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Sea Of Letters
INTRODUCCIÓN
«Luz, mas luz», fueron las ultimas palabras pronunciadas por Goethe en su lecho de muerte, segun relato posteriormente su medico, Carl Vogel. Y luz, mas luz, sol, mas sol, es lo que se necesita para entender en toda su esencia lo que ocurre en una plaza de toros y como se desarrolla una corrida de toros. Para un profano, pongamos alguien que no haya leıdo a Goethe, lo que ocurre dentro de ese edi icio circular que llamamos coso taurino puede ser un enigma de imposible resolucion. Pero tambien para el asiduo, la complejidad del suceso puede llevarle a juicios demasiado ligeros o a confundir lo esencial —lo que verdaderamente conforma el discurso de la tauromaquia— con lo super luo, la moda de cada tiempo. Ası, por muy esteticos que sean los pases de adorno y la capacidad del matador para torear al toro con la mano derecha, nada ha habido ni habra nunca que ofrezca mas luz sobre la tauromaquia que el uso por parte del torero de la muleta con su mano izquierda. ¿Es consciente el publico de toros de ello? A priori, solo los entendidos, que no son pocos, valoran en su justa medida el peso de la mano izquierda sobre todo lo que acontece dentro del ruedo; de lo profundo sobre lo super icial. Aunque a veces sea sin ser consciente de toda su magnitud, el espectador de toros percibe lo esencial: cuando un torero tiene la capacidad de torear con la izquierda como si tratase de asomarse al abismo de la vida, los oles que surgen de las gargantas de los a icionados se asemejan mucho a aquellos oles que el escritor frances Michel Leiris cali ico como «gritos de orgasmo» en su libro Espejo de la tauromaquia (1938).
En la corrida de toros se desarrolla un concepto intelectual; un discurso de dos rombos, para mayores de edad. En un sımil musical, el toreo es concierto sinfonico o una opera, y otras formas de tauromaquia como los festejos populares, las sueltas de vaquillas, los toros ensogados, serıan musica folk. Pero no hay que llevarse a enganos ni despreciar este tipo de manifestciones «menores», pues son fundamentales para comprender por que existe la corrida de toros. Quien anclado en la superioridad de la corrida de toros, como quien se cree homo sapiens, desprecia los festejos populares, como si fuesen homo erectus, comete el mayor de los pecados, aquello que los griegos llamaban hybris, el pecado de la soberbia. Y en este caso, este pecado no es venial, pues despreciar los orıgenes es despreciarse a uno mismo y traicionar tu propio discurso. En un sımil pedagogico, quien antes de ir a la corrida
no ha visitado un festejo popular serıa como quien pretende cursar el primer curso universitario de Filosofıa y Letras sin haber pasado antes por la escuela primaria.
La corrida de toros tiene un trasfondo complejo. Y para entender el discurso que esta dicta se hace necesario conocer los terminos que los protagonistas emplean. No hablamos solo del toro y el torero, de como se comporta el toro, de por que el torero se mueve hacia aca o hacia alla, de por que los subalternos se colocan en sitios rigurosamente determinados y que responden a distintas jerarquıas, sino que tambien debemos hablar del publico, de nosotros, de los que acudimos a presenciar tal acontecimiento. Efectivamente, el publico, los espectadores como conjunto, son tambien parte de la corrida de toros, parte de ese ritual sacri icial, si tomamos el termino acunado por el sociologo Pitt—Rivers y aceptamos que en este extrano acontecimiento que ha escapado a la arqueologıa y se ha perpetuado vivo, lo que se esta produciendo en realidad es una representacion ancestral que el curso de los siglos ha modelado, corregido y, cual espectaculo barroco, ornado en hojarasca. Es por eso que en esta obra se analizara que es algo tan peregrino como la suerte contraria, pero tambien el por que no resulta conveniente ir a la corrida con chanclas y chandal —¡que coincidencias de ches!— ni por supuesto borracho —¡otra che!—. La borrachera, la embriaguez, nos la debe producir el torero con su faena.
La respuesta a todo lo que ocurre o puede producirse en una corrida de toros la resumio muy bien el profesor Tierno Galvan cuando escribio que las corridas de toros no son un espectaculo, a irmacion que el recordado profesor cerraba con la mas inteligente re lexion jamas escrita sobre el asunto: las corridas de toros son un acontecimiento. Y antes de situarnos en lo que signi ica ese acontecimiento, no estarıa de mas anadir que en la corrida de toros, ilosofıas aparte, lo que se nos ofrece es geometrıa, pura geometrıa. Una geometrıa gobernada por el numero tres, por los tres toreros, los tres tercios, los tres subalternos, las tres divisiones arquitectonicas de la plaza, el terno o vestido de torero y ası casi ad in initum. Es por ello que se exige tambien una explicacion y detenimiento en todos estos elementos que conforman este extrano acontecimiento al que llamamos corrida de toros y que emplea terminos tan etereos como temple y otros tan prosaicos como puya o cabestro, palabras que, por cierto, empleadas fuera del coso taurino se transforman en algo muy distinto. Todo ello se intentara desgajar aquı de ese cırculo perfecto que es la plaza de toros, para que quiza sirva como guıa, como libreto traducido de una opera de un texto cuneiforme que solo unos pocos iniciados parecen capacitados para comprender en su cabal medida. El objetivo no es otro que todos podamos sentirnos plenamente parte de ese acontecimiento que acaba
con la muerte de un toro que ha visto pasar ante sus ojos los capotes rosas, las muletas rojas, las banderillas engalanadas, las espadas de brillante acero, los toreros ungidos de oro o plata y el publico voraz y partıcipe. Un toro que, por cierto, ha vivido cuatro anos libremente en el campo y cuyo destino inal, al igual que sucede con los pobres animales estabulados de la ganaderıa industrial, sera el de ser consumido en iletes por la especie humana. La corrida de toros, en la que la vida y la muerte se suceden, es una cosa muy seria. Quiza por ello es, junto a la misa, el unico acontecimiento que en Espana siempre ha empezado a su hora en punto. Un enorme reloj en cada plaza nos senala con su sombra. A la hora marcada en los carteles, ese cırculo horadado se convierte en un vortice.
1. El público y sus circunstancias
«Es el pueblo el que quiere ser torero porque quiere vivir, es el que quiere torear porque quiere hacer milagros».
