Se Acaba el Tiempo
Ediciones Paké • Barcelona 2009
“Large Hadron Collider”. La primera vez que leí esas palabras me pareció que alguien me estaba jugando una broma pesada en un idioma que yo ignoro. “Colisionador Masivo de Hadrones”, o "Gran Colisionador de Hadrones del Laboratorio Europeo de Partículas (CERN)"; incluso así sigue sonando como algo en una lengua desconocida. No me sirvió de nada investigar que un Hadron era un estado de los quarks (sean lo que sean los quarks) determinado por la fuerza nuclear fuerte... O algo así. Desde entonces he visto algunas fotos en la prensa, y todo lo que veo ahí son tuberías y cables y maquinaria y túneles sin fin. Ni siquiera sus imágenes permiten saber nada del LHC, a diferencia, a veces, de lo que podría decir el rostro de alguien acerca de sus intenciones, sus esperanzas y sus miedos. El Colisionador confunde, intenta pasar desapercibido enmedio del laberinto de sus fotografías y su terminología enredada y compleja. Pero a mi no me 3
engañan (más que porque sea listo, porque me tomo el tiempo para entender las cosas, y la gente en general no lo hace). Yo sé qué es y que está destinado a hacer, y ese conocimiento me quita el sueño. Hay noches en las que el pelo de mi espalda se eriza y la piel de mi rostro se tensa cuando aprieto los dientes, y mis ojos se cierran, y mientras más se cierran más pueden ver lo que todos los demás son incapaces de ver, porque no quieren o porque no pueden hacerlo. § Ahora que hablamos de palabras, hay otras que también lograron impresionarme. Cuando conseguí el documento en el que Luis Sancho avanzaba su teoría sobre lo que pasaría si el colisionador entraba en funcionamiento algún día a toda su capacidad, se me pusieron los pelos de punta y no pude ya dormir completamente relajado ni una sola noche más de mi vida. Era una declaración jurada que acompañaba la demanda conjunta con Walter Wagner en una corte de Hawaii, y decía más o menos así: “(...) fundamentado en evidencias cosmológicas y en trabajo teórico, es obvio que en un escenario realista el Large Hadron Collider será tan solo una factoría de Materia Obscura, que fácilmente podría alimentarse de la materia radiante de este planeta en una reacción en cadena que podría destruir este planeta en minutos y acabar con todas las formas de vida.”
En pocas palabras, afirmaba que el LHC tenía un 4
75% de probabilidad de acabar con la Tierra, al crear un hoyo negro que trituraría todo en un inmenso molino gravitacional, hasta hacer de eso que llamamos la existencia una singularidad que si era difícil de explicar habría que imaginar lo difícil que sería sobrellevar. Acompañaba a esta afirmación una serie de declaraciones sobre su persona que pretendían darle un peso científico y objetivo a su estimación: “científico en Sistemas, especializado en cosmología y Teoría del Tiempo", graduado de la Universidad de Columbia (NY) y Barcelona (Cataluña), etc. Después de leer ese resumen escueto sobre el fin del mundo, estuve muy tentado a salir a la calle en estado de pánico, gritando, en esencia, “sálvese quien pueda”. En realidad soy una persona básicamente ecuánime, así que no lo hice, me contuve (lo he hecho muchas veces en mi vida, ¿habré hecho bien?); seguí leyendo. § Pero por supuesto esa no era la primera vez que sabía algo del asunto. Ahora no estoy seguro donde fue que leí acerca del LHC (el Large Hadron Collider, como a estas alturas todos sabemos). Creo que fue en una noticia secundaria en una sección secundaria de un diario marginal. O podría haber sido en un blog. Ultimamente leo muchos blogs, 5
aunque también pude haberlo visto en una de esas revistas que compro de cuando en cuando, si me llama la atención algo al pasar por el quiosco de periódicos que me queda de camino al trabajo. A veces es una foto, a veces es un título, a veces solo una intuición. No sé si fue ahi donde también se mencionaba que tras la primera prueba de un artefacto nuclear en 1945 en Alamogrodo, Nuevo México, Robert Oppenheimer, el principal científico del proyecto Manhattan, confesó que no estaba completamente seguro de que la explosión no incendiaría instantáneamente toda la atmosfera terrestre, incinerando a todos los seres vivos pero acabando también, irónicamente, con la guerra a la que estaba destinada esa terrible arma. Oppenheimer decía que había murmurado una frase del Bhagavad Gita ("Me he convertido en Muerte, en el destructor de mundos"), pero yo creo que secretamente estaba ensuciando su ropa interior. Así es la memoria, a veces parcial, selectiva y bastante mentirosa. La suya y también la mía, probablemente. Lo que si recuerdo del artículo era el tono burlón con el que se describía la idea de Sancho y Wagner de que el funcionamiento de aquél aparato científico, la máquina más grande y compleja construida hasta ese momento por el hombre, el 6
triunfo de la ingeniería internacional, podría desencadenar una serie de eventos que acabarían con el planeta Tierra y con todos y cada uno de sus habitantes, comiéndose incluso el debilísimo reflejo de su atmósfera gaseosa que pudiera escapar hacia otras galaxias, comiéndoselo todo, incluso su luz, y dejando un vacío negro, un punto obscuro, como el que termina sobre la página esta frase, en una noche infinita e interminable. § Pero vayamos por partes, empecemos por el principio... Aunque cuando no queda mucho tiempo no se si esta sea la estrategia adecuada. De cualquier manera, debo haber conocido la noticia en el trayecto entre mi casa y mi trabajo. En casa no veo mucho la televisión (algún partidillo de fútbol) y en el trabajo no hablo mucho con los otros trabajadores de la obra. Tengo gustos bien acotados, y también repugnancias. Cada día llego a la caseta al fondo de la gran excavación que algún día será un rascacielos de 30 pisos, saludo a la secretaría y al capataz en jefe, y me sumerjo en los libros de contabilidad que me han asignado. Poca gente sabe la cantidad de papeleo que genera una construcción (miran más la actividad frenética, la maquinaria y los montículos de materiales), especialmente una obra de estas dimensiones: recibos de materiales, sueldos de los albañiles y 7
operarios, gastos varios y variados. No es un trabajo glamoroso, pero lo hago competentemente y no me pagan mal. Hace muchos años (o me lo parecen), cuando acababa de salir de la universidad con mi título de ingeniero de caminos, pensaba que acabaría construyendo presas y puentes, no llevando las cuentas, los inventarios y los impuestos. Pero ahora creo que lo prefiero, especialmente después del accidente. § Nadie supo a ciencia cierta cómo sucedió exactamente. Un momento estaba revisando el colado de unas piezas para el soporte de los ascensores, y al abrir los ojos estaba en una cama de hospital, lleno de tubos en los brazos y nariz, y con gente cariacontecida alrededor, algunos amigos y familiares, otros a quienes no conocía. Más tarde me contaron que un chofer de un camión había faltado esa mañana, y había mandado en su lugar a un primo suyo que necesitaba el dinero y que le había dicho que sabía conducir los camiones concreteros. Al enfilar en reversa derribó un muro recién construido que me cayó encima y no me mató de milagro. La pierna izquierda, sin embargo, quedó perforada por las varillas de acero de refuerzo, y aunque no me la tuvieron que amputar quedó prácticamente inservible durante bastante tiempo. Fueron muchos meses de rehabilitación, 8
antes de poder usar el bastón, y volver aprender a andar, e incluso más tiempo antes de poder caminar sin asemejar un pingüino borracho, sin poder evitar que los niños se rieran a mi paso. Los niños pueden ser muy crueles sin quererlo, ya se sabe. ¿O será que sólo lo son de manera menos hipócrita? Yo ya no fui nunca el mismo después del accidente, pero de eso ya ha pasa mucho tiempo, y ya nada de eso importa. Hay otras cosas más urgentes ahora. § Creo (aunque no podría jurarlo) que fue después de saber del acelerador de partículas que me di cuenta de que (por así decirlo) todavía tenía muchas cosas pendientes en mi agenda. Me imagino que fue el sentimiento de inminencia, exacerbado y puesto a flor de piel por el accidente aquél que casi me cuesta la vida. Si ya de por sí toda mi vida había tendido a ser reservado, ahora ya francamente creo que más bien me convertí en un ermitaño. Sentía que a mis amigos, con los que antes me iba de paseo o de juerga, mi bastón omnipresente los frenaba; a las chicas que alguna vez me sonreían ahora les provocaba un sentimiento confuso entre la lástima, la curiosidad y la repugnancia. Tal vez no podían menos que imaginar heridas sobre un cuerpo desnudo, pues seguro ellas, como nosotros 9
los hombres, imaginan, queriéndolo o no, el posible campo de juego del sexo en las parejas potenciales que se encuentran. Al tener alguna noticia no tanto de la compleja maquinaria que se construía en Ginebra o de su propósito oficial, sino de la posibilidad de que acabase con el mundo (por más infinitesimal que pudiera ser esa posibilidad), la sensación de cosas inacabadas me asaltó con furia, como en un sitio medieval, con ballestas, catapultas y ollas de aceite herviente. Sabía que tenía que hacer algo, pero no estaba seguro de qué exactamente. No me planteaba en ese momento salvar al planeta, no, eso era algo imposible, fuera del alcance mío y de mi bastón. Más bien era cerrar mis asuntos pendientes, acabar las tareas a medias, hacer las cosas que siempre había querido hacer pero siempre había dejado para después. Qué cosas, eso ya era otro asunto que no estaba claro, pero sabía que había cosas por hacer, y que de una manera u otra debía acabarlas, antes de que un lejano mecanismo científico en Suiza acabara con todos nosotros, y no quedara ya ningún rastro de nada, y todo esto dejara de importar. § “Acelerador de Partículas”: Ciertamente era un 10
nombre paradójico. Aceleraba no sólo partículas fundamentales e invisibles. Estaba acelerando todo, el tiempo mismo. El tiempo que queda. El tiempo que nos queda. Me pregunto si alguien más lo sabe. ¿Cómo podría ser que sólo yo sepa esto? "Colisionador" suena más exacto. Pero, ¿qué es lo que choca, y en donde, y contra qué? Por otro lado (el otro día me lo preguntaba mientras les daba de comer a las palomas en el parque al lado de la construcción) saber del fin de todo con esta certidumbre cristalina y absoluta me podría condenar a la marginalidad, al silencio. ¿Si la gente no lo sabe ya (deberían saberlo, ha salido en los diarios, en la televisión) cómo podría convencerlos? A mi no me persuadían las declaraciones de un científico bastante mediático que afirmaba con rotundidad que toda esa idea era absurda porque en la naturaleza constantemente ocurren colisiones subatómicas tan potentes como las que se producirán en el LHC. Si hablo de lo que sé (porque lo sé ahora, aunque al principio no estaba seguro) me calificarían inmediatamente de loco, de iluminado, y me ignorarían aún más de lo que lo hacen ahora. Por eso me pregunto (y no seré, seguro, el primero que se lo pregunta) ¿quienes están mejor, los que saben o los que ignoran? ¿Hay quienes saben, pero prefieren convenientemente ignorar? ¿es de verdad posible eso? 11
