

Naiara Velasco Medina
CAPÍTULO 1
ALGO NO VA BIEN
Martina no pudo pegar ojo en toda la noche, se le hizo eterna, estaba muy nerviosa, con escalofríos, hasta llegaba a temblar en diversas ocasiones. Le venían flashes extraños que ni ella podía reconocer, de pronto frío y calor a la misma vez, «¿qué me está pasando?», se preguntaba. Pero ella misma tenía la respuesta e intentaba tranquilizarse al recodar todo lo ocurrido. Le venía a la mente una y otra vez su forcejeo contra Asura, su cara, sus ojos fuera de sí de un rojo intenso, sus colmillos dirigiéndose a su cuello… no iba a ser fácil sobreponerse a todo aquello, pero la realidad
es que ya había pasado, tan solo tendría que dejar que poco a poco el tiempo le ayudara a olvidar todo lo sucedido, y todo se quedaría como una horrible pesadilla.
Después de estar la noche entera dando vueltas en la cama, se levantó antes de que sonara el despertador. Entraban los primeros rayos de sol por la ventana, cosa que siempre le había pasado desapercibida, y esa mañana no podía soportarlo. Rápidamente tuvo que ir echar la cortina de su ventana, no soportaba el sol en los ojos. Estaba claro que el no dormir le iba a jugar una mala pasada el día de hoy, se encontraba francamente rara, la cabeza le iba a explotar.
Así que se dirigió al baño a lavarse la cara, se echó agua para refrescarse. Después de esa mala noche, al mirarse al espejo se vio completamente pálida. Se acercó para fijarse con más detalle y notó en su cuello algo extraño. ¿Porque tenía una herida? Y volvió a recordar una vez más el forcejeo contra ese horrible vampiro. Por un momento, pensó:
«¿Habré sido mordida?». Después de estar un buen rato pensando, hecha un manojo de nervios, dejó de lado esa idea, no podía ser, no quería ponerse en lo peor. «Olvídate de eso, Martina, lo más probable es que haya sido una picadura o quizás un arañazo al huir entre los matorrales del bosque». Así que no le dio más importancia y se preparó para ir a clase. Se puso un pañuelo en el cuello para tapar esa herida tan fea, ya que no se encontraba con demasiadas fuerzas como para dar explicaciones.
Allí se encontró con sus amigos que estaban superilusionados de volver a su vida normal.
Todos estaban eufóricos, saltando, riendo, hasta agradecidos por poder ir al colegio, algo inaudito. Se abrazaban, miradas de cariño y complicidad, pero… ella se alegraba mucho por ellos, qué suerte tenían de poder olvidar tan pronto, porque ella no podía, esa pesadilla no le permitía estar bien.
Sonó el timbre para entrar a clase, todos entraron contentos, brincando. Nunca los había visto tan contentos y entusiasmados de entrar al cole. La única que no sentía ningún tipo de entusiasmo era Martina, seguía sintiéndose extraña, sin fuerza, sin ánimo, casi no les dirigió la palabra, se limitaba a ir al lado de sus amigos sin más.
—¿Qué te pasa, Martina? —preguntó Hugo.
—Estoy bien, solo pasé mala noche —respondió.
—Es normal, yo tampoco puedo quitármelo de la cabeza, tratemos de olvidarlo —volvió a decirle mirándola a los ojos, esperando seguir hablando con ella, pero rápidamente se dio cuenta de que no era su intención. Al observarla se dio cuenta de que la veía distinta, su cara, sus facciones… no sabía qué, pero algo extraño notaba en ella, no era la misma chica de días atrás.
Martina, sin dar más explicaciones, aligeró el paso y continuó su camino sola, no tenía ni
la más mínima intención de relacionarse con nadie esa mañana. Le molestaba escuchar hablar a sus amigos, sus voces retumbaban en su cerebro mucho más alto de lo normal.
Hugo se unió al grupo y Noa soltó:
—Qué rara está Martina esta mañana, parece otra persona, no entiendo que se ponga así cuando todos hemos pasado por lo mismo.
—Cállate, Noa —dijo rápidamente Hugo.
—Ya está el buenecito de Hugo defendiendo a su novia —volvió a responder de malas formas.
—¡No es mi novia! Y tú se supone que…
—Dejadlo ya, chicos —gritó Leo cortando rápidamente la discusión—. No todos somos iguales, Martina necesita un poco más de tiempo.
Estaban en primera hora. Mientras la profe Marta explicaba con entusiasmo el tema en la pizarra, Martina no podía aguantar más, estaba bastante mareada. Intentó concentrarse cerrando los ojos, pero notaba sombras extrañas
y apenas podía soportar ni un ruido más. Se levantó y dijo sin apenas un hilo de voz: «necesito ir al baño», y salió corriendo de su clase.
Leo y Hugo se miraron sin decir palabra, los dos se entendieron perfectamente, algo no iba bien, algo en ella había cambiado.
Mientras tanto, Martina salió del colegio, no podía permanecer allí ni un minuto más. Necesitaba aire libre, necesitaba una vía de escape, sentía que el bosque la llamaba y se dirigió allí sin pensárselo dos veces. ¿Cómo puede ser que lo que más terror le daba después de lo que había pasado, fuera también lo que ahora más tranquilidad le aportaba?
Caminó durante mucho tiempo adentrándose cada vez más, con la mente en blanco, simplemente algo la impulsaba hacía adelante.
Era una fuerza interior. Caminó lentamente entre los árboles, cada vez eran más densos y costaba más pasar entre ellos y los matorrales, pero no podía parar. Ya no podía sentir los rayos del sol que antes daban con fuerza, todo
era más frío, más silencioso, solo escuchaba el cantar de algún pajarillo. Mientras más se adentraba mejor se sentía.
No sabía el tiempo que continuó caminado ni dónde se dirigía, pero no podía parar, ni siquiera ya se escuchaba ni un solo ruido, ni un solo cantar, nada que no fuera el ruido de sus pasos al atravesar el denso bosque. De pronto, llegó a una preciosa pradera y supo que era lo que estaba buscando desde el principio, sin saberlo, pero lo sentía. Era diferente ese lugar, formaba parte de ella, había soñado con ese sitio desde pequeña.
Miró hacía un lado buscando esa montaña tan peculiar de su sueño con forma de oso y, efectivamente, allí estaba. Sonrió al reconocerla. Hacia el otro lado, una pequeña cascada, que también se encontraba allí tal y como la recordaba. Algo la había estado guiando hasta ahí desde el primer momento, porque ese sitio era reconocido por ella. Había estado allí muchas veces, pero siempre en sueños y ahora comprendió que realmente existía, no podía creerlo.
Un crujir rompió sus pensamientos, se giró rápido pero no vio nada, solo silencio, y al darse la vuelta de nuevo, a un metro de distancia, había una chica de pie mirándola fijamente. No sintió miedo, era preciosa, con expresión amable.

