

YANA
Otra lágrima caía lentamente mientras un suspiro abandonaba su pequeño cuerpo. Él estaba sentado a su lado y, cuando la lágrima llegaba al extremo de su calzado, podía ver el reflejo del rostro de ella y, al mismo tiempo, los pensamientos socavaban su mente. Unos segundos antes, ella tenía la cabeza entre sus brazos y se filtraban las palabras que pronunciaba: «Ah, ah, es justamente… esto». Mientras, él continuaba observándola, postrada entre sus brazos, sollozando en silencio. Todo parecía quieto y oscuro, pero el rostro de ella daba la sensación de ser el de alguien que viera por primera vez su mundo, como el de un recién nacido. De repente, él saltó de su cama, se levantó y, sin titubear, dijo: —¡Qué sueño tan raro tuve! —Se llevó la mano al rostro y las lágrimas salían de sus ojos.
Esta es la historia de una persona especial, diría yo, muy exclusiva, que dejó enseñanzas a varias personas de su entorno; una aventura extraña en el norte de Rumanía.
Son ya pasadas las tres y media de la tarde de un domingo, en pleno centro de un hospital donde se acoge a personas que sufren de esquizofrenia, oligofrenia, psicosis y otros trastornos como autismo y problemas de comportamiento. Todo está en orden y nada parece moverse, a excepción de los pensamientos. Yana es una de las pacientes. Aparenta tener ochenta y cinco años y está diagnosticada por la medicina psiquiátrica como una persona con principios de demencia senil, seguida de disfunción de la realidad y alteraciones mentales que vienen acompañadas de perturbaciones del comportamiento.
Agael trabaja aquí como acompañante educativo de personas desahuciadas o personas que padecen alguna enfermedad psiquiátrica, incluyendo tentativas de suicidio. Su lugar de trabajo es acogedor, aunque aburrido por momentos, dado que los pacientes que llegan a su módulo son solamente de pasaje o estadía por algunos meses. Agael se dedica desde hace casi veinte años a este tipo de labores y en este último empleo ya lleva nueve años. Está divorciado y comparte su vida con Ioni, su hijo de trece años, quien, aparte de hijo, es también su gran compañero, como dice muy a menudo Agael.
Un domingo temprano por la mañana, como cualquier otro domingo, Agael salió a pasear por el lago con la mascota de su hijo, un perro de ninguna raza en específico, joven, pequeño, de color blanco y negro.
Como era octubre, el clima se tornaba frío con unas pizcas de la luz del sol, lo que se llamaba sol indio. El viento coqueteaba con su rostro mientras que su pequeño amigo tiraba de la cuerda en dirección al lago.
En pleno paseo con el perro y en un momento de distracción, Agael miró la hora, se detuvo en plena calzada y vio que su reloj marcaba las seis de la tarde. Súbitamente, su perro se soltó del lazo para ir a la búsqueda de otro can.
—¡Tobi, ven aquí, ven aquí! —gritaba su dueño.
En ese preciso momento, una dama de cierta edad que paseaba con un gran danés de color marrón oscuro por el mismo lugar se inclinó hacia el hocico de su perro y, murmurándole a las orejas, lo desató del lazo para que fuera a la captura del otro pequeño animal. Minutos más tarde, el gran perro de pedigrí trajo en su hocico al perro de Agael para ponerlo delante de sus pies.
—Gracias, amigo, muchas gracias por lo que has hecho —le dijo Agael acariciándole la cabeza.
El gran perro se dirigió hacia su dueña, una dama de aproximadamente un metro y cincuenta y cinco centímetros de estatura, cabello entrecano, piel mestiza, vestida con un sombrero de modelo de los años veinte y una falda multicolor, de aspecto totalmente extravagante y portando unos lentes oscuros que no dejaba por nada. Su delicada sonrisa reflejaba alegría y, al mismo tiempo, una fuerza de calma brotaba de sus movimientos dando el aliento de una persona que despertaba gran curiosidad.