Ahora en mis caminatas, en mis paseos (pero también cuando voy al supermercado o al banco, cuando voy en el autobús por la ciudad, cuando estoy en el lavabo, cuando voy o vuelvo, cuando trabajo o descanso) tengo una nueva sensación. Nueva para mi, claro. Me imagino que otros la han tenido antes y otros la tendrán. Me imagino que hay pueblos enteros que viven cada día con este sentimiento que a falta de otras palabras tendría que llamar de "inminencia", de saber que algo tarde o temprano ha de suceder, algo duro, difícil, triste, pero también absolutamente inevitable. Me imagino que es así entre los chinos, los africanos, los latinoamericanos, que siempre están a la espera del próximo desastre natural, del próximo episodio de violencia descontrolada, del próximo derrumbe de la economía, o gobierno, o (más cerca de casa) de la próxima muerte o asesinato o extravío de alguien cercano. Sociedades como la nuestra (Primer Mundo, dicen) ya no conviven con ese sentimiento tan humano, tan cercano a los hombres durante tantos milenios. Esa certeza que durante siglos y siglos fue el dato más próximo del individuo ahora al parecer se ha desvanecido (fuera de guerras catastróficas como las que hace generaciones no se padecen), y sólo renace como un vago miedo sin rostro, aleccionada por el político de turno, para manipular el ánimo de los votantes, más mito que certidumbre, más 12
leyenda que reportaje o informe oficial. Por eso, tal vez, cuando les hablo a los demás de la inminencia de esta catástrofe me miran raro, como si estuviera loco. Bueno, he de decir que no todos lo hacen ... § Conocí a mi colega en esta extraña aventura de una manera también extraña y a la vez banal. Estaba un día bastante frío de noviembre alimentando a las palomas durante mi hora de almuerzo. El parque estaba casi vacío, aunque el frío era soportable y el sol por todo lo alto reconfortaba, aunque no calentaba del todo. Había comprado una revista de divulgación científica que traía un artículo sobre el tema que me últimamente me obsesionaba, y después de leer un rato la había dejado abierta sobre la banca del parque. Ni siquiera escuché a nadie acercarse o sentarse en ella porque estaba inmerso en la tarea de desmenuzar pan seco, cuando su pregunta me sacó del ensimismamiento: "¿La partícula Dios?". Evidentemente así, fuera de contexto, ¿que se puede contestar? Quien había formulado la pregunta era un hombre de unos sesenta años, gordo, con una barba poblada y canosa pero algo calvo. Vestía elegantemente, pero sin lujos; quiero decir que vestía como alguien que había prestado mucha atención a su apariencia, pero que seguramente no tenía los medios económicos para gastarse mucho dinero. Manuel 13
Salvatierra (como después supe que se llamaba ese hombre) había sido chofer de limusinas toda su vida, y ahora estaba jubilado. Su empleo le había obligado a ir siempre correctamente vestido, y ahora que estaba jubilado simplemente había seguido la costumbre, por lo que su apariencia carecía por completo de afectación o vanidad. Sin embargo, no podía dejar de llamarme la atención tanto su abrigo y corbata impecable tanto como su pregunta. "Algunos le llaman así: La partícula Dios... ¿Sabía usted que en realidad se llama boson Higgins?". Otra pregunta tremendamente críptica que habría hecho saltar corriendo a cualquier otro, así, salida de la nada en un parque desierto, pero afortunadamente yo acababa de leer el artículo aludido y sabía que se refería a una de las partículas elementales que el acelerador LHC se suponía que había de descubrir, probar, elucidar o como quieran llamarle. Una partícula infinitesimal, extraña, imposible, que habían llamado así los teóricos de la imposibilidad y la implausibilidad porque (supuestamente), y por extrañas razones también teóricas (ahí donde la física y la matemática tienen más de magia que de observación y racionalidad) era la que posibilitaba tener masa a todas las demás partículas del universo. De hecho, había dejado de leer el articulo para dar de comer pan a las palomas porque la idea misma me había mareado enormememente, y me 14
había dejado un poco lelo. Lo único que le pude responder era que no había llegado hasta esa parte, pero que ¿por qué no? Manuel se había dedicado a dos cosas en su vida profesional: a conducir limusinas para llevar a otros (generalmente poderosos o famosos) a ciertos lugares, y luego a esperarles mientras hacían sus cosas. La consecuencia inesperada en alguien espabilado pero con pocos estudios como Manuel es que había podido leer muchísimo durante su vida, no tanto para satisfacer la curiosidad, o por necesidad estética, o para obtener información, sino simplememente porque se aburría soberanamente. Esto se veía inmediatamente por la manera en que a veces establecía sin ningún rubor conexiones entre hechos completamente dispares, simplemente por el hecho de haberlos leído en secuencia. Así, por ejemplo, alguna vez afirmó sin inmutarse que el conflicto arabe-israelí se debía a una confusión en la manera en que cada uno de los bandos celebraba las fiestas. No tengo ni idea qué quiso decir, pero fuera de estas excentricidades resultó ser un compañero fiel y confiable en nuestra misión. Bueno, ya pensándolo, hasta podría ser cierto, de alguna manera. Porque Manuel también había estado pensando mucho en el tema del Fin del Mundo desde que se anunció la construcción del Acelerador, y fue también la noticia de la denuncia presentada por Sancho y Wagner la que le 15
hizo pensar en esos temas. De vez en cuando nos seguíamos viendo a la hora de mi almuerzo en ese parque, les dabamos de comer generosamente a las palomas que acabaron acostumbrándose a nuestra presencia ahí, y en cuanto nos veían se agolpaban enfrente de nosotros para recibir las migajas, indiferentes, al parecer, al contenido de nuestras conversaciones: el apocalipsis, las partículas elementales, y los grandes aparatos que construían los científicos para diseccionar el tejido de la realidad. Todo lo que querían era comer, y lo más posible. Su tiempo definitivamente era distinto al nuestro. § Recuerdo haber visto alguna vez una foto en la que se veía a un trabajador de la construcción del LHC a mitad de la faena, pero mirando a la cámara distraídamente y saludando enmedio de un alambicado y gigantesco conjunto de tuberías y cables que asemejaban un monstruoso pulpo de las profundidades a punto de engullirlo sin miramientos. La imagen me persiguió durante todo un día, pero al despertarme al día siguiente se había ido. No recuerdo qué soñé aquella noche, pero desperté sudando aunque hacía bastante frío. Era diciembre, creo. § 16
Por esas épocas también pensaba en otras cosas, por supuesto. Pero debo decir que nunca había sido un gran memorioso. Mi hermano mayor, él si que lo recordaba todo, hasta el último detalle de nuestra infancia (o al menos eso creímos todos los que al parecer recordábamos menos: ¿quién si no podría ser el árbitro de la verdad, sino el único que la recordaba o la conocía, o el que sobrevivía al crimen o al accidente?). Él podía decir a qué habíamos jugado en una visita al campo cuando teníamos 6 y 8 años respectivamente, o quién había dicho qué a quien en una cena familiar, una navidad lejana. Yo la mayoría de las veces no tenía ni idea de lo que me hablaba, como si hubiese un gran agujero negro en mi cabeza a donde fuesen a parar las cosas que me pasaban después de un cierto tiempo. En todo caso, yo ahora recordaba muchas cosas que al parecer habían quedado archivadas en algún lugar de mi mente, archivo 17
muerto apartado de la luz de la ventana, pero que ahora volvían intempestivamente y sin mucha organización o concierto. Creo que todo eso cambió a partir de mi accidente. No sé si fue por todo el tiempo que tuve entre manos en esos meses de baja, y que sentía que moría. No lo sé y no importa ya, o al menos eso creo. Mientras trabajaba ahora intentando abstraerme del ruido de la construcción del gran edificio, medio en la ensoñación del aburrimiento y medio aletargado por los martillos hidráulicos rompiendo la roca, recordaba cosas, como aquella ocasión en que había ido a una excursión con un grupo de amigos y me habían dejado atrás, dormido en una tienda de campaña, mientras iban a emborracharse y a perder sus virginidades al pueblo cercano. Después dijeron que no quisieron despertarme, pero yo siempre creí que era porque sentían que sería un estorbo por ser el más tímido y torpe del grupo. Seguí viéndolos unos años más, y luego me arrepentí mucho de haber seguido tratando con ellos después de subestimarme tanto. No eran malas personas, yo creo, pero hasta las buenas personas son a veces capaces de crueldad y de mal, o al menos de equivocarse profundamente. A veces volvía a pensar cosas así. No sé si era memoria. Era algo parecido, entre el reproche, la nostalgia y 18
la confusión, un duermevela de la conciencia en el que se agolpaban emociones dispersas y a veces contradictorias frente a mi, como esas palomas que esperaban impacientes su pan, frente a mi en la hora del almuerzo, expectantes, esperando a que yo que hiciera algo, por fin, y les lanzara un mendrugo de pan. § Manuel y yo comenzamos a frecuentarnos, y yo hasta comencé a beber con él en un bar cercano a casa (cosa que nunca me había gustado, pues no encontraba placer en los lugares ruidosos y llenos de humo, o en el ambiente melodramático que rodea al ritual de beber alcohol, además que beber más de una copa siempre me destrozaba el estómago). Estar ahí hablando nos hacía sentir menos solos, supongo. Hablábamos del acelerador de partículas, y de cómo era posible que no hubiese más gente que supiese como nosotros que se estaba cometiendo un enorme, profundo e irreversible error. Una tarde decidimos que iríamos a Barcelona a tratar de hablar con Luis Sancho, uno de los promotores de la fallida demanda judicial para detener la construcción de la instalación. Al día siguiente decidimos que si Sancho había ya intentado por medio de los tribunales detener todo esto, probablemente lo que le propondríamos 19
