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Personajes Ilustres de la Humanidad

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Albert Einstein

Einstein descubrió que la curiosidad es una llave que abre puertas invisibles. Cuando te atreves a preguntar por qué, cómo y para qué, sin miedo a equivocarte, el universo empieza a contarte sus secretos, recordándote que solo los que se atreven a pensar diferente, encuentran las respuestas que cambian la historia.

Era lunes por la mañana y en la pizarra de clase había una sola palabra escrita muy muy grande: «Curiosidad».

Conforme íbamos entrando, nos quedábamos mirando la pizarra, «¿de qué se tratará?», pensábamos.

—Me encanta la seño Espe —le dije a Ángel—, siempre inventando cosas, siempre intentando que aprendamos con juegos.

La seño, que siempre tiene alguna sorpresa preparada, había dejado sobre la mesa su caja cerrada con un candado y un cartel grande que decía: «No abrir hasta el final».

—Hoy vamos a hablar de una persona que nunca dejó de hacerse preguntas. Y, gracias a eso, cambió la forma en que entendemos el universo. Su nombre es Albert Einstein.

—¡Ah, el del pelo loco! —gritó Rafa.

Nos reímos, y la seño asintió con la cabeza, sonriéndole.

—Sí, ese mismo. Pero no os dejéis engañar por las fotos. Einstein era mucho más que un peinado curioso. Fue una mente brillantísima que se hacía preguntas que nadie se atrevía a hacer, una de las mentes más prodigiosas de la historia de la humanidad.

Seño, ¿ese señor fue uno de los más brillantes de la humanidad? —preguntó Marta con cara de no creérselo.

—Así es, Martita, hasta ahora no habréis escuchado hablar de él, pero ya veréis cómo en el futuro lo estudiaréis y entenderéis lo importante que ha sido para la ciencia, para la física… para el mundo.

Puso un vídeo corto donde se veía a Einstein tocando el violín, caminando por un jardín y escribiendo en una pizarra llena de símbolos. Luego aparecieron frases suyas: Recuerdo dos de ellas que me parecieron super interesantes:

«Lo importante es no dejar de hacerse preguntas», y otra que decía «La imaginación es más importante que el conocimiento».

La seño nos contó que Einstein no fue un niño prodigio, que de pequeño hablaba poco y los profesores pensaban que no llegaría lejos. Pero él se pasaba horas mirando la luz, las sombras, las estrellas, preguntándose por qué todo era como era.

Su primera gran pregunta llegó cuando le regalaron una brújula. Se preguntó por qué la aguja siempre apuntaba al norte. Esa pregunta lo llevó, muchos años después, a formular teorías que cambiaron la física para siempre.

—Einstein descubrió que el tiempo y el espacio no son fijos —dijo la seño—, y a partir de ahí cambiaron muchas teorías científicas.

—No me lo puedo creer —gritó Juanma—, descubrió que el tiempo y el espacio no son fijos, vaya crack el Einstein —exclamó.

Después de volver a reírnos, la seño se puso seria, nos miró y nos dijo:

—Todo está relacionado en una especie de danza. Sus ideas eran tan nuevas, que al principio muchos no lo entendían —prosiguió.

—Muchos, no, nadie lo entendería —volvió a gritar Juanma.

La seño se quedó callada… hasta que nos callamos todos.

Entonces nos dividió en grupos. Cada grupo tenía que pensar una pregunta que nadie supiera responder del todo.

Yo pregunté:

—¿Por qué la tierra da vueltas?

—¿De dónde viene el universo? —dijo Paula, gritando y sin levantar la mano.

Francis preguntó si los gatos piensan en palabras o en miaus.

Todos empezamos a reír.

—Esas son preguntas muy Einsteinianas —nos dijo—. Y no hay respuestas fáciles, pero eso no significa que no valga la pena hacerlas.

Me quedé pensando mientras la seño seguía hablando. Era verdad, había demasiadas preguntas sin respuestas y sería genial encontrar esas respuestas, para que todo el mundo lo supiera.

Nos entregó a cada grupo una cartulina y nos pidió que hiciéramos un mural con nuestras preguntas.

—Debemos llamarlo «El muro de la curiosidad» —dije en voz alta.

A lo que la seño contestó:

—Magnífica idea, Cris, así lo llamaremos.

Trabajamos durante treinta minutos en las cartulinas y cada grupo lo decoró como quiso, con estrellas, relojes, brújulas y cerebros, y Juanma, que es un artista, presentó un dibujo de Einstein sacando la lengua.

La seño nos dijo:

—Magnífico, chicas; magnífico, chicos, habéis hecho un extraordinario trabajo en muy poco tiempo, estoy muy orgullosa; pero, sobre todo, me gustaría que nunca dejarais de haceros preguntas y buscar sus respuestas.

Nos quedamos en un absoluto silencio, pensando en lo que nos había dicho la seño Espe.

Esa tarde, en casa con mi papi, encendimos el ordenador y buscamos más sobre la vida de Einstein.

Descubrí que no solo era físico. Era músico, escribía cartas preciosas y defendía la paz. Mi papi, Abel, me dijo que tuvo que huir de su país por las guerras y que, incluso cuando fue famoso, vivía con sencillez.

En ese momento escuchamos:

—Hola, como estáisssssss —se escuchó la voz de mi mami al abrir la puerta cuando volvía del trabajo.

—Muy bien, Manmen, pero tu hija tiene algo interesante que contarte.

