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Tiago y el bastón de oro

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Capítulo 1: La patineta

Era una hermosa mañana en un pueblo llamado Depósito Cue. El sol era espléndido y subía poco a poco... Hasta que su mismo reflejo llegó hasta una ventana y alguien se despertó:

—¡Ya llegó el día! —dijo Tiago muy emocionado.

Tiago se levantó de la cama muy contento y preparó un buen cocido, luego fue y despertó a su hermano Cristian y los dos desayunaron cocido con pan. Tiago es un niño de trece años, tiene el pelo ondulado y él mismo dice que es un crack. Pero eso sí, es un niño muy simpático. En el pueblo de Tiago, él tiene una gran familia y muchos amigos, por eso está muy agradecido con Dios por todo ello. Los padres de Tiago son Diego y Adelina, que junto a Tiago y Cristian forman una buena familia.

—Cristian, ¿sabes por qué vivimos en el campo y no en la ciudad? — preguntó Tiago.

—¿Por qué?

—¡Porque este lugar es el mejor lugar de todos! Aunque no tenemos una casa de lujo, sí tenemos un terreno muy grande.

—Oye, eso ya lo sabemos. ¿Por qué hoy estas tan contento?

—Pues...

Justo en ese momento vino Matías, el primo de Tiago, para desayunar con ellos.

—¡Hola, wuchuwuchufoofoo! —dijo Matías—. Hoy me iré a la casa de Gilberto para jugar.

—¿En serio? ¡Yo también! —dijo Tiago.

—¡Bueno, yo me iré ahora mismo, te espero allá! —dijo Matías.

—¡Está bien! —Tiago esperó a que Matías se marchara—. Cristian, ¿te vendrás conmigo?

—No, gracias, yo mejor me quedaré aquí.

—Bueno... Está bien —respondió Tiago.

Después Tiago agarró su patineta, que era eléctrica, para irse a la casa de su primo Gilberto, pero antes de irse lo llamó su padre.

—¡Tiago, ven aquí!

—¡¿Qué quieres?!

—¡Recuerda no prestar la patineta a nadie, porque si no te pego! ¡Tampoco vuelvas tarde, o si no te voy a pegar aún más!

—Vale —dijo Tiago, enfadado, porque su padre siempre es muy controlador.

Tiago se marcha a la casa de Gilberto para jugar todo el día, pero en el camino, de repente, salió una niña llamada Ruth, la cual se asustó y se apartó del camino. Ruth es la prima de Tiago y no habla mucho. Mientras tanto, Matías y Gilberto estaban esperando a Tiago en la calle.

—Oye, Tiago tarda un poco ¿eh? —dijo Matías, aburrido.

—Pues yo tengo mucha paciencia, yupi yupi yupi —le respondió Gilberto.

Los dos primos de Tiago querían jugar, así que empezaron a hacerlo a piedra, papel o tijera, hasta que Gilberto le ganó a Matías 5-0. El pobre Matías estuvo a punto de llorar, pero al final se quedó mirando a Tiago que ya estaba llegando.

—¡Yupi yupi yupi, ya vino Tiago! —exclamó Gilberto.

Cuando Tiago llegó, Gilberto fue a saludarlo muy alegremente; además le regaló un libro. Matías empezó a ponerse un poco envidioso, así que tuvo una idea.

—Tiago, ¿me puedes prestar tu patineta, por favor? —preguntó Matías.

Tiago recordó las advertencias de su padre, pero por otro lado pensó que si no le prestaba la patineta a Matías, él se pondría muy triste y a Tiago le daría pena, por eso miró hacia los dos lados y, aprovechando que no había nadie, le prestó la patineta.

—Qué bueno que eres, Tiago, eres mi mejor amigo —dijo Matías.

—Sí, sí, claro, vamos, date una vuelta por aquí y ya está.

—Pero yo quería ir hasta... Una despensa para comprar pan, queso y leche.

Al final, Matías convenció a Tiago y se fue con la patineta hasta la despensa... Aunque, en realidad, Matías quería otra cosa... Su verdadero plan era llevar la patineta hasta una calle que se llama Depósito Cue 1ª línea, para abandonar la patineta ahí y luego regresar. Así Tiago estaría triste, pero Matías muy contento.

—Oye Tiago, ¿no crees que fue una mala idea prestarle la patineta a Matías? —preguntó Gilberto.

—La verdad es que sí, pero si no se la hubiera prestado se habría puesto triste —respondió Tiago.

Mientras tanto, no muy lejos de allí, estaban dos chicas.

Una se llamaba Lucila y la otra era su prima

Elisana, las dos trabajaban para llevar tablones a las casas, pero ahora estaban llevando una viga de sesenta y cinco kilos, y les estaba costando, así que decidieron parar un rato para ir a tomar tereré.

—Vaya, yo estoy muy cansada... —dijo Lucila.

—Yo igual, vamos a tomar tereré —dijo

Elisana.

