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No sé si tendréis hermanos pequeños, pero, si es el caso, sabréis que son un auténtico fastidio. Los padres no parecen darse cuenta de lo mucho que nos molestan a nosotros, sus hijos primogénitos. Es decir, a los primeros que tuvieron. Y si se dan cuenta, lo disimulan bastante bien. Es injusto que los padres decidan tener un segundo hijo o un tercero o un cuarto, sin contar con nuestra opinión, para luego endorsárnoslo a nosotros todo el tiempo. Yo no quería tener hermanos. Ni hermanos ni hermanas. Siempre he sido muy claro al respecto. Cada vez que mis tíos o mis abuelos o los amigos de mis padres me pregun-
taban con voz ñoña si me gustaría tener un hermanito, les respondía con un largo, alto y rotundo
NOOOOOOOOOOOO.
Lo único que yo quería y les pedía como cien veces al día era un perro. Y a eso, mis padres siempre me respondían con otro largo, alto y rotundo
NOOOOOOOOOOOO.
Estaba claro, ¿no? Ni perros ni más hijos.
Sin embargo, un día mis padres decidieron saltarse el acuerdo mutuo que teníamos los tres y entonces mi madre se quedó embarazada. Ellos lloraban de felicidad. Yo lloraba de pura rabia.
¡¿Qué parte de NO QUIERO HERMANOS no habían entendido?!
Lo único bueno de la llegada inminente del pesado de mi hermano fue que me dejaron adoptar un perro. Hicimos un pacto amistoso, o algo así, del tipo «nosotros cedemos con el perro y tú cedes con el nuevo hermanito».
No me quedó más remedio que aceptarlo. Un trato es un trato. Y aceptar algo así, cuando todavía no has cumplido los seis años, es muy duro.
Imaginaos, seis años de no tener que compartir dormitorio ni baño ni juguetes ni televisión ni el amor de mis padres. Y, de repente, un día se van los dos al hospital y, al siguiente cuando vuelven, lo hacen con un bebé gordo y calvo en brazos que no para de hacer caca y llorar. Todo
el santo día pidiendo atención. Atención que me quitaban a mí para dársela a él.
Si mamá se sentaba conmigo a jugar un rato a los Lego, mi hermano se ponía a berrear como un loco. Berreaba tan alto que parecía la sirena de una ambulancia. Entonces mamá tenía que dejarlo todo y sacarse la teta a toda prisa, daba igual dónde estuviéramos, porque si no el bebé no paraba de chillar hasta que se ponía rojo como un tomate de esos gordos que siembra el abuelo en su huerto.
Me llevo cuatro años, diez meses, dieciséis días, cuatro horas y veinte minutos con mi hermano pequeño, aunque a veces pienso que nos separa el infinito entero.
Además, somos totalmente diferentes. Yo soy tímido, de pelo y ojos castaños, pequeño, delgado y, aunque me cueste reconocerlo, bastante miedica. Él es atrevido, rubio, alto, grande y, para ser un enano de primero, es muy valiente. Nunca le ha dado miedo bajar solo al sótano a buscar los juguetes que se nos caían por la escalera, aunque la luz de abajo parpadeara siniestramente como en las pelis de terror. Ponce nunca ha tenido miedo de las sombras de la noche ni del monstruo del armario ni de la bruja de debajo de la cama.
Lo peor de tener un hermano son las comparaciones. Todo el mundo nos compara todo el tiempo: mis padres, mi familia, los profesores, mis amigos, la vecina de al lado, Gertrudis, a la que tienes que gritarle en el oído porque tiene como ciento ochenta años y está sorda como una tapia…
«No tengas miedo, Amaro. Mira tu hermano pequeño, qué valiente es. No seas tan tímido, Amaro. ¿Has visto tu hermano qué simpático es con todo el mundo? Anda, cómetelo todo que te pongas grande y fuerte como tu hermano».
Lo que os he dicho, un auténtico fastidio.
