Subsecretario de Bibliotecas, Lectura y Patrimonio (Enero de 2024-junio de 2025)
Natalia Londoño Restrepo
Subsecretaria de Bibliotecas, Lectura y Patrimonio (E)
Herman Montoya Gil
Líder de programa Secretaría de Cultura Ciudadana
Claudia Orrego
Coordinadora técnica, contratista
Sistema de Bibliotecas Públicas de Medellín
Elizabeth Hernández Barrientos
Comunicadora, contratista
Sistema de Bibliotecas Públicas de Medellín
Alexa María Echavarría Giraldo
Jahn Penagos
Juan Fernando Gallego Gómez
Mónica Zuluaga Marín
Margarita María Restrepo Posada
Gilma Montoya
Martha Lucía González Gómez
Óscar Hernando Rodríguez S.
Aurora Cardeño Tejada
Francisca Patricia Echeverri Echeverri
Jorge Echavarría
Sebastián Tobón Osorio
Mario Fernández
Julio Atencia
Edilma Guzmán
Ilda Ramírez
Edison Albeiro Escobar Estrada
Fernando Ríos Mazo
Liceth Cristina Cifuentes
Valeria Torres González
Heidi Acosta
Manuel Antonio Guerra Pérez
Nuris Isabel Guerra Pérez
Elizabeth Amariz Pérez
Miguel Ángel Tabares Hincapié
Juan José Díez Gómez
Luz Omaira Echeverri Jaramillo
Jehimy Marulanda Serna
Carlos Sánchez Yepes
Sergio Andrés Sánchez Pérez
María Cecilia Meza Guerra
David Stiven Becerra Mira
Matilde Adela Gallego Buitrago
Argemiro Duque Valencia
Carlos Ariel Mejía Valencia
León Darío López Jaramillo
Lina Giraldo
Omar Toro
Autores
Daniel Tobón Arango
Jaime Darío Zapata Villareal
Juan Pablo Henríquez Barrera
Sandra Catalina Peña Gil
Will Pulgarín
Pablo Ortiz Morales
Eliana Yazmid Pérez Loaiza
Gabriela Parra Gómez
Coordinación editorial
Laura Carvajal Arcila
Diseño y diagramación, contratista Sistema de Bibliotecas Públicas de Medellín
ISBN 978-958-8990-76-7
Primera edición, julio de 2025
Medellín, Colombia
Distribución gratuita
Esta es una publicación oficial del Municipio de Medellín. Se realiza en cumplimiento de lo dispuesto en el Artículo 10 de la Ley 1474 de 2011 —Estatuto Anticorrupción—, que dispone la prohibición de la divulgación de programas y políticas oficiales para la promoción de los servidores públicos, partidos políticos o candidatos.
Queda prohibida la reproducción total o fragmentaria de su contenido, sin autorización escrita de la Secretaría General del Municipio de Medellín. Así mismo, se encuentra prohibida la utilización de características de la publicación, que puedan crear confusión. El Municipio de Medellín dispone de marcas registradas, algunas citadas en la presente publicación con la debida autorización y protección legal.
Derechos reservados de los autores para textos e imágenes, 2025
Ficha catalográfica
Medellín. Alcaldía. Secretaría de Cultura Ciudadana. Subsecretaría de Lectura, Bibliotecas y Patrimonio. Sistema de Bibliotecas Públicas de Medellín Luz sobre papel / Sistema de Bibliotecas Públicas de Medellín – Medellín: Alcaldía, 2025
88 p.; il. – (Letras al ruedo)
ISBN 978-958-8990-76-7
1. Cuentos colombianos - Colecciones 2. Escritos colombianos 3. Talleres Literarios (Medellín, Antioquia) I. Medellín. Alcaldía. Secretaría de Cultura Ciudadana. II. Título
Dewey C868 M488
Índice
PÁG. 12 >
Prólogo
Con la mirada al mundo Pablo Ortiz Morales, articulador de Fomento de lectura, escritura y oralidad.
PÁG. 16 >
Mandamiento primero
- ¿Por qué se ríen las garzas?. Autor: Juan Fernando Gallego Gómez
- Leche blanca. Autora: Mónica Zuluaga Marín
- La presencia. Autora: Margarita María Restrepo Posada
PÁG. 28 >
Mandamiento segundo
- En silencio. Autora: Ale Echavarría
- El viaje. Autora: Gilma Montoya
- Amor abocado. Autor: Jahn Penagos
- El hombre máquina. Autor: León Darío López Jaramillo
PÁG. 42 >
Mandamiento tercero
- Un deseo vegetal. Autor: Óscar Rodríguez
- Crónica de una muerte… Bahhh. Autor: Sebastián Tobón Osorio
- GUAU, GUAU. Autor: Carlos Ariel Mejía Valencia
- La venganza de Campanita y Peter Pan. Autora: Martha Lucía González Gómez
PÁG. 62 >
Mandamiento cuarto
- La herencia de Tiago Lombardi. Autora: Aurora Cardeño Tejada
- Mi penúltima muerte + Sublime. Autora: Luz Omaira Echeverri Jaramillo
- Cautiva la selva. Autor: Miguel Ángel Tabares Hincapié
- No soy de aquí + Alma. Autora: María Cecilia Meza
PÁG. 168 >
Mandamiento último
- Cadena + El antes y el ahora. Autor: Sergio Andrés Sánchez Pérez
- La celebración de la muerte. Autor: David Mira
- Jesús, una historia por contar. Autor: Carlos Sánchez Yepes
- Conoce tu futuro hoy. Autora: Jem Marulanda
PRÓLOGO
Pablo Ortiz Morales
Articulador de Fomento de lectura, escritura y oralidad.
Con la mirada al mundo
«…no hablamos una lengua, sino que la lengua habla a través de nosotros. Es el río del idioma lo que se pone en movimiento cuando me siento a la máquina. El mundo se expresa a través de mí».
Francisco Umbral, Mortal y Rosa.
¿Qué es lo que hace un escritor? En esencia es quien escribe, poco más poco menos. Pero la fiebre de la añoranza nos llena con ideas románticas sobre el oficio, sí, oficio, y nos hace pensar que somos elegidos por encima de los demás y que tenemos un punto privilegiado en nuestro tiempo y en la historia solo por el hecho de perseguir la labor más vieja y gastada del mundo: contar historias.
Marta Sanz dice que la literatura es un artificio humano en el que el escritor enfría la emoción a través de la manipulación del lenguaje, hecho texto, con el objetivo de «proyectar una visión novedosa del mundo».
Proyectar una visión novedosa del mundo…
Eso es lo que hacemos. En otras palabras, podríamos sabernos toda la técnica existente, conocernos de memoria las listas de figuras retóricas y licencias poéticas, memorizarnos las funciones de Propp y los principios de los cuatro ritmos… pero si
no tenemos nada que decir, nada, de muy poco nos sirven todas las habilidades literarias.
Dice Francisco Umbral que «casi todos los escritores estorban a su obra, están delante de ella». Dice que «el escritor tiene que dejar pasar la luz del mundo sobre el papel, el sol sobre la escritura». No sé en qué momento se comenzó a mirar la tradición de los grandes maestros como una necesidad, un afán por publicar y no en un amor por el trabajo dedicado, por dejarse la piel, los huesos y la sangre en concebir el mejor texto posible, no a ojos de la publicación sino a ojos de la propia obra, del propio dios que elegimos para servir: la escritura.
El escritor es el que dice cosas novedosas sobre el mundo, a través de la palabra hecha texto, a través del lenguaje hecho grafemas. Suena difícil, ¿no?, eso de proyectar una visión novedosa. Pero suele parecer difícil porque buscamos la novedad en lo que nunca se nos ha ocurrido, cuando en verdad está en lo que nos es cotidiano, en lo que es obvio para nosotros, pero no para el resto.
Ahí es donde está: ¡dejando pasar el sol de nuestro mundo hacia el papel!
Los talleres de escritura no deben girar en torno al afán por ser un escritor publicado, sino, precisamente, en torno a la exploración de esas formas novedosas que tenemos para ver el mundo y de las herramientas adecuadas para saber transmitirlas.
¡A escribir! ¡A escribir! Que no hace falta publicar.
Vivir antes de escribir
AUTOR
Juan Fernando Gallego Gómez
De repente, fluyen las palabras como si un ente susurrara a mi inconsciente, no soy yo el que escribe, es el espacio o el universo hablando a través de mí. Otras veces solo es un juego, un juego como el que hace un dios con su creación.
¿Por qué se ríen las garzas?
Suena el despertador, es hora de levantarme, me estiro y me pongo de pie, miro por la ventana y escucho las garzas viniendo desde el norte, se escucha cómo se ríen a carcajadas, ¡ja,ja,ja!, parecen disfrutar su vuelo, como si vivieran contando chistes y se carcajearan mientras vuelan. Pasan por el frente y giran hacia la montaña. Se aleja su risita y desaparecen. Sintiendo un poco de celos me pregunto, ¿de qué se ríen tanto las garzas?
A medida que se alejan y las observo desaparecer a lo lejos, no puedo evitar imaginar cómo será su vida, tan diferente y ajena a la mía. Me sumerjo en mis pensamientos y no puedo evitar sentir y ver, como si fuera parte de su vida, como si pudiera escuchar las voces de su bandada.
Salen los primeros rayos del sol, el viento mueve las hojas de los árboles y el pasto, el líder grita: ¡Todos, a levantarse! Es hora de ir a buscar la comida, María, José, Luisa, Jaime, Alejandra, todos despierten, ¡vamos rápido! Nos sacudimos y acicalamos. Nuestras plumas deben estar secas y limpias para poder volar sin problemas. El líder levanta vuelo y todos lo seguimos, hoy las nubes están bajas y hay un poco de neblina, tenemos que estar vociferando constantemente nuestros nombres para no perdernos. Sentimos cómo el campo magnético va de un lado del horizonte al otro, y tenemos una gran memoria de las rutas, aun así, debemos estar juntos; no falta el águila o gavilán
hambriento que busque algún perdido a quien no pueda defenderlo la manada.
Nuestro líder vuela al sur, el aire fresco acaricia nuestras plumas y se mete entre ellas refrescándonos. Bajamos entre la niebla hacia el humedal, donde siempre habíamos puesto nuestros nidos.
— Todos, ¡digan su nombre!
— María.
— José.
— Luisa.
— Jaime.
— Alejandra.
— Carlos. — dice por último nuestro líder.
Seguimos volando al sur. Cuando nos aproximamos recordamos que no debíamos venir por acá, los simios pelados trajeron sus animales de metal come tierra y despedazaron el humedal para construir sus nidos, bastante feos y sucios, por cierto; expelen un gran olor a grasa, a perros, gatos y humo, son de tierra dura y horriblemente cuadrados. Giramos sobre sus nidos y empezamos a insultarlos, por alguna razón uno de ellos nos mira sonriendo desde uno de sus nidos, qué tonto. Menos mal no pueden volar, estos monos muchas veces son agresivos solo por placer y, a veces, nos capturan o nos arrojan cosas.
Ese humedal fue hogar nuestro y de muchos parientes, ahora tenemos que girar al occidente más arriba en la montaña, el problema es que tendremos que atravesar la neblina, y mientras más cerca de la cima de la montaña, más fuertes son los vientos y más frío hace, tendremos que hacer mucho más esfuerzo y nos dará más hambre, quién sabe que otros animales habiten esa zona, ojalá no nos sigan.
AUTORA
Mónica Zuluaga Marín
Nací en Medellín y no escribo sobre Medellín, escribo sobre el mundo y las personas del mundo, y sobre mi mundo interior, porque hay dolor afuera y adentro de todos. El dolor es el que nos une, los seres humanos somos seres de dolor por el sufrimiento de no alcanzar lo inalcanzable, por haber perdido lo poco que teníamos, ese dolor nos abraza a todos. Caer y levantarnos es la rutina de nuestra vida, pues los logros alcanzados nos llenan de alegría, así como los fracasos nos llenan de tristeza. El secreto de sobrevivir está en saber equilibrar las alegrías y las tristezas.
Leche blanca
Una y otra vez abrazado a mi almohada de siempre, la que está encima, con los ojos abiertos, dejé los libros sin organizar. La llamada de mi hijo el mayor, al pequeño no lo veo hace tiempo, por mi culpa…soy el culpable. El ring del teléfono casi me ha despertado. Dos manos sobre los brazos del sillón, el ring del teléfono, la videollamada no, no, soy muy torpe, dice él, mejor el ring del teléfono. He dejado los libros desorganizados, el vaso quedó sin lavar. Veintiséis años y ya no puedo verlo, eres muy torpe con la videollamada, mejor el ring, no puedo ver a mi hijo, la pantalla del celular, quiero ver a mi hijo mayor, durante veintiséis años lo he visto, ya no. Al pequeño lo perdí hace tiempo, reversar… ¡por qué no miraste! Herviré una aromática. Lo esperé hasta tan tarde y no ha querido hablar conmigo, con su madre ha hablado mucho, ríen, no puedo dormir, tengo los ojos abiertos, la andropausia… reversé el carro. Dame una taza de leche amor, por favor.
Está lejos de mí, lejos de mi vientre redondo de buñuelo, ella duerme ¿recordará mi carro de aquella época? Mi vello la asquea, no quiero la leche, no lo vi ¿no estaba el niño en su alcoba? ¡Por qué no te fijaste! No lo vi, no lo vi, lloró mucho, lloré mucho, todavía lloramos. No le gusta mi cara, no le gusta mi pene, no le gusta mi vientre, no le gusta nada de mí desde aquel maldito y mil veces maldito día. ¡Caliéntame un poco de
leche! ¡Por favor! ¡Quiero dormir! Del pequeño no volví a ver su cara, solo sangre y sesos. ¡Caliéntate tú la leche y deja dormir! ¡Nunca me dejas dormir!
No recuerdo si cerré la puerta principal...sí, sí, la cerré, abrazo la almohada. Llámame por la videollamada, quiero ver tu cara, la almohada está empapada de sudor, pondré encima la de abajo, está más fresca. ¿Apagué la estufa cuando herví la aromática? Sí, está todo en orden. La llanta estaba sucia, sucia de su cabeza, no vi nada, pensé que estaba en la alcoba, esto es como una broma ¡No puede ser! ¡Ayúdame Dios! Querida, tráeme una taza de leche caliente ¡Por favor! ¡No me molestes! ¡Duérmete! ¡Deja dormir!
Se deslizaba por el tubo como si estuviera cubierto de leche, de leche blanca sobre el tubo de plata. Había mucha comida, los ojos le brillaban, eran fluorescentes, la gata se deslizaba por el tubo, tenía los ojos brillantes, la cabeza la tenía junto a la cola. Pero me acordé de tomarme las pastillas. El corazón me palpita muy fuerte, me palpita también la barriga de buñuelo, tengo un tubo bajo el vientre tan sólido como aquel por donde se desliza la gata, los ojos le brillan, son fluorescentes, la gata tiene los ojos brillantes, retuerce la cabeza junto a la cola. Sus senos apuntan a todas partes. Se me nubla el entendimiento con la gata, con las pastillas, tengo una pistola bajo el vientre de buñuelo. El corazón me palpita muy rápido. Oigo muchas luces, veo muchos sonidos, se escuchan muchas luces bajo la gata. El tubo no se cae, aunque la gata se cuelgue de él. Hay muchos bandidos aquí, son gatos, me traen un trago, el barman tiene ojos de gato, deja rayos de luz al darse la vuelta. El corazón me palpita muy rápido, me palpita el vientre y el tubo.
Me he tomado las pastillas, el corazón me palpita muy rápido, me palpita el vientre y el tubo, un buñuelo en la freidora. Los ojos fluorescentes caen sobre mí, acarician mi barriga, mi tubo. Tiene una risa desaforada, dinámica, no le molesta mi barriga. Me he tomado las pastillas, hoy estoy fuerte, hoy soy un hombre fuerte. La gata ríe sobre mí. Quisiera pedirle una taza de leche caliente. Se ríe mucho. No es una sirena. El corazón se me sale del pecho. Una mano blanca con jugo viscoso pasa sobre mi boca. La que no es sirena ríe y no cierra las piernas. Es la leche caliente y blanca. Sus senos están sobre mi boca. La que no es sirena ríe, es la gata del tubo, la de los ojos luminosos. Su leche es blanca y cálida. Querida, tráeme una taza de leche caliente por favor. La gata ríe, me da leche blanca y caliente y ríe. La gata del tubo, la de ojos luminosos.
