikaramagazine.com, con más de 134.000 visitas. Desde entonces, nuestra sección de libre publicación, «Participa», ha recibido innumerables testimonios de mujeres narrando intentos de violación en taxis, durante un viaje en un país lejano o la escalofriante experiencia de despertar de una noche de fiesta desorientada y desmemoriada con la vaga certeza de haber sido abusada bajo sumisión química. Comprendimos también que, al igual que le ocurrió a Lucía, el violador no suele ser el desconocido que actúa de noche a punta de navaja. El violador más probable es el amante habitual, el compañero de piso, el pariente, el marido o novio que se otorga el derecho de pernada.
El grito contra la violencia sexual no nació en Hollywood. No fueron actrices con cachés desorbitados aunque inferiores a los de sus compañeros las primeras en alzar la voz. De hecho, sabemos que el propio lema Me Too [Yo También] fue tomado de una campaña comunitaria impulsada por la activista afroamericana Tarana Burke, diez años atrás. Tampoco fue esta la primera vez en la que las redes sociales desempeñaron un papel clave para nombrar las violencias hacia las mujeres. Antes circuló, entre otros, el hashtag #MiPrimerAcoso, impulsado por las comunicadoras mexicanas (E)stereotipas, en el que miles de mujeres a uno y otro lado del Atlántico narraron los abusos y escenas de acoso que enfrentaron desde bien niñas.
Los movimientos de mujeres y los proyectos de comunicación feminista llevamos décadas desnaturalizando la violencia sexual, aunque es innegable que la hegemonía cultural de Estados Unidos hizo que el célebre tuit publicado por una estrella de Hollywood (Alyssa Milano) fuera el que posicionó esta cuestión en los medios de comunicación y en las conversaciones de bar de medio mundo. Y eso dio calor, a su vez, a procesos locales. En el caso de España, es uno de los ingredientes por los que el juicio y la posterior sentencia contra la autodenominada Manada cinco hombres que violaron en grupo a una joven durante las fiestas de San Fermín, hecho que finalmente fue calificado como «abuso sexual» en vez de “agresión sexual” fue respondido por masivas y sobrecogedoras manifestaciones en todas las ciudades del Estado. Y, a su vez, tanto el #MeToo como el #HermanaYoTeCreo (en referencia a la víctima de la Manada) fueron de los factores clave para entender el inesperado éxito de la huelga de mujeres del 8 de marzo en España, convocada mirando a Argentina como país que ha alumbrado macromanifestaciones contra el feminicidio (#NiUnaMenos) o por el derecho al aborto seguro (#SeráLey).
De las entrañas a las redes, de las redes a los medios, de los medios a las calles y de las calles a las entrañas. Podemos alterar el orden de estos espacios que se realimentan y provocan sacudidas sociales transnacionales que aún es pronto para medir. Pero quedan también al menos dos cuestiones pendientes de resolver:
En primer lugar, cómo dar el siguiente paso. La catarsis colectiva es el punto de partida pero no nos podemos quedar clavadas ahí. Hablar de nuestras violaciones puede resultar empoderador, pero el incesante relato de episodios escabrosos puede fijarnos en el papel de víctimas y alimentar el terror sexual. Ya de siempre crecimos con miedo al fatal destino de la violación; ¿y si hablar de ello no sirve para afirmar nuestra libertad sino para vivir más angustiadas? Ya hemos roto el silencio, ya hemos creado conciencia sobre las heridas que arrastramos. ¿Cómo van a garantizar nuestros Estados nuestro derecho a una vida sin violencia? ¿Cómo vamos a enfrentar la criminalización de la autodefensa? ¿Cómo vamos a educar a los niños y las niñas sobre deseo, consentimiento y buenos tratos? ¿Qué van a hacer los hombres ante la evidencia de que, si todas las mujeres hemos sido violadas, acosadas o abusadas es porque buena parte de los varones violan, acosan o abusan?
En segundo lugar, qué violencias estamos dejando fuera de foco. O más bien, qué mujeres no están siendo arropadas con manifestaciones multitudinarias y hashtag virales. En España fue muy evidente cuando, casi en paralelo a conocer la tibia sentencia contra la Manada, las temporeras marroquíes que trabajan recogiendo fresas en Andalucía denunciaron abusos sexuales. Ahí no hubo un #HermanaYoTeCreo y las personas que acudieron a los plantones se contaban por decenas en vez de por miles. Las feministas migradas señalaron la hipocresía del lema “Si tocan a una nos tocan a todas”. ¿Acaso las mujeres migradas no son parte de ese todas? ¿Y las transexuales, transgénero y travestis? ¿Y las lesbianas y bisexuales? ¿Y las trabajadoras del hogar? ¿Y las presas? ¿Y las trabajadoras sexuales? ¿Y las mujeres indígenas? ¿Y las afrodescendientes? Uno de los lemas de la Marcha Mundial de las Mujeres es «Seguiremos en marcha hasta que todas seamos libres». No nos dejemos a nadie por el camino.
Lucía Egaña Rojas. Artista independiente y video-maker
Leía un artículo sobre violencia sexual y de pronto me di cuenta de que había sido violada. Un gran depósito de agua cae sobre mi cabeza en cámara lenta. Se desatan sinapsis, hipervínculos, corrientes eléctricas de sangre fría. Algo se articula en mi mente, algo que había sido omitido.
(Texto perteneciente a Píkara Magazine.)
Las estructuras del riesgo
Me vi a los 23 años en un motel parejero de Santiago de Chile. Tenía novio, pero estaba demasiado aficionada a la autoridad de ese profesor que era mi amante. Creo recordar que nos pegamos un polvo triste o flojo. Mi cuerpo ovulaba y me sentía más inclinada al tribadismo que hacia la penetración. Tenía mucho sueño. Quedaban 2 condones, le dije que NO podríamos follar sin, y me dormí.
Desperté con el tipo corriéndose dentro mío y la sensación de que esto me costaría un embarazo. Un mes después estaba abortando en una clínica clandestina de un barrio periférico de Santiago. Durante años mantuve una relación tensa, esporádica y ambivalente con ese profesor que, aun sin saberlo, me había violado. Hasta el día de hoy él no sabe interpretar mi silencio. Del silencio no hay nada que sospechar.
Para resolver esa violencia, la de mi violación, tuve que recurrir a otra violencia estructural: un aborto ilegal en Chile. Tuve que pasarle el cuerpo a una persona que no conocía, en un lugar que no sabía dónde estaba, para que me inyectara algo que no sabía qué era y me sacara eso que no tenía nombre como consecuencia de un acontecimiento que yo no había provocado1.
Mi novio de aquel tiempo asumió la mitad del pago (500 euros en 2004), la compañía y los cuidados. Omití las verdaderas razones del embarazo y culpé a la mala fortuna. Me declaré parte del 1 por ciento de personas a las cuales se les rompe el condón. Dije que siempre había usado condones, cosa que, hasta un punto, era completamente cierta. Durante los cuatro años posteriores al aborto usé anticonceptivos y condones al mismo tiempo en cada penetración. Si el preservativo no era cien por ciento efectivo, debía aumentar el control de mi integridad a través de la hormonación sostenida.