—Disculpe, disculpe, muchísimas gracias, señora —dijo Agael—. Le agradezco de todo corazón lo que ha hecho.
—No me lo agradezca a mí, sino a Pequeño, que trajo a su perro —replicó sonriendo la dama.
—Qué chistoso es su nombre, Pequeño, para ser un gran danés —comentó Agael.
En un momento dado, la señora fijó con fuerza su mirada en los ojos de Agael durante unos segundos de silencio. Él no supo qué decir.
—Joven, ¿está usted bien?
—Sí, sí, disculpé, pero sentí que, que… —empezó a responder Agael, mostrándose ido y absorto.
—¡Perdón! —exclamó la dama.
—Como si yo, yo, yo ya… —Las palabras parecía que se quedaban estancadas con un signo de sorpresa en la boca de Agael.
—No se preocupe, el día vendrá en que usted me regresará ese favor —dijo la dama, y se fue retirando poco a poco.
Los 7 códigos del cambio
—¿Qué? ¿Qué favor? —murmuró Agael—. Yo pensé que era un servicio de corazón.
—Joven, en esta vida todo tiene una razón, una razón que no debemos comprender; es como observar el movimiento del juego de ajedrez —respondió la anciana dama.
—¿Ha oído lo que he dicho, señora? Si casi no lo pronuncié y usted estaba ya a unos metros de mí. ¿Cuál es su nombre, por favor? —preguntó sorprendido Agael mientras la dama se alejaba bajo un cielo lluvioso, caminando de manera lenta, casi mostrenca, guiada por su perro gran danés.
Sin responder específicamente, sin advertencia previa, habló con una voz suave pero muy segura de sí misma:
—¡No es suficiente oír a otros, sino a uno mismo!
En ese momento, Agael sintió cómo cada gota de esa fina llovizna caía sobre su cabeza y, al mismo tiempo, las palabras de esa noble anciana caían también sobre él.
—Qué tarde tan extraña hemos pasado, Tobi. Cuando lleguemos a casa no sé si castigarte o recompensarte. Ya sabes a qué me refiero —dijo Agael al perro.
De regreso a su departamento, Agael vio que tenía dos llamadas perdidas. Dirigiéndose al refrigerador para buscar comida para Tobi, y con el teléfono en la mano, escuchó dos llamadas.
«Papá, soy yo, ¿estás trabajando hoy sábado? Si no trabajas, ven a buscarme o llámame rápidamente».
«Agael, soy yo, Virginia. Llámame al trabajo cuando puedas, tenemos un problemita».
—¡Ah, qué vida! —suspiró Agael—. Creo que para ti es más fácil, mi querido Tobi.
Al instante, llamó a su hijo:
—Hola, hijo. Explícame lo que sucede.
—Hola, papá, ¿estás trabajando?
—No, tengo libre este fin de semana. ¿Por qué?
—Ven a buscarme lo más rápido que puedas.
—Escúchame bien, Ioni, déjame hablar con tu madre, porque no es mi fin de semana, es la semana de ella, así que, antes de ir a buscarte, quisiera que me pasases con tu mamá.
—Dime, Agael —respondió la madre de Ioni.
—Hola, ¿qué pasa con Ioni que quiere que vaya a buscarlo? ¿Tú estás de acuerdo?
—Como quiera él, ven a buscarlo si lo deseas —respondió la madre de manera seca y tajante.
Minutos más tarde, Agael se encontraba esperando en su auto a Ioni afuera del edificio donde vivía su madre. El niño bajó acompañado de su hermano mayor por parte de su madre, cosa que no solía hacer, porque en todas las ocasiones era la madre quien lo acompañaba.
Ya en el carro, de camino a la casa de Agael, este observó que Ioni lloraba en silencio con la cara pegada a la ventana para no ser visto. Agael se detuvo frente al lago, en una zona de estacionamiento frente a juegos para niños.
—¿Quieres contarme lo que pasa, hijo? Tal vez no deba empezar así, pero veo que no estás bien.
