n u á Ser
o ñ e su J. De Paz
Blanco
1 Somnolencia a bordo
Aún estaba con la sensación de que el corazón se me iba a salir
por la garganta. Los nervios por perder el último metro me habían hecho subir los escalones de tres en tres. Menos mal que la estación de Puerta del Sur estaba vacía a esas horas de la noche. Solo un par de pasajeros aguardaban la llegada del último tren que ya se escuchaba aproximarse desde las profundidades del túnel. Como siempre, me había situado en la cabecera para salir lo antes posible en mi parada. Los paneles ya anunciaban la entrada del último tren en la estación cuando las luces comenzaron a iluminar el oscuro túnel con la misma velocidad que el sonido del roce de las ruedas contra los rieles metálicos iba aumentando. En unos segundos ya estaba detenido y las puertas se abrieron. Entré rápido, aun sabiendo que no iba a tener falta de asientos, de hecho, estaba solo en el primer vagón. Miré hacia el final y el siguiente pasajero estaba a tres vagones de distancia. 3
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El cansancio y los nervios acumulados al temer perder este tren me cayeron encima, me desplomé sobre el asiento y apoyé la cabeza sobre la barra. Por suerte para mí, no tuve que esperar mucho, pues el aviso del cierre de puertas llegó rápido y el tren arrancó a la hora marcada. Sentí el traqueteo, mientras el sueño me cerraba los párpados a medida que avanzaban los segundos. Abrí los ojos y vi que el tren estaba entrando en la estación de Joaquín Vilumbrales. No había escuchado el aviso de la llegada a la estación, el cansancio me impedía estar alerta. Solo esperaba no quedarme dormido y pasarme mi parada. Al abrirse las puertas, una brisa fría penetró en el vagón y me permitió despejarme por unos segundos. Sin embargo, el cansancio volvió a abrazarme como si una manta suave me estuviese envolviendo cálidamente. Volví a cerrar los ojos, mientras sentía el traqueteo del vagón cuando se puso en marcha adentrándose en el túnel. Apenas había pasado un minuto cuando el tren frenó en seco. Abrí los ojos y observé la pared del túnel a través de las ventanas. Nos acabábamos de detener. No era la primera vez que me ocurría. Volví a pegar la cabeza en la barra cuando noté que el tren se ponía en marcha, pero otra vez se volvió a detener. Esta vez no fue solo eso, las luces parpadearon unos segundos. Esto me sorprendió lo suficiente como para levantarme del asiento. Me acerqué a la puerta que daba acceso a la cabina del maquinista y vi una luz encenderse. El maquinista descolgó un teléfono. Estaba hablando y gesticulando, pero apenas percibía el sentido de sus palabras. En esto, las luces parpadearon y se apagaron durante unos segundos que parecieron eternos. De nada sirvieron las luces de emergencia, parecía que la oscuridad se había apoderado de todo el vagón. Cuando volvieron, decidí observar otra vez la cabina, pero un escalofrío recorrió mi espalda. Ahora no había nadie en ella, el maquinista había 4
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desaparecido. Me di la vuelta para mirar el resto del tren mientras sentía que el pulso se me aceleraba. Me llevé las manos a los ojos y los froté con fuerza debido a la sensación de estar soñando. Junto al maquinista, también había desaparecido el pasajero situado en el tercer vagón. No recordaba con seguridad, pero no me pareció verle bajar en Joaquín Vilumbrales. Estaba empezando a ponerme nervioso y permanecí inmóvil durante unos segundos hasta que reuní el valor suficiente para moverme. Avancé al vagón siguiente cuando las luces comenzaron a parpadear otra vez antes de apagarse por completo. Esta vez las luces de emergencia no se encendieron y la oscuridad inundó todo el tren. Extendí el brazo izquierdo hasta que localicé la barra metálica fría y la agarré con tal fuerza que me hice daño. Con la mano derecha intenté sacar el móvil del bolsillo. Debido a que tenía la mano húmeda, por el sudor frío fruto del terror que estaba sintiendo, se me cayó al suelo. «Mierda», pensé. Me agaché poco a poco sin soltar la mano de la barra. El brazo ya lo tenía insensibilizado a causa de la presión que estaba ejerciendo. Palpé el suelo en busca del móvil cuando sentí algo líquido. «Agg», volví a pensar, mientras retiraba la mano rápidamente. Las luces se encendieron, pero mis ojos tardaron unos segundos en recuperar la visión. Solté la mano de la barra y me froté los ojos antes de mirar el suelo y averiguar qué había tocado. Agaché la cabeza y vi mi teléfono junto a un charco de color negro. Observé la mano y comprobé que no era negro, sino de un color rojo muy oscuro. Puse cara de asco mientras miraba mi mano. Dudé unos segundos, pero finalmente la acerqué a la nariz para averiguar a qué olía. El olor me resultó familiar y, a la vez, me aterrorizó. Era similar al olor de la sangre. Mientras me limpiaba la mano con un pañuelo que había sacado del bolsillo, sentí una gota caer sobre mi cuello. La gota me produjo un escalofrío. Me llevé la mano para tocar lo que 5
