

NIEBLA Y LUNA
Niebla el perro, mezcla de razas, había pasado una tarde estupenda en el campo, como otros muchos fines de semana.
Había jugado con Julia, que se agachaba doblando la espalda y le decía:
—Niebla, salta.
Y él saltaba por encima de ella, ante la complacencia y envidia de otros niños.
Al atardecer, habían regresado rendidos y satisfechos a casa, donde, tras cenar, Niebla se tumbó en el salón a los pies de Julia y, más tarde, en su manta. Echó una mirada a los papás y, por último, a la niña; su mundo era perfecto.
Ronroneó de satisfacción y cerró los ojos en busca de un sueño placentero.
A Niebla le extrañó que, antes de que viniera el día, lo despertara su dueño, lo bajara al garaje y le
mandara subir al coche. Tras un gran trayecto por la autovía, el coche cogió, primero, una carretera, y, luego, un camino. Más tarde, paró, se bajó el hombre y le ordenó a él que también bajara. Comenzaba a amanecer.
El perro olió la hierba y troncos de árboles, echó alguna meada e hizo sus necesidades. Cuál no sería su sorpresa cuando el dueño, sin decirle nada, se subió al coche, arrancó y se fue, dejándolo solo.
¿Por qué había hecho eso? No le pareció un juego.
Esperó un rato para ver si el coche de su dueño volvía a aparecer.
Cansado de esperar, comenzó a atravesar el pinar, donde lo aguardaba otra sorpresa, ya que encontró a una galga que tenía colgando una correa atada a un collar. Niebla veía que con la correa no se movía bien. Comenzó a roerla cerca del collar. Al principio, se le resistía, pero sus afilados colmillos pudieron con ella.
La galga, agradecida, lo lamió. Niebla la lamió a su vez.
La galga había trabajado duro para sus amos durante cinco años en la época de caza, pero, al terminar la última, viendo el dueño que ya no alcanzaba la velocidad y destreza de antes, aunque
solo tenía ocho años, la dejó abandonada en el monte, como a los otros muchos galgos que se abandonan en España cada año. Era el mes de febrero, un mes nefasto para esa raza, pues termina el periodo de caza menor.
Los dos animales se miraron. Niebla comenzó a trotar y la galga lo siguió. Niebla no sabía para dónde tirar. Se acordó de Julia. Cuando no lo viera en casa y comprobara que no volvía, se pondría a llorar. Niebla la había visto llorar alguna vez. Entonces, se arrimaba a ella y la tocaba con el hocico para que se calmara.
Acostumbrados ambos a vivir con los hombres, decidieron salir a los caminos para alcanzar la carretera. Unos coches iban en una dirección y otros en otra. Los habían llevado tan lejos que el viento de los lugares donde habían vivido no llegaba a su agudo olfato. Les venía el olor de las casas de otra ciudad.
Cogieron un arcén y comenzaron a trotar hacia el norte.
Al ver los coches, Niebla se volvió a acordar del de sus dueños. ¡Qué bien lo pasaban y comían cuando salían al campo!
A la galga —Luna la llamaban—, no la sacaban al monte para recrearse ni hacer merendolas,
sino para cazar liebres. Su dueño no tenía niños, así que no sabía lo que era jugar con ellos. Siempre había tenido la esperanza de que sus dueños la quisiesen por lo mucho que había cazado para ellos y por el cariño que les profesaba. Solo les pedía de vez en cuando un trozo de pan y algún hueso. El día en que la abandonaron, comprobó con tristeza que su dueño ya no la quería.
Carmina, la tía de Julia, se presentó un día con un regalo para su sobrina; una cría de la perra de una amiga. Les dijo que era muy cariñosa y haría muy buena compañía a Julia.
Los padres de Julia no pusieron muy buena cara, pero viendo el entusiasmo de su hija, no dijeron nada.
