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Venus interrupta

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Antonio Jiménez Rey


Recuerdo aquella tarde gris y lluviosa del mes de octubre, la vís-

pera de Todos los Santos, para ser más exacto. Yo estaba como casi siempre, sentado en mi escritorio con la máquina de escribir delante de mis narices, en la que en vano intentaba con mis torpes dedos pulsar las teclas y plasmar sobre el papel algunas de las muchas ideas que en aquellos momentos bullían en mi mente. Viendo que me era imposible y que a pesar de mis intentos por lograrlo no hacía otra cosa que emborronar cuartillas, desistí momentáneamente de mi empeño de escritor y me puse a hurgar en la estufa de carbón que tenía a mi lado, reconfortándome con su calorcillo. De súbito, entró Amparo hablando hasta por los codos, cosa muy habitual en ella. Traía un manojo de folios en la mano y, al terminar su retahíla con la que comenzó, miró los folios que traía haciendo que yo también dirigiera mis ojos hacia ellos y me dijo sonriente: —Te los dejo leer, con una condición… Anteriormente ya habíamos hablado los dos sobre este tema… por eso y, conociendo a Amparo como yo la conocía… nunca pen3


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sé que ella se decidiera a dejar leer sus escritos a nadie, y mucho menos a mí. Pues, según ella, y aun tratando de encubrirlas con una buena dosis de ficción, narraba allí y lo hacía con toda crudeza algunas de sus muchas vivencias personales. Yo sabía de antemano la condición que me iba a imponer, no obstante, fijé mi mirada en los folios y le pregunté: —¿Qué condición es esa? —Que me prometas que no te reirás de mí una vez los hayas leído. —Mujer… —le dije— eso no tienes que imponérmelo, yo no acostumbro a reírme de las obras de nadie. Puede, eso sí, que las encuentre más o menos interesantes… pero reírme de nadie, eso nunca. Bastante diversión tengo ya con reírme de mí. Ella, mirándome a los ojos, me respondió: —Si yo escribiera como tú te puedo asegurar que no tendría ningún complejo. —Te agradezco tus palabras, pero yo solo soy un simple aficionado. Para mí, escribir es solo una forma de matar el tiempo, no tengo aspiraciones mayores; además, tampoco podría, conozco muy bien mis limitaciones. Así le dije mirándola a los ojos, aquellos ojos que yo siempre trataba de evitar cuando me encontraba frente a frente a ella. —No seas tan modesto —me respondió, dando a sus palabras un soniquete acusativo, para luego tras una breve pausa continuar diciéndome—: Ya sabes que a mí no me vas a engañar con esa fingida humildad. ¡Te conozco muy bien! —¿Tú crees? —¡Vamos si lo creo! El brillo de sus ojos se acentuó aún más. Tuve que apartar los míos de ellos por no seguir sintiendo el alfiler de su reproche. Entonces, le dije: 4


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—Lamento que tengas de mí tan mal concepto. —Tú sabes que no es eso. Me respondió tajante, y continuó: —Según decía Lord Byron: «La humildad es la soberbia de los mediocres». De modo que, mucho cuidado con hacerte el humilde. —¡Vaya! Cómo nos culturizamos, eh. Así que me tienes por un mediocre, ¿no? —No me has entendido. Eres tú el que te menosprecias. —No, mujer, yo no me menosprecio. Lo que pasa es que me gusta tocar con los pies en el suelo y no me hago ilusiones fuera de mis posibilidades, que son muy pocas. —Bueno, pues allá tú. Yo sigo pensando que escribes muy bien y que valdría la pena que tus escritos vieran la luz. —Oye, ¿y por qué no los tuyos? Le pregunté en tono burlón. A lo que ella respondió: —Pues mira… todo depende de la opinión que a ti te merezcan una vez los hayas leído. Si es positiva, a lo mejor me decido y los publico. Porque supongo que los leerás, ¿no? —Por supuesto. Pero, oye, ¿no te enfadará luego si no los encuentro… digamos potables? —Te prometo que no. —Bueno, siendo así… te prometo que los leeré. Tomé el manojo de cuartillas en mis manos y lo deposité sobre una estantería que tenía en mi despacho. Acto seguido me dispuse a continuar con mi trabajo, consciente de que si le daba a Amparo más palique estaba perdido. Ella pareció captar mis pensamientos y se dispuso a salir de la estancia, no sin antes echar una mirada al manojo de folios y decir: —Son muchas hojas, ¿verdad? —Si son interesantes, no. —Ya verás cómo te gustarán… En esas hojas una vez más me 5


