TAMARA BARINAGA
Martina, La princesa despeinada Ilustrado por Miriam Escobosa
La historia de una niña con labio leporino
El reino de Birlibirloquis era un sitio próspero y seguro donde vivir, asentado en un valle donde los animales vivían libres y felices y las personas disfrutaban de la naturaleza y el aire limpio. En sus calles siempre había gente que iba y venía de sus quehaceres y entraba y salía de los comercios hablando y riendo en voz alta.
El rey y la reina vivían en un castillo situado en lo alto de una colina, desde donde se veía todo el reino. Los birlibirloquenses apreciaban a sus monarcas y al hijo de estos, el príncipe Sergio, un niño callado y tímido que siempre andaba corriendo detrás de un balón y rompiendo los cristales de las ventanas del castillo. Los vecinos le querían porque solo veían bondad y simpatía en el fondo de sus enormes ojos azules. Pero el reino entero se volvió loco de alegría cuando se supo que la reina esperaba a un bebé, que nacería en verano y sería una niña. Las costureras empezaron a coser vestidos, los artesanos se unieron para hacer un cochecito de paseo, y las ancianas del lugar sacaron sus antiguas agujas y dedicaron horas e infinidad de ovillos de lana para tejer chaquetas y mantas suaves para el invierno de la princesa. Fueron los nueve meses más largos de la historia, los birlibirloquenses se morían de ganas de conocer a la recién nacida, y así fue pasando el tiempo hasta que un caluroso día de agosto, nació la princesa.
La reina dio a luz a una bebé en un parto rápido y fácil. La sorpresa llegó cuando le vieron la carita tan redondita y sonrosada, pero con un defecto en su labio superior que lo interrumpía, dejando una abertura que se extendía a su vez por el paladar, comunicando así la boca y la nariz. Nadie entendía por qué había sucedido esto, y de pronto les asaltaron mil dudas y miedos… ¿Podría comer?, ¿sería capaz de hablar bien?, ¿la aceptarían los birlibirloquenses? La recién nacida enseguida empezó a llorar de hambre, pataleando en los brazos de la reina, que encontraba a su niña la más linda de todos los bebés, pero era consciente de la dificultad que tenía por delante. Sin embargo se la veía una niña fuerte y de potentes pulmones, llena de vida, por eso su madre intentó con todo su empeño dar de mamar a la pequeña que, debido a la malformación de su labio, era incapaz de sacar leche de su pecho.
El nerviosismo en palacio era evidente, el llanto de la pequeña se metía en los oídos de todos y cada uno de los que allí vivían y trabajaban, apremiándoles a encontrar una solución. Por eso entre todos se movilizaron para avisar al inventor, un anciano solitario que vivía en una casa destartalada a las afueras del reino, y que tras rebuscar entre sus baúles y estantes y hacer unos y otros arreglos, mandó a palacio un aparato con el que extraer la leche de los pechos de la reina y dársela en biberón a la pequeña. La reina, una mujer que se caracterizaba por su valentía y fortaleza, tras secarse una lágrima gorda y redonda que resbaló por su mejilla y que portaba todos los anhelos que tenía de dar de mamar a su hijita, se sentó al borde de su cama y comenzó a sacar leche de sus pechos con aquel aparato ruidoso. La pequeña princesa lloraba desesperada en brazos del rey, que pese a ser un hombre alto y corpulento, parecía empequeñecido y triste. Él, que tantas batallas había combatido con valentía, se sentía temeroso e incapaz de hacer otra cosa que no fuera acompañar en silencio a su esposa y acunar a su hija recién nacida.
La historia de una niña con labio leporino que con el amor y apoyo de su entorno supera los obstáculos, acaba con los prejuicios y hace del mundo un lugar mejor.
ISBN 978-84-18649-20-2
9 788418
649202