Hoy me tomé las pastillas, hoy soy un hombre fuerte. El corazón me palpita muy fuerte. La gata me da leche de su seno, tiene los ojos luminosos, mi tubo no cede, la vagina empapada de un líquido viscoso, leche blanca en mi boca. Querida tráeme una taza de leche caliente. No lo vi, pensé que estaba en su alcoba. Me he tomado las pastillas hoy, el corazón me palpita muy fuerte. La gata ríe, baila en mi tubo. Me da leche blanca de su seno, sus ojos son luminosos. La luz blanca me traga.
AUTORA
Margarita María Restrepo Posada
Transcurridas varias décadas desde su nacimiento, se acerca a la escritura después de escuchar intensamente su llamado.
La presencia
Tenía unos 25 años cuando comenzó a percibir su mirada en la oscuridad. Quería gritar. Era imposible. Todo su cuerpo estaba paralizado por el miedo que él le producía. La única solución que encontró fue dormir mirando hacia la pared, pero a veces cambiaba de posición. Y cuando despertaba lo veía de pie, con la cabeza inclinada, mirándola fijamente. Nunca le vio el rostro. Estaba vestido con una túnica y la capucha cubría su cabeza.
Una noche, después de varios años, sin mirarle, le grita con firmeza:
—Ya estoy cansada. Ya no te tengo miedo.
Él le creyó. Esa fue la última noche que lo sintió. Pero aún hoy, cuando duerme en su pueblo, no puede cerrar sus ojos sin recordar a su visitante. Por ello, y por si acaso, duerme mirando hacia la pared.
Respeta el oficio, respeta los oficios
AUTORA
Ale Echavarría
Soy una escritora de poesía que lleva melodía y ritmo.
En silencio
Ella llora recogida en su cama dejando salir su alma cansada de transitar la vida.
Donde su corazón se arruga donde sus cuatro paredes vuelven a presenciar su llanto, su soledad
Esa niña interior que dejó ir vuelve a darle fuerza, a decirle que todo va a estar bien Que no ha fracasado y que lo que hace está bien pero que no se puede quedar pues ella prefirió a la mujer a ella la olvidó y hace mucho la dejó y el que ahora ya no se enmudece a lo que siente
Es su silencio el que ahora grita el que ahora se desgarra.
AUTORA
Gilma Montoya
Tomo medicamentos para dormir y apaciguar mis demonios. Me he perdido más veces de las que he querido. Tuve menos hijos de los que hubiese querido. Quise menos de lo que hubiese querido. Presento proyectos para tener dinero con qué viajar. Tengo más libros de los que he leído. He leído más de lo que he vivido. Si me hubiesen puesto a elegir entre nacer o no, sin pensarlo dos veces hubiese elegido la segunda opción. Sin embargo, aquí estoy.
El viaje
Cómo les digo, Yatzuri, que rompiste la promesa de la sangre y te evadiste con la rapidez del viento cuando anuncia la llegada de la lluvia.
Cómo decirles que huiste cuando la noche estaba quieta dormitando al compás de los ojos de los grillos.
Cómo decirles que engañaste al taita al contarle que te ibas porque unos extraños dolores se colaron por las fisuras de tu cuerpo.
Cómo les digo que mentiste, si los indios no mentimos para no despertar la furia de los espíritus de la selva.
Cómo les digo, Yatzuri, que tomaste una canoa y remaste en la dirección inversa al cauce esencial de tus ancestros.
Cómo les digo que el resguardo se te hizo chico y que tus hermanos de carne no estaban en tu abanico de deseos.
Cómo decirles que abandonaste la canoa para montarte a un tren con sueños de hierro.
Cómo les digo, Yatzuri, que arribaste a una ciudad hecha de asfalto, odios y nubes negras que no dejan ver las criaturas del cielo.
Cómo decirles que te lanzaste a unos brazos blancos, henchida de inocentes fantasías.
Cómo les digo que sus manos recorrieron tu piel de pálpito, tu piel de corteza, tu piel de salamandra.
Cómo les digo, Yatzuri, que fuiste solo un eslabón, una estación, una piedra más en su collar de desagravios.
Cómo decirles que hay nueve lunas orbitando en la galaxia de tu vientre. Que te preñaron de leche blanca, leche ajena, leche inquisidora.
Cómo los engaño, Yatzuri, si el río susurra los secretos dejados en sus aguas y el bosque no custodia los planes de los fugitivos.
Y qué les voy a decir cuando me entreguen la espada para reparar el honor mancillado de la tribu.
Cómo decirte, Yatzuri, que el viaje que emprendiste esa noche, somnolienta, es una flecha lanzada al norte, sin posibilidad de regreso.
AUTOR
Jahn Penagos
Doy tres golpes al suelo, siguiendo el ritmo de la canción Heavy
Dirty Soul, Disfruto el coro, mientras el lápiz va danzando magia, quizás mis textos encierran un poco de sangre, de cine y gloria. La escritura es un juego carnívoro, donde no se gana, solo compartes los silencios que cuelgan de tu garganta. O… ¿No? Cada artista plasma, lo que teme, lo que odia, no lo que admira. Si se habla de amor y primaveras, que estas se traguen tu alma. No hay historia sin rupturas. No hay un texto de Jahn sin muertes. O… ¿No? Doy tres golpes.
Amor abocado
—Señorita Mariane, —dice James— dejó un recado mi amo, ¡espera haya disfrutado la cena! Ya que, con alto esmero y sacrificio, dedicó todo de sí en ello.
—Así es, James, — Dice Mariane — El señor Víctor ha cautivado mi paladar sobremanera, al punto que he de dudar encontrar otro platillo más exquisito en mi vida. ¡Sin adulación, en serio fue majestuoso! Espero poder contar pronto con su presencia.
—Dudo que el amo Víctor nos acompañe.
—¿A qué te refieres?, James, ¿Víctor acaso se fue? He acudido por su constante e insistente invitación a esta notable y espléndida cena, en la que llegué a esperar su compañía en la mesa, pero... ¡Desplomada quedó dicha intención!
—El amo, como dije, puso todo de sí en vuestra cena. En un acto romántico en declaración de su solemne amor, se ha dado a sí mismo: su vida, huesos, sesos, carne y piel, para que, con alto esmero, fuera preparado y así complacer, cautivar, conmover y estremecerle, Madame Mariane. M ás que solo a su paladar, ¡su alma!
AUTOR
León Darío López Jaramillo
Soy León Darío López Jaramillo, nací en Medellín hace algunos años.
Todo nos llega tarde… hasta la muerte. Julio Flórez
Llegó tardíamente la escritura a mi existencia, compartí la lectura de poemas desde más temprano y decidí escribir algunos que declamo en reuniones, en las que comparto con amigos y asimilo detalles culturales que me sirven para mejorar como ser humano.
El hombre máquina
Realmente he sido bastante introvertido, ya que, cuando quiero hacer algo, lo dejo por no enfrentar a las personas. Esa manera de ser me ha hecho perder muchas oportunidades, que me valdrían para ser un hombre exitoso. Un ser como yo, con los cinco sentidos bien puestos, normalmente entra a censurar lo que pasa en su entorno, tomando aquello que lo beneficia y desechando lo que le puede hacer daño; demostrando criterio propio bien definido. Pero esa manera de ser no va conmigo.
En ese orden de ideas dejo pasar el tiempo sin censurarme; solo encuentro una conexión especial frente al computador; allí sí despejo dudas e inquietudes. Frente a la máquina cambio por completo, transformándome en el ser humano que deseo. Mis preocupaciones se desvanecen y mis dudas las resuelvo fácilmente en el navegador. Al computador lo considero mi amigo inseparable; siempre que puedo me siento frente a él para estar muy tranquilo y relajado.
Una noche, después de estar varias horas frente a él, percibí una extraña intermitencia en la luz de la pantalla; me recorrió un temor al pensar que la máquina que me distrae pudiera fundirse. Al revisar el tomacorriente pude percibir que estaba bastante caliente, a punto de derretirse; al intentar desenchufarlo se pegó de mi mano produciéndome un gran dolor. Sentí
que me electrocutaba y que la corriente recorría mi cuerpo, llegando hasta mi cerebro.
Cuando logré reaccionar noté algo extraño; tenía en mi cabeza información desconocida hasta ese momento; advertí que toda la información almacenada en el computador se encontraba ahora en mi cabeza. Creo que esto duró realmente poco; un fuerte mareo se apoderó de mí y para no caer debí sostenerme de la silla. No volví a saber nada hasta el día siguiente.
Al despertar de esa descarga, me sentí liberado de todo complejo; era otro ser humano, más atrevido, más confiado, más seguro de mis actos; y, lo más importante, conocía todo lo relacionado con la existencia de este planeta y de sus seres vivos.
Pensaba en cualquier tema y mi cerebro me lo iba presentando como si fuera un manual, que solo debía dejar fluir.
Era poco conocido en el entorno y el medio me fue aceptando, a partir de los diálogos presentados con algunos eruditos. Esta clase de charlas se fueron haciendo populares, hasta llegar a los medios de comunicación, en los cuales me llamaban, El hombre máquina.
Comenzaron a llegar personas de todas partes, para manifestar sus preocupaciones; yo les daba respuestas que ellos consideraban acertadas.
Luego fui invitado a dictar conferencias en diferentes universidades; me pedían que hablara sobre política, deporte, ciencias, cultura, religión y demás temas que atañen a la humanidad.
Comencé a notar que cuando me paseaba por las salas de cómputo me recargaba, no solo de energía, sino también de nueva información. Hasta empecé a descargar archivos que me interesaban para complementar mi conocimiento. No como la máquina que almacena todo lo que le descargan, sin tener discernimiento.
Como era de esperarse, algunas entidades gubernamentales de grandes potencias no tardaron en pedirme que me apoderara de información secreta de otros países, con el fin de conocer sus proyectos futuros y debilidades, que permitieran contrarrestar posibles intenciones bélicas y, a su vez, diseñar estrategias de ataque militar.
Pero…, a pesar de todo el poder que ahora parecía tener, algo en mí no permitía que accediera a las pretensiones de otros para exterminar a la humanidad. Ante tal dilema no me quedó otra salida que…, la AUTODESTRUCCIÓN.
Borrarás más de lo que escribes
AUTOR
Óscar Rodríguez
Desde muy pequeño fui un guaquero de la literatura: los cómics, los libros de piratas, las novelitas del Oeste, los novelones románticos que me prestaban mis hermanas mayores y, también —no todo era desastre— literatura de esmoquin y sacoleva. Y así me hice adicto a buscar con letras el modo de contarme el mundo a mí mismo.
Un deseo vegetal
Saltan a la vista los parecidos de Clímaco con aquel personaje de Melville que, a mediados del siglo XIX, era apenas un simple copista de documentos en una oficina de asuntos legales de Nueva York.
La cultura, la religión y la educación encienden en las personas la pulsión de hacer. Hacer siempre algo. Estar haciendo algo. Esto funciona para la mayoría de las personas, pero no para nuestro personaje. La vida de este escribiente es una página en blanco, que cada cual decora con sus propias emociones, ideales y frustraciones. Todo de su vida se ignora, con excepción de que se alimenta de galletas de jengibre, que duerme en la misma oficina en forma furtiva y que hace su trabajo de copista con esmero. Solo se dedica a su oficio de escribiente; se niega a efectuar encargos diferentes, con un argumento que lo hará famoso:
— Preferiría no hacerlo.
Y no lo hace, así se trate de ir a la oficina de al lado, de traer ciertos legajos al escritorio del jefe, de revisar el trabajo de otros o, incluso, su propio trabajo. Prefiere no hacerlo, y no lo hace.
Hasta que un buen día, abandona ese trabajo en el que es tan bueno. A partir de ese momento también rehúsa copiar, rehúsa abandonar la oficina, rehúsa ser despedido, rehúsa aceptar una gruesa suma de dinero que le ofrecen. Como si hubiera concluido que toda actividad humana es inútil, intrascendente, innecesaria.
A Clímaco, por su parte, solo le interesa la parte rutinaria de su trabajo de fotocopiado. Sus destrezas provienen del hecho de haber enfocado todos los recursos de su inteligencia en el oficio repetitivo de conseguir las copias impecables que los clientes necesitan: un enmarcado ideal, la nitidez perfecta, la mejor calidad de tintas y el papel más adecuado para conseguirlo, además, por supuesto, de un exacto cumplimiento de los plazos para las entregas. Sus hábitos se parecen en gran manera a los del amanuense de Melville: una altiva falta de ambición, una dócil conformidad con lo que tiene, el desapego por todo lo que no tenga que ver con el fotocopiado. Como aquel, no se le conoce ni hogar ni parientes cercanos. Sus existencias han encontrado un cauce y fluyen apacibles en medio de sencillas y cómodas rutinas. Se diría que en ambos se nota una resignación vegetal.
Clímaco, tras un almuerzo frugal, se permite una pequeña siesta en el parque cercano, en donde su sitio favorito es aquel árbol de fresca sombra que parece abrazarlo con su mera presencia. Es un sitio escondido, que solo frecuentan los adictos cuando comienza a caer la noche. Le gustaba ir a ese sitio, desde que uno de los clientes, un anciano pensionado, le contó que ese árbol lo había sembrado después de un viaje a la India, de donde había traído la semilla, que le había sido confiada con gran solemnidad por un yogui renunciante que conoció en los Himalayas.
— Esta es la semilla de Kalpataru, el árbol celestial que concede los deseos. Quien esté bajo su sombra y formule en voz alta hasta tres deseos, estos le serán concedidos.
La prolija explicación sobre el incesante ciclo de nacimientos y muertes, con sus cadenas de pecados y virtudes hizo que Clímaco preguntara:
—¿Cómo así? ¿El alma de uno puede venir en forma de un bicho?
— Y en for ma de p lantas también, según el yogui — dijo el anciano.
Clímaco pensó que esa vida era algo que envidiaría. Sin necesidad de andar de aquí para allá, sin las vicisitudes que acarrea ese movimiento incesante. Le obsesionaba el sinsentido de los destinos azarosos que a nada llevan y que de todos modos se apagan en el cementerio.
— Usted me recuerda a alguien — le dijo el anciano a Clímaco cuando le regaló la camiseta estampada con la leyenda IWPN2. Agregó que era una camiseta que simbolizaba la resistencia pasiva de los que se manifestaban en Nueva York contra los manejos leoninos de Wall Street.
Había pasado mucho tiempo desde la conversación con el anciano, cuando Clímaco cedió al impulso juguetón de poner a prueba la leyenda del Kalpataru. Sentado bajo el árbol, expresó en voz alta el deseo de tener la fotocopiadora más sofisticada del mundo.
Para su asombro, el siguiente lunes se encontró con la sorpresa de que la empresa de fotocopiadoras les había instalado la máquina inteligente más avanzada del momento, en un contrato de leasing que era más bien un regalo.
Según había dicho el anciano, al árbol se le podrían pedir tres deseos. Clímaco ideó un plan para saber cómo sería vivir la vida
paciente y quieta de un árbol, pensando en que dispondría de un tercer recurso para devolver los efectos en caso de ver satisfecha su petición. En recuerdo del anciano, llevaba la camiseta del regalo cuando se dispuso a cumplir su plan.
A Clímaco no se le volvió a ver. Desapareció sin dejar rastro, pero su ausencia coincidió con la aparición de un inquietante vegetal en el parque de las siestas: era una especie de árbol de formas vagamente humanas. De unas primitivas piernas avanzaban hacia el suelo las raíces; de lo que parecían la cabeza y los brazos se desprendían ramas con abundante follaje y en el tronco era legible lWPN2.
De vez en cuando se puede ver a un anciano visitando el nuevo árbol. Algunos adictos le han dicho que han visto caer de ella goterones como lágrimas; pero ya se sabe que testimonios de drogadictos no son confiables. Todos sabemos que los árboles no lloran, no hablan, ni son capaces de expresar deseos.
Cuando le preguntan por el grabado en el tronco, el anciano lo explica:
— IWPN2 era la respuesta de Bartleby, el escribiente: I WOULD PREFER NOT TO. Preferiría no hacerlo.
AUTOR
Sebastián Tobón Osorio
Escribo, porque algo que escapó al lenguaje coció dos vientres en mis ojos. Nací en una sábana sucia de manchas de sudor que emulaba continentes improbables. Alguna vez una chica me dijo que fui parido a medio camino entre acuario y capricornio; nunca fui muy de agüeros y esas cosas. Añoro la crisis de los cuarenta que nunca tendré. Amo a Panero, Pizarnik, Baudelaire, Lautreamont, Borges y muchos otros. Añoro un concierto de Depeche Mode o uno de Smashing Pumpkins como si fuera en los noventa. No hay nada como escribir con un cafecito envenenado al lado, escuchando metal y releyendo hasta la saciedad.
