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Mi nombre es Iraia Martín y tengo 18 años. Tengo un trastorno de la conducta alimentaria que ha provocado que sufra depresión y ansiedad. Todo empezó en 2023, cuando inconscientemente dejé de desayunar antes de ir a clase; lo raro era que tiraba por el fregadero el zumo que me preparaba mi padre. También empecé a dejar de comer algunos alimentos, como, por ejemplo, todo tipo de dulces, carbohidratos y comida basura. Yo no me daba cuenta, pero eran conductas del TCA.
Esto fue empeorando con el tiempo, tanto, que dejé de comer todo lo que no fuesen frutas o verduras, haciendo todo tipo de estupideces; por ejemplo, me tomaba tres manzanillas al día fingiendo que me encantaban. Se convirtió en un bucle que había normalizado, pero las conductas eran cada vez más anormales. Me obsesioné con mi peso,
con bajar kilos a toda costa, con hacer ejercicio durante todo el día. Mis redes sociales estaban llenas de vídeos relacionados con la comida y el cuerpo; me descargué aplicaciones para saber las calorías de cada alimento, buscaba todo tipo de ideas para adelgazar mucho y lo más rápido posible. A eso le sumamos las ganas de vaciar mi cuerpo, por lo que intentaba vomitar utilizando diferentes maneras, y muchas más cosas, todo sin que nadie se enterase.
Estaba tan centrada en la anorexia que me olvidé de quién era y de lo que me gustaba, además de evadirme de la realidad y de la vida misma. Dejé de hacer aquello que me gustaba; estaba de mal humor, discutía constantemente con mis seres queridos, me encerré en mi mundo, en mi habitación, y no dejaba que nadie entrara. No conseguí los objetivos que me propuse, ya que nunca era suficiente lo que hacía; no me conformaba con el peso que tenía porque me seguía viendo igual de mal que cuando empecé. Eso se debe a la dismorfia corporal que padeces cuando tienes esta enfermedad, y lo peor es que es lo que más cuesta quitarse. En conclusión, vivía consumida por el trastorno día tras día, sin fin. Y respecto a mi humor, podría decirse que era horrible: estaba todo el día enfadada, irritada, amargada, triste, con ansiedad.
Llegó el verano y todo empeoró: cada vez comía menos y mis padres se dieron cuenta de lo que sucedía, por lo que me obligaban a comer y yo me negaba. Todo eran gritos,
sollozos, lágrimas y negaciones en cada comida. Solía conseguir más o menos lo que quería, pero cada vez estaba peor de salud y mentalmente. Fue el peor verano de mi vida, ya que no me apetecía hacer nada que no fuese estar encerrada o hacer deporte. Además, no tenía fuerzas para sobrevivir; me mareaba constantemente, no me podía concentrar, se me caía el pelo y se me quitó la menstruación. Los días se pasaban muy lentos y cuando llegaba la hora de comer, llegaba la ansiedad, los gritos, los llantos… todo provocado por el miedo a comer. Si le sumas lo histéricos que se volvían mis padres cuando me negaba a comer, todo empeoraba. No sé ni cómo, pero conseguía manipularlos a la fuerza y lograba comer una cantidad superpequeña de lo que yo quería, es decir, alimentos bajos en calorías.
Estaba casi muerta; a mi cuerpo le faltaba muy poco para pararse y fue cuando estaba tan mareada que no tenía conocimiento y tampoco podía andar. Me llevaron a urgencias y el médico me tuvo que poner una vía en la vena yugular, ya que estaba a punto de que se me parara el corazón. Latía a veintidós pulsaciones por minuto (el mínimo que indicaban era otro valor), por lo que, si hubiese llegado un minuto más tarde, me hubiese muerto.
Mientras me introducían todo tipo de líquidos por la vía, llamaron a la UVI móvil, una ambulancia que atiende los casos muy graves. Me cortaron la camiseta y la sudadera y me llevaron al hospital. Allí estuve en la sala de
observación durante las siguientes veinticuatro horas, conectada a muchas máquinas y con mil cables. No paraban de pasar enfermeros, auxiliares y médicos.
