



![]()





“Un camino de mil pasos comienza en un solo paso.”

¿La muerte de las escuelas tradicionales?
¿La muerte de las escuelas tradicionales?
“La tradición no es la adoración de las cenizas, sino la preservación del fuego.”
Gustav Mahler
“Todos buscan un maestro perfecto; lo que pasa es que los maestros son humanos, aunque sus enseñanzas puedan ser divinas, y eso es algo que a la gente le cuesta aceptar. No hay que confundir al profesor con la clase, el ritual con el éxtasis, el transmisor del símbolo con el símbolo mismo. La Tradición está ligada al encuentro con las fuerzas de la vida, y no a las personas que lo transmiten.”
Paulo Coelho
“Tradición: Creación incesante. La tradición nunca estuvo al alcance de los tradicionalistas.”
Luis Cardoza y Aragón
“La Educación crea discípulos, imitadores y seguidores de rutinas, no pioneros de nuevas ideas, ni genios creativos. Las escuelas no son jardines de infancia de progreso y mejora, sino conservatorios de tradición y de formas de pensamiento fijas.”
Ludwig von Mises
Hace unos meses me contactó desde Japón el profesor Jean Michelle Mollier que lleva viviendo allí 22 años, casado con una japonesa. Su interés por la cultura y tradiciones japonesas, le llevó a ponerse en contacto y a estudiar con diferentes maestros locales; durante estos años se apercibió que muchas de estas antiguas escuelas estaban a punto de desaparecer con la muerte de sus ancianos maestros; sus dojo vivían en un mar de desinterés y de falta de candidatos, fueran estos herederos familiares, que se desentienden, o incluso jóvenes estudiantes, que no estaban dispuestos a dar secuencia a sus tradiciones.
Jean Michelle me propuso presidir una organización dedicada al rescate de semejantes situaciones; agradecí el gesto poniéndome a su disposición, pero avisando de mi falta de tiempo y comentándole lo inevitable que me parecían la mayoría de los casos, pero que con gusto daría difusión a su existencia.
Todo lo que tiene un principio, tendrá un final. Reza así el implacable dictado de la naturaleza. Todo lo que se materializa, comienza con un impulso que alcanza su culmen y pierde fuelle, hasta desvanecerse. Sin embargo, existen espirales que encuentran puntos de conexión, que dan secuencia a su movimiento y se establecen como tensiones que durarán mientras haya energía que las alimente.
Es la variabilidad de las cargas energéticas la que, para mantenerse, debe pasar por fases o frecuencias vibratorias, con sus altos y bajos que llamamos frecuencias tensionales, comunicando dos puntos que posean una carga, lo suficiente similar por un lado, para lograr comunicarse, y con la necesaria polaridad, para generar energía a partir de su complementaria o equivalente tensión. Así ocurre por ejemplo con la electricidad de nuestras casas.
Aquí entra el tercer factor condicionante, el medio. Imaginemos que la casa se abandona o se desconecta de la red. Vaciadas de propósito útil, las cosas tienden a decaer. La mayor fuerza para dar secuencia a las cosas es su capacidad de adaptación, no su fuerza; si por fuerza fuera ¡Seguirían los dinosaurios dominando la tierra!
La capacidad de adaptación depende de dos factores, la resiliencia, en cuanto a estructura y la flexibilidad, en lo referente a la función. Las grandes transformaciones forzarán ambos puntos al extremo, pues todo lo que nace ocurre por la ley de la necesidad y todo lo que desaparece, lo hace por resultar superfluo. Toda adaptación extrema implica incluso una necesaria mutación, suficiente para dar secuencia a la vida de cualquier forma animal o vegetal. La naturaleza, el único maestro que nunca se equivoca, nos lo enseña generando la maravillosa diversidad que la caracteriza. Estos procesos pueden no ser necesariamente lentos. Fue el caso los pinzones de las Galápagos, fundamentales para que Charles Darwin planteara la teoría de la evolución. Darwin observó que para cada isla los pinzones tenían picos muy distintos, concordando con el tipo de alimento que tenían a su alcance: picos más gruesos y fuertes para romper semillas, picos más pequeños para comer insectos… Naturalistas modernos observaron que ese proceso, que se pensaba paulatino, tuvo lugar ante sus ojos en tan solo unos años. Un tipo de pinzones tan especializados que solo se alimentaban de un clase de fruto, a tenor de una sequía, que llegó a mermar casi hasta la extinción su alimento, prácticamente desaparecieron. Años después se observaron algunos ejemplares de esa especie, pero con un pico mas grueso; éstos habían logrado alimentarse de una planta alternativa; aquellos ejemplares “anormales” con esta característica, se convirtieron en la norma de la especie, en tan solo una década.



¿La muerte de las escuelas tradicionales?
¿La muerte de las escuelas tradicionales?
¿Que podemos aprender aquí? Sin duda la especialización es una clave del éxito, si, pero también, llevada a un extremo, se convierte en una debilidad. Un repentino cambio del entorno, puede terminar con cualquier cosa. Hemos visto este proceso en el mundo empresarial, tanto como en el natural (¡Recuerdan los teléfonos de Nokia!). La única forma de subsistir se basa en la frase hermética: “¡Para que nada cambie, todo debe cambiar!”. El anquilosamiento y la inadaptación de los sistemas, les conduce a su desaparición funcional. En el mejor de los casos llegarán a convertirse en objetos de museo, cuadros colgados en la pared, estelas que nos hablan de las conquistas de tal o cual rey babilónico, Maya o hindú. Se pierden las culturas, los conocimientos que atesoraron, su idioma, su espiritualidad y solo quedan el recuerdo, las formas, los rituales… todo se olvida en pos de la implacable ley evolutiva. Lo mismo hubiera pasado con el Ju jutsu, (Jiu Jitsu, ¡Hasta el nombre le cambiaron por error!), si un hombre llamado Jigoro Kano, no hubiera creado una versión adaptada a su tiempo y especiales circunstancias llamada Judo. Hoy en día la raíz del Ju Jutsu resurge con fuerza, pero ¿Lo habría podido hacer sin que el Judo hubiera abierto las puertas? Las tres grandes tradiciones marciales japonesas que han abierto el mundo a la existencia de la cultura marcial japonesa, Judo, Karate y Aikido, se basan en mutaciones de otras tres formas antiguas, y que fueron tachadas de traidoras en su momento. Pero ¡Ahí están! Millones de personas las practican, y de entre esos millones, algunas han investigado y rescatado los conocimientos antiguos, dándoles de nuevo sentido y forma en nuestros días. Las demás escuelas demasiado anquilosadas, atadas a un pasado idílico, morirán por inanición agarrotadas en su parálisis. En consecuencia la fórmula de enrocarse, (¡mas tradición!) por sí sola, ha demostrado que no funciona. La adaptación no es algo opcional, sino mandatorio. La discusión versará aquí sobre “el qué” y sobre “el cómo”, pero nunca sobre la necesidad de cambio y esto implica un esfuerzo ímprobo de flexibilidad. Las estructuras han de tensionarse al máximo y los puntos de anclaje de ese cambio, estarán expuestos a enormes tensiones al actuar como puente entre el pasado y el futuro. No hay empero alternativa, o adaptación o extinción.
Si tenemos en cuenta simplemente el anacronismo de las viejas escuelas y de los tiempos modernos, encontramos solo ahí, un salto cuantitativo extraordinario. Si a esa tensión temporal, añadimos la espacial, otros sitios, otras culturas, la cosa se complica aún más.
Sin embargo, visto lo visto en Japón por Jean Michelle, el acento no está tanto en el segundo punto, puesto que la humanidad, en su proceso evolutivo, el mismo que generó la globalización, ha ecualizado la cuestión espacial y con ella la cultural. ¡Los jóvenes de todo el mundo se parecen mucho! Y a la postre serán ellos los destinados a dar secuencia o no a las tradiciones antiguas. Podemos filosofar lo que queramos con las diferencias culturales de un japonés de hoy en día, o de un muchacho europeo o norteamericano, pero seguro que a ambos los encontraremos gran parte del tiempo ejerciendo la movilidad de sus pulgares sobre un Smartphone y consumiendo muchos contenidos comunes de la red.
Toda cara tiene un dorso, y cuanto mayor es la cara mayor es el dorso. Surge una inesperada ventaja en este escenario: ¡La alienación es también común a todos! Estamos asistiendo en consecuencia a una nueva búsqueda de raíces, ante esa necesidad de anclarse en medio de la incertidumbre de unas sociedades desestructuradas; una labor que antaño hicieron, primero la religión y después el capitalismo, ambos sumidos en una profunda crisis.
Estas raíces deben, empero ahora, ser arbotantes y capaces de adaptarse a todos los terrenos; su esencia no versa pues en la profundidad con la que se entraban en sus tierras originarias (*), - curiosamente las primeras en despreciarlas… ¡Nadie es profeta en su tierra! - sino en la utilidad de su esencia, de su conexión primaria con las eternas necesidades del hombre.
Estamos asistiendo por ello a un renacer de las culturas precristianas, el chamanismo, las sabidurías herméticas, culturas ancestrales, capaces de establecer un marco referencial y aportar una cosmogonía, cuando todo lo establecido se derrumba.
Un ejemplo de esta situación, vivido en directo por este servidor, lo hemos experimentado con la cultura Shizen (Hagumo) y sus tradiciones sagradas, el ebunto. Trasladadas de Japón a Brasil en el siglo pasado, consiguieron rebrotar en esas tierras de forma extraordinaria, mientras aparentemente, en Japón, vivían un proceso de franca decadencia.
Fallecidos los líderes de esa época, el único de sus discípulos que siguió adelante con la tradición, curiosamente, no tenía ya los ojos rasgados. Pagó su precio por ello, si, pero también le preparó para convertirse en prácticamente el único capaz de conservar los conocimientos y el peso de toda una cultura.
(*) Excepto si éstas están vivas, en consecuencia adaptadas a los tiempos actuales, y por razón de sus formas y contenidos mantienen un vigor extraordinario. Este es el caso de la fiesta de los toros en España, Sudamérica y Francia, que nadando contracorriente a los tiempos del ecologismo y animalismo, llenan plazas y despiertan pasiones. Un caso totalmente extraordinario de perpetuación de una tradición que daría mucho que hablar.


Shidoshi Jordan Augusto, mi profesor, le ha dado secuencia, ahora de nuevo, en otras tierras, a toda una tradición, a un conocimiento y toda una cultura, incluso con idioma propio, siendo él, el gozne que articula todo el peso de ese cambio, de esa adaptación. Difícil posición, siendo además inmigrante y en un país extranjero. Lo paradójico es que ni él quería iniciar a nadie más, ni yo iniciarme, pero un día de Marzo, en las sierra de Madrid y por primera vez en la vieja Europa, esa ceremonia puso en marcha la rueda de una nueva etapa.
Hoy en día Shidoshi Jordan ha iniciado a mucha gente, hecho varios Shidoshi, consagrado varios sacerdotes (Kotoma Tonbo) y nuevos grupos en otros países, (y varios en España) damos secuencia a esta tradición de forma a veces espasmódica, pero contra todo pronóstico continuada.
Más allá del vigor espiritual que empuja la perpetuación de esta joya de la humanidad que es el ebunto, de las legiones de espíritus que dan secuencia a su culto y prácticas, el ebunto encaja dentro de una necesidad imperante en el mundo actual, siendo capaz de proveer de respuestas y acudir en auxilio de deficiencias muy presentes en el cotidiano de los paradigmas del siglo XXI.
Es verdad que el proceso está requiriendo de una cierta aculturación, en la que dividir lo esencial, de lo indispensable, es un arbitrio que requiere cintura, flexibilidad y resiliencia. Innegablemente por el camino quedarán muchas cosas, tal vez algunas grandiosas, a la par que impracticables en este nuevo contexto, pero a trancas y barrancas, aquí seguimos, dando secuencia a todo ello, incluso yo, que nunca me vi en ese papel, sino en el de divulgador, tengo hoy en día unos pocos alumnos. Encuentro altamente noble este proyecto y admiro la posición de mi maestro, tanto, como no la quisiera para mi.
Las antiguas escuelas marciales en Japón están muriendo. En lo marcial, los tiempos actuales imponen el pragmatismo, la eficacia, sea en un contexto deportivo, sea en uno combativo que se han comido la formalidad. Los tiempos acelerados se han tragado el lento aprendizaje, el purismo y los ritos, sustituidos por el mestizaje, el cross fighting, y los cursos de fin de semana. Los grandes maestros de antaño, tenían sus dojos llenos, en función de una situación, de una necesidad, y de una demanda que ha mutado; hoy en día mueren de inanición sin adaptarse.
¿Existen algunas excepciones a la regla? Sí, pero son eso excepciones; los vientos del cambio tiene una dirección muy clara y salvo que alguien pague para mantener el museo abierto, al que probablemente no acudirán ni siquiera visitantes.
Uno puede elegir morir con su razón, o sobrevivir con el cambio; algunos en este sector no poseen siquiera la posibilidad de decidir, pues por educación están apresados en su aprendizaje y posicionamiento… Cuanto mas tradicional en las formas, mas difícil será para una escuela el sobrevivir. En el ejercito los que sufrieron las novatadas con dolor, pocos meses después, se dedicaban a ejercerlas; pocos tuvimos la personalidad para escapar del circulo negativo del dolor, la mayoría incluso inconscientemente, cayó en él. Y es que todo tiempo pasado no fue necesariamente mejor… lo único seguro es que “todo tiempo pasado… fue anterior”, como decían “Les Luthiers”. El peso de la melancolía engarzada en el pasado, es una de las mayores dificultades para evolucionar; ¡No podemos andar al frente, con la cabeza girada hacia atrás! Ese sentimentalismo al retirar los ojos del presente hace que el personal no pare de golpearse siempre con la misma piedra.
Todo lo que nace muere; su única posibilidad de persistencia devendrá por trascendencia o sublimación, al renacer en otro plano.
Seguir con las tradiciones como un disco rallado, no funciona; hace falta “un salto” que haga avanzar “la canción” y ese salto debe implicar una cierta transmutación. Sabiendo empero que los naranjos en el polo, sólo se darán en invernaderos, debemos comprender que las limitaciones estructurales existen; pero el planeta está lleno de climas donde el naranjo, adaptándose a múltiples situaciones, florecerá, y donde los azahares podrán inundar muchas y diferentes tierras con su delicioso aroma. Si los usarán para hacer perfumes con su flor, o para comerse las naranjas, eso es harina de otro costal.
La esencia del sobrevivir es la necesidad, la utilidad; cuando las estructuras están anquilosadas, no veremos mas allá de nuestras narices convirtiéndonos, y eso también requiere y merece su reconocimiento y dignidad, el del episodio final de todo un ilustre linaje. Si el final es el remedio, la medicina que la naturaleza receta, que así sea, pero en el final, como al principio, lo será en su opuesto complementario, las cosas que lleve dentro deberán brillar en ese ultimo estallido de luz que anuncia el término y el nacimiento de toda nueva vida; el fruto es la ultima fase del árbol… ¡Qué rico!





Enrique de Vicente entrevista a
Enrique de Vicente entrevista a
Shidoshi Alfredo Tucci en su canal de youtube sobre Ebunto el Chamanismo japonés de los indigenas de Japón
Shidoshi Alfredo Tucci en su canal de youtube sobre Ebunto el Chamanismo japonés de los indigenas de Japón


«Si es la voluntad de Dios»
Testimonio de un Guerrero Hwarang
Hace una década, abandoné mi rebeldía y me rendí. Me había llevado medio siglo, tal era la profundidad de mi desafío.
Solo.
Con la cara contra el suelo.
Sin público.
Sin anuncios.
Solo Dios.
Durante cincuenta años había entrenado mi cuerpo para no arrodillarme. Había condicionado mi mente para no ceder. Había construido una identidad basada en la resistencia, el control y la conquista. La fuerza no era algo que practicaba, era lo que creía que era.
Y en 2015, esa identidad se derrumbó.
No públicamente.
No ceremonialmente.
En un retiro silencioso.
La noche en que caí al suelo y confesé a Jesucristo como Señor y Salvador no comenzó una transformación pública.
Comenzó una oculta.
Durante diez años, no escribí sobre ello.
Durante diez años, no lo proclamé en voz alta.
Durante diez años, permití que Dios me desmantelara, refinara, reordenara y santificara antes de hablar.
Hubo muchos momentos en los que sentí la necesidad de declarar mi testimonio en voz alta, de dar a conocer lo que había sucedido en 2015. Sin embargo, cada vez, algo me frenaba. No era miedo, era el momento. Ahora, diez años después, creo que el silencio ha cumplido su propósito. Ya no hablo por emoción, sino por obediencia.
Primero vino la rendición.
Ahora viene el testimonio.
Cuando los lectores se encontraron con mis artículos recientes...
Diciembre de 2025: «Oda a Knight Kilbo»
Enero de 2026: «Sé el pilar»
Febrero de 2026: «Sobre la alegría y la tristeza»
Marzo de 2026: «Orgullo»
No estaban viendo a un hombre avanzar hacia la rendición.
Estaban leyendo las reflexiones de un hombre que ya se había rendido.
Esos artículos no eran una preparación para mí.
Eran una preparación para ustedes.
En diciembre de 2025, cuando escribí sobre Kilbo, mi leal compañero, no estaba simplemente relatando recuerdos. Estaba cerrando un capítulo de diez años que comenzó la noche en que me arrodillé en 2015.
Kilbo había caminado a mi lado a través de la humillación, la reconciliación, el exilio y la reconstrucción. Era más que un compañero; era mi ángel de la guarda enviado por mi Señor para ayudarme a mantener el pacto que había hecho en el suelo aquella noche. A través de temporadas de debilidad y renovación, se mantuvo firme. Su fallecimiento no solo marcó una pérdida, sino que señaló la finalización de esa temporada sagrada.

En enero de 2026, cuando escribí sobre los pilares, no aspiraba a la estabilidad, sino que reconocía los cimientos que ya se habían sentado debajo de mí.
En febrero de 2026, cuando escribí sobre la alegría y la tristeza, estaba articulando una verdad con la que había luchado durante una década: que la rendición no elimina el sufrimiento, sino que lo redime.

En marzo de 2026, cuando diseccioné el orgullo, no estaba analizando una teoría.
Estaba confesando un recuerdo.
Los artículos no fueron la ruptura.
Fueron la revelación. La rendición ocurrió en 2015.
Lo que estás a punto de leer es lo que costó.
Y en el artículo que sigue, revelaré el llamado que se ha ido desarrollando a lo largo de todo esto.
No crecí aprendiendo a rendirme. Me enseñaron a resistir.
Desde el momento en que tomé conciencia de mí mismo, mi vida se orientó hacia la resistencia: contra la debilidad, contra el miedo, contra cualquier cosa que se pareciera a la vacilación. No me enseñaron a pedir ayuda. Me enseñaron a absorber el dolor y seguir adelante. La retirada no era una opción que existiera en mi vocabulario. La rendición no era una virtud. Era un fracaso de carácter.
Nací en un linaje de guerreros, no como una idea romántica, sino como una obligación. Era el hijo primogénito, criado con la idea de que mi vida no me pertenecía por completo. No pertenecía solo a mí mismo, sino a un legado que me precedía y que me sobreviviría.
Mi padre no era simplemente un artista marcial o un maestro. Era un hombre forjado en los capítulos más implacables de la historia moderna de Corea, moldeado por la guerra, el hambre, la anarquía y la supervivencia. Después de la Guerra de Corea, Corea del Sur no era la nación próspera que el mundo ve hoy en día. Era uno de los países más pobres del mundo. Las calles de Seúl no estaban gobernadas por la ley, sino por bandas, matones y sindicatos del crimen. El miedo era normal. La violencia era habitual. La justicia era escasa. En esas condiciones, mi padre no esperó a que las instituciones, que aún no existían, restablecieran el orden. Lo impuso él mismo.
A través del Hwa Rang Do, luchó contra delincuentes violentos, sometió a las bandas y protegió a las comunidades. Sus escuelas no eran espacios recreativos para que los niños
ganaran confianza o disciplina. Eran temidas. Eran respetadas. Eran eficaces. Más de treinta escuelas repartidas por Seúl eran la prueba de que se podía establecer el orden mediante la fuerza, la disciplina y una determinación inquebrantable.
Este fue el mundo que lo moldeó.
Y yo fui criado para heredarlo.
Pero la herencia no se transmite solo por la sangre.
Se imprime en el sistema nervioso, como si estuviera escrita en el tejido mismo del ser.
Antes de comprender la teología, antes de cuestionar la filosofía, antes de saborear la ambición, ya estaba aprendiendo un credo: controla lo que puedas, domina lo que se resista, nunca muestres debilidad.
Y, sin embargo, bajo el entrenamiento, bajo las expectativas, algo más suave se agitaba.
Incluso en los duros inviernos de mi infancia, cuando cabalgaba por la nieve hacia iglesias cuyo idioma no entendía, algo en mí reconocía un silencio más profundo que la fuerza.
Entonces no lo sabía.
Pero Dios ya estaba llamando a la puerta.
La fuerza no se fomentaba, se exigía. La debilidad no era inmoral, era inaceptable. El miedo no se discutía, se superaba. Desde mis primeros años, absorbí una única tesis tácita: el mundo respeta el poder. No la bondad. No la intención. No la sinceridad. El poder. La capacidad de imponer tu voluntad cuando aparece la resistencia. La compasión sin fuerza es impotencia. La moralidad sin fuerza es irrelevante. La supervivencia pertenece a los fuertes.
Cuando entré en la escuela primaria en Corea del Sur, mi padre me matriculó en primer grado un año antes que los demás. Era más joven, más pequeño, rodeado de niños mayores que ponían a prueba la jerarquía instintivamente a través del dominio. Pero año tras año, me convertí en presidente de la clase. No porque fuera encantador o popular, sino porque no podía ser derrotado.
El dominio creaba orden.
El orden creó seguridad.
Esa lógica se convirtió en la base de mi comprensión del mundo.
Aprendí el peso de la responsabilidad y la rendición de cuentas a una edad muy temprana. Como primogénito de cuatro hermanos, comprendí pronto que mi papel no era opcional. Yo era responsable de ellos. Cuando uno de mis hermanos cometía un error, desobedecía o era castigado con castigos corporales, yo también era castigado. Sus acciones se reflejaban en mí.
Aprendí rápidamente que la responsabilidad no es simbólica. Tiene consecuencias. Ser responsable significaba que sufriría por lo que permitía, pasaba por alto o no lograba evitar. El liderazgo, en su forma más temprana, no era un privilegio, era una carga.
A los nueve años, mi familia emigró a Estados Unidos. Todo se hizo más grande: los edificios, los coches, las raciones de comida, la gente. Una vez más, yo era el más pequeño.
Esta vez, también era el único niño asiático en una escuela donde todos eran blancos. No hablaba ni una palabra de inglés. Estaba aislado por mi aspecto, mi idioma y mi cultura.