Ahora me pregunto cómo pude haberme quedado callada, cómo pude yo invisibilizar una violación. Me doy cuenta de que llevo una vida asumiendo que dormir con alguien, desconocido o no, es un riesgo, como si se tratara de una pastilla rosa en una fiesta o una película sin reseñas. Un riesgo que se toma porque la vida está llena de ellos y no pasa nada, y ante la evidencia de agresiones sexuales y sexistas arraigadas como tumores en lo profundo de tu cuerpo y tu memoria, sientes vértigo y una sensación de propio desconocimiento, pero sigues viviendo y haciendo lo tuyo, incluido el feminismo.
Pedagogías de choque
Viví hasta los seis años en Alemania protegida por una fortaleza de sudacas exiliados por la dictadura de Pinochet. Nunca nadie me tocó un pelo. Fui una niña rabiosa y dulce a la vez. En 1985 viajamos a Chile. Se hablaba de «retorno», a pesar de que yo pisaba por primera vez ese territorio que se me había descrito desde la nostalgia como lo más entrañable del universo, siendo que no era sino un enclave de neoliberalismo, represión y pobreza.
En esos días un primo comenzó a llevarme detrás de las puertas en las reuniones familiares. Él tenía catorce y yo, seis. Me besaba metiéndome la lengua profusamente, lo cual me resultaba asqueroso y perturbador, pero como existía la posibilidad de que se tratara de prácticas habituales en este nuevo contexto, no supe cómo reaccionar.
Migrar implica desorientación. Había llegado a un lugar en el que me violentaba ver a niños de mi edad pidiendo limosna en la calle, en el que me violentaba ser llamada «ahombrada»2 en la escuela, en el que me violentaba el miedo que las personas a mi alrededor sentían hacia la policía, ¿por qué no podían ser esos besos con lengua parte de esa cultura de mierda a la que me tenía que unir por fuerza para pagar una deuda histórica con raíces biográficas que, de momento, no reconocía?
Un día les comenté a mis padres que ese primo me daba besos con lengua. Me dijeron de inmediato que eso no estaba bien y que hablarían con su madre, mi tía. El pánico que sentí ante la posibilidad de hacer público lo incorrecto —en mi condición de niña alemanota, que no se enteraba de nada y en el contexto de mi ansia por ser aceptada en ese país al cual no deseaba integrarme— me llevaron a desmentir en menos de 24 horas mi acusación. Atribuí todo a mi subconsciente. «Soñé que él me daba besos, no hay nada de lo que hablar con su mamá.»
Así fue como aprendí a besar, escondida detrás de la puerta, obligándome a responder desde la sumisión como si se tratara de un trámite de aduana. Y digo aprendí porque con los años, y a pesar del desagrado inicial, fui asumiendo la experiencia como una eminentemente pedagógica.
Un año después, a los siete, en un mercadillo, un hombre al que nunca le vi el rostro me metió la mano debajo de la falda. Su mano, que debe haber sido del tamaño de mi cabeza, hizo un movimiento rápido y preciso frotándome desde el clítoris hacia el culo. Me quedé como piedra y no me atreví a decírselo a nadie hasta cinco años después. No debía haber ido a un mercadillo con minifalda, era mi culpa. De manera temprana y acelerada se depositó sobre mi subjetividad (y sobre mi cuerpo) la percepción tanta veces descrita de que la agresión es responsabilidad del agredido.
A los ocho años me gritaron por primera vez cosas en la calle. Que estaba buena. Tres obreros de una construcción, a pocos metros. Que estaba rica. Que era una mijita rica o algo así. No entendía cómo era posible que se fijaran en una niña. No me sentí guapa, pero percibí la marca que dejaba la minifalda en mi cuerpo y recordé que mi ropa podía volverme vulnerable.
A los ocho o nueve años, en la playa, el ligue de mi prima de dieciséis, sobrino de una amiga de mi mamá, se aficionó mucho por mí. Era un tipo medio cuico3, rubio, grande, de unos 19 años. Me compraba dulces y me buscaba, le gustaba pasear y charlar conmigo, y a mí me caía bien.
Una tarde en la que estábamos sentados en la playa me dio jugo en polvo. Lo vertió en mis manos y me pidió que chupara esa mezcla de azúcar y tinte artificial mientras él, que me tenía sentada en el hueco que quedaba entre sus piernas, metía una mano dentro de mi calzón y me incrustaba un par de dedos en el coño. No sentí dolor, sólo una insoportable incomodidad. Le dije varias veces que mi madre me estaba esperando, pero él no se inmutó. Mis manos estaban ocupadas con el polvo que debía chupar y no lograba comprender bien lo que estaba sucediendo. Solo sabía que debía evitar a toda costa volver a estar a solas con él. Mi prima estaba encantada con su ligue. No se lo dije a nadie, y con el tiempo el episodio fue perdiendo relevancia histórica.
Pequeña guarra
A los ocho años comencé a masturbarme. Usé la mano, velas, bolígrafos y zanahorias. Usé aparatos que creaba yo misma con calcetines, condones y bolsas de plástico. El manto de lo innombrable se extendió también sobre estas prácticas. Mis fantasías masturbatorias y los juegos a los que jugábamos con mis amigas se relacionaron desde un comienzo con la sujeción y violencia.
Recuerdo médicos que ataban a las muñecas para inyectarles cosas en las venas, proxenetas que explotaban mi cuerpo y lo vendían al mejor postor, tíos que a golpes me obligaban a hacerle una felación a su jefe. Jugaba a estas cosas a solas y acompañada, al tiempo que descubría el efecto narcótico de los orgasmos y me embriagaba con la adrenalina de la sumisión y lo prohibido.
Los referentes culturales dominantes le venían de perilla a estas aficiones. Me sobaba con una amiga en la oscuridad de la cama mientras nos comíamos una polla invisible obligadas por un hombre inmaterial, agresivo y armado hasta los dientes. En el
entorno feminista en el que crecí, gestioné estos imaginarios con pudor. Formaban parte de aquello inconfesable, incomprensible e inexplicable.
Pero siendo niña siempre existe la posibilidad de alegar ignorancia. Una no sabe nada de ese mundo construido ya desde hace mucho y apenas siente el derecho a intentar calzar con él. El deseo propio está muy mediado por la capacidad o no de adaptarse a lo que se debe hacer. En un punto creo que es difícil distinguir la diferencia entre deseo y deber. Hay que vestirse, lavarse los dientes, comer. Limpia por fuera sucia por dentro, se puede sobrellevar.
El entorno feminista de mi madre, sus amigas lesbianas, resultaban por cierto estimulantes, pero no eran un muro que dejara fuera al patriarcado. Este último, con toda naturalidad, tenía más poder que cualquier espacio de seguridad feminista, permeando cualquier posibilidad de contención, y de esa forma se incrustaba en mi cuerpo, incluso en las imágenes de mi deseo.
Pactos con la normalidad
Las agresiones sexuales se sucedían como si pudieran dejar de resultarme perturbadoras. En la adolescencia fui carne de cañón de los tocaculos en la calle. Tantas veces ocurrió que muy pronto perdí la cuenta. Una amiga fue violada dentro de su cuarto por un tipo que entró por la ventana. Lo mío parecía, incluso a mí, una levedad que no merecía atención alguna.
Parecía ser que las tocadas de culo, de teta, las metidas de mano, los comentarios babosos en la calle, los manoseos por la policía, eran todas cosas que venían en el pack de ser mujer, que pertenecían al mundo de lo normal, como tantas otras cosas normales que incomodan o duelen. De ese modo, mientras crecía fui naturalizando la agresión, entendiendo que yo era apenas uno más de sus engranajes.
