La divina historia de Herculito, Caquita y el diosito de peluche Antonio Reynaldo
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LA RECREACIÓN
Hace poco tiempo, solo unos cuantos millones de siglos, los mitológicos dioses se aburrían una enormidad en la nada cósmica y sentían en su interior un vacío eterno. Estos tremendos seres universales no sabían qué hacer con la eternidad y estaban algo preocupados por eso. Tenían todo el tiempo del mundo, pero no sabían cómo utilizarlo. 3
—¿Qué hacer con él? —se preguntaban. El padre de todos esos dioses llevaba fuera de la eternidad varios cientos de años. Estaba trabajando. Como creaba y creaba por todo el universo, y más allá, era un experto en creación. Su fama como creador había llegado al otro lado del infinito, donde había conseguido unos contratos de construcción que lo tenían muy ocupado. Lo que nadie sabía con seguridad era quién o qué lo había contratado para crear. Corrían rumores por las galaxias, de estrella fugaz en estrella fugaz, y hablaban de una empresa de contratación temporal llamada M.I.S.A. Cuyas iniciales significaban: Maravillas Impresionantes Sociedad Anónima. Un día, para librarse de la nada cósmica, del vacío eterno, del malhumor que les producía y divertirse de lo lindo, a los dioses hijos se les ocurrió inventar un juego muy especial. Fue un juego que llegó a ser su favorito. Lo llamaron el Juego de la Recreación. Y para que hubiera suficientes jugadores para poder jugar al Juego de la Recreación, hicieron un 4
ser muy parecido a ellos. Tan parecido que su forma era casi igualita a la de los dioses. Decidieron hacerlo de unos materiales baratos, corrientitos y con fecha de caducidad. Materiales que estaban arrinconados en un agujero negro que su padre usaba como almacén. En realidad, eran restos de materiales muy económicos, utilizados también para la construcción de un sistema solar perdido por el infinito. Ese sistema solar estaba formado por una pequeña bola de fuego llamada Sol. A su alrededor giraban nueve planetas redondos y desiguales. Así como unos cuantos satélites, asteroides, cometas, meteoros, gas y polvo cósmico que no había necesidad de limpiar. Algo sencillo y muy barato que resultó ser un magnífico invento caído del cielo. A partir de aquel recreativo suceso, la vida de los dioses cambió y nunca más se aburrieron. Eso les puso tan contentos y entusiasmados que quisieron ir más lejos todavía. Se les ocurrió dividir al nuevo ser en dos partes muy parecidas e independientes, e igualitas a ellos 5
por fuera, aunque mucho más diminutas, claro. Las dos partes fueron bautizadas: Mujer y Hombre. Se podían conectar la una en la otra de forma autónoma y automática, sin asistencia técnica o ayuda de ninguna clase, por medio de un complicado sistema que no es posible explicar aquí. Además, pusieron detrás de sus ojos un sistema de dirección asistido desde las alturas. El sistema fue conocido como Mente. Después, buscaron un buen lugar para la vida, el desarrollo y la multiplicación de la Mujer y el Hombre en mujeres y hombres. Y encontraron uno de gran belleza, con todo lo necesario. Se trataba de un sitio ideal llamado Fábula. Era un chalecito piloto situado dentro de una urbanización ajardinada que tenía por nombre Elocuencia. La urbanización se hallaba en uno de esos nueve planetas del sistema solar, el que tenía un satélite llamado Luna. Este planeta, alrededor del cual giraba la Luna, tenía siete partes bañadas de agua y tres rellenas de tierra, parecía una sencilla receta de cocina. Desde entonces, mujeres y hombres multiplicaron 6
y multiplicaron su número. Y vivieron la mayor parte del tiempo encima de las zonas terrestres, sobre todo cuando se olvidaban de bañarse. Por eso, ellos mismos decidieron nombrar al planeta donde vivían como planeta Tierra. La brevedad y la energía que tenía la vida de estos seres, eran muy parecidas al humo que se produce al apagar un ardiente y breve fuego. Y por ser las vidas de hombres y mujeres parecidas a la vida del humo, los dioses los llamaron seres humo o seres humanos. Al principio, los dioses siguieron sus pasos por control remoto mediante un mando divino a distancia que, por su pequeño tamaño, a veces olvidaban en cualquier sitio. Luego fueron perfeccionando su invento, le dieron algunos retoques y disfrutaron de lo lindo. La hermosura final de los nuevos seres humo perfeccionados llenó de alegría y de satisfacción a los dioses. Tanto, que muchos quisieron bajar desde las altas alturas para invitarles a tomar algo de vez en cuando y conocerlos más de cerca. 7
Poco a poco, fueron cada vez más frecuentes las visitas de los dioses a los seres humo. Durante estas visitas, los divinos contaban a los humanos fantásticas historias de sus agitadas vidas celestiales, a las que llamaban Mitología. Junto a otras cosas difíciles de explicar, los relatos mitológicos contenían peleas increíbles, escándalos cósmicos, viajes imposibles, luchas con animales fabulosos y catástrofes grandiosas. Gracias a su sistema de dirección asistido desde las alturas, los seres humo desarrollaron su inteligencia. Así supieron que, a pesar de parecer muchísimo más pequeña, su Mente era tan grande como el universo. Pues el espacio que en ella había para crear y recrear también era infinito. Un ratito de eternidad más tarde llegó el padre de los dioses, tras años luz de viaje, y se enteró de todo lo ocurrido durante su ausencia. Se enfadó un poco al saber que sus hijos utilizaron el caduco material almacenado por él para construir a los seres humo y recrearse. Y se mosqueó más todavía porque no se lo consultaron antes ni le pidieron permiso. 8
