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RAQUEL. Diario de una joven madre (1947-1958)

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RAQUEL

Diario de una joven madre (1947-1958)

Sonsoles Peñacoba

COMPAÑERO DE MI VIDA

(Fragmentos de la carta de petición de mano que escribió Lesmes a los padres de Raquel. 17 de noviembre de 1942).

«M ucho he pensado hasta dar este paso, y me he decidido a darlo cuando, convencido de estar enamorado, me he convencido también de que me sería inútil de todo punto el ocultarlo; de no ser así, quizá no lo hubiera manifestado nunca. Me considero tan en último lugar entre los muchos aspirantes que tenga y los que puedan surgir, ya que está empezando a ser mujer para despertar atención como tal, que mucho he meditado si mi intromisión no la juzgarían como un abuso de la confianza con que me honráis en la familia. ¡Que Dios me castigue si no he puesto cuanto en mi mano ha estado para no caer en semejante indignidad! [...]

Vosotros, que creo habéis llegado a conocerme bastante bien, podréis apreciar exactamente con cuánto temor he procedido, con qué pocos méritos puedo presentarme y cuan desproporcionada es mi aspiración. Por mi parte, comprendo bien lo difícilmente que pueda conjugarse una naciente juventud con toda su belleza unida a una pureza de alma muy elevada,

con una juventud ya madura, que si buena en sus principios, ha pasado por toda una serie de desviaciones que han dejado profunda huella en su espíritu. No obstante, estas graves consideraciones que me he formulado a mí mismo repetidas veces, y en contra de ellas, ha ido surgiendo en mi interior, agrandándose por días, una fuerte ilusión que va reemplazando, con una vitalidad para mí desconocida hasta entonces, a un amargo escepticismo en que me había hundido, y a través del cual enfocaba todos mis más íntimos problemas: religiosos, del concepto de vida, de nuestros fines en ella, del matrimonio, etc.

[. . .] Por último, quiero hacer constar que me he dirigido a ti bajo dos aspectos: como padre de la criatura por quien siento mi más honesto y sincero amor, y como la persona en este mundo con más autoridad paternal sobre mí. Pues bien, cierto es, y jamás podré olvidar, que tú me has tendido tu generosa mano en la época de la mayor crisis de mi vida en todos los órdenes; y con solícitas atenciones, de las que yo no era merecedor, me has dado consuelo, medios materiales y, lo que es más importante, una luz clara sobre el camino que, sin engaños, nos lleva al cumplimiento de nuestro destino en la tierra».

AÑO 1947

OCTUBRE

47

G racias, infinitas gracias te doy, Dios mío, por haberme conservado todos estos años de vida, y por haberme concedido tantísimas cosas y gracias, y tantísimos beneficios. Sobre todo, estos papás, tan buenos, tan cristianos, y este compañero de mi vida, ejemplo de maridos, a quien me he unido para siempre y a quien quiero con toda mi alma.

NOVIEMBRE 47

Me gustan tanto las calles de mi Granada. Las que tantas veces he atravesado […] del bracito con Lesmes cuando éramos novios y subíamos a toda prisa por esa encantada «cuesta de Gomérez» que nos conducía al delicioso, al fresco y húmedo bosque de la Alhambra. Ahora mismo me parece estar percibiendo ese vaho especial a tierra mojada

y a verde que le da a uno nada más traspasar el umbral, la «Puerta de la Granada». Y como un sueño oigo el rumor de las hojas movidas por la suave brisa y el «glú glú» del agua al descender limpia y alegre a los lados del ancho paseo. En todas partes se siente el agua. Por todas partes hay arroyitos, fuentes, surtidores y cascadas pequeñitas medio ocultas entre el verde. Cuando subíamos del brazo o paseábamos por esos sitios, llevaba como una lucecita dentro de mí que saltaba y me hacía cosquillas, y me debía de salir a los ojos cuando tú me mirabas, ¿verdad que lo notabas?