—¿Quién eres? —preguntó Martina.
—¿Estás preparada para saber la verdad?
Ella asintió.
—Me llamo Barbanna, la guardiana del bosque, Martina.
—¿Cómo sabes mi nombre?
—Nos conocemos desde pequeñas, has estado aquí muchas veces, si miras bien en tu interior te darás cuenta de que no era un sueño. Tú eres parte de nosotros, pero decidimos hacerte creer
que era un sueño. Cuando empezaste a crecer y todos tus compañeros te llamaban bicho raro, pensamos que lo mejor sería que te relacionaras con humanos porque eso sería lo mejor para ti.
—Pero… ¿¿Cómo?? —Martina no sabía qué decir, estaba asimilando lo que acababa de escuchar.
Barbanna prosiguió:
—Te he hecho venir porque algo está cambiando y tú… Tú tienes un papel importante en lo que viene
—¿¿¿Yo??? ¿Qué quieres decir? —preguntó confundida.
Barbanna se dirigió hacía unos rayos de sol que se colaban entre los árboles y Martina pudo observarla con más atención. Era una chica más o menos de su edad, quizás unos años más mayor, alta y muy guapa. Tenía el pelo rubio a la altura de los hombros, pero no era un rubio cualquiera, tenía un tono especial, con unos rizos muy divertidos. Sus ojos eran de un azul precioso, no podías aguantar
unos segundos mirándolos de lo imponentes que eran. Su piel era blanca y sus labios rosas, con una forma perfecta. Su ropa era algo peculiar. Vestía un atuendo de color verde con pequeñas piedrecitas preciosas, lo suficiente cómodo para estar por el bosque, pero a su vez realzaba aún más su belleza.
—Algo oscuro ha despertado tras tu desencuentro con Asura. El equilibrio que mantenía el bosque en calma se ha roto. Y tú, Martina, como te he dicho, tienes un vínculo especial con esta tierra —dijo Barbanna.
—¿Yo? No entiendo, ¿qué vínculo? —preguntó de nuevo, desconcertada.
—Pronto lo descubrirás, pero debes estar preparada. Quiero que sepas que no estás sola en esto —dijo extendiendo su mano hacía Martina y mirándola fijamente a los ojos.
Martina también extendió su mano agarrando amablemente la de Barbanna, algo le decía que era totalmente de fiar, lo sentía así. Al unirse sus manos se hizo una magia espe-
cial, y miles de recuerdos volvieron a su mente sin parar, miles de flashes de ellas dos juntas jugando por el bosque, riendo, con confidencias. Eran amigas desde pequeñas…
—Bar, ¡eres tú!, no era un sueño. Ahora todo encaja, te recuerdo perfectamente. —Y tiró de ella para abrazarla con fuerza.
—Te echaba de menos, enana —dijo Barbanna sonriendo—. Pero ahora no tenemos tiempo que perder.
—¿Qué tengo que hacer? —preguntó Martina con miedo, pero decidida.
—Ven conmigo, te lo mostraré —contestó.
Y sin dudar ni un momento tomó la mano de la guardiana y juntas se dirigieron hacía la pequeña cascada. Cuando estuvieron frente a ella, Martina, extrañada preguntó:
—¿Qué hacemos aquí?
—Shhh, calla, impaciente, y sígueme —dijo Barbanna sonriendo.
La guardiana se dirigió a un sendero lateral que terminaba justo donde estaba el agua de la
cascada, miró a su amiga con mirada traviesa y tierna a la vez, y empezó a caminar cruzando el agua hasta desaparecer.
Martina se quedó paralizada unos segundos hasta que escuchó:
—¿Piensas quedarte ahí todo el día, cagona? Antes eras mucho más atrevida.
Sonrió y prosiguió hacía el interior de esas aguas, hubiera lo que hubiera y con toda la confianza del mundo, al saber que con su amiga del alma nada podía salir mal.