«Aprendí rápidamente que la responsabilidad no es simbólica».
Los niños pueden ser crueles cuando la diferencia aparece sin protección. Me provocaban a diario.
Así que luchaba a diario.
No por deporte. No por orgullo, al menos no conscientemente. Por primera vez en mi vida, me atacaban no por algo que había hecho, sino por algo que era: mi aspecto, mi sangre, mi origen, algo que no podía desechar ni ocultar. Mi derecho de nacimiento era cuestionado, mi mera existencia era tratada como una provocación.
Luché porque retirarme era impensable. Luché porque someterme era como borrarme. Permitir que me dominaran no era una humillación, era una aniquilación. Luché no solo por mí, sino por mi país, mi etnia, mi linaje. Y cuando mi familia se mudó de nuevo, como solíamos hacer, volví a empezar, cargando con el mismo peso, respondiendo al mismo desafío. Las instrucciones de mi padre para lidiar con el acoso eran simples y absolutas:
«Elige al más grande. Delante de todos. Acaba con él de un solo golpe. Así nadie te volverá a tocar y ganarás muchos amigos».
Para muchos, esto suena brutal. Para mi padre, era práctico. Era el mismo método que había utilizado en la Corea de la posguerra para someter a los hombres violentos que solo entendían la fuerza. Y también funcionó en Estados Unidos. Las peleas nunca eran limpias. Eran desordenadas, caóticas y humillantes a su manera. Pero yo prevalecía. Y una vez que se establecía el dominio, el acoso cesaba.
Ese patrón se arraigó profundamente en mí: enfrentarse primero, no ceder nunca.
Sin embargo, incluso en aquellos años, bajo la coraza, bajo el choque cultural, bajo la constante disposición a defenderme, había algo más. Algo más tranquilo. Algo que no podía explicar.
En los años previos a cumplir los siete, en los largos y duros inviernos de Corea, recuerdo sentirme inexplicablemente atraído por la Navidad. Nuestra familia era budista en aquella época, pero yo esperaba la temporada con un anhelo que no entendía.
Corea era fría en invierno. Nevaba mucho. Me subía a la bicicleta de mi tío, que solo era ocho años mayor que yo, y íbamos de iglesia en iglesia para ver la misa de Navidad y participar en la Eucaristía. No entendíamos la teología. No entendíamos el sacramento. No sabíamos lo que estaba pasando.
Pero me encantaba el ambiente.
La ceremonia tenía solemnidad. El silencio parecía ordenado. Las velas, los cánticos, los movimientos... todo hablaba un lenguaje que mi espíritu reconocía antes de que mi mente pudiera interpretarlo. Algo me atraía. Me transmitía una sensación de paz y grandeza, como entrar en una realidad más antigua que el mundo exterior.
Aún no sabía lo que estaba sintiendo.
Cuando emigramos a Estados Unidos, mis abuelos se convirtieron al cristianismo y comenzaron a asistir a una iglesia presbiteriana coreana en Los Ángeles. Si los mayores iban, todos íbamos. Yo aún era joven, estaba en la escuela secundaria, y recuerdo que todos los domingos íbamos en coche a Los Ángeles para asistir a una iglesia coreana donde los sermones se pronunciaban en un coreano formal que era difícil de seguir.
Me pasaba la mayor parte del tiempo durmiendo.
No se parecía en nada a la misa católica de Navidad que recordaba de Corea. Esa maravilla infantil no volvió. Con el tiempo, descubrí una bolera cerca de la iglesia con máquinas de pinball. Aprendí a escabullirme durante el sermón y volver justo antes del final, como si hubiera estado allí todo el tiempo.
Esa fue mi primera relación con la iglesia: estructura sin encuentro. Asistencia sin presencia. La religión como algo que la gente hacía, no como algo que les hacía a ellos.
«A los nueve años, mi familia emigró a los Estados Unidos. Todo se hizo más grande: los edificios, los coches, las raciones de comida, la gente. Una vez más, yo era el más pequeño».
Yo era un niño profundamente curioso. Me preguntaba constantemente sobre el cielo: hasta dónde llegaba, dónde terminaba, qué había más allá. Soñaba con convertirme en alguien como Einstein, inventar una nave espacial con combustible infinito para viajar al borde del universo y ver si el cielo era real.
Devoraba libros de ciencia, especialmente los que podía comprar baratos en tiendas de segunda mano. Me obsesionaban las películas de ciencia ficción. Las marcaba en la guía de televisión, muchas de ellas se emitían a las 3:00 a. m. Ponía la alarma los días de colegio, me despertaba para verlas y luego volvía a dormirme unas horas antes de ir al colegio.
Creía que el conocimiento desvelaría la realidad.
Pero la adolescencia fracturó esa certeza.
En el instituto, me alejé de la ciencia y me acerqué a la literatura, la filosofía y el pensamiento existencial. Se hizo dolorosamente evidente que yo no era Einstein; el sueño de desvelar el

universo a través de la física comenzó a desvanecerse. En su lugar, me matriculé en un curso de Humanidades que combinaba inglés, clásicos y educación cívica, una convergencia inusual que se convirtió en una puerta de entrada a preguntas que no estaba preparado para afrontar.
Devorábamos varios libros cada semana: filosofía griega, epopeyas clásicas, teoría moderna, escritores existencialistas... Las visiones del mundo chocaban en mi mente como espadas en combate. Las certezas que antes tenía comenzaron a resquebrajarse. El universo ya no me parecía mecánico y predecible, sino complejo, ambiguo y perturbadoramente personal.
Por primera vez, las preguntas ya no se referían a cómo funcionaba el mundo.
Se referían a por qué existía.
Empecé a cuestionarlo todo, especialmente a Dios.
Entonces, un solo momento endureció mi resistencia.
Durante una sesión de estudio de la Biblia después de la misa, hice una pregunta; ahora ni siquiera recuerdo la pregunta exacta, solo el tono de mi ansia por comprender. El joven pastor, cualquiera que fuera su título, me miró y me dijo que me callara.
Eso fue suficiente.
Si la verdad no podía resistir el cuestionamiento, no quería tener nada que ver con ella. A partir de ese día, me negué a asistir a la iglesia.
Irónicamente, no fue la teología lo que me llevó de vuelta al edificio.
Fue el amor.
Mis padres querían que asistiera a la iglesia, no porque fueran devotos, sino porque entendían algo práctico: la fe a menudo produce moral, y la moral protege a los jóvenes. También eran conscientes de que yo estaba a la deriva, inquieto, agudo, cuestionándolo todo.

Así que probaron una táctica sencilla. «Hay una chica guapa en la iglesia».
Fui.
Y sí, era guapa.
Me senté a su lado. La cortejé con la misma franqueza con la que abordaba todo lo demás. Pronto llevé a ella y a su hermana a conocer a mis padres. Se convirtió en mi primer amor, mi primera novia. Entonces supe que su padre era pastor y, una vez más, me encontré inmerso en la iglesia, no tratando de encontrar a Dios, sino tratando de ser digno de la chica que amaba.
Después de solo unos meses, a los diecisiete años, decidí hacer lo que creía que era honorable. Me senté con su padre y le pedí su bendición para casarme con su hija.
Él tosió, casi ahogándose ante la audacia de un joven de diecisiete años que le hacía tal pregunta, y luego dijo unas palabras que resonarían en mi vida como una profecía que me negaba a aceptar:


«A su debido tiempo. Esperemos y veamos. Si es la voluntad de Dios».
Esa frase se convirtió en una espina clavada para mí: «Si es la voluntad de Dios».
Mi novia la repetía a menudo, tan a menudo que me harté de oírla. Le dije que sí, que tal vez Dios tiene una voluntad, pero que nosotros debemos elegir. Debemos actuar. Es nuestro esfuerzo el que determina si tenemos éxito o fracasamos.
No me di cuenta de que estaba articulando la teología de toda mi vida:
La autonomía es fuerza.
La sumisión es debilidad.
En retrospectiva, eso no era solo arrogancia adolescente.

Era el Edén.
Era la primera negativa a inclinarse.
Cuando tenía diecisiete años, ella se quedó embarazada.
De niño, siempre había soñado con tener una familia numerosa: diez hijos, mi propio ejército. Pero cuando me enfrenté a la realidad de la paternidad, me entró el pánico. Me dije a mí mismo que era demasiado joven. Tenía demasiado que hacer. Un mundo que conquistar. Un legado que construir. No podía atarme ahora.
Decidimos abortar al niño.
No se lo contamos a nuestros padres, un silencio del que más tarde me arrepentiría profundamente, ya que su sabiduría y orientación podrían haber alterado el camino que elegimos.
Cuando salió de la clínica, apenas podía mantenerse en pie. Corrí hacia ella y se derrumbó en mis brazos. En ese momento, algo dentro de mí se rompió. Sentí todo el peso de una decisión que nunca podría deshacerse.
El remordimiento fue inmediato. La culpa era total. No había justificación lo suficientemente fuerte como para sobrevivir a la reali-

dad de ese momento. Más tarde intentamos reconciliarnos. Intentamos reconectar. Fallamos.
Así que hice lo que hacen los guerreros cuando están heridos en un lugar que no pueden mostrar: lo enterré.
Me endurecí.
Seguí adelante.
Me volqué en la ambición, en el Hwa Rang Do, en la conquista de todos los ámbitos posibles. Y aún no comprendía la realidad espiritual más peligrosa: el pecado no confesado no desaparece.
Se convierte en combustible.
Se convierte en el motor oculto que impulsa el orgullo.
La culpa no siempre paraliza a un hombre.
A veces lo impulsa.
A veces lo convence de que los logros compensarán la confesión. Que si construye lo suficiente, conquista lo suficiente, se expande lo suficiente, el pasado quedará ahogado bajo el progreso.


Y así corrí.
No del mundo.
De mí mismo.
Al entrar en la edad adulta, todo lo que me habían enseñado a hacer comenzó a funcionar. Esa es una frase importante, porque el éxito es mucho más peligroso que el fracaso. El fracaso te hace humilde rápidamente. El éxito te convence de que siempre has tenido razón.
Yo tuve éxito.
No de forma ocasional. De forma constante.
La disciplina que me había mantenido con vida cuando era niño se convirtió en un arma en el mundo adulto. Trabajé más duro que todos los que me rodeaban. Toleré la presión que otros evitaban. Acepté la responsabilidad de la que otros huían. Donde había desorden, impuse estructura. Donde había incertidumbre, decidí. Donde otros dudaban, yo actuaba.
Y el mundo me recompensó por ello.
El aplauso del mundo es un anestésico peligroso.
Alivia el dolor sin curar la herida.
Cada éxito reforzaba la ilusión de que no solo era capaz, sino necesario. Que si seguía siendo lo suficientemente disciplinado, lo suficientemente fuerte, lo suficientemente implacable, la vida cedería.
Pero la vida no cede.
Expone.
Y cuando llega la exposición, no negocia con el orgullo.
La gente suele confundir el orgullo con la arrogancia. Eso es demasiado simple. El orgullo, en su forma más peligrosa, se disfraza de virtud. Parece responsabilidad. Suena a deber. Se siente como sacrificio. Y como produce resultados, rara vez se cuestiona.
Me decía a mí mismo que me motivaba el servicio. La lealtad. La obligación. Me convencí de que la humildad significaba trabajar más duro que los demás, cargar con más que los demás, aguantar más que los demás sin quejarme.
Pero bajo esa narrativa había una convicción más oscura que crecía lentamente, reforzada por los resultados:
Soy necesario.
Y una vez que un hombre cree que es necesario, ya no cree que sea responsable. Puede que siga hablando el lenguaje de la responsabilidad, pero interiormente se ha entronizado a sí mismo. Si las cosas funcionan, es gracias a él. Si las cosas fallan, es porque los demás no fueron lo suficientemente fuertes.
Eso no es liderazgo.
Es idolatría de uno mismo, disfrazada de deber.
Este es el patrón sobre el que advierte la Escritura con aterradora precisión: una victoria tras otra puede hacer que un líder olvide que el liderazgo se confía, no se arrebata. Construí organizaciones. Entrené guerreros. Expandí el Hwa Rang Do más allá de lo que muchos creían posible. Asumí tareas que otros decían que no se podían hacer y sentí una satisfacción embriagadora al demostrar que se equivocaban. Cada obstáculo se convirtió en combustible. Cada duda que me lanzaban endurecía mi determinación.
Viví según el espíritu del que más tarde escribí con total convicción: no hay plan B. Quema las naves. Elimina la retirada. Sigue adelante.
En muchos sentidos, ese espíritu forjó la grandeza. Purificó el compromiso. Agudizó el enfoque. Creó resultados.
Pero también creó algo más:
Un mundo sin piedad.
Ni para los demás.
Y, desde luego, tampoco para mí mismo.
La alegría acompañaba al éxito, pero era aguda y fugaz. Nunca perduraba. En cuanto se alcanzaba un objetivo, aparecía el siguiente. La satisfacción siempre estaba fuera de mi alcance. Confundí esta inquietud con ambición. En realidad, era un hambre que los logros no podían saciar.
Cuando algo se derrumbaba —y siempre se derrumbaba algo—, la tristeza llegaba sin previo aviso. Creía que la alegría y la tristeza eran opuestas: una había que perseguirla, la otra había que derrotarla. Aún no entendía lo que más tarde articularía con claridad: la alegría y la tristeza son inseparables, provienen de la misma profundidad.
Cada alegría llevaba consigo la semilla de la tristeza, porque el apego garantiza la pérdida. Y la tristeza, lo admitiera o no, revelaba la medida de lo que amaba.

Mi pensamiento se agudizó durante este periodo. Estudié filosofía en profundidad. Exploré el existencialismo, la ética, la metafísica, la naturaleza de la mente y el significado. Me volví elocuente. Preciso. Podía diseccionar sistemas de creencias, exponer contradicciones, defender mis posiciones con claridad. Me convencí de que la comprensión equivalía a la sabiduría.
Pero la verdad subjetiva tiene un defecto fatal.
Se derrumba bajo el sufrimiento.
La filosofía agudizó mi intelecto.
Pero el sufrimiento agudizó la realidad.
Las ideas se pueden reorganizar.

Las pérdidas, no.
Cuando el desamor me atravesó, pasó por alto todos los argumentos que había construido. Ignoró el rango. Ignoró la reputación. Ignoró el dominio.
Golpeó el lugar desprotegido.
Y yo no tenía defensa alguna.
Ninguna filosofía se mantuvo cuando la pérdida llegó sin ser invitada. Ninguna disciplina impidió la traición. Ningún dominio me aisló del desamor. Y cada vez que la vida atravesaba la armadura, Dios llamaba a la puerta.
Sobreviví a accidentes de coche que deberían haberme mata-

do. Sobreviví a una caída de cinco pisos sobre hormigón que dejó atónitos a los médicos. Cada vez, interpreté la supervivencia no como misericordia, sino como confirmación.
Me dije a mí mismo que era fuerte.
Me dije a mí mismo que era el elegido.
Me dije a mí mismo que era invencible.
Aún no entendía que la supervivencia no es un respaldo.
Es paciencia.
Y la paciencia es a menudo la forma más aterradora de amor, porque te permite seguir caminando hasta que finalmente llegas al límite de ti mismo.
Durante este período, viví bajo un inmenso peso de expectativas, algunas heredadas, muchas autoimpuestas. Creía que sin mí todo se derrumbaría. Que mis alumnos, mi organización, mi familia, mi legado dependían de mi constante vigilancia.
Esta creencia me parecía noble.
También era una mentira.
Una de las verdades más difíciles de aceptar para los guerreros es esta: el entrenamiento puede perfeccionarte, pero no puede convertirte en Dios.
Nosotros no sostenemos la balanza. Nunca hemos tenido el equilibrio. Hay un Guardián, una Autoridad Suprema, y cuando llega el momento, todos nuestros logros se colocan en la balanza.
Esa verdad es insoportable para el hombre orgulloso.
Porque significa que nunca fuiste soberano.
Y yo no quería que eso fuera cierto.
Quería que el mundo se rigiera por la fuerza y el

esfuerzo, porque ese era el mundo en el que podía ganar.
Sin embargo, la vida tiene una forma de presentar algo que no cede ante la habilidad: un sueño se derrumba, una relación termina, la traición golpea, el cuerpo comienza a fallar. En esos momentos, todas las técnicas y todos los conocimientos demuestran ser valiosos, pero limitados. Y más allá de esa frontera, Dios espera.
Me estaba acercando a esa frontera.
Y aún no lo sabía.
El orgullo no muere ruidosamente.
Muere en una habitación silenciosa cuando cesan los vítores, cuando no queda nada que demostrar, nadie a quien impresionar y ninguna fuerza que utilizar como arma. El orgullo muere cuando el alma finalmente admite la verdad que ha pasado décadas huyendo:
No puedo soportarlo.
Mi prometida terminó nuestra relación.
Sin previo aviso.
Sin negociación.
Sin reparación.
A ella le gustaba decir que vivía según dos reglas: «nunca te quejes, nunca des explicaciones», como si tomar prestado el silencio de la monarquía británica pudiera pasar por fortaleza. Y yo, con mi propio credo de «nunca retrocedas, nunca te rindas», no reconocí que dos voluntades intransigentes estaban destinadas a chocar. No estábamos construyendo la paz; estábamos acelerando hacia el impacto.


Mirando atrás, puedo ver algo que entonces no veía.
Incluso aquí, Dios me estaba respondiendo.
Me dio todo lo que creía que quería en una mujer —belleza, pasión, glamour, intensidad— y algo que ni siquiera había pedido: riqueza. Me pareció un favor. Me pareció una recompensa. Me pareció la prueba de que, después de todo lo que había soportado, por fin estaba recibiendo lo que me merecía.
Pero no era un regalo.
Era un ajuste de cuentas.
Él me permitió comprender plenamente lo que yo creía que me haría feliz, no para complacerme, sino para exponerme. Se me dio el objeto de mi deseo en abundancia para que descubriera lo erróneo que era realmente ese deseo.
Hay una advertencia oculta en el viejo dicho: «Ten cuidado con lo que deseas».
No solo la amaba.
Me enamoré perdidamente.
Me obsesioné.
Ella se elevó por encima de todo: por encima de mi familia, por encima de Hwa Rang Do,
por encima de mi vocación. Sin darme cuenta, la había elevado más allá de la compañía, hasta convertirla en lo más importante.
Se convirtió en mi ídolo.
Y los ídolos deben caer.
Había sobrevivido a la violencia, al racismo, a la presión implacable y a décadas de responsabilidad. Había construido y reconstruido. Me habían derribado y me había vuelto a levantar. Me decía a mí mismo que sabía cómo soportar cualquier cosa.