—Está bien, por lo menos así descansaremos un poco.

Lo malo es que ellas se olvidaron de la viga y la dejaron en medio del camino, por donde pasan los autos, las motos y demás vehículos. Para colmo, por ese camino estaba yendo Matías, que estaba muy despistado mirando las casas, y cuando miró el camino encontró la viga, por lo que intentó quitarse de ahí, pues estaba yendo a cuarenta kilómetros por hora y ya estaba muy cerca de ella. No obstante, cuando intentó girar, encontró una roca muy grande, y, aunque frenó ya era muy tarde, pues chocó con la viga y salió volando hasta caer dándose fuertemente un golpe en la cara contra el suelo. Tiago y Gilberto aún observaban desde lejos, pero cuando vieron que Matías se cayó, fueron rápidamente hacia

él. Cuando examinaron el cuerpo de Matías se dieron cuenta inmediatamente de que estaba inconsciente, así que Tiago le dijo a Gilberto:

—Gilberto, ¿podrías ir a buscar ayuda, por favor?

Gilberto empezó a buscar a quien fuera, pero rápidamente se dio cuenta de que todos estaban reunidos en una capilla, por lo que decidió ir a otra parte. Gilberto se percató de que había una casa con un auto aparcado en la esquina, así que entró y encontró al profesor Alberto y a la directora Mirna conversando sobre la implementación de una nueva asignatura.

—Mire, esto será algo muy especial para todos los jóvenes, como, por ejemplo, si quieres ser mecánico pues ya sabrás todo el mecanismo del motor, la bujía, el engranaje, los amortiguadores, etc. ¡Confíe en mí, yo lo haré todo! — decía el profesor Alberto.

—Hmmmm... Suena interesante, pero... ¿Cómo se llamará esa asignatura? —preguntó la directora.

—Se llamará Motofísica.

—Pues muy bien, hablaré con el supervisor y...

En ese momento entró Gilberto para que el profesor fuera a auxiliar a Matías.

—Profesor, he venido aquí porque necesito tu ayuda, por favor.

—Dime, ¿qué es lo que pasa?

—Pues que Matías andaba en la patineta de Tiago y se cayó al chocarse con una viga, luego dio con toda la cara en el suelo.

—Pero ¿está herido?

—Sí, mucho profesor.

—¡Entonces apurémonos y vayamos a por él, corramos!

—Pero profesor, él está muy lejos de aquí, como a unos dos kilómetros.

—Vaya... y mi moto no tiene gasolina. Entonces la directora tuvo una idea:

—¡Oigan, vámonos todos en mi auto, así no tardaremos!

Así que los tres se fueron en el auto de la directora hasta donde estaban Tiago y Matías. Cuando llegaron, encontraron a Matías con toda la cara raspada y a Tiago que estaba contento porque al fin habían llegado. El profesor le preguntó a Matías si se encontraba bien, pero él le dijo que no porque decía que sentía toda la cara hinchada, así que el profesor procedió a llamar por teléfono a la madre de Matías, o mejor dicho, a la tía Katy.

—Permiso, profesor, ¿te puedo preguntar algo? —dijo Tiago

—Sí, dime.

—¿Podrían mover esa viga que está en medio del camino?, porque alguien se podría chocar y caerse, como le pasó a Matías.

—Pues sí, es verdad.

Así que el profesor Alberto y la directora Mirna intentaron mover la viga a otro lugar, aunque mientras la estaban transportando, la directora le pidió al profesor que la soltara un momento para poder descansar un poco. El problema es que el profesor no la escuchó bien y ella pensó que sí la había escuchado, así que soltó la viga. Al caer la viga, el profesor Alberto cayó también, con lo cual, la viga aplastó sus manos.

—¡Ay, ay, ay, ay, creo que me tengo que ir al hospital urgentemente! —exclamó el profesor.

La directora Mirna intentó arrancar el auto, pero rápidamente se dio cuenta de que ya no tenía gasolina, por eso todos se desesperaron mucho y empezaron a ponerse un poco lunáticos, pero Tiago mantuvo la calma y tuvo una buena idea. Levantó la patineta del suelo y le dijo a la directora Mirna:

—Mira, sé que es bastante raro, pero yo propongo que los tres se suban en mi patineta y se vayan al centro de salud.

La directora lo dudó un momento, pero viendo la situación tan crítica en la que estaban, finalmente aceptó. Así que los tres se subieron en la patineta y se fueron al hospital dejando solos a Tiago y a Gilberto.

—Pues ya se fueron... con mi patineta —dijo Tiago.

—Sí... Yupi... —dijo Gilberto con un vacío en el fondo—. Pues yo mejor me voy a mi casa, si quieres puedes venir conmigo para acompañarme.

—Está bien... lo tendré en cuenta.

