LAS
CAJAS DE LAS
EMOCIONES Virginia Lagartos
Javier Férez
Ilustrado por Mechi Zérbola
Y en aquella tarde de octubre, la frase más temida por todos la dijo mamá: —¡Luna, recoge tu habitación por favor! —¡Luego lo hago!
Luna quería tocar el piano. Era lo que más le gustaba. Se sentía libre, fuerte y entraba en un mundo en el que no existía nada malo. Le dedicaba mucho tiempo, incluso cuando no estaba sentada en la banqueta. Quería mucho a mamá, aunque ella siempre estaba diciéndole las cosas que tenía que hacer. Su habitación era un desastre y Luna sabía que mamá tenía razón. Pero a veces era imposible tenerlo todo perfectamente ordenado. ¡No paraban de aparecer cajas! Unas más grandes que otras y todas de colores llamativos. Siempre aparecían cuando a Luna le pasaba algo, pero creía que era mejor no abrirlas y dejarlas en una esquina. «Ya desaparecerán», pensaba Luna.
—¿Qué tal la clase de piano hoy, cariño? —preguntó mamá. —¡Muy bien! —contestó Luna, entusiasmada—. Nos han dicho que van a elegir a una de nosotras para tocar en el concierto de Navidad. —¡Eso es genial! —¿Tú me dejarías tocar si me eligen? —dudó Luna. —Claro que sí, ¿por qué no iba a dejarte? A su lado aparece una caja ROSA del tamaño de un ordenador. En ella se puede leer en grande la palabra ENTUSIASMO. Luna mira a su lado y observa la caja, luego pone una mano sobre ella y sonríe.
Como casi todas las mañanas, a Luna se le han pegado un poquito las sábanas. Ese día llegaban más tarde que nunca. Mamá estaba nerviosa, aunque no le había pasado nada, tenía mucha prisa por llegar al trabajo. —Hoy te llevo en coche, ¿vale? Luna tragó saliva. Estaba tumbada en la cama todavía, con el pijama puesto, cuando una caja del mismo tamaño que ella estaba tumbada a su lado. Era de color MORADO y se veía que ponía MIEDO a lo ancho. Luna le tiene miedo a los coches desde que dejó de ver a papá por culpa de uno de ellos. Sabía que no le iba a pasar nada, pero no podía evitar sentirlo. Montada en el coche, llevaba la caja sobre sus piernas mientras miraba por la ventana. Se mantuvo alerta todo el camino, hasta que vio por fin el colegio a la derecha.
Para Luna estar en clase era divertido. Aprendía, se reía, hablaba con sus amigos. Había veces que se aburría un poco porque daban vueltas a cosas que ella ya sabía, pero entendía que lo hicieran, porque algunos de sus compañeros necesitaban que se lo explicaran de otras formas. Mamá siempre le decía que lo correcto era ayudar a los que menos sabían, porque Luna no nació sabiendo. Siempre levantaba la mano cuando la profesora preguntaba. Siempre, cuando acababa los deberes antes de tiempo, se sentaba con alguien a quien todavía le quedaba mucho. Salvo cuando ese alguien era Daniel. No le caía bien y, siendo honesta, Luna sabía que ella a él tampoco. No pasaba nada, que no le gustara alguien era lo más normal del mundo, y no tenía que pedir perdón por ello.
El recreo era el paraíso. Ese día estaban jugando todos al pilla-pilla. Luna no era buena en deportes. Se le daban mal todos. La coordinación que tenía para tocar el piano desaparecía cuando tenía que jugar al tenis o, simplemente, correr. Pero se lo pasaba bien. Era un juego de estrategia. Ella se subía a cualquier cosa, en alto estaba a salvo del que pillaba. Y ese día se subió al columpio. Vio cómo Daniel ligaba y cómo se acercaba a ella. —¡Aquí estoy a salvo! —gritó Luna. A Daniel le dio igual y empezó a empujar el columpio con Luna de pie sobre él. Hasta que se cayó. Luna se cubrió la cara y se dobló la muñeca al caer sobre su brazo. Dos cajas a su lado aparecen: DOLOR, de color FUCSIA, e IRA, de color AMARILLO.
La enfermería del cole no es un sitio al que Luna acuda demasiadas veces. Cuando mamá entró, no veía ni siquiera la cabeza de Luna. Estaba tapada por las cajas de DOLOR, IRA y MIEDO. Le dolía el brazo y mamá estaba enfadada. —¿Qué ha pasado? —preguntó mamá. —Ha sido Daniel —contestó Luna. Mamá miró a la enfermera que había vendado la muñeca de Luna. Luego miró a su hija, parecía enfadada. —¡Venga, vámonos! —dijo mamá. —¿Estás bien, mamá? —preguntó Luna, pero Mamá no contestó—. Lo siento mucho.
En la mesa, mamá un poco enfadada y un plato de lentejas esperaban a Luna. No hay nada que le dé más asco que las lentejas. Una caja de color VERDE, y en la que pone bien grande ASCO, aparece a su lado. —No quiero lentejas, mamá. —Siempre igual, eh, Luna. Comételas, venga. —Es que no me gustan nada. —Bueno, pero es lo que hay para comer. —Es que me dan asco. Y como estás enfadada conmigo, me las has puesto aposta. A mamá le enfadó mucho ese comentario. Mandó a Luna a la habitación de un grito y un dedo firme que señalaba el pasillo.
Si no puedes con algo, siempre podrás pedir ayuda.
ISBN 978-84-19228-54-3
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788419
228543