A los 14 años empecé a tener sexo, con lo cual mi uni-
verso de agresiones sexuales se amplió. En mi primer polvo fui una muñeca inflable. Aprendí a ejercitar la feminidad como nunca antes. Me hice experta, o al menos eso creí. Aprendí a distinguir entre las agresiones propias de una relación, las que han de ser toleradas, y las agresiones de la calle, que no están bien. Me acostumbré a que siempre me la quisieran meter sin condón, a que siempre me la quisieran meter, a dejarme meter, y hacer cosas que no deseaba.
Hecha un pivón a los 14 me aficioné por los hombres mayores. Me protegí con el mismo silencio con el cual pretendía resguardarme de las agresiones que me amenazaban. De un material bastante acomplejado construí un cuerpo deseable y desenvuelto. Perseguía la autogestión de mi placer, aunque fuese pagando un precio, haciendo transacciones y especulando en la bolsa del machismo.
Inadecuada
A los 15 años comencé a reaccionar. Cuando me tocaban el culo contestaba gritando un par de insultos. Esto no es fácil, porque cuando te pegan un agarrón sin previo aviso tu voz se introyecta, se convierte en vocecita, y cuando al fin se recupera y das con el tono y el insulto adecuados, no hay premio para el desacato del silencio.
Por el contrario, lo que recibes a cambio es bastante peor de lo que has echado. Le gritas «cabrón» y te responden: «Qué tanto fea culiá, qué te creís maraca concha tu madre». Más rabia y más humillación mordiéndote el culo, comiéndote la cabeza y ahora, más encima, insultándote.
Si bien yo me sentía afortunada porque a mí no me había tocado que un hombre pobre me pusiera un cuchillo en el cuello o una pistola en la cabeza y me la metiera como poseído por un demonio hasta correr-
se dentro mío, en esos días mi cuerpo joven atraía la agresión en múltiples formatos. Como la que resulta de ir a un casting para modelos de dibujo donde te acaban tocando el coño y dejándote desnuda en medio de una habitación fría, porque «tu cuerpo no va bien», «no sirve». Como dormir con un amigo con el que no quieres follar que en medio de la noche te despierta eyaculando sobre tu cuerpo con un gemido apagado. Como hacer autostop en la carretera y como precio del aventón dejar que te metan mano.
También percibir que en la medida en que te vas apropiando de tu placer te vuelves cada vez más inadecuada: demasiado gritona, demasiado caliente, demasiado peluda, demasiado rápida, lenta, gorda, silenciosa o cualquier otra cosa excesiva. Que nunca en la posición precisa, deseada. El juego es poder encontrar en esa inadecuación el rastro de una misma, y pasarlo bien, o simularlo al menos.
Rabia sexual
A los 19 años trabajaba como profesora. A las 8 de la mañana un tipo me agarró el culo en la calle. Pasaba un policía y lo detuve. El policía lo coge, lo sitúa frente a mí y le dice: «La señorita dice que usted le tocó el trasero. Todos ustedes los de la Pintana son iguales». Le exige pedirme perdón. El joven cabizbajo balbucea un «perdón» casi imperceptible. «Y usted, señorita, ¿lo perdona?» Digo que no, que una disculpa no me basta.
En la comisaría otro policía toma mi denuncia. Le cuento que este sujeto me tocó el culo. El policía pregunta: «¿Y qué más?». Veo en sus ojos lo que quiere decirme: «Es normal, pelotuda, ándate acostumbrando. Son siete millones de chilenas en las calles. Imagínate si todas denunciaran, colapsaría el sistema, los policías acabarían convertidos en perritos falderos, guardianes de culos.» Toma la denuncia de mala gana, como si fuera una alucinación mía, un comentario burgués, una exageración de clase.
Desde entonces me han vuelto a agarrar el culo tres veces en espacios públicos: en Chile, Bolivia y en Dinamarca (¡este verano!). En estas ocasiones he respondido con golpes, lo más fieros posibles, asumiendo que la respuesta violenta es lo único que me queda, y que al menos me sirve para soltar momentáneamente la rabia.
Sólo momentáneamente, porque la rabia regresa al repasar esta historia. Esta rabia que me da el recuento es también la rabia que me dan mis privilegios y es la rabia que me da saber que somos tantas que es imposible hacer recuentos. La verdad es que no sé qué hacer con la rabia ni tampoco sé medir sus consecuencias, cuando escucho y hablo de lo que ha sido silenciado y cuando tengo que insistir en su desnaturalización (empezando por la mía). Creo que al escribirla deja de ser mi problema. Y quiero hablar desde un lugar no victimizante, pero que al mismo tiempo no convierta la no-victimización en un lugar de silenciamiento.
1. A pesar de la violencia estructural, simbólica y material de tener que abortar en esas condiciones de precaria ilegalidad, puedo decir que el aborto acabó siendo una buena experiencia. La autodeterminación fortalece, y decidir no ser madre fue una inyección de energía para lo que en su lugar deseaba hacer con mi vida. A partir del aborto tuve que hacer con mucha más determinación lo que quería, hacerme cargo de mí.
2. Marimacho.
3.Pijo.
Rebeca
«Nunca tuve miedo porque la doctora nos dijo que no nos preocupáramos, que ella se iba a encargar de que no pareciera un caso extraño. Yo en ese momento tenía diez años de conocerla y siempre sentí seguridad».
Fotografía de Víctor Peña
Emilia Gallegos. Abogada
En enero de 2017, siendo excavadora ciudadana, recibí un correo electrónico donde se enviaba el especial: El Salvador, un paraíso de violadores, que mostró un alto nivel de casos judicializados sin condena por violaciones a menores o incapaces, mayoritariamente del sexo femenino.
Ofrecí estudiar aquellas absoluciones que las autoras habían utilizado en el especial para reconstruir las historias de las víctimas. Este documento no es fruto de un muestreo estadístico o cualitativo, pero los resultados son consistentes con la información cuantitativa detallada en el especial. Una última aclaración: aquí incluyo parte de mi exposición en el conversatorio “La costumbre de violar” realizado el 14 de marzo de 2017.
Para presentar los hallazgos quiero utilizar el mito de Medusa que, luego de violada por Poseidón en el santuario de Atenas, fue castigada por la profanación… del templo. Atenas convirtió a una doncella de bellas mejillas en un monstruo del que nadie se enamoraría ni podría ver sin convertirse en piedra.
Mi primer objetivo era documentar cómo se veía a las niñas y adolescentes víctimas de violación. Ya frente a las resoluciones, comencé a marcar las citas donde el cuerpo tomaba relevancia penal y comencé inductivamente a crear otros códigos. Para mi sorpresa, se hacía valoración además de las intenciones de la joven, las del imputado y su salud mental, la publicidad de la relación y la dispensa de protección del bien jurídico1. El siguiente diagrama de red muestra los códigos (rombos verdes) y las citas (círculos rojos) que asocié (líneas) a cada uno.
No puedo desarrollar detalladamente el diagrama, pero incluirlo ayuda a comprender cómo las absoluciones se basan en aspectos ajenos a los elementos del delito, pero ¿cuáles pertenecen a la violación en menor o incapaz? Tomo la definición del inciso primero el artículo 159 del Código Penal:
El que tuviere acceso carnal por vía vaginal o anal con menor de quince años de edad o con otra persona aprovechándose de su enajenación mental, de su estado de inconsciencia o de su incapacidad de resistir, será sancionado con prisión de catorce a veinte años.