(todavía no sabíamos lo que nos proponíamos, pero ciertamente no era una demanda judicial) le parecería desesperado. Pero eso eramos entonces: hombres desesperados, y conforme avanzaban los días se acercaba la fecha en la que se encendería el enorme y caro aparato enterrado en un túnel cercano a Ginebra, y la Tierra, y posiblemente el universo entero, se acabarían a causa de la lógica perversa de los números y las leyes de la física, una lógica fuera de lo humano, incapaz de ser conmovida por la vida o por la muerte. ¿O sería así realmente? § En los ejercicios de memoria resurrecta que este tipo de pensamiento producía a veces aparecían cosas que alguna pulsión extraña había enterrado, y con ellas las pulsiones mismas reaparecián con sus patitas inquietantes de bichos sobre el corazón palpitante. Marisa volvió así un día curiosamente cálido de febrero. Yo era muy joven, infinitamente joven cuando la conocí, pero no sabría decir exactamente qué edad tenía ella. Esa era otra peculiaridad de las memorias prófugas (como a veces las llamaba), que en algunas cosas eran extremadamente exactas y detalladas, y en otras (a veces las importantes) eran vagas e imprecisas. Recuerdo de ella que era 20
muy hermosa (aunque a decir verdad seguramente muchas de las muchachas de su edad eran muy hermosas simplemente por su profunda juventud de carnes firmes y sonrisas fáciles). Pero Marisa también era muy elegante, y en esa época recuerdo que me apasionaban las mujeres elegantes como estrellas de cine de antaño, a la Hepburn o Bergman. Tenía unos pechos incipientes pero ya arrogantes, y una largas piernas que a veces dejaba ver con faldas pequeñitas, segura del poder de su propio cuerpo, aunque era callada y no era ni presumida ni vanidosa, según la recuerdo, a diferencia de algunas de sus amigas que gritaban en lugar de hablar. Su elegancia en este caso también era una especie de distancia, de ausencia, de silencio, y es esa pátina la que hoy me queda asociada a su misterio, una densa y luminosa ausencia que se ve reforzada por el hecho central y definitivo de que nunca tuve las agallas para dirigirle la palabra. Aunque estaba patéticamente enamorado de Marisa, nunca le dije nada, y todo fue brumoso en ese torrente atascado de sentimientos como los que hay bastantes veces en los patios de colegios. El hecho de que fuese mayor que yo no ayudaba, pues entonces, cuando eramos jóvenes, igual que hoy supongo, un año o dos es como una década para quienes aún no saben medir el tiempo más que en relojes horteras y horarios de clases. 21
De ese amor hecho de arrepentimientos, vacilaciones, deslumbramientos y sexualidad reprimida me quedan algunas cosas que han vuelto de su exilio, pero la sensación de haber perdido una oportunidad enorme, por absurdo que suene esto, es la que impera sobre ellas. Por qué no le dije nada nunca (entonces no era la persona tímida y retraida que soy ahora, y varias niñas se disputaban mi atención y mis palabras), por qué no hice o intenté nada, cuando con otras muchachas tuve fracasos y derrotas, triunfé o hice el ridículo sin darle demasiada importancia, no lo sé aún ahora. El caso es que Marisa desapareció de mi conciencia durante muchos años, pero volvió ahora, cuando pienso tanto en el fin del mundo. No sé por que le hablé de esto a Manuel, pues no suelo ser afecto a las confidencias. Tal vez había bebido un poco más de la cuenta, o porque nuestra obsesión común nos había hecho más complices de los que pensábamos. Manuel Salvatierra dijo una cosa que me demostró que ese chofer de limusinas tenía intuiciones, además de buena memoria para las cosas que leía. Para el, estas cosas volvían porque el tiempo se acababa, y había que hacer cuentas. Yo quise rebatirle con razones, pero más que nada, lo sé ahora, para intentar recuperar un terreno íntimo que había abierto a la luz ajena probablemente demasiado pronto, pero fue inútil. Tenía razón. Además, y más importante, había otra 22
cosa perturbadora y paradójica. Comenzaba a sentir, no sé cómo ni porqué, que a diferencia de aquellas cosas nimias y lejanas de las que me arrepentía o me reprochaba, de todo eso que ahora recordaba como pendiente, perdido o desaprovechado, ahora, al paso inevitable del tiempo, ahora, hoy (y en un asunto infinitamente mucho más difícil, un problema de dimensiones cósmicas, de consecuencias ontológicas, universales y absolutas), tenía yo, mi persona individual insignificante, un papel que jugar, una posibilidad de cambiar de una vez y para siempre, el destino, el curso inevitable de los acontecimientos § Pero, ¿era el LHC el único signo del final de los tiempos? ¿No estábamos ya rodeado de ellos? Esa conversación con Manuel surgió después de que, tras un largo recorrido por el Metro de la ciudad, escuché la palabra "crisis" demasiadas veces, y en las conversaciones de la gente un sentimiento de desastre que creo que hace muchos años no había, o en el que tal vez no había reparado antes. ¿Estaba haciendo trucos también en esto mi memoria? Para Manuel, atento siempre a lo que decían los pasajeros de su limusina (podrían ser indicaciones de adonde ir o preguntas a las que había que 23
contestar), ese pesimismo generalizado había comenzado precisamente enmedio de la euforia de un siglo nuevo, después de que mucha gente se diera cuenta de que era absurdo que el mundo acabara en el año 2000 sólo porque era un número redondo, o porque los ordenadores se equivocarían al renovar sus relojes internos. Ahora todo parece un poco ingenuo, pero se habló mucho de esto entonces. Yo no lo viví de cerca porque precisamente acababa de suceder mi accidente, y un día es igual que otro en un hospital, y en los días festivos la única diferencia tal vez es que los médicos o las enfermeras están o más alegres o más malhumorados que otras ocasiones, dependiendo de los planes y reuniones que se estaban perdiendo o ahorrando. El caso es que todo mundo parece tener la sensación de que la Historia da un vuelco, que una época se acaba, que todo es diferente, más nuevo o agonizante (otra vez, dependiendo del talante y las circunstancias de cada uno). Razones objetivas o subjetivas para pensar eso siempre las hay: la gasolina sube o el petróleo se acaba, el medio ambiente se degrada, el clima se vuelve más extremo, los políticos más cínicos, los sacerdotes, rabinos y popes más irrelevantes. La situación económica, las guerras, el terrorismo, la 24
corrupción, la pedofília, Internet. Los cambios son constantes, todo se acelera, parece que va a peor cada cosa, todo se va a la mierda. Escuchar todo eso durante mi trayecto en el Metro me hizo pensar en mi propia obsesión (en la nuestra, cuando hablo con Manuel), y pensar que todo eso (que a la gente le asustaba) palidecía frente a la posibilidad efectiva de la destrucción del tejido físico mismo del universo, de su consistencia misma, que se gestaba poco a poco en un túnel subterráneo en Suiza. En el parque, con nuestro sandwich en la mano, Manuel y yo nos dimos cuenta de que en poco más de un mes, según decía la prensa, acabarían las pruebas de los componentes del Large Hadron Colider, y que poco después una mano anónima pulsaría un botón para echar a andar el mecanismo, y ya no habría vuelta atrás. Aunque ni él ni yo pensábamos que vivíamos en el mejor de los mundos posibles, o llevábamos vidas envidiables, decidimos ahí y entonces que debíamos hacer algo para impedir lo que parecía inevitable. Héroes improbables, en ese momento no nos pareció algo ridículo, solemne o estrambótico. Hasta bromeábamos: Manuel Salvatierra debía hacer honor a su apellido. § 25
Traté de imaginarlo: ¿cómo sería?, es decir, si pasaba lo que temíamos, ¿como acabaría el mundo? ¿nos daríamos cuenta? ¿tendríamos tiempo de saber lo que estaba pasando? ¿o todo pasaría en un pestañeo? Primero, ser, y un poco después, ya no. Y eso era todo. Ni una luz, ni un ruido, ni una vibración, y la realidad dejaría, simplemente, de ser. Cuesta trabajo imaginar lo imaginable. Ahora, mientras caminaba hacia la tienda, lo intentaba. Un coche estuvo a punto de atropellarme, lo cual habría hecho de golpe todo esto absolutamente irrelevante, al menos para mi. § Planificar y organizar todo eso nos llevó un par de semanas, y nos lanzamos a ello con la convicción inquebrantable de los fanáticos. Enmedio del caos de la construccón del edificio, y tras una ola de despidos y parones (por qué más, si no por la famosa "Crisis"), a mí no me fue difícil ir sustrayendo poco a poco (sin que nadie se diera cuenta) algunos cartuchos de los explosivos que se utilizaban para romper las rocas de granito de la excavación. Manuel se movilizó con sus contactos entre los choferes para conseguir una camioneta negra tipo comercial. Mientras mirábamos mapas y catálogos en mi casa intentábamos pensar en todas las posibilidades. Era la primera vez en años que invitaba a alguien a mi departamento, y no me 26
importaba que Manuel viera la cantidad de cosas que había acumulado compulsivamente de los contenedores de basura desde mi accidente, y que ocupaban una buena parte de la superficie de mi departamento. La lista de cosas por hacer y de objetos por conseguir era muy larga, y nuestro entusiasmo frenético, nuestra atención al detalle, nos impedía a veces pensar de manera global qué era lo que teníamos (o podíamos) que hacer para evitar la puesta en funcionamiento del LHC. Hacíamos planes y los desechábamos. Queríamos evitar llevarnos entre las patas a gente inocente (pensábamos que incluso entre los que trabajaban en el LHC habría gente que, a pesar de que deberían saber lo que se gestaba ahi, eran, en estricto sentido del término, inocentes. Manuel dijo algo de unas ovejas para el sacrificio, pero me temo que no le puse suficiente atención como para recordar a qué se refería). Un plan que una semana tenía mucho sentido y lo elaborábamos hasta conseguir todo lo necesario, en un santiamén y a partir de un pequeño detalle que no habíamos previsto perdía de pronto todo sentido y se volvía una quimera, cuando no un absurdo del que nos avergonzábamos haberlo concebido. Era sin duda un proceso muy frustrante. Pero seguimos, perseveramos, luchamos contra las frustraciones y las desilusiones. Manuel y yo nos 27
hicimos tan hermanos como soldados en un campo de batalla, cuando todo deja de importar y lo único que es real es lo que el otro también puede ver, la convicción conjunta. Sabíamos que pronto lo único en lo que podríamos confiar sería uno del otro. § Fue entonces cuando sucedió algo que me dejó muy alterado (bueno, más de lo que ya estaba). Se acercaba la fecha anunciada para la puesta en funcionamiento del acelerador, y Manuel y yo trabajabamos en el "Proyecto" (como ahora lo llamábamos) sin pausa, casi descuidando todo lo demás (incluso el trabajo: recibí más de una llamada preguntando donde estaba en horas de oficina). Estabamos francamente nerviosos y estresados: las ideas se desmoronaban una tras otras, y se nos acababa el tiempo. Veíamos el calendario volar como hojas de otoño, y a pesar de nuestros esfuerzos era poco lo que podíamos hacer. Incluso llegamos a tener una pelea idiota, crispada, por una piezas que ambos entendimos que el otro tenía que ordenar por correo y que tras una semana de retraso descubrimos que no llegarían porque nadie las había ordenado. No poder evitar la destrucción del Universo por un error infantil es una culpa con la que, francamente, es difícil lidiar. En fin, 28