Crónica de una muerte… Bahhh
Estoy seguro de que el muy marika me va a matar hoy. En los anteriores capítulos pasó lo suficiente como para que la novela hubiera cuajado; tanto, como para presentarla en un concurso de la Alcaldía o para iniciar una conversación por WhatsApp diciendo: “Hola linda, ¿sabes? he estado trabajando en una novela bla bla bla, apenas la tenga completa te la mando bla bla bla, podríamos tomarnos un cafecito y hablar de ella bla bla bla” ¿Qué pasó en los otros capítulos?, se preguntarán, pues lo de siempre: Alguna chica cercana a mí, sacada de una película de Lars von Trier, se mató de una sobredosis de heroína… Parce sí, para el pendejo éste, no puede haber otra droga que no sea esa… no sé, podría hablar de hongos y empezar describiendo la escena como “las nubes se desmenuzan en el cielo como si estas respondieran a la saliva mojando mis labios” o hablar de mariguana, de ácidos o sacol… c ó mo extraño fumarme un baretico en las mangas de la Floresta…pero bueno, él es el escritor que encontró la luz (la fundación La Luz), y quizá solo haga que me tome un par de roncitos en el capítulo en que habla de mi familia disfuncional.
El día empieza con un calor que mancha de rojo mi cara. Describe con maniática exactitud cómo quedan las sábanas al levantarme, la suciedad en las celosías de las ventanas, el café aguasiento, las mismas canciones en la radio, la forma en que la
cuchilla afeita mi barba de algunos días, la parte en la que pasa por la vena yugular y se hace presión muy lentamente como queriendo cortarla. El día de mi muerte precisaba de un prólogo largo; no podía morirme de un infarto o ahogándome con mi propio vómito, por olvidar hacerme de lado al dormir. Los datos de mi celular no funcionan, el pendejo este no quiere que me despida de nadie o que haga algo chévere antes de mi deceso. Joder, hasta a los condenados a muerte (homicidas, pedófilos…) les dejan comer una cena decente antes de su ejecución. Si yo sé ese dato, obvio él lo sabe. Me hubiera gustado comer algo con Juliana, el personaje que ama la cocina mexicana y que siempre hablaba de las ballenas varadas agonizando en las costas; era una conversa chévere, aunque termina por volverse monotemática. Supongo que,para algunos creyentes, dios es como una especie de escritor que va narrando cómo son sus vidas. El escritor que narra mi vida no debe sentir empatía alguna por esta forma de considerar un dios.
La noche llega inusitadamente rápido, ni siquiera noto cuando se chorrea desde los morros de Santo Domingo para decantarse por San Cristóbal. Pensé que un día como éste se iría más lento, que recordaría imágenes, como fotografías polaroid pasando por mi cabeza. Decido caminar hasta mi casa de vuelta, supongo que algo pasará mientras llego a ella: un carro perderá el control y me estampará contra la pared, o un chirrete nervioso en una moto me atracará y se le saldrá un balazo sin querer. No parecen formas muy estéticas de morir, pero la verdad no sospecho nada de cómo el escritor me va a matar. El cielo de Medellín es extremadamente pobre en estrellas; pero al ver una de ellas, recuerdo que ahora, probablemente, las estrellas estén muertas en este
mismo instante, y que lo que vemos en el cielo es su luz viajando distancias ridículamente grandes, y por tanto, esa luz —no teniendo un mejor símil— es un mero recuerdo de ellas. Es una buena imagen en la que pensar.
Paso por la tienda de la esquina, hoy debe haber clásico por la cantidad de gente apelmazada. Saludo con descuido un par de cuchos que conozco y sigo caminando mientras busco las llaves en mis bolsillos. Justo al llegar a la puerta, la veo sentada en las escaleras del otro piso… ¿qué? ¿Qué hace ella sentada ahí? Es la chica del capítulo 3, la que siempre que se iba a inyectar en los brazos decía “ésta es mi Iglesia, aquí es donde curo mis heridas” y se reía mientras empujaba el émbolo de la jeringa… pero… parce, en serio, ¿me voy a morir así? De todas las formas de asesinarme, finalmente eligió matarme de una sobredosis, o que un tipo que tenga algún problema con la chica me termine matando… En el piso de arriba alcanzo a escuchar “Ojalá las hojas no te toquen el cuerpo cuando caigan…” Ahora, me voy a morir así de ridículamente y escuchando Silvio Rodríguez. Esto parece un chiste de mal gusto, no pensé que la novela fuera a tener ese matiz; venía como un drama a modo de denuncia. Supongo que no puedo hacer nada para evitarlo, ni siquiera estoy seguro de que quiera evitarlo. Vale verga cómo se muera uno, en últimas es como pagar impuestos o tener decepciones. Quizá pueda reírme mientras pase, y tener la reacción que cualquiera que lea la novela fuera a esperar.
AUTOR
Carlos Ariel Mejía Valencia
Carlos Ariel Mejía Valencia, economista que actualmente disfruta de su rol de pensionado. Residenciado en la vereda El Cerro del corregimiento de Santa Elena. Amante de la naturaleza, la música y los libros. Mi gran pasión es el cultivo de flores, agapantos, cartuchos, astromelias y muchas otras que siembro en canastas y macetas. Amo especialmente la música barroca y el rock metal. El jobi favorito es tocar el piano, lo cual hago con regularidad. Los libros preferidos son, la novela histórica y los de mitología griega y poesía.
GUAU, GUAU
Ahora me llaman Argo, nombre que me puso el hombre Carlos, en memoria del fiel perro del héroe griego Ulises, al que esperó largos años para morir hasta que su amo regresó a Ítaca. Nací del cruce de un pastor collie y una pastora ovejera y tengo tres años.
Me escapé de mis viejos dueños, quienes me llamaban Milo, por los lados del aeropuerto de Rionegro en Sajonia. Solo y sin rumbo claro deambulé como un vagabundo varios días sin saber a dónde ir. Por un extraño impulso comencé a subir por la carretera de Santa Elena hasta el Alto de las Brisas, donde llegué una noche lluviosa y fría. Con mucha hambre y aturdido por el cansancio, no advertí un carro que alcanzó a golpearme y por poco me mata. Cojeando, aullando y con la cola entre mis patas me arrimé hasta un lugar donde estaban reunidos hombres y mujeres. Allí una joven de nombre Anita me curó, me dio de beber y también comida.
Anita me llevó a su casa donde vive con Carlos; una casa grande con un amplio prado verde y bellos jardines; muy distinta a mi antigua casa, donde permanecía encerrado en un patio sin poder correr, saltar y jugar como ahora lo hago.
Mis anteriores dueños eran unos gritones y con frecuencia me regañaban y amenazaban con un palo o una correa. Por eso cuando Carlos y Anita me adoptaron padecía un trauma tan severo que no podía ladrar.
Ahora Carlos me lleva a caminar todos los días por diferentes caminos y bosques de Santa Elena. Tengo dos amigos que siempre me acompañan en esos paseos; Usa, un perro labrador y Choco, un dálmata. Anita es muy cariñosa y juguetona conmigo; cuando estoy en su compañía me encanta estar patas arriba para que ella me haga cosquillas en la barriga.
Estoy contento. Tengo mucha comida, amigos y un buen lugar para dormir. Me la paso el día echado durmiendo o haciendo pereza o esperando a que llegue Carlos o Anita para correr a saludarlos, agitando mi cola, saltando sobre sus pechos y volviendo a ladrar como antes lo hacía, GUAU, GUAU.
AUTORA
Martha Lucía González Gómez
Librera por vocación y por profesión, considera los libros los mejores amantes, los más confiables y fieles, capaces de transportarla a paraísos idílicos o a los infiernos más crueles, siempre habrá uno dispuesto a llevarla al fondo de su ser para hacerla reír o llorar. Y aunque lo abandone, mudo aguardará donde lo dejó, esperando la caricia de sus dedos deslizarse por sus páginas invitándole a descubrir mundos insospechados.
La venganza de Campanita y Peter Pan
Siempre que llegaba allí se sentía en otro mundo, al punto de que por más pesada que hubiera estado la semana con todos los apuros cotidianos, su estado de ánimo cambiaba con el olor de los pinos y el canto alegre de los pájaros que parecían esperarla, no más al verla armaban un alboroto porque sabían que siempre les obsequiaba alpiste y agua fresca.
En ese lugar, Angélica encontraba la paz suficiente para que la inspiración le ayudara a ordenar todas las ideas que había tenido durante la semana, para plasmarlas de una forma hermosa en la novela que estaba escribiendo hacía varios meses.
Era una tarde calurosa, no tanto para ella, acostumbrada al calor sofocante de la ciudad, y el clima allí le parecía una delicia en medio de ese verano inclemente.
Después de atender a sus comensales multicolores, se dispuso a cambiarse de ropa y se dirigió al segundo piso, donde acostumbraba a sentarse en la mecedora, quieta, miraba con su mutismo habitual a la espera de ser utilizada.
De pronto, luego de sentarse y estirar la mano para coger una libreta y un estilógrafo que estaban en la pequeña mesa a su derecha, algo llamó su atención; al mirar a través del ventanal que tenía al frente, le pareció ver un pequeño ser con apariencia de duende que atravesó el portal. Angélica se paró como un rayo tratando de llegar lo más pronto posible, mientras que ese pequeño ser, de mirada penetrante, notó el impacto causado a esa fisgona, que sin perder un minuto se lanzó escaleras abajo y atravesó el umbral de la cabaña. Éste empezó a vociferar dando la voz de alarma a otro o a otros más.
Al principio, Angélica estaba atónita, también un poco divertida, porque el sujeto vestía de manera muy pintoresca, con un gorrito puntudo y unas boticas igualmente puntiagudas. Ella no pudo evitar soltar una carcajada cuando se acercó al escondite y descubrió que efectivamente se trataba de Peter Pan y Campanita. Ambos estaban indignados porque se había burlado de ellos, entonces Campanita esgrimiendo su varita mágica lanzó una maldición diciéndole:
–Si hubieras sido más respetuosa te habríamos sacado del anonimato como escritora frustrada.
Soplando su consabido polvo mágico, ella y Peter Pan desaparecieron, mientras que Angélica, más pasmada por la maldición que por los intrusos, escuchó a sus huéspedes que entre risas la seguían condenando a una vida sin poder publicar, sin triunfos ni premios. Los tres más grandes deseos de Angélica habían volado lejos como las aves migratorias.
MANDAMIENTO
Reescribirás
AUTORA
Aurora Cardeño Tejada
Ávida lectora y apreciadora del chocolate. Salarywoman de día, amante a la vida en la tarde, profunda dormidora en la noche, soñadora permanente. Adicta confesa a la coma Oxford y poseedora una doble nacionalidad: del mundo de la fantasía y de la realidad, desarrolla una constante exploración de ambos.
La herencia de Tiago Lombardi
Tiago Lombardi, hijo de la polémica tatuadora Zara Lombardi, había apenas cumplido los treinta y dos años cuando se atrevió por fin a abrir la caja de tintas que su madre le dejó en su testamento, bajo llave, junto con un apartamento en Armenia, una moto y un gato de ocho años que era más furia que animal.
Las cuatro herencias se le entregaron conteniéndose entre ellas como si fueran muñecas rusas: la caja de tintas dentro del baúl de la moto, la moto debajo del gato que se sentaba en ella como si fuera el dueño, y el vehículo que llevaba empijamado más de veinte años en el parqueadero del apartamento que estaba en el piso cinco de un edificio de diez pisos, de clase media y vecinos ruidosos.
Recién graduado como diseñador gráfico (carrera que le pagaba su papá y abogado, cuyo error más grande, en sus propias palabras, había sido tener una historia con su mamá), y, sin querer dejarse tentar por la vida fácil de nuevo, decidió irse a un lugar tranqui donde un recién llegado tuviera el derecho de no ser nadie. Empacó su mejor dotación de agujas, su gel antiséptico, el gel anestesiante que le pedían algunos clientes, su iPad, su impresora y la caja de guantes estériles negros, y manejó durante ocho horas hasta el lugar que todos esos años le había pertenecido sin que lo habitara.
Con su única caja de trasteo desempacada, se sentó en el colchón inflable a mordisquear un Subway sin muchas ganas y comenzar a leer la carta que venía con el apartamento y que su madre había indicado que abriera solo cuando se fuera a vivir allí, como si hubiera sabido que allí terminaría inevitablemente.
Las más de diez páginas atestadas con la caligrafía de esta mujer que apenas había conocido, lo sorprendieron: le hablaba de la vida viajera, de los paisajes, de las criaturas reales e imaginarias, los colores, las formas, la alianza de las luces con las sombras, y de lo que significaba dejar en el cuerpo de las personas pequeños seres de arte que también eran fragmentos del alma de uno.
“Las tintas que te dejé”, decía, “las modifiqué yo misma luego de uno de mis viajes al Amazonas brasilero. Antes de comenzar un ritual de yagé, una india me tomó de la mano y me llevó por la selva, por horas, a un lago redondo como un vientre que alimentaba una cascadita de nacimiento, en donde solo podían bañarse mujeres y dar a luz. El agua que se llevaba las placentas y el líquido amniótico alimentaba una isla con un solo árbol, en el que vivían miles de gusanos de seda, que lo tenían cubierto de este filamento. Los científicos no saben por qué, hijo, y si no le crees a esta loca pregúntale a tu papá, pero la seda es el único material externo que el cuerpo humano no rechaza. Esta seda de vida la incorporé a estas tintas con otras cosas más, no te preguntes cómo. Si no tienes nada que ver con este cuento, tíralas en el sifón del baño y ya”, terminaba la carta. “Pero si heredaste mi mismo rayón por este oficio, úsalas solo en personas muy especiales”.
Tiago habló con su papá esa noche, pidiéndole consejo disimuladamente, y éste solo le dijo dos cosas. Ya que había estudiado lo que le daba la gana entonces era igual si trabajaba en lo que le diera la gana, y que sí, su madre sí le había hecho un tatuaje, el único que tenía. Lo tenía en la espalda y era una palabra en árabe, un cliché popular, que significaba esfuerzo.
Meses después, y mientras instalaba la silla que había mandado a traer desde Bogotá, el hijo se preguntó si era coincidencia que su padre fuera el hombre más productivo que conocía y que gracias a ese carácter hubiera creado de la nada el bufete de abogados que ponía su apellido en la prensa. Mientras pensaba eso, echaba vistazo tras vistazo a la caja con tintas que había abandonado encima de una estantería de Happy Inks. Entonces se decidió a terminar todo lo que necesitaba para tener el esqueleto de su estudio: muebles, wifi y letrero; le dio volantes con descuentos a todos sus vecinos, aunque lo llamaran satánico marihuanero, ya a primera hora de la mañana después de que todo esto estuviera hecho, abrió la bendita caja.
Los colores eran muy fuertes y requerían trazos cuidadosos para no saturar la imagen. No estaban ni el negro ni el blanco, y tenían una fluidez de tinta recién comprada, con un brillo satinado que no había visto nunca. Se alzó de hombros, se afeitó el antebrazo, lo limpió con alcohol y se dio a la tarea de tatuarse ese gato montés entre espesura de selva cuyo espacio había guardado
despejado en su piel durante meses a pura fuerza de voluntad. Se inspiró en el gato de su madre que, si bien se dejaba alimentar y abrigar, lo atacaba cuando intentaba acariciarlo como si la sola intención lo ofendiera en el alma. La aguja dolió lo normal y en cuatro horas había terminado y tenía su pedazo de arte supurando plasma debajo de un embrollo de papel chicle.
Esa noche soñó que estaba en la selva, con su madre, y ella le mostraba el lago en forma de vientre donde una indígena daba a luz. A su lado, un perezoso le hablaba diciendo cosas que él esperaría de un perezoso (“mero sueño, parce”) y también entendía lo que pensaban y sentían otros animales, y cuando abrió los ojos se dio cuenta de que el gato asesino estaba acostado en su pecho ronroneando con placidez.
Salió a la terraza y vio el vecindario funcionando. Se preguntó quién entre toda esa gente multicolor le confiaría una partecita de su piel y por quién abriría su caja de tintas. Y si uno de ellos era el que acababa de tocar el timbre.