Ernestito me ha dado muy mala noche. Lesmes se empeñó en ponerse a mi lado para cuidarse de él y el pobre ha estado toda la noche levantándose. […] Qué bueno es y cómo abuso a veces de su bondad. Siempre le estoy dando la tabarra con los encargos y ayer le dije que me subiera carne, chuletas, para comer. Pero, encima de que se ha acordado y preocupado de eso, y las ha traído en el autobús, solo porque eran pequeñas y tenían mucho hueso, le he empezado a protestar y a gruñir diciendo no sé qué sandeces hasta que él me ha tenido que llamar la atención y decirme lo que es verdad, que demasiado hace. Me lo ha tenido que decir él, y entonces lo he comprendido y he llorado...

Yo querría haberle dicho luego estas palabras: «perdóname, Lesmes; tienes mucha razón; merecía que me hubieras

regañado mucho más; sin embargo, ¡me da tanta pena cuando me regañas! Pero ya ves, soy tan torpe que lo has tenido que hacer para que me diera cuenta. ¿Me quieres lo mismo? Porque, ¿sabes? Mi mayor pena es que me creo que no me quieres cuando te enfadas conmigo, sobre todo como ahora, con tanta razón. ¡Y me entra una congoja…!» Esto quisiera decirte más o menos. Pero sé que no te lo diré nunca. A lo más que llego, si acaso, es a pegarme más a ti por la noche, escondiendo mi cabeza en tu hombro, para que tú me pases tu mano suavemente por mi pelo. Y esto ya me alivia. Por eso lo quiero escribir aquí, para desahogarme. Muchas veces tengo el propósito de no dejarme tanto, de levantarme por la mañana con diligencia antes que él y vestir a los niños. Y luego llega el momento y soy una birria, incapaz de hacer siquiera ese pequeño sacrificio.

¡Qué boca tan bonita tiene Lesmes! Me mira con curiosidad de saber lo que escribo, y sentado frente a mí, me sonríe… Hay veces que me sonríe igual que cuando éramos novios y siento que se me estremece el alma, ruborosa, como entonces.... Recuerdo ahora como si lo estuviera viendo, un día en el «Cortijillo». Habíamos terminado de comer. Yo estaba sentada en el rinconcito, entre el aparador y la cama turca. Tenía puesta la bata de lunares, grandes y negros, en fondo blanco, que me gustaba tanto y a él también. Estabas senta-

do tú, enfrente de mí, junto a la ventana fumando un pitillo. No sé de qué se hablaba. Nos mirábamos y tú me sonreías de esa manera especial a través del humo del cigarro. En ese momento pensé que no lo olvidaría nunca y así ha sido. Recuerdo perfectamente dónde daba el sol en la habitación, las macetas de la ventana, todo, y tu boca sonriéndome con ternura me decía tantas cosas...

También con ese vestido de lunares me diste un beso, suave y dulce, como el que describe E. Galvaniato, una noche de mucha luna en la ventana del cuarto de estar de casa, que me estremezco al recordarlo y que no olvidaré nunca.

Sí, algunas veces me sonríes así, y otras también me hueles a cuando éramos novios. […] Como ayer, me olías a campos de Armilla, igual que cuando nos sentábamos por allí al lado de nuestras bicicletas, mirando la puesta de sol, o el azul del cielo. Fue un momento, cuando me abrazaste en la escalerita del patio. Y me pareció estar en medio de los llanos de Armilla solitos los dos.

Tú no sabes, Lesmes, la alegría que me diste cuando te lo dije, y no solo no te pareció mal, sino que las gafas de sol estaban muy bien, que eran muy buenas y que te gustaba mucho que me las hubiera comprado. ¡Qué bien me conoces y qué bueno eres!

Tú no me dices nada cuando compro alguna cosa, algún capricho, todo te parece bien. En cambio, yo contigo no es igual. Siempre la misma diferencia: tu mejor, más generoso que yo

AÑO 1948

ENERO 48

Estoy muerta de sueño. Son las doce menos veinte y Lesmes ya está limpiando la cocina. He estado liando pitillos mientras me leía «La honorable gira campestre».

¡Con qué paciencia aguanta Lesmes a los niños! ¡Pobretico! Demasiado bueno es. Pocos, poquísimos habrá como él en este aspecto. ¡Buenos son los hombres para aguantar un día en el dulce hogar rodeados de sus niños! Los más buenos, los que no sienten necesidad de salir en los días de fiesta, se quedan en casa, sí, pero despreocupándose de esas cosas de la casa y de los chicos, esas cosas que son patrimonio de la mujer. Yo sé apreciar bien esa ayuda que me hace sin darle importancia y con tan buen espíritu.