Manuel se fue a su casa de mal humor, y yo me quedé rumiando sombriamente abandonar todo el Proyecto. Enmedio de estos nubarrones recordé el momento exacto cuando perdí eso que llaman la fé religiosa, y que yo concebía como la esperanza de que hubiera un Dios que justifique datos y hechos de la existencia que por sí mismos no tienen una justificación. En esa memoria recobrada (pero siempre sospechosa) que a veces me acechaba, aparecía como un niño que tras ver una pelicula de superheroes sube a un árbol con una capa improvisada atada al cuello y se lanza al vacío seguro de que todo lo que piensa no puede estar equivocado. Por supuesto que como adultos esa exacta sensación y ese exacto momento se repite para todos (excepto para los más idiotas o los más malévolos), pero sin esa urgencia de necesitar saber de una vez y por todas. El golpe contra un suelo irrefutable me dejó un moretón inocultable sobre la boca, que anunciaba a viva voz y para todos mi error garrafal, pero recuerdo (o recuerdo recordar), que con la certeza de que los superheroes existían se desvaneció todo un orden, todo un sistema de creencias, que incluía lo que sabía, o que me habían explicado de esa manera elemental que se explican las cosas a los niños, sobre cómo funcionaba el Mundo, esa cosa 29
sorprendente y total que a mi edad tierna e impresionable descubría por primera vez. Si no existía Superman, pensé, no podía, de ninguna manera, existir Dios, en una regla de tres inescapable. Si los pequeños, pero impresionantes, poderes son imposibles, los absolutos son absurdos. Esa fue la primera vez que me sentí extraño, extranjero, diferente, el otro, y tras ello cada visita a la iglesia (hubo algunas, hasta que mis padres se cansaron de mis lágrimas) se convirtió en un castigo, en una constatación de mi incapacidad de creer, como los otros, que decían que creían (hasta puede que lo hicieran realmente). Lo que pasó aquel día de marzo es que leía que durante alguna de las pruebas parciales de los instrumentos y los gigantescos imanes del LHC, algo había ido muy mal, había ocurrido un incidente, y los desperfectos habían sido importantes. Una "conexión eléctrica defectuosa", se dijo en la prensa. La puesta en marcha del acelerador (el final de los tiempos, vaya), se retrasaría hasta junio de este año. ¿Sería que alguien más, con un poder si no absoluto, al menos si mayor al de Manuel y el mío, estaba intentando también detener la destrucción de su creación, imperfecta e incomprensible como era? ¿O habían otros como nosotros, que hacían lo que podían? Creo que no, pero a estas alturas no estaba ya 30
seguro de nada. O en todo caso, solo de algunas pocas cosas, pero el problema es que ni siquiera sabía de cuales. § Poco antes de que Manuel y yo pudiesemos empacar el "equipo", subir a la camioneta y marchar, mi jefe me llamó a su oficina. Acababamos de padecer otra ola de despidos, y se rumoraba que la construcción del rascacielos se paralizaría, y que la compañía estaba en bancarrota. A mi esa reunión me molestaba bastante, y no porque temiera que tocara mi turno en los despidos (después de todo, ¿qué tan importante podía ser eso, frente a lo que se nos avecinaba a todos?). Era simplemente que aquel sujeto me repelía profundamente: desde el primer día en que lo conocí no hizo más que causarme una repugnancia casi física. Ojos pequeños, barriga amplia, manos torpes y anchas, siempre con pretensiones de ejecutivo que no podían ocultar su condición de pobre diablo. Y todo eso antes de descubrir cómo actuaba y lo que pensaba. Perdonen, uno tiene prejuicios, como todos. Alguna vez se había quedado tarde a trabajar (más por incompetencia que por dedicación), y como estaba aburrido se había acercado a hablar conmigo. El resúmen de lo que pasaba por su 31
cabecita loca no tiene mucha importancia; baste decir que se trataba de algunas medias ideas acerca de la importancia de los mercados y el capital que se mezclaban con una olorosa noción de la superioridad de Occidente y la raza blanca, capaz, decía aquel sujeto, de "levantar edificios impresionantes" como el que se construía tras la caseta de administración (olvidando convenientemente ziggurats, pirámides, grandes murallas y ciudades de gran trazado). No me extenderé sobre el penoso asunto de su simulacro de pensamiento. Además, dicho sujeto encontraba bastante entretenido humillar a los otros, aunque profesaba ser muy devoto y gente decente. Esas declaraciones caían pesadamente en mi ánimo, de tan vacías. Era semejante a aquellos que podían decir (aunque fuese en dos conversaciones diferentes) que eran buenas personas, y que eran cazadores o les gustaba el toreo. Nadie que haga de matar un deporte o un espectáculo podía ser "buena persona". A mi también me había tocado alguna vez recibir su desprecio o burla, pero había callado y lo había dejado pasar para no levantar el polvo. Tenía pinta de ser una persona violenta, y yo no tenía ganas de comprobarlo, aunque después me había de tragar amargamente las ganas de decirle algo, o darle un par de bofetadas. 32
Lo que quería exactamente ese día el jefe no lo tengo claro aún ahora. Me parece que quería un confidente para sus temores de que le tocara a él en la próxima tanda de despidos. No en balde (aunque en la jerarquía de la constructora era un pez bastante pequeño) su sueldo equivalía al de 6 operarios (lo cual no es decir mucho, tampoco). Le dejé hablar un rato, y luego, para mi sorpresa, le dije a quemarropa: "Sabe, lo único que me preocuparía a mi de que le echáran, es que su familia, sus amigos, su madre o su perro tendrían que aguantarlo todo el día. Y eso no se lo deseo ni a mi peor enemigo". Yo no sé quien de los dos estaba más sorprendido de las palabras que habían salido de mi boca, si yo o el. Lo que sí se es que habían salido de muy cerca de donde yo estaba realmente, de donde yo sentía, de donde miraba todo lo que pasaba a mi alrededor. Su rostro se puso rojo y tenso, sus manos se crisparon, pero no pudo o no supo hacer nada. Yo salí de mi asombro lo suficiente para gritarle que renunciaba, y salir de ahi, de esa construcción en la que había trabajado los últimos años, con los pies rápidos (a pesar de mi cojera) y el corazón ligero. Nunca, ni antes ni después, me había sentido tan libre, tan dueño de mi mismo. Ni siquiera recogí las pocas cosas que tenía en mi escritorio. Cuando esa tarde le expliqué la escena a Manuel, no paraba de reir a carcajadas en el bar. 33
§ Tras el episodio de mi "jubilación anticipada" pude disfrutar de tiempo libre, que dediqué con tesón a poner todo a punto y en orden para el viaje. El plan había finalmente adoptado una forma más o menos definida, se había sedimentado, digamos, en una secuencia de acciones razonable (a estas alturas lo que era o no razonable podía ser discutible para un observador externo, pero no para Manuel o para mi). Había detalles que cuidar, cosas por conseguir, y gastos, gastos, más gastos. En eso se fue la mayor parte de los ahorros que había logrado reunir durante los últimos años. Cuando hay leyes un poco rigurosas, la gente no sabe cuanto puede llegar a costar una pistola usada en el "mercado negro", que en nuestro caso se materializó en un marroquí que se nos acercó un día que estabamos en un mercadillo buscando una compresora portatil (olvido ahora para qué la queríamos entonces, exactamente, a qué parte del plan pertenecía) y nos dijo que la había encontrado tirada por ahi (junto con unas balas.... sí, ya, teníamos cara de idiotas, seguramente), y que se la quería sacar de encima por una cantidad que solo a alguien muy, muy cínico le podía parecer "módica". Como al parecer sí que eramos un poco idiotas y habíamos ido al cajero automático a exprimir hasta el último Euro disponible para pagarle y ahora le 34
veíamos en un callejón, con nuestras manos llenas de billetes y la suya con un arma cargada, dudó un momento, pensando, me imagino, si debía tan sólo tomar el dinero, encañonarnos, salir corriendo y buscar otro par como nosotros para repetir la escena. Se lo pensó mejor (me imagino que más por pereza que por otra cosa) y nos entregó el arma y las balas, y desapareció. Al fin teníamos casi todo lo que necesitamos. Se acercaba el día, y estabamos nerviosos, pero más que nada emocionados, expectantes, a veces hasta solemnes. La gente que pasaba por la calle no podía saber todo lo que estabamos haciendo por ellos, para que pudiesen seguir haciendo lo que hacían, pasear al perro, conducir al trabajo, jugar con latas en el parque, ser infieles, ir a misa, vender pistolas en el mercadillo... § Lo de la pistola había sido idea de Manuel. Algunas veces durante su vida de chofer de famosos y ricos le habían pedido que llevara encima una pistola "por si acaso", e incluso le habían pagado algunas clases de tiro que él había afrontado como una parte más del trabajo, sin entusiasmo pero sin asco. Simplemente se había puesto a la labor, y resulto tener una puntería aceptable. Respecto a qué papel jugaba un arma en 35
nuestro plan, eso no estaba claro. Yo me había resistido mucho a comprar la pistola, y sólo acepté cuando Manuel me dijo que la llevaríamos descargada, para asustar o amedrentar si hacía falta. Cuando Manuel acepto sin chistar el puñado de balas que nos dió el marroquí recuerdo que me quedé extrañado, pero no quise darle más vueltas al asunto. Seguramente dejaríamos las balas en casa antes de salir y asunto arreglado. § La noche antes de salir a carretera me costó mucho dormir, y cuando al fin lo conseguí tuve un sueño muy extraño. No sé en los demás, pero en mi caso los sueños que me afectan tienen todos una naturaleza fragmentaria, y nunca pueden verse en perspectiva, como si fuésemos testigos (y no actores) de lo que pasa, como desde una colina, digamos, o desde una torre. Esa noche me parece recordar que estábamos Manuel y yo en un largo y obscuro túnel, siguiéndolo a la luz de las linternas. Llevábamos mucho tiempo caminando, y por el centro del túnel corría una larga tubería. Todo lo demás estaba vacío, ni cables ni nada de nada en las paredes. Parecía un alcantarillado, pero recordaba vagamente algunas de las fotos del Acelerador. Todo estaba en silencio, y sólo oíamos nuestros propios pasos. 36