Pero esta pérdida era diferente.
Porque, por primera vez, la maestría no protegió lo que más importaba.
Por fin me había permitido esperar algo más allá del legado, más allá de la constante exigencia de ser digno. Me permití imaginar el descanso. La compañía. Un futuro compartido. Una vida que no se definiera únicamente por demostrar mi valía.
Y cuando terminó, no solo me hirió.
Desmanteló la arquitectura de mi identidad.
Lo que se derrumbó no fue solo una relación.
Fue la ilusión de que podía asegurar mi felicidad a través de la posesión.
Fue la falsa creencia de que si lograba lo suficiente, si era lo suficientemente disciplinada, si amaba lo suficientemente intensamente, podría conservar lo que deseaba.
Esa pérdida hizo lo que décadas de lucha no pudieron hacer.
Dejó al descubierto mi corazón.
Y lo que encontré allí no fue devoción.

Me retiré por completo.
Uno de mis alumnos, intuyendo que la soledad se había vuelto peligrosa para mí, me ofreció un lugar donde quedarme en Los Ángeles. No era comodidad, era refugio, un lugar tranquilo donde no desaparecería. E incluso bajo el techo de otra persona, rodeada de preocupación, me aislé. No se lo conté ni a mi familia ni a la mayoría de mis amigos. Solo unos pocos confidentes de confianza sabían la verdad.


No quería ánimos. No quería consejos. No quería soluciones. No quería que me dijeran que «fuera fuerte». Había sido fuerte toda mi vida.
La fuerza no me estaba salvando.
La fuerza era lo que me había impedido rendirme. Era la segunda vez en mi vida que contemplaba la posibilidad de quitarme la vida.
La primera fue años antes, cuando aún era joven y ya me sentía aplastado por el peso de la responsabilidad, la posición y las expectativas. Entonces no intenté suicidarme, pero era imprudente con mi vida de una forma que era indistinguible de la indiferencia.
Una noche, tratando de impresionar a un grupo de jóvenes relacionados con una familia yakuza, salté desde mi balcón, a cinco pisos de altura. Calculé mal la distancia, no alcancé la barandilla a la que quería agarrarme y caí.
Durante esos pocos segundos de caída libre, toda mi vida pasó ante mis ojos.
Quedé inconsciente en la entrada de hormigón. Desperté en una cama de hospital, salvado por razones que nadie podía explicar.
Sobreviví sin lesiones graves. En el hospital, me enteré de que un hombre de la habitación contigua había muerto tras caer desde solo dos pisos. Los médicos y los internos venían repetidamente a ver al «niño prodigio» que había sobrevivido a una caída desde cinco pisos.


No podía olvidarlo.
Esa noche, hice una promesa que aún no entendía: «Dios, no sé si existes. Pero si existes, gracias. Y juro que nunca volveré a ser tan imprudente con mi vida».
Esta vez fue diferente.
No fue dramático.
No fue impulsivo.
Fue tranquilo.
No era solo dolor, era agotamiento. El agotamiento de llevar siempre la carga. De arreglarlo

todo. De prevalecer siempre. De ser siempre la que se suponía que debía aguantar sin romperse.
Empecé a ver cómo el orgullo se disfraza de responsabilidad, y cómo la responsabilidad, sin examinar, se convierte en una prisión.
Fue allí, cuando la guerrera finalmente se quedó sin respuestas, cuando Dios llamó a la puerta.
No a través del sentimiento.
A través de la confrontación.
Un maestro coreano de Hwa Rang Do de alto rango se puso en contacto conmigo.
Aunque era de rango inferior al mío, era diez años mayor que yo, un hermano mayor en la vida. En mi más profundo dolor, oculté mi dolor como siempre había hecho. Años de disciplina me habían enseñado a enmascarar la fractura bajo la compostura.

Mientras hablábamos, descubrí algo que me dejó atónito: se había convertido al cristianismo.
Solo unos años antes, había pasado innumerables noches en vela de fiesta y bebiendo con él en Corea, rodeado de mujeres hermosas y tentaciones implacables, viviendo como guerreros sin ataduras, dándonos el lujo de creer que nuestra fuerza nos protegía de las consecuencias.
Así que, escuchar ahora que se había convertido al cristianismo me desorientó, me pareció casi irreal.
Me habló de un proyecto de desarrollo en Papúa Nueva Guinea, de establecer allí un santuario de Hwa Rang Do. Mientras describía selvas remotas y comunidades aisladas, algo se removió en mi interior.
Al principio, pensé: Esto es un regalo de Dios.
Un escape.

Una puerta de salida de mi dolor.
Imaginaba dejar atrás el mundo y desaparecer en las selvas primitivas de Papúa Nueva Guinea, lejos de los recuerdos, lejos del dolor, lejos del lugar donde mi corazón se había roto. La fantasía me parecía misericordiosa: una vida de entrenamiento, servicio, aislamiento, sin nadie que me viera desmoronarme.
Pero él no me ofreció simpatía.
Y yo no le expliqué mi situación.
No hubo intercambio de dolor, ni compartimos heridas. Solo hablamos de Cristo.
Él no me consoló.
Me desafió.
Dios no llamó a mi puerta con consuelo. Llamó con confrontación.
No envió a un terapeuta.
Ni a un simpatizante.
Sino a un hermano que me hizo una sola pregunta que desmanteló décadas de orgullo intelectual:
«¿Has leído la Biblia?».
La pregunta no era acusatoria.
Me dejó al descubierto.
Me volvió a preguntar directamente: «¿Has leído la Biblia?». Respondí de forma refleja, con una confianza nacida del intelecto

más que de la obediencia. Le dije que probablemente conocía las historias bíblicas mejor que la mayoría. Había debatido con muchos cristianos profesos. Conocía su lenguaje. Conocía su lógica.
Él me dejó sin palabras:
«No. ¿Has leído la Biblia?».
Hice una pausa. «¿Te refieres de principio a fin? No. ¿Y tú?». Esperaba que dijera que no.
Pero no fue así.
«Sí», dijo. «Muchas veces».
Se produjo un silencio.
En ese momento, todos los argumentos que había esgrimido hasta entonces se derrumbaron. No podía discutir sobre un libro que nunca había leído realmente. Mi mente, tan acostumbrada a desmontar las de los demás, no tenía ningún punto de apoyo.
Cuando terminó la llamada, supe lo que se me exigía.
Tenía que abrir la Biblia.
Entre las pocas posesiones que aún conservaba, solo había una Biblia: la que había llevado conmigo durante treinta y tres años. Un volumen encuadernado en cuero con mi nombre grabado en oro. Un regalo de mi primer compañero de equipo, mi amigo íntimo del instituto.
Durante treinta y tres años, la vida terrenal de Jesucristo, ese libro viajó conmigo sin abrirse.
Me mudé de continente con él.
A través de triunfos y fracasos.
A través de identidades construidas y desmanteladas.
A través de pérdidas, ambición, orgullo y reinvención.
Siempre estuvo ahí.
Y nunca la abrí.

Más tarde me di cuenta de la simetría: tardé el mismo número de años que Cristo caminó por esta tierra antes de abrir finalmente Su Palabra.
Esa noche, la cogí.
E inmediatamente me resistí.
Todo en mí se rebeló. No era religiosa. Desconfiaba de las

«Fue entonces cuando comprendí lo profundamente que había malinterpretado la fuerza».
personas religiosas. Despreciaba las posturas morales y la fe superficial. Creía que muchos cristianos esgrimían el «pecado» como un arma y vestían la «gracia» como un disfraz. Mi mente había desmantelado sus argumentos innumerables veces.
Pero esto no era un argumento.
Era una orden, pronunciada con autoridad espiritual, y me golpeó como una espada.
Esa noche, sin nada que defender ni nada que preservar, abrí la Biblia.
No de forma estratégica.
No con reverencia.
Con desesperación.
Ni siquiera sabía qué eran los Evangelios, pero había oído que Juan era importante. Así que recurrí a él, aunque no al Evangelio de Juan, sino a una de sus cartas, como si, incluso en mi ignorancia, estuviera siendo guiado.
Lo que encontré allí no me pareció antiguo.
Me pareció inmediato.
Cristo no hablaba como un filósofo que ofrece ideas para la contemplación. Años de estudio de la filosofía me habían enseñado sus limitaciones: un giro interminable hacia el interior. Pensamientos que se alimentan de pensamientos. Preguntas que generaban más preguntas. Un intelecto impresionante que no producía autoridad, ni finalidad, ni verdad capaz de soportar peso. Agudizaba la mente, pero no anclaba el alma.
Cristo no era así en absoluto.
Hablaba con autoridad: clara, intransigente, definitiva. No había lugar para reinterpretarlo en algo manejable. Sus palabras no invitaban a la admiración.
Exigían obediencia.
Y lo primero que me impactó no fue el consuelo.
Fue la orden.
Amaos los unos a los otros.
Ama a tus enemigos.
Perdona a los que te ofenden.
No simbólicamente.
No selectivamente.
Completamente.
Luego vino el golpe que me dejó helado: si me negaba a perdonar aunque fuera a uno solo, no podría entrar en el Reino de los Cielos.
Para un guerrero, esto era intolerable.
Me habían entrenado para identificar las amenazas y neutralizarlas. La justicia significaba consecuencias. La traición exigía una respuesta. El orden se mantenía mediante la fuerza. El perdón, tal y como yo lo entendía, era debilidad, una invitación a que se repitieran las malas acciones.
Pero Cristo fue más allá.
El juicio no pertenece en absoluto al hombre.
La justicia pertenece solo a Dios.
En ese momento, algo dentro de mí se rompió, no emocionalmente, sino estructuralmente. Todo un marco se derrumbó. Me di cuenta de que mi obsesión


por el castigo, el control y la retribución no había sido justicia.
Había sido orgullo.
Y si Dios es verdaderamente Dios, entonces su justicia supera cualquier cosa que yo pudiera ejecutar.
Lo que significaba que mi sed de venganza no era virtud. Era rebeldía.
A medida que seguía leyendo, me encontré con algo aún más devastador: la obediencia de Cristo. Traición. Humillación. Tortura. Muerte, soportada por no haber hecho nada malo.
Él no tomó represalias.
No se justificó.
No defendió su inocencia.
Se sometió.
No porque fuera débil.
Porque era soberano.
Fue entonces cuando comprendí lo profundamente que había malinterpretado la fuerza. Creía que la fuerza significaba dominación. Cristo reveló que la fuerza era obediencia a la Verdad, incluso cuando eso lo costaba todo.
Y entonces, sin previo aviso, la verdad que había enterrado durante treinta y tres años salió a la superficie.
Vi claramente lo que había hecho cuando tenía diecisiete años.
Había asesinado a mi propio hijo.
No como metáfora.
No como ideología.


Como un hecho ante Dios.
Todas las defensas se evaporaron. Todas las comparaciones con los demás perdieron sentido. Todas las ilusiones de superioridad moral se hicieron añicos. Había despreciado la afirmación cristiana de que todos somos pecadores, creyendo que era psicológicamente destructiva y espiritualmente manipuladora.
Ahora comprendí que era el único punto de partida honesto.
Y algo más me impactó con devastadora claridad.
Treinta y tres años.
Si ese niño hubiera vivido, ahora tendría treinta y tres años.
La misma edad que tenía Cristo cuando fue crucificado. La simetría era insoportable.
Durante treinta y tres años llevé conmigo una Biblia sin abrir.
Durante treinta y tres años enterré una vida que yo había extinguido.
Durante treinta y tres años me resistí a Aquel cuya propia vida fue entregada a esa misma edad.
Era como si, en mi rebelión, hubiera rechazado no solo a mi hijo, sino al mismo Cristo.
La comprensión no me acusó de forma teatral.
Me destrozó. Me derrumbé.
Las compuertas se rompieron: décadas de culpa y dolor enterrados surgieron en mí en un torrente que no podía controlar ni contener.
No de forma teatral.
No de forma simbólica.
Sino corporalmente.
Mis piernas cedieron. Caí al suelo y me estiré, boca abajo, en plena postración.
Toda mi vida había creído que la oración debía hacerse de pie, sereno, controlado, mirando hacia el cielo. Un guerrero no inclina la cabeza con debilidad. Mira hacia arriba. Habla con claridad. Se presenta con dignidad, como si se presentara al servicio.
Pero esa noche, no pude mantenerme en pie.
Mi cuerpo se rindió antes de que mi orgullo tuviera palabras. Me tumbé completamente boca abajo. Presioné mi frente contra el suelo como si pudiera hundirme en él. Intenté bajarme aún más, como si la humildad tuviera grados y yo aún no hubiera llegado al fondo.
Empujé mi cara con más fuerza contra el suelo.
No había ningún lugar más bajo al que ir.
Quería que la tierra se tragara al hombre que había sido.

Y en ese lugar más bajo, con la cara contra el suelo, despojado de mi título, despojado de mi defensa, despojado de mis argumentos, esperaba la aniquilación.
Esperaba la condenación.
Esperaba que todo el peso de la justicia divina cayera sobre mí.
En cambio, encontré misericordia.
No una negación de lo que había hecho.
No una minimización.
No un consuelo psicológico.
La verdad permaneció intacta. Pero no era aplastante. Era protectora.
En ese momento comprendí algo a lo que me había resistido toda mi vida: la cruz no era abstracta. Era personal.
Cristo no murió por la humanidad en teoría. Murió por los pecadores en realidad. Por los orgullosos. Por los rebeldes. Por los que se justifican a sí mismos.
Por hombres como yo.
La conciencia de que había acabado con una vida a los diecisiete años no desapareció. Se agudizó. Pero junto a ella llegó algo más grande. Si mi pecado era real, entonces su expiación tenía que ser real. Si mi culpa era concreta, entonces su sacrificio tenía que ser suficiente.
La gracia solo resulta ofensiva para aquellos que aún creen que pueden salvarse a sí mismos.
En el suelo, en 2015, supe que yo no podía.

No regateé. No negocié.
No prometí reformarme a cambio del perdón.
Simplemente confesé.
Y al confesar, me rendí.
La carga que había llevado durante treinta y tres años no se evaporó emocionalmente en un instante. Pero su autoridad sobre mí se rompió.
Hay una diferencia. El remordimiento permaneció. Pero la condena no.
El recuerdo permaneció. Pero la vergüenza perdió su dominio.
Pensaba que el cristianismo era debilidad. Descubrí que requería el mayor valor que jamás había ejercido.
Es mucho más fácil dominar a los demás que arrodillarse ante Dios.
Mucho más fácil justificar que confesar. Mucho más fácil construir un legado que rendir el ego.
Aquella noche de 2015, perdí algo.
Perdí mi rebeldía.
Y al perderla, encontré una paz que nunca había logrado mediante la disciplina, la meditación o la fuerza.
No porque sintiera algo extraordinario.
Sino porque finalmente había obedecido. Y la obediencia es la cuna de la paz.
El guerrero que se definía a sí mismo por la resistencia descubrió que la resistencia había sido la verdadera prisión.

La rendición no era una derrota.
Era una liberación.
Y abrí la puerta a Aquel que había estado llamando todo el tiempo.
Poco después, tomé una decisión que parecía pequeña, pero que resultó profundamente simbólica: adopté un perro, Kilbo.
No era solo una compañía. Era un espejo viviente. Un compañero que podía sentir la verdad bajo mi quietud. Con el tiempo, comprendí que también era misericordia: un ángel guardián en forma de perro.
Kilbo requería algo que mi orgullo no había practicado bien: amor que no es transaccional. Un cuidado que no exigía rendimiento.

Responsabilidad sin dominación. En mis épocas más oscuras, él le dio sentido a mis mañanas y ritmo a mis días, porque, independientemente de si me sentía digna o no, Kilbo me necesitaba.
Y a través de él, Dios me enseñó algo que había aprendido a evitar durante toda mi vida:
Cómo suavizarme sin debilitarme.
Cómo estar presente sin controlar.
Cómo amar sin conquistar.
Poco después, regresé a casa, no a Corea, sino a la casa de mis padres.
Me había ido de casa a los dieciocho años para ir a la universidad y, en mi mente, nunca había regresado realmente. En mi ima-
ginación, «regresar a casa» debía ser algo triunfal: un guerrero que regresa con tributos, pruebas, victorias.
En cambio, regresé sin nada.
Sin esposa.
Sin hijos.
Sin pruebas visibles de una vida que avanzaba «como debía».
Como hijo mayor, se suponía que debía casarme, formar mi propio hogar, criar hijos y continuar el linaje. Ese era el

orden del honor. Lo había deseado. Lo había intentado. Pero no pude cumplirlo.
La vergüenza de ese fracaso me dolía más de lo que admitía.
Así que no regresé al cómodo ala de la casa donde había vivido. Elegí las habitaciones del servicio, una pequeña habitación en una esquina. No fue por casualidad. Fue una autoimposición. No creía que mereciera comodidades. No creía que mereciera espacio. No creía que mereciera ser visto.
«Kilbo exigía algo que mi orgullo no había practicado bien: amor que no es transaccional».

Me quedé en casa con Kilbo. Leía la Biblia todos los días. Solo salía para comer. Las Escrituras, el silencio, la vergüenza.
La tensión con mi padre era insoportable.
Los dos éramos guerreros por naturaleza, y mi madre se interponía entre nosotros, como un amortiguador, una mediadora, un escudo silencioso. El orgullo era el idioma que hablábamos con fluidez, aunque ninguno de los dos lo admitiera. Y aunque estaba destrozada, seguía intentando mantener la compostura. No podía dejar que él me viera derrumbarme, aunque eso era precisamente lo que estaba pasando.
Si soy brutalmente honesto, lo único que quería era su aceptación. No instrucciones. No consejos. Su aceptación. Pero él no podía ofrecérmela.
Entonces, una noche, todo estalló.
Una gran discusión, aguda, violenta, en la que años de decepción y expectativas finalmente salieron a la luz. En ese momento, aprendí algo que siempre había sabido en teoría, pero que temía en la práctica: la reconciliación no se consigue evitando el conflicto. Hay que afrontar el conflicto para poder resolverlo. Sin embargo, tanto mi padre como yo temíamos que la confrontación entre
nosotros pudiera ser catastrófica. Él era un hombre formidable y me había moldeado para que yo fuera igual de inflexible. Nos entendíamos demasiado bien. Si nuestro orgullo se encendía sin control, el daño podría haber sido irreparable.
Y, sin embargo, solo al entrar en ese fuego, al dejar que el conflicto saliera a la superficie con honestidad —fue posible la reconciliación.
Si no me hubiera visto obligado a volver a casa, esa tensión —mi vergüenza y la decepción de mi padre— quizá nunca se habría resuelto. Podríamos haber seguido distantes, cordiales, orgullosos y sin resolver el conflicto hasta que la muerte nos separara.
En cambio, Dios me acorraló.
Ahora veo que no regresaba derrotado.
Estaba siendo purificado.
Él me despojó de todo aquello en lo que confiaba: mi posición, mi independencia, mi orgullo, mis ilusiones. Me redujo a lo que realmente era, más allá de los títulos y los logros: desnudo, expuesto, sin defensas.
Y en esa exposición, Él me purificó.
No mediante la humillación.
Mediante la verdad.
Esta purificación tenía que ocurrir si quería seguir adelante, no como un hombre que aún intentaba demostrar su valía, sino como un hijo reconciliado, como un siervo obediente, como un guerrero refinado a través de la rendición.
Después de aquella noche de 2015, la rendición no fue completa.
Había comenzado.
Mientras leía las Escrituras a diario en mi tranquilo retiro, una verdad comenzó a presionarme con creciente claridad: el bautismo.


