INDICE •
AGRADECIMIENTO. F.Julián Colomer
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TENÍA QUE LLEGAR Y LLEGÓ. Candelaria Fausto
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¿RESISTIRÉ? M.L.Rubio
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Y COMPROBAR CÓMO HUELE LA HIERBABUENA. M.Teresa Pons Pérez
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CONFINAMIENTO. M.Dolores Marco Conejero
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CUENTOS POR WHATSAPP. Ana M. Sánchez Ángel
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HOGAR, DULCE HOGAR. Puri Vicente Requena
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DESAYUNANDO. Valentín García Valledor
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RESPIRO. Lola Medrano Fausto
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QUE NO NOS FALTE EL SENTIDO. Ana M. Sánchez Ángel
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EN MIS SUEÑOS NO, HASTA AHÍ PODÍAMOS LLEGAR. Candelaria Fausto
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SIEMPRE HABRÁ UN MODO DE VOLVER A EMPEZAR. Lucía Vanessa Ayuso
AGRADECIMIENTO De repente desperté estaba en una habitación, en un lecho rodeado de monitores y gente que parecía estar pendiente de ellos, embozados en una especie de equipo espacial que me impedía ver sus rostros. Para mí, un ser individualista que carecía de amigos, era una situación extraña. Recordaba haber sufrido un desvanecimiento y que me llevaban a un hospital, después de tres semanas de confinamiento en casa, obligado por la dichosa pandemia. Quise dirigirme a quienes me rodeaban, pero una especie de tubo introducido en mi garganta me impedía emitir sonido alguno, una de las personas de mi alrededor se acercó e intentó calmarme, algo vio en mis ojos que le decía que estaba aterrorizado y me pidió con voz tranquila que no me preocupase, que empezaba a recuperar la consciencia y con ella a salir del túnel de la enfermedad. Esa voz ya serena me tranquilizó pero al mismo tiempo me generó una especie de ansiedad que yo no había sufrido nunca. Necesitaba saber quiénes eran los que cuidaban de mí, ver sus rostros, reconocerlos, saber cómo eran, que pensaban, porque estaban cuidando tan atentamente a quien ni siquiera conocían, sin saber si era merecedor de esos cuidados alguien que en su vida personal había despreciado a los demás con tal de conseguir sus objetivos. Por primera vez en mi vida tenia deseos de darle las gracias a alguien, así se lo expresé a quien me había tranquilizado, lo necesitaba, necesitaba mirar de frente a quienes desinteresadamente se habían ocupado de mí. La contestación fue breve, sencilla, directa, "no se preocupe usted, lo importante no son los rostros sino los actos". F. Julián Colomer.
TENÍA QUE LLEGAR Y LLEGÓ Estoy preparada. Queda muy poco para que me lo diga. No sé si podré aguantar la presión, el corazón me va a mil por hora, pero tengo que aparentar tranquilidad, porque yo he cumplido rigurosamente, sin quejarme y asumiendo que, aunque no tuviera la culpa, debía pagar por lo que había pasado. Ya e s t á a q u í , m e m i r a y p o r f i n h a b l a : .- No creas que esto se ha acabado, es simplemente una p r u e b a . Te t i e n e s q u e g a n a r t o d o l o q u e t e n í a s a n t e s . Y t e aseguro que no te va a resultar fácil, porque te voy a controlar y mucho. Así que, ojito con lo que haces… Sigue hablando, sigue poniendo ejemplos de lo que sí y lo que no puedo hacer, le escucho con m uchísim a atención, ya te digo, para no hacerlo, en sus palabras está mi libertad. B u e n o , e s t á t o d o m u y c l a r i t o . Yo s a b í a q u e e r a e l d í a y mañana el momento. Ahora toca planif icar, no puedo fallar y son m uchos las cuestiones que tengo que solventar antes de mañana. El primero y más importante, abrir esa puerta que durante seis semanas ha permanecido