Después, como si hubiese cambiado todo en un parpadeo, estaba yo solo en una gran estancia parecida a un gimnasio o a una cancha de basquetbol, pero vacía y poco iluminada. Bueno, primero me pareció verla vacía, pero después me dí cuenta que habían una especie de gradas pequeñas, casi apenas una hilera de bancos donde, ahora que mis ojos se habían acostumbrado a la penumbra, veía a una muchacha sentada, mirandome. Era Marisa, que me esperaba, riendo en voz baja, discretamente. Bella y lejana, como siempre. O al menos eso me pareció porque inmediatamente la figura había desaparecido y estaba otra vez en el túnel con mi linterna, intentando seguir adelante sin saber bien a bien hacia donde iba. Luego, algo pasó que me molestó, pero esa parte no la pude recuperar: se la comió el sueño. Lo siguiente que recuerdo es salir a la luz, por una compuerta que daba a un desierto inmenso, con apenas un par de arbustos secos, y un yermo castigado por la luz y el calor solares de mediodía. Recuerdo sentarme en una piedras y sentirme desdichado y viejo, como resignado a que se acercaba mi final (un final, al menos), e incapaz de hacer nada. Sabía de alguna manera que yo no era viejo todavía, pero algo hacía sentirme así, con ese sentimiento de que todo lo que es significativo ya había pasado, y que lo que quedaba (fuese lo que fuese), ya no era relevante o importante: solo 37
cosas, eventos, detalles. De alguna manera, en algún momento, había perdido el tren, o tal vez era yo quien se había bajado en una estación desierta, y el tren, todo lo demás, el mundo entero, había seguido adelante sin mi, sin recordarme siquiera. Eso último me había puesto muy triste. No el quedarme en tierra, sino el hecho de que nadie se diera cuenta de ello. Pero, carajo, si ni siquiera yo me había dado cuenta hasta que ya nada podía hacerse, y así, ¿cómo reprochar al universo entero por mi abandono, por el olvido? Era una sensación rara y despechada, como quien mira desde el borde de un rio y sabe intimamente que no es el rio el que pasa, sino nosotros, los que lo miramos. Pero ¿qué puede hacer de verdad quien sabe que se le acaba el tiempo? Ni siquiera se trata de un rio que se pueda parar con una presa, o controlar con canales y tuberías, como incluso se puede hacer con partículas atómicas a velocidades cercanas a las de la luz mediante potentes imanes. Si has perdido el tempo, ya está, jamás vuelve. En el sueño recordé a Marisa otra vez, a mis amigos de infancia, mis aspiraciones profesionales y expectativas sentimentales, todas rotas alguna vez y en algún momento, y casi pude ver, casi tocar con la punta de mis dedos al final de mi mano extendida la superficie fría del momento exacto en el que supe que mi vida había fracasado. Es curioso que de mi accidente no recordara en ese 38
momento nada, o que no apareciera ahí. Tal vez se debía a que de alguna manera yo sentía que eso me había pasado a mí, pero que no me implicaba de ninguna manera importante, que no había sido mi responsabilidad, que no tenía la culpa, mientras que en todo lo demás sí. Parece mentira (y tal vez lo sea) que todo eso fuera tan claro ahora, cuando en el sueño todo es nebuloso y quebrado, y que después de estar vencido y agotado enmedio de un desierto, pareciera tan natural, tan normal enmedio de tanta locura, estar al siguiente momento en un túnel obscuro, sosteniendo una linterna, y apagarla de pronto sin saber porqué lo hacía. § El viaje en camioneta hasta Ginebra fue tremendamente largo, y la mayor parte me la pasé cabeceando contra el sueño, o mareado. Afortunadamente Manuel estaba acostumbrado a pasar largas horas frente al volante, y no le importó, o al menos no me dijo nada al respecto. Tampoco hizo falta hacer mucha conversación, me parece, porque ambos estábamos cavilando lo que nos disponíamos a hacer. Ni más ni menos que salvar el mundo, lo cual se dice rápido pero... En fin. Yo, al menos, recorría uno a uno todos los detalles del plan que habíamos acordado. Bueno, el plural 39
es engañoso. Las últimas semanas Manuel me había dejado a mi la tarea de hacer el plan. Yo creo que prefirió hacerlo así después de un par de veces en las que ofreció una idea y yo saqué a relucir rápidamente sus defectos. No era mala leche, supongo, porque también lo hacía con mis propias ideas. Era nerviosismo, me imagino yo, al pensar que un error nuestro podría tener consecuencias increíbles no sólo para nosotros, sino para toda esa masa que llamamos con frecuencia la "Humanidad", con mayúscula, y que es tan difícil de imaginar, porque generalmente la imaginación debe reunir los objetos que piensa en un solo espacio (aunque sea mental) para abarcarlos todos de una vez. En resumen, no podíamos cagarla. No sé ahora por qué digo esto. Debo estar cansado. El viaje, ya lo he dicho (lo sé, me repito) fue largo, y más porque lo hicimos de una sola tirada, sin parar más que para comer, comprar combustible e ir al baño. Muchas horas sumido en mis pensamientos, no siempre claros, definidos o certeros. Intenté mirar una vez más el plano de las instalaciones del Acelerador que nos habíamos bajado de Internet, pero casi vomité por el mareo (nunca he podido leer en los transportes), y además no teníamos ni idea si se correspondía con lo que había en realidad en suelo suizo. A pie de página había la leyenda "recreación del ilustrador", o algo así, pero parecía demasiado detallado para ser una 40
invención. Uno nunca sabe con las cosas que salen de ese enorme cajón de sastre en el que si buscas un refugio de mascotas puedes acabar con una escena de pornografía o zoofilia en tu pantalla. No se si lo he dicho antes, pero el LHC era en su mayor parte una instalación subterránea, un túnel oval de muchos kilometros de diámetro por el que corrían tuberías rodeadas de imanes enormes para acelerar progresivamente partículas elementales, y algunas salas gigantescas llenas de instrumentos ultra precisos para medir y registrar las colisiones de estas inconcebiblemente diminutas porciones de universo al encontrarse, en un momento y un espacio precisos, bajo energias y velociades fantásticas. Aunque su construcción había terminado ya hacía bastantes meses, seguramente habrían todavía muchos operarios, especialmente debido a las reparaciones por el "accidente" del que algo habíamos leído, y que había estropeado parte de la instalación. He dicho antes (¿lo he dicho?) que el plan era detallado, y en su mayor parte lo era, pero, lo reconozco ahora, había lagunas tan
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grandes como para navegar en ellas, y ahí solo el azar podría ayudarnos. Una de esas lagunas flagrantes era cómo colarnos en una instalación que seguramente estaría fuertemente custodiada por un pequeño ejército de guardias de seguridad con cara de pocos amigos. Lo único que habíamos acertado a hacer al respecto había sido pintar la camioneta con el logo de una empresa de tecnología de instrumentos de precisión alemana, y habíamos conseguido unos uniformes vagamente "oficiales" con un logo parecido. Habíamos tenido que ahorrar un poco a esas alturas del partido (mis ahorros y los de Manuel eran ya del tamaño de partículas atómicas) y de hecho mi uniforme me quedaba un poco grande, y los logotipos habían sido cosidos por manos poco expertas, las nuestras, y eso se notaba un pelín. Había oído alguna vez una frase famosa del estilo de "la suerte favorece a los...", y ahora no recordaba si acababa con "... los idiotas" o con "... los audaces". En aquel momento ya no había tanta diferencia, la verdad, y si esperábamos, no mucho más, a que se pusiera en marcha el Acelerador a su máxima capacidad, no importaría en lo más mínimo. Por la noche al llegar a Ginebra buscamos un motel en las afueras y dormimos más de 14 horas de corrido sin pestañear siquiera, y en la más absoluta tranquilidad. Eso, a pesar de que sabíamos que llevábamos en la camioneta suficientes 42
explosivos como para hacer volar por los aires todo el motel y las edificaciones aledañas. § Al día siguiente, apenas despertar fuimos al café del motel y nos regalamos un abundante desayuno. Como a partir de aqui estabamos ya en terreno desconocido, intentamos preguntar primero a la camarera y después a un conductor de un camión si sabían hacia donde quedaba el LHC. La primera se nos quedó viendo con cara de no entender nada, y el segundo nos envió a un gran centro comercial del otro lado de Ginebra. Es curioso, pero aunque sabíamos de memoria algunos datos técnicos importantes del LHC (17 millas de diametro, 90 mil magnetos superconductores, enfriados con helio líquido a 1,9 grados Kelvin por encima del cero absoluto que correspondía a -271,3 grados centígrados), desgraciadamente no sabiamos cómo llegar a las instalaciones y ninguno de los dos había pensado en comprar un mapa de la ciudad suiza. Estuvimos algunas horas dando vueltas por ahi y preguntando, pero al parecer nadie sabía donde estaba nuestro objetivo, cosa que nos extraño sobremanera porque aunque el populacho en general pueda no saber de física nuclear (incluso en Suiza), al menos habría ALGUIEN que su 43
primo o amigo trabajasen ahi. Probablemente era mala suerte. La mayor parte del día se nos fue en eso, y nuestro entusiasmo y convicción inciales de la mañana se fueron transformando lentamente en una gran frustración y en cansancio. Cuando ya era hora de comer, nos dimos cuenta de que entre ambos apenas teníamos dinero para un par de hogazas de pan y algo de jamón, así que nos dirigimos a una pequeña tienda a procurar el magro sustento. Después de la compra (y casi por costumbre) le pregunté al propietario (un pakistaní) si sabía donde estaba el acelerador. Cuando me contestó con indicaciones bien precisas, no pude más que mirarlo de reojo con sospecha, e inmediatamente después sentir una ola de verguenza por haber caído en los imbéciles lugares comunes que la prensa y los políticos se habían encargado de cultivar para sus propios bajos fines durante los últimos años. De todas maneras, terrorista o no, me llamo la atención que poca gente supiera donde estaba uno de los centros que deberían de ser (simplemente atendiendo a los numeros publicados aqui y allá) uno de los empleadores más importantes de las afueras de Ginebra. De cuando en cuando me entraban ganas de tomar de los hombros y sacudir a esa gente y gritarles que si no se daban cuenta de lo que estaba en juego, caray, que se trataba ni más ni menos de la supervivencia 44
de nuestra especie, vamos, de todas las especies, que nos ayudaran un poco, que lo intentáran al menos. Pero ya he dicho que soy de temperamento más bien ecuánime cuando no bordeando a timorato, y me contuve. Se comenzaba a hacer tarde, y Manuel no se sentía del todo bien. Durante el largo viaje en carretera se había quejado de un dolor en la espalda, cerca del homóplato, pero no había querido que yo tomara el volante. Mi ligera cojera no me impedia hacerlo. Manuel, sin embargo, ya me había visto conducir alguna vez, y por su reacción entendí que yo no era muy ducho en el tema. Supongo que algo parecido les pasa a los concertistas cuando un amateur toma su instrumento e intenta tocar. Les debe sonar como el fin del mundo, si se me permite la expresión en este contexto un poco fuera de lugar. Yo ya le veía como adormilado, pero imaginé que no había podido dormir bien la noche anterior, y no le dí mayor importancia. El invierno aún no acababa realmente, y los días eran cortos, así que cuando llegamos hasta el lugar que nos había indicado el paquistaní ya comenzaba a obscurecer. La siguiente sorpresa (y el día estaría lleno de ellas) era que detrás de la alambrada se extendía un inmenso pastizal en el que rumiaban apaciblemente unas cuantas docenas de vacas. Nada más. Allá al fondo se podían distinguir con 45