AUTOR
Francisca Patricia Echeverri Echeverri
Intentando escribir literatura, me gusta la música con sus sonidos que nos da el universo. Y agradezco a la Biblioteca del Poblado por darme la oportunidad de estar aquí.
Fiesta
Paula fue a un baile donde los invitados eran gatos, estaban: el Gato con Botas, el Gato Félix y el Gato Cósmico, y qué sorpresa, El Principito estaba con su Rosa.
La fiesta fue en El Planeta B-612, faltaba la novia del Gato Félix. El Gato Cósmico fue a buscarla por todo el universo, la encontró y estaba en Júpiter, la llevó rápidamente a la fiesta. Cuando el Zorro, al verla, llegó y dijo:
–Lo esencial es invisible a los ojos.
Nota de autora: algunos personajes del texto anterior son personajes propios del libro El Principito de Antoine de Saint-Exupéry.
AUTOR
Jorge Echavarría
Siendo de una familia numerosa y la oveja negra entre 16 hijos, me propuse balar por fuera; hoy, a mis 81 años, pretendo regresar al redil, aun cuando me siento trasquilado, el buen pastor me ha dado una nueva oportunidad, a él y a todos agradezco por ser un punto de apoyo en esta, mi nueva vida.
¿Cómo quedamos?
Parecía inminente nuestra derrota, el árbitro concedió cinco minutos de tiempo suplementario, los nuestros atacaban ferozmente, pero la pelota no entraba en el arco para el empate necesario, pues este empate nos daría la oportunidad de seguir adelante por medio de los cobros desde los doce pasos.
Yo, como defensa, quitaba pelotas, lanzándolas luego adelante. Al minuto 95, mi ser interno me puso a correr hacia el arco contrario, mi entrenador calló, yo intercepté una bola lanzada hacia las 18 por un compañero y eludí a dos rivales; con todo el rigor posible disparé hacia el arco enemigo y, ¡oh, milagro!, la bola penetró por un ángulo para luego dormir tranquila en el fondo de la red. Tuve que despertarla, la cargué con amor y la besé toda, a lo cual me contestó coqueta:
—Primero me recibes en tu pecho, luego me pisas, me pateas con furia, me cargas y, por último, me besas, luego… ¿cómo quedamos?
AUTORA
Edilma Guzmán
Va por el mundo sin mucho ruido, ama el silencio, aunque lo traiciona con cierta frecuencia, en especial si encuentra cómplices de la palabra hablada y escrita.
Me voy, pero volveré
Soy una joven colombiana, mi nombre es María Cecilia y llegué a Venecia, Italia, cuando apenas terminaba el bachillerato. Por mi buen rendimiento académico fui premiada con una beca para estudiar Ingeniería Biomédica. Habían transcurrido dos años de mi carrera y, por azar, mis ojos se encontraron con la mirada más inquisidora que hubiera pensado jamás. Este encuentro nos llevó a una conversación desenfadada y sin mucha trascendencia. Dijo llamarse Giovanny Palazzetto, que de momento no le interesaba estudiar y solo quería contemplar bellos paisajes como el que yo le ofrecía.
En cada encuentro, sus palabras me transportaban a un rinconcito del paraíso secreto, donde, sin mucho esfuerzo, le permitía disfrutar de lo prohibido. En vacaciones, los paseos en góndola eran mis preferidos. Hoy, en la nebulosa que me habita, resuenan sus palabras salpicadas de dolor presentido, porque, a pesar de amarnos, aún tengo los pies en la tierra.
Vine a Venecia a estudiar. Con mis notas sobresalientes y un título universitario, me voy para mi tierra a compartir mis triunfos, así no vuelva a contemplar esa mirada que, estoy segura, se quedará enredada en todo mi ser.
Por fin, hoy viernes 25 de noviembre, a las 2:00 p. m., recibiré mi título. El espejo me devuelve una imagen que me agrada mucho. Suena el timbre y acudo presurosa a la puerta.
¡Ah!, es el muchacho de mirada inquisidora con un ramo de rosas blancas. Estoy segura de que eran blancas, pero… ¿por qué ahora se han vuelto rojas?
El problema es creerse más de lo que se crea
AUTOR
Mario Fernández
Fan de los libros y la escritura por años, pero apenas trato de cuajar una obra que voy cimentando con pequeños bloques que espero que formen el muro inicial sobre el que la vaya subiendo, como los edificios que levantan al lado de mi casa y que me están robando la luz, el viento y la visibilidad.
La casa de los Herreros
Ya me estoy fatigando de caminar en busca de la casa de la familia Herreros, cuyos miembros fueron los fundadores de Balandú, y una de las más prestantes y representativas de este municipio.
Más conocida como La Casa de las Dos Palmas, se ha vuelto un destino para los conocedores de su historia, pues dicen que la han restaurado y uno puede ya visitarla sin problema. Yo soy más que un curioso, puesto que mis abuelos vivieron en estos parajes cordilleranos a principios de este siglo XX y compartieron épocas y avatares con ellos, incluso me contaron que a veces los veían pasar cuando bajaban a caballo al pueblo. Si bien aquella familia no se mezclaba mucho con los campesinos de más abajo de la montaña, vivían y sufrían su vida muy entre ellos.
He partido de la carretera principal que viene de la ciudad y ya caminé por la cuesta como pared que asciende a una zona un poco más plana donde el antiguo camino veredal es ya una cinta de asfalto, no muy amplia, compartida por peatones, caballos y carros.
La gente de la urbe ha estado comprando estas tierras y se encierran en pequeños lotes rodeados por altos setos que solo dejan ver la parte alta de las casas. Pasan raudos en sus grandes camperos y tiene uno que pegarse a los pinos podados al lado de
la vía para darles espacio. No son amantes de la naturaleza y solo están invirtiendo su superávit en estos lugares.
Llevo dando vueltas por estos senderos laberínticos, pasándome a veces a las mangas de hierbas altas hasta la cintura que encubren arroyos que no se ven sino estando muy cerca y puede uno parar en sus frías aguas. No hay alambradas, no veo vacas por las que han cambiado los bosques, de hecho, ni personas he visto hoy.
Me parece divisar a los lejos una gran y elegante mansión que considero es la que busco y cualquier árbol alto a su lado lo tomo por una palmera de verdad. Luego me dirijo hacia allí, pero como no hay una vía recta termino incluso alejándome.
Me estoy resignando a no estar en esa gran casa que he pintado en mi mente con los recuerdos de otra época, los dramas que hoy repetimos, la lucha de cada ser humano por sobrevivir y realizar sus deseos. Más me imagino a los Herreros viviendo en un mundo más amplio, tranquilo, lleno de muchos seres naturales, donde la niebla, la lluvia, el rayo, los animales y plantas, los insectos ubicuos, el viento que baja silbando de la cumbre, el sol, los habitantes de esos lugares, todos hacían parte de un mundo unificado y había entre ellos una comunicación recíproca.
Los integrantes de esa familia original ya no están en nuestro presente y sus descendientes estarán en la magnética ciudad o habrán emigrado al gran país del norte.
Siento que estoy tras algo que ya no existe tal vez y que alguien lo ha sacado del pasado recreando la historia en forma de un museo. Me da la sensación de que este viaje y caminata circular entre verdores intensos es semejante al que haría si fuera tras la Arcadia griega, El Edén de Moisés, El Dorado de los indios Orejones, o la ciudad de Ixtlán del brujo Juan Matus, quien dice que a esos lugares nunca se llega en realidad, pero el viaje atento y cuanto experimentamos y vivimos cada instante es la oportunidad para descubrirnos y realizar nuestro destino sobre la tierra.
AUTOR
Julio Atencia
Esperó setenta años para comenzar a dar sus pasos en la escritura. De la misma manera en la que camina bajo la lluvia para llegar a la biblioteca, camina, aunque haya tormentas, hacia la creación de una obra literaria. Cincuenta años enseñando el español le han permitido contener la palabra que ahora quiere expresar.
Inesperado encuentro
Por donde pasaba despertaba los instintos y las miradas más lujuriosas de cualquier hombre; desde muchachos, adolescentes, hombres maduros, hasta viejos verdes. Esta criatura indómita, con ese andar tan incitador por sus provocativos movimientos de caderas, con ese rostro virginal, pero que de virgen no tenía nada, porque era el pecado personificado y ya había probado las mieles del amor. Tenía ojos indios de mirada expresiva, que invitaban a su dulce y sensual compañía, piel suave como pétalo de rosa y una exuberante y salvaje pubertad que mostraba a flor de piel. Había aparecido en un pequeño puerto de la costa Caribe. Muchos se preguntaban de dónde había llegado, porque su acento la había delatado como una criatura oriunda de un vecino país de habla hispana.
Por ser un pueblo tan pequeño, infierno grande, allí, uno de sus habitantes insignes, el gamonal, ya entrado en años, se enteró de su presencia por los comentarios. Quiso conocer a aquella joven que en el poco tiempo de su estancia en el pueblo se había convertido en la criatura más perturbadora, pero deseada por los hombres y la más odiada por niñas, muchachas, mujeres adultas, esposas y veteranas. Valiéndose de uno de sus empleados, el hombre que se hacía llamar dueño del pueblo por su riqueza, aunque estaba casado, tenía la costumbre de rodearse de amiguitas mucho más jóvenes y, sobre todo, si
eran foráneas, porque para él las del pueblo eran pan comido. La bella adolescente fue sorprendida con una invitación para el día sábado en las horas nocturnas en un lujoso hotel del pueblo. Apareció puntual en el lugar indicado, la recepcionista no la hizo esperar. Le indicó, con prontitud, la mesa donde se encontraba don Juan. La adolescente se dirigió con las manos sudorosas y ansiosa hacia éste, que al ver la criatura tan despampanante que había absorbido las miradas masculinas, se quedó sin respuesta cuando escuchó su voz:
—¿Don Juan? —preguntó ella.
—Sí… —le respondió muy sorprendido al observar con detenimiento aquel rostro angelical que le parecía conocido. —¿Y tú cómo te llamas? —Le preguntó sin quitarle la vista de encima.
Ella, en vez de responder, sacó de su billetera una foto y se la entregó:
—Mi nombre es Adis y vengo del país vecino, donde vivía con mi madre, me dijo que apenas ella muriera viniera a este pueblo de la costa Caribe colombiana en búsqueda de esta persona.
El ganadero, sorprendido por la imagen y semejanza de aquella criatura con él, se fijó en cada detalle de la foto, evocó con nostalgia las travesuras amorosas de su juventud cuando visitó el país vecino, en plan de negocio, pero también de placer y diversión, en compañía de la belleza femenina, tan escasa en su pueblo. Al tiempo que el rico hacendado, de su billetera extrajo otro retrato que mostraba una persona igualita a la joven que se encontraba frente a él, ésta al observarla detalladamente, dejó escapar un triste lamento:
—¡No puede ser!
Un nudo en la garganta experimentó aquel señor y con voz entrecortada musitó:
—Siempre la llevaré en mi corazón.
La joven sacó un pañito y lo pasó por sus húmedas y rosadas mejillas.
—Dime de qué murió —Preguntó el hasta entonces desconocido progenitor. Ella respondió:
—Solo una prueba de sangre puede darle la respuesta
AUTORA
Ilda Ramírez
Nació por asuntos biológicos. Creció de milagro. Vivió de porfiada. Aprendió de la muerte para habitar la soledad. Hizo de la lectura mundos para entender y saber que la vida no es la que vivimos... también la que dejamos de vivir.
Entre la falacia de la impuesta felicidad me quedo con la alegría de saber que el Arte habita universos donde la libertad es para deleitarse y no dejarse normatizar por la ley del imbécil.
Soy la soy porque Borges es una eterna biblioteca para deambular por los mundos asombrosos de la vida y la muerte.
No fue un regalo
La encontró en una caja de cartón en la puerta del geriátrico de la calle San Juan, cerca de lo fue el cementerio San Lorenzo. El conductor recogió la caja con la autorización del capitán de la policía en un patrullaje durante el día. Llegó con lo que iba a ser un regalo para Germán y Amelia que decidieron recibirla para ahuyentar la azarosa soledad que solo llenaban con peleas diarias, como si la vetusta casa fuera un ring de boxeo con dos seguros perdedores. Entre los dos sumaban casi cien años. La nombraron Pilar y el policía y la esposa fueron los padrinos de bautizo. Ni el agua bendita los salvó del infortunio que convirtieron en pan diario para atarse a la pesadumbre.
A Pilar le bastó llegar a la casa de Germán y Amelia para ser la mandadera entre los que se necesitaban solo para la cotidiana injuria. Desde pequeña empezó a vivir las batallas de la vida por estar en la desgastada casa, bajo el mismo techo de dos personas que hicieron de sus días el más perfecto naufragio de lo que creían era el amor. La niña de piel blanca, cabello siempre corto, casi rubio y vivaces ojos cafés claros jugaba con sus muñecas de plástico que hacían el papel de madres cocinando y sirviendo comida en una pequeña cocina de pasta. Parecía ajena a toda riña de sus agrios padres que unieron sus soledades para aumentar sus fracasos. Ni de niña se escapó Pilar en ser utilizada como botín de las disputas caseras.
—Busque a su papá que está en la esquina borracho para que le dé para el diario. —le decía su madre.
De tanta vida en terrenos de peleas e insultos Pilar desconoció tempranamente que los abrazos son lazos que unen a las personas para hacerlas fuertes en las diarias batallas de la vida. La niña que llegó como un regalo a la casa de Gustavo y Amelia, solo en la adolescencia le dijeron en cualquier calle que era adoptada. Ni el policía que la llevó a la casa de Amelia y Gustavo le dijo que la había encontrado en la puerta de un geriátrico.
Desde temprano en la vida conoció la escasez, las peleas familiares como único pan diario. También de niña vio que montones de dinero llegaban con facilidad a las casas y esquinas cercanas a su vivienda. Salir de tanta pobreza que carcomía los días, la vida y el destino de los tres fue su inmediata meta. Empezó por soñar que los dólares enviados desde Estados Unidos eran la clave para embellecer la casa, para que su madre no sufriera al lado de un borrachón al que quería y le tenía pesar. El cambio más inmediato fue tener dos hijos con 18 años de un consumidor de drogas que quedó invidente por un balazo durante el enfrentamiento entre combos de barrio. Organizar otro viaje a la USA, para insistir en torcer el destino de peleas y pobreza, le dejó otros dos hijos de un joven que más temprano que tarde fue un NN, como otra estadística más de la violencia oficial.
Pilar viajó entre la pobreza y la zozobra, en menos de 10 años con 4 hijos a bordo. El mayor le duró poco, muy poco. El día de su cumpleaños, lo mataron en la esquina de la casa. El segundo hijo vive encerrado con su locura en una vetusta casa. De la USA conoció los trámites de la visa que siempre le negaron. Hoy mira
la vida desde una esquina vigilando que jóvenes jíbaros expertos en el rebusque y diestros en hacerle quite a la policía no le hagan trampa. La vida de Pilar no ha sido un regalo.
AUTOR
Argemiro Duque Valencia
Mi nombre es Argemiro Duque, (Piolín). Nací en San Francisco, Oriente antioqueño; escribo poemas y cuentos cortos, aunque inconstante. Utilizo el pseudónimo de Piolín, porque en épocas de colegio, dado el color de mis ojos, las compañeras me recibían con el coro: “Me parece ver un lindo gatito”. Hoy vivo en Santa Elena, Antioquia, desde hace década y media; llegué acá en busca de paz.
Adagio
No me gusta el invierno, me causa temor y zozobra; no me gusta el invierno, en él he visto las peores obras.
No me gusta el invierno, enturbia sin pena las claras aguas;
no me gusta el invierno, acelera sin licencia mi tranquila quebrada.
No me gusta el invierno, genera goteras en mi humilde choza;
no me gusta el invierno, ha abatido el árbol que daba asiento a mi poca loza.
No me gusta el invierno, en sus aguas trajo a la que es mi amante; no me gusta el invierno, aunque a él le pido que cumpla el adagio, así sea, por un instante.
Torbellino
Necesito el verano y el viento que lo acompaña,
Ese viento que lleva a su paso, la brisa, el rocío y el fresco que acaricia mi alma.
Necesito el viento, un poco más fuerte para deshojar del árbol la inquieta rama que es mitristeza.
Deseo el verano, que trae consigo los vientos constantes, esos aullidos de perros rabiosos,que
levantan techos sin pedir permiso.