«Kilbo me había acompañado a través de la humillación, la reconciliación, el exilio y la reconstrucción. Era más que un compañero; era mi ángel de la guarda enviado por mi Señor para ayudarme a mantener el pacto que había hecho en el suelo aquella noche. A través de temporadas de debilidad y renovación, se mantuvo firme. Su fallecimiento no solo supuso una pérdida, sino que marcó la culminación de esa temporada sagrada».
El agua.
La purificación.
La muerte del hombre viejo.
Si quería llamarme cristiano, si quería pertenecer verdaderamente a Cristo y no solo admirarlo, no podía seguir siendo abstracto. La rendición requería encarnación.
Me había arrodillado.
Ahora debía ser lavado.
Al principio, la idea me inquietó. Ya me había confesado. Ya me había rendido. ¿No era eso suficiente?
Pero las Escrituras no dejaban lugar a la obediencia parcial.
La fe debe ser declarada.
Y el viejo yo debe ser enterrado.
Así que me puse en contacto con el hermano del amigo que me había dado la Biblia treinta y tres años antes. Para

entonces, se había convertido en pastor. Le pregunté si me bautizaría.
Se alegró mucho de saber de mí después de tantos años. Al principio aceptó.
Pero pasaron las semanas. No hubo respuesta.
Algo muy inusual en él. Pero no le presioné.
Para entonces, había aprendido algo: si una puerta permanece cerrada, hay que esperar.
Ese verano, viajé a la Toscana, Italia, para nuestro evento anual. Aunque interiormente aún me estaba recuperando, cumplí con mis responsabilidades: impartí seminarios, enseñé cursos intensivos e instruí a mis alumnos en el camino del Hwarang.
Exteriormente, seguía siendo Gran Maestro. Interiormente, me había rendido de nuevo.
Y fue allí, entre las onduladas colinas toscanas, donde
llegó la claridad.
El mismo Cristo había sido bautizado por Juan el Bautista, que más tarde se convertiría en su discípulo.
El Maestro se arrodilló ante el siervo. La autoridad se humilló ante la obediencia.
En ese momento, lo comprendí. No necesitaba una ceremonia.
No necesitaba reconocimiento.
Necesitaba obediencia.
Y la obediencia no requiere rango.
Requiere alineación.
Me acerqué a uno de mis alumnos, el instructor jefe de Italia, y le pregunté si me bautizaría.
Se quedó atónito.
Al principio se negó, preguntando humildemente cómo podía conceder tal honor a su Gran Maestro.

Le hablé de Juan el Bautista.
De Cristo arrodillándose.
Sobre cómo el orden del cielo no refleja la jerarquía de los hombres.
Él lo entendió.
Encontramos un pequeño arroyo en la campiña toscana, enclavado entre las colinas onduladas. El agua corría clara sobre piedras lisas. Era tranquilo. Sencillo. Sin espectacularidad.
Y sabiendo que la rendición debía ser presenciada, le pedí a mi hermana que nos acompañara.
Allí, en ese arroyo, me arrodillé ante mi alumno.
No como Gran Maestro. Como creyente, como siervo.
Él leyó mi Biblia, la misma Biblia que había llevado sin abrir durante treinta y tres años.
El agua del arroyo vivo fue derramada sobre mí.
Y en ese momento, sentí algo más profundo que la emoción.
Sentí el entierro. El anciano, el que se había construido sobre el orgullo, la conquista, la indispensabilidad, fue simbólicamente enterrado.

Y me levanté de esa agua no elevado, sino purificado. Una vez más, no fue mi voluntad, sino la Suya. Nunca fue mi intención ser bautizado por mi alumno en un arroyo toscano.
Fue una alineación. Y poco después, se abrió el camino

hacia Luxemburgo.
No como una huida, sino como una obediencia.
Fui a Luxemburgo con dos maletas.
Ni siquiera llegar allí fue obra mía. Nunca había oído hablar de Luxemburgo. Mi intención original era Italia. Teníamos una fuerte presencia de Hwa Rang Do allí, un sólido grupo de seguidores, una infraestructura ya establecida. Era lógico. Era estratégico. Tenía sentido.
Italia no concedió el visado.
El proceso se estancó. Se retrasó. Se denegó. Todos los esfuerzos encontraron resistencia. La puerta que creía que se abriría simplemente no lo hacía.
Años atrás, eso me habría enfurecido. Habría presionado más. Habría aprovechado mi influencia. Habría buscado otro ángulo. Habría forzado el movimiento con mi fuerza de voluntad.
Pero esta vez fue diferente.
Uno de nuestros instructores más jóvenes, del club más pequeño del país más pequeño, se ofreció a intentarlo en Luxemburgo.
Años más tarde, lo recordaría no como instructor, sino como un joven nervioso en el primer Campeonato Italiano. Era un día de verano sofocante. Tenía las palmas empapadas de sudor cuando dio un paso adelante para ejecutar su forma de espada. A mitad de la rutina, perdió el agarre. La hoja salió volando de su mano y cortó el aire.
Por la gracia de Dios, nadie se interpuso en su camino. Si hubiera habido alguien allí, el resultado habría sido catastrófico.
Le di la reprimenda más dura de su joven vida. Lo castigé severamente. En ese momento, era un chico que había fallado bajo presión, al que se le corrigió con firmeza y se le recordó el peso de la responsabilidad.
Y, sin embargo, fue ese mismo chico, convertido en hombre, el que más tarde me ayudó a abrir la puerta que me salvó.
Hay una silenciosa ironía en esa verdad.
Aquel a quien una vez corregí en mi debilidad se convirtió en el instrumento de mi liberación. Lo menos esperado se volvió esencial. Lo más pequeño se convirtió en el canal.
Es cierto: Dios utiliza lo que pasamos por alto. Él eleva a los que están en posiciones humildes para lograr lo que el orgullo no puede prever. Lo que parece insignificante en una temporada se vuelve decisivo en otra.
Él obra de maneras que ninguna estrategia puede predecir.
Y en este caso, obró a través de un niño que antes temblaba, con las palmas sudorosas y una espada voladora.
Con la ayuda del instructor jefe en Italia, comenzaron el proceso. No creía que fuera a tener éxito. Luxemburgo era conocido por ser uno de los países más difíciles de Europa para obtener un visado de trabajo. Los requisitos eran muy estrictos. Tenían que demostrar que mi experiencia no podía replicarse ni dentro del país ni en el extranjero.
La ironía era evidente.
Después de toda una vida creyendo que era indispensable, ahora esperaba a que los burócratas decidieran si era necesario o no.
Y entonces, contra toda probabilidad, me concedieron el visado.
No porque lo hubiera orquestado.
No porque lo hubiera maniobrado.
No porque lo hubiera forzado.
Se abrió.
Mirando atrás, veo claramente lo que no pude articular del todo en ese momento: no fue un éxito administrativo. Fue la providencia.
Italia era mi plan.
Luxemburgo era el suyo.
Y por primera vez en mi vida, cuando me enfrenté a algo que no se ajustaba a mis preferencias, no me resistí.
Obedecí.
Hubo un tiempo, cuando tenía diecisiete años, en el que me burlaba de la frase «si es la voluntad de Dios». La rechazaba. Creía que el destino pertenecía a los audaces, no a los obedientes. Creía que los resultados se forjaban, no se recibían.
Ese joven habría luchado contra Luxemburgo. Habría insistido en Italia.
Habría interpretado la resistencia como un reto que superar.
Pero el hombre que se arrodilló en el suelo y se rindió a Cristo ya no interpretaba las puertas cerradas como obstáculos.
Las veía como una dirección.
Lo que antes resistía como debilidad —la sumisión a la voluntad de Dios— se había convertido en la base misma de mi fuerza.
Así que llegué a Luxemburgo con dos maletas.
Sin séquito.
Sin reputación.
Sin público.
Solo obediencia. Y en esa obediencia, comencé a comprender algo que había tardado cincuenta años en aprender por las malas:
La voluntad de Dios no es una limitación. Es alineación. Y la alineación es donde reside el verdadero poder.
Durante años viví en una tierra que no era la mía, sin idioma, sin influencia, sin historia. Solo se me conocía por quién era en el momento pre-
sente, no por lo que había construido en el pasado.
Esto era santificación.
La santidad no es elevación.
Es separación con un propósito.
Allí, Dios eliminó los últimos residuos de mi antigua identidad: la necesidad de ser el centro, la necesidad de ser indispensable, la creencia de que todo dependía de mi fuerza.
Lenta y deliberadamente, me enseñó lo que es realmente el valor.
La fuerza impone la voluntad.
El valor se somete a la verdad.
Y cuanto más aprendía eso, más comprendía la paradoja final del camino del guerrero: solo se puede confiar en que se mantenga en pie el guerrero que se arrodilla.
Una vez que aprendí a arrodillarme, empecé a ver patrones que antes había llamado coincidencias.
Las puertas cerradas no eran obstáculos, sino redirecciones.
Italia cerrada.
Regreso a casa denegado.

Luxemburgo abierto a través de los instrumentos más pequeños.
La providencia no grita, sino que organiza.
Durante siete años en Luxemburgo, serví en silencio. En muchos sentidos, me pareció una penitencia. No había ningún imperio que construir. Ningún legado que expandir. Solo obediencia en las pequeñas cosas. Creía que esa etapa era temporal, que una vez terminada, volvería a casa, cuidaría de mis padres ancianos y asumiría responsabilidades en nuestra sede mundial para que mi padre, mi estimado maestro de Hwa Rang Do, pudiera finalmente jubilarse.
Parecía lo correcto.
Parecía honorable.
Parecía lógico.
Pero, una vez más, lo que parecía lógico no era la voluntad de Dios.
En 2023, cuando mis padres visitaron Luxemburgo, les comuniqué mis intenciones. Hablé con convicción. Creía que estaba preparado para volver. Creía que era mi deber.
Mi padre me escuchó. Luego, con delicadeza pero con firmeza, se negó.
Insistió en que me quedara en Europa y continuara con mi trabajo. Con su estilo característico, me expresó su gratitud y su amor, asegurándome que no necesitaba que lo cuidara. Sus palabras no eran despectivas, eran deliberadas.
En ese momento, reconocí algo familiar. Puertas cerradas. Otra vez.
Italia se había cerrado.
El regreso a casa se había cerrado.
Y esta vez, no lo interpreté como una resistencia.
Escuché una indicación.
Con sus palabras aún resonando en mi interior, comenzamos a buscar un hogar permanente en Luxemburgo, no como una estación temporal, sino como raíces.
La primera propiedad que encontramos era modesta. Asequible. Una casa para reformar enclavada en la tranquila campiña. Necesitaba una renovación importante, pero era manejable. Sensata. Dentro del presupuesto. Pero el vendedor dudaba.
Pasó el tiempo. La incertidumbre creció. Mi familia regresó a casa. Yo me quedé solo, continuando con la búsqueda.

Entonces descubrimos algo inesperado.
En el extremo norte de Luxemburgo, fronterizo con Bélgica, se alzaba una extensa finca rural con más de un siglo de antigüedad. Desgastada. Sin planos ni proyectos, una reliquia de otra época. En su día había servido como retiro católico. Su granero se había convertido en una capilla. Generaciones de fieles habían pisado sus terrenos.
Al estar frente a ella, me sentí abrumado por la magnitud del trabajo que requería.
Sin embargo, también vi algo más: potencial.
No para la comodidad, sino para la vocación.
No era un piso de soltero. No era un lujo privado. Requeriría vivir entre mis alumnos, sacrificar la privacidad y abrazar la comunidad. Una vez más, mis preferencias personales chocaban con mi propósito.
Una opción ofrecía independencia y comodidad. La otra exigía rendirse.
El piso de soltero se esfumó. El antiguo retiro católico permaneció.
La providencia rara vez grita. Cierra una puerta en silencio y deja otra abierta.
Inicialmente escéptico, presenté una oferta por la propie-

dad. Fue rechazada inmediatamente.
Así que hice algo que no habría hecho años atrás.
Escribí una carta.
No era una negociación. No era una ventaja. Un testimonio.
Conté mi historia. Expliqué mi visión: restaurar la propiedad no solo como un hogar, sino como un santuario para el aprendizaje, el crecimiento y la formación. Un lugar donde los futuros caballeros Hwarang pudieran recibir orientación tanto en disciplina como en carácter.
Para nuestro asombro, los propietarios lo reconsideraron. Aceptaron. Así comenzó la transformación.
Las renovaciones comenzaron casi exactamente siete años después del día en que llegué por primera vez a Luxemburgo. Siete: el número de la consumación. El número de Cristo. Un ciclo completo.
No fue una coincidencia. Fue una coreografía divina.
Desde niño, había oído historias de mi padre, que se marchó de casa cuando era adolescente, prometiendo volver solo después de alcanzar el éxito. Siete hermanos. Pobreza. Adquirió una pequeña casa con mi madre que también servía como sala de entrenamiento. Ratas correteando por la noche. Afianzó sus habilidades con el lanzamiento de cuchillos, no por deporte, sino para sobrevivir a las duras condiciones de vida.
Esas historias encendieron un sueño en mí: construir algún día un santuario donde se formaran guerreros, no solo en técnica, sino también en carácter. Un lugar donde convergieran la tradición y la iluminación. Donde la disciplina se uniera con el propósito.
Durante décadas, esa visión cambió de forma. Se trasladó de país. Cambió de escala. Evolucionó con mi ambición. Nunca, ni una sola vez, imaginé que se manifestaría como un antiguo retiro católico en la zona rural de Luxemburgo.
Sin embargo, aquí estoy.
Entre paredes desgastadas por el tiempo que alguna vez resonaron con oraciones. Convirtiendo una antigua capilla en un santuario de Hwa Rang Do. Renovando piedras antiguas no para glorificarme a mí mismo, sino para administrar algo que me fue confiado.
Mirando atrás, veo que no fue solo la culminación de siete años.
Fue el entretejido de casi seis décadas.
Cada fracaso.
Cada éxito.
Cada pecado.
Cada rendición.
Nada se desperdició.
Lo que una vez interpreté como una interrupción fue una orquestación.
Lo que una vez resistí como un retraso fue una protección.
Lo que una vez exigí controlar estaba siendo cuidadosamente redirigido.
Porque todas las cosas son transitorias.
La reputación se desvanece. La fuerza disminuye. Las instituciones surgen y caen. La alegría y la tristeza se alter-
nan como las estaciones. Incluso el legado, si se idolatra, se convierte en polvo.
Pero hay una constante.
Dios.
Inmutable. Eterno. Inmune al paso del tiempo.
Su voluntad no fluctúa con nuestras preferencias. Sus planes no se doblegan ante nuestra ambición. Sus propósitos no se aceleran a petición nuestra.
Y, sin embargo, en su soberanía, nos invita, no a conquistar el destino, sino a participar en él.
En Él he encontrado refugio.
No porque la vida se haya vuelto más fácil.
Sino porque ya no confundo mi voluntad con la suya.
Incluso ahora, mientras escribo estas palabras, lucho con Dios. Las frustraciones permanecen. Los desafíos se multiplican. Hay días en los que cuestiono la magnitud de lo que tengo ante mí.
Pero ya no interpreto la resistencia como abandono.
Reconozco el refinamiento.
Mis luchas surgen no porque Él me haya fallado, sino porque Sus planes divergen de los míos.
Y esa divergencia es fe.
La fe no es una creencia pasiva.
Es confianza forjada en la contradicción.
Es obediencia cuando los resultados siguen sin estar claros.
Es rendición cuando el viejo instinto es forzar.
Y así construyo.
No para conquistar.
No para validarme.
No para demostrar que soy indispensable.
Sino porque estoy alineado.
Y la alineación, después de cincuenta años de resistencia, es la mayor fortaleza que he conocido.
Dos años más tarde, mi padre estaba a mi lado.
No como juez.
No como comandante.
Como testigo.
Estábamos juntos en Luxemburgo durante nuestra reunión anual, en el mismo lugar que Dios había orquestado a puerta cerrada y con instrumentos improbables. El antiguo retiro católico, antes desgastado y olvidado, volvía a estar vivo. Aunque aún sin terminar, con mucho trabajo por delante, los estudiantes se entrenaban. Las risas resonaban. La disciplina y la devoción coexistían bajo las antiguas vigas.
Y mi padre observaba.
Cuando me entregó un regalo sustancial, le di las gracias, formalmente, con respeto, como había hecho toda mi vida.
Y entonces dijo algo que nunca había oído antes.
«Me hace muy feliz. Te lo mereces».
Nunca me había dicho esas palabras.
Ni una sola vez en sesenta años.
Había pasado toda mi vida luchando por oírlas.
De niño, estudiaba para evitar el castigo.
De joven, entrenaba para demostrar mi valía.
De adulto, construía para asegurar la herencia.



Creía que la aprobación se ganaba con la victoria.
Y, sin embargo, la primera vez que oí «te lo mereces» fue después de haber renunciado a todo.
Esa era la ironía.
Porque para entonces, ya no creía que mereciera nada.
Cuando me arrodillé y me rendí a Cristo, me enfrenté a una verdad que ninguna disciplina podía suavizar: no era digno. No tenía derecho. No era justo. No era autosuficiente. Había pecado. Había fallado. Había construido ídolos. Había confundido el orgullo con la virtud.
Y, sin embargo, fui perdonado.
La gracia es ofensiva para el hombre orgulloso porque no se puede ganar.
La misericordia desmantela la jerarquía.
Al pie de la cruz, no hay rangos. No hay títulos. No hay legados.
Solo hijos.
Cuando finalmente comprendí que no merecía nada, me volví agradecido por todo.
Y fue en esa postura, vaciado de derechos, despojado de la autojustificación, que escuché las palabras que había perseguido durante seis décadas:
«Te lo mereces».
No porque hubiera conquistado lo suficiente.
No porque hubiera demostrado lo suficiente.
No porque hubiera soportado lo suficiente.
Sino porque la rendición me había reordenado.
La herencia no se conquista. Se recibe.
Y solo puede recibirla un hombre que ya no cree que tiene derecho a ella.
Luché toda mi vida para no arrodillarme.
Creía que arrodillarse significaba derrota.
Pero el día que caí de rodillas y confesé a Jesucristo como Señor, no perdí mi fuerza.
Perdí mi rebeldía.
La fuerza sin rendición se convierte en tiranía.
La disciplina sin humildad se convierte en orgullo.
El dominio sin obediencia se convierte en aislamiento.
Pero la fuerza rendida a Cristo se convierte en mayordomía.
La disciplina sometida a la verdad se convierte en santificación.
El dominio sometido a Dios se convierte en servicio.
Una vez rechacé las palabras «si es la voluntad de Dios».
Ahora me anclan.
Porque la voluntad de Dios no es limitación.
Es alineación.
Y la alineación es libertad.
Y la disciplina conduce a la libertad:
La disciplina de seguir la voluntad de Dios.

La libertad de rendirse en Sus brazos.
Me entrenaron para nunca retroceder.
Para nunca rendirme.
Sin embargo, la mayor victoria de mi vida no fue ganar una batalla, expandir una organización o demostrar mi valía.
Fue arrodillarme.
Porque cuando finalmente me arrodillé, me sentí más grande que nunca.
No como un maestro que demostraba su valía, sino

como un hijo que había vuelto a casa.
Las palabras de mi padre terrenal importaban porque una vez las necesité desesperadamente.
Pero la misericordia de mi Padre Celestial importaba porque yo no la merecía.
La primera construyó disciplina.
La segunda restauró mi identidad.
Una formó a un guerrero.
La otra redimió a un hijo.
Este es mi testimonio.
«De joven, me entrené para demostrar mi valía. De adulto, construí para asegurar mi herencia. Creía que la aprobación se ganaba a través de la victoria. Y, sin embargo, la primera vez que escuché «te lo mereces» fue después de haber renunciado a todo».



Convertirse en Sensei a los cincuenta: una vida dedicada al camino de la espada Mi andadura en las artes marciales comenzó en 1982, durante la guerra del Líbano. Cuando era un joven soldado israelí, vi un programa de la BBC en la televisión jordana llamado *The Way of the Warrior* (El camino del guerrero). En esa pantalla vi a mi futuro sensei de kárate, Morio Higaonna. En ese momento, decidí que, una vez terminara mi servicio militar, iría a Japón.


También tuve el honor de estudiar otras artes clásicas. A través de Hanshi Patrick McCarthy, conocí a Sugino Yoshio Sensei, maestro de Tenshin Shōden Katori Shintō-ryū (天真正 伝香取神道流), una de las tradiciones marciales más antiguas que se conservan en Japón. También me formé en Musō
A mediados de la década de 1980 no existía Internet y había poca información sobre Japón. Sin embargo, en 1984, en mi segundo día después de aterrizar, conocí al sensei Sato en el Nippon Budokan. Él me guió al Kyumeikan Dojo, donde comencé mi estudio de por vida con el sensei Kubo Akira. Solo cuando cumplí cincuenta años me invitaron a sentarme cerca de él en el shinza y me presentaron formalmente como «Sensei Avi». Ese momento no fue la obtención de un título, sino una responsabilidad ganada.