(Ignacio Sanchez Mejıas)
El publico, los espectadores, la a icion. ¿Quien es el publico de toros? ¿Que busca? ¿Que pretende? Para el profesor Tierno Galvan, en el espectador de toros no cabe la indiferencia: «acudir a los toros es un acto de brutal sinceridad social, que nos delata, en cierto modo, ante los demas». Ya puestos habrıa que anadir que lo mınimo que ha de saberse al acudir a la plaza es el ser conscientes de que formamos parte de aquello que hemos ido a contemplar. Incluso en el caso de que fuese la primera vez que nos acercamos a ver una corrida de toros, lo fundamental no es tanto el conocer teoricamente lo que allı puede desarrollarse, lo que podremos ver en la arena, sino que lo importante es conocerse a sı mismo. El gnosce te ipsum latino, el gnothi seauton griego, es aquı simplemente saberse partıcipe del acontecimiento que se desarrolla. Esta es la gran diferencia entre el a icionado a los toros, aunque lo sea solo por un dıa y salga espantado de lo que ve, y el publico que asiste a otro tipo de festejos. El publico de toros es un ente, un ente con vida propia, que a veces multiplica sus tentaculos con voces distintas, la famosa division de opiniones; una disparidad de pareceres que en muchas ocasiones se atribuye al mayor o menor conocimiento de lo que ocurre durante la lidia. La estrambotica division entre publico y a icionados existe; sı, es cierto; pero a efectos celestiales, vistos desde una nave espacial por un grupo de extraterrestres que desdenan ensuciar su poder aterrizando su platillo volante en la plaza de toros, la masa que conforman los espectadores es una unidad. Podemos recurrir de nuevo a Pitt–Rivers y su teorıa ritual de la corrida en la que describe al publico como los oferentes de una vıctima (el toro) a la divinidad. Pero tampoco hay por que complicar las cosas. Incluso antes de entrar en la plaza de toros, el espectador se ve envuelto en una voragine, en la indescriptible ansiedad que se respira en los aledanos. En tiempos no tan antiguos, los espectadores acudıan a la plaza a mediodıa, aunque la
corrida no comenzase hasta seis horas despues. Quiza para ir digiriendo con calma la ansiedad que galopa al ritmo del reloj y que devora a todo aquel que tiene una entrada en la mano. Pero la calma no es allı posible: en los alrededores de la plaza de toros los a icionados siempre se saludan con prisa, con los ojos buscando el numero de su puerta de entrada. Los a icionados a los toros entran sin unas a la plaza; la impaciencia las ha devorado. Casi no hay tiempo para compartir esa comida que nos sumergirıa en el ambiente: el sabroso plato del rabo de toro, tan condimentado y que identi ica plenamente el in al que en ultima instancia estan destinados los toros que seran estoqueados en la plaza: alimento para el homo sapiens. ¿Somos conscientes de ello?
Porque por mucho que parezca que el objetivo de la corrida de toros es la fama del torero, la vivencia de momentos indescriptibles de pasion por parte de los espectadores o la defensa de unos valores, la realidad inal, el ocaso de la corrida, es la carne del toro despiezada —en la misma plaza—, vendida en la carnicerıa, comprada por un ser bıpedo y cocinada, si con vino tinto, mejor. Birth, school, work, death, cantaba el grupo de rock The Goodfathers en 1988. Nacimiento, escuela, trabajo, muerte. Eso vale para el torero y los espectadores. Para el toro, no se olvide nunca y sirva de defensa de la animalidad humana, de la que participamos todos aquellos que no llevamos alas angelicales, es birth, school, lidia, death y despues nos los comemos. Ası acaba el toro, vayamos a ver como comienza la corrida de toros.
Todo comienza con los carteles de toros. En letras bien grandes se escribe primero, desde el siglo XIX, el nombre de la ciudad. Tan acostumbrados como estamos hoy dıa a que los equipos de futbol sean los representantes de las ciudades, reconforta ver que los carteles de toros aun nos hablan en mayusculas del lugar en el que vida y muerte se encuentran. En los toros no hay reales clubes deportivos, sportings, racings ni reales sociedades. En los carteles de toros la ciudad aun resuena rotunda. Incluso ciudades pequenas, ciudades acobardadas por el devenir de los tiempos, ostentan una gloria efımera los dıas que se anuncian los carteles, y las calles y las revistas especializadas pueden mostrar con rotundidad la importancia de ciertos nombres que pasan desapercibidos en la cronica social o deportiva del paıs. Ronda, El Puerto, Colmenar, Linares compiten entonces con Madrid, Sevilla o Valencia. Y si nos extendemos mas alla de las fronteras espanolas, Ayacucho, Nimes o Villafranca de Xira demuestran que sus nombres en la cabecera de un cartel de toros les dan algo ası como un estatus de beati icacion a efectos vaticano—taurinos.
Desde inales del siglo XIX, gracias a los avances de las tecnicas tipogra icas, al nombre de la ciudad le siguio en los carteles, en orden vertical de arriba a abajo, una ilustracion. Un toro, un torero, un lance
de la corrida dibujado o pintado por un cartelista o incluso por pintores de la talla de Julio Romero de Torres o Miquel Barcelo en tiempos mas recientes. Tanto tiene de simbolico haber contribuido a embellecer el cartel que un torero como Luis Francisco Espla, no contento con actuar, tambien ha mostrado su arte pictorico en tal menester. Hubo autenticos cartelistas de renombre cuya fama no estriba en su obra como pintores sino como pintores de carteles de toros, tal fue su grado de especializacion y dedicacion. Un artista por ejemplo como Ruano Llopis, conocido por todos los a icionados a los toros es, fuera del mundo taurino, un apunte a pie de pagina.
Debajo de la ilustracion aparecen entonces los pormenores de la corrida, disminuyendo el tamano de la letra a la vez que lo hace la importancia de lo que se anuncia. En primer lugar aparecen los toros. Los toros por encima de los toreros. Concretamente el numero de toros y el nombre de la ganaderıa. 6 Toros 6, se dice, de la acreditada y famosa ganaderıa de Miura, Pablo Romero, Conde la Corte... Y cuando se leen esos nombres evocadores, el a icionado se imagina un campo verde con encinas en la que esos toros de ienden su pertenencia a una raza, a una casta determinada. Se imagina que esos toros no llevan vivos cuatro anos, la edad del toro adulto listo para ser lidiado, sino que se imagina que tienen siglos de vida, tantos como el nombre de la ganaderıa. Y ası, cuando unos a icionados recorren 1.000 kilometros para ver una corrida de la ganaderıa de Miura, se imaginan que el mismısimo Juan Miura, el fundador de la mıtica ganaderıa en el ano 1842, ha escogido el mismo los seis toros, vivos desde entonces, para que puedan ser lidiados ahora, casi dos siglos despues. Tal es la fuerza del nombre de la ganaderıa, del apellido de los toros. El nombre como argumento bıblico.
A continuacion del nombre de la ganaderıa aparecen los nombres de los toreros. El primer nombre, el que abre plaza, sera el de aquel torero que antes haya tomado la alternativa, la ceremonia que otorga el derecho a torear toros mayores de cuatro anos y lo unge como matador. Inmediatamente despues aparece el nombre del siguiente torero en haberla tomado, y en tercer lugar el ultimo doctorando, que ası es como se de ine a los toreros cuando toman la alternativa. No importa la edad que tengan los toreros en el orden de aparicion en los carteles. Lo que importa es el dıa en que tomaron la alternativa. Eso es lo que marca el orden y la jerarquıa. El primero, a la vez, debera ser el director de lidia. La alternativa, por cierto, se puede tomar en cualquier lugar, pero ha de con irmarse necesariamente en Madrid.
Solventado lo verdaderamente importante del cartel, se anuncia lo accesorio: los precios de los abonos, de cada localidad, la hora de
comienzo del espectaculo, a veces el nombre de las cuadrillas, que son los ayudantes del matador, es decir, banderilleros y picadores. Tambien aparecen en los carteles las advertencias o avisos. Desde que aparecen los primeros carteles a ines del XVIII hasta hoy dıa, se han quedado muchos consejos en el camino. El aviso que no solıa faltar era el de que se celebrarıa una grandiosa corrida de toros «si el tiempo no lo impide». El hombre digital cree ya poder gobernar el tiempo pues se ha prescindido de la legendaria frase en la cartelerıa. Luego, si a Zeus Tonante le apetece, caen chuzos de punta y los modernos disenadores de carteles se resguardan bajo sus ordenadores Appel, acobardados por su soberbia, como les ocurrio a los persas que pretendieron invadir Grecia y para ello se atrevieron a horadar el monte Atos. Los carteles de toros, bien leıdos, a lo largo de los ultimos doscientos cincuenta anos nos han revelado mucho de nosotros mismos, y del poder de quien nos gobierna. Dos sucintos ejemplos: Despues de que el ministro Esquilache prohibiese los sombreros de ala ancha y las capas, aun se podıa leer en los carteles de toros que a los asistentes a la corrida acomodados en las localidades de sol se les permitirıa llevar sombreros con el ala cubriendole el rostro para atenuar el efecto del astro rey. El segundo ejemplo nos habla del furor y lo peligroso que en otros tiempos podıa representar ser un torero cobarde: un cartel del siglo XIX advertıa de que se prohibıa arrojar perros y gatos muertos al lidiador. Nada decıa de si se podıan arrojar vivos.