Esos veranos con sus vientos raudos, los necesito pronto para destechar mi cabeza, antes deque
pájaros necios hagan nido en ella.
Asistencia
Ayúdame, amor mío, a estar siempre a tu lado;
Ayúdame, amor mío, a no buscar lo que no he perdido.
Ayúdame, amor mío, a tener mi mente quieta;
Ayúdame, amor mío, a no tocar en otra puerta.
Ayúdame, amor mío, a tener mi mente serena;
Ayúdame, amor mío, a no buscar en casa ajena.
Ayúdame, amor mío, hoy tengo lo que añoraba;
Ayúdame, amor mío, porque sos vos lo que soñaba.
Ayúdame, amor mío, porque solo no he podido; Ayúdame, amor mío, y disculpa si es mucho lo que te pido.
Ayúdame, amor mío, si es que merezco decirte amor;
Ayúdame, amor mío, y no te enojes ni sientas por mí rencor.
Ayúdame, amor mío, si es que aún mío es;
Ayúdame, amor mío, aunque hoy mi lenguaje es soez.
Ayúdame, amor mío, a no decirte… amor ni mío;
Ayúdame, amor mío, por sentirme dueño tuyo y haberme vuelto impío.
Ayúdame a llamarte como te llamas y a decir tu nombre completo; Pero… por favor, recuérdame de quién me he enamorado, para iniciar un nuevo libreto.
La creación es un accidente de los sentidos
Edison Albeiro Escobar Estrada
¿Qué deseos pedirle al genio de la lampara o a la estrella fugaz? Que me regale valentía para enfrentar la hoja en blanco, que no se quede sin tinta mi bolígrafo y que no se sacie jamás mi curiosidad. Ser humano en permanente construcción.
Salud vs Paz
Solían decir que él era un roble por su fuerza y su carácter. Tal vez en ese momento solo le quedaban su carácter y su lucidez mental. El abuelo llevaba dos años postrado sin poder controlar su cuerpo y poco después estuvo inconsciente e internado en un hospital donde su salud se deterioraba cada día más.
Todos los días al levantarme abría el grupo familiar en WhatsApp con miedo a encontrar malas noticias, pero hubo un día donde ocurrieron cosas mágicas, por ejemplo: justo ese día desperté antes de que el gallo cantara; una tía nos informó que el abuelo había despertado; luego, mientras desayunábamos, mi hijo me preguntó la hora y por bromear miré al cielo y le dije que según la posición del sol eran las 7:42 de la mañana, pero no me creyó y fue a mirar la hora en su celular para luego correr a mostrarme su pantalla gritando: “wow, pa, eres un mago, ¿cómo supiste?” No tengo idea cómo lo adiviné.
Ese día, al salir de la oficina en pleno centro de la ciudad, me aturdió el ruido de tantos vendedores de velas de colores supuestamente bendecidas por el Papa Francisco. Compré un paquete de 20 velas por 4000 pesos para encender en la noche con mi familia.
Yo encendí tres velas, mis hijos y mi esposa encendieron las demás. Pedí un deseo por cada vela. No le conté a nadie mis deseos, pero me sorprendió que la vela verde, la que encendí por el abuelo, se acabara tan rápido en comparación con las demás. Al día siguiente me despertó el gallo. Por ser 8 de diciembre no tuve que trabajar, pero me llamó mi mamá llorando para darme la noticia: a las 7:42 de la mañana el abuelo se había ido a descansar. Yo había pedido salud, pero el abuelo recibió paz.
AUTORA
Liceth Cristina Cifuentes
Soy Liceth Cristina Cifuentes, microbióloga industrial y ambiental con aspiraciones de escritora. Desde enero del 2022 asisto al taller Casa de Escritores, un espacio que me ha motivado a compartir mis historias e ideas, donde la retroalimentación de los participantes, de la mano del escritor Carlos Aguirre, me han ayudado a mejorar mi escritura y a reforzar mi compromiso con el proceso creativo.
El plan
— ¿Estás segura?
— Te estoy preguntando… si… estás… segura.
— Que sí, ome, que sí, ¡cuántas veces te lo tengo que repetir! Mirá que no tenemos nada en las manos.
—¿Y si lo dejaste caer y no lo recuerdas?
—¿En serio me creés tan despistada? Pudiste ser vos la que lo hizo y no lo recuerda. Tampoco tenemos las uñas largas, ¡entonces cómo diantres pensás que nos cortamos! A ver, decime cuál es tu teoría si sos tan inteligente.
—No es eso, solo estoy descartando opciones. La tía se agachó un momento, un momentico de nada, y cuando levantó la cabeza ya estábamos así, es que ni yo me di cuenta, ni siquiera me dolió, si no fuera por la tía que nos dijo que estábamos así heridas ni me entero. Ni tú tampoco.
—¡Eso no importa, no es nada nuevo, ni la pérdida de memoria, ni los moretones o las alucinaciones! Solo quiero que hagas algo, no sé cuánto tiempo podremos soportar esta situación. Mira que del consultorio nos sacaron casi que echadas dizque porque ya estamos bien. La psicóloga dice que es estrés y cansancio, “unas vacaciones y a enfocarnos en cosas que nos distraigan”, como
si todo se resolviera con descanso. ¡Jum! Y la familia, peor, que estamos poseídas.
—Lo sé, calma, yo me siento igual. No te desesperes, ya encontraremos una solución.
—Gorda, ¿y si en verdad lo estamos?
— ¿Qué cosa?… ¡Ay no! ¿Tú también con eso?
—No, no, no, no, es que pillá. Escuchamos voces que nos hablan de automutilación pero los psicólogos y psiquiatras dicen que estamos bien. Nos aparecen de la nada marcas, hematomas y heridas…marica, qué otra explicación le encontrás, nos echaron una maldición o estamos poseídas, no hay de otra. —...
—¿A vos también te sonó la idea, cierto?
— Ummm, no es eso. Pues… una parte de mi está considerando, pero es que eso suena tan… fantasioso.
—¿Bueno y si nos ponemos a prueba?
— ¿Qué? ¿Cómo así?
—Sí, mirá, vamos a hablar con un padrecito, le contamos lo que nos pasa, incluyendo las sombritas esas que a veces vemos, y si él nos cree le pedimos que nos exorcisme, exorcirse, erxo, exorcise.
—Ja ,ja,ja,ja, bueno, sí, ya te entendí, está bien, si eso te hace sentir más tranquila… o descartar la idea… nada perdemos con intentarlo.
—Gorda, te lo juro, yo estaba convencidísima de que los curitas eran como en las películas.
—Cómo, ¿que te contarían de casos similares y luego te hablarían de libros antigüos, demonios raros y empezaríamos a viajar por los lugares de nuestra infancia buscando pistas de lo que nos pasa? ¿O que tal vez nuestra familia está vinculada a una maldición generacional y debemos romperla? Bien lo dijiste, son películas.
—No, boba, que después de uno contarle todo eso él nos creería y usaría sus saberes religiosos para darnos una solución, vendría a la casa y buscaría el origen del mal o algo, pero solo “Lea la sangre de Cristo todos los días y rece mucho”, ese viejito chuchumeco lo único que quería era deshacerse de nosotras, él también nos ve como locas.
—Da igual, total no somos religiosas.
—Y es que quién dijo que si uno no es religioso Dios no lo ayuda. Si es así valiente gracia, qué clase de Dios dice: “Si crees en mí, te ayudo, si no, que te lleve el diablo”; eso es ser egoísta y los dioses no pueden ser egoístas.
—Oíla, ¿quién o dónde dice eso? Bueno, bueno, ya, dejemos eso ahí; entonces según tú, ¿cómo comprobamos que estamos poseídas o con mal de ojo o rezadas o lo que sea?
—Ummm, a ver... Según la gente que nos ha contado sus experiencias… todos tienen diferentes formas.
¿Como cuáles?
—Tomá un papel y hagamos una lista.
—Ajá.
—Cargar con un limón pajarito en el bolso, si se pudre, es malo.
—Y eso qué tiene de raro, la comida se pudre.
—Corrección, querida, el limón no se va a podrir: se va a secar, y si se pudre es porque nos están haciendo magia negra o nos tiraron algo.
—Pff, bueno, qué más.
—También debemos poner limones en las esquinas de la casa.
Tener muchas pencas de sábila... si le pasa lo mismo que a los limones, o sea si se pudren, es malo. ¡Ah! Y debemos tener mascotas, si se enferman o se mueren por causas raras fue porque recibieron lo malo que era para nosotras.
—Jum, y para vos que todo es raro.
—No lo digo yo, lo dice la gente que sabe... Debemos mantener un velón encendido, sahumar la casa con artemisa, palo santo, incienso y, por si las moscas, le echamos agua bendita a nuestra comida.
—¡Ay, no, gas!
—¿Por qué?
—¿Juagadura de dedo?
—Vos sí sos pendeja, en lo que te ponés a pensar. Querés que nos curemos, ¿sí o no?
—Bueno, pero tú te la tomas y yo me hago la loca.
—¿Más?
—¿Ah?
—Nada
—¿Qué?
— Que nada, que viniendo esas palabras de ti suena muy tonto.
—En fin, continúa.
—Hag ámosle caso al padrecito y recemos la oración todos los días a ver qué pasa, solo como una medida más. También podemos usar la camándula que nos regaló la tía.
—Yo sugiero algo más realista: empecemos con el nuevo medicamento que nos recetaron.
—Momento
—¿Qué?
—¿Y si todo esto funciona?
—¿Esa no es la idea?
—Pero, ¿y si una de las dos desaparece?
—...
—Te quedó sonando la idea, ¿verdad?
AUTORA
Lina Giraldo
Mientras dos soldados en Talavera la Real, le disparaban a la luz y en Belmont, un compositor se dirigía hacia la luz, mi Ma en Medellín, desde su Mar de Luz, con su doula, se disponía a darme a luz.
Llegué con la marca del Dragón, pasadas dos docenas desde el nacimiento de mi Pa. Reconozco el dolor con facilidad, más aquel que se gesta en las ausencias o en la abundancia de soledad. Me veo con mi cabello trenzado, me siento despeinada luciendo mis tristezas.
Amo con facilidad, desamo con rebeldía, tejo cuando escribo y escribo cuando danzo.
Soy Ele
Ele de luna, de miles de libélulas.
De la literatura y sus líricas.
De lúcida y también de mis latentes lapsus. Del laurel y de las dalias alrededor de una laguna.
Ele de labios, de libido y de lo lúdico que pueden ser ambos.
De las leyendas que dejan las lejanías, de laberintos deseosos de la luz que ofrecen las luciérnagas.
Ele de la libertad que dan los libros pero también de lágrimas, aquellas que no se detienen en momentos de locura, lógica sin entender.
Soy Ele. Siempre lo seré.
De la misma con que se escribe Libre lunática leal.
Lo descubrí
No miro los zapatos: Contemplo mis raíces, se ven mejor sin ocultamientos de mil colores.
Soy más yo, descalza. Viéndome cada uña, las cuento hasta llegar a 10. Aunque a veces cuento 11 y rapidito vuelvo a contar.
Con ellas salto, danzo, huyo.
Muestran el camino. Construyen aventuras.
Acompasan con ritmos desconocidos.
Comprometidas en acompañarme.
Al danzar, siento la raíz profunda, conectada con el centro capa ardiente de la tierra, de la madre.
Miro las raíces, a veces los zapatos. Mis pies metidos en medias. Ocultos, flexibles. Livianos y pesados.
Lentos, rápidos.
Capaces de llevarme, de traerme devuelta a mí.
Última carta
Si me lees, me fui. No sufras.
Estoy bien, mejor.
No te rompas el pensamiento buscando por qués, no los hay.
Solo quise sentirme dueña de mí.
Quise sentirme morir. Te amo infinitamente.
No te apures por venir.
¿Bruja yo?
No lo dudes.
Soy capaz de hechizar la ira para convertirla en alegría.
Conjuro los miedos y las tristezas transformándolos en seguridad y amor. Con solo pronunciar: “Por el poder de tres veces tres...”
Traigo al presente perdones y reconciliaciones.
En noches de luna llena, mi matiz cambia.
Salen verrugas en mi cara, cae el cabello, algunos dientes, encorvo.
Crece nariz y orejas.
Visto atuendos viejos, oscuros. Preparo pociones, muñecos de tela con agujas.
Y con lista en mano, doy a cada quien lo suyo:
Instantes para ser escuchados. Diálogos para susurrar secretos. Consuelo para sacar tristezas.
Certezas para abandonar el miedo. Anclajes para tramitar la ira.
Sí, soy una bruja, una hechicera, de esas que no querrás quemar, mirarás con curiosidad deseando sus pociones tomar.
AUTORA
Heidi Acosta
Periodista, escritora y mamá. El orden de estos factores no altera el producto.
La llamada
El vuelo de regreso a su país lo sintió más largo que de costumbre. Aún no se acostumbraba a viajar tres veces al año a Guatemala para supervisar durante un mes los avances de la obra de transporte tranviario que su empresa pretendía poner a funcionar antes de finalizar el año. Más ahora que en su corazón volvía a florecer el amor luego de mucho tiempo de una soledad autoimpuesta debido a lo que ella llamaba una pésima experiencia. Lo había conocido a inicios de año y la química había sido tan ardiente que le costaba creer que esa mujer que se entregaba con tanto brío a esos nuevos brazos fuera ella.
Aunque la azafata había anunciado el aterrizaje hacía más de media hora, el avión seguía dando vueltas en el aire. Ya no podía dormir y la lectura se le hacía pesada. Sólo quería bajar de ese maldito avión para besarlo. Lo imaginaba parado junto a su carro y esperando a las afueras del aeropuerto con sus lentes negros y oliendo a ese perfume acanelado que dejaba una estela donde iba. Era como un imán invisible que le hacía calentar la cabeza y la entrepierna.
De un momento a otro las luces interiores del avión parpadearon varias veces y un sonido como de pito de instructor de perros ensordeció a los pasajeros por instantes. Luego de una pequeña turbulencia la voz del piloto se oyó de pronto al explicar algo
sobre problemas de comunicación con la torre de control, un imprevisto sin mayor importancia, según dijo, y que ella poco entendió sumida como estaba en sus elucubraciones mojadas.
Tras el incidente el avión comenzó el descenso, y 20 minutos más tarde, estaba esperando su maleta en la banda transportadora. Lo había llamado horas antes en el aeropuerto La Aurora para que la recogiera como lo había hecho las veces anteriores y él, presuroso, había pospuesto todas sus actividades para pasar con ella ese día. Esta vez no fue la excepción: ahí estaba vestido de negro impoluto con una sonrisa maliciosa en sus labios.
—Por fin llegaste, te extrañé —y le dio un largo beso con tal impulso que le hizo arquear la espalda. Por un momento se sintió como en la imagen del marino besando a su novia luego de la guerra.
Se subieron al carro sin más palabras. Sus cuerpos, ansiosos por la espera, sabían comunicarse con la mirada, con los gestos, con los besos. Para ambos era una sorpresa que, a su edad, casi bordeando los cuarenta, se amaran como adolescentes que acaban de descubrir en el sexo un nuevo entretenimiento.
Por la autopista giraron a la derecha en el desvío al hotel más cercano. Ella pensaba en una ducha de agua tibia y que él la acariciara con esas manos recias pero cuidadosas, firmes, ardorosas. Y mientras ella estaba perdida en sus pensamientos, él cambiaba de tanto en tanto las emisoras en las que hablaban de los problemas en las comunicaciones que se habían presentado en las últimas horas por algunos fenómenos atmosféricos no identificados.
El carro entró despacio a una pequeña cabaña privada con celda propia. Apenas se bajaron él se abalanzó sobre su cuello para olerla; aunque le parecía inusual aquel comportamiento le gustó que estuviera desesperado por poseerla y le devolvió el gesto oliéndole también el cuello.
Durante el camino estuvo extrañamente callado: el trabajo, las preocupaciones económicas, pensó ella; pero al tocarla volvía a ser el de siempre. Él mismo la desnudó. Una a una sus prendas iban cayendo por la habitación y dejaban al descubierto un cuerpo voluptuoso y bien cuidado. Cuando ella se agachó para quitarle el pantalón quedó expuesto su pene erecto. Parecía más venoso, más grande, un tentador pedazo de carne que olía a sexo, orina y sudor. Con avidez se lo llevó a la boca hasta llenarla toda, una arcada tras otra y sus ojos se llenaron de lágrimas. Se levantó y a trompicones entraron a la ducha.