cerrada. Me acerco con mucha incertidumbre. Me vienen las dudas si abrir o recurrir al cajón de estos últimos días. Pero no, si he sobrevivido a esto, esta prueba también la voy a superar. Miro con atención, toco sutilmente una a una todas las prendas… Al f inal es como si fuera ayer o antes de ayer, recurro a mis vaqueros, espero que ellos también me hayan echado de menos y se comporten bien conmigo, que se acoplen como un guante y no me den ningún susto. Y para a c o m p a ñ a r, l a c a m i s o l a a zu l m a r, m i c o l o r p r e f e r i d o . Y por supuesto, con esto no dudo, zapatillas deportivas, mis pies se tienen que ir acostumbrando poco a poco a la estrechez de los zapatos. ¡Qué felices han sido ellos! Bueno, ya está todo preparado. Me voy a dormir. Mañana es mi día, mañana es dos de mayo. Candelaria Fausto Marín
¿RESISTIRÉ? Jamás pensé que una cuarentena podría llegar a ser tan absorbente. La limpieza de arriba abajo de la casa como si no hubiera un mañana. Los quinientos vídeos y memes que te llegan cada día a tus veinte grupos de WhatsApp. Los mensajes y llamadas de tus amigos y familiares para saber cómo lo estás llevando. Las salidas al balcón para socializar con los propietarios de los otros balcones próximos al tuyo con los que no habías hablado en tu vida. Los infructuosos intentos para realizar las clases virtuales de Pilates. Los chats con el Club de Lectura. Los cien libros que te quieres leer ahora que tienes “tiempo”. Las recetas de repostería variada como si fuera cada día tu cumpleaños. El sacar la basura ataviado como un trabajador de una central nuclear. La realización de la compra semanal como si fuera un atleta de Las Olimpiadas y volver a casa a toda prisa con el carro lleno de cosas, que no has comprado en tu vida, como si acabaras de atracar un banco con la cara embozada cual bandido. El lavado de manos tropecientas veces durante t r o p e c i e n t o s i n t e r m i n a b l e s m i n u t o s . Va m o s , q u e c u a n d o llego a la cama por las noches estoy absoluta e irremediablemente “reventá”. Y entonces, con tanto trajín físico y mental, a ver quién es el guapo que se puede dorm ir. ¡U f , por Dios y la Virgen Santa, que estrés, no puedo más, que acabe ya este martirio, esto no hay cuerpo serrano que lo aguante! Y bueno, os tengo que dejar… me está entrando una videollamada. M.L.Rubio
Y COMPROBAR CÓMO HUELE LA HIERBABUENA Domingo 9 de febrero, nunca habría imaginado que ese sería el día en el que me despediría de mis padres hasta ya veremos cuándo. Comimos juntos la paella de los domingos, la hacemos mi madre y yo, así nos sale buena o buenísima a las dos. Volvimos a Caudete y aquí seguimos: lunes, 27 de abril. Hablo con ellos a diario y son unos ratos que disfruto, sobre todo porque puedo comprobar que todo sigue bien. Al principio no fue así, mi tía Maruja volvió de su viaje bastante malita. Sí, ¡la tía Maruja!, andábamos muy preocupados, ella que tiene una salud y energía envidiables. Aquellos días la tía, que vive sola, nos tuvo muy preocupados; pero todo pasó. La última conversación con ella me lo confirmó, ya había hecho su tabla de ejercicios, sentadillas incluidas, y también había preparado el guiso de Semana Santa para que estas Pascuas sus hijos y nietos también pudieran comer como en casa de la abuela, aunque no fuera así. Es el primer año que yo también lo he preparado, fue nuestra comida de Viernes Santo; pero tengo que confesar que eché mucho de menos a mi madre, a mi familia: “ponme un poco más”, “yo también quiero repetir” o “no te creas, a mí esta comida…” El día de San Marcos también fue bien diferente. Día de celebración, es el santo de mi hijo mayor, aunque él mismo me recordó que realmente es el santo de todo el pueblo de Sinarcas. Iniciativas, mensajes y parabienes para el grupo de quintos y quintas de este año nos envolvieron en un