Shinden-ryū Iaido ( 夢想神伝流 ), fundado por Nakayama Hakudō, mientras continuaba mi práctica diaria en Kyumeikan como uchi-deshi (alumno interno). Este era mi kurashi (暮らし ), no solo entrenamiento, sino una forma de vida moldeada por la disciplina, la humildad y el cuidado.
Kurashi significa más que un simple «estilo de vida», es cómo se vive cada día de forma intencionada, con atención y equilibrio. Mis maestros me enseñaron que el budō no está separado de la vida cotidiana, sino que se expresa en cómo uno se mueve, habla, enseña y soporta las dificultades con dignidad.

El Kyumeikan Dojo fue fundado en 1957 por Kubo Kahei Sensei, en una época en la que Japón era un país pobre y espiritualmente herido tras la guerra. Su visión era utilizar el kendo para preservar los valores del respeto, el esfuerzo y la confianza. Tras el repentino fallecimiento de Kahei Sensei, Kubo Akira Sensei heredó el dojo a una edad temprana y lo llevó adelante a pesar de las dificultades, llegando a acoger a más de 13 000 estudiantes de 47 países. Kyumeikan se convirtió en un pequeño pero significativo puente entre Japón y el mundo.
El kendo (剣道), «el camino de la espada», desciende del kenjutsu y preserva el espíritu de los samuráis a través de la práctica moderna con shinai y bōgu. Más allá de la técnica, enseña la conciencia de la mente. Una enseñanza clave es Shikai (四戒), las cuatro enfermedades de la mente:
• Kyo (驚): sorpresa o conmoción
• Ku (恐): miedo
• Gi (疑): duda
• Waku (惑): vacilación

Estos estados nublan el juicio y crean debilidad. A través del kihon, el compromiso y la atención plena, el practicante aspira a alcanzar el heijōshin (平常心), una mente tranquila y constante, o el mushin (無心), la ausencia de mente.
Además, hay un principio que falta en la psicología del bienestar y las autoafirmaciones actuales. Este principio proviene de la metodología japonesa Shuhari. Shu, Ha y Ri son tres fases por las que se pasa en el camino hacia el dominio. Shu significa «obedecer» y es la primera fase, cuando se es solo un principiante. Esto implica proteger la forma, replicar los movimientos y la técnica del maestro y suprimir deliberadamente el ego mientras se repiten las formas, corrigiendo a través de la conformidad y confiando en el linaje para desarrollar la memoria muscular y la disciplina moral. Una vez que se ha avanzado a través de Shu, se está listo para Ha, que significa «desprenderse». Durante la fase Ha, se rompe la forma correctamente y se puede empezar a flexibilizar las reglas y desviarse selectivamente de las formas estrictas. Solo en la fase Ha se permite incluso hacer preguntas al maestro.

Finalmente, el alumno está listo para la fase Ri o «trascender». En este punto, el maestro hará preguntas al alumno, cuyas respuestas pueden incluso proporcionar información al maestro que las formula. El alumno trasciende la técnica en esta fase y no hay forma, solo acción correcta. Es en esta fase cuando el alumno integrará todo lo que ha aprendido de su maestro, lo que ha probado por sí mismo y sus desviaciones selectivas de su propio maestro, y ya se le habrá animado a estudiar con otros maestros para desarrollar su propio estilo. Aunque no había un plazo establecido para cada una de estas fases, un alumno solía pasar entre 5 y 10 años en la fase Shu, entre 5 y 15 años en la fase Ha y, a veces, ni siquiera llegaba a la fase Ri, lo cual era normal, pero si dedicaba verdaderamente su vida a su arte y observaba todos los pasos, podía llegar a Ri después de 20 o 30 años.
Hoy en día, veo a muchos que afirman ser maestros sin tener paciencia ni humildad. Los títulos se venden más fácilmente de lo que se ganan. Mis maestros me enseñaron que el verdadero budō lleva décadas, no certificados. Convertirse en Sensei a los cincuenta años no era un final, sino una continuación de la responsabilidad: transmitir el espíritu, no el ego.
Este artículo es solo una pequeña parte de la sabiduría que me han transmitido. Si transmite un mensaje, es este: el camino es largo, y ese es precisamente su valor.
«Este artículo es solo una pequeña muestra de la sabiduría que me han transmitido. Si transmite un mensaje, es este: el camino es largo, y ese es precisamente su valor».

Conversaciones con Shmulik sobre la era de las mujeres Yamato Nadeshiko
Shmulik es un amigo de los años 80 que solía entrenar karate con Soke Oyama Kyokushin, en la época en que yo mismo era estudiante en Japón. Se quedó en Japón desde entonces y ahora tiene una familia, pero a menudo hablamos durante horas sobre los viejos tiempos y la amistad, pero sobre todo sobre la cultura japonesa y su papel en el desarrollo del espíritu Budo desde su perspectiva y mi experiencia, tanto de la época


en que viví allí como ahora, de mis numerosos viajes en los últimos años. He observado los grandes cambios que se han producido en la cultura desde los «viejos tiempos» en Japón hasta hoy. Para comprender estos cambios, debemos examinar la historia de la relación de Japón con las mujeres, lo bueno y lo malo de su historia y cultura, y la relación de la mentalidad japonesa con las artes marciales y la innovación.




A menudo explico a mis alumnos la importancia de la esposa del instructor. En las artes marciales chinas, al instructor masculino se le llama «Sifu», mientras que a la esposa se le llama «Simo» o «Shimu» (que significa «maestra madre») y es un papel importante y venerado en las artes marciales chinas como el kung fu. En las artes marciales japonesas, el término «Sensei» se utiliza para referirse al instructor masculino, mientras que no existe un nombre o función tradicional que se utilice ampliamente para la esposa del Sensei basándose únicamente en su relación con su pareja.
Como en todos los países, en la antigüedad, en Japón existían algunas tradiciones vergonzosas:
Las mujeres de confort eran mujeres y niñas obligadas a la esclavitud sexual por las Fuerzas Armadas Imperiales Japonesas en los países y territorios ocupados antes y durante la Segunda Guerra Mundial. El término «mujeres de confort» es una traducción del japonés «ianfu» (慰安婦) y, aunque no podemos cambiar el pasado, podemos lamentar que esto ocurriera y dar paso a una nueva era.
El término «Yamato Nadeshiko» (やまとなでしこ o 大和撫子) se utiliza a menudo para describir a una joven recatada y, en un contexto contemporáneo, para referirse con nostalgia a las mujeres con buenas cualidades, que se consideran cada vez más escasas. Se trata de un término japonés que significa la personificación de una mujer japonesa idealizada y es el arquetipo de la feminidad conservadora y tradicional. Este fue un concep-


to especialmente popular durante la Segunda Guerra Mundial, que representaba a la mujer japonesa idealizada: elegante, hermosa, modesta, pero con una fortaleza interior tranquila, como una flor delicada con raíces fuertes. Del mismo modo, «Yamato Damashii» (espíritu japonés) encarna la fuerza interior, la lealtad y la resistencia.
Bajo la superficie de la cultura japonesa se esconde una casta de intocables. Aunque esta ha ido desapareciendo gradualmente con el tiempo, todavía vemos vestigios de prejuicios contra los extranjeros, las mujeres, la casta histórica de los «intocables» y aquellos que sufrieron enfermedades debido a los efectos secundarios de la bomba atómica. Afortunadamente, existe una tendencia hacia la nivelación social general, que se puede observar no solo en la sociedad en general, sino también en las artes marciales.
Todos los extranjeros son «gaijin» (外人), una palabra japonesa que significa «extranjero» o «forastero», una forma abreviada de «gaikokujin» (外国人), que significa «persona de fuera del país» y que se utiliza a menudo para referirse a los no japoneses en Japón. Su uso puede tener matices, a veces se considera neutro, mientras que otras veces se considera potencialmente despectivo debido a su énfasis en ser un «forastero», especialmente por parte de los descendientes de japoneses nacidos en Japón. Mientras que algunos lo ven como un simple descriptor, otros consideran que resalta su «alteridad», aunque algunos notan que su uso ha disminuido en entornos informales.
A lo largo de la historia, algunas mujeres destacaron en una sociedad en la que normalmente ocupaban un segundo plano. Una de ellas fue Tomoe Gozen. Durante la guerra Genpei, Tomoe Gozen sirvió bajo las órdenes de Minamoto no Yoshinaka como comandante de confianza, liderando a 300 samuráis contra 2000 guerreros del clan rival y derrotándolos. Decapitó a Honda no Morishige, líder del clan Musashi, antes de que la guerra se volviera en contra de ella y Yoshinaka. Yoshinaka instó a Gozen a huir, ya que sabía que el final estaba cerca, y Tomoe Gozen pasó a vivir una vida pacífica como monja budista, llegando a los 90 años de edad.

Kōdai-in fue otra mujer increíble de la historia japonesa. Ganó influencia al casarse con Hashiba Hideyoshi, uno de los tres grandes unificadores de Japón. Aunque Hideyoshi tenía muchas otras esposas, Kōdai-in se convirtió rápidamente en una de sus mejores consejeras y confidentes. Le proporcionó acceso a muchos samuráis influyentes, ya que ella provenía de una familia de samuráis, y a menudo le ofrecía orientación sobre cuestiones de gobierno y logística, demostrando su erudición y habilidades en muchas ocasiones. A través de las invasiones de Corea, la unificación de Japón y el gobierno de todo un reino, Kōdai-in se ganó el respeto y la popularidad, e incluso recibió el título de «Juichii» del emperador. Incluso después de la muerte de Hideyoshi y su conversión al budismo, Kōdai-in demostró su sabiduría y bondad, asesorando e influyendo en las decisiones de algunas de las personas más poderosas de Japón, al tiempo que ayudaba a muchas mujeres que se habían visto afectadas por la pérdida de sus maridos o hijos tras la batalla de Sekigahara, proporcionándoles refugio y apoyo.
Hoy en día El primer ministro de Japón, Naikaku Sōri Daijin (内閣総理大臣 ), es el jefe del Gobierno de Japón. El primer ministro preside el Gabinete de Japón y tiene la capacidad de seleccionar y destituir a sus ministros de Estado. El primer ministro también ejerce como comandante en jefe de las Fuerzas de Autodefensa de Japón. La actual primera ministra, Sanae Takaichi, asumió el cargo el 21 de octubre de 2025; es la primera mujer en ocupar el cargo de presidenta del Partido Liberal Democrático o de primera ministra.
Otra mujer que destaca como pionera esla primera gobernadora de Tokio, Yuriko Koike, elegida en 2016 y que actualmente cumple su tercer mandato. Koike se ha centrado en el empoderamiento de las mujeres y la sostenibilidad. Junto a ella, Satoko Kishimoto hizo historia como la primera alcaldesa del distrito de Suginami, en Tokio, lo que representa un movimiento creciente, pero aún difícil, de las mujeres en la política japonesa contra el sexismo profundamente arraigado.


Otros cambios que observamos se producen dentro del sistema de castas, históricamente denominado burakumin (que significa «gente de las aldeas»), cuyos miembros son descendientes de los grupos marginados de la era feudal japonesa, relegados históricamente a trabajos «impuros» (matanza de animales, curtido de pieles, ejecución) y que vivían en comunidades segregadas. A pesar de la abolición del sistema de castas en 1871, estos grupos siguen sufriendo discriminación, con prejuicios persistentes que afectan a la educación, el empleo y la posición social en la actualidad. Comparten el idioma y la cultura con otros japoneses, pero siguen siendo un grupo estigmatizado y pueden seguir sufriendo ostracismo social, especialmente en el matrimonio y el empleo.
Parte de los burakumin También los hibakusha (爆心地), o «personas afectadas por la bomba», que son los supervivientes de los bombardeos atómicos de Hiroshima y Nagasaki en agosto de 1945. Estas personas sufrieron horribles quemaduras, enfermedades por radiación, leucemia y cánceres, y se enfrentaron al estigma social y la discriminación, al tiempo que se convirtieron en poderosos defensores del desarme nuclear y la paz, asegurándose de que sus terribles experiencias de la devastación atómica nunca se olvidaran.


Los yakuza son miembros de sindicatos del crimen organizado tradicionales y transnacionales de Japón, también llamados bōryokudan (暴力団) o «grupos violentos» por la policía, pero ellos se consideran ninkyō dantai (任侠団体) u «organizaciones caballerescas» con un código de honor, conocidas por sus elaborados tatuajes, sus estrictos rituales y actividades como la extorsión, el juego y el contrabando, con orígenes posiblemente vinculados a los samuráis sin amo o a los jugadores y vendedores del periodo Edo. Su estructura moderna se consolidó después de la Segunda Guerra Mundial, controlando diversos negocios y operando a nivel internacional, aunque se enfrentan a una presión cada vez mayor por parte de las fuerzas del orden.
Japón tiene una larga historia de artes marciales tradicionales que tienen raíces firmes en la disciplina y se centran en la perfección a través de una iluminación casi espiritual. Históricamente, cuando se aplicaba al kendo, esto significaba una clase guerrera sin igual. Sin embargo, este enfoque también podía ser perjudicial, ya que la devoción por esta forma tradicional se resistía al cambio. Una vez que se aceptó el cambio, se produjo un aumento casi meteórico de la influencia y el poder, ya que la cultura japonesa aplicó la disciplina y el enfoque en la perfección a las nuevas tecnologías. Esto se vio en la aversión de Japón a la tecnología occidental hasta mediados del siglo XIX, que una vez aceptada y adaptada a la cultura japonesa, vio el auge de Japón como superpotencia, conquistando numerosos países de la zona de Asia oriental, incluyendo victorias impactantes contra China, Rusia y Corea.
En las artes marciales, muchas escuelas japonesas siguen enseñando las artes marciales tradicionales japonesas. Aunque estas se centran en gran medida en la espiritualidad y la perfección personal, a menudo carecen de eficacia, ya que se ignoran los principios más recientes y la fusión de estilos, así como la metodología. Sin embargo, las escuelas que son capaces de integrar los conceptos modernos tomados del Krav Maga, las MMA y otros sistemas de combate, han logrado avances sorprendentes en cuanto a eficacia y son capaces de proporcionar a los alumnos sistemas completos que integran la disciplina y la espiritualidad que se ha perdido en otras culturas, al tiempo que aprovechan los últimos avances en las artes marciales y de combate.



Baamaapii (hasta luego)
Entrenamiento en el norte: artes marciales, supervivencia y lecciones de las comunidades de las Primeras Naciones Trabajar con mi viejo amigo, alumno y maestro Carlos Newton, ex campeón de la UFC y MMA, me llevó de vuelta a los orígenes de mi trayectoria en las artes marciales. Cuando Bob Maslanka me llamó y me pidió que fuera inmediatamente a Canadá para ayudar a entrenar y preparar a un luchador conocido como «Furacão», sentí como si volviera a sumergirme en el fuego de los viejos tiempos.



«Furacão», una palabra portuguesa que significa huracán o torbellino, era más que un apodo. Odin se lo ganó en Bamba Capoeira por su potencia explosiva, su velocidad y sus movimientos rápidos e impredecibles. Se entrenaba con la intensidad de una tormenta, y nuestra misión era convertir esa fuerza en disciplina para la competición de MMA.
Para dar al entrenamiento una verdadera ventaja de supervivencia, Bob nos llevó a Christian Island, en Georgian Bay, Ontario, un territorio de la Primera Nación Beausoleil. La isla es conocida por su belleza natural —bosques, playas y aguas abiertas—, pero en invierno se convierte en una prueba de resistencia. El pueblo ojibwe (anishinaabe) ha vivido en esta región durante generaciones, sustentándose mediante la caza, la pesca, la recolección de savia de arce y la cosecha de arroz silvestre. Entrenar en esta tierra conllevaba un sentido de responsabilidad y respeto por las personas que la han llamado su hogar desde mucho antes que nosotros.

Nuestros días se caracterizaban por las dificultades. Entrenábamos al aire libre en un frío brutal, a veces haciendo agujeros en el lago helado y sumergiéndonos en el agua helada como parte del acondicionamiento físico y mental. El viento, la nieve y las temperaturas bajo cero nos despojaban de toda comodidad y solo nos dejaban la concentración. Cuando las condiciones se volvían demasiado peligrosas, entrenábamos en interiores, perfeccionando la técnica y la estrategia. Chris Cotter se unió a nosotros para las sesiones de sparring y jiu-jitsu brasileño, impulsando el aspecto técnico de la preparación. A veces, el hielo hacía imposible desplazarse y dejábamos nuestros coches en la isla, para luego continuar el entrenamiento en Bamba Capoeira, en Mississauga y Toronto.
Lo que más me marcó fue la comunidad. Sidney Copegog y Angie Beedie nos recibían cada día con té y conversación. Tim, Dan y muchos otros nos apoyaron de innumerables maneras, a veces incluso rescatando nuestros coches congelados y averiados de las carreteras heladas. Su generosidad abrió la puerta a conversaciones más profundas sobre la dolorosa historia de los pueblos originarios de Canadá.
A través de ellos, aprendimos más sobre el Día Nacional de la Verdad y la Reconciliación, también conocido como el Día de la Camiseta Naranja, que se celebra cada año el 30 de septiembre. El mensaje «Todos los niños importan» rinde homenaje a los niños indígenas que fueron llevados a internados, muchos de los cuales nunca regresaron a casa. El movimiento se inspiró en Phyllis Webstad, a quien le quitaron su camisa naranja el primer día que ingresó en una escuela misionera. Estas historias no son historia del pasado lejano, sino recuerdos vivos que siguen marcando a las familias y comunidades en la actualidad.


Tim contó cómo su abuelo lo escondió una vez en el bosque cuando las autoridades vinieron a llevarse a los niños. Sobrevivió gracias a ese acto de valentía. Escuchar historias como esta mientras entrenábamos en esa tierra cambió el significado de nuestras dificultades. El dolor del frío y el agotamiento se sentía insignificante en comparación con el sufrimiento que padecieron estas comunidades. El entrenamiento se convirtió no solo en una preparación para la lucha, sino en una práctica de humildad y recuerdo.




Las MMA y la lucha libre siempre conllevan riesgos. La búsqueda de la victoria puede empujar a los luchadores más allá de los límites de seguridad, y la historia nos ofrece un recordatorio aleccionador. En el año 564 a. C., Arrichion de Figalia, dos veces campeón olímpico de pancracio, se negó a rendirse mientras estaba atrapado en un estrangulamiento mortal. Le dislocó el tobillo a su oponente, obligándolo a rendirse, pero murió momentos después por estrangulamiento. Fue coronado campeón en la muerte. Su historia honra el valor, pero también nos advierte sobre el costo de ignorar la seguridad en los deportes de combate.
Nuestra estancia en el norte transformó mi comprensión de las artes marciales. La disciplina forma a los luchadores. Las dificultades forjan la resiliencia. Pero la comunidad, la historia y el respeto dan sentido al entrenamiento. Preparar a Furacão consistía en forjar a un competidor, pero también en recordar que la fuerza sin sabiduría está vacía. En una tierra helada, rodeada de historias de supervivencia y pérdida, las artes marciales se convirtieron en algo más que un deporte. Se convirtieron en un puente entre la lucha, la memoria y el respeto.



心機一転 Shinki Itten: Deja atrás los fracasos y las dudas del pasado. Con una mentalidad renovada y el valor para empezar de nuevo, allanas el camino hacia un futuro más brillante.
以心伝心 Ishin Denshin: a veces, las palabras son innecesarias. Deja que tu corazón se comunique con el de otra persona, profundizando los lazos a través de una comprensión intuitiva y una empatía genuina.
自然体 Shizentai: sé fiel a ti mismo, sin artificios. Vivir de forma natural y auténtica enriquece la profundidad de tu carácter.
Lao Tse tenía razón cuando dijo que «todo lo que facilita por un lado, dificulta por otro». La llegada de la modernidad nos ha traído la sensación de que el mundo, incluidas nuestras propias vidas, parece haberse sumergido en un mar de incertidumbres. ¿Es así? Cuando miras atrás, ¿qué ves?
Quizás esta sea una pregunta que no se puede resolver sin antes averiguar: ¿en qué año naciste? Eso significa mucho. La realidad que nos proporcionan nuestros ojos, especialmente en esta era de Internet y la globalización, puede verse engañada por la cantidad de información, contrainformación y desinformación. ¿Qué es verdad y qué es mentira en este mar de información?
Cada vez que hablo con algún estudioso —y la persona que presento en este artículo es uno de esos seres excepcionales, estudioso, experto conocedor del arte que practica y enseña—, reevalúo mis conceptos de observación y proyección de mis verdades. Lo que me lleva a pensar que somos esclavos de lo que entendemos y, más aún, de lo que comprendemos. Lo primero te lleva a ver «algo» desde un punto de vista; lo segundo, a ver ese «algo» desde varios puntos de vista.