Sobre la caída natural de los senos bajaba copiosa el agua que él succionaba con la procacidad de un niño hambriento, mientras sus dedos la penetraban rápidamente. Un orgasmo suave le recorrió el cuerpo. Él, al darse cuenta de que se desmadejaba, la giró y la penetró por detrás con furia, haciendo que sus senos se golpearan en la pared húmeda. Luego de varios minutos de enviones que parecían más un castigo salieron de la ducha sin siquiera secarse. A horcajadas se montó sobre él y un dolor punzante le invadió el vientre. Había descubierto que el límite entre el dolor y el placer se había desdibujado y ahora solo quería sentirlo dentro, llenándola toda, hiriéndola. Cabalgaba sin recato suministrándose su propio placer. Él la miraba fijamente, sonriendo de soslayo y gimiendo por lo bajo con unos soniditos guturales que parecían ajenos a su cuerpo.
Cuando estaba a punto de venirse de nuevo la desempotró con un movimiento brusco y la jaló hacia el borde de la cama para que abriera las piernas por completo y él pudiera terminar desde arriba. Sus manos le quemaban la cintura cada vez que la empujaba hacia adentro. El placer comenzó a desvirtuarle la vista y por un momento todo fue una nebulosa. Él emitió un único gemido ronco y largo mientras la llenaba copiosamente. Cuando el semen caliente salió de ella se desbordó por su culo y un olor a fruta vinagre invadió la habitación.
Él se dejó caer exhausto sobre la cama y ella se acunó a su lado.
Dormitaron por un rato mientras su respiración se acompasaba. Había sido un sexo delicioso, mejor que hacía un mes, cuando en aquel mismo hotel se despidieron.
Luego de un extenso letargo, ella se percató de que había pasado más de una hora desde que aterrizó y no se había reportado con su familia. Tomó su teléfono y advirtió que no había recibido ni un solo mensaje. Cuando intentó escribirle a su hermana el mensaje no salió. Revisó su señal, pero parecía nula. Reinició el sistema, lo puso en modo avión, activó de nuevo sus datos, pero seguía sin funcionar. Preocupada, lo despertó.
—Mi teléfono no funciona, ¡qué raro! ¿Será mi operador? ¿Me llamas?
Adormilado, tanteó la mesa junto a la cama, se levantó y buscó en sus pantalones, inspeccionó el baño, pero no lo encontró.
—Tal vez lo dejé en el carro... —y sin terminar de hablar miró su desnudez.
—No te preocupes... —otro silencio y una idea repentina se dibujó en su cara— y si le marco a tu teléfono, puede que sean los datos y no la señal.
Él miró con qué prisa buscaba ella su contacto y un segundo después el teléfono estaba repicando. Una voz familiar, la de él, contestó.
—Aló, ¿mi amor? Perdóname, se me hizo tarde para recogerte. ¡Estoy preocupado! te he llamado, pero no contestas. ¿Estás bien?
Un escalofrío recorrió su cuerpo. Alzó la mirada y por segundos su mirada se cruzó con sus ojos; le pareció que cambiaban de color.
La validación es para los tiquetes
AUTORA
Valeria Torres González
Mi nombre Valeria Torres. Crecí en un pueblo que se llama San Pedro de los Milagros, mitad de mi familia vive allá y la otra acá en Medellín. Me gusta escribir porque me parece la mejor forma de expresarse. También me gusta leer, especialmente los cuentos de los Hermanos Grimm, dibujar y crear con legos.
El espejo
Una amiga me contó que un espejo, después de desempolvarlo, le concedió un deseo. Sin pensarlo le dije: préstamelo, quiero que mis padres no peleen más. El espejo me escuchó y contestó:
—Necesito estar en una de sus peleas.
Llevé el espejo a casa y le pedí ayuda a mi hermano. Ambos, cansados de las peleas, apoyamos el espejo en una mesa junto a la cocina.
Como de costumbre, mamá y papá llegaron peleándose.
—Grosero y testarudo —dijo mamá.
—Mala madre —respondió papá.
El espejo, después de presenciar todo, dijo:
—¡Malagradecidos!, ¿no ven que sus hijos están hartos de sus peleas, gritos e insultos? ¡Compórtense!
Sorprendidos, mis padres respondieron: ¿cómo puedes hablar si eres un espejo?
—Eso no importa, lo importante son sus hijos —dijo el espejo—. En adelante me quedaré para ayudarles a cambiar.
Desde e ntonces mis padres no discuten y mi hermano y yo somos felices.
AUTOR
Manuel Antonio Guerra Pérez
En los campos del Bagre crecí, como un gran caminante de la naturaleza me crié, nadando por los ríos Tigüí, Pocun é y Nechí, en las crecientes aguas de abundantes peces, donde la paz y la armonía de sus habitantes, hicieron de este territorio un paraíso, que luego, poco a poco se fue extinguiendo. Soñador incansable del poder transformador de la escritura, del mirar con anhelo las esperanzas, el amor y el trabajo en pos de un mejor futuro, que aliente a quien lee y escribe el pensar, soñar y caminar su tierra con nuevas miradas, hacia un mundo habitable y hermoso.
El anillo m ágico
Eli, con su vestido rojo y largo, de boleros flotantes; con una madre nativa y un padre gitano, errante, trapecista de circo, al que algún día deseaba conocer. Su corazón había sido atrapado con una sola mirada por Juli, un soldado raso de la artillería nacional, que andaba cumpliendo con su deber de patria.
Cada tarde era atraída al mismo sitio y su mirada se centraba en el expositor de vidrio plano, pero esta vez pasó algo diferente. Al mirar los anillos, justo el que estaba en la esquina derecha del expositor, soltó un rayo de luz y Eli escuchó cuando le habló:
—Soy tu anillo, el que siempre has soñado tener.
—¿Cómo sabes mi deseo? —preguntó Eli.
—He escuchado el latir de tu corazón cada tarde, y mientras tengas esperanzas y el fuego no se apague es posible que tus sueños se cumplan —concluyó el anillo y dejó de brillar.
Esa noche, mientras dormía, el anillo la transportó en lo más profundo del campo de guerra: entre bombas, ráfagas de fuego y los sonidos del mismo infierno buscó a Juli en todo el frente de batalla, en la primera línea de fuego sin encontrarlo. Por último, entró a la sala de sanidad donde se vivía el verdadero horror de la guerra. Entre soldados heridos y otros mutilados buscó y lo encontró en una camilla de cuidados intensivos. El anillo, al ver
la tristeza de Eli, se partió en dos y le pidió colgarle una de sus mitades en el pecho de Juli, con un pequeño hilo invisible para los paramédicos.
Al día siguiente en la sala de sanidad se hablaba de un milagro, no podían creer que Juli hubiera sanado sus dos piernas destrozadas por una mina antipersonal, y entonces le dieron de alta. Eli, al despertar temprano, tocó su pecho y encontró la otra mitad del anillo colgado de un fino lazo dorado. Durante su segundo viaje conoció a su padre. Fue un momento mágico verlo en acción frente a un público, exponiendo su arte, con peligrosas acrobacias, suspendido entre dos cuerdas que lo elevaban a lo más alto del circo. De regreso aún de noche se deleitó observando lo maravilloso del universo: la Osa Mayor, Orión, Venus, el Planeta del amor. Luego por un instante cerró los ojos y fue entonces cuando una ráfaga de viento muy frío la golpeó con gran fuerza y la lanzó al vacío; al abrir los ojos sintió cómo bajaba hacia lo profundo e intentó buscar el anillo, pero la oscuridad se lo impedía. Gritó y el viento se llevó su voz. Pensó que había llegado el final, pero justo antes de tocar fondo cayó sobre el anillo.
—¿Qué pasó? —preguntó el anillo.
—Cerré los ojos y caí al abismo —respondió Eli.
—Nunca descuides tu felicidad, es pasajera y en cualquier momento puede acabar. —concluyó el anillo.
Esa mañana Eli despertó de una manera muy especial y sentía que alguien acariciaba su rostro: Juli había vuelto.
AUTOR
Fernando Ríos Mazo
Escritor. Guionista. Lector juicioso. Fan de Borges. Librero. Ninguno de esos títulos describe quién soy, pero todos ellos juntos le dan cuerpo a mi sombra.
Callejero
Es realmente una gran espesura. No sé cuánto hace que vago por esta ruta y, aunque sé que no tengo conciencia, puedo afirmar que han sido innumerables las veces que el brillo reflejado en la tierra y el calor que golpea la piel se han vuelto una opacidad acuosa que hace cerrar los ojos, o que hace que el cuerpo se relaje y entre en una especie de estupor sensorial en el que no tengo control ni de él ni de mis sentidos.
A veces ese estupor me toma por sorpresa y, si no he comido -como pasa la mayoría de las veces desde que vago por esta ruta-, no logro encontrar un lugar seguro y quedo vencido en alguna orilla al lado de uno de esos huecos que se abren para que las dos patas entren a sus guaridas. He perdido la cuenta de las veces en que, en medio del cansancio, caigo como muerto en uno de estos lugares y al segundo siento un sudor que me llena de frío y miedo. Salgo corriendo espantado y muerto de susto, hasta que las fuerzas me abandonan y, en medio de la opacidad, a veces un poco aclarada por esa bola blanquecina que me recuerda no sé qué y me obliga a saludarla alocado con un chillido que me calma momentáneamente y me tranquiliza, logro entender que no corro peligro, por el momento, y que puedo aflojarme.
No he conocido muchos Dos Patas desde que me acuerdo, pero aun así los evito. Sé que me temen, pues se espantan cuando me acerco y me golpean con una de sus patas o con una de las extremidades que a veces caen de los árboles y que ellos tienen como
pertrechos para maltratarnos a mí y a los que se me parecen. A veces algunos de esos Dos Patas me ofrecen algún bocado que tomo con desconfianza y, que luego de asir con mi boca, trago rápidamente mientras corro y huyo. Yo antes me arrimaba a ellos en busca de comida, pero como tantas otras veces me han golpeado o engañado para dármela ya no lo hago (aunque realmente lo que quieren es atraparme quién sabe para qué). De todos los Dos Patas solo aprecio a los cortos, los que, si me paro en mis patas traseras, tienen mí mismo tamaño o menos. Ellos no me temen, al contrario: se acercan y pasan sus manos sobre mi cabeza hasta que llega el Dos Patas alfa y se los lleva, haciendo un gesto de que me pegarán, o emitiendo un extraño runrún para que me vaya. Odio ese shus shus, no sé por qué, aunque me gusta cuando los Dos Patas emiten sus sonidos de grupo, a menos que griten.
Yo creo que los Dos Patas odian que mi pelaje sea sombrío, aunque también he notado que mi aroma los hace recelar. Pero yo estoy tranquilo, como decía, he decidido evitarlos al máximo. Me antoja, más bien, encontrar una guarida en la que pueda estar tranquilo y que quede cerca de la calle de agua que parte la espesura. Creo que sería muy tranquilo poder estar en esa guarida, cazar pequeños alimentos que abundan por los canales en la calle de agua y poder estar con una compañera, de las que son como yo, pero con ese olor tan diferente que me satisface -no sé por qué- y me trastorna; es más, cuando a veces lo detecto en algún rincón de la espesura me hace perder los estribos y el temor que he acumulado por los Dos Patas y me acerco a sus guaridas sin importarme qué pueda pasar.
Ahora ando en esta sombra buscando qué comer. Mi nariz sabe que hay algo por acá, cerca. Es carne ya muerta hace algún tiempo, pero deliciosa de todas maneras. Es aquí, cubierta por una envoltura negra, pero es aquí. Muerdo la envoltura y se abre. Un Dos Patas se desenvuelve del forro ese. Huele mucho, hace días está ahí, es seguro. Pero huele delicioso, además, está troceado y solo debo escoger la mejor parte y llevarla a un lugar tranquilo. Qué suerte. Puedo ser un perro callejero, pero me encanta escoger las mejores presas. Me llevaré el interior de la barriga: son partes suaves y que ahítan enseguida. Luego dormiré al lado de la calle de agua, en una guarida de dos patas en la que no he olido a nadie en varios días que llevo yendo. Fue un buen día.
AUTOR
Omar Toro
Pinto y escribo por una jodida manía. No hallo otra herramienta que me sosiegue y que me permita acceder, “a otras realidades”.
El costurón del combate
“Para cualquier cosa somos los amigos”. Lukas Vásquez
“Cuando la muerte a de ser dada o recibida, no hay crimen en ello, sino gloria”.
San Bernardo de Claraval
Lukas
Llevaste a España en tus nervios, en tus vainas sinoviales.
A Colombia en el costurón del combate,
A Prado en tus laberintos bizarros,
A Santa Elena en otro de tantos cuadrantes de campo,
A Ozzi en el ojo amoroso de un mar de minas.
Nunca estuvo ausente el ajenjo en el ojete de una whiskera dorada,
Ese caprichoso designio de morirnos viejo Lucas,
Siempre será la gloria Que viajará con nosotros.
Alguna vez en casa
Después de rendir culto a un frasco de ron, Frente a una de mis pinturas, no olvidaré el fugaz veredicto de tu mirada, dijiste:
algo no cuadra en la imagen, si te sentaste en ella y la pintaste con el culo.
Nos faltó tiempo para desempolvar palabras.
Como críos, te gustaba decir,
Nos bebimos una ciudad, que nos cubrió
De asombros, de calle, de esquina, de polvo, de cicatrices.
No te faltó el embrujo de un talismán oculto, en cualquier rincón de tus geofísicas cartucheras. La obstinación se hizo principio.
Nos dejaste ver, muchas veces, ese niño camuflado, sentado en tu sombrero de buscador de guacas, una brújula para perdernos, una pipa para nuevas señales de humo, un latín para despejar la maraña, un bastón de mando, y esa manera de datar fragmentos.
A veces parecemos llevar puesto un corazón de piedra, pero, aun así, Él también se queda quieto
Cuando lo que sigue es el misterio, lo que no sabemos.
Ese caprichoso designio de morirnos viejo Lucas, Siempre será la gloria que viajará con nosotros.
MANDAMIENTO
¡Juega!
AUTORA
Nuris Guerra
Soy un árbol silencioso. Me visto de estaciones para florecer, dar frutos, y brindar sombra. En otoño mi ropaje se nutre de colores, y con la ayuda del viento se desnuda mi cuerpo, hojas secas colorean el prado, nutren las raíces y preparan de nuevo mi primavera. Sobrio árbol, un holograma suspendido en el cosmos. Mis raíces son fuertes, son familia, son amigos, son amor, bondad, sinceridad, trabajo, sueños, respeto, todos estos el sostén de mi vida.
Último suspiro de la mujer de garabato
Soy la mujer del enojoso garabato. En mi venganza ni el viento, ni el sol, ni el trueno ha podido enderezar mi dedo que le insulta cuando me maltrata.
Soy la diosa y la malvada que surge del fondo del río. Soy la culebra que se desliza y deja en la arena la piel seca. Soy la guerrera que vuelve al campo de batalla.
Soy tu sombra helada, opuesta al sol. Emergí de las profundidades del río, en sus torrentes me reafirmé.
De la profundidad del agua mi dedo torcido asoma, a veces no respiro, pero cuando te recuerdo me reafirmo.
Soy la misma loca que brota de las cenizas, la misma loca que se tira del copo del árbol. Esa misma loca que en la esquina de tu casa ríe.
Soy la que soy, sin nombre ni apellido, soy la mujer de…
Mientras tú sufres con tu malvado apodo, yo le hago venia.
Soy la mujer sumergida en el fondo del acantilado, de donde saco la mano y mi dedo encorvado.
Miras mi meñique, y a través de éste te nombro.
En un instante me odias, y al otro me amas.
En una partida nupcial dice que soy la mujer de…
El otro pedazo lo he rasgado.
Y de nuevo repiten:
Soy la copia de la mujer de…
De garabato.
Soy la que quiero ser.
En el último suspiro de mi otra mano el dedo medio asoma, mientras tú pávido en un orgasmo te enredas.
¡Revivo! ¡Soy tu ángel y tu demonio!
AUTOR
Juan José Díez Gómez
De manera que ha llegado la hora de confesarlo, de decir que soy un bibliotecario escolar que confía en lo que escribe y en lo que dibuja, pues eso haré, aunque, bueno, ya lo hice.
Un abrigo con piel de gurre
A veces quisiera tener otro animal familiar.
Quisiera que mi animal familiar no fuera un gurre. Quisiera que fuera un animal familiar más interesante, como el del primo Quique, que tiene un venado muy veloz que se lo lleva a galopar por los bosques grises, donde duermen los ejércitos.
