RELATOS DE EÓN EL RESURGIR DEL VACÍO
ÁLVARO GACHO TEMPRANO
PRÓLOGO
L a lluvia había estado cayendo todo el día sin dar tregua a
ninguno de los dos bandos. El sol se escondía y la única luz que quedaba para iluminar el campo de batalla provenía de las escasas antorchas que quedaban encendidas. —Pondremos antorchas a lo largo de la línea de combate por si se alarga la batalla —recordó Alan. Eran las órdenes que su general les había indicado esa misma mañana. Habían pasado más de doce horas desde que se inició el combate. —Maldición, Erick, o me matas tú o moriré de cansancio —le indicó a su amigo y compañero, mientras él cargaba otra flecha en su arco. De repente los dos compañeros escucharon un estruendo y una llamarada iluminó la penumbra de la noche. 3
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—¡Es él! ¡El elemental del fuego, por fin han llegado los refuerzos! Alan vio la oportunidad de avanzar y salió corriendo. Erick le siguió cargando contra dos soldados del bando enemigo. Lanzando una mirada a su amigo, cargó con su espada en la mano contra los dos oponentes. Con un grito de guerra arremetió contra el primero tumbándolo en el suelo. El barro los envolvió haciendo más pesado cada movimiento, Alan se agachó con la rodilla derecha en su pecho, cogió la empuñadura de su espada con ambas manos y la hizo descender apuntando a su garganta. Al soldado se le escapó un grito sordo, mientras Alan observaba cómo se iba la chispa de vida de los ojos de lo que antes podría ser un humano. El otro soldado se disponía a atacar a Alan, alzó su martillo y lo bajó rápidamente para golpearlo en la nuca, pero antes de que la enorme arma le destrozara la cabeza, se escuchó un silbido y se derrumbó sobre sus rodillas, mientras una flecha sobresalía del lado derecho de su casco. —Dos menos —susurró Erick—. ¿Cuántos más nos quedarán? —Alan intentaba avanzar en las líneas del enemigo, pero se detuvo en seco. Tras Erick caminaban cuatro figuras, cada una llevaba una capa de un color: roja carmesí, amarillo ocre dorado, verde esmeralda y azul celeste. Las cuatro figuras, armadas con lanzas, avanzaban rápidamente dando muerte a todo enemigo que se atrevía a cruzarse en su camino mediante ágiles movimiento y conjuros que invocaban mientras musitaban palabras que Alan apenas podía entender—. ¡Erick, los cuatro elementales! —gritó a su compañero, apartándose de su camino. Un relámpago iluminó el campo de batalla mientras en la lejanía se escuchaban los gritos de sus compañeros enfrentándose a aquellas bestias que portaban armaduras y armas de hombres, pero era lo único de humanos que quedaba en ellos. Alan escu4
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chó un ruido a su espalda, se volvió de nuevo sobre sí y vio una imponente figura tras él. —¿Qué demonios es eso? —Al mismo tiempo que intentaba avanzar entre el barrizal que se formaba por la lluvia—. Déjanos este a nosotros. —Alan se apartó a un lado mientras observaba cómo los elementales se dirigían hacia él—. Habéis luchado bien, retírate con tu compañero y recuperad fuerzas. —Alan asintió y se retiró junto con Erick. Los dos amigos vieron cómo los elementales formaban hacia esa bestia. Mediría más de dos metros, tenía una armadura negra, parecía de hueso de dragón. Del casco se podían apreciar dos puntos rojos, parecidos a unos ojos. Los cuatro conjuraron sus elementos y se lanzaron al ataque. Alan observaba el combate desde la distancia, maravillado por la agilidad y la elegancia con la que se movían; no daban cuartel a su adversario, sin embargo, el guerrero