los binoculares unos edificios bajos de dos pisos, con pinta de ser administrativos, pero nada (o poco) más. Atentos como estábamos a esos detalles después de meses de planificación detallada, nos sorprendió también la impresionante falta de seguridad, de guardias armados y perros que en un momento dado imaginamos encontrar, si no por otra cosa o por razones de seguridad militar o estatal, por lo menos por la existencia en las instalaciones de valiosos instrumentos de precisión o caros dispositivos de cálculo como los que seguramente se necesitaban para hacer funcionar el Large Hadron Collider, u otras instalaciones por el estilo. También logramos distinguir, a lo lejos, una camioneta que recorría el llano, pero no podíamos saber si era una camioneta de vigilancia o sólo hacía labores de mantenimiento. En todo caso, decidimos no cuestionar demasiado nuestra suerte, ya que eso haría más fácil nuestra labor. Y más aún después de descubrir que la alambrada estaba a medio hacer en alguna secciones y se podía entrar sin problemas en el terreno, y que a apenas a unos 200 metros de nosotros había lo que parecía un pequeño cuarto (más una especie de letrina rural) que a pesar de tener un aspecto decrépito era en realidad una entrada (maquillada, así, para despistar, afirmó Manuel) a una larga escalera que descendía hasta un túnel en las entrañas profundas 46
del aparente pastizal. Ni siquiera se habían tomado la molestia de poner un cerrojo, y romper la cadena que la cerraba fue un juego de niños. ¡Qué soberbios eran estos sujetos, pensando que nadie se atrevería a interrumpir sus planes de acabar con el universo! Manuel (antes un poco alicaído, ya lo he dicho) y yo nos animamos un poco después de horas de recorrer calles y preguntar señas a extraños. Mientras una de las vacas nos examinaba con displicencia y una curiosidad distraída, nos colocamos cuidadosamente las pesadas mochilas de excursión que habíamos abarrotado de explosivos, linternas, baterías y quien sabe cuantas cosas más, antes de dejar las llaves en la ignición de la camioneta y descender, no sin cierta emocionante anticipación, por las escaleras de esa inesperada entrada al centro mismo de nuestras obsesiones. § Una explicación para lo que habíamos visto en la superficie era que la falta de señas visibles de una instalación científica o de una gran actividad era en realidad una de las mejores defensas contra un ataque o un robo: pasar desapercibido. Me vino a la mente un viejo documental de televisión sobre la naturaleza (sabia ella, repetían los locutores) en la 47
que se veía como el mimetismo en camaleones, insectos y otros bichos les salvaba, al menos provisionalmente, de las garras de las aves para las cuales eran alimento. A su vez (continuaban generalmente los locutores, si mi memoria no falla) esas aves se salvaban de los mamíferos cazadores haciéndose pasar por muertas, cosa que seguramente no les salvaba de los animales carroñeros, pero esa es ya otra historia y ahora mismo no es muy relevante que digamos. No sé por qué lo he dicho. Las escaleras, como sospechabamos, conducían a un túnel vagamente iluminado por luces de bajísimo consumo instaladas a lo largo de las paredes, más para señalar el contorno del túnel que para llenar de luz su volúmen. Hacía frío, y el ambiente era húmedo. De todas maneras y después de avanzar unos trescientos metros, decidimos usar las linternas a pesar del riesgo de que al poder ver mejor, también los vigilantes (que aquí bajo tierra seguramente habría) nos descubrieran, como luciérnagas a las que las aves nocturnas pueden hacer presa fácil (para seguir con el símil naturalista). El túnel estaba totalmente vacío y excepto las tenues lámparas de los costados no había más que concreto y silencio, lo que nos llevó a pensar que habíamos entrado a la instalación por un túnel secundario de servicio o ventilación. Era igual. Eso significaba que si avanzábamos lo 48
suficiente sin ser detectados podríamos llegar a los túneles principales en los que seguramente (como atestiguaban las fotos con tuberías, cables, operarios e instrumentos que habíamos visto por ahí) estaría la instalación principal del LHC, y con ella la oportunidad de colocar nuestros explosivos en el centro mismo del Mal, y desactivar así ese tic tac insidioso que nos acercaba a todos al fin del todo. No me gusta ponerme dramático (para este momento ya me conocen bien ustedes, creo yo) pero no pude dejar de poner en esos términos la situación. § Manuel y yo recorrimos el túnel durante un tiempo que pareció eterno (pero que en realidad no fue más de una hora según nuestros relojes) sin encontrar signo alguno de nadie ni de nada. Sólo un túnel vacío, e interminable. Cuando finalmente llegamos a una bifurcación de dos túneles idénticos (e idénticamente vacíos) paramos a descansar y calculamos que afuera, en la superficie, se comenzaba a hacer de noche, lo cual era totalmente irrelevante aquí abajo donde las linternas, y no el sol, determinaban el tiempo, la actividad y casi hasta la vida misma. Fue en ese momento, al quitarnos las mochilas (como suele suceder), que nos dimos cuenta de lo 49
que pesaba en realidad lo que llevábamos cargando. La mayor parte del peso eran explosivos, pero más por costumbre de excursionista (de antes del accidente y de mi ligera cojera, claro está) que porque pensabamos tardar mucho, también habíamos guardado algo de pan y jamón, un par de pilas para las linternas y una cantimplora ya medio vacía. Manuel Salvatierra, mi cómplice y amigo (¿no es siempre la amistad una complicidad en mayor o menor grado?), era obvio que resentía el esfuerzo más que yo, y creo que ahora es el momento de hacer notar un detalle que antes no me pareció relevante, o que una cierta forma de pudor me evitó mencionar (¿o lo he mencionado ya?), y es el hecho de que Manuel estaba algo pasado de peso (digamos que obeso, para ser más precisos ahora que es relevante) y jadeaba y sudaba notablemente. Su dolor de espalda había regresado, y se había extendido hacia la axila, seguramente por el esfuerzo mismo de la pesada mochila y por no haber asegurado bien las correas. Comimos algo y bebimos un poco de agua. Habíamos recorrido los túneles en silencio, y ahora hablamos un poco. A los dos nos había extrañado lo desierto y silencioso del lugar, pero pensamos (también ambos) que estaríamos cerca de alguna zona más activa, y que llegaríamos pronto a algún lugar. La duda aún no se había instalado del todo en nosotros, aunque con las evidencias más bien 50
obvias a nuestro alrededor debería decir que no la habíamos dejado que se instalara en nosotros. Como también debíamos tomar una decisión ahi, decidimos tomar por el túnel de la derecha porque creímos oir una especie de rumor en esa dirección, y en cambio en el otro no había más que un silencio cavernoso y espeso. La parada de 15 minutos había mejorado a Manuel, y fue él quien había dicho "sigamos", tal vez más por querer acabar rápidamente con el asunto que por una convicción profunda en nuestra misión, o al menos esos matices pude percibir en su voz a pesar del cansancio que comenzaba a invadirnos. Después de seguir adelante unos 300 metros descubrimos que la fuente del rumor era una pequeña filtración de agua que goteaba del techo (a pesar de que en general las paredes y el suelo parecián más bien nuevos). Con ella, descubrimos que el túnel que parecía nivelado escondía en realidad una ligera inclinación, pues el diminuto hilo de agua corría en una dirección precisa. Al no saber cuanto tiempo eso habría sido así, no sabíamos en realidad a qué profundidad estabamos. Notamos que la temperatura había cambiado, eso si, pero a Manuel le pareció que era más fría, mientras que a mi me pareció que hacía más calor (pero igual podía ser debido al malestar o al cansancio, respectivamente). 51
De cualquier manera, decidimos seguir adelante, aunque para estas alturas llevábamos unas cuantas horas sin ver a nadie ni a nada, o siquiera escuchar algún sonido familiar. La linterna de Manuel comenzaba a parpadear de vez en cuando, pero seguimos adelante con la pobre seguridad de que a estas alturas era mejor seguir hasta el final que buscar un camino de regreso incierto y laberíntico. Sólo había una salida a todo eso, los dos lo sabíamos, y eso era hacia adelante, hacia la misión que nos habíamos asignado, o que alguna fuerza más grande que nosotros nos había puesto sobre la espalda, tan pesada, o más, que estos fardos que ahora cargábamos trabajosamente, y que se convertirían en algún momento en un gran destello y un estruendo que volvería a traer la luz en un asunto obscuro, ciego y tenebroso, como estos túneles que recorriamos en busca de un destino que nos uniría a todos, ricos y pobres, guapos y feos, jovenes y viejos, por igual. La alternativa, la consecuencia de nuestro fracaso, apenas era imaginable. § Después de tanto esfuerzo, de tantos días de planificación, de tanto hablar y preparar, de tanto angustiarnos y gastar dinero, leer planos, no podíamos retroceder ahora, y eso lo sabía el propio Manuel, que aunque por momentos parecía débil 52
seguía de una pieza, o al menos no decía nada y seguía caminando. El largo camino por los túneles con la carga a cuestas se hacía todavía más largo por la falta de indicios de que estábamos en la ruta correcta, y todo eran largos pasillos que no llevaban a ninguna parte. A medida que avanzábamos la humedad crecía y el frío tambien, y lo único que no cambiaba era el silencio fúnebre. A veces, sin embargo, volvíamos a ver alguna filtración menor de agua, pero aparte de eso nada que asemejase un equipamiento o una instalación, ni un cable, puerta, nada de nada. A estas alturas hasta el más crédulo habría comenzado a albergar dudas, y nosotros no seríamos la excepción. Tras otro par de horas de marcha en las que habíamos tenido que cambiar las pilas de las linternas, hicimos un alto en un sitio en el que el túnel desnudo hacía un giro de 45 grados hacia la derecha. Nos volvímos a quitar las mochilas, y pude escuchar a Manuel resoplar sin aliento, trabajosamente. Por primera vez, dudé de nuestra misión y pensé que tal vez debíamos regresar a la camioneta. Comencé a hablar, y Manuel me escuchaba con un cierto atento desapego, como sumido en sus propios pensamientos. Le dije que estaba comenzando a sospechar que nos habíamos perdido en algún túnel 53
