Lidia Fernández Palacios

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Lidia Fernández Palacios

Ilustrado por Claudia Barros Borrego (Odi Mori)

asen y vean! ¡Damas y caballeros, es la hora de la magia! Nunca antes habrán visto cosa parecida: prometo mostrarles algo que jamás olvidarán. ¡Pasen y vean!
Max siempre llevaba consigo su cámara instantánea e iba recopilando las fotos que más le gustaban en un libro de recuerdos que ya tenía algunas páginas completas.
Hizo una foto al mago con su traje de purpurina roja porque le pareció un tanto singular: sus extraños gestos para sacar un conejo de la chistera y su gran bigote enredado en
la nariz le daba un aire de mago malicioso. Pero como en la feria todo parecía tener un color especial, aquel mago acompañaba con su traje tintineante las luces de las atracciones y los puestos, y en la foto parecía más un mago bondadoso y especial. Por aquel entonces, Max soñaba con ser mago algún día para poder cumplir muchos sueños, mientras veía la ilusión en la sonrisa de los niños como él.
La noria giraba sin parar mientras las luces iluminaban todo en su giro. Los enormes asientos parecían sillitas de juguete cuando subían una cierta altura, mientras el movimiento de la noria iba transformando su tamaño a cada instante.
Todo el mundo sonreía en aquel lugar, hasta el payaso más tristón reía en la feria, y los niños corrían felices a las atracciones mientras disfrutaban de sus caramelos.
Como le encantaba hacer trucos de magia, su abuela le había regalado a Max una caja con elementos para practicar. Con ello había
aprendido mucho y su destreza con las manos había crecido también. Era rápido y muy ágil al esconder las cartas perdidas o los pañuelos eternos. Todo tenía truco.
Todo menos una cosa.
—Max, el universo está en continuo movimiento —dijo el padre de Max mientras pagaba en el puesto de la feria un algodón de azúcar—. No lo percibimos prácticamente. Pero si miramos al cielo de la noche, nos daremos cuenta. La Luna… —indicó con su dedo en el firmamento— nos recuerda lo que no podemos alcanzar y, aun así, lo bello que es el universo. Las estrellas nos recuerdan cada noche que todo gira y que no desaparecen, solo que el Sol luce más fuerte que ellas.
Edgar, el padre de Max, era astrofísico y su día a día giraba en torno a los planetas y estrellas que estudiaba. Max, que siempre tenía alguna pregunta que hacerle a su padre, quería aprender para poder contarle a sus amigos y profesores en el colegio todos
los descubrimientos de los que su padre era protagonista.
—La Tierra… es igual que la noria: gira y gira sin parar.
—Así es; no para de girar en un universo en constante movimiento. Las estrellas bailan al compás del universo y, muy lentamente, lo van transformando. Como la naturaleza. Cuando la estudiamos, nos damos cuenta mucho más de ello: que todo es un ciclo en ella y surge de la más bonita libertad. La vida misma es sinónimo de naturaleza. Pareciera que tiene un truco, que no es posible —dijo Edgar pasando uno de sus brazos por el hombro de Max.
—Parece mágico —respondió Max mirando hacia las estrellas.
—Mucho. Fíjate si lo es que tratar de buscar respuestas en el universo es difícil. Y tratar de explicar cómo surgió es una gran marea de teorías e hipótesis.
—¿Qué es una hipótesis? —preguntó Max tratando de buscar en su memoria la respuesta.
—Una hipótesis es una idea que alguien tiene sobre algo y que puede o no ser verdad, pero no se sabe hasta que no se demuestre. Te pondré un ejemplo: mi hipótesis es que, como hoy el cielo está nublado, mañana lloverá. Tendría que llover mañana para que mi idea dejase de ser una hipótesis y fuera una realidad.
—Pero puede que salga el sol, papá.
—Claro. Por eso mi conclusión ahora mismo es tan solo una hipótesis.
—El universo entonces, ¿qué se sabe de él?
—Sabemos mucho menos de lo que querríamos. Somos un pequeño punto en un sistema solar de uno de los brazos de nuestra galaxia. Sabemos muy poquito, como verás, del funcionamiento del universo y lo que hay en él, aunque estamos avanzando mucho en descubrirlo y describirlo. Y muchas cosas que se saben, si las vieras, pensarías que son magia.
—¿Como qué?
—Pues como los agujeros negros, por ejemplo, que se tragan todo lo que encuentran
a su paso. O los cometas, que viajan a muchísima velocidad. O la cara oculta de la luna, que está llena de cráteres.
Cuando su padre comenzaba a contar sus historias sobre curiosidades del universo, se hacía el silencio. Max sentía que cada vez le interesaba más saber sobre aquel tema tan misterioso y soñaba con ser un mago de las estrellas.