no recibía el más mínimo daño. Erick agarró del brazo a Alan. —Debe de ser un comandante negro. Había oído historias sobre grandes soldados que habían vendido hasta su misma alma para hacerse invencibles. La batalla entre los elementales y el comandante se torció de mala manera, inclinándose la balanza del bando enemigo. Se escuchó un crujir de huesos, y el elemental de la tierra cayó bajo la espada del adversario. —Erick —susurró Alan, mientras su compañero cargaba una flecha en su arco—. Apunta a sus ojos. Fue lo último que le dijo, cargando en dirección al comandante. En el momento que la espada descendía para acabar con la vida del elemental, Alan le embistió sin apenas moverlo lo más mínimo, pero lo suficiente como para detener el ataque y salvar su vida. El comandante se giró hacia Alan escuchándo5
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se un silbido entre las gotas de lluvia que caían. Una flecha se clavó en su ojo izquierdo, sin causar la más mínima reacción, ni siquiera pronunció un leve grito. Se limitó a soltar su presa y lanzar su espada en la misma dirección de la que provino la flecha. Alan se volvió y advirtió con horror como su compañero caía. —¡No! —gritó Alan, a la vez que Erick se desplomaba en el suelo. Mientras tanto, el elemental de la tierra se levantó y se reunió con el resto de sus compañeros. Los cuatro pronunciaron una palabra y de sus manos comenzó a brotar una luz intensa del mismo color que cada una de las capas que portaban. Alan, lleno de ira, alzó su espada hacia su oponente, lanzándose sin pensárselo dos veces. Algo le detuvo, sintiendo un pinchazo en el pecho, dirigió su mirada abajo y vio cómo sobresalía un puñal de su pecho. El comandante negro se había adelantado y con un rápido movimiento asestó una puñalada mortal a Alan. Se tambaleó y retrocedió dos pasos, miró hacia el cuerpo sin vida de Erick, apretó los dientes mientras notaba un sabor misturado entre sangre y saliva. —Odio luchar con el campo de batalla mojado, todo es más pesado. Agarró su espada con las últimas fuerzas que le quedaban y se lanzó hacia su enemigo. En ese instante, los elementales terminaron de pronunciar las palabras y lanzaron su ataque. Convergieron en el mismo punto, la espada de Alan clavándose en el pecho y la magia elemental. Durante un segundo el campo de batalla se iluminó por completo y cuando el destello cesó, Alan estaba en el suelo. Mientras sus párpados se cerraban, vio cómo el comandante negro yacía sin vida, y uno de los cuatro elementales, el de la tierra, se desplomaba. 6
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A cientos de millas de distancia, en una modesta casa, una mujer gritaba con desesperación, mientras el médico entraba en la habitación. —Empuja —le indicaba otra mujer. El médico cogió de la mano a la mujer que estaba dando a luz mientras ordenaba a la otra que le trajera más agua caliente. —Todo está saliendo bien, Esther, un último empujón y todo habrá terminado. —La mujer empujó con todas sus fuerzas y se hizo el silencio durante un segundo. La estancia se llenó del llanto de un niño—. Es un varón —apuntó el médico—. Tiene un aspecto muy sano. —Mientras, sostenía en brazos a la criatura que había llegado al mundo. —Acérquemelo —dijo Esther, jadeando por el sobresfuerzo. —¿Con qué nombre le bendecimos? —Ella se quedó pensativa durante un instante, respondió finalmente: —Su padre quería que se llamara Alros, será un gran hombre como él. Mientras, el cielo del pueblo de Híscar se iluminaba por una extraña y hermosa aurora amarilla ocre dorada.