ambiente festivo. Desde el patio de mi casa, desde mi rincón favorito en esta larga cuarentena, sonaban los “Vivas a San Marcos”, olía a carne a la brasa y brindábamos con un tinto de la tierra. He tenido que imaginarme los tulipanes salpicando de colores los patios dela casa de mi pueblo. Los geranios quieren recuperarse, mis padres procuran que así sea, esbelto crece el perfil de la primera flor de las calas, imagino que la hierbabuena esparce su fragancia, tengo que preguntarlo en la próxima llamada. Mi padre me cuenta que una tórtola quiere anidar en el olivo, las primeras golondrinas no tardarán en llegar, este año lo harán antes que yo. Y así son nuestras conversaciones. También me cuentan lo bien que los atienden mi primo Jorge y su mujer Elena, todas las semanas les llevan la compra. Coca, la vecina, es la encargada del pan, las naranjas y algún recadillo más. Ángela y Lucas son los niños de la calle, viven al lado de mis padres. A las ocho de la tarde ven sus manitas aplaudiendo y Ángela saluda: “tío Voro”, ese es mi padre. Él no la oye, ha perdido oído desde hace unos años; pero mi madre se lo cuenta y a todos nos da la risa. Risas que acompaño de lágrimas, son días que vivo con una sensibilidad bien diferente. “¿Qué haces?” me preguntaba una mañana mi padre. “Llorar”, le contesté. Unos segundos después, su voz y su prudencia me apaciguaron el ánimo. "Es la primera vez”, “esto jamás había pasado”. Quiero borrar estas frases y empezar a decir: “Por fin volvemos a…” “Qué bien que ya podemos…”Y ese es mi deseo: Quiero volver a Sinarcas para poder abrazar a mis padres. Mª Teresa Pons Pérez
CONFINAMIENTO Viernes 3 de abril es mi cumpleaños y mi santo. To d o e n s i l e n c i o , silencio.
nadie
habla.
Viernes
de
dolor
y
Llaman al timbre de mi casa y lo primero que hago es coger la mascarilla. ¡M.Dolores! asusta, son más palma.
Me llaman, salgo y el sonido me palmas, suena el «cumpleaños feliz»,
Risas, llantos, temblores, todo en uno y al mismo tiempo. Me siento como una niña en la noche de Reyes. Y no había pedido nada, y no esperaba nada. Mi felicitación ha llegado a través del mar hasta mi casa. Mi felicitación ha viajado de tu pensamiento a mi corazón. Viernes 3 de abril, es mi cumpleaños y mi santo y nunca tendré otro tan especial. M.Dolores Marco Conejero
CUENTOS POR WHATSAPP En nuestra clase llevábamos varias semanas disfrutando con la lectura en voz alta de un libro de cuentos de un escritor nacido ahora hace cien años, además era un libro con historia, se trataba del libro preferido de mi hijo en su niñez, estábamos leyendo “Cuentos por teléfono” de Gianni Rodari. Inspiró la decoración de la puerta de nuestra aula y cuando por falta de tiempo o sobra de prisas, no podíamos leerlo, siempre había alguna vocecita que preguntaba: cuándo vamos a leer un cuento por teléfono. En esas estábamos, cuando de un día para otro, se cierra nuestro colegio, debemos quedarnos en casa… todo se para, todo cambia, nadie puede salir… niños y maestros quedamos separados sin saber hasta cuándo. Reorganizando todo el material que traje del cole para seguir trabajando, encuentro el querido libro de Rodari, y así con él entre mis manos y con el pensamiento puesto en mis añorados alumnos, surge la idea de leerles cada día uno de esos cuentos. Cuento con la ayuda de este invento del audio del whatsap, porque ese es el instrumento que decido usar y me va a ayudar a hacer posible esa idea. Es por ello, que me he permitido llamarles, con permiso de Rodari, “Cuentos por WhatsApp”. Leerle a mis alumnos y alumnas "Cuentos por teléfono", de Gianni Rodari ha sido motivado por la necesidad de mantenerme cerca de todos ellos al vernos inmersos en esta experiencia, tan inesperada como desconocida, del confinamiento. Imaginar por un instante, que cada día, nos encontramos todos juntos en nuestra aula, ese espacio común y compartido