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acababa de caerme y observé que era un líquido similar al del suelo. No sé si debía o no, pero reuní la fuerza suficiente para mirar el techo esperándome lo peor. Alcé la cabeza despacio y sentí un alivio al ver que no había nada. El alivio duró poco porque, si el techo estaba limpio, ¿de dónde había caído esa gota que tenía en el cuello? Recogí el teléfono tras limpiarme la mano y me incorporé. Encendí la pantalla del móvil, pero, como era de esperar, estaba sin cobertura. Alcé el dispositivo por si había suerte y alguna señal era captada cuando un sonido metálico me hizo girar bruscamente. —¿Hola? —pregunté con cierto temor. Otro golpe me sobrecogió—. ¿Hay alguien ahí? En realidad, deseaba que no hubiese ninguna respuesta. Sin embargo, un tercer golpe, esta vez como si se hubiese producido a mi lado, me sobresaltó. Procedía de la puerta que tenía a la derecha. Me acerqué sigilosamente y pegué la cabeza tratando de vislumbrar el exterior, pero no había nadie fuera. Me separé del cristal y al girarme observé una sombra al final de todo el tren. Apenas tuve tiempo a ver quién era cuando las luces se apagaron. El corazón se me puso a mil por hora, los nervios iban en aumento. Necesitaba sentarme, pero no podía ver dónde estaban los asientos. Todo esto transcurrió durante unos segundos antes de que la luz volviese. Sentí un alivio cuando comprobé que aquella sombra había desaparecido. Me agarré a la barra cuando otra vez volvieron los golpes metálicos. Me giré para observar el vagón de donde procedían esos sonidos y allí estaba aquella sombra otra vez, pero ahora más cerca. —Hol… —no me dio tiempo a terminar cuando las luces se volvieron a apagar. Sentía que en cualquier momento me iban a fallar las piernas y me iba a desplomar. Ya me temía lo peor cuando las luces regresaron. Aquella sombra había desaparecido. Esto no podía ser verdad. Todo tenía que ser fruto de mi imaginación. Me decía a mí mismo que era un sueño, una ilusión. Pensé 6
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que estaba teniendo alucinaciones. Sin embargo, los golpes metálicos me devolvieron en sí cuando comencé a notar un soplo de aire en el cuello, justo en el lugar donde me había caído la gota misteriosa. Quedé petrificado mientras dirigía los ojos al suelo y observé una sombra que procedía de detrás de mí. El tiempo se detuvo mientras sopesaba si girarme o no. Noté que la respiración de aquella persona, que estaba detrás de mí, era lenta pero intensa. Reuní el valor suficiente y comencé a girar suavemente. Mis piernas amenazaban con fallarme con cada pequeño movimiento que realizaba para girarme. Comencé a ver una figura por el rabillo del ojo. Poco a poco la imagen se iba aclarando a medida que terminaba el giro de ciento ochenta grados. Finalmente tenía delante de mí a aquella misteriosa figura. El pulso se me disparó a niveles peligrosos, el corazón pedía salirse de mi pecho. No podía creerme lo que estaba viendo. Era lo más aterrador que jamás hubiese imaginado. Aquella figura, que había aparecido tras los sonidos y el apagado de las luces, que primero estaba al final del tren, luego en el vagón de al lado y, finalmente, detrás de mí, era yo. Pero un yo diferente. Estaba ensangrentado y con la ropa rasgada y hecha harapos. Apenas pude reaccionar cuando mi yo ensangrentado alzó la mano derecha en la que sostenía un objeto metálico parecido a un cuchillo. Grité los últimos segundos antes de notar el frío metal atravesar mi pecho… —¡Ah! —Me incorporé cubierto de sudor mientras me llevaba las manos al pecho en busca de las marcas de las cuchilladas, pero no había nada. El aviso sonoro de llegada a la estación de Cuatro Vientos me devolvió a la realidad. Me había quedado dormido y acababa de tener una pesadilla. Apoyé la cabeza en la pared mientras me llevaba las manos al pecho a la vez que intentaba relajarme. Todavía tenía el corazón acelerado—. ¡Solo ha sido un sueño! 7
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Estaba respirando profundamente sin darme cuenta de que un individuo, sentado en el vagón de al lado, me observaba. Su rostro… estaba cubierto de sangre. FIN
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2 Aire helado
El día había sido agotador. La tienda había estado llena hasta el