Por las mañanas me cuesta un trabajo horrible salir de la cama y me ponen nerviosa los niños cuando vienen a nuestra cama. Pero con mucho más motivo que yo debía alterarse Lesmes, que es el primero que sale pitando, así, de repente, sin que le puedan esos minutillos que se agradecen tanto para acabarse de espabilar dentro de la cama. Y sin embargo nunca se queja. Él se levanta y coge a Rosita y la pone a hacer pis, y la coloca en el lado de la cama que él deja vacío. ¡Con las ganas que le deben entrar de meterse otra vez entre las sábanas tibias! Y a Ernestito también lo trae y encima soy yo, que no salgo de la cama, la que me molesto. Casi siempre viste él a Rosita y a Ernestito. Pero ¿qué marido hay que sea capaz de esto?

El otro día me bajó Lesmes a Sevilla a ver una película de Joan Fontaine. ¡Me puse más contenta! Solo comenté que esta artista me gustaba mucho cuando vi el anuncio de la película, algo así como una indirecta de las de Julita, pero que él supo enseguida recoger. El domingo también bajamos a ver Los mejores años de nuestra vida. […] Pero lo que menos me esperaba yo era que iba a salir también el lunes. Habíamos estado diciendo al mediodía que qué lástima no poder ver por la tarde la revista de Kap Soñando con música, que se despedía aquel mismo día. Creíamos que empezaba a las diez la única función que había y por eso habíamos desechado la idea por completo. ¡Menuda sorpresa me llevé cuando lo vi aparecer en la puerta a las seis de la tarde! Enseguida me lo

imaginé, pero no lo quería creer. El corazón me daba saltitos de gozo cuando le sentí decir: «Tienes un cuarto de hora para arreglarte. Nos bajamos ahora mismo en la moto a ver lo de Kap». Corriendo me puse las medias, los zapatos, el vestido, la pulserita y todas las cosas. Las zapatillas y los calcetines quedaron cada uno por su lado en medio de la habitación. Lesmes me iba dando a bocaditos unas galletas que él mismo me preparó. Cuando estuve arreglada y con un pañuelo a la cabeza salimos pitando en nuestra moto, dejando atónita a la gente que nos miraba con cara de susto al vernos pasar así con el día de frío que hacía.

FEBRERO 48

[…] ¡Qué bueno eres, Lesmes! Tú has sabido consolarme un poco. Cuando yo creía que me ibas a regañar, no has hecho más que compadecerme, ni una palabra siquiera que no fuera cariñosa, ¡cuando merezco todo lo contrario! La verdad es que no lo esperaba. ¡Cuánto te lo agradezco! ¡Y hasta querías comprarme enseguida otras gafas! Pero yo no quiero, no quiero. Para qué, ¿para perderlas? También recuerdo una escena en los Baños de Carmen con otras gafas. Pasó una cosa parecida, pero fue con las tuyas. Tú me regañaste un poquito y lloré, pero luego me diste muchos besitos y me dijiste muchas cosas tumbados debajo de un sauce sobre las hojas secas del suelo. […]

Te quiero mucho y te querré siempre. Por encima de todas las pequeñas discusiones o malhumores que a veces nos hacen enfurruñarnos.

MARZO 48

Hemos dado un paseíto por la carretera. Lesmes me ha cogido dos veces del brazo como cuando éramos novios. Me ha gustado mucho. Es como una caricia antigua y nueva. Antigua porque es como las de entonces, y nueva porque me produce una emoción distinta. No es lo mismo que yo le pase mi brazo. Así parece que van todos los matrimonios formales y fríos. De esa manera él está deferente, consciente de su superioridad y fortaleza; y de la otra lo tengo más pegado a mí, más «mío», menos «marido». ¡Esta importancia que se dan los hombres...! Hay que ver cómo van por la calle dando el brazo a sus esposas, qué gesto de posesión, de cosa suya, llevan.