Me trasladaron a la planta de cardiología y pasé unos días ingresada, hasta que decidieron trasladarme en la planta de psiquiatría. Estuve dos meses internada y fue un infierno. Estuve tres semanas sin hablar ni ver a mis padres y, mientras mis compañeros estaban con la familia, yo me quedaba sola. Me sentía muy desubicada; todo era nuevo para mí. Me costó integrarme con los compañeros y los profesionales, pero al final me quedé como la veterana y ya era como mi casa: me conocían todos.
Por las mañanas teníamos consulta con el psiquiatra. Era lo que más me costaba de todo el día, ya que siempre acababa llorando. Las reglas que tiene que cumplir la persona con anorexia son muy duras. No puedes casi moverte, no puedes hacer ningún gesto; comemos seis veces al día, no se pueden dejar migas ni un solo gramo de comida, hay tiempo limitado para comer y, después de cada ingesta (desayuno, comida y cena), tenemos que estar una hora en la cama reposando sin ningún tipo de distracción. Es decir, te aburres un montón, porque no te puedes mover ni cambiar de posición. Básicamente estamos mirando al techo. También nos pesaban todas las mañanas y si el peso se estancaba o bajaba nos ponían más comida, y para colmo teníamos que hacer pis en un orinal y meter la orina de cada día en un bote.
El resto del día lo pasaba intentando estar lo mejor posible; hice pulseras, leí libros y jugué a juegos de mesa con mis compañeros. La parte mala era que cada vez que alguien se iba de alta solía entrar otra persona, por lo que me costaba socializar de nuevo. Pero allí encontré a Sara, mi ángel de la guarda, mi todo. No sé qué hubiera sido de mí sin ella; nos convertimos en inseparables, nos apoyábamos y nos ayudábamos. Fue una relación tan real y bonita que siguió creciendo fuera hasta hoy. Ahora es una de mis mejores amigas, una persona muy importante en mi vida, ya que nos apoyamos, escuchamos y ayudamos mutuamente. Es lo más valioso que me llevo de ese ingreso.
Salí del hospital, pero seguía consumida por la enfermedad y tenía que seguir yendo a consultas de psiquiatría y psicología, que es mi rutina desde que salí del ingreso.
Es un proceso muy largo y muy duro, pero hay que pasarlo para intentar recuperarse y tener una vida «normal», cosa que me está costando. En octubre de 2024 me volvieron a ingresar en la misma planta, ya que la situación en casa era insostenible, tanto, que me hice cortes en el brazo con una tijera. No paraban de sangrar, pero no se lo conté a nadie; solo lo tapé con papel y esparadrapo.
El segundo ingreso fue todavía más duro, porque ya conocía el sitio y cómo funcionaba todo. Pero cuando llegué sentí que nunca me había ido y me pareció una situación normal, en la que yo ya sabía lo que tenía que
hacer en cada momento. Lo pasé bastante mal, porque el ambiente era muy duro y ver cómo sufrían mis compañeros no fue plato de buen gusto. Lo bueno fue que tenía una compañera de habitación con la que me pasaba el día riéndome. Me dolía la tripa de reírme tanto y, de hecho, nos echaban la bronca porque la liábamos un poco.
Volví a casa, pero la verdad es que estaba igual de mal o peor. Tenía una depresión muy grande, pues no quería levantarme de la cama ni salir de casa. Ir a clase y sacar el curso adelante se me hizo tan duro que tuve que tomar la decisión más difícil y la que más me ha dolido, pero lo hice porque mi salud mental lo necesitaba. No quería que nadie me viera ni tampoco relacionarme con nadie. Los recreos me los pasaba en clase sola llorando y en las clases intentaba concentrarme, pero era imposible. Cada día era un infierno; me refugiaba en el baño del instituto, en el cual tenía ataques de ansiedad.
