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Desde que puso sus patitas huesudas en
este mundo, Ramiro supo que la vida no iba a ser un queso fácil de roer. Ser un ratón flacucho, con orejas desproporcionadas y mirada curiosa, era casi como llevar un cartel luminoso que gritara: “¡Atención, aquí viene el raro del callejón!”. Pero a él no le parecía un defecto. A veces, al mirarse en el reflejo de una cuchara abollada, suspiraba y susurraba con una sonrisa medio resignada: —Ramiro, eres único… único como un queso azul con moho violeta. Raro, inconfundible… y, por alguna razón, imposible de ignorar. 9
En la escuela, mientras los demás ratones jugaban a “atrapa la miga” o competían por ver quién trepaba más rápido los estantes de la despensa, Ramiro prefería refugiarse en una esquina con sus garabatos. Con un diminuto lápiz entre las patas, calculaba la velocidad del viento para entender por qué las migas siempre aterrizaban en los rincones más inalcanzables. —Si la ráfaga sopla tres veces por segundo y la miga pesa lo justo para salir disparada hacia la derecha… —murmuraba, trazando flechas como un loco—. ¡Entonces… es pura física! Lamentablemente, el resto de los ratones no compartía su entusiasmo. —¿Física? —bufó Roldán, el más popular del grupo, mordisqueando una corteza de queso con la confianza de un campeón de recreo—. ¿A quién le importa dónde caen las migas? Lo único que cuenta es correr más rápido… ¡y comértelas antes que los demás! Ramiro se ajustó las gafas con calma, aunque por dentro burbujeaba como una olla a 10
presión. Volvió a perderse en sus garabatos y masculló en voz baja, apenas audible: —Sí, bueno… hasta que la miga caiga en un sitio al que ni tú llegues, por más que corras como si te persiguiera un gato hambriento. ¿Tan difícil era darse cuenta de que, detrás de lo más sencillo, podía esconderse un mundo entero esperando sorprenderte? Y así, mientras los demás competían por robar la última corteza de pan o se peleaban a mordiscos por un trozo de queso reseco, Ramiro se sumergía en sus propios enigmas. Preguntas fundamentales lo asaltaban sin descanso: “¿Por qué las migas giran caprichosas al caer, como si bailaran en el aire? ¿Qué fuerzas invisibles las empujan a cambiar de rumbo en el último segundo, justo cuando creías atraparlas? ¿Y qué misterios inconfesables esconde el queso suizo para tener más agujeros que un colador?”. Estaba claro que los demás nunca compartirían aquella fascinación. Física cuántica, biología avanzada, teorías extravagantes… 11
para ellos eran tan extrañas como imaginar un mundo sin gatos. —¿Física cuán… qué? —bufó Roldán, arqueando una ceja mientras se rascaba la oreja—. Mira, a mí me basta con saber dónde caerá la próxima miga, llegar el primero y zamparla. Fin de la historia. ¿Para qué más complicaciones? En todo caso, Ramiro no se desanimaba. No necesitaba que lo entendieran, porque tenía una visión. Soñaba con demostrar que un ratón podía ser mucho más que carreras frenéticas tras un mendrugo o noches enteras huyendo de escobas. Imaginaba un futuro en el que las migas no dependieran de la suerte, sino de la estrategia; un futuro en el que cada ratón pudiera saborear el queso perfecto sin miedo a trampas ni a sombras acechantes. En su pequeño mundo —dominado por libros polvorientos y experimentos improvisados— Ramiro encontraba una felicidad distinta. Allí, entre herramientas hechas con 12
restos olvidados y piezas rescatadas, se sentía como un explorador del universo… aunque ese universo fuera apenas una esquina del callejón. Podía pasarse horas ensamblando un telescopio con un tubo de cartón y dos lentes recicladas, absorto en su tarea, mientras alrededor la vida del callejón seguía su curso sin dedicarle la menor atención. Mientras tanto, su abuelo Rodrigo —un ratón de carácter práctico y pocas pulgas— refunfuñaba, como siempre, desde su rincón favorito. Con su bastón, tallado a partir de un viejo palo de helado, golpeaba el suelo con un toc-toc-toc para llamar la atención de Ramiro. —¡Ramiro! —gruñía—. Deja de perder el tiempo con esos cacharros inútiles y haz algo que sirva de verdad. ¡El queso no se encuentra solo, y mucho menos mirando por un telescopio de cartón! Ramiro, sin apartar la vista de su invento, sonreía mientras ajustaba una de las lentes sujetas con cera. Estaba tan acostumbrado a los 13
gruñidos de su abuelo que ya eran como el ruido de fondo del callejón: inevitables, pero casi entrañables. —¿Y si, en lugar de buscar queso a patitas, invento una máquina que lo encuentre por nosotros? —replicó con serenidad, como quien propone la idea más lógica del mundo. El abuelo Rodrigo, que estaba a punto de hincarle el diente a una corteza de pan duro, se detuvo en seco y lo miró como si Ramiro acabara de proponer que los gatos dieran clases de ballet. —¿Una máquina para buscar queso? —bufó, con las orejas tiesas de incredulidad—. ¿Y después qué? ¿Otra que te lo mastique también? ¿Y otra que te lo sirva en bandeja con copita de vino? Agitó la corteza en el aire como si fuera un cetro. —Lo que necesitas, muchacho, son patas rápidas y una nariz fina. ¡Eso sí que funciona! Ninguna máquina puede con eso. 14
Resopló con fuerza, meneando la cabeza, y masculló algo sobre “la juventud de hoy” y su manía con los “cacharros raros que no llenan la barriga”. Ramiro, absorto todavía en su telescopio improvisado, se limitó a sonreír en silencio. Conocía de memoria las quejas de su abuelo y, de hecho, había aprendido a encontrarles cierto encanto: eran parte del ritual de cada tarde, como el crujido del pan duro o el chillido lejano de algún gato merodeando. —Abuelo, tus patas rápidas son geniales, pero… ¿y si un día te cansas? ¿O si justo donde está el queso aparece un gato? Mi máquina nos ahorraría muchas carreras innecesarias. Rodrigo se quedó boquiabierto, con la corteza de pan a medio camino de la boca, mirándolo como si Ramiro acabara de sugerir que los ratones podían hacerse amigos de los gatos. —¿Cansarme yo? ¡Ja! —tronó, golpeándose el muslo con un gesto orgulloso—. Estas patas todavía corren como el viento. Y si 15
En el Callejón de los Circenses, donde la rutina de un ratón parece dictada entre cubos de basura y escobazos, Ramiro sueña con algo distinto. Con la ciencia como brújula y la curiosidad como motor, está convencido de que el destino no está escrito… aunque convencer a sus amigos Romeo y Rodolfo de acompañarlo será su experimento más arriesgado. Entre inventos disparatados, queso, gatos y debates que rozan lo absurdo, esta es la historia de tres ratones que se atreven a preguntarse: ¿y si fuéramos más de lo que creemos… y juntos pudiéramos cambiarlo todo?
Valores implícitos
Una narración que celebra la curiosidad como motor de cambio, la aceptación de uno mismo y de los demás, el poder transformador de la amistad, la valentía de convivir con el miedo y el humor como puente hacia nuevas formas de mirar la vida.
ISBN 979-13-87982-95-9
9 791387
Suricatos
982959