Independientemente de las líneas de objetivación que cada uno establece, para dar seguridad al conocimiento, el pensamiento crea reglas y procedimientos que permiten al sujeto «cognoscente» evaluar y controlar todos los pasos que da en el conocimiento de algún objeto o conjunto de objetos.
Platón, por ejemplo, consideraba que el mejor camino hacia el conocimiento verdadero era aquel que permitía al pensamiento liberarse del conocimiento sensible (creencias, opiniones), es decir, de las imágenes y apariencias de las cosas. Atribuía ese papel liberador a la discusión racional, en forma de diálogo.
Aristóteles, sin embargo, consideraba que los objetos que se conocen por la experiencia, y no solo por el puro pensamiento, debían seguir un método inductivo, en el que el silogismo sería el resultado final obtenido por el conocimiento.
Durante la modernidad (es decir, a partir del siglo XVII), la necesidad de un método se hizo aún más imperiosa que antes. Descartes anuncia, por tanto, las tres características principales:
Ciertas (el método da seguridad al pensamiento);♣
Fáciles (el método ahorra esfuerzos inútiles);♣
Que permiten alcanzar todos los conocimientos posibles para la comprensión humana.♣

Por su parte, Francis Bacon definió el método como la forma segura y cierta de «aplicar la razón a la experiencia», es decir, de aplicar el pensamiento lógico a los datos que ofrece el conocimiento sensible.
El método, en las diversas formulaciones que ha recibido a lo largo de la historia de la filosofía y las ciencias, siempre ha tenido la función de regular el pensamiento, es decir, de calibrar y evaluar las ideas y teorías: guía el trabajo intelectual (producción de ideas, experimentos, teorías) y evalúa los resultados obtenidos.
La historia de Japón está llena de puntos o lagunas que requieren conocimiento y reflexión para ser comprendidos. ¿El motivo? El acceso a la información ha traído consigo la relevancia de varios «puntos de vista» sobre este pasado, lleno de misterios y ajustes con la época moderna. En esta maraña de contradicciones, vemos surgir métodos de comprensión e interpretación del significado de las acciones, las prácticas, los comportamientos, las instituciones sociales y políticas, los sentimientos, los deseos y las transformaciones históricas, ya que el hombre, actor principal de este escenario, es un ser histórico-cultural que produce las instituciones y su significado.
Desde el punto de vista del aprendizaje en una escuela tradicional, teniendo como centro de este artículo las artes japonesas, no nos resulta difícil observar que «el camino marcial» se ha convertido en un hobby para la mayoría de los practicantes (ya que solo unos pocos tienen la responsabili-



dad de mantener un linaje) . Es fácil observar que, en un sentido real, ya no hay samuráis en las calles que definan en un segundo la vida de un vasallo o de una persona que pertenece a una clase social inferior; un seguidor de una tradición que recorre las calles cumpliendo ese papel. Supuestamente, esa era ha terminado.
La relación Senpai-Kohai, señor-vasallo, ya no es la misma. Sin embargo, en pleno siglo XXI, la lógica interna de cada realidad cultural se traduce en las costumbres, las formas de vivienda, la vestimenta, el trabajo y muchas otras expresiones.
Cuando entendemos las diferencias entre los grupos como cuestiones culturales, pasamos a comprenderlos de forma amplia y menos prejuiciosa. En general, los antropólogos siempre han tratado la mente humana desde una visión externa, lidiando, directa o indirectamente, con los productos de la actividad mental remanentes de una sociedad.
Al interpretar los acontecimientos culturales de una civilización, a veces también se discuten los aspectos mentales, ya sea desde la perspectiva externalista y exclusiva de la antropología clásica, ya sea por la asociación de otras disciplinas afines. Por lo tanto, nos encontramos con un problema en pleno siglo XXI: ¿cuál es la ventaja de pertenecer a un «ryu» tradicional? Para explicar todo esto, les dejo con DAISHIHAN Márcio Deshi. ¡Disfrútenlo!




No somos la continuidad de la historia, sino el eslabón que la mantiene viva. El Ninjutsu no pertenece al tiempo: es amorfo, atemporal.
«Las aguas nunca permanecen iguales: siguen incesantemente hacia el mar, hasta que, por fuerza del destino, ascienden al cielo, repitiendo eternamente el ciclo».
Chōryū, Marcio Deshi - Daishihan Bujinkan Dojo
Antes de profundizar en la comprensión del estilo de Ninjutsu Togakure, es fundamental reconocer que, desde su formalización como tradición marcial en el siglo XII, ha sufrido constantes transformaciones. Estos cambios se produjeron sin perder sus características fundamentales, lo que permitió que el sistema se adaptara a las diferentes épocas y a las necesidades específicas de cada período histórico. Este movimiento continuo de adaptación y preservación puede entenderse mediante el concepto de nagare, el flujo natural de la tradición.
Al igual que la mayoría de las tradiciones marciales japonesas, a lo largo de la historia, el Ninjutsu surgió y se desarrolló en un contexto tribal, militar y miliciano, transmitiéndose de forma secreta y restringida. Lo que hoy se conoce y se practica como «arte ninja» representa solo una pequeña parte de ese legado, que se ha hecho público en los tiempos modernos a partir de una lectura más filosófica y urbanizada de las artes marciales tradicionales en tiempos de paz. Este proceso no se produjo de forma aislada, sino que fue conducido por grandes maestros que, al comprender los cambios históricos, reinterpretaron las enseñanzas tradicionales sin desvirtuar sus principios fundamentales.
En este sentido, a lo largo de diferentes períodos históricos, figuras centrales desempeñaron papeles distintos en la preservación y la reinterpretación de las tradiciones marciales japonesas. Maestros vinculados a la transmisión clásica, como Toda Shinryuken, actuaron en un contexto aún profundamente conectado con el combate real. Por otro lado, nombres como Sakakibara Kenkichi representaron el período de transición entre el Japón feudal y la modernidad. Más tarde, maestros como Jigoro Kano, Morihei Ueshiba y Gichin Funakoshi reinterpretaron estas tradiciones a la luz de las transformaciones sociales, utilizándolas como herramientas de formación humana. Más recientemente, Masaaki Hatsumi desempeñó un papel fundamental en la preservación y transmisión de estos conocimientos más allá de Japón. Aunque algunas de estas vías han evolucionado hacia formatos deportivos, sigue existiendo una distinción esencial entre las artes marciales tradicionales y los deportes marciales, distinción que cada vez es más relevante para el practicante serio y que se observará a lo largo de este estudio.
Al analizar el ninjutsu históricamente en este proceso militar, tribal o miliciano, se percibe que el practicante contemporáneo se encuentra en una perpendicular de esta línea temporal. En Japón, los movimientos más significativos de esta perpendicularidad se produjeron entre las décadas de 1910 y 1960; en Estados Unidos y Europa, a partir de la década de 1970; y en América Latina, sobre todo entre las décadas de 1980 y 1990. Este período se conoció como el «boom de las artes marciales». Sin embargo, en el contexto occidental, este contacto se produjo predominantemente a través del entretenimiento.



Aunque el entretenimiento fue un importante vector de difusión, también contribuyó a la transformación —y, en algunos casos, a la desnaturalización— del sentido original de las artes marciales. Desde una perspectiva histórica, social y antropológica, se observa que las prácticas originalmente insertadas en un contexto militar pasaron, especialmente después de acontecimientos como la Restauración Meiji, a asumir funciones orientadas al desarrollo humano, la educación del carácter y la construcción social.
En el caso específico del ninjutsu, este proceso no fue diferente. Obras cinematográficas como Shinobi no Mono, así como el trabajo de maestros e investigadores japoneses como Saikō Fujita, Itto Gingetsu, Okuse Heishichiro, Yumio Nawa y Masaaki Hatsumi, además del escritor estadounidense Andrew Adams, fueron fundamentales para presentar estos conocimientos al público occidental. Aun así, gran parte de lo que se entiende por Ninjutsu sigue envuelto en el llamado «mito ninja».
Separar el mito, el entretenimiento y la tradición histórica constituye uno de los mayores retos para los investigadores, historiadores, practicantes y estudiantes de la materia, lo que exige cautela metodológica y un estudio en profundidad. Históricamente, lo que hoy se ha popularizado como Ninjutsu se conocía, en períodos de guerras civiles, como Shinobi no Hō: una fuerza militar especializada al servicio de los ejércitos samuráis, responsable del espionaje, el contraespionaje, el análisis de información y la desinformación, que actuaba de forma integrada con los ejércitos regulares.
Aunque los sistemas militares japoneses se han transformado profundamente a lo largo del tiempo por influencias extranjeras, los métodos y tácticas tradicionales se conservan dentro de las artes marciales clásicas. Sin embargo, el practicante contemporáneo no se encuentra en un contexto militar activo. De este modo, el Ninjutsu que se practica actualmente puede entenderse como una adaptación perpendicular de un contexto militar (Bujutsu) a un contexto social y humano (Budō). En este escenario, el enfoque se desplaza de la supervivencia en el campo de batalla al desarrollo del potencial humano, utilizando la filosofía de la espada como instrumento para corregir las fallas internas que impiden al individuo avanzar en su vida, incluso ante las adversidades.
Las artes marciales tradicionales japonesas, especialmente las clasificadas como Koryū —sistemas estructurados antes de la Restauración Meiji—, pasaron por distintas fases de desarrollo técnico y conceptual. Tres características son fundamentales para comprender este proceso: el Kaisha Kenpō, relacionado con las batallas campales libradas con armadura; el Suhada Kenpō, caracterizado por duelos entre guerreros armados con espadas o bokken, sin el uso de armaduras; y el Kahō Kenpō, fase actual centrada en la preservación técnica, el refinamiento artístico y la transmisión tradicional. Estas categorías surgen del análisis de la aplicabilidad real de las técnicas en contextos sociales, políticos y económicos específicos, alejados de la lógica del entretenimiento o la competición deportiva.
Aunque parezca contradictorio, el entretenimiento desempeñó un papel relevante en la preservación y difusión de las artes marciales. Sin embargo, para el practicante comprometido con el camino marcial, es esencial distinguir las artes marciales de los deportes marciales. Esta distinción permite comprender el verdadero propósito del entrenamiento, que puede ser continuamente reinterpretado a lo largo de la trayectoria personal. Sakakibara Kenkichi, un samurái que vivió la transición entre el periodo Tokugawa y la Restauración Meiji, expresó esta idea al afirmar: «La espada, por sí sola, ya no puede ganar una guerra, pero los hombres con espíritu de espada pueden construir una sociedad fuerte, estableciendo la paz y la armonía a través del camino de la espada». En este contexto, la guerra debe entenderse como cualquier forma de conflicto humano, ya sea físico, emocional o social.
Las artes marciales tradicionales tienen como objetivo la protección integrada del cuer-
po, la mente y el espíritu, reuniendo estudios que abarcan la filosofía, la religión, la medicina tradicional, la política y los métodos de combate. En el ninjutsu, las técnicas y las armas forman parte de un legado transmitido de generación en generación, y las katas actúan como estructuras vivas en las que los principios, valores y virtudes se preservan y transmiten por el maestro a lo largo del entrenamiento. En el ámbito del enfrentamiento físico, el ninjutsu ofrece múltiples herramientas, siendo la principal de ellas la capacidad de anticipación y prevención, buscando evitar el peligro y el enfrentamiento directo siempre que sea posible. Máximas tradicionales como «la violencia debe evitarse, Ninpo es Bujutsu» y «la espada debe utilizarse para obtener la paz» reflejan claramente esta filosofía.
En la actualidad, es común que el interés por el Ninjutsu surja a partir de películas, juegos o animaciones, a menudo asociados con la expectativa de resultados rápidos o caminos simplificados. Sin embargo, el entrenamiento tradicional requiere paciencia, perseverancia y estudio continuo. El Ninjutsu siempre ha exigido un estudio profundo, ya que el ninja actuaba como agente de inteligencia, y una práctica constante, debido a la necesidad de preparación física, mental y psicológica. Aunque el contexto histórico ha cambiado, su esencia permanece inalterada. El Togakure del siglo XII no es el mismo que el del siglo XXI, pero sigue siendo Togakure. La reflexión que se impone es: ¿de qué Togakure estamos hablando?
Para entender de qué Togakure estamos hablando, no debemos retroceder mucho en el pasado de nuestra tradición. Aunque muchos lo hacen para justificar o explicar ciertas cosas, creo que lo más lejos que podemos llegar a través de estudios e investigaciones es al siglo pasado, cuando vivió el maestro Takamatsu.
Para comprender esta visión, es fundamental tener en cuenta la formación marcial de Takamatsu. No aprendió judo en el sentido moderno establecido por Kanō Jigorō. Su aprendizaje comenzó directamente en Shinden Fudōryū y en otras ryū-ha bajo la orientación de Toda, posteriormente en Takagi Yōshin-ryū con Mizuta y, por último, en Kukishin-ryū, Takagi Yōshin-ryū y otras tradiciones bajo Ishitani. Su base se construyó íntegramente dentro del jūjutsu clásico y las escuelas tradicionales de combate. A diferencia de las formas modernas de uso del cuerpo que se encuentran en el judo, el kendo o el aikido, Takamatsu fue formado por Bushi del período Bakumatsu. En este contexto, el uso del cuerpo estaba profundamente influenciado por el empleo de armas y armaduras, con objetivos relacionados con la supervivencia en el combate real, y no con el deporte o la competición.
Por esta razón, se puede afirmar que Takamatsu comprendía las técnicas asociadas al judo desde una perspec-



tiva clásica del jūjutsu, lo que le permitía transmitir principios fundamentales de forma clara y accesible, incluso a un público amplio, sin perder la profundidad de su comprensión marcial.
Tras una vida marcada por intensas experiencias y el contacto directo con diferentes tradiciones marciales, Takamatsu registró sus enseñanzas más maduras en el Ninjutsu Hiketsu-Bun, un documento que expresa de forma profunda su comprensión final sobre el verdadero significado del Ninjutsu. Más que un compendio técnico, el texto revela una visión madura del camino marcial como instrumento de transformación interior.
En sus escritos, Takamatsu afirma que el Ninjutsu no debe entenderse solo como 忍術, sino también como 認術 Aunque ambos ideogramas se leen como nin, sus significados son distintos y, al mismo tiempo, complementarios. Esta idea se sintetiza en la frase:
私は忍術を認術とも言う。 Watashi wa ninjutsu o ninjutsu to mo iu.
Con esta afirmación, Takamatsu indica que el camino del Ninjutsu es también un camino de reconocimiento y conciencia. El kanji 忍 se asocia tradicionalmente con los conceptos de soportar, resistir, perseverar y mantener el autocontrol ante la adversidad. Por su parte, el kanji 認 conlleva los significados de reconocer, admitir, percibir, aceptar, juzgar con claridad y considerar la realidad tal y como es.
Desde esta perspectiva, el Ninjutsu, para Takamatsu, es también el arte de reconocerse a uno mismo. Se trata de la capacidad de percibir los propios errores, admitir las limitaciones, reconocer la propia ignorancia cuando es necesario y evaluar las situaciones con honestidad y discernimiento. Esta comprensión revela que el verdadero entrenamiento no se limita al dominio técnico o físico, sino que exige madurez interior y responsabilidad personal.
Por lo tanto, el practicante debe desarrollar la capacidad de observar la realidad sin dejarse dominar por el ego, el orgullo o el deseo, cultivando la claridad de juicio y el autocontrol. Así, el ninjutsu, tal y como lo expresa Takamatsu, es simultáneamente el arte de resistir y el arte de reconocer. Un camino de autodominio, lucidez y constante autoevaluación, en el que la verdadera fuerza nace de la capacidad de ver, aceptar y corregirse a uno mismo, comprendiendo que la guerra y los conflictos, especialmente los internos, son parte de nuestro camino.
La vida, en su esencia más cruda, es lucha. Desde la semilla que rompe la roca hasta el hombre que disputa el territorio, los recursos y la supervivencia, la existencia se organiza en torno al conflicto. La guerra, en este sentido, no es una anomalía de la historia humana, sino una de sus expresiones más auténticas y recurrentes. Existen metas elevadas, ideales morales y construcciones filosóficas, pero habitan en la mente del hombre y no anulan la realidad de la naturaleza.
El hombre nace frágil. A diferencia de muchos animales, no tiene garras, colmillos ni una fuerza extraordinaria. Su ventaja siempre ha sido otra: la capacidad de soñar y transformar ese sueño en acción mediante el intelecto. Así fue como dominó el medio ambiente, desarrolló herramientas, armas y estrategias. Pero, al conquistar la naturaleza, se volvió inevitablemente contra su último y más peligroso adversario: él mismo. De este enfrentamiento surgió la civilización.
La expresión «hombre civilizado» suena agradable, pero a menudo conlleva una profunda contradicción. El hombre civilizado tiende a creer que ha superado la violencia, cuando en realidad solo la ha externalizado. No mata, pero permite que otros maten por él; rechaza la guerra, pero se beneficia de sus resultados; cree en la sacralidad de la vida, siempre que ello no interfiera en su comodidad. Este alejamiento de la realidad crea una escisión interna, una negación de la propia naturaleza animal.
La civilización se creó como una herramienta, un medio para permitir la convivencia de muchos individuos en un espacio limitado, con menos conflictos directos. Sin embargo, a medida que crece, se produce una peligrosa inversión: la sociedad deja de ser moldeada por el hombre y pasa a moldearlo a él. En lugar de preparar a individuos capaces de lidiar con el conflicto, los condiciona a evitarlo a cualquier precio, transformando a los depredadores en ovejas. El problema es que los lobos siguen existiendo.
Negar la violencia no la elimina. Toda sociedad depende, en última instancia, del uso controlado de la fuerza. De ahí nace la profesión de las armas. Los guerreros, los soldados y los policías no son ciudadanos comunes; son especialistas en violencia y aceptan como parte de su función la posibilidad real de la muerte. Esa elección los coloca en una posición única y les exige una formación física, psicológica y moral incompatible con los valores civiles comunes.
El error de las sociedades modernas radica en exigir que el guerrero piense como un civil, mientras se espera que actúe como un depredador cuando sea necesario. Al mismo tiempo, quienes deciden las guerras rara vez son quienes las enfrentan. Se crea así un abismo entre la decisión y la consecuencia, terreno fértil para conflictos mal conducidos y sacrificios inútiles.



La guerra, independientemente de las herramientas utilizadas, sigue siendo esencialmente la misma: el intento de un hombre de dominar a otro. Las técnicas cambian, las armas evolucionan, pero los principios permanecen. Por eso, la verdadera comprensión de la guerra no reside solo en la técnica, sino en la estrategia, en la comprensión profunda del comportamiento humano. En este campo, pocas culturas han alcanzado un refinamiento tan elevado como la japonesa, donde la estrategia se ha elevado a la categoría de arte.
Ser verdaderamente civilizado no significa negar la propia naturaleza, sino comprenderla. Un hombre que reconoce su capacidad para la violencia y aprende a controlarla es más seguro —para sí mismo y para la sociedad— que aquel que finge no poseerla. Solo al aceptar que la civilización es una coraza artificial, y no la esencia del ser, el hombre puede vivir en paz sin volverse indefenso.
Existen diferentes tipos de guerra dependiendo de la época y la demanda. En tiempos de modernidad líquida, el desarrollo del individuo a través de las artes marciales no se limita a la adquisición de herramientas físicas, psicológicas o intelectuales; se trata de capacitar a la persona para que sea autónoma, capaz de definir su camino y su identidad, lidiando con las inseguridades y los obstáculos del mundo contemporáneo. El primer paso de este proceso es el autoconocimiento profundo: acercar el yo real al yo ideal, comprendiendo que muchas veces nuestras características se moldean para satisfacer expectativas sociales que no se corresponden con nuestros deseos orgánicos. En una sociedad tecnicista y mecanizada, pocos guerreros están dispuestos a afrontar este reto.