de servicios municipales de la ciudad de Ginebra (lo cual parecía a primera vista plausible) pero no le dije otra sospecha que me había nacido en el alma como hongos bajo las uñas: que efectivamente habíamos llegado al LHC, que ÉSTE era corazón de la bestia obscura, pero no era la bestia que nosotros habíamos imaginado, sino otra muy distinta, y que el LHC era en realidad un fraude monumental de fondos públicos, que no había ni habría investigación científica alguna ni experimento abocado al apocalipsis, ni nada por el estilo, y que todo lo que se había hecho era excavar largo y profundo para enmascarar un desvío de caudales y presupuestos como nunca antes se había hecho (ocho mil millones de dólares de costo acumulado), y que la función real del Acelerador era, para la mayoría de los ciudadanos de muchos países, demasiado bizarra para aceptarla, una incomprensión que era, de una manera muy, muy retorcida, paralela a la incomprensión de su pretendido funcionamiento físico o de sus consecuencias cósmicas. Seguramente de tanto en tanto surgirían de las pequeñas oficinas que vimos en la superficie suficientes informes científicos sobre descubrimientos inverificables para mantener a raya la suspicacia de la sociedad y la comunidad científica (ninguna otra instalación científica del mundo era comparable al LHC, y por lo tanto nadie podría repetir sus experimentos). Tal vez en ese 54
mismo momento algún empleado menor estaba intentando inventarse alguna cosa que fuese lo suficientemente espectacular para justificar la titánica inversión del Acelerador, y que fuese al mismo tiempo verosímil y extraña. Debo admitir que me sentí como un tremendo idiota, pero no podía dejar que Manuel, en su estado actual de abatimiento y debilidad, detectase vacilación en mi. Buscando en el fondo de las mochilas encontramos lo que quedaba del pan y el agua, y nos lo acabamos pensando que también ese acto era simbólico de un "ni un paso atrás". Nos habíamos acabado nuestras provisiones, teníamos casi agotadas las últimas pilas en las linternas, y la iluminación de baja intensidad que habíamos visto a lo largo de los túneles al principio de nuestro periplo hacía tiempo que había desaparecido. Fue Manuel quien dijo: "sigamos adelante", y yo no pude hacer más que obedecer. Apenas habíamos recorrido unos centenares de metros cuando vimos un difuso resplandor tras una curva acompañado de un rumor sordo. § Tras la curva se abría ante nosotros una gigantesca galería, en la que (como si fuese dentro de una caverna natural) la luz de nuestras linternas no 55
encontraba los límites y se perdía en su inmensidad llena de obscuridad. Aquí y allá, rompiendo ese gran espacio obscuro, se habían colocado débiles lamparas con una disposición que si es que tenía alguna función precisa, francamente a mi se me escapaba completamente. Manuel y yo nos quedamos unos minutos contemplando la vastedad, como si fuésemos dos astronautas que en su paseo extravehicular contemplaran boquiabiertos el espacio interestelar por primera vez, flotando adentro de sus trajes herméticos y preguntándose, como lo hacíamos en ese momento nosotros, qué exactamente estábamos haciendo ahí. Tras salir trastabillantes y como pudimos de ese extrañamiento absorto nos miramos sin hablar y continuamos andando hacia lo que parecía ser el centro de ese inmenso agujero excavado bajo la pradera suiza. Había leído alguna vez (en esas revistas de divulgación científica) de instalaciones concebidas para detectar rayos cósmicos, y que alguna semejanza tenían con lo que veíamos ahora, pero esas cavernas (generalmente en minas abandonadas de sal) contenían enormes tanques de líquidos para interaccionar con los rayos cósmicos que atravesaban regularmente la Tierra a través de los diminutos intersticios de hasta la más sólida materia (como fantasmales visitantes), y hacer 56
visible lo invisible en esos choques. Sin embargo, en esta enorme "instalación", por ponerle un nombre cualquiera, no habían más que tenues luces dispersas, como una nube de luciérnagas en el campo, en una noche sin luna. Manuel dijo que escuchaba algo, y yo noté también que de fondo se podía escuchar un ronroneo, una especie de zumbido. También me dí cuenta de que si la caverna fuera de unas dimensiones solamente grandes, y no de una vastedad inconcebible como al parecer lo era, las palabras de Manuel habrían provocado un eco, y eso no había pasado en lo absoluto. Al contrario, su voz parecía que se alejaba, aún cuando podía ver la luz inmóvil de su linterna a apenas unos metros de mi. La sensación de flotar en el fondo del océano, donde la luz ya no era capaz de llegar, me invadió de pronto, y por un momento me causó un vértigo incomodo, pero la sensación desapareció pronto. Podía imaginar facilmente peces abisales nadando cerca de mi, y mirándome incrédulos. Vi cómo la linterna de Manuel se alejaba y la seguí. Buscábamos la fuente del murmullo extraño que escuchamos, la primera señal de actividad mecánica o humana desde que habíamos entrado, hacía tantas horas, en este extraño mundo para salvar a otro. Era difícil ubicarlo, porque a veces el débil ronroneo parecía acercarse para perderse algunos pasos más adelante, o viceversa, pero poco a poco se nos 57
aparecía más enfocado en una dirección concreta. Estábamos cansados, sedientos, algo hambrientos, aletargados por la obscuridad, pero también excitados por la posibilidad de por fin encontrar algo, y no haber fracasado en nuestra misión; ya casi no era importante por qué habíamos empezado esto, o si en verdad había aqui un complejísimo equipo científico capaz de destruir el universo por equivocación, o si todo no era más que un engaño para tapar un caso de corrupción también de dimensiones cósmicas. Lo que importaba era que habíamos encontrado "algo", al parecer, y que ahora ibamos a su encuentro cubiertos por las sombras peerenes de ese lugar inquietante. § Eventualmente llegamos a un lugar preciso de la gran oquedad, igualmente vacío y obscuro, excepto por una misteriosa y pesada caja metálica de aproximadamente el tamaño de una camioneta, y de la que provenía el murmullo apenas audible que nos había llevado hasta ella. Era de un metal bruñido, y no tenía puertas ni marca alguna, y de ella solo escapa un ruido extraño, como un ronroneo sordo, a veces parecido al murmullo de un loco que habla en voz baja consigo mismo, a veces como el zumbido de un generador averiado, a veces como un animal agonizante que respira con dificultad. O al menos eso nos parecía, o me lo 58
parecía a mi, vamos. Manuel estaba callado desde que habíamos entrado en la galería, y a veces sólo oía su respiración entrecortada. Miramos un buen rato esa especie de artefacto cuya función nos era totalmente desconocida. Ningún tubo o cable daban pistas de para que servía o como se alimentaba de poder, si es que lo hacía. Alguien se había tomado el esfuerzo de excavar muchísimo para esconder ahi esa caja de murmullos, y a estas alturas de los acontecimientos cualquier cosa era posible (y cómo no, si habíamos empezado ya esta historia ya desde lo increíble). Entre otras cosas, lo del desvio de fondos seguía siendo plausible, pero mi desesperación y mi cansancio (o, no quería decirlo, pero, ahi va: mi locura) me sugerían muchas cosas inconexas, como que el mundo acabaría pronto de todas formas, pero por otras razones distintas, y alguien o algo nos quiere hacer pensar que es por esto, por lo que hay aquí, sea lo que sea. O que el secreto está en esa caja que parece que está viva pero es inaccesible, tan lejana de nosotros como si estuviese en otro planeta (aunque la salida fácil de que había extraterrestres detrás de esto no se me ocurría porque se parecía demasiado a un cliché). Ahora que: si un secreto no puede conocerse nunca, ¿sigue siendo un secreto? ¿o se convierte en otra cosa? También podía ser que se tratara de una instalación auxiliar del Acelerador que buscábamos 59
y que habíamos visto tantas veces en las fotos de diarios y en los reportajes (o ¿habían sido montajes elaborados, y todo eso no existía más que en la utilería de algún estudio de cine clandestino?). Algo tan banal no podía ser cierto, especialmente si las circunstancias especiales a las que nos ha conducido todo este encadenamiento de hechos no estuvieran, por así decirlo, justo al costado de la posibilidad real de que un ingenio científico acabe con el Universo conocido. Y eso es muy heavy, la verdad. Y no es que dude de la Misión, o al menos no en el sentido estricto del término dudar. Sé que existe todo eso que he visto, lo que me sorprende es el aspecto que adopta ahora. Manuel parecía pálido, pero lo atribuí a la luz difuminada de su linterna, que parpadeaba, o a la decepción o la incertidumbre que la caja le podían haber provocado. Antes de seguir hilando hipótesis descabelladas decidí que lo mejor era pasar a la acción, hacer lo que había que hacer, y salir de ahí lo antes posible (tanto para bien del Mundo con mayúscula como para esas pequeñas partes de ese todo que eramos Manuel Salvatierra, y un servidor). Descargamos los explosivos y los colocamos metódicamente alrededor de la caja metálica, de manera que la destrucción de la amenaza fuera completa (al menos, eso decían los instructivos del 60
caso que encontramos en Internet [siempre se encuentran cosas interesantes en Internet]). Seguramente el hecho de estar en una caverna amplificaría los efectos de la explosión, y todo acabaría al cabo de una hora (el reloj de cocina que habíamos llevado para disparar la explosión no permitía más. De haber sabido me habría gastado un poco más). Manuel por fin había recobrado la vitalidad perdida y se afanaba en colocar hasta la última carga. Realmente habíamos llevado mucho explosivo de alto poder, ahora que lo veía, y a esa caja misteriosa se le acababa rápidamente el tiempo. § Cuando acabamos de colocar las cargas, Manuel se volvió hacia mi y dijo "¿De verdad haremos esto?" Era la primera vez que le había escuchado decir algo que se pareciera a una duda. No había sido el más entusiasta (ese era yo, a veces demasiado), pero si el más constante (yo a veces me derrumbaba en la angustia después de un período de euforia, sin llegar a la esquizofrenia, por supuesto, un respeto, hombre). Yo le dije que era necesario. Callé y me fuí directamente a temas más prácticos: "pero tendremos que salir rapidito, porque tenemos que estar fuera antes de una hora". 61