En cambio, mi gurre se la pasa hecho una bolita casi todo el tiempo, aunque es algo que agradezco, porque así tengo tiempo de estar solo con mis pensamientos sin que me interrumpa con sus opiniones.
Nanda tiene un garrapatero que busca piedras preciosas para regalárselas. Ella teme, empero, que sean robadas. Si lo pienso bien, no me gustaría ni un poquito ser como las personas que no tienen animales familiares, yendo por la vida sin esa magia tan especial.
Tampoco quisiera un animal familiar como el que tiene Chavela: un oso de anteojos muy grande, pesado y dormilón, que a ella le toca cargar de arriba para abajo sobre su espalda como si fuera un problema muy difícil con el que nadie la puede ayudar. Mi gurre rueda a mi lado y a veces se me atraviesa entre los pies haciéndome tropezar; y otras veces, cuando los demás
me molestan, lo aviento como si fuera una pelota de beisbol para defenderme.
Chepe tiene un caimán muy largo que se adelanta a sus pasos, él casi nunca responde cuando los otros lo molestan, en aquellos casos el caimán se les lanza y se termina comiendo con sus grandes fauces los animales familiares de sus agresores. Y no es justo, porque después ellos se quedan vacíos, sin ninguna magia especial que los acompañe. Quedan... normales.
Nacho también tiene un animal familiar poco conveniente, es una boa gigante de la que tiene que estar pendiente porque no lo diferencia a él de los demás, y en más de una ocasión ha intentado asfixiarlo.
Mi gurre tiene días en los que se desenrolla y me habla para ilustrarme en la técnica del enroscamiento. No me hace falta escucharlo y procuro no hacerle caso, aunque a veces sí lo escucho y me vuelvo una bolita tal como él me muestra que lo haga, entonces las voces de los otros se apagan por completo y ruedo sin preocuparme de nada, incluso los otros juegan fútbol con mi cuerpo hecho bolita. Cuando me desenrosco, veo mi cuerpo todo lleno de moretones y raspaduras.
Pasa que el gurre solo me enseña a meter mi cabeza adentro del pecho sin recordarme que para uno enrollarse y luego desenrollarse ileso, es necesario tener la piel de un gurre.
Mari tiene una lechuza que le cuenta los secretos de la gente que sale de noche. Tanto le cuenta que la está enloqueciendo.
Y parece bueno tener un gurre, solo debo tener en cuenta, cuando quiera intentar enroscarme, contarle lo que hacen los animales familiares de los otros para que se asuste y se vuelva a hacer bolita, así me deja en paz con mi magia especial.
AUTORA
Elizabeth Amariz Pérez
Cuando escribo mi mundo es tan sensorial como mi alma lo percibe, tan intuitivo como mi corazón lo presiente, tan espiritual como mi mente lo supone, tan iluminado como eternamente me atrapa, tan sereno como es su estímulo, tan callado como un detonador grito, tan vivaz como un beso apasionado, tan inspirador que merece un poema. Por eso la poeta que vive en mí, experimenta con los sentidos, habla del amor o del dolor, la alegría o la pasión, el perdón, el desdén o la opresión, plasmando en el papel el arte de sentir.
Sin rumbo
Caminando sin rumbo deambulando sobre sábanas ajenas, buscando la fijación mínima de sentimientos derivados de un inexistente.
¿Cómo saber si la lumbrera de hoy, podría encender la mecha húmeda de mi existencia?
Acaso la vida misma me puede responder, ella, con sus altos y bajos es la que me ha traído a mirar tras la neblina de los pensamientos mi debilidad.
Debilidad que me traspasa.
Sonidos insonoros que me estremecen, frío que corroe, tiempo que pasa como suave brisa y nada más.
¿Qué esperar de lo inexistente sino un quizás?
¿Cómo salir del sofocante vicio de tu aliento
si no respirando aire nuevo?
Para dejar de ir sin rumbo. Deambulando en las líneas fronterizas que llevan a ningún lugar, con la mirada en un ayer en el que mañana no recordaré.
Sensaciones que vienen y van, un sabor de boca tan dulce que empalaga.
AUTORA
Matilde Adela Gallego Buitrago
Hola, mi nombre es Matilde Adela. El arte y la inspiración corren por el ADN de mi herencia familiar. Me gradué en la academia del Lienzo de mi vida, como madre y ama de casa. Mi alma de niña nunca deja de soñar, entre, costumbrismo, colores, paisajes, flores, cuentos y literatura, expresó y comparto mi trabajo con amor, como alimento para el alma, para quien lo ha de valorar. Hago parte del club de literatura Hojas de hierba de la biblioteca Santa Elena y del Salón de artes de La Casa de la Cultura.
Viaje astral
Laura llegó muy cansada del trabajo a su casa. Esta vez no cenó; subió las escaleras y se fue directo para su habitación; sus padres y hermanos la estaban esperando en el comedor, pero Laura estaba exhausta. El trabajo en el restaurante la dejó agotada, se puso el pijama y se metió en su cama a divagar, no estaba conforme con su vida. Desde muy pequeña su hobby siempre fue pintar, tenía grandes aptitudes para ello-
—¿Qué voy a hacer? —se preguntó—. Si el sueldo que tengo en este momento, solo me da para comprar materiales, colaborar con los gastos de la casa y mis gastos personales. Quisiera tener la oportunidad de estudiar en una academia de artes.
Mientras su mente divagaba, sus ojos estaban concentrados en uno de sus cuadros surrealistas que colgaba en la pared. De repente, sus ojos se cerraron y su mente se sumió en el más profundo sueño; su alma de niña despertó en otra realidad, se vio en una habitación muy diferente a la suya: la cama, la mesita, un mueble, el espejo, el closet, los objetos, todo era antiguo. Sobresaltada, se levantó de la cama y observó que su pijama era una bata blanca con encajes y un ridículo calzón. En esas entró una criada morena con su desayuno en una bandeja; le dijo que ella le ayudaría a bañar y a vestir, a lo cual respondió que no nece-
sitaba ayuda. Abrió el closet y estaban colgados unos vestidos largos de encajes.
—Bueno, no hay más remedio —pensó Laura, al verse encartada con aquel aparatoso vestido, solicitando ayuda a la criada para que le ajustara el corsé.
Más tarde, Laura se hallaba sentada en un lujoso comedor acompañada de una familia desconocida, que en el sueño era su familia. Mientras desayunaban, su padre y su hermano entablaron un diálogo, mediante el cual el hijo comentaba acerca de su trabajo con el Rey de España, Felipe II, el cual estaba solicitando artistas para decorar el castillo y para que pintaran a la familia real. También le contaba que ya se habían presentado varios, pero que no fueron del gusto del rey. Laura, al escuchar esto, exclamó:
—¡Yo puedo hacer ese trabajo! —inmediatamente su padre y su hermano soltaron una carcajada, argumentando que las mujeres no trabajaban y mucho menos sabían pintar. Laura, ofendida, tomó una pluma y un papel, empezó a dibujar el rostro de su hermano. Él se quedó con la boca cerrada, corrió a la biblioteca, le trajo unas pinturas y un bastidor a Laura y la puso a pintar. Se quedó admirado.
Es así como a su hermano, Leandro, se le ocurrió la idea de disfrazar a Laura como hombre. Le prestó su ropa, para que se presentara delante del rey, pues una oportunidad así no se podía dejar pasar.
Leandro y Laura partieron en un carruaje para el castillo; acordaron que ella se presentaría como Donatello, mientras su hermano Leandro alucinaba y hacía planes con la cantidad de bolsas de monedas de oro que ganarían si su hermana salía elegida y si su trabajo fuese del gusto del rey.
Al llegar al castillo, Laura fingió su voz y su caminar, como Leandro le enseñó; estaba muy emocionada, pero a la vez nerviosa, al verse involucrada en tamaña situación.
En la entrada se encontraron con varios artistas distinguidos de la época, entre ellos, Miguel Ángel, Leonardo da Vinci , Rafael y Tiziano. Laura casi se desmaya al darse cuenta de que estaba en frente de semejantes personajes del Renacimiento; era todo un privilegio, tanto que se le olvidó que estaba vestida de hombre y se presentó con voz femenina, por lo cual la miraron despectivamente; de inmediato, corrigió su error y puso un tono grave a su voz, pues no faltaba más, ella tenía que hacer bien su papel.
Tragó saliva, recobró su postura varonil mientras escuchaba hablar con atención a los artistas del Rey Felipe II y de los trabajos que habían realizado. Deleitada, observaba y escuchaba a Miguel Ángel hablar acerca de la Capilla Sixtina , de lo que simbolizaba aquel maravilloso trabajo; Laura estaba deslumbrada, no se lo podía creer, deseaba preguntarle tantas cosas, pero se contuvo. No quería levantar sospechas y a la vez estaba preocupada por la fuerte competencia.
Se llegó la hora de presentarse ante el rey. Laura se presentó como Donatello y empezó a realizar el retrato de rey Felipe II al lado de su esposa y su familia. Mientras realizaba su trabajo, se sentía observada con curiosidad por el grupo familiar que posaba para ella. El rey, maravillado con el talento de Donatello, con suspicacia, lo observó y se le hizo muy extraño su hablar y el acento de su voz, sus formas algo afeminadas y sus manos pequeñas.
Laura ya estaba muy nerviosa y empezó a sudar la gota amarga; en un descuido, se le cayeron algunas pinturas y unos pinceles y al intentar recogerlos, se le cayó también el sombrero junto con la barba postiza. Los que estaban allí presentes quedaron sorprendidos; fue en ese momento cuando Leandro cogió de la mano a Laura y salieron corriendo del castillo internándose en el bosque sin saber qué camino tomar y a oscuras, abatidos por una fuerte tormenta y con el riesgo de ser decapitados, mientras sentían el ladrar de los perros y los guardias en busca de ellos.
Laura estaba muy asustada, pues, de repente, se vio sola; su corazón quería salirse del pecho, sabía que estaban en gran riesgo en medio de la desesperación y ya no estaba con Leandro. Empezó a orar el salmo noventa y uno.
Laura despertó, agitada, sudando a chorros en su cama y, exclamó:
—¡Qué alivio, solo era una pesadilla!
Al amanecer, Laura salió como siempre para su trabajo llevando uno de sus cuadros debajo del brazo, con el propósito de venderlo; al cruzar el parque, un turista extranjero le llamó la atención y le dijo que le mostrara la pintura. Él estaba encantado con la obra; para sorpresa de Laura, el hombre se presentó como Leandro. Le ofreció unos dólares y, además, le propuso una oferta de trabajo maravillosa, la cual Laura no podía rechazar, era la oportunidad de su vida. Es así como la vida de Laura y su familia dio un giro inesperado y feliz.
No se es escritor solo cuando se escribe
AUTORA
Luz Omaira Echeverri Jaramillo
Soy Luz Omaira, me identifico con la experiencia de mi propia vida, al vivir cada momento, cada instante, proyectándome hacia la imaginación que plasmo en todos mis escritos. En cada uno de ellos trato de dejar mi magia, trayendo al mundo visible ese misterio de lo desconocido.
Mi penúltima muerte
Anoche tuve una muerte extraña, lúcida, mágica. Soñé que iba caminando, serena, sin prisa, en medio de la lluvia; y de pronto me daba por saltar entre los charcos, como una loca enamorada, bailando al ritmo divertido de la melodía de aquel jazz: Cantando bajo la lluvia.
Llevaba una gabardina larga que acariciaba el piso en cada gota, en cada pálpito, en cada paso enamorado. Lentamente me iba desapareciendo y me volvía invisible por partes: Primero los pies. Entonces me veía como una maga levitando para el asombro de los incrédulos espectadores. Luego desapareció el cuerpo y entonces era un simple fantasma con cabeza. Por último, cuando perdí la cabeza, solo me quedaron las manos asomando sus dedos nerviosos por las mangas, como un par de alas, resistiendo a morir.
Ese abrigo con manos, la esencia más pura de mi ser seguía caminando (flotando) entre la gente apresurada; y en esas manos mágicas y sensibles radicaba todo mi poder, mi capacidad para acariciar, para pintar, para escribir. La gente me miraba extrañada y asustada, y los marginados del sistema solo atinaban a preguntarme si tenía los brazos completos, para intentar un buen abrazo fraternal que lo dijera todo, que les sirviera para abrigar sus esperanzas rotas.
Con el tiempo aprendí a ver con las manos, como lo hacen los ciegos, fabricando imágenes mentales y aceptando mi condición de fantasma, mi extraña condición de abrigo con manos que deambula por el mundo zombi de quienes se creen muy vivos, y ni siquiera saben que están muertos.
Mi muerte definitiva sobrevino de repente, cuando me vi colgando de un gancho dentro de una pequeña celda con barrotes que servía de ataúd.
No sentí miedo y me dediqué a observar. Pude ver muchos ganchos, algunos superpuestos sin ninguna estética, otros en cambio ordenados, colgados de menor a mayor, como los poetas y los escritores que se ponen de acuerdo con la forma de comunicarse con sus manos.
«Así, de pie para siempre, colgada y bien planchada, ocuparé menos espacio en los terrenos del inframundo de mi amigo Hades», pensé antes de exhalar mi último y agónico suspiro.
Sublime
Tan cercana al cielo vuela el águila solitaria como el poeta esperando paciente
la llegada de una palabra… palabra que realce su sentido de vuelo la fortaleza del verbo con que viven sus plumas de las que ya se hicieron tantas otras
Por eso los poetas pulimos tanto un poema por eso…
AUTOR
Miguel Ángel Tabares Hincapié
Paramédico de mundos olvidados, habitado por pesadillas en espera de ser rescatadas, para entretejerlas en laberintos de imaginación.
Cautiva la selva
En el corazón de la selva de Sireli, se encontraba Varendel, una joven soldado atrapada en un opresivo campamento rebelde donde la obligaban a enfrentar atrocidades por una causa ajena.
Una noche decide buscar su libertad y escapar de la violencia, huyendo de aquella tortura. Antes de partir, uno de los prisioneros más antiguos, conocido por sus supersticiones, le advierte sobre los peligros de la selva, mencionando espíritus oscuros y ofreciéndole consejos para cruzar el bosque. La noche siguiente de escucharlo, Varendel se adentra en la arboleda, y al cabo de un par de horas encuentra a un joven campesino aparentemente perdido.
Sin sospechar nada, comparte su historia con él. El joven, en realidad un brujo, se muestra interesado y propone ayudarla a cambio de su arma y su uniforme, un símbolo de su pasado y un regalo de su padre. Desesperada por escapar, Varendel acepta la oferta sin saber las verdaderas intenciones del brujo, quien al recibir la última prenda, lanza un hechizo que la hace caer por un acantilado, se aprovecha de ella, y la dejar perdida en el corazón de la selva.
En su desesperación, Varendel recuerda las palabras del prisionero sobre una mejor vida lejos de ese lugar infernal. Decidida
a liberarse, continúa con determinación en su búsqueda de la libertad. Durante su caminata encuentra un río cristalino, un guía en su odisea hacia la independencia. Cruza el río en una piragua que encuentra escondida entre la maleza, evitando ser vista del otro lado por sus antiguos compañeros. Finalmente, llega a un pequeño pueblo donde se hace pasar por una joven secuestrada, encontrando refugio entre los aldeanos.
Admirada por su valentía y conmovidos por su historia, la reciben como a un verdadero milagro viviente. Al amanecer, Varendel deja el pueblo con tenacidad, montando un caballo cargado con dos grandes canastas cubiertas por una manta, y dirigiéndose al campamento.
Al llegar, sus compañeros la reciben con asombro, pues creían que se había ido para siempre. Destapando las canastas, le ofrece a cada uno un par de cervezas que “adquirió” en el pueblo y relata la increíble historia del brujo.
Sus compañeros, aliviados y fascinados, brindan con ella en celebración. Mientras se relajan, Varendel mira hacia la selva con una mezcla de nostalgia y determinación. Uno de los ancianos la mira con ojos penetrantes y le recuerda que, a veces, la supervivencia implica mantener secretos.
Su sonrisa oculta más que alegría; revelando el peso de una verdad más profunda, sonriendo porque quizás su historia no fuera más que una ilusión habilidosamente tejida. Sus compañeros continúan brindando y celebrando, sin darse cuenta de que, en esa selva misteriosa, los acechaban sombras cautelosas esperando el momento oportuno.