Los carteles de toros, en la era digital, siguen teniendo tanta importancia que la empresa que gestiona la plaza de toros hace una presentacion del cartel como si presentara a un futbolista brasileno de 15 anos para su primer equipo. La prensa es convocada, y por arte de magia tambien los cabales, esos personajes que llevan vivos desde que los toros tienen cuatro patas y que a veces se llaman a sı mismos a icionados, o crıticos taurinos o escritores taurinos, aunque, todo hay que decirlo, a veces no saben hacer la o con un canuto y sin embargo se les venera mas que a Miguel de Cervantes entre el mundo del toro, y este que escribe las presentes lıneas tambien los ha venerado. La presentacion del cartel de toros viene a ser como el sorteo de los toros, del que se hablara posteriormente. En ambos acontecimientos un halo invisible y magico unge a los asistentes y les da acceso al lugar en el que se produce, en detrimento de otros espectadores o a icionados, que no estan imbuidos de ese halo divino que no sabemos a ciencia cierta que divinidad otorga, si Vishnu o Nandi, el dios que cabalga sobre un toro, o acaso Mitra, otro dios de origen oriental que ademas de cabalgar sobre el toro lo ajusticiaba con un punal para que la sangre de ese toro primigenio regase los campos y les otorgase la fertilidad.
Conocidos los carteles es hora de hacerse con las entradas para el acontecimiento. La cosa es tan facil como difıcil. La picaresca espanola ha desarrollado multitud de tretas para vender un papel que esta marcado con un precio de 10, por poner un ejemplo, por 15, 20 o 25. A veces existen razones su icientes para este baile de la oferta y la demanda, y bien lo saben los que en los ultimos anos querıan ver torear a Jose Tomas. En otras ocasiones, sin embargo, sin explicacion aparente, sin que se coloque en las taquillas el conocido cartel de «No hay billetes», el precio pagado puede ser superior a lo que marca la entrada, a pesar de que la llegada del euro parece haber empequenecido los precios, pues antes, cuando eran pesetas, los miles campaban a sus anchas. ¿Razones de los desvarıos del precio pagado? Seguramente una especie de contubernio masonico. Intentemos explicarlo, si bien, el unico lugar en el que la entrada para los toros costara lo que viene marcado en la lista de precios es en las taquillas de la misma plaza.
Las taquillas son unas ventanas, como las de ir al cine cuando Clark Gable lucıa bigotillo, abiertas en la fachada de la plaza de toros y en las que hay un cartel en el que se escribe precisamente eso: taquillas. Parece facil, pero no se confıe, y sobre todo, ¡no se fıe de nada de lo que ocurra hasta que llegue a la cola de personas que esperan delante de usted en las taquillas! Antes de comprar la entrada no esta de mas mirar los precios que aparecen en el cartel que normalmente se encuentra pegado y bien visible al lado o encima de las taquillas. Para los no expertos se trata de una ecuacion de segundo grado mas que de un listado de precios. En primer lugar se dividen los precios entre Sol y Sombra. La sombra, logicamente y por aquello de los canceres de piel que tanto anuncian los telediarios, es mas cara. La sombra siempre ha sido mas cara, aunque las razones hace un siglo era que al sol solo se ponıan los pobres. La burguesıa y aristocracia espanola, alergica al trabajo, no querıa saber nada del sol, una cosa para gente de campo, hasta tal punto de que los ricos se iban a veranear a San Sebastian, lugar que goza del privilegio de pelearse con Bilbao para estar a la cabeza de las ciudades con menos dıas de sol al ano en Espana: 38 en concreto, frente a los 188 de Huelva, la mas soleada. Eso lo dice el servicio meteorologico nacional y lo sabıa en el siglo XIX cualquier a icionado a los toros sin necesidad de estadısticas o iciales. La distincion entre Sol y Sombra, tiene ademas una diferencia de precio por cuestiones geogra icos o territoriales. En la Sombra se situa la presidencia de la corrida, en un palco en el que ademas de la igura del presidente se encuentran un veterinario y un experto en materia de lidia acompanandolo. Y los toreros gustan hacer las faenas en la cercanıa de este senor (o senora) normalmente trajeado y con cara de serio, pues no en vano es el representante de la autoridad en la plaza y
hasta hace poco tiempo un comisario de policıa en la mayorıa de las ocasiones.
Tambien es el lugar, la Sombra, en el que se asienta tradicionalmente el publico entendido, aunque habrıa mucho que discutir sobre el particular y la vigencia de esta verdad tradicional. En esta Sombra, bajo la bandera de la presidencia, pero en el callejon, los toreros tienen a sus mozos de estoques, sus ayudantes y su parafernalia o avıos de torear, por lo que resulta mas logico para ellos hacer la faena en las cercanıas de aquello que sienten como suyo. Y tanto como lo sienten suyo lo siente ajeno al toro, que suele salir a la plaza precisamente por la puerta de toriles situada en el lado opuesto, en los terrenos del Sol, frente a la presidencia (aunque esto no es una verdad canonica, ni siquiera categorica, todo depende de la arquitectura de la plaza). Torear —y picar— al toro puede por tanto resultar mas sencillo en los terrenos de Sombra por cuanto el toro, al entrar a la arena, la unica referencia que tiene es precisamente esa puerta de toriles, una puerta que queda lejana desde el punto umbrıo. Esto evita en mas de una ocasion que un toro poco bravo se acuerde de donde esta la salida y ası el torero aun puede realizar una lidia medio decente frente a un toro que, puesto al sol, se le quemarıa como un escoces en Torremolinos y huirıa en busca de la puerta por la que salio. En de initiva, que por norma el espectador de Sombra paga mas, pero ve la lidia mas cerca que el espectador de Sol y suda menos.
Distinguido el sol de la sombra, aparecen en el cartel de precios diversas de iniciones arquitectonicas propias de la plaza de toros: barrera, contrabarrera, tendido (a veces, tendido bajo y tendido alto), palcos, grada y andanada. Dependiendo de la plaza apareceran otros como delantera de palco, o puede que falten la andanada o la grada, que en esto cada plaza de toros del mundo tiene su propio librillo. Lo que no faltara nunca es el Tendido. El Tendido es la parte mas amplia de la plaza, el Tendido incluso de ine a los espectadores. «El banderillero fue aplaudido por el Tendido» podrıa ser un dictado de sexto de primaria pero es una sinecdoque que suele aparecer en los periodicos de provincias y con ella se asimila Tendido a publico. Si dividimos la arquitectura de la plaza en tres, el redondel y callejon, situados a ras de suelo, serıan la primera subdivision; el Tendido, ya elevado, la segunda; y todo lo que no es Tendido —palcos, andanada, grada...—, resumamoslo en las alturas, serıa la tercera. Esta division nos obliga a explicar brevemente que el callejon es el pasillo circular dividido del ruedo por las tablas, una barrera de madera que evita en lo posible que el toro salte precisamente al callejon; este callejon esta separado de las localidades de asiento por un muro de piedra. El callejon, refugio de toreros que no estan interviniendo en la lidia y de personal necesario
para el transcurrir de la misma, ademas de otras personas que se mencionaran mas adelante, dispone de burladeros en los que el personal no estrictamente protagonista de la lidia debe permanecer para no interferir en el buen desarrollo y organizacion del evento.