[…] Mi maridito, que vale un millón, me está limpiando la cocina. Esto es un poco vergonzoso para mí, pero ya se ha establecido como costumbre. El pobretico por poco pierde esta tarde el autobús. He tenido la comida un poco tarde y luego nos liamos con los niños: cuando va a peinarse no encuentra el peine, que lo tengo yo haciendo la misma faena a los niños, y cuando salimos todos a despedirle coge en brazos al pequeño y en la puerta, cuando lo suelta, en el momento que venía el autobús, se ve toda la mano y la manga manchadas de caca. Esto les pasa a los maridos que como él se ocupan tanto de sus niños.

[…] Yo había visto los retratos de Luisa, me habían hablado de ella, y yo pensaba que Lesmes no iba a ser feliz con ella, que él se merecía otra cosa. Me acuerdo un día en el Cortijillo, estaba yo en la cocina ayudando a la abuelita Tomasa a no sé qué cuando me dijo, apuntando algo como ella lo sabe hacer, que qué feliz sería ella teniéndome a mí por hija. A ella tampoco le agradaba Luisa, aunque no lo decía. Por entonces, yo no tenía el menor pensamiento de que Lesmes se pudiera fijar en mí, y aquellas palabras me hicieron subir los colores a la cara, y creo que le contesté con toda mi alma diciéndole que lo que importaba era que su hijo fuera feliz con la mujer que escogiera.

(Por motivos de trabajo Lesmes hace un viaje de bastantes días por el norte de España).

¡Qué domingos más tristes sin Lesmes! No sabe uno lo que tiene hasta que lo pierde. Tengo ya muchas ganas de recibir noticias suyas. ¡Qué viaje tan largo! Yo no me hacía a la idea de que se iba hasta el mismo jueves en que se me fue. Pensará que se ha casado con una mujercita bastante calamidad porque no pienso en nada, no tengo previstas las cosas, y cuando llega el momento falta una porción y todo se lo tiene que preparar él. Le di para que se llevase todos mis cuadernillos anteriores, sin querer pensar en lo que llevaba escrito para que no me diera

vergüenza. Me importa menos que los lea por ahí lejos. Así me tendrá más presente, aunque yo sé que no me puede apartar de su imaginación, como yo a él de la mía.

Estoy rezando con mucha devoción por las noches, que es cuando más me acuerdo de él, y pido para que no le pase nada y haga unos buenos viajes. Hoy he comulgado acordándome de que él también estaría en Misa. Así, unidos en el Señor, unidos los dos, amándole a Él, quiero que siempre estemos. Ese es el amor que dura toda la vida, el verdadero amor, dulce, manso, que sabe perdonar...

[Los niños] me hacen levantar muchas veces por la noche, parece que notan que no está su papá. La primera noche fue la peor, y me sentaba muy mal, pero ya me voy acostumbrando y no me cuesta tanto. Además, lo hago con gusto, como lo de limpiar la cocina sabiendo que él lo hacía todas las noches por quitármelo a mí.

[…] Esta tarde me han traído otra cosa mejor, que esperaba con impaciencia ya: una carta de mi maridito escrita el sábado desde Lérida. ¿Dónde estará ahora? Dice que ya se ha leído casi mis tres cuadernillos. «Raquelín mía», ¡qué dulcecitas me suenan estas palabras! «Raquelín mía». Soy la

chiquitina suya y lo quiero ser siempre, muy chiquitina. Suya y de papá. Para los dos quiero ser chiquitina y refugiarme siempre en sus brazos. Ellos me comprenden como nadie. Como ellos no hay otros en el mundo. Se ha realizado mi sueño. ¡Cuánto te tengo que agradecer, Dios mío! He encontrado, me has puesto en mi camino, a un hombre como yo quería, como yo decía que tenía que ser cuando era pequeñita: como papá. «Yo me casaré con un hombre como papá de bueno», y así ha sido. Consérvamelos, Dios mío. ¿Soy una egoísta al pedirte esto? No sé, pero yo te lo pido. Dales salud y fuerza, y tu bendición, porque son buenos, muy buenos.

ABRIL 48

(Referencia al año que pasó Lesmes en la cárcel después de la guerra).