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El RENACER DE LA TIERRA
Leukós lanzó los cuatro orbes a la tierra de la creación. Cuando los orbes tocaron la tierra, sus esencias se esparcieron ocupando los cuerpos de los primeros elementales. Después, nunca más se volvió a saber de Leukós. Historia oculta de la creación
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LA ESPADA DE ALROS, HEREDADA DE SU PADRE, FUE FORJADA EN LA CIUDAD DE SÍNOE, CAPITAL DE ELPIDA. 10
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Undécimo día del mes Iam El sol se alzaba lentamente por el este, sobresaliendo por los picos de las montañas de Riskam, las montañas que delimitan el territorio de Elpida con el de Kafsaerion. Como cada mañana, Esther encendía los hornos para comenzar a cocer la masa que había estado preparando desde antes del amanecer. Alros siempre ayudaba a meter con cuidado cada uno de los bollos en el horno, pero este día era diferente. Se cumplían dieciocho años de su llegada al mundo, y como cada cumpleaños, Alros visitaba la tumba de su padre con las primeras luces del alba. Era la época de las lluvias, por lo que el camino estaba embarrado y se respiraba la humedad en el aire por la tormenta que había estado cayendo la noche anterior. El cementerio se situaba a las afueras del pueblo, pasada la vieja casa donde vivía el sepulturero. Alros atravesó la puerta del cementerio y se dirigió con decisión hacia la lápida. «Aquí yace Alan, valiente guerrero, amado esposo y cariñoso padre». Pensativo, dejó dos rosas sobre la fría y húmeda piedra. —Nunca te conocí, todo el mundo me habla de cómo eras, de cómo debo parecerme a ti… —Alros estaba preocupado por la decisión que debía de tomar, decisión que había dejado prolongar desde hacía ya dos veranos. «Por los méritos logrados por su padre, se le hace el honor de ser admitido en la academia de la Legión, sin necesidad de prueba de habilidades»—. ¿Por qué debo seguir los pasos de mi padre? —se interrogaba una y otra vez cada mañana. Desde muy pequeño, Alros había mostrado interés por la magia, había leído libros sobre los elementales, sobre ciertos tipos de magos que pueden realizar conjuros curativos o que pueden emplear su magia en el campo de batalla. Desde que tenía uso de razón, se pasaba las horas delante del fuego, imaginando 11
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cómo controlarlo o también miraba la lluvia como si pudiera controlar su caída a voluntad… El joven se retiró inclinando la cabeza, y se dispuso a salir del cementerio. Al cruzar la oxidada puerta de hierro de este se encontró con el sepulturero. Un hombre alto, de complexión delgada y que asomaba la testa de su cabeza allí donde el pelo desaparecía. Tendría unos cuarenta y muchos veranos, aunque a Alros le resultaba difícil calcular su edad y en una ocasión le preguntó ella. La respuesta que recibía siempre era la misma «me siento como si cincuenta inviernos pesaran sobre mis huesos». —¿Qué te sucede, chico? Pareces pensativo —le dijo, dirigiéndose al joven. Lo normal es que alguien que se dedica a amortajar y enterrar a los muertos sea una persona solitaria; en cambio, aquel hombre mostraba interés por los habitantes del pueblo y su sonrisa inspiraba una agradable confianza y siempre tenía una palabra de amabilidad desde su llegada al pueblo hacía ya unos diez años. —Saludos, hoy es el día en el que se cumplen dieciocho años de mi llegada a este mundo y debo elegir qué camino debo recorrer a lo largo de vida. El hombre, arqueando una ceja y con aire pensativo le respondió: —¿No es motivo de alegría? Si una decisión no es motivo de felicidad, es que no debes tomar esa decisión, siempre hay alternativas o soluciones, chico. —En realidad no es tan sencillo. Todos quieren que mi destino se torne en ser un gran soldado, quieren que mi camino sea el mismo que recorrió mi padre. —¿Quién es tu padre? Si no es indiscreción. —El sepulturero sacó una manzana de su bolsillo y dio un mordisco a la roja fruta. 12
