Skip to main content

Patitas sueltas

Page 1


Tatiana Deriabina Ilustrado por Cleiton Gomes

Capítulo 1

No todos los paseos terminan con un regreso. Por supuesto, no todo el mundo conoce esta verdad. Lupa tampoco la supo… hasta ese día.

—Vamos, Lupita, un paseíto rápido —dijo papá mientras le ponía la correa. Acababan de bajar del coche. Era temprano, como siempre, y aunque el sol apenas asomaba entre las ramas, el aire fresco despertaba a Lupa con ganas de correr. Lo extraño era que fueran en coche a pasear… pero para Lupa, eso era muy divertido.

Lupa tiraba de la correa para olisquear cada rincón y, emocionada, dejaba una pequeña marquita de pis. Para que todo el mundo supiera que allí estaban: Lupa. Y papá.

Pero papá la detuvo de pronto frente a un árbol.

—Aquí está bien, ¿no? —susurró, mirando hacia otro lado.

La correa se aflojó… y luego se soltó.

Papá comenzó a alejarse sin mirarla.

—¡Pero papááá! —llamó Lupa. Bueno, papá solo habría escuchado un ladrido quejoso e inseguro.

De repente, papá dio un paso atrás, volvió, se agachó y con voz aún más suave dijo:

—No, Lupita, no puedo hacer esto. No te voy a dejar aquí.

Y la correa volvió a apretarse en sus manos. Lupa sentía el olor del aire fresco y las hojas crujientes bajo sus patitas suaves. El

bosque estaba en silencio. Parecía que sus habitantes vigilaban en secreto a papá y a ella.

La verdad es que ella también estaba inquieta.

Lupa movió la cola, pero sus extremidades peludas color crema temblaban. Por dentro suplicaba a papá. Tenía la esperanza de que todo fuera un malentendido… Papá se quedó un momento quieto, mirando a Lupa a los ojos.

—No es que no quiera, Lupita… —murmuró papá, acariciándole la cabeza con ternura—. Es solo que… las cosas se han complicado mucho.

Lupa ladeó la cabeza, sin entender del todo las palabras, pero apreciando la tristeza en su voz. Papá suspiró, bajando la mirada hacia sus manos.

—Nosotros… tenemos que irnos… de vacaciones. Pero no podemos llevarte con nosotros.

Lupa quiso ladrar, quiso decir «¡pero yo soy parte de la familia!», pero solo salió un pequeño gemido.

—Mira, no te voy a atar a ningún árbol… así… a lo mejor… podrás encontrar a alguien bondadoso… que te cuide.

Eres una perrita buena. Estoy seguro de que no estarás sola.

Lupa quiso correr tras él, pero no encontraba fuerza. Se quedó mirando el tronco del árbol, confundida e incrédula.

Esto no podía estar pasando… Esto no podía ocurrir…

Capítulo 2

Todo empezó con un lazo rosa y una promesa: «Te juro que la voy a cuidar siempre».

Era su cumpleaños número ocho y los globos rosas y blancos aún colgaban torcidos en las sillas del jardín. Ya estaban abiertos casi todos los regalos. Solo la caja más grande había quedado para el final.

La caja gemía. Muy bajito, como si supiera que debía ser sorpresa. Cuando la tapa se levantó, los ojos de Lupa se encontraron con los de su nueva dueña: redondos, brillantes y mojados de emoción.

—¡Es mía! ¡Es mía! —gritó la niña, abrazando a la bolita temblorosa de pelo crema.

Lupa lamió una lágrima antes de que llegara a la barbilla con un hoyuelo precioso. Y ahí mismo, en ese instante, creyó haber encontrado el centro del universo.

—¡Es el mejor día de mi vida! —La niña no paraba de saltar y reír.

—¡Y el mío también! —se hizo eco Lupa con su voz tan vivaracha.

—¡Ayyy, que monada! —Se escuchaba de todas partes—. ¿Es un Spitz?

—Ajaaaa, Pomerania. No crecerá mucho.

—¡Mejor, un perro grande puede ser peligroso!

—¡Qué vaaaa! Esta quedará así… más o menos…

Al principio, todo era caricias, juegos y monerías nuevas. Lupa aprendía rápido, y todo le parecía un premio: una palabra, una galleta, una mirada. Las niñas la vestían, la paseaban por el jardín, le hacían castillos de cojines. Y Lupa… bueno, Lupa creía que había nacido para eso. Para querer. Siempre con la cola en alto, con las orejitas alerta, con esa manera suya de aparecer justo cuando alguien decía su nombre. Curiosa como una lupa —decía papá—, siempre metiendo el hocico donde no debía. Pero tan simpática que nadie podía enfadarse. Ni siquiera si un mini mordisco de los blanquísimos dientes afilados les pillaba por sorpresa. Pero los cumpleaños pasan. Las mochilas vuelven a llenarse, las tardes tienen tareas, y los juegos —como los globos— se desinflan. Primero fueron los paseos. «Ahora no, Lupa, después», de-

cía la mayor, sin mirar. Luego, los abrazos. Más cortos. Más distraídos. Y aunque la pequeña aún le hacía trencitas en las orejas y le inventaba canciones, Lupa empezaba a pasar más tiempo esperando junto a la puerta que en medio del salón.

Ella no se quejaba. Solo quería agradar. Seguía cada paso. Movía la cola incluso cuando nadie miraba. Y si encontraba un calcetín perdido, lo traía como si fuera un tesoro.

A veces, papá la miraba de reojo y suspiraba.

—Es buena, sí… pero quién la saca a las cinco de la mañana…

Y mamá… mamá ya no quería pelos en el sofá.

Siete animales perdidos encuentran refugio en una casa abandonada de un pueblo sin humanos. Lupa, Fatum, Trocito y otros nuevos compañeros deberán enfrentarse al miedo, aprender a convivir y a confiar. Sin hablar el mismo idioma, descubren que quedarse juntos puede ser una elección. Un cuento lleno de ternura, humor y libertad.

VALORES IMPLICITOS

Amistad, resiliencia, compasión, confianza, cooperación, sentido de pertenencia y libertad. El relato celebra las segundas oportunidades, el valor de la diferencia y la importancia de elegir el cuidado mutuo por encima del miedo o la soledad. Cada personaje aporta una mirada distinta sobre el abandono, el amor y la reconstrucción.

Turn static files into dynamic content formats.

Create a flipbook
Patitas sueltas by BABIDI-BÚ - Issuu