Alejandra Cortés Jiménez Ilustrado por Nora
Tomás tenía 8 años cuando entró por primera vez en aquella aula llena de niños. Con cierta timidez, los primeros días caminaba con la cabeza agachada y la mirada baja al ras del suelo, motivo por el cual empezó a notar algo que hasta ese punto no tenía mayor importancia: los zapatos.
Los pequeños compañeros de Tomás tenían los más diversos y fantásticos zapatos, y no solo eso, sino que cada uno de ellos parecía tener infinitos pares y los lucían a diario en una interminable pasarela que captaba cada vez más la atención de Tomás.
María, por ejemplo, que era la niña más linda pero a la vez menos simpática del salón, cuando la vio por primera vez, llevaba en los pies brillantes zapatitos planos del color de un rábano, con divertidas mariposas que simulaban estar hechas de verdaderos diamantes y piedras preciosas.
Al día siguiente, para la clase de deportes, llevaba zapatillas deportivas blancas como la nieve, ¡pero como la nieve en verdad! ¡Blanquísimas!
Así como dicen en los comerciales de detergentes de la televisión, y un par de líneas violetas las atravesaban en diagonal, ¡eran hermosas! Tomás solo podía imaginar cómo sería caminar en ellas.«Será como cada pie dentro de un pedacito de nube», pensaba al verla, y se imaginaba rellenando sus propios zapatos de blancos algodones, sin embargo, dentro de su misma fantasía lo interrumpía la voz de la abuela diciendo que dejase de jugar con los algodones del botiquín, y en seguida la fantasía acababa. María era muy cuidadosa con sus zapatillas y le gustaba presumirlas.
Por otro lado estaba Antonio, que el primer día llevaba unos botines color café, de esos que parecen para escalar montañas, «¡A qué aventuras increíbles podría lanzarse con tremendos zapatos!», pensaba Tomás, y al día siguiente, Antonio usaba las más hermosas zapatillas de futbol que Tomás vio en su vida. Eran de un negro muy intenso, no brillaban, eran más bien opacas y con los cordones color verde amarillento, como neón. Esas eran sin duda las zapatillas que utilizaría un verdadero campeón de futbol. Al contrario de María, Antonio parecía disfrutar de tener los zapatos sucios, brincaba con ellos en los charcos, pateaba las piedras y jugaba al futbol sin piedad.
¡Qué gran tipo parece ser Antonio!
El equilibro de Morfeo i
ISBN 978-84-18649-
9 788418
649332