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desnudo ante ti, pero esta vez no es solo mi cuerpo el que se desnuda, también en ellas se desnuda mi alma. Noté una inmensa tristeza en sus palabras, al mismo tiempo que en sus ojos vi que le afloraban algunas lágrimas. Enternecido por aquella escena le dije: —Sigues siendo una niña. Sí, una niña con la cabeza llena de fantasías. —Es lo único que me queda. Mis fantasías. Nos despedimos con un beso en la mejilla. Ella intentó llegar a mi boca, pero yo la esquivé. Lo que más lejos tenía yo en el pensamiento en aquellos instantes es que nunca más volvería a verla con vida. Hoy, pocos días después de su muerte, contemplo aquellos folios en el mismo lugar que los dejé, y me pregunto si sería ético leerlos en las actuales circunstancias. Tanto me había hablado ella de sus escritos que, ahora al contemplarlos ejercían en mí una morbosa curiosidad. Ella, sin darme detalles particulares de los mismos, me había dicho: «En ellos me abro como una flor a las caricias de mayo». Me gustó mucho aquella metafórica expresión. Yo sabía de su refinada sensibilidad y conocía muy bien las tres facetas de su complicada personalidad; cosa que a ella no le gustaba mucho. Entonces quise saber con cuál de los tres rostros se mostraba en aquellos escritos, aunque estaba casi seguro que lo haría con el más verdadero y fuerte, que era a la vez el más oculto. Habían transcurrido dos semanas desde el día que falleció en aquel desgraciado accidente, y cinco años de nuestra efímera aventura a la cual tuve que poner fin viendo el cariz que tomaba la misma; puesto que ambos éramos casados con hijos y vivíamos en el mismo edificio. Sí tuve miedo de que aquella aventura con Amparo terminara por destrozar la paz y tranquilidad de mi hogar; aunque, en honor a la verdad, debo decir por más que me 6


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cueste reconocerlo que no fue este el principal motivo, existía otro con tanta o más fuerza como el que acabo de exponer, y era el que me impedía a mí como hombre seguir el ritmo lujurioso y frenético que ella marcaba en nuestras relaciones. De súbito me vino a la cabeza un pensamiento que me hizo temer del contenido de aquellos folios que tenía ante mí. «No habrá sido capaz…», me dije. Y conociéndola como la conocía… ¡Ya lo creo que era capaz! Aquel pensamiento venció las últimas resistencias éticas y morales que aún se oponían en mí a que leyera aquellos folios. Entonces, comencé a devorarlos uno tras otro con los ojos tratando de hallar en ellos la confirmación de mis temores. En pos de mis sospechas me adentré en su lectura, pero conforme iba leyendo y contrariamente a lo que pensé, no hallé nada en ellos que pudiera comprometerme. En aquellos renglones, algunos mal construidos gramaticalmente, Amparo no me mencionaba siquiera, como tampoco hacía ninguna referencia a nuestra aventura amorosa. Animado por ello, seguí leyendo hasta terminar la última cuartilla. Pude comprobar que aquello no era más que un extenso relato algo novelesco, urdido en lenguaje vulgar y sencillo, algo chabacano, escrito por una mujer atormentada, insatisfecha sexualmente y con una mente fantasiosa como era la de Amparo. Yo, como homenaje a su memoria, y en la seguridad de que este sería su deseo, me limito a copiar aquí el texto íntegro de dicho relato sin añadir ni quitar una sola de sus palabras.

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Es verdad que la realidad supera a veces la más exuberante de las

fantasías, yo que soy fantasiosa por naturaleza, digo sinceramente que, si no hubiera vivido la experiencia que narro a continuación, jamás mi mente la hubiera concebido. Yo creía conocer el amor, pero en verdad no supe lo que era este hasta el día que en mi vida apareció Roberto. Reconozco que hay muchas cosas en la vida que pueden darnos felicidad y deleite, pero todas ellas quedan empequeñecidas cuando tenemos la suerte de encontrar el amor. No pretendo con esta introducción hacer un discurso pedante de filosofía amorosa, solo quiero constatar aquí la opinión que tengo yo, particularmente, de este maravilloso sentimiento. Fue poco tiempo después de divorciarme del padre de mis hijos y mucho antes de conocer a Roberto cuando tuve con un hombre mi primera experiencia sexual más o menos satisfactoria. Por aquel entonces y después de conocer lo que era un orgasmo completo, mi cuerpo despertó de su letargo reclamando gozar de 9