último momento. Era normal, nadie podría soportar el calor de la calle. Hoy se esperaban máximas de 40º C y tranquilamente se habrían superado. Cuando salí de trabajar eran las diez y media y los últimos rayos del sol iluminaban el horizonte. El calor seguía siendo asfixiante. Solo pensaba en llegar lo antes posible al metro para resguardarme del bochorno. Bajé rápidamente hasta Plaza España y accedí a la estación. Dentro hacía calor, pero por lo menos a un nivel más razonable. Pasé los tornos y me dirigí al andén de la línea 10 que me llevaba a mi casa. Por suerte el tren estaba accediendo a la estación cuando llegué al andén. Entré y busqué un sitio. En menos de veinte minutos estaba saliendo del metro camino de casa. Ya era de noche, pero el calor seguía siendo agobiante. La brisa ayudaba a mitigar la sensación, pero no lo suficiente. Corrí hacia el portal, aun sabiendo que eso me haría sudar más. Abrí la 9
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puerta a una velocidad de récord y subí los peldaños de las escaleras de dos en dos. Abrí la puerta de casa y entré rápidamente. Dentro de casa la temperatura también era elevada, parecía incluso más alta que en el exterior debido a que no corría brisa alguna. Cogí el mando y encendí el aire acondicionado. Un pitido me indicó que se acababa de activar para, seguidamente, abrirse la rendija por donde salió el aire. Le marqué 18º C en el mando antes de devolverlo a su soporte. Caminaba hacia la cocina cuando empecé a notar la brisa fría del aire acondicionado acariciarme el cuello. Abrí el frigorífico y saqué el bote de gazpacho que había abierto por la mañana. Cogí un vaso del armario y lo llené. Le di un pequeño sorbo. Estaba muy frío, pero se agradecía. Tomé también un trozo de queso que corté en tacos y los puse sobre un plato. No tenía mucha hambre, solo me apetecía picar algo. Agarré el vaso con el gazpacho y el plato con el queso y me dirigí al salón. Posé ambos encima de la mesilla de cristal y encendí la televisión. Saqué el móvil del bolsillo y busqué la aplicación de streaming para continuar viendo la serie que había comenzado al mediodía y la envié al dispositivo del televisor. Estaba dándole un sorbo al gazpacho cuando un pitido me sorprendió. Era el aparato de aire acondicionado que acababa de pitar como si se hubiese encendido. Lo miré y vi que la luz verde parpadeaba unos segundos. Me giré para ver la pantalla del mando y comprobé que seguía igual, señalando los 18º C junto al símbolo del ventilador. Tras unos segundos, finalmente, le quité importancia y continué viendo la serie. Después de unos minutos, comencé a escuchar un silbido. Al principio creí que procedía de la serie, de alguna escena, pero pronto me di cuenta de que no era de allí. Puse en pausa el vídeo y volví a mirar el aparato de aire y comprobé que la luz verde volvía 10
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a parpadear. Me levanté y me situé debajo. El silbido parecía transformarse en un suspiro. Como si alguien estuviese en el interior. El suspiro mutó en murmullos ininteligibles. Mientras intentaba descifrar qué decía, pensé que era por el cansancio acumulado de todo el día y me estaba jugando una mala pasada, pero parecía real. Otro pitido, procedente del aire acondicionado, me devolvió en sí. Miré hacia arriba y observé que el motor seguía funcionando a plena potencia, pero algo no iba bien. Levanté la mano y noté que algo extraño estaba sucediendo. El motor seguía funcionando, pero no salía nada de aire. Introduje los dedos por la rendija y sentí la vibración del aparato, pero ni rastro del aire. Caminé hasta el mando, lo cogí y pulsé el botón de apagado. El dispositivo no respondió cuando la pantalla del mando se apagó. Me di la vuelta y apunté hacia el dispositivo de mi habitación y un pitido me señaló que se acababa de activar. Volví a apuntar hacia el aparato del salón, pero seguía sin responder. «Pero qué narices», pensé. Miré el mando y apunté hacia mi habitación, apagué y volví a encender el aire acondicionado que estaba sobre mi cama. Me giré para volver a dirigir el sensor del mando hacia el dispositivo del salón cuando me quedé petrificado. El aparato seguía encendido, pero un líquido rojizo empezaba a descender desde la rejilla de salida del aire. Dejé el mando en el soporte y me aproximé a la pared. Toqué el líquido de la pared; era viscoso y pegajoso. Lo llevé a la nariz y un olor a putrefacción me revolvió el estómago. Si hubiese comido más lo habría echado. Puse cara de asco y, rápidamente, cogí un papel de encima de la mesa para limpiarme. Tras ello, alcé la vista y observé cómo empezó a salir más líquido rojizo por el aparato. No podía creer lo que estaba viendo. Me llevé las manos a la cara y me froté los ojos como si eso sirviera para borrar aquella espantosa imagen. Deseé que todo fuese una 11