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—No lo es, señor, mi padre era Alan. Se encuentra enterrado en la quinta lápida de la tercera fila a la derecha. —¿Alan, dices? Cuentan que murió con gran honor; cayó defendiendo a los mismos elementales. Sin duda, tenía mucho valor. Por los rumores que cuentan las buenas y malas lenguas de este pueblo, no hubo soldado más valiente durante la batalla de Campoluciérnaga. Si bien es cierto, que cuando uno se encuentra bajo tierra, solo caben palabras de beneplácito para su persona. —Dio otro mordisco a la fruta. —Lo sé, me han relatado esa historia desde que tengo uso de razón. Sin embargo… no estoy seguro de que el uso de la espada, en definitiva, la guerra, sea lo mío. —¿Y qué es «lo tuyo», exactamente? —El hombre rebañó los últimos resquicios de la fruta y lanzó el resto al suelo. —Pues…, le va a sonar raro, pero siempre me ha llamado la atención la magia. —Hay grandes magos en el mundo, chico. ¡Nada como los elementales!, claro está. Pero siempre puedes encontrar tu centro. Para saber si una elección es la correcta solo tienes que sostenerla entre tus manos, si eres capaz de soportar el peso, será la correcta. Puedes encontrar tu camino. Alros vio cómo el sepulturero se alejaba diciéndole insistentemente en voz baja esas palabras: «soportar el peso». Caminó por el camino de regreso al pueblo, apreciando en la lejanía cómo se acercaba un contingente de más de cuarenta jinetes. No era la primera vez que pasaban por el pueblo altos cargos. Híscar se encontraba a una jornada de Sínoe, la capital de Elpida, el reino central, y estaba de camino a la capital del país de Gálano, por lo que Alros no le dio mayor importancia. Pudo divisar el estandarte que portaba el primero de los jinetes, un rombo con los lados doblados hacia su interior y en cuyo interior se encontraba 13
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una estrella dorada sobre un fondo azul celeste: el estandarte de la capital. El joven se extrañó durante un momento, ya que ese blasón solo era portado por la guardia real en campañas con una especial representación, no solo de la región central, sino de todos los países «seguramente vayan en misión diplomática hacia Fésoda» pensó. Una vez escuchó, mientras estaba en la taberna, que desde hace algún tiempo Fésoda se encontraba acosada por continuos ataques de grupos de soldados cada vez mejor armados. Según se decía, provenían de la pequeña península situada en la parte más oriental. Todo ello era debido a la inestabilidad de Gálano y especialmente desde la muerte del elemental de la tierra. Sin embargo, esos pensamientos se esfumaron de la mente de Alros cuando se acercaba al pueblo. Como tenía por costumbre cuando paseaba por el pueblo, Alros visitaba los puestos del mercado en busca de las mejores mercancías. El mercado se situaba en la parte oeste del pueblo, constaba de un edificio central que podía ser empleado como almacén para aquellos que pudieran pagar el alquiler. A su alrededor se ubicaban los puestos en los que cada mañana los mercaderes probaban suerte exponiendo y vendiendo sus productos. Alros se conocía de memoria cada puesto, ya que Híscar era un pueblo pequeño, aunque de vez en cuando pasaban por la ciudad mercaderes ambulantes en dirección a la capital en busca de mayor fortuna. La primera parada siempre la hace en el puesto de la señora Julia, una mujer anciana que vendía verduras, legumbres y frutas. Sus manzanas no eran consideradas solo las mejores del pueblo, sino de toda la región. Era el fruto que buscaba para que su madre preparara su famosa tarta de manzana para celebrar su cumpleaños. «Mi cumpleaños» recordó, y nuevamente le vino a la cabeza la decisión que debía de tomar y las palabras del hombre del cementerio: «debes encon14