Llegó el momento de ser valiente y frenar aquello que se me estaba haciendo tan cuesta arriba. Decidí dejar 1.º de Bachillerato por todo lo que he mencionado. Al final me suponía una presión y un estrés tan grande que no lo podía sostener en el estado en el que estaba. Me sentí liberada por una parte, pero por otra no podía dejar de castigarme, ya que me había decepcionado a mí misma. Nunca me habría imaginado no hacer Bachillerato, ya que siempre he sido muy autoexigente con los estudios, pero
es algo que estoy en proceso de aceptar, aunque no creo que me lo pueda perdonar nunca.
Desde que tomé esa decisión hasta ahora, mi ánimo ha seguido siendo muy bajo. No me apetece hacer nada, no tengo ganas y llevo mucho tiempo sin verle el sentido a la vida. En el pasado he tenido pensamientos suicidas; ahora, por suerte, no, pero estoy triste todo el tiempo. A continuación, os explicaré mis emociones y sentimientos con temas con los que os podéis sentir identificados.

No llegué de golpe. Entré despacio.
Con un comentario suelto, con una comparación que se quedó clavada, con una crítica que nadie pensó que haría tanto daño.
Me presenté como un juego, como un reto, como una forma de mejorar.
Te prometí que serías más bonita, más delgada, más fuerte, más válida… si me hacías caso.
Y lo hiciste.
Empezaste a contar calorías sin que pareciera grave.
Pensabas que llevabas el control de tu vida porque podías decidir cada cosa: qué comer, cuándo correr, cuándo dejar de mirar.
Corrías hasta que las piernas te temblaban y lo llamabas disciplina.
Dejaste comidas, escondiste porciones, sonreíste por fuera cuando por dentro había vacío.
Cada vez que alguien decía «qué delgada estás», yo crecía dentro de ti.
No lo viste venir, pero te estaba matando.
Te robé la sonrisa.
Te alejé de tus amigos.
Te hice mentir a tu familia.
Te enseñé a odiar tu cuerpo mientras él te suplicaba ayuda.
Te hice pensar que tener hambre era tener control.
Te hice vomitar en silencio, llorar en secreto, fingir que todo iba bien… mientras te ibas apagando.
Mi voz no tiene cara amable.
Te decía que valías según un número, que si perdías peso ganabas respeto, que renunciar era fortaleza.
Te convencí de que dejar de comer era valentía, no agonía.
Y cuando ya no podías más, cuando tu corazón latía despacio y el alma dolía, yo aún susurraba:
«No pares. No es suficiente».
¿Ves? No necesitaba un cuchillo.
Solo necesitaba que creyeras que esto era tu culpa.
Que tú eras el problema.
Que morir delgada era mejor que vivir siendo tú.
Pero ahora que sabes quién soy, que me ves cara a cara…
yo tengo miedo.
Porque si hablas, si pides ayuda, si me nombras… yo empiezo a morir.
Tú puedes vivir sin mí.
Pero yo no puedo vivir si tú te salvas.
Y esa fue la verdad: la voz no era fuerza, era daño.
Lo más cruel de todo es que desde fuera parecías « normal » .
Sonreías, ibas al instituto, hacías planes.
Nadie escuchaba la batalla que tenías dentro.
Dentro de ti había un juez que no perdonaba, que buscaba errores y los castigaba.
Te convertiste en la persona que mejor escondía su sufrimiento.
Con el tiempo todo se volvió menos éxito y más destrucción.
La voz prometía perfección y dejaba vacío.
Te robó risas, momentos, salud.
Te robó a ti.
Y hubo un día, sin drama ni heroísmo, en el que ya no pudiste más.
No fue una decisión clara, fue cansancio, miedo, agotamiento.
Pedir ayuda te daba vergüenza, pero fue el primer acto de valentía real que hiciste.
Nunca imaginé escribir un libro sobre mí, pero nace del dolor silenciado, del cansancio, el miedo y la sensación de estar perdida. Sobrevivir a ser adolescente es una historia real, escrita para comprenderme, sanar y acompañar a quienes también se sienten rotos. Hablo del trastorno, la ansiedad, el control y la soledad, pero también de la esperanza. No ofrezco respuestas mágicas, solo mi voz. Sentir mucho no es un defecto: es estar viva, y no estar bien también está bien.