[…]También hablamos (ella y su suegra, «la abuelita») el otro día del tiempo de prueba de después de la guerra. Fue una verdadera prueba para todos. Y yo tan ajena a todo. Sin conocerlo siquiera. Lo que sufrieron todos. La pobre abuelita sin sus hijos saliendo adelante, llevándole la ropa, trabajando y pasando angustias. Marita lo mismo. Y él, mi pobretico Lesmes, allí separado de su familia y de Ernesto, pensando, pensando. Desengañado de tanta gente, más solo que nunca. ¡Cuánto hubiera dado yo por estar allí con él! Cómo le hubiera consolado. Entonces yo hubiera sido su madrecita en vez de su chiquitina. Cada vez que pienso esto, siento unos deseos tan grandes de

cogerle la cabeza entre mis manos y llenarla de besos, y luego apoyarla sobre mi pecho y tenerla allí como la de un niño chiquitín... ganas de eso, de ser su madrecita.

A lo mejor Lesmes está pasando frío por el norte. Debía haberle metido el chaleco en la maleta. También se me olvidaron las tijeras y la lima de uñas, que dijo que quería llevarse. Desde luego es que no me ocupo de nada. No tengo arreglo. Ayer hizo una semana que se fue. ¡Ay, cuánto tiempo me queda! Esta tarde he sentido ganas de abrazarte. Cuando con gesto aburrido he subido los brazos para bostezar, al bajarlos me hacía la ilusión de que apretaba tu cuello.

¡Mañana!, ¡mañana!, ¡mañana! ¡Qué alegría! ¡Cuántos besos te voy a dar! ¿A qué hora llegará? Seguramente saldrá en el correo para llegar aquí antes. Dios quiera que llegue bien y tenga un buen viaje. Ha llovido esta tarde, un chaparrón corto y fuerte, pero mañana… Mañana hará un día espléndido. Para mí el más alegre, el mejor y más hermoso del año, aunque las nubes se empeñen en regateármelo. Me entraron ganas de abrazar a Manolo cuando me lo dijo, pero me contuve y me contenté con dar unos cuantos saltos olvidándome de la seriedad de mi posición y mi estado.

Hoy es el cuarto aniversario de nuestra boda. ¡Cuánto corre el tiempo, Dios mío! ¡Uno, dos, tres, cuatro años...! Antes de que nos demos cuenta son diez. Me pregunta Lesmes que si tenía muchas ilusiones entonces y que si se han perdido algunas. No sé. Unas se van y otras vienen. Siempre se vive con ilusiones. Tengo dos niños riquísimos, aunque me dan mucho que hacer, y ahora se vive con la ilusión de ellos; de verlos crecer y formarse felices. Un hogar sin niños es un hogar incompleto, sin alegría. Claro que todo tiene sus inconvenientes y sus ventajas, porque nada hay perfecto. […]

Me ha comprado Lesmes las gafas. Yo no quería de ninguna manera. Pero, ¡claro!, lo único que le faltaba para compadecerme y darme el gusto es haber leído mis «secretos». Y esto no puede ser; como le he dicho medio en broma, voy a tener que arrancar las hojas que no me convenga que lea. Son bonitas también, pero no me las merezco, y además el collar. Un collar gargantilla precioso, de perlitas chiquitinas, ¡tan caro como costó...! Todavía no se ha comprado él unas con la falta que le hacen.

Sobre todo, para la moto. Esas que tiene son una birria.

AGOSTO 48

Estoy cansada y no tengo ánimos para nada. Debe de ser el calor. Está haciendo unos días agobiantes. Ahora mismo me

Si la vida te lleva a tomar notas con exquisita sencillez y naturalidad es que estás enamorado de la vida. Si te lleva a narrar pequeñas historias sucedidas en tu día a día es que sientes que la vida es para compartirla.

Eso es lo que aporta el diario de Raquel. Trazos escritos con gran viveza y agilidad. Sentimientos alegres, dulces, y momentos de dificultad y pesadumbre. El pulso de una ciudad. Todo enmarcado en la vida cotidiana más común de una madre de familia numerosa.

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RAQUEL. Diario de una joven madre (1947-1958) by BABIDI-BÚ - Issuu