en el que día a día hemos ido aprendiendo los unos de los otros. Quería también poner en valor la escucha activa, siempre he pensado que debemos mejorar en ello, nos cuesta mucho escuchar al otro, solo escuchar, sin prejuzgar ni reinterpretar. Y por otro lado, despertar en ellos la imaginación y activar su creatividad. En esto, Rodari es maestro, lo descubrí en mis tiempos de estudiante de magisterio, y sus cuentos cumplen con todo ello. Desde el día dieciséis de marzo a día de hoy, sigo leyéndoles y compartiendo cada cuento a partir de las nueve de la noche. Está resultando una experiencia muy entrañable y enriquecedora, para mí la primera. Ayer mismo me llegaron mensajes de mis alumnos y alumnas, diciéndome: "nos gustan mucho", "me relaja escuchar tu voz", " lo compartimos en familia", "escuchar el cuento es como tenerte más cerca". A su vez, me ha permitido reencontrarme con amigas de otros lugares que cuando supieron de esta iniciativa me pidieron que también los compartiera con ellas, así los cuentos de Rodari con mi voz se están escuchando en Madrid, Granada, Sevilla… Me llegan hasta ilustraciones que inspiran alguno de los cuentos. Todo ello me está enseñando que cosas sencillas, pero hechas desde el corazón son las más necesarias y las más gratificantes. Ahora me llegan noticias que, en muchos otros lugares, Rodari y sus creaciones están ayudando a muchas personas, como lo ha hecho y lo está haciendo conmigo. ¡Gracias, maestro! Una vez más, vivir una experiencia extraordinaria crea vínculos con algún sentido, en esta creo que habréis adivinado de cuál se trata, se dice que es uno de los últimos que se pierden… Es el que despertará en la memoria de estos niños y niñas los recuerdos de esta extraña experiencia que ha traído a sus vidas el coronavirus, ¡es el sentido del oído! Cada vez que lean en voz alta o escuchen uno de estos cuentos, seguro que se despertarán en ellos muchas emociones y espero que alguna que otra sonrisa recordando a su maestra. Ana María Sánchez Ángel
HOGAR, DULCE HOGAR Abro los ojos y la pregunta ¿qué día es? Y zas, ahí está la alarmante confusión (estado de alarma) de lo inesperado. Va l e , conversaciones desde la almohada, llamadas, mensajes, besos y abrazos de esos que no se recuperarán. En el espejo me reconozco, pelo, ojos, menos mal, sigo estando, sigo siendo. Los días se deslizan o van a trompicones, según las interf erencias o los estím ulos del exterior. Las emociones igual, como en una montaña rusa que gira sin parar. Yo , c o n a d j e t i v o s p a r a c a d a s i t u a c i ó n ( s o y b u e n a en eso) y para cada decisión que toman por mí y para mi bien… o eso dicen. Al final del día, casi siempre regreso a mi misma, al hogar, a lo conocido, a la calm a, y m e gusto y me gusta. En estas turbulencias parece que tengo la medicina apropiada para no perderme demasiado. Y es un alivio comprobar que mi brújula siempre señala el norte. FIN
Puri Vicente Requena
DESAYUNANDO “Todo es efímero como el aro iris” (Virginia Woolf) Tengo la suerte de tener una casa grande de planta baja. Y recalco lo de “suerte” porque en estos tiempos de pandemia resulta gratificante que sea así, sobre todo cuando uno se percata por las noticias televisadas de los pocos metros cuadrados en que deben convivir otras familias. Incluso hay un pequeño patio que separa la zona de la cocina del resto de la casa. La luz que entra cada mañana la recibo mientras desayuno mi vaso de soja con tostada de aceite y sal, todavía con el cómodo pijama puesto. Es una costumbre que, después de lavarme las manos y la cara, repito cada jornada. Un hábito que ya cumplo por inercia, con la única variante de cambiar la tostada por un trozo de coca cuando me apetece comenzar el día con algo más dulce. Sin embargo, desde la segunda semana del confinamiento forzoso, me he dado cuenta que los pájaros del parque