Ioni dio un suspiro fijando la vista en un árbol frente a él, sin decir ninguna palabra. Pasaron unos segundos y el padre le hizo la misma pregunta. El niño volvió la cara y miró a su padre.
—Mmm… Nada, papá.
—No puedes decirme que no es nada por la sencilla razón de que estás llorando, pero entenderé si ahora no quieres contarme lo que te sucede — dijo Agael cuando, de pronto, vio por el espejo retrovisor que la dama del gran danés se dirigía hacia el parque donde se encontraron esa misma mañana—. ¿Ves a esa señora con el perro grande, hijo?
—Sí, papá, ¿qué pasa?
El padre, entonces, le contó lo que había pasado unas horas atrás.
Ambos bajaron del carro y se acercaron a la señora, que llevaba otro llamativo atuendo.
—Buenos días, mejor dicho, buenas tardes, ¿se acuerda usted de mí?
La dama lo miró otra vez fijamente.
—La verdad, no me acuerdo y no me importa, porque es agradable conocer a nuevas personas.
—Pero hace unas pocas horas nos hemos visto y su perro, Pequeño, trajo al mío cargándolo en su hocico.
—Pienso que se equivoca de persona, joven, porque es la primera vez que salgo hoy día, y, es más, nunca lo he visto ni a usted ni a su niño —replicó la anciana.
Agael se quedó boquiabierto.
—No importa. Me llamo Agael y es un agrado conocerla, señora. Y gracias de nuevo.
Mientras Agael y la dama conversaban, Pequeño saltaba sobre Ioni para jugar con él.
Los 7 códigos del cambio
—Ahora entiendo cómo pudo él recoger a mi perro —mencionó el niño.
En ese instante, la dama se volteó hacia el niño.
—Así que eres tú el dueño de ese magnífico perrito que está dentro del carro de tu papá —le dijo.
—Sí, mi papá me contó lo que su perro hizo con el mío, y es muy chistoso.
La señora, al escuchar lo que le decía Ioni, cambió de expresión.
—¡Ahora me viene a la memoria lo de su perro, joven! Disculpe por el olvido, me pasa cada vez más; debe de ser por la edad. Siempre hay algo que aprender y algo que olvidar —dijo con un tono casi sarcástico. Luego, miró fijamente una vez más a los ojos de Agael y le preguntó—: ¿Es usted el joven que escribe? —Acto seguido, tomó a su perro e, inclinándose hacia el niño, le dijo al oído algo que el padre no pudo escuchar.
Agael, curioso, le preguntó a su hijo después de que la dama emprendiera su camino:
—¿Qué te dijo la señora?
—La verdad, no entendí casi nada.
—Pero ¿qué fue lo que te habló? —insistió Agael.
—Me dijo que debes observar la última palabra.
—La última palabra… —repitió Agael sorprendido.
Luego, Ioni echó a correr en el parque para continuar su juego. Mientras que Ioni corría de derecha a izquierda, Agael reflexionaba sobre «observar la última palabra».
«Bueno, no me rompo la cabeza, porque esa señora está medio loca», pensó.
Al regresar a casa, Agael y su hijo se dirigieron a la cocina para ver lo que había en la refrigeradora y Ioni encontró el teléfono en el interior de esta.
—Papá, ¿dónde tienes la cabeza? Mira dónde dejas el teléfono. ¿Quieres conservarlo para que un día lo comamos o qué? —dijo Ioni en tono sarcástico.
—Disculpa, hijo, es que salí apresurado para buscarte y estaba dándole de comer a tu perro. Seguro que en ese momento lo dejé dentro de la refrigeradora.
La relación entre padre e hijo era muy fluida y discurría entre juegos, discusiones, bromas, tareas cotidianas, etc. De repente, Agael se detuvo.
—Mierda, me olvidé de llamar a mi trabajo.
Eran las siete y quince de la noche. Tomó el teléfono y llamó a Virginia, la responsable de su unidad.