Aunque el colmo de los colmos fue el día de mi undécimo cumpleaños. Mis padres organizaron una superfiesta en casa con mis mejores amigos. Esa parte estuvo guay. Hubo muchos globos, muchos juegos y una cama elástica.
El problema es que también invitaron a los amigos de mi hermano y no nos dejaron hacer nada. Explotaban nuestros globos, se comían nuestras chuches y cuando se ponían ellos a jugar en la cama elástica, mis padres no nos dejaban saltar a nosotros, porque éramos mayores y podíamos hacerles daño.
—Pues que se vayan a freír espárragos —me quejaba yo—. ¡Es mi cumpleaños!
Pero mi padre se limitaba a sonreírme con los ojos y darme palmaditas en la cabeza, como hago yo con mi perro cuando se pone pesado.
Al final del cumple, tocaba soplar las velas, pedir un deseo y abrir los regalos. Ese siempre ha sido mi momento preferido de la fiesta. Pero, cómo no, Ponce me lo fastidió también. Como hacía cada año. Antes y después de soplar las velas yo, también las quería soplar él. Si no, lloraba. Y por supuesto, me tenía que «ayudar» a abrir mis regalos.
—No necesito ayuda —protesté enojado—. Quiero abrirlos yo solo. Son mis regalos.
Pero no me dio tiempo a acabar la frase. Ponce y sus amigos ya me habían roto por lo menos tres envoltorios.
¡Qué tío más pesado! Nadie me sacaba de mis casillas como él.
Cuando la fiesta terminó y todos se marcharon, mi madre me dejó jugar un rato antes de irme a dormir, a pesar de que al día siguiente teníamos clase. Eso me puso muy contento.
Habría sido genial jugar con mis nuevos juguetes, si mi hermano me hubiese dejado, claro. Pero Ponce nunca me dejaba en paz. Todo el santo día pegado a mí, como una lapa. Una lapa es uno de esos bichos raros que llevan las tortugas y las ballenas siempre pegadas al cuerpo. Así era Ponce conmigo. Como una ventosa de esas del mar.
Cuando mi madre subió a la habitación para apagarnos la luz, me quejé porque no me había dado tiempo a jugar a nada. Me había pasado la hora entera discutiendo con mi hermano, porque no paró de quitarme mis juguetes nuevos.
—Venga, Amaro. No seas así. Hay que compartir —dijo mamá con mi hermano lloroso enredado entre sus piernas—. Ponce siempre te deja sus juguetes.
—¡No quiero sus juguetes! Sus juguetes son de bebé.
A mamá se le llenó la frente de arrugas. Y eso solo le pasaba cuando algo la disgustaba mucho. Como mi comportamiento en aquel momento, supongo.
—¡Eres un gurrumino! —protestó mi hermano, sacándome la lengua.
Nuestra yeya es de Madrid, aunque lleva casi toda su vida viviendo en Córdoba. Cuando habla, usa palabras raras que no se dicen en otros sitios y que a mí me encantan, como saborío, pego, chichiribaile, meiba y gurrumino.
Gurrumino significa algo así como tacaño. Y yo no soy un tacaño. Me encanta compartir y jugar con mis amigos, pero con mi hermano es distinto porque él es una auténtica pesadilla.
—¡Si yo soy un gurrumino , tú eres un fartusco ! —le grité antes de cubrirme la cabeza con la manta.
Esta es mi palabra rara preferida: fartusco . ¿Adivináis lo que significa?
Bajo el peso de la colcha de mi cama, de repente recordé que no había pedido ningún deseo al soplar las diez velas de mi tarta. Todo el mundo sabe lo importante que es pedir los deseos al soplar las velas, si no, no se cumplen. Había olvidado por completo hacerlo, porque Ponce estuvo todo el rato lloriqueando para soplar mis velas él también.
Me enfadé tanto por mi olvido que la rabia me golpeó como un rayo. Lo juro de verdad, me golpeó como un rayo. Lo sentí en la barriga, PUM, y en menos de un segundo se extendió hacia el resto del cuerpo. Un relámpago de calor que me puso colorado desde los dedos gordos de los pies hasta el último pelo de la cabeza.
Entonces, saqué la cabeza de entre las mantas y estallé:
—¡Ojalá nunca hubieras nacido, pesado! —grité a pleno pulmón.
La frase salió de mi garganta como un rugido. Parecía un león de esos de los documentales de la tele. Hasta la ventana de mi dormitorio se abrió de par en par, asustada, mostrándonos la tormenta que se avecinaba de repente.
Ahora sé que lo que dije estuvo mal, lo admito, pero os prometo que en ese momento lo deseé de corazón.
Aunque esto no se lo reconocería a nadie hasta mucho más tarde...
En ese instante un único pensamiento cruzaba mi mente enrabietada: si Ponce no hubiera nacido, nadie me arrebataría el protagonismo en mis cumpleaños, nadie me quitaría mis juguetes todo el tiempo, nadie compartiría mi baño y mi dormitorio. Todo volvería a ser como antes y eso sería una auténtica pasada.
¿Nunca lo habéis pensado vosotros? ¿Volver atrás en el tiempo para ser hijo único otra vez?
Yo lo deseé con tantas fuerzas que, a la mañana siguiente, Ponce había desaparecido.

El despertador sonó a las siete y media en punto, como todos los días que tengo colegio. Y sí, amigos, hasta Ponce tiene suerte en esto. Su cumple cae en agosto. El mío en septiembre, cuando ya hay cole y obligaciones y tareas y exámenes y extraescolares y profesora particular de mates e inglés…
Me senté en la cama y estiré los brazos al techo, para desperezarme del sueño de la noche. Me quedé a cuadros cuando vi que la cama de Ponce no estaba al otro lado de la mesita. En su lugar, había un escritorio enorme con un ordenador muy chulo.
¡Menudo regalazo de cumpleaños!, pensé.
Supuse que mis padres me habían querido dar una sorpresa y habían montado el escritorio y el ordenador en plena noche, así cuando me despertara por la mañana, lo primero que vería sería mi regalo. Lo que no entendía era cómo habían podido sacar la cama de mi hermano, con Ponce subido a ella, sin que yo me enterara. Y luego me pregunté dónde lo habrían trasladado, porque mi casa solo tiene dos dormitorios.
Entonces me acordé de que papá llevaba un tiempo queriendo arreglar la buhardilla. Quizá ya lo había hecho...
Aunque la buhardilla era un poco estrecha y tenía una ventana diminuta, cabría de sobra un armario y una cama pequeña. Además, a Ponce no le daba miedo nada, así que tampoco se asustaría de dormir ahí arriba él solo. Yo, por otro lado, lo pasaría fatal.
Supongo que ya sabréis todos que en los desvanes y en los sótanos suelen esconderse las cosas más escalofriantes del mundo, como bichos asquerosos y fantasmas. Solo de pensarlo me da repelús…
A través de la puerta encajada de mi dormitorio, escuché a mi madre preparando el desayuno en la cocina. Mmm... El olor del pan recién tostado subía a través del hueco de la escalera. Estaba hambriento. Me levanté de un salto y, en menos de lo que gira un spinner, me puse el uniforme del cole.
Me sorprendió ver que a mis padres también les había dado tiempo a sacar del armario y los cajones toda la ropa de
Ponce, y llevarse su colección de libros y figuras de dinosaurios que guardaba en la balda más baja de nuestra estantería.
Antes de bajar a la cocina, decidí subir a la buhardilla para visitar el nuevo cuarto del pesado de mi hermano. De noche no subiría ahí arriba ni loco, pero de día, la luz de la mañana entra por el ventanuco, iluminándolo todo, y da menos miedo.
Abrí la vieja puerta de madera, que crujió con un chirrido espeluznante, como pasa en las películas de terror justo antes de que salgan los muertos vivientes de entre las sombras. Asomé la cabeza al interior. Qué raro, me dije. Allí arriba no había nada. Solo cajas llenas de trastos y mucho polvo y telarañas colgando de las esquinas. Pero ni rastro de mi hermano.
¿Dónde diantres lo habían metido?
De camino a la cocina, pasé por el dormitorio de mis padres, por si de repente habían decidido volver a dormir con él, como cuando llegó a casa recién nacido y colocaron su cuna a los pies de la cama.
Papá estaba terminando de afeitarse en el cuarto de baño. Tampoco había rastro de mi hermano, su cama o sus cosas allí.
—Papá, ¿dónde están las cosas de Ponce? —pregunté desconcertado.
—¿Las cosas de quién? —preguntó papá a su vez, haciendo un gesto raro con la boca para seguir afeitándose el bigote.
—De Ponce…
—¡A desayunar! —me interrumpió la voz de mamá desde la planta de abajo.
—Venga, baja a desayunar ya, que vas a llegar tarde al colegio —dijo papá.
Bajé las escaleras de dos en dos y corrí a la cocina.
Me resultó extraño no ver a mi hermano allí sentado. Normalmente, suele bajar el primero a desayunar. ¿Dónde se habría metido?
—Mamá, ¿dónde habéis colocado la cama de Ponce?
—¿La cama de quién? —preguntó mamá mientras terminaba de exprimir la última naranja de mi zumo.
—De Poooonce. ¿Y dónde está él? Me va a hacer llegar tarde otra vez.
—¿Quién te va a hacer llegar tarde, cariño? —preguntó mamá despistada, mientras volcaba lo restos de la pulpa de la naranja en la basura.
—¡PONCE!
—Pero ¿quién es Ponce?
—Muy graciosa, mamá. Venga, va. ¿Dónde está mi hermano?
—¿Tu hermano? —rio mamá—. Pero si tú nunca has querido tener hermanos.
Supuse que se refería a lo que le había gritado a Ponce la noche anterior. Eso de que ojalá nunca hubiera nacido… Me encogí de hombros.
En ese momento, papá bajó a la cocina.
—Vamos, Amaro. Termínate el desayuno.
—¿Ponce no va al colegio hoy? —pregunté confundido. A lo mejor estaba enfermo.
—¿Quién es Ponce? —le preguntó papá a mamá levantando una ceja.
—No le hagas caso. Amaro se ha despertado chistoso hoy. Dice que ese tal Ponce es su hermano.
Papá soltó una carcajada.
—¿No eres un poquito mayor para tener amigos imaginarios?
—¿Amigos imaginarios? —protesté yo—. Ponce es mi hermano pequeño. Ya sabéis, el niño ese de seis años, de rizos rubios y cara de terremoto que vive con nosotros…
—¿Te encuentras bien, hijo? —preguntó mamá, poniéndome la mano sobre la frente.
—No tengo fiebre —le dije impaciente, apartando su mano—. ¿Qué os pasa? ¿Os habéis olvidado de que tenéis un hijo pequeño?
—Quizá se ha dado un golpe en la cabeza —dijo papá, tocándose la barbilla recién afeitada.
—¿Te has caído de la cama esta noche, cariño? —preguntó mamá, presionándome con los dedos en la cabeza como si fuera un melón del súper.
De repente, me fijé que en la mesa solo había servido un desayuno. El mío. Y sobre la silla solo estaba mi mochila. Angustiado, me acerqué al frigorífico y observé las fotos de nuestro último viaje. Dos semanas antes había
Amaro, harto de compartir su vida con un hermano pequeño que solo le causa quebraderos de cabeza, pide en su undécimo cumpleaños un deseo que lo pondrá todo patas arriba: que Ponce nunca hubiera nacido. Para su sorpresa, su deseo se cumple y su hermano desaparece de la memoria de todos… menos de la suya. Con la ayuda de sus amigos y de un misterioso gamusino, Amaro se embarcará en una aventura épica llena de acertijos, peligros y descubrimientos, donde aprenderá cuánto puede cambiar un corazón cuando está dispuesto a luchar por lo que ama.