Una vez tenemos claro que es el Tendido, la primera y mas amplia parte de las localidades, viene una nueva division del mismo dependiendo de la cercanıa al ruedo. En esta distincion, la barrera, que en realidad es la primera ila del Tendido comenzando a contar desde la ila mas cercana al callejon, es la localidad mas cara y de mas lucimiento. Si oye usted a alguien en chandal decir en los aledanos de la plaza que tiene una localidad de barrera de Sombra, desconfıe: o bien se trata de un loco o de un borracho. Porque los asistentes a los tendidos de Sombra, de siempre, han gustado del puro y el traje de lucirse, que basicamente incluye corbata en el caso masculino y zapato de tacon en el femenino. La entrada de barrera, por tanto, ademas de ser la mas cercana al desarrollo de la interaccion entre toro y toreros, es la mas cara. Tras ella se situa la de contrabarrera. Esta localidad es como una marca blanca de la barrera. Se trata de la ila dos del tendido (escribamoslo en minuscula una vez que nos hemos familiarizado con el termino) y ademas de ser mas barata —posiblemente porque el que la ocupa suele tener delante a un senor con puro, en la barrera—, no tiene la ventaja de poder apoyarse con los codos en la verdadera barrera de la plaza, el muro que separa el tendido del callejon. Por tanto, el nombre de contrabarrera, ademas de equivocado, fue un ardid inventado por los empresarios para hacer creer a los incautos que no habıan logrado localidad de barrera por encontrarse todas vendidas, que la contrabarrera les resarcıa de algun modo de tal fatalidad. A cambio de esa concesion de sucedaneo de barrera, el empresario cobra un par de billetes mas de lo que cobra por lo que es puramente la localidad del tendido, tecnicamente desde la ila tres hasta la ultima del tendido. Claro que, como en la vida todo acaba por equilibrarse, el espectador avisado, el entendido (¡que similitud: tendido—entendido!), ha encontrado la manera de resarcirse del engano del empresario. Tanto es ası que cuando percibe que la plaza de toros no se va a llenar, compra una localidad de tendido, mas barata que la contrabarrera, y a sabiendas de que nadie en su sano juicio va a comprar una localidad de contrabarrera, se sienta con toda la parsimonia y sabidurıa del mundo en esa mal llamada contrabarrera. Y digo toda la sabidurıa del mundo porque nada satisface mas a un a icionado a los toros que saber que ocupa una localidad superior en precio a lo que ha pagado en realidad por ella. Por poner un ejemplo, un sabio a icionado que ha comprado la ila 20 del tendido y que con solo ver una hora antes la ocupacion de los bares cercanos a la plaza de toros sabe que no se llenara la plaza, ni por supuesto la contrabarrera, se sienta en la usurpada localidad con tal
mezcla de satisfaccion y rebeldıa que pareciera que ocupa la catedra de ilologıa aramea en Oxford. Y esto es ası porque el espectador de toros, incluso el mas avezado, debe de sortear a lo largo de su vida muchas trampas, compras, ventas, reventas y negociaciones, y en no pocas va a por lana y sale trasquilado, ası que sus satisfacciones, escasas, las recibe con cierta sonrisa de extasis.
Antes de detenerse en el trasquile, quiza sea conveniente terminar con el resto de las localidades. Para apostillar el tema del tendido, debe mencionarse que en algunas plazas existe un tendido alto y uno bajo, de precios distintos, una division icticia y que tiene su check point charlie mas o menos en la ila que dividirıa al tendido por la mitad, en sentido vertical, o donde al empresario de turno le salga del forunculo. Igual ocurre con algo no mencionado hasta ahora y que deberıa haberse citado anteriormente: las localidades de Sol–y–Sombra. Si no habıa bastante con el blanco y negro, un dıa posterior en cualquier caso a la muerte del torero Pepe Hillo, aparecieron los tendidos de Sol–y–Sombra. La inventiva del mundo taurino no tiene lımite. Como su propio nombre indica, dicho tendido, extensa division entre el sol y la sombra, recibe el sol al comienzo del festejo y a medida que avanzan las manecillas del reloj y van cayendo los toros, la sombra se digna en aparecer. Cosas del movimiento de rotacion de la Tierra. Y esto nos sirve para hacer ya un pequeno apunte de ciertos conceptos que para la mayorıa de la especie humana han dejado de ser importantes. Tal es el caso del movimiento de rotacion de la Tierra, que el sabio a icionado a los toros pone en relacion con el movimiento de traslacion del planeta alrededor del sol. Todo buen a icionado sabe que la orbita de la Tierra es elıptica y que esta tarda 23 horas, 56 minutos y cuatro segundos en rotar sobre sı misma. En la practica, en una sociedad urbanizada que rara vez se percata de si estamos en luna menguante o creciente, al a icionado tales reglas del cosmos le sirven para saber si en un tendido de Sol–y–Sombra vaya a haber mas o menos sol, dependiendo de la epoca del ano en que se celebre la corrida. El a icionado distingue la primavera del otono en la lınea que separa el sol de la sombra en los tendidos. Y el empresario, el dueno de tal lınea, el Pantocrator de los tendidos, aun mas.
El precio de la localidad de Sol–y–Sombra, evidentemente, se situa a medio camino entre el de los tendidos de Sol y los de Sombra. ¿Fue entonces concebido tal extrano tendido para dar satisfaccion a los que podıan pagar algo mas pero no tanto como para ir a Sombra? Nada de eso. Fue concebido con el in de que a los que compran tendido de Sol, la sombra no les de tregua ni aunque la corrida se dilate en el tiempo. En otras palabras, el mencionado empresario o Pantocrator, versado en materia astronomica, se preocupa sobre todo de que la sombra alcance
el menor tiempo posible los dominios de los tendido de sol. La prueba de ello es que no hay palcos ni gradas ni andanadas de Sol–y–Sombra. Los tendidos de Sol–y–Sombra, hay que decirlo bien alto, son un castigo gratuito del empresario hacia los pobres espectadores de Sol. Un castigo que quiza resarza al empresario de las localidades de contrabarrera que sabe que no vendera y que ocupara subrepticiamente algun catedratico de arameo con entrada de maestro de escuela. Venganza. Tengase en cuenta esta palabra, pues pareciese a veces que la venganza alimenta las relaciones de los que compran y venden localidades para las corridas de toros.
Pero volvamos a la arquitectura de las posaderas, los asientos que quedan por comprar. Por encima del tendido, a modo de balcones, se situan los palcos. Aquı, de nuevo, se distingue el precio entre delantera de palco —con derecho a mancharse el brazo al apoyarlo en la ronosa baranda de hierro forjado— y palco propiamente dicho, que son todas las ilas situadas detras. La ventaja del que adquiere una localidad de palco esta en que, salvo excepciones, esta situado justo a la misma altura que el presidente de la plaza que preside el palco presidencial. Por ello, tal localidad, delantera de palco, es muy preciada por algunos a icionados, sonadores repartidores de orejas. Y, inalmente, las localidades mas baratas aun, se situan por encima del palco, naturalmente en aquellas plazas que tienen algo ası como dos pisos de palcos encima del tendido. Este ultimo piso, denominado habitualmente grada o andanada, es algo ası como el in del mundo, sobre todo en plazas que superan las 15.000 localidades. Y aun ası, tambien en el in del mundo hay ricos y pobres: delantera de grada y grada sin numerar distingue a los pobres de los parias, de los intocables que ya hubiese Ghandi querido para sı. Los habitantes de la grada esconden su pobre condicion cuando la plaza esta llena porque participan de la comunion que produce la masa compacta de una plaza de toros. Son tan necesarios como los habitantes de la barrera y los tendidos; dan a la plaza un aspecto homogeneo, completan y a la vez cierran el cırculo perfecto en que se convierta la plaza cuando, todas las localidades vendidas, se cuelga en las taquillas un cartel que hace beber anıs Machaquito al empresario, el consabido No hay billetes, es decir, todo esta vendido.