Los casos fueron accesos carnales por vía vaginal o anal con un menor de quince años, salvo uno. En este tipo de delitos, tanto la violencia sobre la víctima como su consentimiento es irrelevante; no obstante, algunos jueces han encontrado formas para que no haya sanción incluso cuando hay prueba de la autoría y del delito.
Acto I. Poseidón desea a Medusa y la viola. El primer código que quiero comentar (cuerpo de la adolescente) es cuando la apariencia física justifica la violación, a continuación, la voz del juez:
la apariencia observable…al momento del juicio, era de una jovencita bien desarrollada físicamente que aparentaba más años de edad cronológica, es decir, su desarrollo corporal no aparentaba el de una niña de doce o trece años de edad (3:9; sin resaltar en el original).
Deja completamente de lado que el imputado, mayor de dieciocho años y la víctima tenían una relación desde hacía un año. Tiempo en el que ella pasó de los once a los doce años en algún momento tuvo que decirle «feliz cumpleaños», ¿no? La mal llamada justificación es una evaluación que hizo el juez. No le fue solicitada por el imputado. Este reconoció saber que ella era menor de edad. A él lo absolvía el amor:
una violación sexual es cuando se tienen relaciones sin el consentimiento de la persona; que es cierto que…es una menor de edad, pero cuando el amor llega no mira edad ni religión… [que ellos] se enamoraron, decidieron formar un hogar y una familia (3:01).
Al cuerpo engañoso de una niña se sumó el amor de un hombre joven, que impidió que un adulto no superara el error durante un año.
Acto II. Atenea castiga a Medusa por el templo profanado. La edad, educación formal de la víctima y los posibles abusos previos justifican la falta de protección. Esta vez leamos a una jueza: ya se había establecido que tenía catorce años... a esa edad ya hay un desarrollo educacional orientado por los profesores, orientados sobre los mismos pares sobre lo que es una relación sexual… (1:5) …pero es el caso que ese bien jurídico protegido había sido ya violentado por persona diferente y si no hay bien jurídico protegido no podemos hablar del delito bajo las condiciones en que (…) ha narrado lo sucedido (1:9).
Una adolescente debe hacer méritos para ser protegida, oponiéndose en todo momento a la relación violenta de manera que toda la comunidad lo sepa. Un guarda de un hospital donde la hermana de la adolescente pasaba consulta averiguó el lugar de residencia de la víctima, la privó de libertad y la retuvo en un municipio distinto al que ella provenía. La ausencia de un esfuerzo constante por huir, por pedir auxilio y la publicidad de la relación violenta constituyeron el consentimiento de la víctima. Esta vez hablan los vecinos:
que ella iba a la iglesia en algunas ocasiones con el imputado o con su mamá o su hermana y había ocasiones en que iba sola…(4:8)
que [la víctima] y el imputado salían juntos a un pozo que tenían, que [la víctima] fue la compañera de vida de[l imputado], que él vio que salían al pozo a bañarse, a lavar la ropa, y a traer agua para su uso personal, que esto lo veía siempre que estaba en su casa por eso se ve desde [ahí] (4:11)…
que iban juntos al mercado [a]hacer las compras a San Martín (4:12)
Por el contrario, las intenciones del imputado se idealizan. Él «no quería mantener una relación sexual por tenerla», porque estuvieron juntos durante nueve meses (4:19). El tiempo que le tomó a la joven averiguar cómo volver a su municipio de origen.
Los imputados lo que deseaban era formar una familia y con «esfuerzo tener una casita» (3:6).
Acto III. Nace un monstruo. Las inferencias de las intenciones de las jóvenes van más allá. Un padre introdujo los dedos en la vagina3 de su hija de catorce años contra la voluntad de esta para verificar si aún era virgen. La adolescente protestó, pidió ser examinada por su madre y declaró en juicio contra su padre. La resistencia de ella, en lugar de ser interpretada como una oposición legítima, fue entendida como rebeldía y su participación en el proceso penal como venganza. Mientras que la acción del padre era una forma adecuada de corrección avalada por la madre:
[la víctima] concluye en su declaración que esa vez que su papá para castigarla le quitó la ropa, lo tomó como un castigo del padre… la madre… confirma el comportamiento de dichas jóvenes [ella y su hermana mandaban mensajes de texto a jóvenes] y la comunicación que sostenían sus novios, justificando en todo momento el proceder el imputado… (2:12)…se percibieron… indicios invalidantes de credibilidad [de la víctima], como sentimientos reprimidos de rencor y venganza hacia su padre, como consecuencia probable de no haber asimilado en esa edad de transición e incertidumbre emocional el control disciplinario riguroso al que era sometida (2:13).
Acto IV. Nadie ve a Medusa. Este proceso de inferencia de las intenciones del agresor y la víctima termina convirtiéndola en imputada, por ejemplo, una evaluación psicológica de una adolescente concluye que hay síntomas de abuso sexual, aunque esto no es valorado por la jueza. En la misma pericia se agrega que la víctima es capaz de distinguir entre lo lícito y lo ilícito como si el objetivo del examen fuera establecer la capacidad de culpabilidad de la víctima (1:03).
Digo que nadie ve a Medusa porque en las sentencias constaban suficientes elementos para fundamentar una condena. En comparación con el tipo general de violación, el de violación en menor o incapaz requiere de menos prueba, sin embargo, se absuelve a los imputados basados en una imagen distorsionada de las adolescentes.
Sin duda habría que analizar más casos para poder generalizar los hallazgos. Esto no obsta para las historias de estas adolescentes provoquen preguntas sobre cómo influyen las actitudes de los jueces en las decisiones
Hace falta un estudio de la mayoría de los casos. No me refiero a todas las sentencias, sino a los que no llegan hasta la etapa de juicio. Hay que detallar las condiciones socioeconómicas de esas víctimas en busca de patrones que demuestren la extensión del mito de Medusa en el Órgano Judicial.
Algún abogado habrá notado que las resoluciones también reflejan deficiencias en la aplicación de la teoría del delito, pero cambiar las actitudes hacia las víctimas de violación seguirá siendo necesario incluso si se superaran los problemas técnicos. Después de todo, es la dogmática penal la que reconoce el error basado en la apariencia física de una adolescente y la que permite que categorías, como la culpabilidad, se utilicen para normalizar la sexualización de las niñas.
o ¿cómo quitarnos esa maldita corona?
Benjamín Schwab.
Investigador en temas relacionados a la construcción de paz y el desarrollo humano.
Al salir de la sala de teatro pasé al baño de hombres. Como suele ser después de una función de hora y media, estaba lleno y había que hacer fila. Esta vez, sin embargo, noté algo extraño. En vez del común: “Hey, ¿qué ondas? ¡Llegaste también!”, “¿qué te pareció la obra?”, ahí adentro había un silencio total. Pero no era un silencio indiferente. Para nada. Aquella fue una de esas situaciones en que no hay nada que se pueda decir y en la que cualquier palabra suena ridícula y fuera de lugar. Aquel silencio en realidad era una aceptación de lo que acabábamos de presenciar. Era un “a huevo, es la pura realidad”.
El domingo, en el Teatro Luis Poma, se llevó a cabo la última de diez presentaciones de Polvo de gallo, la última puesta en escena del Teatro del Azoro. La obra aborda el tema de la violencia sexual, y la trama se desarrolla en Huachindango, una ciudad ficticia donde, ante tanto abuso sufrido por las mujeres, se ha promulgado una ley que legaliza y regula las violaciones para que las mujeres al menos sepan cuándo y dónde “les va a tocar”.