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trar tu centro». De igual modo se preguntaba si debía seguir los pasos de una persona que ni siquiera conoció. —¡Alros! —Escuchó desde la otra punta del mercado. Giró la cabeza y sonrió mientras su amiga se acercaba alegremente. —Hola, Shilia —respondió con una sonrisa forzada. —¡Felicidades! Hoy celebramos tus dieciocho cumpleaños. — Gra…, gracias. —Le costó decir. —¿Qué te sucede? ¿Es por…? —Ella se adelantó y le entregó un tulipán morado—. Pase lo que pase, y tomes la decisión que tomes, será la correcta. Alros sonrió ante las amables palabras de su amiga, con la que se había criado desde pequeño. Ella era apenas un año menor que él, tenía el pelo castaño y sus mechones caían haciendo algún bucle mientras descendía por sus hombros. Sus ojos tenían un color pardo que brillaban cuando sonreía o cuando pensaba en alguna travesura que quería cometer. Siempre había mostrado más interés por las labores típicas de los hombres que las de las mujeres, y por ello, era más fácil encontrarla con un palo practicando el arte de la espada, que con una aguja e hilo haciendo costura. Sus padres eran conocidos por ser los dueños de la mina de carbón que sustentaba la mayor riqueza del pueblo. Su nacimiento fue un milagro, como lo definía su madre Esther. Según le había contado, debido al duro trabajo y todas las horas que pasó su padre en la mina, les era imposible tener hijos. Sus familias, la de Alros y la de Shilia, eran amigas, y durante su infancia pasaban las tardes jugando el uno en casa del otro y viceversa. La mayoría de las veces, Alros jugaba a ser un hechicero que conseguía dominar a los dragones y ella una guerrera que los derrotaba. Pero aquellos juegos quedaban ya atrás en el tiempo, desde que Alros tuvo que comenzar su adiestramiento en la academia del pueblo, mientras que Shilia aprendía 15
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contabilidad para poder llevar el negocio de su padre el día en el que tuviera que tomar el relevo. —Gracias —respondió Alros ante el regalo de Shilia—. Esta tarde pasaré a veros con mi madre. —Cogió una docena de manzanas y se marchó, con paso veloz hacia su casa. Shilia se quedó mirando cómo se marchaba. «¿Le habré ofendido en algo? —se preguntaba—, parece muy afectado». Un soplo de inspiración hizo que en su mente surgiera una idea y una sonrisa se esbozó en sus labios. Siguió recorriendo el mercado, buscando una tienda en particular, pasando por los cinco puestos de venta de carne de siempre. Podía escuchar de fondo cómo los vendedores, a voces, rebajaban los precios compitiendo así los unos con los otros. La muchacha sabía que esa carne no era de muy buena calidad, y en más de una ocasión, había sido motivo de una mala digestión por parte del incauto que la comprara. Shilia siguió su camino, girando la última calle a la derecha para entrar en una tienda en la que el tiempo había borrado prácticamente las palabras de la entrada «Marroquinero, especialista en elaborar lo que desea». —Buenos días, Shilia —Saludó un hombre dándole la bienvenida a la tienda. —Buenos días —respondió con la misma cordialidad. La joven sabía bien que era conocida en el pueblo por la reputación de su familia, y también sabía muy bien que, si quería comprar una pulsera de cuero, debía acudir a aquel hombre. —Quería comprar una pulsera que fuera especial, es para un regalo. —Curiosamente he recibido esta misma mañana un nuevo surtido de pulseras muy elegantes. —El vendedor desplegó sobre la mesa de madera un paño con una docena de ellas. Revisó cuidadosamente cada una de las piezas de cuero, parándose en una de ellas que llamó su atención en especial. 16
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—Me gusta esta. —Y la señaló. —Mmm, qué extraño. Esta pulsera no la tengo catalogada. —El vendedor cogió el objeto entre sus manos y lo examinó cuidadosamente. Tenía un símbolo grabado, parecía algún tipo de runa o dibujo, pero desconocía por completo su significado. La forma era de un círculo perfecto, atravesado verticalmente por una línea que sobresalía por la parte superior e inferior de la forma circular—. Está bien, por ser tú, te la dejo por quince piezas de cobre. Shilia miró la bolsa que portaba y sacó todas las piezas de cobre. —Solo dispongo de diez. —Puso las monedas sobre la mesa. El tendero arqueó una ceja al ver el dinero. —Me temo que no puedo rebajar más su precio, pero podemos hacer un trato. Te guardo la pulsera y me quedo con estas diez monedas como fianza y parte, ven antes de que