Esos materiales los tenía reservados el papá dios para hacer unos cometas para ellos. Él quería que así aprendieran a dominar el luminoso fuego de estos astros por todo el universo. De forma parecida a como los niños humo dominan las ligeras cometas jugando con el viento, pero a lo bestia. Y sin querer le chafaron la sorpresa. Sin embargo, al papi de los dioses se le quitó el enfado cuando sus hijos le mostraron a los seres creados, tan parecidos a ellos. Se dio cuenta el gran dios que sus descendientes habían formado unas maravillosas criaturas. Y después de examinar a los seres humo que entonces había, se sintió orgulloso de la existencia, por fin, de algo que merecía la pena entre la nada cósmica y el vacío eterno. Los seres humo se multiplicaron. Como ya he dicho, lo hicieron conectándose mujeres y hombres de forma autónoma y automática, sin necesidad de asistencia técnica o ayuda de ninguna clase. Después de aquellas conexiones, tuvieron hijas e hijos admirables que atrajeron mucho más el interés de los dioses recreadores. 9
Tanto se interesaron los dioses por estos descendientes humanos que, de forma milagrosa, se unieron a ellos y engendraron hijos con características y cualidades especiales. Muchos de los nuevos herederos fueron conocidos semidioses, colosos, gigantes o titanes, los famosos héroes de la antigüedad. Estos personajes siempre impresionaron por sus hazañas y prodigios gracias a su enorme estatura y a sus tremendos poderes. Con el paso del tiempo, diferentes grupos de seres humo conocieron a interesantes héroes descendientes de sus dioses. Todos aquellos grupos humanos supieron poner a los titanes magníficos nombres. Nombres que incluso rimaban con las grandezas de sus divinidades.
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EL HOTEL OLIMPO
Uno de los más adelantados grupos de seres humo fueron los griegos. Ellos inventaron el nombre de Zeus para llamar al padre de los dioses. Zeus, cansado de trabajar tanto durante demasiado tiempo por el universo, y más allá, se tomó algunos siglos de vacaciones. Bajó al planeta Tierra y alquiló una habitación en el Hotel Olimpo, un magnífico albergue de seis estrellas, exclusivamente para uso divino. 11
Era un lujosísimo edificio donde estaban empleados seres humo, quienes se encargaban de su servicio, conservación y mantenimiento. Estos trabajadores y sus descendientes eran afortunados, tenían un contrato de trabajo fijo que pasaba de generación en generación. Como los deseos de los dioses siempre eran órdenes para ellos, estaban tan ocupados con las peticiones y con los caprichos de sus importantes huéspedes, que no se aburrían ni un momento. Entre el afortunado personal de servicio humano se encontraba Alcmena, una joven y hermosa doncella. Pensando en un bonito nombre para su hija antes de nacer, sus humildes padres mezclaron en la palabra almena la letra c de cielo. Lo hicieron para que siempre llevara con ella el refugio de la almena junto con el auxilio celestial. Alcmena era muy simpática y tenía el don de las palabras. Sabía llamar a cada cosa por su justo nombre, y encantaba y divertía a quienes la escuchaban. De su boca salían las más bellas historias, creadas y recreadas por su rica imaginación. 12
Un tranquilo atardecer, en el que Zeus estaba tumbado sobre un estupendo colchón de nubes, desde donde lanzaba rayos apuntando a ninguna parte, la escuchó por casualidad mientras hablaba a un grupo de niños humo. La escuchaban boquiabiertos. El padre dios siguió con atención la historia de la griega, como los pequeños, y se dejó llevar por ella. Tanto se metió el divino papá en el relato de la dicharachera sirvienta, que, a pesar de ser dios con un ilimitado poder que nunca dormía, la muchacha lo llevó sin esfuerzo alguno al final del infinito y le hizo creer que soñaba. El gran Zeus, al terminar el relato, se dio cuenta de su delirio, se levantó y bajó corriendo de la nube para conocerla. Al estar frente a ella, le preguntó quiénes eran sus padres. Lo hizo porque creyó estar ante una diosa sin él saberlo. Ella, sin dejarse impresionar, le respondió que era una sencilla trabajadora y doncella, hija de seres humo. Pero Zeus insistió, no estaba muy convencido de ello, y Alcmena terminó diciéndole: 13
Durante el Imperio romano disminuyeron el nombre del último hijo de Hércules por ser costumbre. Esa moda llevó al pequeño Herculito muchos problemas que debió resolver y, tal vez por olvido o por no darle importancia, nadie ha contado su historia hasta ahora. La divina historia de Herculito empieza mucho antes de su nacimiento, cuando los dioses creaban y recreaban por todo el universo y más allá. En ella se revela también cómo se conocieron sus atareados padres, qué hicieron después, dónde estudió, cómo eran sus compañeros titanitos, quién le regaló el diosito de peluche, cómo conoció a Caquita, por qué se fueron a Roma, la imprevista reunión con el César, su experiencia en el Coliseo... Bueno, no sigo. Será mejor que abras bien tus ojos y las hojas de este libro para conocer con todo detalle las aventuras de este maravilloso titanito.
Donde no hay lugar para la ternura, el virus del miedo corona todo
ISBN 978-84-18499-69-2
A partir de 12 años 9
788418
499692
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