

TRAS LA PUERTA AZUL
LLUÍS LUMBRERAS TINOCO
Prólogo
«En Valdelagua las cosas no arden a la vista: arden por dentro, como la leña verde que cruje sin prender. El pueblo descansa junto a un pinar de resina fría y calles hechas para guardar secretos; basta con afinar el oído para percibir un latido bajo la grava, un pulso que llevaba años callado y ahora vuelve a latir.
Dicen que el silencio aquí se aprende pronto: hay senderos que nadie pisa al caer la tarde, rincones de la plaza donde las farolas titilan como si de pronto recordasen una historia que no quieren volver a iluminar. Cuando el verano aprieta y el canto de las cigarras llena cada hueco de sombra, las voces bajan de tono. No es miedo, aseguran los vecinos, solo prudencia. La memoria, una vez encendida, siempre halla su forma de arder.
Valdelagua es paciente. Aguarda a quienes juraron no regresar, deja canicas sin dueño en los caminos y empuja a los despistados hacia lugares olvidados, como si de pronto el bosque intentara repetir un antiguo juego. Cada susurro huele a hierro caliente y a temor infantil; cada fotografía antigua habla de ausencias que pesan más que cualquier cuerpo.
No es augurio ni amenaza: es, simplemente, la forma en que este lugar —y quienes lo recuerdan— decide empezar de nuevo».
Capítulo 1 Noche lúgubre
Eran las tres de la madrugada, aproximadamente, cuando caminaba sola por la calle, de camino a casa. Había empezado a lloviznar hacía apenas unos minutos, pero ya se veían las luces de las farolas reflejadas en los pequeños charcos que se formaban en el pavimento.
Entonces lo oí.
Pisadas detrás de mí, chapoteando sobre el agua. Al principio eran lentas, como si se tratara de alguien más volviendo a casa. Pero empezaron a ganar velocidad. Cada paso sonaba más cerca, y el ritmo de mi corazón comenzó a acelerarse. También mi respiración: necesitaba pequeñas bocanadas de aire, como si de pronto
mis pulmones fueran dos sacos de hormigón llenos de agua. Cerré los ojos un momento y apreté los puños, deseando que quien fuera que me seguía simplemente pasara de largo.
De repente, silencio. Ya no oía las pisadas. Solo las gotas de lluvia golpeando con fuerza el pavimento. Era como si de pronto el mundo se hubiera reducido a ese sonido.
Abrí los ojos y miré a mi alrededor, buscando a la persona misteriosa. No había nadie. Nadie.
Quizá era el alcohol que había ingerido estando de fiesta. O el cansancio acumulado. Llevaba varias noches durmiendo mal, con extraños sueños que me desvelaban en mitad de la madrugada.
El más recurrente me perseguía cada noche desde hacía un mes. En ese sueño, llevaba un vestido blanco con flores, y caminaba por un pasillo largo. Las paredes estaban cubiertas de cuadros con rostros que me resultaban familiares, aunque no lograba reconocer a nadie: todas las caras estaban vacías. Sin ojos, sin nariz, sin boca.
Al final del pasillo, siempre encontraba una puerta azul con un picaporte plateado. Extendía mi brazo para tocarlo y, justo al rozarlo, sentía sobre mi hombro el peso de una mano que se posaba.
Nunca llegaba a abrir esa puerta. Y tampoco conseguía girarme para ver quién estaba detrás de mí.
Siempre me despertaba justo en ese instante, sobresaltada y empapada en sudor.
Una vez en casa, fui al baño a quitarme los restos del maquillaje. Me detuve frente al espejo. Observé mis ojos, redondos, de un marrón tan oscuro que parecían negros. El cabello negro azabache ya me llegaba a los hombros; lo había dejado crecer tras rapármelo casi un año atrás, en uno de esos impulsos que mis padres nunca llegaron a entender pero que yo consideraba un acto de rebeldía.
Yo sabía que no era especialmente atractiva. Pero algo sí tenía, presencia. Esa clase de energía que hace que la gente te mire sin saber por qué. Nunca he sabido si eso era algo bueno o malo, la verdad.
Fui a la cocina a por un vaso de agua y dos aspirinas. Al coger el vaso, noté unas pequeñas marcas en las palmas de mis manos. Seguramente me las había hecho al cerrar los puños con tanta fuerza en la calle. A veces olvidaba lo fuerte que podía llegar a ser.
Volví a mi habitación caminando despacio. Me dejé caer en la cama con un suspiro largo, como si de pronto el cuerpo no me perteneciera. Revisé el móvil antes de apagarlo. En la pantalla de bloqueo podía verse una foto mía con Emma. Llevábamos siete años siendo mejores amigas. Ahora las dos teníamos ya veintitrés y nuestra relación se había convertido en la de dos hermanas.
Al día siguiente habíamos quedado para desayunar.
En mi teléfono se observaba la hora: 4:02.