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alucinación. Los abrí y tardé unos segundos en recuperar la visión. Aquel líquido seguía descendiendo lenta, pero constantemente. Corrí hacia la cocina para ir a buscar un paño y la fregona cuando la puerta que comunicaba con la entrada se cerró de golpe. Me detuve en seco, ¿cómo era posible que se cerrase si no había corriente de aire? El dispositivo hacía rato que no echaba nada de aire. La temperatura en el salón estaba aumentando, pero yo solo sentía los escalofríos recorrerme la espalda. No sabía qué estaba pasando. Era como una pesadilla de muy mal gusto. Traté de abrir la puerta, pero es como si estuviese cerrada con llave. Eso me hizo ponerme cada vez más nervioso, sobre todo porque esa puerta no tenía pestillo para cerrarse. Me di la vuelta y me apoyé sobre la pared. Unas gotas frías de sudor comenzaron a recorrer mi frente. Había cerrado los ojos, pero reuní el valor suficiente para abrirlos esperando que todo fuese una ficción, una mala jugada de mi imaginación. Sin embargo, lo que vi fue peor. El líquido rojo viscoso ya había llegado al suelo y avanzaba rápidamente. Del aparato de aire cada vez salía más cantidad de aquella misteriosa sustancia. Ahora ya no solo caía por la pared, también lo escupía salpicando la mesa que estaba debajo. El suelo se iba cubriendo poco a poco, pero de forma constante, y ya estaba a escasos centímetros de mí. Me separé de la pared y caminé hacia el aparato. Pisé el líquido y sentí que los pies se me iban pegando. Al tercer paso noté que ya no podía elevar los pies. Es como si aquel líquido tuviese las propiedades de un pegamento ultra fuerte. Agarré la pierna derecha con las dos manos y traté de hacer fuerza para elevarla, pero no servía de nada. Miré hacia el sofá y se me ocurrió la idea de quitarme las zapatillas y saltar sobre este. Me agaché y comencé a soltar los cordones cuando vi que aquella misteriosa sustancia comenzaba a subir por mis zapatillas. Me incorporé sobresaltado y con el corazón en la garganta. 12
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—¡Pero qué demonios! —exclamé, mientras observé aterrorizado aquella escena. El líquido, que subía por mis zapatillas, alcanzó mi pierna y se transformó, poco a poco, en un par de manos que rodearon mi tobillo. —¡Ah! —volví a exclamar horrorizado, mientras hacía fuerzas para sacar el pie del calzado. De pronto, noté cómo otro par de manos me sujetaban la otra pierna. Mi pulso iba aumentando a un ritmo cada vez mayor y me costaba respirar. Numerosos escalofríos me recorrieron la espalda sin parar. Todo esto sin poder apartar la mirada de las cuatro manos que sujetaban mis piernas. De pronto sentí que empezaron a tirar de mí hacia abajo. El suelo de madera, cubierto de aquella misteriosa sustancia con olor a putrefacción, parecía ceder a la presión y estaba despareciendo bajo mis pies o, mejor dicho, mis pies bajo el suelo. Era como si la superficie firme se hubiese convertido en arenas movedizas. —¡Socorro! —exclamé a pleno pulmón mientras luchaba con todas mis energías contra la fuerza que me estaba hundiendo en el suelo, pero no servía de nada. Poco a poco, mis rodillas se hundieron, seguido de las caderas. Cuando estaba a punto de sumergirse mi pecho, usé mis últimas fuerzas para aferrarme al sofá y tratar de evitar lo inevitable. El aparato de aire acondicionado emitió otro pitido, pero no le hice caso alguno. Estaba tratando de aferrarme a la vida. Sabía que si me soltaba todo habría terminado, mi instinto de supervivencia me estaba dando una fuerza superior a la que me imaginaba. Las manos, con las que me aferraba al borde de madera del sofá, estaban comenzando a clavarse en las vigas de madera y la sangre recorría mi palma hasta la muñeca. —¡No! —exclamé en un último intento por hacer fuerza para salir, cuando varios bultos comenzaron a salir del líquido rojo. Los bultos se transformaron en manos que me rodearon. Manos cubiertas 13
¿Estaré despierto o será todo un sueño? Adéntrate en estas veintiuna historias donde los sucesos superan a la realidad. Relatos donde fuerzas sobrenaturales e individuos diabólicos hacen acto de presencia provocando que los peores temores se cumplan. Sueños que se tornan en pesadillas cuando ya no puedes escapar y parece que tu destino está marcado para un desenlace fatal. Si crees que eres valiente y que podrás soportar las historias aquí contenidas, ¡adelante! Sin embargo, una duda te surgirá al leer las diferentes historias, ¿serán
649738 788418 9
ISBN 978-84-18649-73-8
reales o simplemente serán unos malos sueños?
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