CAPÍTULO 2
EL SUSURRO DE LA SANGRE
Estaban en el interior de la montaña, una especie de pasadizo precioso con plantas colgantes y enredaderas en las paredes, con el sonido de la cascada de fondo.
—Guauuu, esto es espectacular, pero ¿qué hacemos aquí? —preguntó la niña mientras seguía un paso por detrás a la guardiana, y sin dejar de mirar ese alucinante paisaje.
—Amiga, esta cascada solo se abre para los que están marcados.
Martina se paró en seco.
—¿Marcados? ¿Yo estoy marcada? ¿Por quién? ¿Te refieres a ti?
Martina solo quería volver a la normalidad, pero tras una noche marcada por el miedo, su cuerpo comienza a cambiar y el bosque parece llamarla. Una herida, recuerdos inquietantes y una atracción inexplicable la arrastran hacia una verdad imposible de ignorar. Entre criaturas ocultas y antiguas profecías, deberá decidir quién es y hasta dónde llegará por quienes ama.

VALORES IMPLÍCTOS:
Ser manada significa amistad y lealtad, con valentía y sabiendo quiénes somos, luchando por la justicia y la paz para vencer cualquier oscuridad. El amor, la empatía nos dan esperanza, demostrando que la luz nace siempre de un corazón unido.

Suricatos