En el caso de un lleno hasta la bandera, el habitante de la grada es uno mas de los muchos nu que atraviesan el Serengueti en su migracion anual. Forma la parte proporcional y equitativa de un todo. Pero las capacidades de los habitantes de la grada son inescrutables, pues no se puede explicar de otro modo que los dıas de escasa a luencia de publico y aprovechando las ausencias de los acomodadores, los habitantes de la grada, muy pocos, se las componen para colarse en el palco, o en el
tendido, o en la solicitada contrabarrera, incluso en la barrera. No se sabe como llegan a esas localidades en cuanto muere el primer toro, pero allı estan. Sin embargo, pudiendo hacerlo —y aquı esta una de las tantas complejidades del a icionado a la corrida de toros— algunos habitantes de la grada se resisten a bajar a localidades mas proximas y pre ieren ver morir a todos los toros desde su localidad del in del mundo. Se les puede ver allı arriba, solos, separados unos de otros, cuando apenas juntan media docena de almas en un espacio para dos mil. Desde el tendido uno se pregunta que clase de tara ontologica o epistemologica les atenaza, especialmente a los de grada de sol, achicharrados como cucarachas bajo la lupa de un colegial. A veces parecen seres de pelıcula de serie B, olvidados allı por el escenografo, descartados incluso por Ed Wood, el director de la peor pelıcula de todos los tiempos, Plan 9 from other space. Pero, no hay que iarse. Puede que sepan algo que los demas ignoran. Es posible que el calor les este reblandeciendo los sesos, mas ello no es obice para que gocen de algo que los de la barrera desconocen, que se regocijen en su ataraxia como unos epicureos de otros tiempos. Es muy posible que sean los ultimos sabios de Sion, los guardianes de aquello que sostiene la galaxia de la tauromaquia. Puede que hayan quemado los codices porque nadie mas que ellos sabıa ya leer las claves de aquel conocimiento oculto. Una vez que sabemos como se divide pecuniaria y arquitectonicamente la plaza y que nos hemos decidido por una localidad ateniendonos a razones de precio, cercanıa y comodidad —huelga decir que la grada es lo mas incomodo—, quiza conviene hablar de aquello que saben estos cabales de la grada y desconocen los del puro en la barrera. Eso que en sus pupilas, alla en las alturas del in del mundo, se revela como geometrıa. Detengamonos pues en los distintos modos de ver una corrida de toros dependiendo de donde se encuentren situados nuestros ojos. Quiza, una vez leıdo lo que sigue, aun quien no tenga problemas pecuniarios se acerque en el futuro con la cartera repleta de billetes a la taquilla y pida al senor metido dentro de la ventanilla de las ilusiones «una localidad de grada sin numerar».
Debe quedar claro que, frente a la grada, el tendido es como un sofa. Un lugar mucho mas comodo, que duda cabe, pero tambien un lugar que desvirtua la realidad que se vive desde la grada. Las plazas de toros ofrecen la posibilidad de permitir ver diferentes faenas, desde el punto de vista estructural, dependiendo de si se ocupa una localidad u otra. Cuando uno se sienta en las ilas altas, en aquellas gradas a considerable altura, y mira hacia abajo, hacia los sentados en las primeras ilas del tendido, percibe claramente que la faena que presencian los sentados abajo no es la misma que la que contemplan ellos desde la alta grada. Desde la parte inferior de la plaza se pueden observar ciertos detalles de la lidia que quedan vırgenes para el que
ocupa las alturas de la grada. Las caras compungidas de los banderilleros ante la cogida del maestro escapan al habitante de la grada. Tambien los bu idos del toro, el ruido de su arrastrar de patas por la arena, de los derrotes contra las tablas y del estaquillador cuando se parte. Todo es mas cercano al habitante del tendido, en principio, mas metido en la faena, mas partıcipe, quien incluso puede llegar a temer que el toro salte al tendido en su busca o que el descabello, por culpa del cabeceo del bovido, acabe seccionando la yugular del a icionado sentado a su lado –siempre pensamos que las desgracias le van a pasar a los demas—.
Vistas ası las cosas, el a icionado de la grada es sordo y, si no ciego, al menos miope, pues los detalles le quedan lejanos e ignotos. Podrıa interpretarse que la unica virtud de la grada es que el precio de las entradas permite asistir a la gestacion de la gloria por un modico precio. Podrıa. Craso error. En realidad, las alturas estan ocupadas por los viejos a icionados que aman la ciencia ancestral de la geometrıa. Desde la grada no se necesita oır el «¡quieto!» del torero porque esa cercanıa, esos ruidos y esas gotas de sangre que salpican, estan olvidadas por culpa de Euclides. En las alturas se aprecia si al hacer el paseıllo alguno de los toreros ha perdido el paso, se ha adelantado a los otros o la distancia entre los subalternos es la correcta; desde las alturas se aprecia perfectamente que el paseıllo no es otra cosa que una parada militar en la que los o iciales, a pecho cubierto de capote de paseo, des ilan en direccion a la batalla, seguidos por las apretadas y marciales ilas de los subalternos, todos intentando no perder el paso, todos manteniendo la distancia exacta con su companero de la derecha, de la izquierda, de delante y de detras. Se aprecia que en las ultimas ilas del des ile, los mulilleros son como los carromatos antiguos de la intendencia, los cocineros, dispuestos a llevarse al toro y trocearlo para darselo de comer a la tropa cuando acabe la batalla. Solo ası se comprende que sin ser soldados, mas bien cocineros, des ilen igualmente en esa colorida parada militar.
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Un lance en la plaza de toros (Jiménez Aranda 1870)
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Una vez rotas las ilas y comenzada la batalla, desde la grada, como Napoleon en Borodino, los habitantes de la grada aprecian el despliegue y repliegue de los actores durante la lidia. Cuando algun banderillero no esta en su sitio, el habitante del tendido tarda en darse cuenta, atento como esta a las miradas del subalterno, a sus muecas y a sus gritos al toro. Por el contrario, el de la grada, sordo en la lejanıa, ve como se ha colocado en el sitio equivocado, como ha salido demasiado tarde a tapar a su companero perseguido por el toro y como ese quiebro tardıo ha provocado el caos momentaneo entre todos los actuantes, al haber estos necesitado recomponer sus ilas para subsanar el error. Ni que decir tiene que si el picador le cierra la salida al toro, es el a icionado de la grada el que puede ver mejor que nadie si el jinete plumbeo ha hecho algo para evitarlo o ha provocado conscientemente esta situacion. Aquella lucha entre toro y caballo que desde el tendido se ve como una lucha, un forcejeo entre centenares de kilos, es desde las alturas una danza, un minue interpretado por bailarines entrados en carnes y en el que unas veces un danzante tira del otro y otras ocurre lo contrario. ¿Y el picador de reserva? Desde la grada se aprecia si esta situado exactamente frente a su companero, justo en el lugar mas alejado posible, o si su falta de entusiasmo para los preceptos de la geometrıa lo ha llevado a estar colocado donde Pitagoras, desde las alturas, bien harıa en chi larle.