cercano a mi casa pían con más alegría, sin miedo a los sobresaltos. Sus vuelos hacia mi patio son rápidos y breves, pues se suelen parar en una de las esquinas del muro, mirar de refilón y salir raudos hacia los árboles. Y tal vez por este encierro impuesto, debido a la falta de libertad, he dejado de encender el televisor y me fijo más en ellos. El botoncito de la caja tonta lo dejo para la hora en que comemos juntos mi hijo pequeño y yo, pues nos da pie a hacer distintos comentarios sobre el día a día del coronavirus. Pero llegado a este punto, quiero confesaros que la razón de este breve relato personal se debe a una circunstancia tan sencilla como hermosa: una de las lluvias intermitentes de abril trajo a mi ventana a un joven gorrión, que se posó allí y miró lo que sucedía en mi cocina; estuvimos mirándonos un buen rato, absortos el uno en el otro, sin hacer movimientos bruscos. Después, tras salir volando, me levanté y pensé que “aquello se merecía un haiku”. Y, al momento, transcribí lo que sigue: “Lluvia de abril./ Un gorrión se refugia/ en mi ventana”. Un poema de diecisiete sílabas, sin rima, tan real y sencillo como el inesperado episodio que acababa de vivir. Esa misma tarde, junto a otro haiku (“Mañana o tarde./ Paseando a sus perros/ los confinados”), lo envié como tuit a #BUCLMHaiku. Y el pasado 23 de abril, Día del Libro, me notificaron que había sido premiado por escribir tan solo lo que me dictaron la razón y el corazón al contemplar aquel instante tan bello como fugaz. ¡Otra paradoja más de un encierro forzoso que nos enseña a mirar con nuevos ojos las cosas cotidianas! Valentín García Valledor (valen2)
RESPIRO Entonces escuché un fuerte sonido. Yo e s t a b a c o m o d e c o s t u m b r e t u m b a d a e n e l s o f á , h a c i e n d o como que veía la tele, mientras ocupaba mi tiempo en ver “memes”, aquellas maravillosas imágenes que tan amena nos hicieron la existencia durante aquellos días de confinamiento. De repente di un bote en el sofá, y me dirigí hacia el pequeño balcón de mi casa. No debía medir más de cuatro metros cuadrados, pero a veces era suficiente para sentirme un poco más libre. Aquello duró unos pocos minutos, fue el primero. Recuerdo aquel momento como si fuera ahora. Se quedó grabado en mi retina. Mi piel se erizó y mis ojos cristalinos no me dejaban ver con claridad, sólo escuchaba. A través de esos aplausos, se percibía un haz de incertidumbre, de melancolía, o quizá de desesperación, de intentar escapar de la realidad a la que nos estábamos enfrentando. La gente silbaba y gritaba. Mientras, yo m iraba anonadada sin saber qué hacer. No p o d ía a p l a u d i r, t a m p o co m e s a l ía n la s p a la b r a s . En e s e instante, un golpe de realidad cayó encima de mí como si de un jarro de agua fría se tratara. Conforme iban pasando los días, esos pocos minutos se hacían más largos, acompañados de música, al grito de “resistiré”. Aquello suponía un respiro diario. Unos días en los que la rutina se apoderaba cada vez más de nosotros. Y no, no hablo de la rutina de salir a trabajar, volver a casa, salir a hacer deporte por la tarde… Hablo de la rutina de estar confinados en nuestras propias casas, de acostarte por la noche y tener la sensación de haber perdido otro día más, de estar perdiendo tu tiempo, algo que jamás íbamos a recuperar. Del agobio de no saber cuándo acabaría todo y sobre todo de la incertidumbre de saber si algún día realmente terminaría. Aquella pandemia nos cambió la vida a todos. Sacó la mejor versión de cada uno, y también nos acercó a aquellos que teníamos lejos. Quizá, haya servido para mucho, incluso para respirar… Lola Medrano Fausto