Cuando los dos llegaron a la casa de Gilberto, este se despidió de Tiago deseándole suerte, lo cual Tiago recibió muy bien. Más tarde, en el camino de regreso a casa, Tiago vio a Cristian que se acercaba muy preocupado.

—¡Tiago, papá dice que estás en serios problemas por volver tan tarde! —exclamó Cristian—. ¡Tienes que volver rápido!

—Vaya... no me lo puedo creer.

—¿Y tu patineta?

—Se la tuve que prestar a la directora Mirna.

—¡¿Qué?!

Cristian no entendía nada de lo que decía Tiago, así que le dijo que le contara todo lo que había pasado y así fue. Un rato después, cuando los dos ya estaban a punto de llegar a casa, apareció el padre de ellos con un cinto entre las manos.

—¿Qué fue lo que te dije, Tiago? —exclamó con furia su padre—. ¡Que no volvieras tarde!

—¿Qué hacemos, qué hacemos? —preguntó Tiago en apuros.

—Solo tienes tres segundos para correr... —dijo el padre.

—Tiago, vez a ese lugar otra vez y espérales a ellos —ordenó Cristian.

—¿Y tú qué harás, hermano?

—¡No te preocupes por mí, tú vete y hazme caso! ¡Ahora!

Tiago corrió lo más que pudo y se pudo salvar de su malvado padre, aunque también se sintió triste por Cristian, por eso mismo prometió que ese sacrificio no sería en vano. Un rato después llegó otra vez al mismo lugar donde Matías se había caído, entonces Tiago se sentó y esperó a que llegara la directora Mirna junto a Matías y el profesor Alberto. Después de dos horas, cuando ya parecía que

no había esperanza, llegaron los tres en la patineta de Tiago sanos y salvos.

—¡Directora, no sabes cómo te he extrañado!

—exclamó Tiago muy contento.

—Qué bueno, mi hijo... eh... —La cara de la directora Mirna mostraba preocupación, pero todo tenía sentido, pues la sonrisa de Tiago se transformó en una cara de shock cuando vio su patineta toda estropeada.

—¡¿Qué rayos hicisteis con mi patineta?!

La directora Mirna aclaró diciéndole:

—Los tres nos fuimos y volvimos con tu patineta, y como te podrás dar cuenta, los tres pesamos mucho para un vehículo diseñado para el uso de una sola persona, además que hicimos un viaje con un total de cuatro o cinco kilómetros en una patineta... tan liviana. Pero, por el lado positivo y gracias a tu solidaridad, has hecho que dos personas se curen y... ¡El profesor Alberto te enseñará una nueva materia!

—¿En serio? Muchas gracias, directora, se lo agradezco de corazón — dijo el profesor Alberto.

—Pero recuerda, Tiago, no es mi responsabilidad, es más, acuérdate de que tú me la habías prestado. Pero has hecho muy bien, sin la ayuda

de tu patineta no podríamos haber llegado tan pronto, y para compensártelo te daré los diez mil que hubiera invertido allá. Y no te preocupes por mi auto, que ya lo lleno de gasolina. Además, nosotros nos iremos a comprar helados, así que, ¡adiós, Tiago!

Tiago, al ver que los tres se fueron en el auto empezó a enojarse mucho, y dijo:

—¡Miserables, sois unos egoístas y además estos diez mil no los necesito! Sois unos brutos, no se puede confiar en vosotros, ¡ni en mi propio padre! Mi padre...

Tiago se acordó de que su padre estaba demasiado enojado con él, pero aun así, no tuvo más remedio que regresar a su casa con la patineta llevándola al lado. Al final Tiago llegó a su casa, donde le vio a Cristian con algunas marcas del clásico y típico cinto de cuero grueso. Además, encontró a su querida madre que fue y le dio un fuerte abrazo que lo recibió muy bien, aunque Tiago tuvo que entrar a su casa donde le esperaba su padre. Antes de entrar recordó todos los buenos y malos momentos que pasaron ese día, y al final Tiago ya estaba decidido.

Capítulo 2: El Partido de béisbol

El caso de la patineta se hizo muy viral, pues algunos que estaban en la capilla vieron varios momentos de lo que había sucedido con Tiago y sus amigos; es más, la gente se lo había tomado como un chiste muy gracioso... pero para Tiago y Matías las cosas no iban tan bien que digamos, porque la gente les ponía caras como de vergüenza o fastidio.

—Oye, Matías, ¿no te incomoda un poco que la gente nos ponga caras estúpidas? —pregunto Tiago.

—Tienes razón, aunque a mí no me molesta, solo me da mucha ansiedad —respondió Matías.

Después de un tiempo, se escuchó que en la institución escolar básica N.º 3123 San Francisco de Asís organizaría un encuentro donde darían la bienvenida a un nuevo director. Esto le pareció un poco extraño a Tiago, ya que ¿eso significaba que iban van a sustituir del cargo a

ISBN 978-84-19723-70-3 ISBN 979-13-87982-86-7

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