Suspiré de nuevo, resignada. Tenía que dormir si no quería quedarme pegada a las sábanas por la mañana. Cerré los ojos, sabiendo que el sueño tardaría en llegar.
Fuera, la lluvia seguía cayendo.
Y en algún rincón de mi mente, la puerta azul me esperaba de nuevo.
Emma
Esperaba en la parada de autobús, con mis katiuskas amarillas y mi paraguas de girasoles a juego. Faltaban treinta minutos para encontrarme con Eva, y el autobús todavía no pasaba.
Entonces se acercó un chico.
Tenía el pelo rizado, rubio, con unos ojos azules que parecían atravesarte. Me miró con media sonrisa y preguntó:
—Disculpa, ¿tienes un mechero?
Negué, cortante.
—No fumo, lo siento.
—No te preocupes —respondió—. En realidad, era una excusa para hablar contigo. ¿Hace mucho que esperas el bus?
Suspiré.
—Vaya... qué original. Mira, por ahí viene. Adiós.
Cerré el paraguas y subí por la puerta delantera. Me senté cerca del conductor, algo incómoda.
Lo vi entrar también. Se sentó tres filas detrás de mí. No tan cerca como para intimidarme... pero sí lo suficiente como para saber que estaba ahí.
Me incomodó. Pero no del todo.
Vi por el reflejo del cristal que me observaba. Sus ojos tenían algo raro. No sabría decir si era ternura o pura curiosidad. Noté cómo el ambiente se impregnaba de mi aroma. Ese perfume avainillado que solía usar más por costumbre que por gusto.
Varias paradas después, decidí bajarme. El chico también hizo lo mismo.
Ya en la acera, lo escuché de nuevo:
—Perdona, pero no me has dicho cómo te llamas.
—¿Por qué debería decírtelo? —contesté, aún molesta y más cortante.
—Bueno... si me dices tu nombre, ya no seremos completos desconocidos —dijo, con una sonrisa que no sabía si me enfadaba o me intrigaba aún más.
—¡Qué me dejes! —exploté, empujándolo.
Lo hice con fuerza, pero fui yo la que acabó perdiendo el equilibrio. Y en ese momento, cuando estaba a punto de caerme a la carretera, me sujetó del brazo y me salvó de ser atropellada por un coche que estaba a punto de pasar.
Me quedé paralizada del susto y solo pude murmurar.
—Gra... gracias.
Me soltó despacio mientras me miraba. Esa expresión suya... no supe qué pensar. ¿Miedo? ¿Alivio? ¿Quizá algo más?
Me acabé apartando un poco.
—No hacía falta que me salvaras.
—Sí hacía falta —respondió con calma—. No pensaba dejar que te atropellaran por mi culpa.
—¿Por tu culpa?
—Bueno... si no te hubiera seguido, no habrías perdido los nervios.
Bajé la mirada. No sabía si volver a enfadarme o darle las gracias de nuevo.
—¿Siempre hablas así con los desconocidos? —dije, intentando sonar seria—. ¿O solo cuando llueve?
Sonrió. Esa extraña sonrisa.
—Solo cuando llevan katiuskas amarillas. Son mi debilidad.
Solté una risita sin querer, me había pillado por sorpresa. Pero seguía habiendo algo desconcertante en él.
—Vale, me llamo Emma. Pero eso no significa que te dé permiso para seguirme a todas partes.
—Trato hecho. No te sigo... salvo que vayamos en la misma dirección.
—¿Y tú? ¿Tienes nombre? ¿O también es un misterio?
—Nicolás, pero todos me llaman Nico. Caminamos en silencio. La lluvia había vuelto, suave pero insistente. Abrí mi paraguas. Él no tenía, pero tampoco parecía importarle.
—¿A dónde ibas cuando me interrumpiste? —pregunté.
—A ningún sitio en especial. Hoy no tengo prisa por llegar a ningún lado.
—Qué conveniente.
—O qué triste —respondió, sin dejar de sonreír. Llegamos a la esquina donde me detuve. Y él también.
—Bueno, creo que aquí nos separamos —dije.
—Cierto —admitió, con aquella mirada tan difícil de descifrar.
Asentí, crucé la calle y cuando me giré, seguía ahí, empapado, mirándome.
Levantó una mano, saludándome con timidez.
No le devolví el gesto. Solo me giré y seguí caminando.
No sabía si quería que se quedara o que desapareciera. Tal vez... un poco de ambas. Lo que sí sabía era que Eva me iba a matar por llegar tarde, aunque eso ahora me parecía lo de menos.
En Valdelagua, un pueblo donde el silencio guarda más secretos que las palabras, Eva y Emma se ven arrastradas por un pasado que creían olvidado. Pesadillas, una puerta azul y una figura que regresa de entre las sombras, las obligarán a enfrentarse a la verdad que las une desde niñas. Tras la puerta azul es un thriller psicológico donde la memoria y el fuego abren heridas que nunca se apagaron.