Y sí, bajo la luz tenue del alba, Varendel, con su sonrisa enigmática y su botella en alto, quedará en la historia como un enigma, un susurro nocturno que deja más preguntas que respuestas. Convertida en un relato más.
Un eco de una experiencia vivida que tal vez solo ella entiende completamente.
AUTORA
María Cecilia Meza
Me considero una persona muy creativa, extrovertida, que desborda alegría, mi forma de expresarme es mediante del arte y la escritura, soy muy sensible con todas las cosas a mí alrededor de emociones fuertes y una personalidad muy agradable.
No soy de aquí
Mi alma ya no habita aquí, más mi cuerpo sigue inmóvil ante mis ojos.
No pertenezco en los lugares que frecuento
ni en el lugar que intento construir para buscar las ganas de vivir.
En otro plano sin sentir y solo existiendo, así quiero permanecer
Pero es inútil.
Quiero irme, más mi cuerpo no puede moverse o quizás ya ha muerto hasta el cansancio
y mi alma no puede tocarlo.
Aunque olvides lo que un día fuiste,
en lo profundo de tu ser habita un pedacito de aquel tiempo donde sonreíste y fuiste tú.
Divagas en aquel espacio blanco que quedó de ti.
Sin embargo, aún eres energía y hay aún luz en ti
Y aunque te pierdas espero que un día puedas encontrar lo que enciende tu ser
Contra el tiempo y con pocas esperanzas, volverás a sentir.
MANDAMIENTO
Escribir es leer
AUTOR
Sergio Andrés Sánchez Pérez
Estudiante de periodismo interesado en el estudio de la literatura y poesía como formas de la inmortalidad.
Cadena
Tengo el pulso detenido ante la constante espera de la caída del muro y el llamado que no llega.
El tiempo anda y se derrama proclamando nuevas eras y tu sentir permanece tras una adarga de piedra.
Aunque me asome al polvo no cruzaré la ribera donde me bañe de olvido, donde me limpie las penas.
Porque incluso en la memoria llena de brumas espesas, tu faz, tu tacto, tu beso como lembranzas regresan.
Porque yo habré de ser la ola y tú habrás de ser la piedra donde vuelva cual si atado estuviese a una cadena.
Aprieta más los grilletes y la cadena más tensa, yo con versos haré frente al amor que me condena.
El antes y el ahora
“Se precisaron todas esas cosas para que nuestras manos se encontraran”. Las causas, Borges.
Antes del alba sobre un ojo erguido, del primer muro alzado entre-los-ríos, de Tiro domando las vastas aguas, de vicisitudes del Pentateuco, del maniqueísmo en la vieja Persia, de la muerte olvidada por Siddharta, del sabio que nació dentro de un árbol, de Platón soñando sombras de Sócrates, de que Octavio ignorara a Cleopatra, del haz que enloqueció a Saulo de Tarso,
antes del maíz, la papa y la yuca, del hafiz eternizando palabras, de Barbarroja vadeando el Lete, del centauro que amansó las estepas, de Mehmet II, el turbante y la tiara, de los orishás cruzando el océano, de las estrellas frenando su giro, del jacobino y su afilada maza, de Napoleón hallando a Ramsés, del treintaitrés flexionando su dedo, del régimen de la bota y la espada… Antes de que el tiempo tuviera forma de arena, sol, metal y de clepsidra, ya un polvillo pulsaba en el espacio adivinando un choque de pupilas.
AUTOR
David Mira
Me gusta leer y escribir. También me pregunto por la identidad de la ciudad de Medellín, a la cual pertenezco, habito y quiero. Está permeada por ciertas condiciones sociales: no tenemos muchos años, pero nuestra historia existe, no tenemos idioma propio, pero sí palabras. La literatura y el arte de la ciudad ya han emprendido la tarea ardua de reconocer lo poco o mucho que nos caracteriza, y esto nos ha permitido pensar nuestro acontecer.
La celebración de la muerte
—Eso allá estuvo mero fogón: “ya se ve venir otra guerra como la de los viejos tiempos…” le decía el Larga Vida a Jairo la Vaca, dopado y ebrio, mientras subían hasta la Colinita, por la iglesia San Camilo, donde se mantiene el combo de El Parranda, entre los árboles de la quebrada La Quintana.
— ¿Cómo así, mijo? Contame.
Mientras subían las escalas, a lo lejos, entre las casitas apeñuscadas de forma ascendente, escuchaban las canciones como Amigo de Rakim y Ken-Y, y todas esas canciones que ponen en un barrio popular cuando matan a un pelao. La Gua Gua, Care Palo, Jimy el Mecánico, las Georginas; Yamile y Nicole ayudándole a subir a doña Aracely con Buty Farra; Colacho con el Pato y Gualo Toro…, todos los del barrio del Diamantico se veían a lo largo de esas escalas, ataviados y tristes.
—Lo velaron toda la noche en Villanueva, por la Oriental; allá estaban todas las neas periqueras de la Colinita. Yo les quería explicar que yo no lo maté por gusto sino por orden de don Jorge. El patrón me llamó y me dijo: “Ey, vea hermano acá estoy con una pelada del centro, con Salomé, y me dice que vos le estás extorsionando, porque ella debía una plata que ya la pagó y le siguieron cobrando. Me preguntó si ella todavía debía eso y yo le dije la verdad, le dije que no, que hace rato habíamos dejado así. Y ella fue la que dijo que el que le estaba cobrando era el Coquito…, ella fue la que lo delató. Y ya luego recibí ordenes de don Jorge, ¿sí sabe…? Pero no…, pa ellos yo lo maté; y el Parranda empezó a decir dizque: “¡La mala pa los Rancheros de Sigimbal!”, “¡Larga Vida, nos mataste al Coquito, pirobo!”, me tocó salir volado de allá.
“¿Cómo así…?”, pensó Jairo la Vaca, “¿entonces este man qué hace por acá?, ¡y yo acá con él!”
Henry, el bobo de la cuadra, entre el gentío, pedía la foto del Coquito para guardarla en su billetera como era su costumbre, como lo hacía con todos los muertos de la cuadra. Con memoria prodigiosa los recordaba a todos y contaba las historias de los muertos a todo el que podía. Varios mientras subían las escalas, contaban y cuchicheaban entre ellos historias del Coquito de
cuando era niño: que cómo era de mico, cómo era de cansón, yo le di tal consejo, pero ese pelao no escuchaba…, otros decían que desde pelaíto se vio que no tenía futuro…
Todos los del barrio del Diamantico llegaron al plan y caminaron hasta la iglesia de San Camilo a velar al pelao. De allá arriba lo último que se ve de las montañas del noroccidente es El Picacho y la montaña de la carretera a San Félix, pero al otro lado sí se ve toda la nororiental. El sol de mediodía caía abrazador, pero la quebrada se oía fuerte entre los árboles. La misa duró como una hora. Bandidos y muchachitas enamoradas —uno que otra preñada— rezaron y lloraron sin parar. Los muchachos de la Colinita estaban ahí entre el gentío, y el Parranda junto con otros seguían diciendo “La mala pa los Rancheros”, pero estaban tan drogados y borrachos que no reconocieron al Larga Vida ahí con ellos, triste también. Quien cree en ti, Señor, no morirá para siempre…, cantaban, y se aferraban al ataúd. Algunas señoras de la cuadra lloraban junto a la inconsolable mamá del Coquito, doña Elvira; luego se volteaban y seguían cuchicheando cosas como: “¡Qué pesar del pelao ome!, lo mataron como al Coco, como el papá…”
Cuando la misa terminó, los cánticos católicos fueron reemplazados por el sonido de las trompetas de “Baila conmigo”, la
versión de guaracha. Todos esos bandidos que estaban llorando, con sus gafas oscuras, en plena iglesia, empezaron a saltar y a tararear “baila conmigo, y perdernos esta noche, baila conmigo sin que importe nadie más”. Muchos estaban grabando e incluso subieron un video a YouTube: se ven los de la Colinita con los del Diamantico y Larga Vida, junto con Yamile, Ángela, Nicole, y las otras muchachas y pelaos de la cuadra como el Buty o Colachito, que se olvidaron de doña Aracely y las otras señoras mayores que estaban tristes y había que ayudarles a caminar y bajar las escalas. Sostenían el ataúd y lo sacaban de la iglesia, con un trote lento, irregular, bailando; sacudiéndolo en el aire, animados, saltando al ritmo de la música, con botellas de cerveza en las manos. El cura se movió a apagar todo y a cerrar la iglesia, no veía la hora de que salieran todos de ahí, “vayan, vayan en paz” decía. Se adueñaron del ataúd. Hasta la mamá del Coquito, mejor se fue; “hay que estar pisteando cuando lo dejen para llevarlo al cementerio y enterrarlo”, decían. El video continúa con ellos afuera, entre los árboles de la quebrada La Quintana, todavía con él, con la música a todo taco, sacudiendo las manos, gritando y diciendo “la última farra con el Coquito”. Se ve que Larga Vida llamó más gente de Sigimbal y Miramar; parcharon ahí y todo parecía en paz. Hasta Henry se veía por ahí borracho, bailando y mostrándoles la foto del Coquito a algunos.
—Lo lo l…, lo mataron por robarle una plata al patrón en el centro. A a…, así, ¿cierto que así mataron al papá? Vea la foto del papá vea cómo era de parecido… —decía.
Al final se oyen unos tiros y mucha gente salió corriendo de allá. Se escucha que algunos gritan: “¡Se nos metieron los Rancheros!, ¡se nos metieron!”; pero eran mentiras, eran ellos mismos, y se reían.
AUTOR
Carlos Sánchez Yepes
Hace 16 años vine a visitar a mi primera nieta a Medellín y olvidé de fijar fecha de regreso. Para paliar la nostalgia de mi ciudad, visité el sistema de Bibliotecas Públicas de Medellín, y encontré la compañía de otras personas que, como yo, llenaban el vació de la existencia con la lectura. Nos encontramos en el espacio reservado a la discusión que producen los autores con sus obras. A partir de ahí participe activamente en grupos de lectura y escritura. Hoy quiero mostrar un modesto relato que, sin ínfulas, espero ver publicado.
Jesús, una historia por contar
Jesús cumplió treinta años y aún se conservaba soltero, es un decir, conocía a Salomé solo que no podía aún unirse a ella. El cuidar de su madre viuda y sus cuatro hermanos era una promesa que le cumplía al pie de la letra a su padre adoptivo antes de que éste muriera a balazos en una refriega con la fuerza pública, en la cual no tenía nada que ver. Estuvo en el lugar equivocado en el momento equivocado, esa fue la conclusión de un tabloide de amplia circulación. Un número más en las estadísticas de la guerra.
Cada día el pesimismo lo ataba a una existencia vacía, el círculo de amigos que se frecuentaban en común: la esperanza perdida. Hacían trabajos disímiles, no siempre legales, ante el hambre no había conciencia que valga, sentenciaba Jesús. No era filosofía de santos, tampoco de delincuentes.
Aprender a vivir desde la pobreza, implicaba reglas propias. Todos en el barrio le “copiaban”. Pensaban en la familia, muchos desplazados por la violencia y, sin lugar a duda, por la pobreza. Habitantes de barriada marginal se proponían en la cima de la borrachera, pergeñar su entorno, acercándolo al paraíso. Nunca supieron de dónde vino, igual lo acogieron con sincera amistad, les llamó la atención el nombre: Adam.
Conversador incansable, parecía dominar todos los temas. Contaba chistes sin inmutarse, los demás reían, permanecía impasible. Los miraba como si tuviese pedestal, las mujeres del barrio lo observaban con mal disimulada curiosidad. Tal vez alguna soñaba con él. Pero al igual que con los chistes, Adam no se inmutaba.
Desde el principio, mostró simpatía por Jesús. Había correspondencia, pues este admiraba el dominio de las emociones que mostraba Adam.
Sin entender en qué momento, las conversaciones se convirtieron en privadas. Las mismas eran trascendentes, tomaron un matiz filosófico. Analizaban la cotidianeidad con altura, el léxico cambió y el uso de palabras nuevas hacía que Jesús profundizara en la lectura.
La chacota, propia de las reuniones con cerveza, casi desapareció. Se analizaba la situación que se vivía y las propuestas no eran ambiguas, se convirtieron en propósitos, los cuales eran aceptados sin ambages por los amigos del círculo.
Antes de desaparecer, Adam tuvo una charla a solas con Jesús, le habló del caos que venía, de las movilizaciones sociales que se gestaban en todas las ciudades y, como para defender su pequeña comunidad, no era únicamente el liderazgo lo necesario, sino que había que seguir instruyendo a los vecinos.
Le habló de la clandestinidad, si se hacía muy notorio corría el riesgo de perder la vida, le comentó que estaba siendo buscado y todo indicaba que lo habían localizado, por eso debía irse y Jesús seguir con el legado, era el escogido para salvar su comunidad.
Las palabras no le sonaron huecas, por el contrario, en un resquicio del cerebro Jesús sintió la iluminación y desde el fondo de su alma se comprometió con el nuevo legado. Investigó incansablemente, les transmitió a sus colegas las ideas que surgían y explicaba con lenguaje que hasta ese momento no sabía que tenía. Se propusieron ayudar para conseguir respaldo, la comunidad los aceptó y colaboraban acatando las sugerencias. En el paro generalizado, como lo anunció Adam, tuvieron que luchar. La barricada fue su prueba de fuego. Se hicieron notorios, Jesús fue identificado. Su cabeza, ahora tiene precio.
AUTORA
Jem Marulanda
Vivo al frente de un billar en Medellín, no es de mala muerte. Su música desgasta los oídos de quienes no frecuentamos el lugar, por eso, me refugio en la escritura escuchando solo el ritmo que las voces de mi cabeza dictan y, lápiz en mano escribir y danzar.
Conoce tu futuro hoy
Unos particulares ojos que más parecen los de un alma en pena, apenas se dejan ver por la rejilla de entrada donde dice: “Conoce tu futuro hoy”.
Luego de tres o cuatro golpes y con un sobre en la mano, dejó notar su presencia temblorosa. Yo, que desde adentro la observaba, no dudé en encender sándalo para sahumarla allí mismo antes de dejarla pasar. Sin embargo, antes de abrir la puerta, puse una pizca de canela en mi zapato y al interior de la sala encendí salvia blanca al lado izquierdo de mi asiento y una vela blanca para armonizar.
— Pasa. —con recelo le dije—, toma asiento.
Asintió con la cabeza y continuó acariciando con fuerza el sobre. Tomó un sorbo de agua de aquel vaso que dispongo para limpiar la energía durante la noche y que hoy no logré cambiar.
El ambiente se siente pesado. Ella llorando. Dispongo la baraja sobre la mesa.
— Mezcla bien —dije —, corta por la mitad y extiende tres cartas boca arriba. Boca abajo, una sobre otra fue su elección.
Volteo la primera carta, “dos de oros”.
— Muy claro dice que significa el crecimiento a través del movimiento, podrás encontrar obstáculos, pero busca tu equilibrio, diviértete, no te estanques ya que es cambio y el cambio siempre es bueno, advertí.
Tomé la segunda y la volteé, “la muerte”:
— No, no te asustes, no significa una muerte física, solo es el fin de un ciclo, cambios como dije, significa renacer.
No paraba de llorar.
La última carta nos reveló “el colgado”:
— Tranquilízate, de nuevo repetí, esta nos muestra que es una etapa de sacrificio, renuncia, tal vez dolor y pérdida, pero, nuevamente significa cambio y, aunque tu vida esté patas arriba hoy, todo saldrá bien.
Esa fue la gota que derramó el vaso. Ella temblando y entre sollozos, atina a gritar:
¡Es que no es deseado! —deja caer el vaso derramando el agua sobre el mantel, y un frío muy frío envuelve la habitación.
— ¿Es una prueba de embarazo? —pregunté.
— No será justa su vida —repetía una y otra vez sin parar de llorar.
Me pidió un poco más de agua, me dispuse a traerla junto con un té de manzanilla para calmar sus nervios, pero antes, froté en sus manos esencia de lavanda para alivianar su carga. De regreso a la habitación, dejo resbalar las bebidas de mis manos mojando la alfombra, ya que al reverso del sobre alcancé a leer en una letra maltrecha: “Bien decía en la entrada, conoce tu futuro hoy.
Caí sentada arrugando la prueba recientemente abierta, desdoblé la hoja llorando y temblando para conocer su resultado: “Positivo para VIH”.
Ella, cerca de la entrada ya se había colgado, justo al lado del letrero que decía: “Conoce tu futuro hoy”.