anochezca con el resto del dinero y te la llevas. La joven sonrió y aceptó de buen grado el trato con el vendedor. —Volveré antes de la puesta de sol —dijo, saliendo por la puerta del pequeño comercio. «Le encantará y seguro que se animará». Shilia giró a su izquierda de vuelta al mercado, dirección a su casa. Ya se había pasado media mañana y tenía que volver para ayudar a su madre con la comida. De camino iba pensando en Alros y en la decisión que debía tomar. Se preguntaba también sobre su futuro, pues por desgracia, para ella solo le quedaba la posibilidad de quedarse en su casa y continuar con el negocio familiar. —¡Aparta, niña! ¿Es que no ves por dónde vas? —Shilia, inmersa en sus pensamientos, chocó con un hombre que portaba una túnica oscura y el rostro tapado. —Perdón —dijo, disculpándose por su torpeza. El hombre la miró de arriba abajo y continuó su ruta. A Shilia se le quedó una sensación extraña en el estómago al chocar con aquel hombre. «¿Qué se 17
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habrá creído?». Continuó calle arriba en dirección a su casa. Recorriendo las calles, pasó por la plaza central del pueblo, desde donde se podía ver la academia, lugar de enseñanza de la región y donde Shilia aprendió a leer y a escribir hacía ya muchos inviernos y donde continuaba estudiando las artes mercantiles. Al otro lado, justo enfrente de la academia se situaba el ayuntamiento de Híscar, un edificio hecho de la misma piedra que la academia. —¡Vamos, Alros! —indicaba Esther a su hijo, mientras caminaba calle abajo cargada con la tarta de manzana recién horneada. El reloj del ayuntamiento del pueblo marcaba la sexta hora de la tarde. —¡Ya voy, madre! —gritaba, mientras la alcanzaba a paso ligero. Ambos caminaron en silencio a lo largo de la calle, hasta la casa de Shilia. Aunque tenían una relación muy cercana, no hablaban mucho entre ellos. Esther siempre veía la imagen de su difunto marido reflejada en Alros y muchas veces sabía lo que pensaba antes de que él mismo lo dijera. —¿Has pensado algo acerca de…? —¡Mucho! —interrumpió él, antes de que su madre terminara la pregunta—. Por eso antes de salir de casa he cogido la espada de padre. —Era una espada que había vivido tiempos mejores, sin embargo, el paso del tiempo no había hecho que se oxidara o envejeciese. La empuñadura estaba recubierta de cuero y era de color dorado y la hoja aún seguía afilada. —¿Te he contado alguna vez la historia de esta espada? —preguntó Esther a su hijo. —Se la regaló un herrero a padre cuando estaba completando su entrenamiento en la Legión —contestó el chico mientras asentía con la cabeza. —Sí, y cuando se la entregó, el herrero le dijo las palabras que tiene marcadas la base donde descansa en casa: «El metal más 18
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fuerte del mundo, se puede volver frágil bajo las condiciones adecuadas». —Lo he leído muchas veces, madre. ¿Qué quiere decir? —preguntaba Alros mientras guardaba la espada y se acercaban a la puerta de la casa de Shilia. Esther lo detuvo delante de la puerta antes de entrar. —Todo metal se puede calentar lo suficiente para moldearlo, sin embargo, si lo enfrías demasiado rápido, este se torna quebradizo y se rompe con facilidad, hay que darle tiempo a que el metal se enfríe y se forje correctamente. De igual forma en la vida, no hay nada que no pueda ser superado; todo problema tiene solución, solo hay que buscar la manera correcta de conseguirlo y para ello debes darle el tiempo adecuado y no correr demasiado. —Cuando terminó de decir estas palabras, Esther llamó a la puerta y ambos entraron en la casa. —Bienvenidos —dijo Grefil con los brazos abiertos. Alros le dio un abrazo al padre de Shilia, mientras le daba las gracias. Grefil era un hombre de complexión fuerte, con el pelo blanquecino en aquellas zonas de su cabeza en donde quedaba algo de él. Tenía las mejillas rosadas la mayor parte del tiempo, consecuencia de las complicaciones respiratorias por haber pasado tantos años en la mina. Su mujer Nhilia, se encontraba detrás de él con la misma expresión de felicidad. Su aspecto era la de una mujer envejecida por el trascurso del tiempo. Toda su vida la había dedicado a ayudar a su marido con las cuentas y administración de la mina. Tenía el pelo de color negro, aunque alguna cana asomaba ya en su cabellera. Aunque eran los más ricos del pueblo por la fortuna acumulada por la explotación de la mina de carbón, bien se habían ganado ese puesto a base de sudor y esfuerzo. Shilia se encontraba sonriente en el comedor. Llevaba un vestido de color turquesa. El pelo peinado y un par de bucles en los cabellos. 19