Históricamente, las artes marciales siempre han tenido una gran relevancia para diferentes pueblos y culturas, sirviendo como herramientas de protección y desarrollo humano. Hoy, sin embargo, hay un contrapunto. La mayor parte de las prácticas se perciben como entretenimiento, violencia o moda, con poca relevancia social. Esto difiere del pasado, cuando las artes marciales eran sinónimo de disciplina, orden, valentía, educación y crecimiento personal.
En el panorama actual, hay atletas de élite que ganan grandes premios y visibilidad, pero también hay pequeños grupos aislados, o a menudo restringidos y cerrados, que no despiertan interés más allá de su propio círculo. La notoriedad adquirida, en muchos casos, se limita al propio grupo o depende de acuerdos políticos, lo que, en última instancia, es perjudicial para la esencia del arte, cuyo principal objetivo es servir al prójimo.
El verdadero camino, como enseñaron los antiguos samuráis y bushi, es servir antes que beneficiarse. Debemos aplicar nuestros conocimientos para el bien común, sin privilegiar únicamente los intereses personales o las conveniencias. Cuando los profesores de artes marciales asumen esta responsabilidad, comienzan a contribuir eficazmente a la sociedad, haciendo que las artes marciales sean relevantes como instrumentos de desarrollo humano.
El papel del maestro es fundamental en este proceso. Ser un gran maestro va más allá del dominio técnico: exige asumir responsabilidades, tomar posesión de su posición y demostrar que las artes marciales no son solo una práctica física, sino una herramienta esencial para la formación del carácter, la disciplina y la autoconciencia. Ser reconocido solo dentro de un grupo cerrado es como llevar una espada de bambú al campo de batalla; no basta con aparentar habilidad si no se enfrenta el verdadero combate. El verdadero combate es interno y externo, espiritual y social, y requiere un compromiso con principios más importantes que los intereses personales.
Servir, por lo tanto, es la esencia del Guerrero Moderno. No se trata solo de vencer al adversario o conquistar títulos; se trata de vivir con un propósito, contribuir a la sociedad y honrar la tradición que moldeó a los antiguos maestros. Solo así el individuo se transforma verdaderamente, alineando fuerza, conciencia y responsabilidad, convirtiéndose no solo en un artista marcial, sino en un agente de impacto positivo en el mundo.
Otro punto crucial en este universo de conflicto, fuerza y violencia también lo encontramos en el imaginario popular, donde el guerrero se asocia a menudo solo con la fuerza bruta, la habilidad marcial y la capacidad de ganar enfrentamientos físicos. Sin embargo, en la tradición clásica japonesa, esta visión siempre se ha considerado incompleta. El verdadero guerrero no era solo aquel que dominaba el arte de la guerra, el Bu, sino también aquel capaz de transitar con naturalidad por el mundo de las artes refinadas, el Gei. Este universo, conocido como Yūgei no Sekai, representa el mundo de las artes elegantes, cuya práctica se consideraba esencial para la formación integral de un samurái.
Desde los periodos Heian, Kamakura y, más tarde, durante el Sengoku Jidai, se consolidó la idea de que el guerrero debía buscar el equilibrio entre el Bu, la marcialidad, y el Bun, el cultivo intelectual, artístico y espiritual. Un guerrero dedicado únicamente al combate se volvía rudo, impulsivo y fácilmente dominado por las emociones; por otro lado, aquel que se dedicaba exclusivamente a las letras y las artes, sin comprender la realidad del conflicto, se volvía ingenuo e impreparado. El Yūgei no Sekai surge precisamente como el punto de convergencia entre estos dos mundos, refinando el carácter del guerrero y puliendo su percepción.
Prácticas como la caligrafía (shodō), la poesía (waka y haikai), la ceremonia del té (sadō), la música, el teatro Nō, la pintura (sumi-e) e incluso el dominio de la etiqueta y el lenguaje formal no eran meros pasatiempos. Funcionaban como instrumentos de introspección, disciplina mental y control emocional. Al trazar un ideograma, el guerrero aprendía sobre el ritmo, la intención y la presencia; en la ceremonia del té, comprendía el valor del silencio, la simplicidad y la atención plena; en la poesía, ejercitaba la capacidad de observar el mundo con sensibilidad, desarrollando la empatía y la percepción, cualidades esenciales para quienes vivían en un estado constante de vigilancia. En el contexto del ninjutsu y las artes de supervivencia, el refinamiento no era solo estético, sino estratégico. Un individuo capaz de moverse con naturalidad en entornos cultos, comprender símbolos, interpretar comportamientos sociales y captar expresiones artísticas tenía acceso a información, transitaba entre clases sociales y pasaba desapercibido. El refinamiento, por lo tanto, se convertía en una forma elevada de camuflaje. Más que eso, el Yūgei no Sekai entrenaba al guerrero para percibir sutilezas: cambios de humor, atmósferas, intenciones ocultas, habilidades que, en situaciones reales, podían significar la diferencia entre la vida y la muerte.


El contacto continuo con las artes refinadas promovía la humildad, el autocontrol y la conciencia de lo efímero. Al comprender la impermanencia de las cosas, el mujo, el guerrero aprendía a actuar con desapego, evitando decisiones movidas por el ego, la ira o la vanidad. Este proceso de pulido interno fortalecía el espíritu (kokoro) tanto como el entrenamiento fortalecía el cuerpo. La espada dejaba entonces de ser un instrumento de violencia ciega y se convertía en la extensión de una mente clara y serena.
En la actualidad, el Yūgei no Sekai sigue siendo extremadamente relevante. El guerrero moderno, ya sea un practicante de artes marciales, un profesional que se enfrenta a una presión constante o alguien en busca del autoconocimiento, se enfrenta a batallas internas tan intensas como los conflictos físicos del pasado. Cultivar el refinamiento hoy en día significa desarrollar la sensibilidad, la inteligencia emocional, la concentración y la capacidad de adaptación. Significa comprender que la fuerza sin sabiduría es destructiva y que el conocimiento sin acción es estéril, reafirmando la idea de que el verdadero guerrero es aquel que une el bu y el bun, el cuerpo y el espíritu, la técnica y la sabiduría.


Sin embargo, en cierto punto, la comercialización y la gourmetización de las artes marciales hoy en día suponen un reto para aquellos que buscan no solo un camino de vida, sino también un profesor responsable y, sobre todo, comprometido con la transmisión del conocimiento. De ahí la importancia de saber diferenciar un dojo de una escuela o academia, el comportamiento de cliente de la postura de discípulo.
El objetivo de una escuela es enseñar cosas nuevas a una persona; el objetivo de un dōjō es transformar a la propia persona en algo nuevo. En todo el mundo hay innumerables instalaciones destinadas al entrenamiento de las artes marciales; sin embargo, pocas merecen realmente el título de dōjō. Términos como estudio o gimnasio son, en general, más apropiados, ya que la mayoría de estas instituciones solo enseñan una parte superficial del arte, sin comprender ni intentar transmitir su significado profundo. Para el alumno medio, esto no supone un problema, ya que su interés se limita generalmente a la transformación física, sin buscar cambios más profundos en el carácter o la mente.
La palabra dōjō puede traducirse literalmente como «lugar del camino», indicando un espacio en el que el estudiante busca experimentar la realidad última del arte que ha elegido seguir. Las técnicas se enseñan tanto en las escuelas como en los dōjōs, pero en estos últimos solo sirven como medio, nunca como fin. Dominar la técnica solo representa el comienzo del aprendizaje, no su final. Mientras que una escuela enseña a matar, un dōjō enseña a morir. El miembro del dōjō no piensa en luchar o evitar el enfrentamiento, sino que busca trascender esos niveles y comprender la esencia misma del conflicto.
Aunque el entrenamiento inicial en una escuela y en un dōjō puede parecer similar, los objetivos y métodos son profundamente distintos. Una escuela tiene profesores y alumnos; un dōjō tiene maestros y discípulos, los deshi. El alumno asiste a clases para adquirir conocimientos, mientras que el deshi busca una transformación espiritual. Convertirse en deshi es el primer paso de este proceso, y el aspirante debe demostrar la actitud correcta, conocida como nyūnanshin, un espíritu flexible capaz de ser moldeado por el dōjō.
El dōjō no es una iglesia, aunque comparte algunas características institucionales, ni es solo un gimnasio, aunque la actividad física parezca su función principal a primera vista, ni es un cuartel, aunque la disciplina sea similar a la militar. La vestimenta y la postura deben ser impecables, tanto dentro como fuera del dōjō. Los uniformes son precisamente eso: uniformes. Los trajes personalizados u ornamentados representan el ego, precisamente lo que el discípulo busca trascender.
El sensei no es simplemente un profesor, sino un guía. Literalmente, sensei significa «el que nació antes», lo que indica a alguien que ya ha recorrido el camino que los estudiantes intentan seguir. Como kanchō, el director del dōjō, le corresponde a él asegurarse de que los discípulos avancen en la dirección correcta, señalando el camino, mientras que el viaje en sí le corresponde al deshi. Un buen sensei impresiona más por el potencial y la intensidad de su presencia que por sus acciones explícitas. Aunque nunca exige respeto, los discípulos más antiguos se empeñan en imponerlo, no para honrar al hombre, sino porque comprenden el valor de la disciplina. Reverenciar al sensei es un ejercicio espiritual que beneficia al propio discípulo y, en casos excepcionales, cuando el sensei ordena que no haya más reverencias, el deshi debe responder «¡Sí, señor!» e inclinarse profundamente, un gesto de alineación con la disciplina, no de obediencia ciega. Incluso el sensei ocupa una posición secundaria frente al shinza, el altar del dōjō. Grande o pequeño, sencillo o ornamentado, el shinza ocupa el lugar más elevado en la jerarquía del espacio y representa el alma misma del dōjō. Por muy grande que sea un individuo, el altar sirve como recordatorio constante de lo mucho que aún queda por recorrer. La combinación de la disciplina de los deshi, la presencia del sensei y las características físicas del dōjō crea un ambiente singular, desafiante para el principiante y profundamente impactante para el veterano. La humildad y la autoridad coexisten, a menudo concentradas en una sola persona. Durante las horas de entrenamiento, el discípulo se acerca a sus límites físicos y mentales, sintiendo una energía que actúa sobre el ego, moldeándolo y transformándolo. El entrenamiento no es solo físico; es un proceso de refinamiento psicológico y espiritual.
Los deshi de un dōjō tradicional son hombres firmes, maduros y comprometidos. No se trata de niños, diletantes o soñadores. Encontramos adultos de todos los ámbitos, con una gran presencia de profesionales: militares, ingenieros, ejecutivos, policías... Todos ellos son personas acostumbradas a asumir responsabilidades y conscientes de su valor. Buscan en el dōjō algo más profundo que la fuerza física: la transformación del carácter y la mente.





Tendiendo puentes entre Suiza y Brasil ¡Ya han pasado 30 años!
Aunque mi hermano Demetrio y yo empezamos a integrar el jiu-jitsu brasileño (BJJ) en nuestro programa de enseñanza en 1991, sustituyendo lo que entonces se conocía como JKD grappling, que habíamos aprendido de nuestros maestros de JKD Larry Hartsell y Dan Inosanto, entre otros. Fue un momento absolutamente memorable para todos nosotros en el equipo Vacirca Brothers cuando, a través de Guy Mialot, de Francia, que era presidente de la primera unión de BJJ en Europa y la persona de contacto para Brasil, recibimos la invitación oficial del maestro Carlos Gracie Junior, fundador y presidente de la CBJJ (Confederação Brasileira de Jiu-Jitsu), para participar en el primer Campeonato Mundial de BJJ en 1996.


Le debemos mucho al maestro Carlinhos Gracie, este visionario. Sin su enorme apoyo, la Federación Internacional de BJJ (IBJJF) nunca se habría creado y esta plataforma de competición internacional que existe hoy en día en todo el mundo no existiría. Por supuesto, no es el trabajo de un solo hombre, sino de muchas personas, pero se necesitaba un líder como el maestro Carlinhos para asumir esta tarea con seriedad y profesionalidad.

Por supuesto, debemos admitir que desde entonces se ha convertido en un gran negocio, pero lo cierto es que la IBJJF está ahora representada internacionalmente en varios continentes. Ninguna otra organización representa al BJJ (con y sin kimono*) de forma tan profesional y completa como la IBJJF. (Kimono es el término «brasileño» para referirse al Gi/uniforme).
También me gustaría expresar una vez más mi profunda gratitud a Guy Mialot, quien nos puso en contacto con el maestro Carlinhos y Gracie Barra en Tijuca en aquel entonces. Un agradecimiento especial a mi hermano Demetrio y a mis dos alumnos, Nikos Bachzetsis y Martin Hardmeier. Ellos creyeron en mi visión del BJJ en Europa y me siguieron a Río de Janeiro. Tras mucho trabajo y innumerables horas de entrenamiento en la Academia Vacirca, trajeron sus merecidas medallas de vuelta a Suiza.
Tras una breve estancia en Madrid, donde disfrutamos de una extensa ruta de tapas, vino y cerveza antes de volar a Río de Janeiro, aterrizamos en Brasil bien descansados y entusiasmados. Cuando el maestro Carlinhos Gracie y su chófer nos recogieron en el aeropuerto, nos dijo: «¡Bienvenidos a Brasil! Primero os llevaré al hotel. Allí podréis descansar y desayunar más tarde». Nos llevaron al Hotel Ouro Verde (oro verde). Nuestras habitaciones fueron patrocinadas en parte por CBJJ. El alojamiento estaba situado en la mundialmente famosa Copacabana y nuestra habitación ofrecía una vista directa de la playa. La vista era impresionante, simplemente maravillosa.
Nuestro vuelo aterrizó temprano por la mañana y la ciudad aún estaba envuelta en una espesa niebla. La niebla dificultaba la visión de las calles y los edificios, lo que lo hacía aún más emocionante. Cuando llegamos al hotel, que estaba a menos de veinte pasos de la playa, la emoción crecía por momentos.
En la entrada del hotel, nos recibió un recepcionista muy educado. Después de entregar nuestros pasaportes y registrarnos como huéspedes, nos dieron las llaves de nuestras habitaciones. Nos dieron dos habitaciones dobles, que estaban prácticamente una al lado de la otra. Después de un breve pero intenso descanso en una cama de verdad, fuimos a la sala de desayunos. Cuando entramos, no podíamos creer lo que veían nuestros ojos: el aroma del café nos dio la bienvenida y el bufé era tan colorido y estaba tan lleno de delicias que nunca había visto nada igual en mi vida. También nos dieron una de las mejores mesas del restaurante, donde pudimos saciar nuestros estómagos vacíos.

Después, volvimos a la habitación del hotel para refrescarnos y ponernos ropa cómoda. Teníamos pensado explorar Copacabana brevemente primero y luego coger un taxi a Gracie Barra. Allí queríamos inscribirnos oficialmente en la categoría de la competición y hablar con el maestro Carlinhos Gracie sobre el primer Campeonato Mundial para obtener todos los detalles necesarios. También esperábamos encontrarnos con nuestros amigos de Francia, los Países Bajos, Hawái y Estados Unidos. El equipo norteamericano estaba representado por los hermanos Machado y sus alumnos. Enson y Egan Inoue habían venido desde Hawái. Son de Japón, pero representaban a la isla con un grupo. Un pequeño equipo de Japón había viajado allí bajo el liderazgo de Yuki Nakai. Guy Mialot era el líder del grupo francés. Remco Pardoel, mi viejo amigo, judoka de nivel mundial y veterano de la UFC, había viajado allí desde los Países Bajos.
Después de caminar por el extremo de Copacabana, tomamos un taxi para que nos llevara al maestro Gracie. Sin embargo, el taxista nos advirtió que no debíamos surfear en esta hermosa playa, ya que los lugareños de Barra da Tijuca eran «un poco agresivos» a la hora de ceder sus olas para surfear. Aceptamos de buen grado el consejo del taxista y decidimos ver esta sección de la playa desde la distancia. Cuando llegamos, el maestro Carlinhos ya estaba esperando en la puerta, acompañado de varios maestros locales de BJJ, entre ellos Alexander Paiva, uno de los cofundadores del conocido Alliance Team. Todos querían conocernos. Teníamos un «as en la manga»: ¡quién hubiera pensado que un grupo de cuatro personas de la pequeña Suiza vendría al Campeonato Mundial de BJJ! Era la primera vez que ocurría algo así, y para el maestro Carlinhos era importante demostrar que su trabajo como presidente había sido reconocido en todo el mundo. Para nosotros fue un gran honor.

Los maestros que estaban presentes nos invitaron inmediatamente a sus escuelas. Sin embargo, no queríamos interferir en los planes del maestro Carlinhos, así que nos contuvimos y esperamos a ver qué pasaba a continuación. Después de registrarnos oficialmente en el lugar, nos preguntaron si ya habíamos probado el mejor «Açai de Guarana». En ese momento, era lo que consumían absolutamente todos los jiu-jitsukas para mantenerse en forma y fuertes. Mi pequeño cuenco también contenía varias piezas de fruta, y puedo decirles que, efectivamente, era una bomba de energía lo que estaba consumiendo. Pasamos los siguientes días entrenando en diferentes lugares y con diferentes maestros. A medida que se acercaba el día de la competición, decidimos que sería mejor entrenar entre nosotros, porque podíamos sentir que el ambiente a nuestro alrededor se volvía cada vez más tenso. Es importante señalar que conocimos a varios atletas que se ganaban la vida con los deportes de competición, lo que no habría sido posible para nosotros en Suiza o incluso en Europa en aquella época. Algunos de los atletas locales tenían dos o más patrocinadores. Los atletas solían llevar con orgullo los parches de sus patrocinadores en sus kimonos y, por supuesto, se habían comprometido a terminar entre los tres primeros en el Campeonato Mundial. Finalmente, llegamos a la «Academia Augusto Cordeiro de Judo & Jiu-Jitsu» en Copacabana, donde se nos permitió entrenar en el tatami del maestro de jiu-jitsu Gorginhio. Él nos ayudó a prepararnos para el día de la competición. Durante el día, vimos varias cosas y a menudo nos invitaban a ver esto o aquello. También visitamos la tienda del fabricante de kimonos (krugans) Viking, que produjo uno de los primeros trajes elegantes para nuestro deporte. En el mismo centro comercial, un alumno del gran maestro Carlson Gracie tenía una tienda de camisetas muy chula, así que nos abastecimos de kimonos y camisetas para los próximos años.



En la década de 1950, el judo se extendió por todo el mundo, incluido Brasil. Después de la Segunda Guerra Mundial, el Dai Nippon Butokukai, con el apoyo del principal dojo de judo, el Instituto Kodokan, finalmente tuvo la oportunidad de llegar a América del Norte y del Sur. El fundador del JiuDo (más tarde Judo), Jigoro Kano, tenía una visión sencilla: utilizar el judo no como un estilo de lucha, sino para promover el bienestar y unir a las personas con un propósito positivo.
En aquella época, el jiu-jitsu estaba casi extinguido, ya que sus prácticas tradicionales, como el uso de armas, habían dejado de ser relevantes. Incluso en Japón, este arte estaba desapareciendo, y solo unos pocos maestros y alumnos lo practicaban todavía en pequeños centros de entrenamiento privados.
En Río de Janeiro, un grupo de personas organizó el primer torneo de Jiu-Jitsu como contrapartida al Judo. Escuelas como Gracie, Fadda y Cordeiro, así como varias otras academias, participaron en este evento. El rival más fuerte y más grande de la familia Gracie en Río era la escuela de jiu-jitsu de Augusto Cordeiro, que representaba al Ogawa Budokan. Oswaldo Fadda, que acababa de abrir su escuela en Bento Ribeiro, en el estado de Río de Janeiro, también participó en el torneo.

Al año siguiente, el maestro Cordeiro decidió involucrarse en el judo Kodokan y viajó regularmente a Japón para estudiar en el instituto. Sin embargo, el jiu-jitsu siguió formando parte de su vida, y continuó enseñándolo en su escuela y apoyándolo en Río de Janeiro.
Mientras que el jiu-jitsu se practicaba solo en unos pocos lugares, el judo se hacía cada día más popular y ganaba más adeptos. Los estudiantes de jiu-jitsu comenzaron a participar en torneos de judo, pero con poco éxito. Esto no era fácil, ya que el judo seguía naturalmente las reglas del Kodokan (técnicas de lanzamiento), con las que los luchadores de jiu-jitsu, que se centraban principalmente en la lucha en el suelo (Newaza), no estaban tan familiarizados. No fue hasta mediados de la década de 1960, cuando los maestros Hélio Gracie, Pedro Hemetério y Hélio Vigio fundaron la primera Federación de Jiu-Jitsu de Guanabara, que esto cambió. La nueva federación contaba con una estructura completa de cinturones, categorías de edad y peso, y reglas de combate, incluido un sistema de puntos. El 12 de julio de 1973, tras varios años de intentos por establecer el jiu-jitsu brasileño como contrapartida al judo en Río de Janeiro, la recién bautizada Federación de Jiu-Jitsu de Río de Janeiro (JJ.F.RJ.) fue finalmente reconocida por Jeronimo Bastos, presidente de la Federación Brasileña de Deportes.