—Aló, aló, soy yo, Agael.
—Hola, te llamé porque necesito que vengas mañana a las ocho, en lugar de a las once de la mañana. Tenemos una nueva persona de edad que acaba de llegar esta tarde y que describe a una persona con tus rasgos; parece muy angustiada.
—¡Entonces soy conocido!
—Te hablo en serio. Es más, ella quiere que esa persona la atienda. Por eso te pido que te encargues de ella temprano por la mañana, porque hay otras personas que necesitan ayuda y, con el problema de restricción de personal y las vacaciones de ciertos colegas, ya te puedes imaginar. Tengo que hacer maravillas en los horarios para poder responder a las necesidades de los pacientes.
—Entiendo, estaré allí antes de las ocho de la mañana.
Después de acompañar a su hijo a la cama, Agael se preparó un jugo de naranja y se dirigió hacia su computadora, como lo hacía cada noche antes de acostarse, con el fin de terminar el libro que estaba escribiendo y que lo apasionaba. Este libro era una autobiografía, la historia de su vida y la de su hijo. Antes de empezar a escribir, se detuvo y observó a través de su ventana la luna que se reflejaba sobre la computadora y sobre sus manos. «Hoy fue un día tan extraño que, de repente, hay algo que tengo que aprender, pero no es fácil saber qué», se dijo.
Finalmente, entró a su computadora y continuó escribiendo lo que había dejado el día anterior. Se sentía muy cansado, así que se quedó dormido con la cabeza postrada sobre su herramienta de trabajo.
A eso de las tres de la mañana, despertó y se fue a dormir con su hijo, dejando la computadora encendida. Agael seguía sorprendido por el comentario de la anciana. Dirigió su mirada hacia la luna, preguntándose a qué última palabra se refería.
COLISIÓN
La noche se hacía menos noche y Agael pudo dormir tres horas, pues los pensamientos inquietaban su espíritu. Al día siguiente, llevó a su hijo a la escuela y, en el camino, al lado derecho de la ruta, vio nuevamente a la dama. Fue tan rápido que, cuando se detuvo para observar de nuevo, ella había desaparecido. Por la distracción, el carro de Agael chocó con el parachoques del carro que se encontraba delante. Bajó de su automóvil y vio a una joven de unos treinta y dos años, delgada, de piel blanca, un poco más baja que él, de ojos negros como dos pequeñas aceitunas brillantes, cabello negro suelto que tapaba una parte de su cara, labios carnosos rosados, cuello largo y contextura deportiva. Esta mujer estaba vestida elegantemente y hablaba con acento extranjero. Pasmado al observar una belleza sin igual, se quedó inmóvil mientras la joven mujer levantaba la voz.
—¡Cómo es posible que no haya frenado estando cerca de la escuela y sabiendo que hay una fila de carros a esta hora!
—Eh…, eh…, eh… —era lo único que salía de la boca de Agael, sorprendido por el choque y la fascinante belleza de la joven.
—¡Oiga, le estoy hablando!
—Sí, sí, perdone, reconozco que es mi responsabilidad. Le pido que me disculpe, por favor.
—No basta con eso.
Un pequeño aprieto se formaba, los carros de atrás tocaban la bocina insistentemente.
—Papá, pareces sonámbulo, mejor cierra la boca —dijo Ioni—. Ya estoy cerca del colegio, continúo a pie.
—OK, OK, anda nomás, y recuerda que al mediodía comes en el colegio y yo vengo a las ocho de la noche —respondió Agael.
Luego se acercó a su parachoques. La joven le propuso ubicarse en otro lado a fin de poder discutir el incidente. Del auto de ella salió una niña que se desplazaba suavemente de manera especial, como cojeando del lado derecho. Esa niña se alejaba de su madre rumbo al colegio. Una vez estacionados los dos, la dama le dijo:
—¿Cómo hacemos? ¿Qué me propone usted? Ya que aparentemente estaba hipnotizado mirando a otro lado mientras conducía y encima con
un niño al lado —expresó la joven dama en un tono agudo y seco pero respetuoso.