“QUE NO NOS FALTE EL SENTIDO” Como todos los lunes, estábamos inmersos en nuestra enriquecedora asamblea compartiendo las vivencias y emociones vividas en el fin de semana. Sentados en el suelo, cada uno sobre su cojín, sentimos una sacudida, como una ola escondida bajo el suelo, que se desplazó en un instante desde la ventana hacia la pizarra. Aún veo las caritas de sorpresa de cada uno de ellos, todos con sus ojitos puestos en mi mirada, preguntando casi sin palabras qué había sido eso. Sin perder la calma, con toda naturalidad, les dije que era un terremoto, una sacudida de la tierra. Mi reacción, serena y tranquila, les infundió confianza y seguimos escuchando a quien en ese momento relataba su paseo en bicicleta. Esa paz, sin embargo, quedó interrumpida por el “terremoto viviente del maestro” que abrió de repente nuestra puerta y empezó a hacer sonar la alarma que tiene el privilegio de estar en nuestra clase… ¡Fuego, fuego¡, gritaban los niños, contentos por pensar que por fin realizábamos el tan esperado y ensayado, pero imprevisible, simulacro de incendio que como todos los cursos realizamos por esas fechas. Ya de vuelta en clase, me decían unos y otros excitados y nerviosos, ¡que había sido un terremoto de verdad! Claro, ya os lo había dicho yo. Y a continuación, les invité a saber e investigar cosas sobre los terremotos… Encendí el ordenador, buscamos la palabra terremoto y todos atentos a lo que allí se contaba, delante de nuestra pizarra digital, leímos sobre ellos, vimos algún vídeo corto, incluso rescatamos la vieja noticia del último terremoto importante del catorce de agosto de mil novecientos noventa y uno. Y cuál fue nuestra sorpresa que, terminando el momento de investigación, llegamos a leer la noticia del recién vivido y experimentado terremoto, ese lunes cuatro de diciembre de dos mil diecisiete. ¿Las noticias vuelan que es una barbaridad! Todo fue sumando y ello empezó a provocar una inquietud controlada, pero inquietud. Supe que era el momento de escuchar música relajante, la música de Enya fue la elegida, que es la que nos acompañaba de vez en cuando. Mientras sonaba la música, abrí el tarro de cristal donde formaban su silueta multicolor muchas bolitas de anís, y les fui repartiendo, uno a uno, una bolita de anís para que la saborearan, sintiendo cómo se hacía pequeña en su boca. Y pronto quedamos todos tranquilos y relajados, tomando serena consciencia de la aventura vivida. Los recuerdos que nos llegan por los sentidos tienen la suerte de permanecer siempre en nuestra memoria, siendo incluso los últimos que se pierden. Podría asegurar, sin miedo a equivocarme, que cada vez que estos niños y niñas a lo largo de su vida saboreen una bolita de anís, recordarán el primer terremoto que vivieron en su infancia, y ese terremoto tiene sabor a bolita de anís. Y es por ello que en este veinticuatro de abril de dos mil veinte, me pregunto qué sentido será el que les traerá recuerdos de esta experiencia tan extraordinaria, desconocida y desconcertante que están viviendo por este coronavirus. ANA MARÍA SÁNCHEZ ÁNGEL
E N M I S S U E Ñ O S N O , H A S TA A H Í P O D Í A M O S L L E G A R Os dedico más 10 horas al día, estoy pendiente de vosotros continuamente, acudo en cuanto me reclamáis, me preocupo de que no os falte nunca la energía que necesitáis...
Sí, sé que queréis que no me quede atrás,
que vuestra intención es que me mantenga activa, que sois mi vínculo con lo que hay fuera, que mi nómina depende ahora más que nunca de vosotros
Pero también tenéis que entender que hay vida más allá de vosotros.
Llevo días pensando que necesito cortar y emprender un nuevo camino. Pero justo cuando ya estoy decidida, cuando con paso firme me dirijo
hacia vosotros, me doy cuenta
que no sé cómo hacerlo. Que si quiero saber el cómo tengo que recurrir a aquello de lo que m e quiero alejar. Y voy y os pregunto y respondéis al instante:
«PON LÍMITES»
Pues aquí están: Queridos m óviles, querido ordenador, por vosotros, por vuestras baterías y por mi salud mental, desconecto y apago. Nos vemos en 16 horas.