El día de la competición se alargó, pero fue interesante ver que los anfitriones ya estaban mucho más adelantados que el resto de nosotros en ese momento. Hoy en día, las cosas son muy diferentes, pero han pasado más de 30 años desde entonces.
El día nos fue muy bien: al final, mi hermano Demetrio y yo luchamos por el cuarto puesto. Martin Hardmeier incluso logró dar un paso más y se le permitió competir contra el súper atleta y jiu-jitsuka Murillo Bustamante. Martin perdió esta pelea, pero ganó la medalla de bronce. Nikos Bachzetsis, nuestro «Spiderman», subió aún más alto en el podio, derrotando al francés Christian Derval, un maestro de judo de primer nivel. En la final, perdió ante el actual campeón brasileño y se llevó a casa la medalla de plata.
Al día siguiente, el maestro Carlinhos Gracie nos invitó a cenar y me preguntó si estaría interesado en fundar y dirigir la Federación Suiza de BJJ. En Suiza (y en muchos otros países europeos), es bastante normal que prácticamente todas las escuelas de artes marciales tengan su «propia» federación nacional o incluso internacional. Por desgracia, ¡la cooperación es muy poco frecuente aquí! No obstante, acepté el reto y la tarea. Así es como la CBJJ se convirtió en la Federación Internacional de BJJ (IBJJF.com), que ahora está representada en todo el mundo. Esto se certificó ante notario, porque para el maestro Carlinhos Gracie este paso era extremadamente importante para poder promover el jiu-jitsu brasileño a nivel internacional.

Durante este tiempo, ya estaba en estrecho contacto con el maestro Sylvio Behring, que también nos apoyó en el Campeonato Mundial. El maestro Behring proviene de una de las familias más famosas del BJJ y es un excelente profesor del que pudimos beneficiarnos y aprender mucho, incluso más tarde. En aquella época, también conocí al maestro Royler Gracie, de la famosa Gracie Humaita, la escuela principal del gran maestro Hélio Gracie. Lo conocí por primera vez en Estados Unidos. Renzo Gracie también estuvo presente para apoyar a su equipo estadounidense y participar como árbitro. En definitiva, fue un gran éxito para el equipo Vacirca Brothers como representante oficial de Suiza. Han pasado más de 30 años desde entonces, pero todavía hoy lo recuerdo. Las siguientes generaciones del equipo Vacirca Brothers también se beneficiaron de este primer paso importante en la escena internacional. Desde entonces, mi hermano Demetrio y yo hemos sido invitados a numerosos seminarios en toda Europa y Rusia. Nuestra Academia Vacirca – Gracie Jiu-Jitsu Zurich – se convirtió en el bastión del BJJ en Europa. Muchas personas vinieron a entrenar con nosotros. Nuestro equipo participó en todos los campeonatos nacionales e internacionales de BJJ y grappling. Conocimos a gente estupenda.
Aunque algunos amigos y alumnos ahora siguen su propio camino en el jiu-jitsu o incluso lo han abandonado por completo, está bien y es comprensible. Sucede incluso en las mejores familias... Sin embargo, lo importante es que el respeto permanece y que digas con honestidad de dónde vienes sin presentarte como el inventor de la rueda.
¡Sé auténtico!
«En general, fue un gran éxito para el equipo Vacirca Brothers como representante oficial de Suiza. Han pasado más de 30 años desde entonces, pero todavía hoy sigo pensando en ello».




Muay Thai Boran: los 4 niveles de combate
Los maestros de Muay Thai del pasado solían dividir las habilidades de combate en diferentes estilos: las habilidades más avanzadas se clasificaron como Kon Kae, los trucos utilizados para resolver los problemas del combate. En otras palabras, Kon Kae significa las habilidades de contraataque y representa el mas alto Arte en el Muay Thai, el Arte de los verdaderos campeones. Hoy en día, la mayoría de los maestros de Muay Boran siguen la clasificación de Kon Muay Kae hecha por el Maestro Yod Ruengsa en su manual de Muay Thai titulado Tamrap Phra Chao Sua publicado en 1971. El título es una referencia obvia al rey de Ayutthaya Phra Chao Sua (también conocido como Rey Tigre) y al estilo de combate utilizado por sus soldados de élite, los Krom Nak Muay. De hecho, este regimiento de luchadores de Muay consistía en personal militar altamente entrenado con un pasado como boxeadores de Muay Thai. Esos soldados extremadamente hábiles fueron empleados para garantizar la seguridad del rey y de la familia real. El estilo de lucha de esas tropas de élite se llamaba Muay Luang o Muay real y, según la mayoría de los estudiosos, fue la fuente del estilo Kon Muay Kae que todavía practicamos hoy en día.


El núcleo del estilo de lucha Kon Kae es aprender a hacer frente a cualquier tipo de ataque que el oponente pueda usar y contraatacar en consecuencia. Los ataques se enumeran siguiendo el clásico "ciclo de las armas corporales", es decir, Mahd (puños), Thao (patadas), Kao (golpes de rodilla), Sok (golpes de codo). El defensor usará todo tipo de arma natural para defender y contraatacar las acciones ofensivas del oponente. Las maniobras de lucha (palancas y proyecciones) también se emplean como técnicas de contraataque para someter al oponente con una acción rápida y decisiva.

Pelear usando contraataques generalmente se considera un "actitud defensiva", especialmente si comparamos este enfoque estratégico con el estilo Chern Muay, mucho más ofensivo. En realidad, el verdadero experto de Kon Muay Kae es capaz de utilizar la ofensiva del oponente como un medio para completar con éxito su propio ataque. En el nivel más alto, un experto de Kon Kae es capaz de "hacer que el oponente ataque cuando y donde quiera que lo haga". El planea sus movimientos y utiliza todas las herramientas defensivas del Muay (fintas, esquivas, bloqueos, desplazamientos) pare colocar al oponente en una posición de debilidad donde puede aplicar fácilmente su contraataque. Está claro que para pelear en contra un Nak Muay necesita desarrollar un timing excelente para reaccionar con contragolpes rápidos y duros en el momento adecuado, antes de que el oponente tenga alguna posibilidad de recuperarse de sus ataques.

No todos los boxeadores de Muay Thai poseen las cualidades para convertirse en luchadores expertos en contragolpes: incluso si se pueden desarrollar algunos atributos técnicos a través del entrenamiento adecuado, se necesita un sentido innato del tiempo para sobresalir realmente en este estilo evasivo.
Sin embargo, todos los Nak Muay (luchadores de Muay) pueden beneficiarse de una práctica regular de las técnicas Kon Kae: este estilo ofrece un compendio de tantas defensas y contraataques que cada practicante puede encontrar los que mejor se adaptan a su actitud técnica y psicológica. Este estilo ancestral es muy complejo e incluye algunos principios universales de combate cuerpo a cuerpo. Las tradiciones siamesas relacionadas con el combate con las manos desnudas son muchas y variadas: solo a través de un análisis en profundidad de la herencia de los maestros más destacados de este Arte, es posible desenterrar la verdadera esencia del Muay.
Uno de los maestros tailandeses vivientes que estructuraron su vasto conocimiento de una manera clara y lógica, comprensible también para alumnos extranjeros, es el Maestro Chaisawat Tienviboon. El analizó la herencia de los antiguos maestros de Muay con un espíritu abierto y una mente lógica. De hecho, además de ser uno de los principales Khru Muay con más de 50 años de experiencia en las artes marciales siamesas, también fue profesor asociado de la Facultad de Ingeniería de la Universidad Tecnológica King Mongkut. Tuve mucha suerte de recibir del Maestro Chaisawat muchas sugerencias e instrucciones detalladas sobre muchos aspectos de la enseñanza del Muay Thai. También el me instruyó sobre los niveles de lucha. Este concepto está estrechamente relacionado con el análisis de la pelea en contra que presento en este artículo.
Analicemos ahora como describe el maestro Chaisawat los 4 niveles de combate en el Muay Boran.
El primer nivel corresponde a una pelea callejera durante la cual los oponentes intercambian golpes sin preocuparse por la defensa. La ira descontrolada es el sentimiento dominante que obliga a los luchadores callejeros a cargar a ciegas tratando de dominarse mutuamente. No se usan bloqueos ni esquivas y ambos competidores se centran exclusivamente en atacar con la mayor fuerza y rapidez posible. Por lo general, el primero que da en el blanco con un golpe contundente va a ganar la pelea. Este nivel claramente no tiene nada que ver con las artes marciales y, por lo tanto, los maestros tailandeses lo comparan con "salpicar al oponente con barro".

El nivel 2 es mucho más sofisticado y corresponde al sistema de enseñanza básico utilizado en la mayoría de las escuelas de Muay Thai. Cuando un luchador ha alcanzado el nivel 2, significa que puede aplicar las estrategias defensivas básicas para repeler la ofensiva de su oponente y está en condicion de reaccionar en consecuencia. Las estrategias defensivas más simples que se utilizan en este nivel son: Pong, Pad, Pid, Poed. Veamos el significado de estas 4 palabras tailandesas.
Pong: se refiere a detener golpes con la palma de la mano. Además, los ataques pueden detenerse simplemente levantando la guardia.
Pad: desviar los golpes con la mano o el antebrazo. El ataque puede desviarse hacia la línea interior o exterior, hacia abajo o hacia arriba.
Pid: cerrar las puertas. Cubriendo los puntos débiles o bloqueando los ataques usando las partes óseas duras del cuerpo del defensor. Se puede detener los golpes con la frente , con el hombro, con el antebrazo, con el codo, con la espinilla, con la rodilla.
Poed: abrir la guardia del oponente. El desvío del ataque mientras se penetra la guardia del adversario se puede hacer con uno o dos brazos, con una o dos manos.
Una vez que la acción defensiva básica se ha aplicado con éxito, el defensor debe contraatacar inmediatamente con uno o más golpes. Para hacer eso, sus maniobras deben ser muy precisas y oportunas. Debido a eso, este nivel de lucha generalmente se llama "combate agudo".

Una de las desventajas de esta forma de lucha es que el cuerpo del defensor debe ser lo suficientemente fuerte para resistir el impacto de los golpes que está destinado a soportar antes de poder reaccionar con sus propios contraataques. En Muay Thai, donde los boxeadores se combinan de acuerdo con clases de peso estrictas, esto puede no ser un gran problema. Por el contrario, en el "combate marcial" la diferencia de peso juega un papel importante, a favor del contendiente más pesado. Por lo tanto, en el antiguo Muay, este nivel de lucha se consideraba bastante básico y un Nak Muay (thai boxer) que había alcanzado el estado de "luchador agudo" aún estaba lejos de ser en la cima de su Arte.
El nivel 3 es difícil de dominar. No muchos luchadores poseerán las habilidades inherentes a este nivel. El Nak Muay que puede esquivar, desplasarse o evitar los ataques del oponente y reaccionar con golpes rápidos, será el ganador la mayoría de las veces. Si las armas (del cuerpo) de tu enemigo no pueden tocarte, no pueden lastimarte. El problema aquí es que el sistema defensivo utilizado en este nivel es muy avanzado y no todos los luchadores pueden dominarlo a menos que posean algunos atributos naturales. El primer y más importante atributo para un luchador de nivel 3 es poseer buenos reflejos. Sin la capacidad de detectar el ataque del oponente antes de que se complete, esquivando su golpe, haciéndolo apenas rascar el objetivo, un boxeador nunca alcanzará este nivel y tendrá que seguir estructurando su estilo en torno a un enfoque más básico (es decir, el nivel 2 ). Por otro lado, si un luchador es capaz de dominar estas tácticas avanzadas y logra aplicarlas en combate, todo tipo de oponente tendrá dificultades para enfrentarlo. No importa cuán pesado sea el adversario, un luchador de nivel 3 estará siempre fuera del alcance de los ataques y no sufrirá ningún impacto fuerte. Demasiado lejos o demasiado cerca, hará girar una telaraña alrededor del atacante, golpeándolo desde ángulos inesperados, apuntando a los puntos más débiles de su anatomía. Por esta razón, este nivel de lucha se llama "envolver".

El nivel 4 es aún más complejo y más difícil de dominar. Antes de ser instruido en las sutilezas de este nivel, un Nak Muay debe estar bien versado en los niveles 2 y 3. En el nivel 4, el defensor es en realidad el que toma la iniciativa: cerrar la distancia y atacar primero puede confundirse fácilmente con un "simple" ataque directo. Sin embargo, el luchador que ha alcanzado este pináculo del Muay, en realidad está atacando el ataque del oponente. En palabras simples, tan pronto como detecta la "intención" del oponente de golpear (o dar un paso adelante para golpear), el defensor anticipa su ataque y, como una cobra, ataca primero. El secreto de esta gran habilidad es moverse cuando el oponente ya está "comprometido a atacar". Si el defensor simplemente cambia al modo de atacante y se convierte en el agresor, perderá todas las ventajas estratégicas de la lucha en contra. Los ataques simples no tienen nada que ver con el estilo de Kon Kae y con el estilo de nivel 4. El aspecto mental es preponderante en esta etapa: enfrentarse a un oponente fuerte manteniendo una mente clara (llamada mente vacía) no es una tarea fácil. El cuerpo debe mantenerse relajado, la respiración debe controlarse y no debe haber rastro de vacilación en el corazón del defensor. Cuando alguien alcanza este nivel, su defensa y ataque serán uno y muy pocos oponentes podrán resistirlo porque ha alcanzado la codiciada habilidad del "ataque repentino".

Marco De Cesaris & Grand Master Chaisawat Tienviboon

Para mas información sobre el Muay Boran IMBA:
• Sitio web oficial de IMBA: www.muaythai.it
• Europa: Dani Warnicki (IMBA Finlandia) dani.warnicki@imbafinland.com
• América del Sur: Juan Carlos Duran (IMBA Colombia) imbacolombia@gmail.com
• Oceanía: Maria Quaglia (IMBA Australia) imbaaust@gmail.com
• Secretaría General: Marika Vallone (IMBA Italia) imbageneralsecretary@gmail.com





Los cuatro niveles de las Artes Marciales: Cuerpo – Mente – Emoción –Espiritualidad
Las Artes Marciales no solo consisten en técnicas como cabezazos, rodillazos o codazos, etc. Detrás de la aplicación física se esconde una dimensión más profunda, pero solo se percibe cuando se busca conscientemente. El desarrollo comienza en el nivel físico. Aquí se entrenan la sensación de distancia, el control, la acumulación de presión y los patrones de movimiento efectivos. Las técnicas se repiten hasta que se pueden aplicar bajo presión y funcionan en situaciones reales.
A continuación viene el nivel mental. Se desarrolla mediante un entrenamiento constante y a largo plazo, y fomenta la disciplina, la resistencia y la concentración. Esta estabilidad interior es la base para pensar con claridad incluso en momentos de estrés.
El nivel emocional se manifiesta especialmente bajo presión. Quien mantiene la calma en una situación peligrosa, toma decisiones precisas y no se deja dominar por el miedo o la adrenalina, tiene una ventaja decisiva. La capacidad de actuar con control incluso en casos extremos relativiza muchos otros retos de la vida.
De este desarrollo surge finalmente la dimensión espiritual. No se trata de espiritualidad en sentido abstracto, sino de responsabilidad y transmisión. Quien ha acumulado conocimientos y experiencia, también tiene la tarea de transmitirlos. En esta actitud se encuentra la verdadera realización, independientemente del éxito externo o las circunstancias materiales.
«El verdadero arte marcial comienza con el cuerpo, se agudiza con la mente, se prueba en el fuego de la emoción y encuentra su realización en la transmisión de la fuerza con responsabilidad».


En el combate cuerpo a cuerpo no hay una variedad inabarcable de posibilidades. Hay una estructura. El cuerpo humano solo ofrece tres niveles de ataque: alto, medio y bajo. Nada más. Cada movimiento, cada defensa, cada ataque se desarrolla dentro de estas tres líneas, también llamadas zonas de ataque. Y de ello se deriva una ley sencilla: si se cierra una línea, inevitablemente se abre otra.
Si alguien cubre su centro, queda espacio arriba o abajo. Si dos niveles están bloqueados, el tercero queda libre. Si los tres estuvieran completamente cerrados, no sería posible luchar, porque quien lo protege todo no puede actuar.
Por lo tanto, la distancia corta no es un lugar para técnicas complicadas o movimientos espectaculares. La complejidad aumenta el riesgo de fracasar. Una patada giratoria amplia puede fallar, porque la distancia, el tiempo y la precisión deben ser los correctos.
Sin embargo, en un espacio reducido, donde ya existe contacto físico, todo se reduce a decisiones sencillas a lo largo de líneas abiertas. No hay que buscar un objetivo. Ya está ahí.
Lo decisivo no es la variedad de técnicas, sino la claridad. No es la velocidad, sino la estructura. Quien comprende que cada línea cerrada crea una apertura en otro lugar, no actúa de forma precipitada, sino coherente. En esencia, esto significa: ver lo que está abierto. Y ocuparlo inmediatamente.
Lo que comúnmente se entiende por defensa personal es a menudo una mezcla de técnicas muy diversas, tomadas de diferentes artes marciales y combinadas de nuevo. Los cursos, libros y vídeos suelen transmitir un repertorio de secuencias fijas que se repiten hasta que parecen automáticas. Esto da fácilmente la impresión de que la autodefensa es una colección de trucos que solo hay que memorizar para poder defenderse en caso de emergencia. De esta idea surgen mitos sobre técnicas secretas, puntos vitales o energías internas misteriosas. Pero la autodefensa no es una construcción intelectual ni una recuperación mecánica de patrones de movimiento almacenados. Es una habilidad y, como cualquier habilidad, se desarrolla con la práctica. Requiere un entrenamiento regular, un método claro y un objetivo definido. Si no se trabaja en ello de forma continua, se va perdiendo poco a poco.

Un método eficaz debe desarrollar tres requisitos básicos: estabilidad psicológica, claridad estratégica y capacidad física. Lo importante no es maximizar la fuerza, la velocidad o la condición física.
Un sistema de autodefensa realista debe ser practicable para la persona media, incluso para mujeres, personas mayores o personas con menos fuerza física. Lo decisivo es la estrategia y la preparación mental.
El entrenamiento psicológico no tiene como objetivo eliminar el miedo, sino seguir siendo capaz de actuar a pesar del miedo. La estrategia, por su parte, debe ser sencilla, clara y universalmente aplicable, independientemente del tamaño, la fuerza o el número de agresores. La complejidad falla bajo estrés; la simplicidad sigue siendo accesible.
El objetivo real de la autodefensa no es vencer al oponente, sino proteger la propia integridad física. Por lo tanto, evitar el conflicto y huir son siempre las opciones preferidas. Solo cuando estas posibilidades fracasan se utilizan medios que ponen fin al peligro inmediato o permiten una retirada segura.
Por lo tanto, una autodefensa creíble debe responder a preguntas fundamentales:

•¿Qué actitud mental permite sobrevivir ileso a una situación amenazante?
• ¿Qué estrategia funciona incluso contra agresores físicamente superiores o múltiples?
• ¿Qué requisitos físicos son necesarios y cómo se pueden desarrollar con un esfuerzo razonable?
•Y, por último: ¿qué objetivo persigo realmente? ¿Competición y fuerza o confianza en mí mismo y capacidad de protección?
Los sistemas que se limitan a acumular técnicas a menudo no ofrecen una respuesta metodológica. Por el contrario, un sistema estructurado reduce la complejidad a unos pocos principios fundamentales.
En el sistema OLIVA Combat, todas las acciones se basan en principios estratégicos claros que se mantienen incluso en situaciones de estrés. El primer principio consiste en enfrentarse al adversario de forma protegida: se protege constantemente el centro del cuerpo y se protegen las zonas sensibles con los brazos y las piernas. La protección y el ataque no son opuestos, sino que se producen simultáneamente. Si se abre una línea, se ocupa inmediatamente, no con vacilación, sino con una acción decidida y estructurada. Por lo tanto, la autodefensa no es un conjunto de técnicas, sino una competencia construida metódicamente. Su eficacia no se debe a conocimientos secretos, sino a la claridad, la práctica y la concentración en lo esencial.

«En el combate cuerpo a cuerpo, lo que decide no es la variedad de técnicas, sino la claridad de la mirada: cada línea cerrada revela una apertura, y quien la reconoce actúa sin dudar».

¿Quieres mejorar tus habilidades de defensa y combate?
Con el OLIVA Combat System aprenderás técnicas prácticas y eficaces para protegerte y aumentar tu seguridad personal. Nuestros cursos de instructores están diseñados tanto para civiles como para profesionales. SIFU Salvatore OLIVA te entrenará para responder con eficacia en situaciones de alto estrés y riesgo.