Cuando el a icionado de la grada ha descubierto si la faena de muleta va a llegar a buen puerto, el de tendido muchas veces sigue en la inopia, debatiendo con su vecino si hay que bajarle mas la mano o si la serie ha tenido enganchones. De nada de esto se preocupa el habitante de la grada. Desde las alturas la geometrıa nos habla de la ocupacion de terrenos, como si entre toro y torero se estuviese debatiendo un problema de lindes, de fronteras entre Rusia y Finlandia al acabar la segunda guerra mundial (los habitantes de la grada conocen la anecdota del dedo de Stalin). Quien de los dos oponentes sea el que trace las lindes, marque los terrenos en de initiva, sera quien salga triunfador del duelo a muerte. Luego se podra hablar de mas o menos duende o elegancia, pero desde la grada se sabe inmediatamente si el torero ha sacado al toro de sus querencias, se lo ha llevado a su terreno y lo esta haciendo girar a su alrededor a su antojo; y si una vez hecho esto el torero se aleja de la batalla para hacer olvidar al toro su antinatural comportamiento consistente en girar alrededor de un punto ijo, haciendo —la geometrıa manda— la funcion de la pata del compas que lleva gra ito, frente al torero, la pata del compas cuya punta lo ija al papel. Es por ello que hasta el espectador de grada que mas di icultades
tuvo para obtener en el colegio la hipotenusa de un cateto, sabe inmediatamente, gracias a la geometrıa, que ante tal o cual toro, el torero ha perdido la batalla desde que dejo que se metiera en sus predios, que dirıan en las novelas colombianas de sobremesa.
Igualmente, el espectador de la grada puede ver el redondel, el albero, desde las alturas como un papel grueso y granulado, un papel garabateado de surcos a medida que avanza la faena, en el que hay muchos cırculos y ninguna lınea recta. Un papel milimetrado que ha dejado las huellas del exito o del fracaso claramente visibles hasta que los barrenderos, esos furibundos enemigos de la geometrıa, se apresuran a allanar de nuevo el ruedo. Es por ello que a la hora de comprar la entrada para la corrida, uno debe saber quien es, si pre iere ser Euclides en las alturas o un senor/a de la primera ila al que sus padres le han pagado ya el sobresaliente en el colegio de pago.
Descrita la importancia de la geometrıa en la corrida de toros y adelantadas ya algunas claves del capıtulo que hablara sobre la colocacion de los toreros y subalternos en el ruedo, queda retomar el problema del acceso a la plaza de toros y advertir al lector del campo de minas que puede encontrarse hasta lograr comprar su localidad. Si se ha logrado llegar a las taquillas de la plaza, ese bocado en la fachada que no puede enganarnos, nada hay mas que decir. Ahora bien, no siempre se logra. Las causas del fracaso pueden estar justi icadas por la necesidad de evitarse un viaje desde algun lejano lugar del globo, por ejemplo Sri Lanka o la budista Kalmukia, y al llegar a la plaza encontrarse con el cartel de no hay billetes. Pero no nos vayamos tan lejos, puesto que el peligro acecha a escasos metros de las taquillas o iciales, y pongo esto entre comillas por el caso que se relatara al inal. Efectivamente, las trampas y ardides de los empresarios de las plazas de toros son tan sutiles que igualan el caracter de John Williams, personaje del excelso libro de Thomas de Quincy titulado Del asesinato considerado como una de las bellas artes. Todo buen a icionado a los toros sabe que en dicho libro se detallan los asesinatos en serie del senor Williams en la brumosa Inglaterra de 1812. El tal John Williams, en un alarde que ya hubiese querido algun empresario taurino, le pregunto a una de sus vıctimas, una joven inglesa a la que acababa de conocer y embelesar, que que sentirıa si apareciese el una noche junto a su cama con un gran cuchillo en la mano. La joven, pobre inocente, le contesto: «Oh senor Williams, si fuese cualquier otra persona me darıa mucho miedo, pero me bastarıa con oır su voz para tranquilizarme». No se trata de una metafora traıda por los pelos pues, sin ir mas lejos, en la plaza de toros de Las Ventas de Madrid, la llamada catedral del toreo, cualquier extranjero o a icionado poco atento, se encontrara una caseta, unos pequenos kioskillos, uno detras de otro, puestos en ila,
resplandecientes como el cuchillo del senor Williams, con unos senores dentro, pasando mucha calor y vendiendo entradas para la corrida de toros. El precio de las localidades que se adquieren allı es un 20 % superior al de la taquilla o icial, situada a escasos metros. La intencion es, con la connivencia de empresario y autoridades, aprovecharse del incauto, que se encuentra ya arrastrado y desesperado por la voragine de a icionados que caminan con su localidad en la mano hacia las puertas de entrada de la plaza. Un extranjero, no necesariamente cingales o calmuco, cae como un pez bobalicon en las redes de ese 20%. Ese porcentaje, por cierto, esta «legalmente autorizado». La reventa, sin embargo, esta prohibida. ¿Quien autoriza ese 20 % legal? El Lazarillo de Tormes, sin duda. ¿Por que esas entradas estan en poder de la reventa autorizada y no en la taquilla o icial? Preguntenle a Thomas de Quincy. Nada mas puede decirse sobre el particular, teniendo en cuenta que si alguien se le acerca a usted en los aledanos de la plaza, sin una caseta que lo cubra a modo de caracol, y le intenta vender una entrada, incluso al mismo precio del marcado en taquilla, corre el riesgo de que un policıa de paisano se lleve su entrada y los datos de su carnet de identidad para meterlos en un ichero. En este caso se trata de un revendedor (no autorizado), una subespecie del mundo de la tauromaquia que goza de categorıa taxonomica propia y que es tan antiguo en su existencia como la escritura cuneiforme. De ahı que la picaresca del sobreprecio no acaba en la reventa autorizada. Este que escribe ha visto con sus propios ojos como personal de una empresa de la plaza de toros iban con un sobre lleno de entradas repartiendole a estos reventas ilegales, los no autorizados, y ası compartir bene icios de este sobreprecio. El dıa que esto sucedio toreaba Jose Tomas, el lleno era previsible. Ni Tony Leblanc en Los Tramposos se atrevio a tanto. Pero esto no es nuevo, hace mas de cien anos, en la despedida del torero Lagartijo, se acuso al propio torero de organizar la reventa a traves de su apoderado.
Para terminar el asunto de la reventa y las entradas, solamente estando ya ante la ventana de la taquilla o icial uno puede estar seguro de pagar el precio estipulado. En ocasiones uno se ha tenido que deshacer de los cantos de sirena de los reventas, si bien, puede llegara a ocurrir que ante la falta de publico, a ultima hora, incluso el reventa no autorizado ponga la entrada a la venta por menos de lo que indica su precio en la taquilla o icial. Nada es seguro en el mundo de los toros. Incluso la propia de inicion de taquilla o icial puede ser un truco de trilero. Me explico: con los tiempos de los internautas ya es posible comprar entradas para las corridas a traves de internet. Algunas plazas de toros ofrecen la posibilidad de comprar la entrada por este medio y ası asegurarse a tiempo la localidad. La Monumental de Barcelona por ejemplo lo hacıa. Pero en demasiadas ocasiones esa venta se realiza
desde paginas web que venden entradas con un suplemento. Y en otras, la venta raya lo que podrıamos llamar estafa. Fue el caso que le ocurrio a un a icionado cabal, un sabio en esto del toreo, de las taquillas y de los aledanos de las plazas de toros. Un espectador que compro su entrada en una pagina web que puso un anzuelo irresistible haciendose llamar taquillao icial. Cuando dicho a icionado llego a la plaza, Sevilla para mas senas, la tal taquilla o icial era un senor sentado en un bar, con un sobre escondido en el bolsillo de su chaqueta, del que saco dos entradas, una para el a icionado cabal, otra para quien esto escribe, y se las entrego. Las entradas estaban ya pagadas por internet a razon de 45 euros cada una, en la susodicha web taquillao icial. Al entrar a la plaza pudimos comprobar que las entradas estaban marcadas con su verdadero precio o icial: 27 euros. El senor del sobre no mintio; el ofrecio unas entradas a 45 euros a traves de ese gran embuste que es internet y nosotros las compramos. Es cierto, los incautos fuimos el a icionado cabal y yo. No se puede negar. Ah, pero que agradable serıa a veces llevar un cuchillo en el bolsillo con una hoja algo mas a ilada que la que tenıa el senor John Williams. Pero, tengamos la iesta en paz, al in y al cabo, tambien en paıses tan serios como Suiza y en Alemania abundan los estafadores.