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—Hola, Shilia. —Alros se acercó a ella para darle un beso en la mejilla, se detuvo a un paso de ella—. No hacía falta que te vistieras de chica por mi cumpleaños —le dijo entre risas. Shilia se acercó y le dio un golpe en la cabeza. —¡Cabezón! —Mientras, también ella se reía—. Yo no me he vestido tan elegante. —Alros vestía una camisa de color blanca y unos pantalones de pana de color negro. —¿Ya estáis con vuestras bromas? —indicó Esther, mientras entraba al comedor y saludaba a Shilia—. Vosotros siempre igual. —Los padres de Shilia entraron detrás de ella y todos se sentaron a la mesa a disfrutar de la tarta de manzana que había preparado Esther. Las dos familias conversaron sobre trivialidades relacionadas con los diversos habitantes del pueblo hasta que Grefil interrumpió, dirigiéndose a Alros: —¿Has pensado cuándo partirás? —preguntó, mientras le servía un vaso de Lambrusco. —Aún no lo sé… —le respondió, con porte cabizbajo. —Tranquilo, muchacho, mi hermano Erick también tuvo muchas dudas sobre todo ese tema de la Legión. —Shilia interrumpió la conversación para levantarse de la mesa—. Ahora vuelvo, me he dejado una cosa en el mercado. —Y salió con paso veloz de la estancia. —No tardes mucho —le indicó su padre—. Creo que deberías acompañarla, Alros, ya está anocheciendo y esta niña se despista con demasiada facilidad. —Alros se levantó de la mesa y salió de la casa siguiendo los pasos de Shilia. Había salido a toda velocidad, por lo que Alros tuvo que aligerar el paso, percatándose que se había llevado la espada sin darse cuenta. —¡Shiliaaaa! —gritaba, mientras se acercaba al mercado. Apenas quedaban unos pocos rayos de luz del día y las antorchas del 20
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pueblo no habían sido aún encendidas, por lo que la visibilidad era bastante reducida. Además, había bajado la niebla rápidamente y la temperatura se tornaba fría—. ¡Shilia! —volvió a gritar, con el mismo resultado que antes. No había nadie por la calle, pasó junto a una tienda donde se podía oler a aceite de cedro mezclado con tanino, sustancias empleadas en las últimas etapas al curtir el cuero. —No hay escapatoria, chica, te vienes conmigo. —Alros escuchó una voz a la vez que un escalofrío le recorría toda la columna. Corrió hacia el callejón de donde procedía y vio cómo un hombre con una capa negra y la cabeza cubierta se acercaba a Shilia—. ¡Déjame en paz! —recriminaba Shilia al hombre encapuchado mientras forcejeaba con él. —¡Suéltala ahora mismo! —Alros desenfundó la espada de su padre mientras el hombre se giraba. —¿Quién eres tú muchacho?, márchate o tendré que matarte a ti también. —El extraño asaltante desenvainó su espada. —¡No sin ella! —Alros dio un paso al frente y se puso en posición de combate. El hombre dio un empujón a la chica y la estrelló contra la pared, abalanzándose sobre Alros. El chico bloqueó el ataque y se lo devolvió dándole una patada en el pecho—. —¡Maldición! —Dio un paso atrás y se retiró la capa, portaba un peto de cuero negro, con un extraño símbolo a la altura del corazón, se encontraba bien equipado para el combate, mientras que Alros no portaba protección ninguna. El asaltante salto en el aire y golpeó con todas sus fuerzas la espada de Alros, mientras este lo bloqueaba. Alros no pudo evitar salir impulsado hacia atrás y caer en el suelo. El hombre se acercaba mientras se reía. —¿Algo que decir? —le dijo, mientras le ponía la bota en el pecho y le clavó levemente la espada en su hombro izquierdo—. 21