Candelaria
Fausto Marín
SIEMPRE HABRÁ UN MODO DE VOLVER A EMPEZAR Ni una sola queja, ni un quiero salir, ningún reproche salía por esa boquita de doce años, ¿podía tener tanta suerte? Sorprendentemente mi chaval tenía asumido el confinamiento, adaptándose a una nueva realidad. Sentía curiosidad por todo y siempre le gustó estar informado. Conectaba el ordenador cada día veía sus tareas y se ponía a ello. Un día se levantó, recorría la casa en silencio, entraba y salía de su habitación al estudio y más tarde a la cocina. Rebuscaba en un recipiente de cristal hasta que se decidió a preguntarme. ‒Mamá, no encuentro una goma de borrar, de esas que a veces tienes por ahí de reserva.― ‒No sé hijo, las habrás ido gastando a lo largo del curso pasado y este, ¿has mirado en las cajas de colores que hay en tu escritorio?― ‒Sí, y no hay. Solo me queda una pequeña parte de la que estaba usando. Espero me dure lo suficiente.― Susurró. Continuó dibujando algo, no controlaba sus tareas, hacía tiempo que era autónomo, demostraba ser bastante responsable y muy exigente con él mismo, diría que demasiado. A cambio, yo me había acomodado en esa confianza; pero aún era un niño, si había algo que le hacía feliz y que hacía llevadera esta situación de confinamiento eran las carreras por casa con nuestro Lolo, nuestra mascota, un caniche blanco con apariencia de peluche eterno, juguetón y con mucha energía. Los dos en el suelo haciéndose mimos y rabietas eternas. En estos días habían surgido llamadas, lágrimas y pérdidas, una en mi ciudad natal y otra un Ángel de nuestro pueblo, crespón negro en mi balcón. Aplausos cada día a las ocho y medicina para el alma con la música que nuestros vecinos, la familia Cantos, nos regalaban. Una forma de sentir que en esto estábamos todos unidos y que nunca habíamos sido tan vecinos como ahora. En ese momento mi hijo aprovechaba para salir a saludar a su profesor de música al que adoraba y para él era una suerte poder verle asomado cada día a esa hora. Todo era un tanto surrealista, pero era, estaba siendo y si algo teníamos era tiempo para reflexionar. En casa se hablaba de que había que volver al trabajo… ‒Pero, ¿os proporcionarán mascarillas? Deberás llevar precaución y, cariño. Había pasado un mes de confinamiento y estábamos bien. Eso me decía a mí misma. Y de nuevo mi chaval a continuar con su tarea. De repente escuché como una queja, que se convirtió en un lamento. ‒ ¡No no puede ser Lolo, no, tíralo!― ‒ ¿Qué pasa?― Me asomé y vi en el rostro de mi hijo un gesto de ira e impotencia que le siguió de un llanto cada vez más intenso e inconsolable. No entendía que pasaba. ‒Lolo ha cogido mi goma de borrar y mira, no ha quedado nada, solo pequeños pedacito rotos que ya no podré usar.― Lloraba, no podía parar… No parecía tener sentido. ‒Ahora cómo podré borrar, ¡Cómo borraré lo que está mal! ¿Y si quiero borrar y volver a empezar? No podré volver a empezar mamá…― ‒Tranquilo, en cuanto pueda saldré y compraré una.― Le decía intentando consolarle. ‒No mamá, ¡no quiero que salgas!― De repente, algo vino a mi cabeza y empecé a entender… Cogí una hoja y con rabia y firmeza escribí una palabra en ella. Puse en sus manos la hoja. ‒Llora hijo, llora todo lo que necesites.― Él siguió llorando y poco a poco sus lágrimas fueron cayendo sobre el papel, emborronando aquellas letras hasta hacerlas desaparecer. Me volví pequeñita, me agaché sobre sus delgados muslos y lloré con él, nunca abrazo nos hizo sentir tanto. ‒No tengas ‟MIEDO”, estoy aquí contigo.― Y entonces escuché esbozar lo que parecía una pequeña risa mezclada en llanto… ‒ ¿Lo ves hijo? Ves como se ha borrado. Siempre habrá algún modo de borrar lo malo. ¡HIJO, SIEMPRE HABRÁ UN MODO DE EMPEZAR DE NUEVO! Lucía Vanessa Ayuso