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todo aquello que durante tanto tiempo le había estado vedado. Sí, cuando por fin logré liberar mi voluntad, que hasta entonces había estado secuestrada por la moral hipócrita y religiosa en la que había sido educada, mi cuerpo tuvo acceso, y aquello fue un delirio. Recuerdo que ni aun en los mejores años de mi juventud cuando mis carnes prietas y mis senos turgentes esperaban las primeras flechas de Cupido no había sentido un deseo tan ardiente de gozar como el que ahora, después de conocer el orgasmo me atenazaba. Por aquel entonces no me bastaban los amantes consecutivos con los que tuve relaciones para calmar la fogosidad de mi cuerpo, aquella fogosidad que parecía ir en aumento conforme iba conociendo nuevas sensaciones. Durante algún tiempo me dejé arrastrar por aquel torbellino de placer y lujuria intentando en cada acto apurar la copa de aquello que yo consideraba amor. Pero la verdad es que nunca, hoy lo sé, con aquello tampoco logré conocer la plena satisfacción que tanto buscaba. Tiempos difíciles fueron para mí aquellos, pues me veía obligada a luchar contra mis instintos de mujer, dormidos durante tanto tiempo, en favor de las barreras éticas y religiosas en las que había sido educada y, en las que la sociedad de la época se desenvolvía. Al borde estuve de perder la lucha, solo una cosa me mantuvo erguida, como un náufrago en su tabla de salvamento, impidiendo que me arrastrara aquella horrible tempestad que amenazaba hundirme en un abismo de deseo, de vicio y de lujuria que yo, en aquel entonces y como una ingenua, confundí con amor. Este frágil, pero tenaz asidero, fueron mis hijos. Mi amor por ellos junto, todo hay que decirlo, a cierto desengaño amoroso sufrido por mí con uno de mis amantes del cual creí estar enamorada y que luego terminó abandonándome, fueron los motivos principales que me hicieron rectificar aquella conducta mía que ya empezaba a levantar murmuraciones en la vecindad. 10


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No obstante, y contrario a lo que pueda parecer, no me arrepiento ni avergüenzo de mi comportamiento por aquellos días, ya que ello fue debido al despertar que sufrió mi cuerpo tras los largos años de privación sexual a la que había estado sometido. Pues, debo decir que en los doce años que viví con mi marido apenas supe lo que era un orgasmo. Ya ha transcurrido algún tiempo desde aquel mi primer despertar tan turbulento, y hoy ya más serena y dueña de mí misma, controlo mis acciones más pausadamente y encarrilo mi vida por otros derroteros más calmados. Mis hijos ya son mayores y viven su propia vida. El mayor, Rogelio, se ha casado; a veces viene a verme en fechas señaladas, por supuesto viene con su esposa, Anita, que es un cielo. Lástima que en las fiestas, con esto de los nuevos calendarios laborales, sean tan pocas, la excusa es el trabajo, pero yo no lo creo, pues cuando están en casa, aunque ellos procuran disimularlo les noto incómodos en mi presencia, de lo cual deduzco que al final terminarán abandonándome por completo. Mi hija menor, Águeda, aún vive conmigo, no obstante, esta proximidad tampoco gozamos de una abierta comunicación como yo desearía. Siendo como es ella, una chica alegre y jovial, me preocupa mucho que conmigo se muestre tan cauta y recelosa, como si en el fondo de su alma tuviese algo que reprocharme. Debido a nuestro horario de trabajo apenas si coincidimos las dos juntas en casa, tampoco los domingos ni los días festivos le sobra tiempo para estar conmigo, ella es muy aficionada al excursionismo y prefiere estar con sus amigos de la peña, cuando no de excursión por la montaña. Yo no se lo reprocho; también este deporte a mí me fascina, y en mi juventud había pertenecido a una peña excursionista contándome entre una de sus mejores escaladoras, cosa que, en aquellos tiempos, y además siendo mujer, era toda una hazaña. 11