—Por favor, le pido que me disculpe una vez más, no sé lo que me pasó. Solamente dígame cómo puedo correr con los gastos de este pequeño accidente… Yo me las arreglaré con mi seguro.
Sorprendida por esta respuesta, la joven recuperó la calma. En ese instante, ella respondió con una voz más suave:
—¿Es usted quien quiere pagar? Pienso que tenemos que hablar de este incidente. Aquí está mi tarjeta. Llámeme a partir de las seis de la tarde para acabar con esta situación; ahora tengo que ir a trabajar.
—OK, pierda cuidado.
Agael, guardando la tarjeta sin leerla, se quedó mirando a la joven mujer. Ella, antes de abordar su auto, volteó la cabeza para observar a Agael.
LA UNIDAD Y YANA
Agael se llenó de pensamientos mientras conducía y, sin darse cuenta, ya había llegado a su destino. Su lugar de trabajo era una pequeña clínica rodeada de arbustos y un bosquecillo. Ubicada a las afueras de la ciudad, acogía a ocho pacientes en un gran pabellón. Se trataba de personas adultas con problemas específicos de disfunción de comportamiento debido a retardo mental, esquizofrenia u otras causas, como accidentes o enfermedades.
Para entrar, primero había que subir unas escaleras un poco estrechas o tomar un pequeño ascensor para llegar al primer piso y, enseguida, caminar por un corredor de aproximadamente veinticinco metros. A lo largo de este pasadizo, se encontraban varios ambientes bastante amplios: una cocina, un salón con televisor y un comedor para todo el personal. También había un pequeño cuarto donde se almacenaban los medicamentos, una oficina para los educadores y enfermeros y, casi al fondo, un cuarto de aislamiento que se utilizaba raramente en casos de crisis de angustia, de agresión o de automutilación de los pacientes. En este último espacio, había dos pequeñas camas, un sillón, una silla y una mesita, nada más. A lo largo del corredor, había muchos objetos decorativos de orden espiritual, pero sin ninguna noción religiosa, lo que Agael encontraba dogmático. Al fondo del corredor, se encontraban los cuartos distribuidos en forma circular. Esta parte de la casa era tan grande que para recorrerla se necesitaban algunos minutos. Detrás de los cuartos, había una vista hermosa al campo lleno de verduras, donde no había ninguna casa. Era como un bosque sin término. De pronto, llantos que venían del cuarto más lejano de todos llegaron a sus oídos. Mientras se aproximaba, otras dos voces se escucharon:
—Cálmese, por favor, todo va a ir bien. Siéntese para que pueda comer y tomar sus pastillas.
—Yo no tengo necesidad de esas cosas, me creen desequilibrada y así me tratan, pero soy más cuerda que todos ustedes juntos. Si no actúo como ustedes quieren, entonces me consideran enferma mental. Yo deseo salir de este sitio y regresar a mi ambiente. Déjenme salir, por favor.
Cuando Agael se acercó, se dio cuenta de que esa voz era conocida. Mientras, esta persona luchaba por soltarse de los brazos que la forzaban a sentarse y a comer.
Agael se quedó sorprendido, porque esa noble anciana a la que había visto el día anterior en dos oportunidades al borde del lago se encontraba en La Unidad dejándolo perplejo, sintiendo un frío ligero en su espalda. Uno de sus colegas, René, manifestaba al borde de la puerta del cuarto:
—Yo no puedo más, no he pegado ojo en la noche porque esta vieja ha hablado toda la noche en voz alta y rechaza la comida, es más, ha perturbado a otras pacientes.
Agael respondió a René y Anabel:
—No se preocupen, yo voy a ocuparme de esta humilde anciana mientras que ustedes dos descansan por un momento.
—Sí, eso es, yo voy a terminar un poco más temprano y partir una hora antes, si no les molesta —expresó René cansado y agotado.
