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Dios habla de nuevo (Spanish)

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Kenneth E. Bowers

Dios

habla de nuevo Una introducción a la Fe bahá’í

EVANSTON, ILLINOIS


Dios habla de nuevo Una introducción a la Fe bahá’í

Publicado por primera vez, en 2004, por Bahá’í Publishing Trust, Wilmette (Illinois) con el título: God Speaks Again An Introduction to the Bahá’í Faith Autor: Kenneth E. Bowers Traducción: Gilberto Grasselly Cubierta: Eva Celdrán

© De la presente edición: EDITORIAL BAHÁ’Í DE ESPAÑA, 2016 Marconi, 250 08224 Terrassa (Barcelona) editorialbahai@bahai.es www.bahai.es/editorial

Primera edición en español: 2016 ISBN: 978-1-61851-336-6 Reimpreso 2026 Impreso en Estados Unidos — Printed in United States of America

Reservados todos los derechos. Este libro no podrá ser reproducido, ni total ni parcialmente por medio alguno, sin la previa autorización del editor.


Índice

Índice

Reconocimientos......................................................................................15 Nota sobre las palabras transliteradas.................................................17 Introducción ........ ............................................................................19 PRIMERA PARTE: EL NACIMIENTO DE LA FE BAHÁ’Í Capítulo I: La alborada......................................................... 27 En busca del Prometido.................................................. 32 La Puerta de Dios............................................................. 35 Capítulo II: Aquel a Quien Dios hará manifiesto............ 37 Capítulo III: El ministerio del Báb....................................... 41 Capítulo IV: La nueva revelación....................................... 49 Capítulo V: El exilio............................................................... 59 La llegada de Bahá’u’lláh a Bagdad................................ 64 El renacer de la comunidad bábí.................................... 69 Capítulo VI: Dios y la historia............................................. 73 La humanidad siempre rechaza a la Manifestación de Dios................................................ 74 La gente sigue ciegamente al clero................................ 76 La verdadera norma de la justicia.................................. 79 Capítulo VII: Se reanuda la oposición............................... 81 — 9 —


Índice

Capítulo VIII: La declaración de Bahá’u’lláh ................. 87 El destierro continúa...................................................... 89 Las crisis internas............................................................ 90 Capítulo IX: Proclamación a los reyes y gobernantes... 95 Capítulo X: Un nuevo destierro........................................ 105 La llegada a ‘Akká........................................................... 107 El motivo del encarcelamiento de Bahá’u’lláh........... 110 Capítulo XI: Años de confinamiento................................ 113 El Libro Más Sagrado..................................................... 118 La salida de ‘Akká........................................................... 119 SEGUNDA PARTE: ALGUNAS ENSEÑANZAS BÁSICAS DE BAHÁ’U’LLÁH Capítulo XII: El Océano de Sus palabras......................... 127 Capítulo XIII: Verdades espirituales............................... 131 La revelación progresiva............................................... 135 Lo que distingue a los Profetas..................................... 139 La palabra de Dios.......................................................... 140 El significado de la Revelación de Bahá’u’lláh............ 144 El llamamiento de Dios a la humanidad...................... 146 Capítulo XIV: La realidad del alma.................................. 149 Cielo e infierno.............................................................. 152 Capítulo XV: El camino del progreso espiritual.......... 153 La verdadera libertad.................................................... 156 El conocimiento de uno mismo y el autodominio...... 157 El desprendimiento...................................................... 158 La pureza y la rectitud de conducta............................ 159 La justicia ................................................................... 160 Futuras Manifestaciones de Dios................................. 163

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Introducción

INTRODUCCIÓN

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os seres humanos siempre hemos añorado que nuestra vida tenga sentido, un rumbo claro. En todo momento tratamos de entender el porqué de la existencia. Siempre hemos deseado amar y ser amados. Siempre hemos soñado con la paz. Esto es tan cierto hoy día como lo fue en el pasado. El siglo xx nació en un momento en que las fuerzas de la era moderna cobraban rápidamente intensidad. Los avances científicos, políticos y culturales en ese momento contribuían a un sentimiento pronunciado y generalizado de que la humanidad iniciaba una nueva era. Estos descubrimientos conllevaban no sólo la esperanza de un progreso dramático e ininterrumpido, sino también nuevas filosofías en cuyo centro se hallaba el hombre mismo. Según el pensar emergente, la humanidad quedaba ahora libre de las trabas de tradiciones y en posición de descubrir la verdad y controlar firmemente su destino. Con la convicción de que por fin la felicidad y la prosperidad estaban al alcance de todos, los pioneros de esa época, especialmente en Europa y América, se aprestaron a difundir por toda la tierra los beneficios de una civilización más adelantada. La perspectiva actual, sin embargo, nos revela que las bendiciones de la Edad Moderna son ambiguas. A pesar de los muchos logros de la humanidad, el objetivo fundamental de una sociedad pacífica y justa todavía parece estar fuera de nuestro alcance. Aunque las condiciones de vida ciertamente han mejorado para muchos, la gran mayoría de los habitantes del mundo todavía languidece en una pobreza desesperante, mientras que unos pocos gozan de una opulencia que los Césares de antaño jamás podían haberse imaginado. Los mismos avances que han — 19 —


Introducción

transformado al planeta en una «aldea mundial» también han agravado las añejas tensiones entre las naciones, las religiones y los grupos étnicos, y han proporcionado los medios que les permiten a los rivales enfrentarse en una escala tan inmensa y de formas tan violentas que hubiera sido casi imposible imaginarse en una época anterior. A estas tensiones, puede agregarse la implacable destrucción del medio ambiente cuyas consecuencias son espantosas al vislumbrarlas, si es que esta tendencia no se corrige radicalmente. Las ironías de la vida moderna también se ven en las naciones que más han prosperado. En los Estados Unidos, por ejemplo, la clase social más alta goza de un nivel de vida y un grado de libertad personal sin paralelo en la historia. Sin embargo, parece que un gran segmento de los ciudadanos del país queda permanentemente excluido de esta prosperidad. Casi no existe un hogar que no haya sido afectado por los crímenes y abusos que abundan en dicha sociedad, y el número cada vez mayor de trastornos mentales y emocionales nos demuestra que el bienestar material, por sí solo, no sostiene la felicidad. Al entrar al nuevo milenio, un número cada vez mayor de personas responsables se dan cuenta de que la Edad Moderna también podría llamarse acertadamente la Edad de las Frustraciones. La historia nos ha demostrado que los aspectos morales de la civilización no avanzan automáticamente ni a la par con los aspectos materiales. Los pensadores, en número creciente, reconocen que la ciencia, después de todo, no se preocupa por las necesidades espirituales internas. Se ha comprendido incluso que los más avanzados sistemas políticos son incapaces de asegurar que reine la justicia, en otras palabras, la moralidad no puede legislarse. Y la educación, a pesar de su gran valor, no equivale a la sabiduría si no incorpora la dimensión moral. Además, se nos presenta un caos de opciones en la forma de innumerables religiones, credos, movimientos políticos y otras diversas creencias, cada uno afirmando poseer soluciones para el tema de la felicidad humana. En muchos sentidos, se tiene la impresión de que no hemos logrado acercarnos más

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Introducción

al ideal de la prosperidad humana universal de lo que en cualquier época del pasado. No obstante, es obvio que al mundo le hace falta un centro ético común. La humanidad debe tener parámetros que respondan a las necesidades prácticas y espirituales que equilibren la libertad individual con la responsabilidad social. Debe existir una fuerza moral unificadora capaz de expresar la voluntad colectiva necesaria para afrontar, de una vez por todas, los problemas que amenazan no sólo nuestro bienestar, sino nuestra existencia misma. No hace mucho, entre los pensadores de Occidente, por lo general, se presumía que inevitablemente la religión desaparecería en la medida que la sociedad avanzara. Para ellos, la religión era una reliquia de una edad ignorante y supersticiosa, antagónica a la realidad científica e incapaz de responder a las necesidades de la época. Además había, y todavía hay, abundantes ejemplos de la influencia destructiva de la religión exagerada. El concepto de la religión se está examinando de nuevo. Fanatismo religioso aparte, progresivamente se está reconociendo que la religión constituye una poderosa fuerza para el bien. Muchos han observado que la mayoría de las religiones comparten ciertos aspectos esenciales. Todas promueven una noción de lo trascendental, confieren sentido y exaltan la vida humana, y apoyan lo que puede calificarse como un conjunto de valores morales y éticos esencialmente universales. Sin embargo, ninguna creencia parece capaz, por sí sola, de reconciliar la enorme diversidad humana y establecer un sistema moral que tanta falta hace en un mundo desesperado. Al mundo le hace falta una visión espiritual universal, con efectos prácticos, que pueda proveer la continuidad y adaptabilidad necesarias para una edad en transición. La Fe bahá’í ofrece tal visión. Tiene las respuestas a las esperanzas y expectativas de incontables filósofos, maestros y dirigentes religiosos, tanto del pasado como del presente. Demuestra que las promesas contenidas en las escrituras sagradas de las grandes religiones (promesas de la llegada de un día en que la justicia y la rectitud serán firmemente establecidas)

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La alborada

CAPÍTULO I

LA ALBORADA

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a meseta iraní se yergue como un altar en el corazón del continente asiático, como si fuera predestinada para ser la escena inicial del mayor drama espiritual en la historia del mundo. Es una encrucijada de civilizaciones desde los albores de la historia escrita. Sus pueblos han hecho contribuciones vitales a la evolución espiritual y cultural de la humanidad. En esa tierra fue fundada la antigua religión de Zoroastro, con su representación de la lucha épica entre las fuerzas del bien y del mal, que tendría una gran influencia en los filósofos judíos y europeos de los siglos posteriores. Durante algún tiempo el profeta Daniel vivió allí y es donde experimentó sus misteriosas visiones de la futura liberación del pueblo de Dios. Después, el Señor le pidió que «sellara» esas visiones hasta «el tiempo del fin». Siglos más tarde, esa región llegó a ser uno de los campos más fértiles del la erudición islámica, contribuyendo con una impresionante cantidad de científicos, poetas, filósofos y teólogos, los frutos de cuyos esfuerzos llegarían finalmente a los países de Europa y ayudarían a crear el Renacimiento. La rama chiíta del islam se apoderó de esa tierra y fue allí donde ciertos dirigentes religiosos profetizaron el advenimiento del Reino de Dios en la tierra. En los años que precedieron a la época alejandrina (336-323 a. C.), la tierra que hoy día se conoce como Irán (entonces lla— 27 —


El nacimiento de la Fe bahá’í

mada Persia) fue la sede de una gran civilización. Luego siguieron épocas de notables surgimientos y caídas. Este patrón vino repitiéndose hasta la era de la Revolución Industrial, después de la cual las riquezas de la nación se vieron en prolongada y franca caída. A la llegada del siglo xix, la gloria de la Persia antigua no era más que una remembranza. Su territorio, antaño enorme, se había reducido a las dimensiones que ahora conocemos. Esta caída fue especialmente penosa para quienes conocían su antiguo esplendor. En un período en que los países europeos y norteamericanos emprendían adelantos tecnológicos, materiales y políticos sin precedentes, Persia, trágicamente, quedaba retrasada en sus actitudes, incapaz de librarse del cieno de la corrupción endémica, política y religiosa. Lord Curzon, un observador contemporáneo europeo, describió Persia como un «estado eclesiástico» en las garras de las autoridades civiles y religiosas cuyo dominio era tan tiránico como arbitrario. Lord Curzon describió un sistema de gobierno cuyo «lubricante» era el soborno a la vista de todos, el cual afectaba al pueblo más humilde hasta la corte real en toda transacción y mandato. La autoridad última estaba en manos del Sháh, quien ejercía el poder absoluto. Otro escritor describió la situación así: Aunque venal, cruel e inmoral, era formalmente religiosa. La ortodoxia musulmana constituía su base e impregnaba hasta la médula tanto la nación como la vida social de sus gentes. Pero, por otra parte, faltaban las leyes, normas y pautas que habrían de dirigir los asuntos públicos. No había Cámara de los Lores ni Consejo Privado ni Sínodo ni Parlamento. El Sháh era un déspota, y su gobierno arbitrario se hacía sentir recorriendo todo el escalafón oficial, desde los ministros o gobernadores hasta el más modesto funcionario o el más ignoto alcalde. No había tribunal civil que moderase o alterase el poder del Monarca o la autoridad con la que escogía a los subordinados en quienes delegar. Si había alguna ley, ésta era su palabra. Podía obrar como le viniera en gana. Cumplíale el nombrar o revocar a todos los ministros, oficiales, funcionarios y jue-

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La alborada

ces. Tenía poder de vida o muerte, sin apelación posible, sobre todos los miembros de su casa y corte, bien fueran civiles o militares. El derecho a cobrarse la vida de los demás tan sólo le correspondía a él; y otro tanto podría decirse de todas las funciones de Gobierno, fuesen legislativas, ejecutivas o judiciales. Su privilegio real no estaba limitado por ninguna clase de salvaguarda escrita. Los descendientes del Sháh eran dueños de los puestos más lucrativos de todo el país y, conforme las generaciones iban sucediéndose, ocupaban innumerables puestos menores por doquier, hasta que el país quedaba sobrecargado con una raza de zánganos reales que debían su puesto a nada mejor que a su sangre, hecho que da lugar al proverbio persa: «Camellos, moscas y príncipes los hay por todas partes».1

Este dominio despótico fue reforzado por un sistema penal brutal. Lord Curzon comentó: Antes de abandonar el tema de la ley persa y su administración, permítaseme añadir unas breves palabras a propósito de las penas y las cárceles. Nada aturde más al lector europeo, al recorrer las sangrientas páginas de la historia persa de los siglos pasados, y en menor medida del presente, que la constatación de los castigos salvajes y las torturas abominables administradas, las cuales dan testimonio de la insensibilidad del bruto y de la creatividad del desalmado. El carácter persa ha sido fértil de ingenio e indiferente al sufrimiento; así que, por lo que respecta a las ejecuciones judiciales, ha encontrado un ancho campo para el ejercicio de ambos méritos. Hasta fechas recientes, dentro de los límites del reinado presente, los criminales condenados solían ser crucificados, disparados por boca de los cañones, enterrados vivos, empalados, herrados como caballos, despedazados al ser amarrados a las copas de dos árboles doblados y luego soltados para recuperar su posición natural, convertidos en antorchas humanas, o desollados vivos.2

Sobre el tema del litigio escribió:

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