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Los MAS en los jardines de Wellington

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Samuel Muñoz Blázquez

Los MAS en los jardines de

Wellington

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Capítulo 1 Dónde es la excursión primaveral?

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Empieza el día en Wellington, Nueva Ze-

landa. Es un día de primavera, y en el cielo no se aprecian nubes, el tiempo es soleado con una temperatura ideal para salir sin abrigo, aunque sí con manga larga. En una casa con tejado verde de la calle Ellice, el sol daba directamente en dos habitaciones. Eran las habitaciones de dos hermanos, Anne y Matthew. La habitación situada más al oeste era de Matthew, el hermano mayor; tenía doce 3


años, su pelo era moreno, no tenía una estatura muy alta, y utilizaba gafas. El niño se despertó y se levantó de su cama, comenzó a vestirse y se colocó sus gafas. Su habitación estaba pintada de color verde, en el suelo había una alfombrilla amarilla para sentarse, una mesa y una silla giratoria para hacer los deberes y estudiar. Matthew, que llevaba un pijama azul y de cuadros, se lo quitó y se puso un polo, también azul, y un pantalón vaquero. Después se puso una chaqueta roja y unas playeras nuevas que no había estrenado todavía. El niño salió de su habitación y recorrió el largo pasillo que llevaba a la habitación de su hermana Anne. Matthew entró y le dijo a su hermana: —¡Despierta ya, dormilona! Anne no respondía, seguía dormida. Matthew avanzó hacia ella lo más sigilosamente que pudo, ya que las playeras que se había puesto hacían algo de ruido al andar. Cuando Matthew estaba al lado de la cama de su hermana, le hizo cosquillas con los dedos en el pelo. 4


—¡Ay! —dijo Anne gruñendo medio dormida—. Cinco minutos más, mamá. ¿Me preparas unos huevos fritos con jamón, por favor? El chico se echó a reír. —¡Anda! Déjate de tonterías, ¿es que no recuerdas que día es hoy? ¿O es que no quieres saber dónde vamos a ir de excursión primaveral este año? Al fin, Anne, una chica rubia, tímida y deportista despertó y recordó que hoy por la mañana, después del desayuno, su madre les iba a decir dónde iban a ir de excursión esta primavera. A los chicos les gustaba llamarla «Excursión primaveral». Esta excursión primaveral era siempre muy entretenida, pasaban momentos divertidos, curiosos, bonitos y buenos, juntos en familia, con su madre, su padre y su perro, un dálmata inteligente, pequeño y muy bonito, llamado Sam. Anteriormente habían ido al zoológico de la ciudad, en el que habían visto un montón de animales. 5


Otro año fueron al cine, en el que vieron una película de animación sobre peces, tortugas y más animales acuáticos. El año pasado fueron al museo de Ciencias, allí había resultados de muchos experimentos y juegos científicos. Siempre iban juntos Matthew, Anne y Sam, juntos son los MAS. «M» de Matthew, «A» de Anne y «S» de Sam. También son los MAS aventureros, los MAS divertidos y los MAS alegres. Anne tenía diez años, se levantó de su cama y miró por la ventana, hacía un sol espléndido. Su habitación estaba pintada de dos colores, rosa y morado. Al igual que su hermano Matthew, tenía una alfombrilla para acomodarse y jugar, y un escritorio de madera. La niña comenzó a vestirse con su chaqueta de chándal preferida de color blanco, unos pantalones también de chándal, pero de color morado, y su diadema, también de color morado, que hacía juego con sus pantalones. Al terminar de vestirse, Matthew y Anne bajaron al piso principal de su cha6


let y entraron en el comedor. Su madre estaba fregando los platos, y al verlos entrar les dio los buenos días y un par de besos a ambos hermanos. Allí les estaba esperando un bol lleno de leche con cereales sobre la mesa y su perro Sam, que ladró eufórico tras verlos. Le lamió la pierna a Anne y posteriormente a Matthew. Estaban muy intrigados y muy hambrientos, no dejaron ni un minúsculo trozo de cereal ni una minúscula gota de leche. Después los niños preguntaron al unísono: —Mamá, ¿dónde será este año la excursión primaveral? Sam, el perro, ladró justo al terminar la pregunta, nervioso, igual que sus dueños. La madre tardó un poco en responder, e hizo que la tensión y los nervios se apoderasen más de sus hijos de lo que ya estaban. —Niños, iremos de excursión a los jardines de Wellington. —¿¡Enserio!? —dijo Matthew, enfadado—. No puede ser, ¿es una broma? —No, es la pura verdad —dijo en un tono gruñón Constance, la madre de los 7