Anabel, también un poco agotada, dijo:
—Yo acabo de llegar, pero es verdad que no es fácil esta señora.
Anabel era una joven enfermera de unos treinta años que acababa de obtener su diploma como asistente en enfermería. Ella también venía de pasar un momento doloroso, una separación con el padre de su hijo, la noche anterior. Anabel apreciaba muy fuerte a Agael, a pesar de hacer poco tiempo que se conocían. Agael era la persona que había acogido a Anabel los primeros días de trabajo y había sido su mentor durante sus estudios.
—Ah, antes de que te vayas, dime, ¿cuándo y cómo ha venido aquí esta dama? —preguntó Agael a René.
—Lo poco que conocemos de ella está escrito en el reporte, sin embargo, no ha parado de describir a una persona que corresponde a tus rasgos. Es más, es como si ella ya te conociera de años, Agael.
Mientras que René desaparecía a lo largo del corredor, Agael sentía una curiosidad y un frío enorme en sus manos. Era como si esta situación ya la hubiera vivido antes. Se decidió a acercarse a la señora, que seguía postrada en su cama, hablando en voz baja con los ojos que precisaban la mesa que estaba a su lado.
—Buenos días, ¿cómo está? Mi nombre es Agael y pienso que ya nos hemos visto antes.
Agael, sorprendido de verla, permaneció mudo por unos segundos diciendo solo:
—Eh, eh, eh.
En ese instante, la dama postrada en la cama paró de hablar y, suavemente, volteando la cabeza, le tendió la mano a Agael, quien respondió a este gesto cerrándola con sus dos manos.
Los 7 códigos del cambio
—Aquí empezamos y dime si estás listo —La anciana dama hablaba siempre en voz baja.
—No entiendo.
—¿No entiendes o no escuchas, Agael? —respondió la dama.
Agael, cambiando de conversación, le dijo:
—Ya nos hemos visto, ¿se acuerda usted de mí? Nos hemos visto cerca del lago, el día de ayer en dos oportunidades. La primera, su perro fue a buscar al mío y, la segunda, yo estaba con mi hijo, quien tuvo mucha afinidad con su perro, ¿recuerda?
—No, no me acuerdo, pero sí me acuerdo de que te conozco hace mucho tiempo y te pido, por favor, que me saques de aquí rápidamente.
—Entiendo, pero dígame, ¿cuál es su nombre? Pienso que no me lo ha dicho.
La dama fijó su mirada y adjuntó nuevamente:
—Sácame de aquí, que es por eso que has venido; y así podré comunicarte lo que debo comunicarte. —La dama repitió esta frase en varias oportunidades.
En ese momento, Anabel llegó con los medicamentos para que la noble anciana pudiera ingerirlos. Al momento de aproximarse al borde de la cama, la anciana hizo un gesto violento y rebalsó la fuente donde estaba su desayuno, haciendo que sus medicamentos cayesen por todos lados y se rompiese toda la loza.
—Por favor, quédese quieta y trate de comportarse. Tendremos que prepararle otra vez sus medicamentos —afirmó Agael.
—Nooooo, no, no, yo no necesito nada. Nos queda poco tiempo —agregó la humilde dama.
—¿Tiempo para qué? La verdad que no entiendo.
Jalándolo casi del polo y teniéndolo fuertemente amarrado por la mano, la anciana dijo a Agael:
—Sácame de aquí y no perdamos más de lo que hemos perdido.
—Disculpe, pero sigo sin entender. ¿Qué hemos perdido y qué vamos a perder?
Mientras Anabel recogía lo que estaba en el suelo, escuchaba atentamente y veía la insistencia de la dama hacia su colega.
—Y tú pon atención a tu hijo, quien no se siente bien con su padre y, en este momento, no se encuentra con él —expresó la humilde dama a Anabel, pero con la mirada en otro lado.
Saliendo Agael y Anabel del cuarto, Anabel le preguntó:

