
Capítulo Primero
Un incendio en el bosque. El jilguero Silbato conoce a un nuevo amigo.
En un gran bosque húngaro, verde y fragante de resina y miel en verano, vivía una alegre familia de jilgueros. Sus parientes, los gorriones, hacía tiempo que se habían mudado cerca de la gente («¡Allí hay migas y bollitos!», se jactaban), pero los jilgueros adoraban su hogar entre los árboles. Sobre todo Silbato, el más pequeño y cantarín de todos. Le llamaron así porque sabía silbar unas trillas tan alegres que hasta el viejo roble se ponía a bailar, agitando sus retorcidas ramas. Era un pajarillo menudo. Tenía plumas de un amarillo brillante y unos ojos esmeralda en los que siempre chispeaban chispitas
de travesura. Alegre, curioso y bondadoso, Silbato adoraba a su familia y a sus fieles amigos, con los que pasaba el día entero jugando a juegos de pájaros.
Una cálida mañana de verano, después de desayunar piñones hasta llenarse el buche, se posó en la copa del abedul más alto y se puso a mirar alrededor.
¿Dónde estarían sus amigos? ¿Con quién podría jugar hoy: con las tímidas herrerillas o con los veloces vencejos?
¿Y eso? A lo lejos divisó a tres personas que caminaban por el sendero del bosque. Su padre siempre le había dicho que los hombres podían ser distintos, pero que sobre todo había que desconfiar de los que llevaban escopetas: los cazadores. Aquellos, sin embargo, solo llevaban mochilas a la espalda. De la boca de uno asomaba un palito blanco

extraño. «¡Chis-puf!», exhalaba el hombre, lanzando anillos de humo. «¡Chispuf!» Silbato sintió curiosidad, pero se mantuvo alerta.
Los hombres pasaron y sus voces se fueron apagando en la distancia. Pero, de repente, junto al camino apareció un hilillo de humo gris. ¿Qué era aquello?
El curioso jilguero bajó volando de su rama y, al acercarse, vio en la hierba seca una colilla aún humeante: la misma que fumaba el turista. De ella saltaban chispitas juguetonas que se extendían por los tallos resecos, transformándose en un fuego rojizo. En poco tiempo devoraba la hierba del año pasado, luego las ramas secas y las hojas.
—¡Alarmaaa! ¡Socorro! —silbó Silbato.
Era pequeño, pero valiente. Trató de apagar el fuego con sus alas, pero solo
consiguió avivarlo más. Chamuscado, gritó con todas sus fuerzas:
—¡Sálvese quien pueda! ¡¡¡Incendio!!!
Su grito encontró eco en otras aves, y la terrible noticia corrió veloz por todo el bosque. Entretanto, las llamas crecían furiosas. Una humareda negra y sofocante cubrió el cielo, ocultando el sol tras un velo gris. Los habitantes del bosque —animales, pájaros, insectos— huían despavoridos: unos volando, otros saltando, otros arrastrándose, todos en busca de salvación frente al fuego despiadado. Nuestro héroe también huyó a toda prisa, volando sin rumbo… hasta que se perdió.
Pasó la noche en unos juncos junto a un río desconocido. A la mañana siguiente, temblando de frío y de miedo, volvió al lugar donde el día anterior estaba su hogar. ¡Horror! El bosque verde
era irreconocible: de la tierra calcinada aún se elevaban penachos de humo, y por todas partes se alzaban troncos negros y carbonizados. El pajarillo miró alrededor: «Pero… ¿dónde está nuestro roble centenario? ¿Y mi pradera de dientes de león voladores?». En su lugar solo quedaba un manto de ceniza. Hasta el sol parecía ahora una yema cocida en una cazuela de nubes grises.
Silbato encontró un abeto medio quemado en el borde del antiguo bosque y se posó en su copa. Reinaba un silencio mortal. Solo a lo lejos graznaban unos cuervos negros. No le gustaban, y un poco le asustaban, con esos picos tan amenazadores.
—¿Y ahora qué hago? —susurró—. Me he quedado solo. ¿Dónde está mi familia? ¿Adónde han volado?
Y rompió a llorar amargamente, sin consuelo, de verdad. «Plin, plin, plin…» caían sus lágrimas como gotas de lluvia tras la tormenta.