Le conté a mi madre durante la cena, entusiasmada, lo maravilloso que había sido Einstein, lo interesantísima que fue su vida. Me miró sorprendida y me dijo:

—Parece que te ha impresionado.

—Es que me siento un poco como él, mamá. A veces me hago preguntas raras, y pensaba que era una pérdida de tiempo. Pero ahora veo que es todo lo contrario.

Mi madre fue a una enciclopedia y me mostró una foto antigua de Einstein sentado en una biblioteca.

Me dijo que nunca había dejado de aprender, ni siquiera de mayor. Que le hacía preguntas al universo, como si fuera un niño curioso.

Me dijo que ganó el Nobel de Física en 1921, por su explicación del efecto fotoeléctrico. Siguió, apasionada, contándome que fue pacifista, que defendía que todas las personas fueran tratadas con justicia y que era un firme creyente del poder de la educación.

Estábamos las dos entusiasmadas, yo aprendiendo de esa persona tan extraordinaria y mi mamá estaba feliz viéndome cómo quería aprenderlo todo.

Al día siguiente, la seño Espe trajo unos relojes de cocina, una pelota de goma, una lámpara y una tela negra, estábamos alucinados por ver lo que quería hacer.

Nos dijo:

—Voy a explicaros la teoría de la relatividad con cosas sencillas.

Puso la tela sobre una mesa y dejó caer la pelota. Nos enseñó cómo un objeto pesado curvaba la tela, como si fuera el espacio. Luego giró un reloj y nos habló de cómo el tiempo puede pasar diferente si vas muy rápido, casi como un astronauta.

No lo entendimos del todo, pero nos estaba fascinando.

—Lo importante no es entenderlo todo ahora —nos dijo la seño—, lo importante es no dejar de maravillarse.

Se calló un momento y nos dijo seria:

—Para la clase del viernes, acordaos que tenéis que traer cada uno en su cuaderno varias preguntas de las que no sepáis la respuesta, y que os interese.

Yo escribí varias frases: «Si la Tierra gira, ¿por qué no lo notamos?», «si apagamos todas las luces del mundo, ¿sería de noche incluso de día?», «¿cuánto pesa una nube?», «¿por qué el chocolate no es una fruta?» y «¿qué pasaría si el universo está dentro de otro universo?».

El viernes cada uno leímos nuestras preguntas y los demás intentábamos adivinar una posible explicación.

Descubrimos que las nubes pueden pesar toneladas, que la gravedad nos sujeta, aunque la Tierra se mueva, y que a veces no hay una sola respuesta, que la mayoría de las veces depende de la opinión de cada una, de cada uno, aunque la seño nos dijo:

—Pero tened en cuenta que en los experimentos científicos solo hay una única solución.

La seño prosiguió contándonos:

—Cuando Einstein dio una conferencia sobre su teoría, alguien del público le preguntó si podía explicarlo de forma sencilla. Einstein pensó un momento y dijo: «Imagina que estás en un tren y ves caer una piedra. Si estás dentro, parece que cae recta. Si estás fuera, la ves hacer una curva. Ambos tenéis razón. Todo depende de dónde estés». Y así, sin palabras complicadas, hizo que todos entendieran un poco mejor la relatividad.

Al final de la clase, la seño abrió la caja misteriosa.

Dentro había muchas bolas de papel. Cada una tenía una pregunta escrita por alumnos de cursos anteriores que había guardado para nosotros. Nos dijo que podíamos responder con dibujos, experimentos o relatos en la pizarra.

Yo salí corriendo a coger una. Decía:

«¿Qué pasa con los pensamientos cuando se olvidan?».

Me quedé inmóvil, todos mis compañeros mirándome. Respiré profundo, me fui a la pizarra y dibujé algo así como una especie de nubes sobre nubes con la palabra «memoria».

Volví a respirar hondo y dije: —Tal vez los pensamientos olvidados se esconden, pero no se van, esperan a que los volvamos a necesitar.

Y pasó algo mágico, la seño empezó a aplaudirme y todos mis compañeros empezaron a aplaudirme, me emocioné e incluso se me saltaron las lágrimas de alegría.

Para terminar el proyecto, la seño nos dijo que íbamos a hacer una representación. Cada uno era una parte del universo: la luz, el tiempo, la gravedad, la curiosidad, etc.

Recuerdo a Elena, era la imaginación, hizo como si volara, como si tuviera una capa llena de estrellas, y dijo:

—Soy lo que hace que las ideas nazcan.

Y todos empezamos a volar con ella.

La seño sacó de una carpeta una estrella de cartulina con nuestro nombre. Dijo que, como Albert, todos podíamos brillar si seguíamos haciéndonos preguntas.

Luego, antes de salir al recreo, escribió una frase en la pizarra:

«Nunca dejes de lado una curiosidad, intenta resolverla».

Esa frase se quedó en mi cabeza. Durante el fin de semana empecé a escribir un cuaderno con mis preguntas favoritas. Lo titulé «Diario de una pequeña Einstein», y añadí dibujos, recortes y frases inspiradoras.

Lo llevé el lunes siguiente y la seño me pidió permiso para enseñarlo a otros cursos.

Estaba feliz, quería ser como Einstein, la Cris Rodríguez de la Ciencia, una mujer que descubriera cosas, que hiciera más fácil la vida de los demás.

Y entonces lo entendí: la curiosidad no distrae… cambia el mundo. Es una fuerza, es el principio de todos los descubrimientos, es lo que hace que el mundo siga girando.

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