Convendrıa ahora dar algunos indicaciones sobre el comportamiento del publico una vez que ha accedido a la plaza. ¿Se le puede de inir? ¿Se le puede clasi icar? Se puede, aunque como decıa Rafel Guerra Guerrita, «ca uno es ca uno». Hagamos al menos un intento de division. Existe una primera diferencia entre los llamados a icionados o entendidos y el publico en general. Estos ultimos acudirıan a la plaza de higos a brevas, en expresion lamentablemente poco usada ya, o el sabado de feria en casos de feria de una semana, dıa en que el empresario contrata en ocasiones a los toreros mas por guapos, simpaticos o televisivos que por meritos taurinos. No obstante, esta division, la primera incluso en los anales de las cronicas taurinas, se diluye cuando un torero es capaz de crear tal faena que unos y otros caen rendidos a sus pies. La verdad y las esencias de la tauromaquia, ponen de acuerdo a Agamenon y a su porquero. Sobre la distincion entre a icionados y simple publico se podrıan escribir hasta el cansancio y quiza lo mejor sea, de momento, dejarlo ası, aunque conviene dar algunos apuntes. Unos van mucho a los toros y otros menos. Evidentemente los que van mucho acaban sabiendo mas y normalmente estan mas al tanto de lo que cada torero o ganaderıa sera capaz de ofrecer. Lo malo de la tauromaquia es que cuanto mas se sabe, mas difıcil resulta estar satisfecho con lo que se esta viendo, por no hablar de divertirse. El a icionado es un ser muy exigente, posiblemente el mas exigente del mundo. Casi podrıa resumirse en que el a icionado es un ser omnıvoro que no esta satisfecho con nada de lo que ve en la plaza. Todos son exigencias, aunque en la mayorıa de los casos, el a icionado lleva razon, pues su
ansia es contemplar la perfeccion. Al a icionado se le puede distinguir muy bien cuando toda la plaza reclama el premio de las orejas del toro sacando sus panuelos, mientras el, serio, con una mueca de desagrado, mueve la cabeza de un lado a otro como Jesucristo antes de echar a los mercaderes del templo. El a icionado, al contrario que el publico menos habitual, no mide la satisfaccion de la tarde por el numero de orejas cortadas por los toreros, de ahı que a el, eso de sacar el panuelo le traiga sin cuidado. En eso, el publico menos asiduo, al que le duele haberse gastado un buen dinero en la entrada de los toros, es como un nino chico con los caramelos: cuantos mas tiene, mas feliz parece.
Realizada esta primera division, vayamos a otras tambien importantes. La primera es la del a icionado torista y la del torerista. Esta distincion es incluso geogra ica. El norte de la Penınsula Iberica es mas torista y el sur mas torerista. En Francia, se es mas torerista en Nimes y mas torista en Bayona. En esencia, el publico torista gusta de ver toros grandes, de ganaderıas con toros de comportamiento muy bravo y en ocasiones de lidia difıcil segun los canones actuales. Al publico torerista las condiciones del toro le importan menos, pues lo que busca es un torero capaz de bailar un minue. De este modo, hay a icionados que se desplazan cientos de kilometros para ver toros grandes, poderosos, de determinadas ganaderıas, importandoles poco el nombre del torero que se enfrente a ellos. En el otro lado de la balanza, el a icionado torerista es poco exigente en materia de cuernos y lo unico que exige es que su torero, su prima ballerina, pueda deleitarlos con unos pases lentos y artısticos. En tiempos antiguos, los mejores toreros se enfrentaban, aunque no siempre, a toros poderosos. Hoy dıa, una combinacion de toros grandes y toreros prima ballerina es tan rara como un futbolista sin tatuar. El publico, por tanto, ha conformado una division entre toreros que lidian toros grandes y peligrosos y toreros que lidian toros mas artistas, como de inio un ganadero a sus toritos. Como consecuencia, se habla de toreros valientes y de toreros artistas. Ciertamente, en este caso concreto, se trata de una exageracion. Quedarse quieto delante de un toro artista de 500 kilos exige cierto valor que el comun de los mortales no tiene. Pero la distincion existe, es muy real y se puede comprobar facilmente cuando uno torero artista se enfrenta a un toro grande o un torero valiente a un toro artista. En estos casos, el torero artista se las ve y se las desea para poder dominar a su toro; y el torero valiente muestra su falta de estetica y arte cuando tiene ante sı un toro docil al que le ofrece una faena que tiene poco de artıstica. A partir del siglo XX, las corridas en las que los toros no eran precisamente los mas artistas se empezaron a denominar corridas duras. Hay toreros y tambien publico que estan adscritos de por vida a ese tipo de corridas, del mismo modo que hay toreros de arte o de duende —lease a Garcıa Lorca y su teorıa del duende en el lamenco—,
con su correspondiente publico, que no quieren ni necesitan ver toros con cuernos demasiado grandes. El publico seguidor de este tipo de toreros es digno de admirar. Puede pasar anos sin ver a sus toreros realizar una faena memorable y aun ası, los sigue venerando. Ese tipo de a icionados se parecen a los seguidores de Elvis Presley, que sigue vivo aunque hace ya muchos anos que no torea. La distincion entre uno y otro publico obliga al empresario a hacer carteles de uno u otro tipo. Mezclar churras con merinas no se contempla. En el ultimo capıtulo se incidira sobre este particular.
En cuanto al comportamiento del publico, sus reacciones pueden llevar al ignorante a preguntarse por que se ha metido en la jaula de locos que es la plaza de toros. Y en este particular, la locura puede atacar tanto al torista como al torerista, tanto al a icionado como al espectador poco habitual. Puede ocurrir que, en un momento de la corrida de toros, la reaccion de uno o de todos al unısono solo pueda explicarse en terminos espectrales: alguien o algo los ha poseıdo. Pero esto ocurre en pocas ocasiones, en demasiadas, el transcurso de la corrida es monotono y los a icionados a los toros se conforman con aplaudir un detalle, una minucia, que a duras penas les reconforta por las dos horas que han pasado sentados sobre la dura y en ocasiones recalentada piedra. Como regla no escrita, el publico, en su conjunto, aplaude siempre cuando se abre la puerta de cuadrillas y aparecen los lidiadores, dispuestos a hacer el paseıllo. Este aplauso es el unico que los lidiadores reciben gratuitamente por el mero hecho de haberse vestido de luces y haberse presentado en la plaza, teniendo en cuenta el calor que han de pasar en su ajustado ropaje y lo bien que estarıan en la playa de Torremolinos. Es un agradecimiento del publico hacia su predisposicion, su profesion como sacerdotes del rito de la corrida y quiza un anticipo de lo que esperan que ofrezcan. A partir de ese momento, el torero y tambien el toro deben ganarse el aplauso con su actuacion. En casos especiales, cuando un torero reaparece en una plaza despues de haber sido cogido por un toro, el publico le regala un aplauso extra justo cuando ya han terminado el paseıllo. Entonces, el torero, ante el aplauso, se ve obligado a salir a la arena y saludar, montera en mano. El aplauso dura tanto mas cuanto mas puntos de sutura recibio el torero el dıa que fue corneado. La cirugıa como termometro del carino. Con ello, el capıtulo de bondad del publico queda cerrado, porque ese mismo publico puede despues transformarse en el mas temible enemigo del torero, del toro, del presidente, del picador, del puntillero, del que vende pipas por los tendidos o incluso de las monjas. Lo de las monjas ocurrio una tarde de verano de 1835 en Barcelona, cuando el publico de la plaza de toros, hastiado de toros pequenos y matadores incompetentes —y con la amenaza de la guerra carlista y con el pretendiente ultraclerical al
trono del paıs y sus tropas a las puertas de la ciudad— le metio fuego a la plaza de toros para, a continuacion, a icionar a la piromancia a toda la ciudad y prender los conventos de la ciudad condal. Con el publico de toros, bromas las justas.