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MAS, lavando las tazas del desayuno—. ¿Por qué lo preguntas? La mujer era bajita, aparentaba unos cincuenta años, y trabajaba de cocinera en el colegio de Wellington. —Porque ayer busqué en Internet «Sitios para ir de excursión en familia en Wellington». Encontré fotos de ese sitio, y vi que no hay más y más que flores y plantas. Anne es la única que puede pasárselo bien allí; yo paso de ir, me quedo en casa —gruñó Matthew. —Ni hablar del peluquín, tú te vienes con tu padre, tu hermana, tu madre y tu perro; por cierto, el perro siempre atado a la correa, porque como destroce las plantas nos va a caer una multa muy grande. —Matthew, es la excursión primaveral, no puedes faltar —dijo su hermana Anne—. Yo también he estado viendo fotos de ese sitio y hay actividades muy chulas. —La niña empezó a mencionarlas—: Hay un laberinto, un museo sobre el espacio, bancos para sentarse por si estás cansado… Y muchas cosas más, por eso tienes que venirte con nosotros para disfrutar de la excursión primaveral. 9


—Si te pones así… —dijo Matthew—. No me queda otro remedio, iré. Poco después, Anne cogió el móvil de su madre y buscó en Internet «Jardines de Wellington». Internet tardó un poco en cargar, ya que la conexión en ese instante no era especialmente buena. Cuando la página cargó, Anne se sobresaltó, en primer lugar, encontró algo impactante, una noticia que iba a convencer a Matthew para ir a los jardines de Wellington sí o sí. Anne llamó inmediatamente a su hermano, que estaba fuera en el jardín, buscando bichos para su colección de insectos. —¡Matthew, corre, tienes que ver esto! —gritó la niña hacia la ventana que daba al exterior, consiguiendo ver a duras penas a su hermano. —¿Qué quieres, pesada?, espero que sea algo importante lo que me quieras enseñar —le dijo Matthew a su hermana en un tono de cabreo. Anne le enseñó el móvil a Matthew, y este se quedó con los ojos como platos 10


ante lo que la prensa digital publicaba: En un periódico inglés afirmaban que en los jardines de Wellington de Nueva Zelanda, había un tesoro oculto. Anne leyó la noticia en voz alta: «¿Hay un tesoro en los jardines de Wellington?» «Esta semana las noticias de Londres han estado centradas en el extraño incendio producido a las afueras de la ciudad, la extraña destrucción de una cabina telefónica y el terrible accidente de un autobús turístico a las afueras de la ciudad, pero esto no acaba ahí, según ha podido saber en exclusiva London News, las visitas a los jardines de Wellington, Nueva Zelanda, han subido notablemente, y con ello la seguridad. Juntado con las redes sociales que hablan de que sus empleados desaparecen y aparecen cuando quieren, la gente ha estado esparciendo el rumor de que hay un tesoro en los jardines de Wellington, formando un gran revuelo entre la gente. De momento 11


la policía no está investigando los hechos por falta de indicios, lo que deja más abierta la pregunta: ¿Hay un tesoro en los jardines de Wellington?».

Tras leer la noticia los hermanos, eufóricos, fueron a la cocina buscando a su madre. Allí estaba preparando la comida para hoy. Matthew habló en primer lugar: —Mamá, ¿sabes qué? —A ver hijo, sorpréndeme —dijo su madre. —Hay un tesoro en los jardines de Wellington. Lo dice la prensa, y queremos encontrarlo. Constance comenzó a reírse fuertemente, parecía que le iba a pasar algo, estaba roja, ya que con la risa no podía respirar. Tras parar, casi asfixiada de la risa, dijo entre lágrimas de risa: —¡Ay, hijos míos! Eso son paparruchadas. Solo es un rumor, y lo dicen para que vaya más gente a visitar los jardines, y así los dueños puedan ganar más dinero. A día de hoy, la mayoría de la gen12


te prefiere el dinero y vivir solo, a tener amigos y familia. —Por cierto —dijo Matthew con cara de inteligente—, ¿cuándo iremos de excursión? —Mañana —respondió Constance a la pregunta de su hijo. Ese día era sábado y los dos hermanos no tenían colegio. Los chicos, como locos de la emoción, empezaron a gritar, a chillar… En resumen, pusieron la casa patas arriba, a pesar de que, como ya hemos dicho antes, Matthew tenía doce años y Anne, diez. Posteriormente su madre les echó una gran bronca, y como castigo, tuvieron que recoger toda la casa y dejarla como estaba antes de que formaran ese alboroto. Los dos hermanos obedecieron sin rechistar y colocaron todo en la casa tal y como estaba.

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Nuestros chanquetes, esos locos bajitos, vienen pisando fuerte... Esta delicada colección está compuesta por “pequeñas obras maestras” escritas por niños que tienen la ilusión de convertirse, algún día, en «grandes escritores», pues realmente son «talentos prometedores». Muchos de ellos, si no desisten en el intento, lo conseguirán.

ISBN 978-84-18499-95-1

9 788418

499951


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