La historia es asquerosamente real. En un país como El Salvador, que es un paraíso para los violadores, donde cada cuatro horas una mujer es violada y el 90 % de los casos de violación quedan en la impunidad, no necesitamos mucha fantasía para caer en cuenta de que todos somos Huachindango. La realidad supera toda ficción. Y esto deja sus huellas en la sociedad.
La obra llega a su clímax cuando la protagonista, Ily, enfrenta con gritos a su abusador, su propio primo, quien está amarrado a una silla: “¿Por qué lo hacen? Porque pueden. Porque parece que todos los hombres han nacido con una puta corona en la cabeza”.
Sin duda, los hombres podemos acosar, intimidar, abusar, violar y asesinar a las mujeres, no tanto por la ventaja de la fuerza física, como por vivir en una sociedad que lo permite e incluso lo avala en todas sus instancias, desde la intimidad del hogar hasta el sistema de “justicia”.
No quiero hacer de moralista, pues siendo hombre me corresponde la misma responsabilidad que a todos, quizá más, porque soy padre de un niño de 16 meses. Pero es necesario que hablemos en primera persona plural: ¿Cómo hacemos para quitarnos esa maldita corona?
Primero hay que estar claros de que no nos la vamos quitar así nomás. Pues, como bien afirma Ily, tampoco la recibimos en un momento determinado. Acaso fue al cumplir la mayoría de edad, o en la noche que “nos hicimos hombres” por tener la primera relación sexual. Esa corona, nos guste o no, fue construida desde el momento que nacimos como hombres o incluso antes de nacer (“¿Va a ser niño? ¡Qué bueno! ¡Felicidades, se ganó la gallina!”).
Y así, la corona fue creciendo junto a nosotros: “¡cállate, los niños no lloran!”; fue pulida: “¡que estudie el niño! Igual, ella se va a quedar en casa
criando a sus hijos un día”; y fue adornada con piedras preciosas hasta llegar a la edad adulta: “hija, ¡vaya a prepararle la cena a su hermano que viene cansado!”. En este sentido nuestra culpa de llevar esa corona es, hasta cierto punto, limitada. Nuestra responsabilidad por deshacernos de ella, sin embargo, es plena, porque es injusta, porque denigra, deshumaniza, mata.
Si bien no nos podemos quitar esa corona, tenemos que deconstruirla tal como fue construida. Para empezar, tenemos que reconocer que la tenemos y reconocer el daño que causa. Estoy seguro de que en ese lapso de silencio en el baño de hombres, después de salir de la obra, todos los que estuvimos ahí nos dimos cuenta de ello. En este sentido no fue el silencio cobarde y encubridor de siempre, sino un silencio esperanzador y fecundo.
Luego viene la parte dura, la de materializar esa consciencia. Esto es, empezar a renunciar a nuestros privilegios por ser hombres, porque, simplemente, son injustos e injustificables. Toca fundar nuestra identidad masculina sobre otra cosa que el miedo a que alguien nos llame “culero”.
Me temo, por más que queramos y nos esforcemos, que no vamos a lograr quitarnos esa corona del todo. Está demasiado bien puesta. La deuda que nos queda, y eso sí podemos lograrlo, es asegurarnos de no heredarla a la siguiente generación.
Para mí, esto significa educar a mi hijo no a chancletazos (”para que aprenda”), sino con amor y ternura. Pasar cuanto más tiempo con él. No preocuparme si le gustan las flores, las muñecas o si se divierte trapeando el piso de la cocina (le encanta). Permitirle sentir miedos y preocupaciones y acompañarle en todas las etapas de su desarrollo. Enseñarle a respetar a todas y todos por igual y a no imponerse nunca a nadie a la fuerza ni en el acto sexual ni en un beso ni en un abrazo ni en una mirada. Explicarle que un “¡No!” es un “¡No!”. La línea entre el juego y el abuso es muy delgada.
Polvo de gallo impacta, sacude, toca el nervio, llega directo al grano. Ojalá todas y todos, pero especialmente, TODOS podamos ver la obra algún día. Y ojalá nos ayude a entender cómo quitarnos esa maldita corona.
Joel
“Creo de verdad que las mujeres deberían tener la opción, al menos dentro de los primeros tres meses, de decidir si continúan o no un embarazo. He reconstruido otra vez ese camino, y siempre vuelvo a recordar el mandamiento de “No matarás”, pero pienso que ese mandamiento se aplica a un ser humano, no a lo que pueda ser el origen de un ser humano. No creo que hayamos matado a un ser humano».
Fotografía de Víctor Peña
Eloísa Vaello Marco. Directora del CCEsv
GENEROS.AS es el programa del Centro Cultural de España en El Salvador cuyo objetivo es visibilizar, promocionar y actuar en los temas de incidencia en Géneros y Feminismos. El nombre nace como un homenaje a una de las características que nos define como mujeres o mejor, por no sonar pretenciosas: que define a las mujeres que nos rodean. Generosas han sido nuestras abuelas, generosas han sido nuestras madres, generosas son nuestras amigas y hermanas: porque han puesto por delante de cualquier otra cosa el deseo de cuidar, a sus hijos, a sus padres, a sus familias. Desde luego que esa característica no es aplicable a todas las mujeres. Hay mujeres que no han querido o no han podido ser madres, hay mujeres que han renunciado a serlo voluntariamente, hay mujeres que han priorizado sus carreras o su vida totalmente independiente y ello es absolutamente legítimo y digno de respeto. Lo innegable es que la Generosidad, con mayúsculas, es un rasgo que abarca a un gran número de mujeres, y en él nos reconocemos. A veces a través de nosotras mismas, otras veces a través de nuestras madres o de nuestras abuelas. Y a todas ellas les dedicamos este programa. Ellas, como Dionisia, Maura, Carmen o Elena, son nuestra memoria, nuestro pasado… y nuestro futuro.
Generos.as también tiene otra característica: está en un plural marcado por un punto, porque queremos incidir en los géneros y los feminismos. Queremos ser inclusivos en los diversos sentires, ya no vale quedarse en lo femenino y/o masculino. Hay otras maneras de reconocerse y de incluirse. Y por eso el plural es tan importante, porque hablamos de géneros y de feminismos, para no dejar fuera a nadie, para querernos a todas.
Desde la cultura, desde un Centro Cultural, no podemos cambiar leyes, ni sistemas educativos, ni paradigmas patriarcales que gobiernan nuestro día a día. Sin embargo, de modo transversal, principalmente en marzo y en noviembre como puntos de concentración, queremos utilizar las herramientas y armas que nos proporciona la cultura para generar espacios de visibilización. Es importante combatir la desigualdad y el sistema patriarcal con leyes, con educación, con protección policial y con todo el aparato del estado, pero para que ello suceda, sobre todo, es necesario generar una nueva sociedad, donde hombres y mujeres se reconozcan como iguales. Como mínimo iguales antes la ley y en derechos. Es crucial desmontar el aparato patriarcal que configura unas relaciones de fuerza que han sometido a la mujer durante siglos. Desde la cultura podemos y debemos generar esos discursos, a través del cine, del arte, de la tecnología, de los espacios de pensamiento y debate, de las movilizaciones ciudadanas y las redes de mujeres. Tenemos que fomentar y apoyar esos movimientos de sororidad y de lucha. Vernos y reconocernos es tan importante como cualquier paso técnico o legal, porque si es la sociedad la que exige esos cambios, cada vez con voz más alta y clara, algún día llegarán.