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—¡Sí! —El extraño asaltante se dio la vuelta en dirección a esa contestación que había recibido. Shilia se encontraba de pie—. Has estropeado todo, suelta a mi amigo. El hombre se rió, cogió a Alros de la pechera, lo levantó y le dio un golpe en la cara. —¿Quieres esto? —Shillia contemplaba la escena llena de rabia, quería hacer algo, pero no sabía el bien el qué. —¡Alros! —gritó. En ese momento el joven reaccionó y con todas sus fuerzas lo golpeó con el mango de su espada en la cara. El joven consiguió zafarse de su adversario y se repuso. —¡Vas a pagar por todo! —Se puso en guardia y se lanzó al ataque. Estocada tras otra, el asaltante las bloqueaba, pero poco a poco iba sintiendo cómo el chico ganaba velocidad y fuerza en sus golpes. Alros desconocía de donde le venía la fuerza, solo pensaba en que tenía que acabar con él o Shilia… En ese momento paró en seco y notó una punzada en su pierna derecha. Aquel hombre había logrado alcanzarle en la pierna con su espada. La sangre comenzó a correr por el muslo, la herida no era muy grave, pero lo suficiente como para estar en una mayor desventaja. El hombre sonrió y se relamió el labio superior sabiendo que su presa estaba herida y que pronto acabaría la contienda. Se lanzó directo a Alros con intención de clavarle la espada allí donde estaba su corazón. —¡No! —gritó Shilia. Comenzó a soplar una brisa que poco a poco iba ganando intensidad, Alros se giró y vio cómo Shilia se encontraba rodeada de una especie de torbellino de arena y grava, su mirada inocente había desaparecido por completo y se había tornado en una mirada llena de decisión. —¡Maldita sea, esa niña…! —El asaltante paró en seco su ataque a la vez que se volvió hacia Shilia. El remolino cada vez era más fuerte y una roca salió disparada hacia el hombre, le golpeó 22
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en la pierna y cayó sobre su rodilla—. ¡Maldita niña, te mataré! —Se repuso y se abalanzó sobre Shilia. En ese momento Alros se interpuso en su camino y le bloqueó con la espada—. ¡Aparta, mocoso! —Y lo empujó contra la pared. Los labios de Shilia comenzaron a pronunciar palabras que Alros no conseguía entender y sus ojos se tornaron de color amarillo ocre dorado. Los pies del hombre se empezaron a recubrir de tierra hasta la altura de las rodillas impidiéndole moverse. Alros no entendía lo que sucedía, pero aprovechó la oportunidad y clavó su espada en su pecho—. ¡Terminareis muertos, os lo juro! —La cara del asaltante comenzó a volverse gris y se fue tornando al negro hasta que su cuerpo entero se resquebrajó en millones de partículas negras que desaparecieron en el aire. Allí donde antes había un hombre, solo quedaba una cota de cuero, junto con ropajes de combate. Alros, asombrado a la vez que asustado por la escena, se giró hacia Shilia, viendo cómo se desplomaba en el suelo. A la entrada del callejón un soldado gritaba: —¡Aquí está, he dado con ella!
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Año 387 de la Edad de la Unión, los cinco países de Eón se encuentran en una era de paz y armonía. Sin embargo, la guerra comienza a fraguarse cuando un antiguo ser resurge de su profundo sueño. Un mal ya olvidado, cuyo origen se remonta a los comienzos de las edades del mundo y que, para vencerlo, hizo falta un ejército compuesto por todas las razas y naciones de Eón, ello, y el sacrificio de los nephilim creadores del mundo. Ahora, solo restan los elementales para detenerlo, poseedores de la esencia de los nephilim originales. Esta guerra, envuelve a Alros y Shilia, dos jóvenes que se ven atrapados y que son fichas indispensables en el tablero del bien y del mal. Durante su viaje deberán contar con el apoyo de los elementales y de los Sinais, una raza que existía antes que la raza del hombre y que se creía solo un mito. Alros y Shilia no lo tendrán nada fácil pues el enemigo es capaz de volver el corazón del más justo contra sus seres queridos, y tendrán que discernir en
297151 788418 9
ISBN 978-84-18297-15-1
quiénes confiar y en quiénes no.
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