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Por varias veces y llevada por mi deseo de romper nuestro aislamiento le he contado a mi hija estas aficiones mías, y dado que a mí me entusiasma todavía esta actividad le he pedido que me deje acompañarla alguna que otra vez en sus excursiones. De modo que ya sabe lo mucho que me gusta este deporte y lo bien que iría a mis depresiones respirar de tanto en cuando el aire puro de la sierra, pero ella va dando largas al asunto y por más que yo le insista no ha consentido presentarme todavía a ninguno de sus compañeros de peña. Un día, Pepita, la única compañera de mi hija que conozco, oí que le decía a ella sobre este asunto: —La verdad, Águe, no sé por qué motivos te opones a que tu madre nos acompañe alguna que otra vez, ya que la pobre te lo pide con tanta insistencia. —Presiento que nos traería complicaciones. —Complicaciones… ¿Por qué? No te entiendo, Águe, la verdad es que no te comprendo. —Ella —respondió mi hija— no está ya tan ágil como nosotras, y podría sufrir cualquier accidente, ya sabes tú lo peligrosa que es la montaña… —¡Tonterías tuyas! —exclamó Pepita—. Yo la veo fenomenal. ¿Te has fijado bien el talle que tiene…? Ya quisieran muchas quinceañeras tener ese cuerpo… —Pues por eso lo digo. Ahí radica su mayor peligro. —No te entiendo, Águe, de verdad que no te entiendo. —¡Pues no hay que ser un lince para verlo, hija! ¿Tú no sabes que a los jovencitos les encantan las mujeres maduras? Y yo no quiero ser la comidilla del grupo sirviendo a mi madre de carnada para esos tiburones. ¡Menudos son el Javi y el Roberto…! Seguro que se la follarían a la primera de cambio. —¡Bah, tonterías tuyas! Tú estás traumatizada con eso de la jo12


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dienda. Oye, ¿no será que tienes celos de ella? —Mira, lo que no tengo son ganas de continuar hablando de este tema. Tú métete en tus cosas y mi madre que resuelva las suyas, ¿vale? —Bueno, no te pongas así… No obstante, sigo diciendo que a la pobrecilla le vendría bien respirar un poco el aire puro de la sierra. —Sí, y otras cosas también. Si la conoceré yo… Me dolieron mucho aquellas palabras pronunciadas por mi hija, por eso desde aquel día procuré no insistir más sobre el tema del montañismo y me propuse con todos los medios a mi alcance recuperar su amor. Esto no fue fácil para mí, ya que para lograrlo me vi obligada a renunciar a buena parte de la libertad que hasta entonces y desde mi divorcio venía disfrutando en cuanto a mi vida íntima se refiere. Rompí con amistades, anulé citas, y durante algún tiempo me dediqué exclusivamente a mi trabajo y a ella. Mas no sirvieron de mucho mis buenas disposiciones, el hielo entre ambas seguía sin romperse, aunque sí debo reconocer que al menos lograron suavizar un poco nuestra convivencia. A pesar de todo, la única verdad es que hoy me encuentro sola, sola con mis recuerdos, sola con mis ansias y con mis amarguras, sola con mis fantasías y mis ilusiones. A veces me pregunto si vale la pena continuar así. Tal vez encuentre algún día la respuesta. Hoy por hoy, el tiempo libre que me queda después de mi trabajo lo dedico a los libros. Gracias a la lectura a la que siempre he sido muy aficionada estos agrios momentos me resultan más llevaderos. Me complace hundirme en la ficción y mientras mis ojos devoran las páginas del libro abro las puertas de mis fantasías y me evado de esta realidad, así muchas noches me sorprende el sueño con un libro en mis manos; otras, sin embargo, no consigo dormir por mucho que lo intente. 13


789007 788418 9

ISBN 978-84-18789-00-7

Es una novela que, citando las palabras que sobre ella dijo su primer lector: “Es una historia salvaje y cruda de sexo, deseo y salvajismo. Se inicia como novela urbana erótica y, progresivamente, va entrando en el terreno del thriller. No solo existe una tensión sexual durante el relato, también la hay en cuanto a la violencia que se desencadena sobre el grupo. Se trata de una historia de supervivencia que mantiene la tensión y el interés por parte del lector, ya que el desenlace de la misma no se encontrará hasta, prácticamente el último momento. Es una lectura que merece mucho la pena” .

mirahadas.com


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