Stefanía
«Sé que va a sonar raro, pero, pues, tengo mente abierta. Le dije a Dios: mirá, si algo me va a pasar, que me pase después, pero protegeme; sé que esto funciona, sé que no debería de, y sé que es matar una vida literalmente. Yo hablé con Dios primero y le dije protégeme».
Fotografía de Víctor Peña
Luisa Fuentes Guaza. Curadora e investigadora
Partimos de una realidad en la que en un cuerpo llamado «femenino», según la tradición occidental, recae toda una acumulación histórica de lo que es, de lo que tiene que ser y de cómo se ha de vivir ese cuerpo a sí mismo.
Ser mujer en el contexto centroamericano tiene un peso sobre el cuerpo específico. Un peso atravesado por la atroz cultura patriarcal. Por una violencia que lo atraviesa como herramienta de dominación y control. Junto a una cultura revolucionaria que en muchos ocasiones ha enaltecido al heteroguerrillero frente a una construcción de mujer en donde sólo recaían las labores de servicio, reproducción y cuidado.
Han sido los cuerpos de las mujeres los que han tenido que resistir para crear nuevos espacio donde significar las cosas de otra manera.
Teniendo en cuenta que vamos hacia un horizonte posidentitario donde todas las etiquetas de género se superen, donde podamos transitar un espacio fluido, autodidacta, todavía nos quedan mucha trabajo por hacer. Todavía tenemos que ahondar más en el proceso de desmantelamiento de toda la acumulación de significados y cargas que existe sobre el cuerpo como cuerpo-comunidad-femenino (y con esto designo al cuerpo que se crea como comunidad y que está sometido a disciplina, control y orden).
Ser mujer y artista no se puede cosificar. No se pueden ajustar a patrones patriarcales.
Ser mujer y artista no es sinónimo de delicadeza y suavidad. No es sinónimo de un trabajo relacionado con la intimidad lugar donde nos ha colocado el sistema durante siglos de manera invisible . No es sinónimo de tener una «buen diligencia» porque aquí radica una de las pautas de control social de lo que se ha establecido que tenemos que «ser» al ser mujer: buenas. Las brujas eran malas porque tenían sabiduría y fueron asesinadas.
Federici señala respecto al proceso de exterminio de la mujer autónoma, sinónimo de bruja, lo siguiente: «Se han hecho recuentos, donde
se ha podido, y ahora se habla de 100.000 casos confirmados. Pero todas las historiadoras que han hecho estudios concluyen que ese número no es el real, que forzosamente deben de ser más, muchas más. Hay distintas razones: la principal es que muchos archivos se han destruido fundamentalmente debido a las innumerables guerras que han asolado Europa durante siglos ; otra es que todavía quedan bastantes documentos sin analizar; en ocasiones la persecución no correspondió al Estado sino a la nobleza y entonces, directamente, en la mayoría de los casos ni siquiera quedaba registrada como ocurre, por ejemplo, en Escocia; y, por último, hay también documentos que mencionan ejecuciones y masacres, pero sin detallar las cantidades, por lo que las víctimas son imposibles de cuantificar».
El cuerpo-comunidad-femenino guarda esa memoria. La memoria del exterminio en el supuesto de activarse la necesidad de emancipación y autonomía.
La creencia que para ser aceptadas por el Estado-nación el cuerpo tiene que transformase en un cuerpo obediente. En un cuerpo integrante del cuerpo-comunidad-femenino.
Ser mujer y artista desde Centro América es sinónimo de poder transformarse en una herramienta incisiva de crítica directa sobre los desequilibrios e incongruencias del sistema que nos envuelve. Teniendo en cuenta que su cuerpo, el cuerpo que le permite sostenerse sobre la Tierra, es un cuerpo-tutelado y capitalizado por un sistema opresor que deviene de siglos atrás. Un cuerpo que tiene que ser librado a sí mismo. Que tiene que alcanzar la emancipación a través del desborde. Esto significa identificar los límites que nos someten y esos límites desbordarlos. Superarlos. Transcendiéndolos de una manera voluptuosa e intensa.
Un cuerpo que tiene que dejar de ser la obrera de la historia. Que debe dejar de acumular el trabajo sin fin que le otorga el capitalismo, de trabajar día y noche. De asumir el trabajo productivo y reproductivo sin rechistar.
Porque cansadas, no pensamos bien. Cansadas, no podemos focalizar en el movimiento interno necesario, que exige mucho trabajo personal, para poder continuar con la emancipación femenina –que a su vez incluye nuestras tetas, nuestra cabeza, nuestra menstruación, nuestras sabiduría, nuestras múltiples inteligencias, etc. Para poder desprendernos de las tutelas que rigen nuestro cuerpo y poder, así, desarrollar un vivir, un vivirnos a nosotras misma, donde la explotación física no sea asumida como baluarte de eficiencia.
Pero hoy ser mujer y artista tiene una fuerte carga y responsabilidad porque se tiene que repensar a sí misma, para gestar nuevas formas de vida en las que su cuerpo sea aceptado según sus propias reglas y además gestar nuevas formas de articulación social en un nivel más amplio.
Ser mujer y artista desde Centro América es sinónimo de:
Querer ser parte del proceso de dislocación geopolítica o tener la intención de desmontar las lógicas del Estado-nación, profundamente patriarcales dado que están enraizadas en el pater-familias-romano.
Tener la intención de insertar experiencias históricas desclasificadas.
Mirar hacia la construcción de un horizonte posidentitario.
Saber que los afectos no pueden generar círculos de exclusión.
Saber que hay que indagar en los procesos de autocensura, contradicciones y lugares cancelados y en el mapeo de heridas, fracturas, silencios y saltos narrativos no habitados, no revisados, del contexto donde la práctica artística está enraizada o desea enraizarse.
Saber que tenemos una responsabilidad alegre epistémica. Lo epistémico, como bien sabemos, tiene que ver con un comportamiento
de continua exploración sobre los modos de obtener el conocimiento. La mujer y artista propone repensar desde que lugar se activa y enfocarlo desde una responsabilidad (alegre) que trascienda el tono aséptico que impone el positivismo.
Saber que abogamos por la libre circulación de pensamiento, es decir, que la práctica artística sea una herramienta facilitadora, más, dentro del proceso de empoderamiento abierto-multipolar de armazón-divulgación desde el pleno conocimiento de todos sus recovecos. Como mecanismo de desprendimiento de tendencias contemporáneas marcadas por el ciberfetichismo o frente a lógicas «tuteladas» que refuerzan el consumo de la identidad. Esto último transforma el pensamiento en un mercadeo-fetichista de la palabra, donde el gesto espontáneo queda aniquilado, donde la libre circulación se cancela en virtud del autoconsumo de información.
Saber sobre la esencialidad de promover condiciones de igualdad y justicia, indispensables, para alcanzar una práctica artística emancipada y autónoma respecto a cualquier tutela.
Saber que tenemos que desbordar los límites patriarcales y que tenemos que ser conscientes del colonialismo interno enraizado durante siglos.
Saber que hay que superar cualquier principio antrópico. La especie humana animal humano no se sitúa como la medida a partir de la cual se lee lo que acontece. Las narrativas y poéticas se van desprendiendo de la intención humanizante para incorporar todo tipo de escalas relacionadas con lo no-humano.
Saber que buscamos la evaporación del espacio como lugar panóptico para la desregularización del control de los hábitos y ritmos vitales, abriendo la posibilidad de poder desvincular la diferencia del espacio de exclusión.
Y tener claro que no es necesaria la inclusión ya que tod@s estamos dentro.
DE CUERPO Y BANDERA
¿Qué tiene que ver la vida cotidiana de una mujer con la ideología de la patria? En la tradición poética la mujer es el objeto clásico; naciones han adoptado imágenes femeninas para simbolizar libertad y justicia, pero ¿cómo han construido escritoras femeninas el concepto de nación? Estos poemas, atentos a los detalles personales y específicos a la vida de una mujer, intentan transferir ese enfoque de micro a macro. A través de una perspectiva singular, enfocada en las verdades precisas y subjetivas de las experiencias, pueden expresar narrativas que configuran una matria: una visión femenina de nación y sus procesos de identidad y memoria.
Alexandra Lytton Regalado. Escritora y editora
SANGRE
En esta ciudad construida para vivir sin emoción, lo que se descuartiza es lo único que vale. El olor de la sangre. La sangre de los muertos. Hay quienes nunca han olido a un muerto. Aún. Como ella. Los generales, a pesar de asesinos, nunca se mancharon de sangre. Eso la contrariaba. Suponía que en una guerra siempre se mata a alguien. Y que los héroes, como los generales, matan, si no a miles, al menos a muchos, como los héroes de las tragedias, como sucedía en las batallas que leía en los libros.
Pero en ese país, los generales eran inmaculados como una virgen, como una estampita de la virgen milagrosa en el puesto del mercado. Salpicada apenas, en el puesto de la carnicería del mercado de la ciudad.
De nuevo, el olor de la sangre.
El olor de las patas recién cortadas del pollo.
El olor de las alas trozadas de la gallina.
El olor de las vísceras de la vaca.
El olor de la cabeza degollada del cerdo.
Sacaba unos billetes de la cartera y los entregaba a la carnicera. La señora los recibía, daba las gracias, daba una bendición y regalaba un piropo. Envolvía las patas, las alas, las vísceras en un papel de periódico, las doblaba, las empaquetaba, les pasaba un cordel, las anudaba, como un regalo primoroso. - Tenga -sonreía.
La criatura daba las gracias y nada más.
Ni un piropo ni una bendición para ese mercado podrido, para esa señora obesa, con las manos llenas de sangre, de coágulos y corazones.
Salía del mercado con la destreza del que no quiere pisar la mierda y las hojas de lechuga, los tomates destripados, rojos como los corazones de los santos que decoraban los puestos de mercado de esa ciudad.
Y salía a la ciudad.
Cruzaba las calles, todas las mujeres bendecían y piropeaban a quienes compraban; las mujeres todas, viejas y artríticas, jóvenes y embarazadas, de cabellos pintados, de coloridos delantales, de axilas poderosas, mujeres recién paridas, mujeres que han vendido toda la vida en el mismo pedazo de ciudad.
Esa ciudad ennegrecida por el humo de los autobuses que llevaban dentro gentes con las narices tapiadas de humo y sangre.
Tanta sangre para una sopa -apretaba su paquete de vísceras.
Tanta sangre para una ciudad.
Publicado en el libro La familia o el olvido. San Salvador, El Salvador: Editorial Kalina, 2017. Elena Salamanca
Consideremos la primera oración del poema; nos pone en alerta de lo que sentimos o no deberíamos sentir. Nos hace cuestionar si lo tangible, lo que se puede trocear, lo que cada uno puede tomar como suyo, es lo único que tiene valor. Consideremos a la protagonista: lee libros y considera la culpabilidad de los generales en la guerra, se preocupa por lo que llena su alma y conforma su pensamiento, pero también se encarga de lo básico: buscar, comprar y traer el sustento para su familia. No se le escapa ni un detalle (como el proceso de empacar los pollos) y se enfoca en los contrastes y los manifiesta de una manera declarativa y con ironía. Consideremos a las vendedoras del mercado: se encargan del trabajo físico de matar (ellas, al opuesto de los generales, sí se llenan las manos de sangre) y se encargan del intercambio económico (toman los billetes), defienden la fe (dan bendiciones y ofrecen flores a las estampas de vírgenes) y están conscientes de las reglas sociales del cuido personal y mantener apariencias (dan piropos). En el momento que se hace el intercambio: billete, gracias, bendición, piropo, paquete, sonrisa, gracias; cambia el tono del texto. Al recibir el cuerpo descuartizado y empaquetado como un «regalo primoroso» , el rol de la protagonista se transforma. Ella se vuelve «una criatura» que necesita protección de todo lo que la rodea y la repugna. Resaltan los elementos asquerosos del mercado y las características agresivas de las mujeres descritas en todas etapas de la vida. Su naturalidad de tratar con la muerte crea una distancia entre ellas. Nota como se mantienen en sus puestos, lugares que seguramente lucharon por conseguir y defienden día a día, pero que siguen siendo los mismos año tras año. Las ve atrapadas en ese ciclo y la protagonista huye del mercado con el paquete de vísceras y sangre entre los brazos como un niño recién nacido, sumiso en un envoltorio apretado y protegido por su abrazo.
Elena Salamanca explica: «El puesto de mercado decorado con foquitos, flores y un imagen del Sagrado Corazón se me hacía muy sugerente. » Podemos ver dentro de este marco lo bello y lo terrible de las cosas en la cotidianidad; dice Elena: «Ese escenario lleno de ternura y contrastes de estética también es un lugar donde descuartizan cuerpos y hay sangre y vísceras. Para mí eso es San Salvador: ese puesto de carnicería bellísimo decorado con mucho amor donde todos los días se derrama sangre. »
LAS MUJERES
Liliana sentada en la hamaca se ríe de nosotras que nos bañamos en bikini y nos lavamos el pelo con champú embotellado, en lugar de la barra de jabón que ella usa para lavar su pelo, cuerpo, vestidos, platos, ollas, sartenes, pollos, sus hermanitos y hermanitas. Ámbar y yo sonreímos, sabemos muy bien que somos absurdas. Nos turnamos para sumergir un guacal en la pila y echar el agua fresca sobre nuestros cuerpos. El gallo huye del chapoteo de nuestros pies.
Un ternero tropieza y da vueltas atrás del cerco mientras lavamos nuestra ropa.
La ropa que Liliana lavó esta mañana cuelga de cinco cuerdas a lo largo del patio. Los shorts cuadriculados son de Marlon, rayos de luz disparan a través de los agujeros de la camisa de Ismael, los cuatro calcetines rosa de Marti vuelan al lado del vestido verde de Mamá.
No identifico el resto de la ropa, supongo que debe ser de los hermanos que aún no he conocido. Mamá te dirá que tiene doce hijos, a pesar de que solo parió a cuatro.
Tras la guerra, tantos niños quedaron huérfanos que «Mamá» se convirtió en el nombre de la mujer que te llevaba a casa; «Papá», el hombre en quien ella confía verte bañar, «Mana» la niña que te presta su cepillo de dientes, «Mano» el niño que te pega chicle en el pelo.
Lavo un par de panties entre mis manos, intento esconder la mancha rojo oscuro, pero Liliana la ve. «Ya te ayudo», dice, y me sonrojo.
Toma los panties de mi mano los tiende sobre la roca, restriega la barra de jabón sobre la mancha y restriega el algodón sobre la piedra lisa hasta que quedan limpios.
Liliana se mece como Mamá mientras lava mi sangre.
Está acostumbrada al olor de la sangre bajo sus uñas sabe que la vida brota de las heridas más profundas.