Por otra parte, el publico de toros, tan beligerante con la verdad absoluta en sentido platonico, es escasamente a icionado a las rinas y a las peleas. Encontrar un tumulto en una plaza de toros es imposible. No existen rivalidades directas. No hay a icionados de un torero que increpen a los de otro bando. No existe banderıas por causas geogra icas pues, aunque es cierto que se le tiene carino a los toreros de la propia ciudad, lo que mueve al a icionado a seguir a tal o cual torero tiene que ver con la solucion que ofrezca ante el toro y no con su partida de nacimiento. Y dentro de la plaza, el fenomeno de los a icionados a un torero disconformes con un torero rival queda diluido por el aplauso o pitos dirigidos directamente al torero en correspondencia a lo que ha hecho en la plaza. Ası, si un torero ha estado desastrosamente mal esa tarde, sus seguidores mas recalcitrantes agachan la cabeza y ven las cascaras de las pipas a sus pies como posos del cafe sin senales de futuro en la taza vacıa. Mientras tanto, el resto del publico pita o abronca en direccion al susodicho torero, pero nunca se mofara de esos seguidores acerrimos que no han querido ver la derrota de su torero. Las miradas entre a icionados quedan atemperadas por el vortice que es el lugar de la lidia, donde los toreros, como astros, no dejan de centrar el interes. El enemigo, si lo hay, es alguien dentro del cırculo de arena —o en ultimo caso el presidente en el palco—, pero nunca otro espectador de toros. Si existe una rina entre a icionados en el tendido solo es por una causa: un borracho de los que van a las corridas del sabado de feria a ver los toreros que salen en los programas rosas de la television ha manchado de cubalibre la blanca camisa de un verdadero a icionado. Y ya se sabe que los borrachos no tienen cabida en la plaza de toros, de ahı que las peleas y con lictos sean una excepcion.
Lo de manchar la camisa es un hecho mas grave de lo que parece. Ciertamente en el siglo XXI la etiqueta se ha rebajado mucho. Lo del traje de los domingos para ir a los toros esta comenzando a caer en desuso. Aun ası, entrar en una plaza de toros supone la garantıa de dejar de ver gente en chandal y hombres casados en pantalon corto. Ir a los toros sigue siendo para muchos un acto de fe. Hace anos que sabemos que las apariciones marianas solo se dan en nuestra imaginacion. Sin embargo, seguimos creyendo en el milagro, en que una tarde de toros descendera el Espıritu Santo, por muy ateo que resulte ser ese mismo espıritu. Por ello, a pesar de la degeneracion que la desaparicion de la raya en el pantalon ha supuesto para la sociedad del
siglo XXI, algo que ya cantaron Gabinete Caligari en sus buenos tiempos, aun se mantiene una mıstica a la hora de asistir a los toros. Se va a una especie de misa y en consecuencia nos vestimos de domingo; domingo de los de antes. Ya sabemos que antes solo los tonticos y los ninos se atrevıan a ponerse un pantalon corto para salir a la calle; ya no. Y en la plaza de toros es uno de esos pocos lugares donde si un senor mayor de 12 anos acude en pantalon corto, el resto de los espectadores se gira y no deja de mirarle las rodillas, que como todos sabemos, suelen quedar bastante feas expuestas al sol y la sombra de un edi icio con tintes neomudejares, el estilo arquitectonico por excelencia de las plazas de toros. Y lo peor que le puede pasar a alguien que acude en pantalon corto a la plaza es que los que estan sentados a su lado, una vez observadas las rodillas del interfecto, se susurren unos a otros, aprovechando que suena el pasodoble Manolete: «mira el tontico que rodillas tiene».

Salida de la cuadrilla.
Habra quien piense que lo de la raya en el pantalon y una camisa con corbata, en los tiempos que corren, pueda ser una exageracion. Es posible, pero el a icionado, el que conoce a extoreros, sabe que estos ultimos acuden a la plaza, en su nueva funcion de simples espectadores de toros, de punta en blanco. Los hay que incluso siguen vistiendo el llamado traje corto con sombrero cordobes, algo que siempre hacıa Rafael Guerra y que tanto denostaba el revolucionario torero Mazzantini, que gustaba del frac, alla por inales del siglo XIX. El traje corto es algo reservado a los toreros y ya pocos lo hacen, pero los que han sido toreros, garantes de las tradiciones, acuden como mınimo vestidos con un elegante traje de chaqueta americana, si bien, en esto de los gustos lo de elegante puede quedar en entredicho. Cuando uno se encuentra en los aledanos de la plaza con alguien vestido de durse, con raya en el pantalon, uno se da cuenta de que a los toros no se puede ir vestido de cualquier manera. A los toros no va uno a divertirse, los toros exigen sacri icio, el saber elegir la corbata, el desdenar las chanclas y los pantalones cortos puede suponer pasar calor, pero reconfortara cuando nos encontremos con otros a icionados que han entendido que lo que ocurre dentro de la plaza, el juego de la vida y la muerte, es algo demasiado serio como para contemplarlo vestidos de nino chico. No nos olvidemos de lo que ya se dijo al inicio de este capıtulo: seamos al menos conscientes de quienes somos y en que nos convertimos cuando entremos a ese extrano edi icio que llamamos plaza de toros.
Por ultimo, debe volverse al concepto de distincion entre publico y a icionados, algo a lo que los crıticos taurinos son muy dados. El publico suele ser considerado una masa que carece del su iciente conocimiento de lo que acontece en la plaza. El a icionado, por contra, conocerıa al dedillo hasta el ultimo detalle del comportamiento del toro y ademas se expresarıa siempre con la verdad objetiva por delante. Algo de eso hay, no cabe duda, y ya se ha mencionado. Evidentemente hay asistentes esporadicos a la plaza y hay asiduos, y la complejidad de la corrida de toros, que no deja de ser un ejercicio intelectual, hara mas sabios a los que mas asisten a las corridas. Los hara mas sabios entre otras cosas porque los vecinos de localidad, otros sabios, hablaran de lo que ocurre y inalmente habra un criterio comun o muy semejante entre los que asisten a la plaza con la misma asiduidad. La experiencia otorga sabidurıa y a los a icionados viejos se les escucha como los mancebos escuchaban a Socrates, Platon o Aristoteles en la antigua Grecia. Pero tambien se puede dar el caso de alguien que asiste por primera vez, ¡oh mente privilegiada! y le pueda ocurrir lo mismo que a la inculta