Entonces oyó un zumbido extraño. Alzó la cabeza y vio en el cielo un pájaro insólito. Grande. Sin plumas. Con la espalda azul, la barriga blanca, alas anchas y, en vez de pico, un tubo de cristal que brillaba con una luz roja intermitente.

—¡Hola, pájaro grande! —le dijo cortésmente, acercándose.
—No soy un pájaro —respondió secamente el extraño.
—¿Y quién eres? ¿Un avión?
—Soy un aparato volador. Me han creado los humanos. Cumplo misiones para ellos: grabo vídeos del cielo y de la tierra desde muy alto —respondió con orgullo, agitando su antena como si fuera un ala—. ¡Y ahora no me molestes, alitas amarillas, que tengo una misión importante!
Silbato suspiró y volvió al abeto. Triste y solo, lloró otra vez. Y entonces, algo se removió dentro del aparato volador.
Se acercó un poco más:
—¡Oye, amigo! ¡Sécate el pico! ¡Vamos a conocernos! Yo me llamo Dron Nick-Tesla. ¿Y tú?
—Silbato. Así me llamaban mis padres. Era el mejor silbador de nuestro bosque… —contestó el jilguero, triste.
—¿Y qué ha pasado aquí?
Silbato contó deprisa la trágica historia.
—Ese palito que viste, los hombres lo llaman cigarrillo. Por una sola colilla encendida estalló este incendio. Y ahora todo lo vivo ha muerto o ha huido a saber dónde. ¡Ah, estos descuidados humanos! —protestó el dron—. Yo a menudo veo carteles que dicen: «¡Protege el bosque del fuego!», «¡Prohibido encender hogueras en el bosque!». Pero, ay, muchos leen con los ojos, no con el corazón.
—Entonces, mi padre tenía razón. No podemos confiar en los hombres —concluyó, triste, el jilguero.
El aparato volador se quedó pensativo, guiñó un ojo y dijo:
—Tu padre tiene razón, claro. Los hombres son de muchas clases. Unos tiran colillas encendidas, y otros plantan árboles. Por eso… mejor confiar en los buenos.
—Ahora estoy completamente solo… —susurró el pajarillo solitario, sollozando.
El dron guardó silencio, y de pronto sonrió:
—¿Y si nos hacemos amigos? ¡Al fin y al cabo, los dos tenemos alas! Volaremos juntos, jugaremos… Bueno, cuando acabe mi trabajo de filmación.
Silbato abrió el pico, sorprendido, y luego batió las alas de alegría:
—¡Sí! ¿Quieres que corramos una carrera? ¿Quién llega primero hasta ese río azul que se ve en el horizonte?
—¡Una, dos, tres! —gritaron a la vez, lanzándose hacia adelante, riendo y can-
tando. Luego aterrizaron en la orilla arenosa, cansados pero felices.
—¿Y por qué te llamas Nick-Tesla? —preguntó de pronto Silbato.
—En honor a Nikola Tesla, un gran inventor de origen serbio. Fue un genio, un físico, ingeniero y soñador del siglo XX. Pero, quizá, eso sea todavía pronto para que lo entiendas —sonrió el dron.
Aquella tarde quedaron en encontrarse de nuevo al día siguiente. Así, de manera inesperada, Silbato encontró un nuevo amigo. Extraño, sí, pero inteligente y bondadoso. Y por delante les aguardaban aventuras sorprendentes y hasta peligrosas, descubrimientos fascinantes y nuevos compañeros.
Silbato pierde su bosque en un incendio y conoce al dron Nick-Tesla. Juntos viajan a París, donde el jilguero vivirá aventuras en solitario: salvará un cruasán de una urraca ladrona, explorará el Louvre con un gorrión local y será secuestrado por ratas subterráneas antes del esperado rescate. Una historia que entrelaza amistad, valentía y conocimientos sobre la cultura francesa.
VALORES IMPLÍCITOS
A través de la amistad entre un pájaro y un dron, la historia refleja cómo es posible superar las diferencias. Promueve el coraje ante la adversidad, la curiosidad por el mundo y el respeto hacia otras culturas a través del descubrimiento de Francia. Destaca la bondad y la superación de prejuicios, mientras acerca a los niños al arte y a las tradiciones de ese país de forma amena.