Traducción de Betsabé García yAlexandra Lytton Regalado Publicado en inglés en Estados Unidos en el libro Swimming in El
Río Sumpul. Kentucky: Finishing Line Press, 2005.
Elsie Rivas Gómez
Lo primero que la poeta nota es que su cuerpo ocasiona risa. Disfraza su desnudez con un bikini, una prenda que en otro contexto puede considerarse sexy, pero en esta ocasión muestra modestia. La poeta destaca que ella ocupa champú, producto diseñado para un uso específico, mientras las demás ocupan la barra de jabón para todas las necesidades de limpieza. Las mujeres se entretienen y disfrutan de las actividades cotidianas, chapotean en el agua fresca, limpiándose una a la otra, reflejando también una acción maternal. Cambia el tono del poema con la imagen del ternero, clásico símbolo de sacrificio que ambula detrás de una cerca y se tropieza. Luego nos presenta la ropa de la familia, invitándonos a imaginar las formas tendidas en el alambre como cuerpos fláccidos, los rayos de luz pasando por hoyos en las camisas sugiriendo balazos. Identifica las prendas con los nombres de cada uno, demostrando su familiaridad y los detalles que ha aprendido a través de la convivencia. Nos explica las nuevas definiciones de la pos-guerra; la familia no es limitada por lazos de sangre sino por conexiones de confianza y cariño. Se refiere a Mamá con la mayúscula de nombre propio, que suponemos es madre de Liliana y de alguna forma de la poeta, también. La imagen de sangre vuelve a resonar cuando la poeta intenta esconder la mancha de su periodo menstrual, una situación que ve con vergüenza, y que en contraste Liliana ve de lo más natural. La poeta se sonroja porque Liliana ofrece ayudarle a limpiar algo que es íntimamente personal y ella ni se fija en su pena y de inmediato pone en acción el ofrecimiento. Es sentir, decir y hacer: una reacción sincera, un instinto. Restriega los pantis y se mece al igual que Mamá, haciendo eco y marcando el sacrificio que conlleva ser madre. Esa sangre debajo de las uñas nos sugiere que las mujeres están dispuestas a arañar para proteger sus vidas y las de sus seres más queridos. Es reconocer que somos hechas de carne y hueso y que la sangre no solo señala una herida, fuente de dolor y agonía: de esa fuente también surge la vida.
Elsie Rivas Gómez reside en California, Estados Unidos, pero vivió un tiempo con una familia de ex-combatientes de Guarjila, Chalatenango mientras completaba un turno de servicio de voluntariado. El poema se basa en su experiencia: «Sentí que me observaba a mí misma y a los demás de todos los ángulos posibles… Liliana tenía 16 y yo 20, pero ella tenía mucha más confianza y madurez que yo. Me llamó la atención cómo ella no mostraba ni una fracción de asco al ver, ni mucho menos limpiar, mi sangre. » Dice que le tomo años poder traducir esta experiencia en palabras, porque su intención era mostrarlas «justamente y de una forma auténtica, sin glorificar o disminuir sus vivencias».
LA CACHIPORRISTA
Alexandra Lytton Regalado
Porque no puedo tomar una foto a través del vidrio blindado cuando la camioneta se acerca a la esquina de la carretera, donde una huesera muestra sus mercancías de carros desmantelados:
bumpers, mataburros, aletas, rines, tendré que recordar los ojos encapuchados del hombre detrás de los diamantes de alambre de la malla ciclón, que observa las muñecas girando de una joven que lleva una falda hecha de tiras recortadas de papel periódico, los flecos meciéndose con el vaivén de sus caderas mientras hace girar un bastón de palo de escoba en círculos, muñeca sobre muñeca, y lo lanza alto para atraparlo abanicándolo a sus espaldas; y la luz del sol presiona el parche cuadrado de un jardín a la orilla de la calle, margaritas de ojos negros, zinnias y dalias en jarros de plástico y latas oxidadas, la media luna de un neumático que sirve como zanja para evitar que los zompopos desnuden fácilmente el arbolito de limón en el transcurso de una noche de verano.
Traducción deTania PleitezVela y Mario Zetino Publicado en inglés en Estados Unidos en el libro Matria. New York: Black Lawrence Press, 2017.
En El Salvador no conduzco pero paso mucho tiempo en el asiento trasero observando la ciudad. Hay una intersección que cruzo frecuentemente y siempre tengo la esperanza de poder espiar a la mujer que cuida del jardín. Un día me sorprendió lo que vi y me apresuré a buscar la cámara, pero no logré el registro de la foto. Mientras nos alejábamos seguía observando cada detalle y me di cuenta que, al igual que yo quería retener algo de la joven, necesitaba capturar su imagen, también había un hombre que la miraba desde el otro lado de la calle, también deseándola, y que, simultáneamente, en su propia imaginación, la joven también anhelaba algo para sí misma. Y fue entonces cuando todas esas capas de deseo (deseo intelectual, deseo carnal, deseo creativo), esos anillos interconectados, se abrieron como un acordeón y la estructura del poema tomó forma. Estaba encerrada en un carro blindado, conducido por un hombre; la joven estaba encerrada en su jardín pero expuesta a un hombre, protegida solo por una cerca de alambre. Él estaba rodeado de piezas de automóviles rotas o robadas y probablemente estaba a cargo de despedazarlas y venderlas. Sentí la violencia de esa imagen. Yo estaba en un carro a prueba de balas, una realidad que se me fue impuesta por mi propia protección. No es necesario dar datos, ni detallar razones y maneras en que las mujeres son víctimas. Ella había creado su propio disfraz con las noticas del día y ensayaba en un jardín, donde las plantas también estaban en contenedores improvisados. Sentí la esperanza que transmitía su baile, la floración de las plantas. Fue la imagen final del arbolito de limón sembrado en una trinchera de neumático que unió todos estos círculos de conexión y desconexión, protección y desprotección.
La cachiporrista practicaba dirigir un desfile para el día de la independencia y encarna un símbolo patriótico. Es de conocimiento común: para la multitud que se paraliza bajo el sol y la ondeante bandera salvadoreña, la mayor atracción no es el auge y latón de la banda, ni las pancartas o filas de alumnos que marchan; ellos madrugan y guardan sus puestos porque quieren ver bailar a las cachiporristas con sus botas altas y brillantes faldas de lentejuelas. Su papel en este acto cívico subraya la forma en que asociamos a las mujeres con la nacionalidad: pueden servir como figuras decorativas, pero ¿verdaderamente pueden aspirar a ser líderes?
En el arte la mujer ha servido como símbolo de libertad: Marianne de Delacroix con su pecho expuesto representa el alimento y esperanza de la nueva nación francesa. No tenemos que ir muy lejos: aquí tenemos el monumento a la Constitución, una mujer con ojos cerrados, no vendados, que extiende sus brazos para mostrar la balanza del equilibrio y la espada de la justicia. Ella, como punto de referencia, es conocida por todos como La Chulona. De bikinis a burkinis, de pechos descubiertos a huipiles, el cuerpo de la mujer ha sido un cuerpo silenciado. Las mujeres de Izalco empezaron a usar huipiles posterior a la conquista para reducir la incidencia de violaciones y porque la iglesia consideraba inmoral usar solo el refajo. ¿Será que en el baile de la cachiporrista podemos celebrar su cuerpo, su fluidez, agilidad y balance y paralelamente verlo como un escena de articulación subversiva, de resistencia y expresión libre?