Cuando creció y los padres vieron que era un perro grande, comenzaron a decir que la ocurrencia de la tía no había sido el mejor regalo; dejaba pelos, la casa olía a perro y, cuando se ausentaban unos días, no sabían qué hacer con él. No querían dejarlo siempre en una residencia para perros; cobraban bastante y no andaban sobrados de dinero. Además, comía mucho, había que comprar pienso, medicinas contra pulgas y garrapatas, llevarlo al veterinario… Venían cansados del traba-
jo y discutían sobre a quién de los dos le tocaba sacarlo a la noche. Niebla se iba dando cuenta de que sus dueños no lo querían tanto como Julia.
Niebla nunca había pensado que lo abandonarían, sobre todo, por su amistad con la niña. ¿Qué le habrían dicho cuando, al levantarse, no lo viera? ¿Quién la iba a calmar como solo él sabía hacerlo?
A eso del crepúsculo, les llegó el olor de los humanos. Niebla y Luna llegaron al extrarradio de la ciudad.
Un barrio de obreros y tiendas pequeñas llamado Las Delicias. Sus olores no les decían nada a ninguno de los dos. Estaban en un lugar desconocido.
Se dirigieron a un parque. Niebla había estado en parques y sabía que allí solía haber más perros. A la noche, salieron a buscar algo de comida cerca de las basuras y papeleras. En su recorrido, Niebla y la galga vieron con envidia que otros perros eran sacados a pasear por sus dueños, tras haberles dado de comer, para que hicieran sus necesidades. Después, los llevarían a casa, donde incluso a alguno le dejarían subir al sofá y poner la cabeza en el regazo de un niño.
Niebla se ponía junto a Julia, que lo acariciaba.
La galga Luna no recibió muchas caricias de parte de su amo. Le había construido una caseta
en el patio para que se refugiara.
Así pasaron algunas noches. El parque estaba en las afueras del barrio y no era visitado a menudo por los guardias municipales, que, si los vieran abandonados, los llevarían a la perrera.
Niebla sueña caricias entre perfumes de hierbas, jazmines, rosas, azucenas.
Nada huele mejor que el aroma de la niña, de su dueña.
Julia le decía: «Niebla», y lo abrazaba tras darle una galleta.
Él movía el rabo y le lamía la cara, que sabía a felicidad y a querencia.
En medio del parque, el agua de la fuente canta alegre una canción vieja mientras Niebla yace enroscado junto a Luna, su nueva compañera.
Llueve. Las lágrimas de los árboles caen frías sobre los corazones de Luna y Niebla.
Larga e hiriente es la noche de los perros abandonados por más que una fuente cante, por más que exhalen perfumes las hierbas, rosas y azucenas.
Para Niebla nada huele, nada canta como la piel, las caricias de las manos y los labios de su pequeña dueña.
No hay perfume que comparársele pueda ni cálidas voces, besos o dedos que le lleguen a lo más profundo de las entretelas.


Ya nadie lo llama por su nombre. Le dicen: «Perro, vete con tu dueña», cuando se acerca a algún humano para ver si lo acepta.
Y le ha lanzado un chicuelo una piedra en vez de una galleta.
No, ninguna persona es tan cercana como lo era su amiga pequeña, que llora en la cama su ausencia.
«¿Dónde está mi querido Niebla?».
«Se ha perdido», dice el padre por respuesta.
«Ven, Niebla, te daré besos y galletas».
Pero Niebla no la oye; duerme junto a una galga, con cara de tristeza, que lo mira compasiva mientras las frías lágrimas de una noche sin estrellas sus corazones hielan.
En los días luminosos, los dos perros abandonados se dejan acariciar por el sol, cálido, generoso e igualitario.
El mismo sol que da calor a otros perros bien cuidados, a las plantas y a los humanos.
Una mañana, la galga se apartó de Niebla para ir a oler la comida que una chica llevaba en la mano. La chica la acarició, le dio un poco de pan y se fue. La galga la siguió. Niebla, al comprobar que no regresaba, pensó que, quizás, había tenido suerte con la chica.


ISBN 979-13-88050-68-8