Aunque la verdad es que no teníamos ni puta idea de donde estábamos, creía que a fuerza de caminar había aprendido a apreciar la inclinación muy leve pero constante que había en todos los túneles, y creía también que si seguíamos la inclinación ascendente, por leve que fuera, llegaríamos pronto a la superficie y a alguna salida. Las cosas, como se ve, habían aterrizado desde temas de alcance cosmológico y apocalíptico a cuestiones más inmediatas y pedestres. Preparé el reloj de cocina, coloqué el detonador, y le dije a Manuel que nos diéramos prisa. Los primeros 15 minutos (que se me hicieron largos como esos túneles) los desperdiciamos, sin embargo, en salir de la inmensa caverna de la caja susurrante que estaba a punto de tener su propio apocalipsis privado. Todas las direcciones, en la obscuridad, se parecían. No se si lo que acabábamos de hacer sería suficiente para destruir el Colisionador Masivo de Hadron, pero no había más. Esto es lo que había. Habíamos hecho lo que dos hombres podían. Si eso no bastaba para detener lo inevitable, pues, qué quieren que les diga. Mejor ni pensarlo y darse prisa. Yo casi corría, de esa manera renqueante y un poco estrambótica que me había quedado después del accidente, y que aunque no era extremadamente estética si era efectiva y me permitía alcanzar una 62
velocidad considerable. Tuve que frenar cuando escuché a Manuel quedarse atrás y resoplar por el esfuerzo, pero los minutos pasaban, había que hacer un sacrificio, había que acelerar, y yo le gritaba, "vamos", pero él se quedaba atrás, hasta que en una encrucijada de túneles (de esas que habíamos pasado de ida hacia la galería), lo perdí de vista. Por un momento me detuve, guardé silencio, y esperé a ver si oía sus pasos acercarse, pero no escuché nada. Otra vez ese horrible silencio que nos perseguía en esa instalación extraña. Esperé un poco más y luego comencé a desandar lo andado, pero bastante nervioso por el retraso. Un poco más allá, paré otra vez y agucé el oído. Entonces pude oir una especie de voz conversante, pero ahora ya no estoy seguro de si era un voz o dos, creo que dos, la de Manuel y de alguien más, pero podría haber sido sólo la suya haciendo eco en las galerías y en los recodos, una especie de conversación agitada, pero también podría haber sido otra cosa, no sé, un resuello, hasta que de pronto (ya más nitido, sin confusión o ambiguedades), un grito, creo que era de Manuel, y después un estallido, pero no un estruendo de explosión sino una especie de latigazo agudo, ahora lo entendía, era claramente una detonación 63
como la de una pistola, y recordé la pistola que habíamos comprado y pensé que había pasado algo, algo muy grave, y que aunque Manuel me había dicho que llevaría la pistola descargada, claramente, obviamente, eso no había sido así. Corrí frenéticamente por el laberinto subterráneo hacia donde pensaba que había salido el ruido, y lo encontré, encontre a Manuel, a mi amigo, a mi complice. Estaba tirado sobre el frío suelo de un túnel, moribundo, cogiéndose el pecho con una mano, y en la otra la pistola. Olía a pólvora recién usada. No había nadie más, aunque Manuel, en su última mirada antes de quedarse quieto para siempre, veía fijamente hacia el final del túnel, como preguntándose a sí mismo: "¿habré acertado? ¿habrá valido la pena esta muerte absurda?" Le había dado un ataque al corazón. No había nada que hacer por él. Me despedí en silencio, y le cerré los ojos (desorbitados por un miedo que yo solo podía adivinar), y cogí su cartera. Tenía que seguir corriendo, y buscar la salida antes de que la explosión llenara de fuego los túneles y atrayera a media Ginebra. Los explosivos estallarían pronto. Perdona Manuel que te deje. Lo habíamos logrado. Lo habíamos hecho finalmente. Sea lo que fuere que habíamos hecho. § 64
Sorprendentemente logre encontrar una salida bastante pronto. Bueno, sin los explosivos y sin tener que esperar a Manuel pude avanzar rápido, a pesar de mi renquera, y en menos de 40 minutos estaba junto a la camioneta todavía sin haber visto absolutamente a nadie ni ningún tipo de equipo. Ya ni siquiera las vacas estaban por ahi. Casi había pasado ya una hora, y pensé quedarme por ahi por si se escuchaba la explosión bajo tierra. Estaba muy triste por la muerte de Manuel Salvatierra, y me sentía más solo que nunca, pero estaba seguro también que, aunque yo no supiera nunca lo que Manuel había visto (o creido ver) en los últimos momentos de su vida, al final habría sentido que estaba haciendo algo más importante con su vida que pasear en un coche a famosos, a ricos y a sus amantes secretas. Habíamos salvado todo, lo bueno y lo malo, lo bello y lo feo, lo mediocre también, el rojo y el negro, todo, y el reloj no se pararía. Habíamos salvado un mundo, independientemente de si merecía ser salvado o no (y hay más lugar a debate en eso de lo que usualmente imagina la gente). Estoy seguro que Manuel lo sabría. Apenas me alejaba del prado aquél cuando calculé que había pasado una hora exacta, pero con un reloj de cocina Made in China nunca se sabe. Mientras conducía hacia la autopista me dí cuenta 65
de que tampoco necesariamente sabría si se habría producido la explosión, pues por muy grande que fuese la potencia de las cargas que habíamos plantado la profundidad de la caverna atenuaría el estruendo, y tal vez nadie lo sabría hasta dentro de algunos dias, cuando supuestamente se echaría andar el misterioso, hipotético y fantasmal Large Hadron Collider que habíamos conocido hace poco, y que se había cobrado ya su primera víctima, como aperitivo de un gran festín en el que el monstruo se preparaba a devorarnos a todos y a todo. Durante el largo camino de regreso a mi ciudad, en la soledad del volante que es propicia para la melancolía y que Manuel debía haber conocido muy bien, tuve tiempo de pensar en todas esas cosas, en el fin y el principio de los tiempos, en la ciencia, en la naturaleza humana, la corrupción del poder y la codicia. En lugar de eso, mi mente cansada se puso en blanco, y la carretera se volvió un largo y monótono vacío donde mi cabeza dejó de angustiarse, dejó de pensar, por una vez dejó de ser conciente de lo que había o no pasado, y todo lo importante era no salirse del camino, como un autómata que prefiere una tarea banal a sentir el peso insoportable de una lucidez y una libertad que no le servirían para nada. Conducí, nada más, y mi lucha no fue ya con mis demonios ni con un complot tecnológico o teoleológico para reducir el 66
Universo a lo infinitesimal, sino contra el terrible cansancio y contra las ganas de dormir, y poder así (por decirlo de alguna manera, aunque en este contexto suena bastante mal, la verdad) destruir la realidad, aunque fuera por unas horas, como hacemos siempre cuando entramos al sueño por las puertas secretas que cada uno de nosotros lleva consigo a donde vaya. § Después de todo esto nunca acabé de conciliar el sueño de nuevo, a descansar de verdad plenamente. Tras llegar a la ciudad y abandonar la camioneta, me quedé escondido en un callejón hasta que otra vez se hizo de día (era de madrugada cuando llegué a lugares medianamente familiares). Esperé a que abriera el quiosco de la prensa, y a que recibiera los primeros diaros, que seguramente tendrían noticias de la tremenda explosión que habúa afectado a la ya famosa instalación científica. Nada. No había ni una sola mención, a pesar de que revisé frenéticamente todos los diarios bajo la mirada atónita del vendedor de diarios, que se alejó un momento, seguramente para llamar a la policia, momento que aproveché para desvancerme en el anonimato urbano. No quise volver a mi piso en los dias siguientes, por temor a que alguien ya estuviese ahi (la policia, 67
el gobierno o quien sea que estuviese detrás de todo esto), y me la pasé vagando por ahi esperando a que pasara algo (¡cuanto tiempo pasa cuando no hacemos más que mirarlo pasar, una vida entera!), en los dos días que faltaban para que (como se había anunciado hacía una semana con bombo y platillo) se inaugurara a plena potencia el LHC y por fin se acelerará un conjunto diminuto de partículas infinitesimales a velocidades y energías nunca vistas, y se hicieran chocar de frente en un evento dramático pero (nos aseguraban las autoridades científicas) completamente inocuo y apenas detectable, y capaz solo de generar no un apocalipsis (y se reían al decir esto, los muy soberbios) sino un conocimiento que serviría para etcétera y etcétera de nobles curas para enfermedades y otras cosas prácticas, pero (se apresuraban a añadir) eso no era lo que les impusaba, no, sino el desinteresado interés por conocer la verdad sobre las cosas. Luego de decir esto, generalmente tomaban un trago de agua. Nunca supe por qué, hasta ahora. En todas esas horas de vagar por la ciudad (comía lo que tenía a mano, en los basureros, o robando en las tiendas) no dejé de pensar en Manuel, en nuestro plan, en la misión, y las dudas (esta vez diferentes) no dejaban de tratar de insertarse en el paisaje. ¿Había estallado el explosivo? ¿Habíamos destruído un componente vital de la instalación, o 68
habían podido arreglarlo de nuevo? ¿O todo lo que habíamos visto era el secreto de un gran, inconmensurable fraude? Conforme pasaban las horas las certezas y las dudas se mezclaban en un puré indistinguible, en una confusión de palabras, imagenes, recuerdos. Mientras caminaba calle abajo en la fecha que habían anunciado los diarios, cansado, abatido, sin dormir durante días, confuso de todo, notaba sin embargo que sutilmente algo cambiaba en lo que veía en mi ciudad, en los cuerpos que me rodeaban, en los edificios, en los objetos mismos, como en duermevela, entre el sueño y la vigilia como estaba ahora; ahora que tenía urgentemente que descansar de toda esta historia, las cosas mismas cambiaban de un modo absolutamente sutil, y se desvanecían, se escapaban tal vez definitivamente hacia la nada (¿o es solo mi conciencia fatigada y alterada por los acontecimientos la que me dicta estas sensaciones esta mañana del 28 de mayo) y tal vez sea solo yo otra vez quien se imagina cosas, y tal vez no sea cierto, y me he equivocado siempre, y Manuel ha muerto por nada, y no sea verdad ese pequeño atisbo de terror que creo ver que va creciendo poco a poco en todos los rostros en esta calle a la que la casualidad me ha llevado hoy, y hoy por primera vez parece que todos lo creen por fin, eso que descubro en ellos, y que algunos pensarán que es el rapto y la ruptura, y que es tal 69
vez otra cosa, qué sé yo qué, a estas alturas (tal vez estoy sólo cansado, tal vez sólo quiero dormir), ese evento que ya no tiene nombre porque es precisamente el final, y lo veo, veo en sus rostros el terror más puro (o creo verlo, ya no sé), ahora, en este momento, al darse cuenta todos (tal vez sin saberlo bien bien, todavía, pero pronto, muy pronto lo harán) de que a partir de aquí todo cambiará, y ya no hay nada que hacer, y que ahora sí, por fin, se acaba, se ha acabado, el tiempo sobre la Tierra.
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