Sus padres defendían con todas sus fuerzas la voluntad de Max y confiaban mucho en él. Saber que sus padres estaban a su lado siempre, en cada paso que daba, tranquilizaba mucho a Max, que se sentía libre de conversar y aportar su mejor actitud cuando se presentaba la ocasión.
Aquella noche en la feria pudo ver muchas funciones de magia. Creía saber dónde estaba el truco y se atrevía a imaginarse haciendo aquellas funciones él mismo. Pero, al final, siempre se quedaba ensimismado mirando el cielo y se perdía la función.
Mientras volvían a casa, recreaba en su mente aquella tarde estupenda, mientras observaba el cielo de la noche, lleno de estrellas brillantes que titilaban. Su papá siempre decía que «somos polvo de estrellas», y que, si algún día adivinaba qué astrónomo había dicho aquella frase, premiaría su acierto. Había prestado gran atención en el colegio por si la escuchaba o alguien la repetía. Y, ante retos como este, Internet estaba prohibido. Su madre le había enseñado a Max a buscar en los libros las respuestas a sus preguntas. También le había enseñado a tener curiosidad. A veces, esa curiosidad era la misma que no le dejaba dormir por las noches.
—¿Qué habrá entre tanta estrella? —se preguntaba sin cesar Max cada noche al mirar por su ventana—. ¿Serán muy grandes las piedras en la Luna? ¿Habrá valles y montañas en Marte? ¿Habrá vida en otros planetas en galaxias lejanas en el espacio?
Max soñaba con saber más y más, pero muchas veces le encontraba el sueño en el camino y tenía que dejarlo para el día siguiente.
Una de aquellas noches, bajó las escaleras de casa y escuchó a su padre hablar por teléfono. Escuchó el nombre de un país que ya había oído antes. Y tuvo miedo, porque tenía el presentimiento de que se tendría que ir allí pronto.
Cuando su padre colgó el teléfono y vio a Max, le regaló la mejor de sus sonrisas.
—¿Qué haces aún despierto, Max? ¿Has visto alguna estrella fugaz? —preguntó Edgar mientras recogía unos papeles que había sobre la mesa de la biblioteca.
—¿Vas a coger de nuevo el avión de los sueños? Voy a echarte de menos, papá —dijo Max acercándose a su padre con una mirada de nostalgia.
—Me temo que sí, Max. Pero ya sabes, pronto estaré de vuelta.
—Yo prefiero que te quedes, papá.
—Yo también. Pero se pasará pronto —dijo su padre acariciándole el pelo muy suavemente, mientras le cogía la mano—. Esta vez me iré un poquito más lejos. Pero, cuando vuelva, prometo contarte historias fabulosas y traerte algún recuerdo mágico que puedas poner en tu habitación.
—¿Historias como la del traje de astronauta que tenía un montón de bolsillos? ¿Y los leopardos que te seguían por la sabana mientras hacíais fotografías a la Vía Láctea?
—Seguro que mucho más increíbles.
—¡Yo también quiero ir contigo, papá! ¡Llévame a donde vayas! ¡Quiero ver! En verano no vamos al cole...
—No te puedo prometer nada, Max. Pero tampoco te diré que no. —Por cómo le miraba, parecía querer darle una oportunidad—. Si resuelves este acertijo, conseguirás un billete de ida y vuelta al país en el que tengo que estar muy pronto. No podrás usar ningún recurso electrónico para buscar la res -
puesta a esta adivinanza; solo pensar mucho, revisar los libros, mirar en casa, abrir mucho la mente y... hacer magia.
—¿Qué país y qué acertijo es ese?
—Escucha atentamente. Si este acertijo resuelves, el viaje tendrás asegurado. Si por el contrario no puedes, te quedarás aquí sentado.
Y el acertijo es: ¿quién dijo que «somos polvo de estrellas»? El tiempo comienza… ¡Ya!
El padre de Max sabía que lo conseguiría porque Max luchaba siempre por lograr aquello que se proponía.
—¡Es muy difícil, papá!
—Para un mago nada es difícil.
—¿A qué país vamos?
—Lo sabrás cuando hayamos llegado.

Aquella noche Max no pudo dormir. Desde su cama miraba el techo, que estaba repleto de estrellas y planetas que brillaban en la oscuridad. Sus padres los habían puesto ahí cuando era pequeño para que pudiera imaginar el brillar de las estrellas. Y mientras miraba al techo, tuvo una idea. En la biblioteca, el techo era de cristal y se podía ver el cielo. ¿Y si encontraba alguna pista allí? Bajó las escaleras a toda prisa, pero asegurando el paso, y abrió con mucho cuidado las puertas que conectaban la biblioteca con el pasillo. Era su lugar preferido de la casa.

Max es un niño apasionado de la astronomía y el estudio del cosmos que sueña con ser mago. Tras una llamada de trabajo, su padre debe coger un avión que cambiará el rumbo de sus vidas para siempre.
En un viaje emocionante por uno de los países más estudiosos del universo del mundo, Max conoce a personas increíbles que cambiarán su forma de entender la astronomía mientras emprende un viaje único que guardará sorpresas e incógnitas inesperadas e inolvidables.
Valores implícitos:
Las estrellas siempre nos muestran el camino hacia nuestros sueños.