YERAY RECIO
LA PAZ
AHOGADA A VECES LA EXISTENCIA SE TUERCE INESPERADAMENTE
CAPÍTULO 1
Una Casa Junto Al Río
Cuando se acostó supo que aquella sería una noche tranquila. Las casi dos horas que había durado su entreno y la posterior caminata de vuelta a casa la habían hecho acabar el día exhausta. Solía recorrer en bici los escasos tres kilómetros que separaban su casa del centro deportivo donde entrenaba. Ya tenía edad para hacerlo. Además, los compromisos laborales de su padre lo obligaban a ir de un lado a otro, en ocasiones sin previo aviso, por lo que era extraño que pudiera encargarse de recogerla a la hora indicada. Pero aquel día, su agenda apenas se limitaba a una reunión informal entre colegas, así que era de esperar que pudiese volver a por ella un par de horas más tarde. Por ello la recogió en la puerta del instituto, la acercó al centro deportivo y se comprometió a estar allí a las 19:30, media hora después
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de que acabara su entreno con los estiramientos propios de una disciplina como aquella. Cuando eso ocurría, en el coche de vuelta a casa, él se mostraba interesado por cómo había ido la tarde —con las mismas preguntas de siempre— y ella le correspondía con idéntica falta de originalidad en sus respuestas, casi siempre escuetas y poco explicativas. Sentada casi de perfil, algo escurrida, con el codo apoyado en el reposabrazos y la cabeza desplomada sobre su mano derecha, solía perder la mirada hacia la calle, haciendo descansar también su joven cerebro, sin prestar mucha atención a la música que siempre sonaba en el flamante coche familiar. Pero aquella tarde, otra reunión de trabajo de esas que se sabe cuándo empiezan pero nunca cuándo acaban, le habían impedido acudir a su cita. Trató de avisarla llamándola a su móvil, aun a sabiendas de que durante el entrenamiento su hija tenía la buena costumbre de dejarlo en la taquilla, junto con su cartera, su IPod, las gafas de sol, el broncodilatador y el neceser. Al final optó por enviarle un mensaje de texto conciso en el que le decía «Ale, no me da tiempo. Nos vemos en casa. Bso». Ella odiaba volver a casa caminando sobre todo porque se creía menos importante para su padre que aquellos hombres enchaquetados con los que «simplemente» discutía sobre plazos de entrega y cantidades astronómicas de dinero. Pero eso no importaba. No importaba que las decisiones allí tomadas afectasen directamente a las ilusiones y a los planes de cientos de familias más o menos desfavorecidas. Ella había
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aceptado ser la hija de un importante promotor inmobiliario a cambio de poder contar con él siempre que lo necesitase. Tras la decepción que le supuso leer el inesperado mensaje de su padre, guardó el móvil y cambió el chip. Era el momento perfecto para apoyarse en ese pilar fundamental que daba sustento a su vida en general y a su estabilidad emocional en particular: la música. Para ella, las canciones eran algo vivo, con sentimientos y carga emocional propia y, dependiendo del momento en que se reproducían, podían convertirse en un poderoso elemento de ayuda o, por el contrario, en un agente enemigo. La música había estado presente en los momentos más importantes de su vida, aunque fuese solo en su cabeza, como reproducción mental silenciosa de la canción que deseaba la acompañase. Cuando elegía una canción no lo hacía llevada por la inercia de la cotidianeidad, ni por el horror vacui que otras personas tienen al silencio; lo hacía por la necesidad de conectar sus emociones con las que ella sentía como propias de cada canción. En cierto modo las canciones se le ofrecían para ser reproducidas cuando ella lo necesitaba, así que no era raro que una canción sonase en su vida varias veces durante días y luego pasase meses olvidada en una lista de reproducción inactiva. Cada canción tenía su momento. Parte de esta unión tan profunda y especial con la música la tenía el culpable de que hoy volviese andando a casa, sola. Cogió su reproductor, resignada, al tiempo que un suspiro se le escapaba y comenzó a buscar en su interminable biblioteca
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de canciones. Necesitaba una canción dulce y tranquila que le hiciese el camino de vuelta más llevadero. Se decantó por Thinking out loud, de Ed Sheeran. La poderosa voz del británico comenzó a sonar apenas unos segundos después de que dejase tras de sí la puerta del vestuario. De vuelta a casa, fue fijándose en las fachadas y en las entradas de las casas a las que no le prestaba la menor atención cuando regresaba en coche. La mayoría eran casas unifamiliares, con porches cuidadosamente vestidos de plantas, arbustos, platos de porcelana y figuras camufladas sobre el césped. En otros, se compensaba la falta de elementos decorativos con la presencia de algún perro. Los ladridos creaban un efecto de vaivén a medida que se fusionaba la lejanía de un ladrido con la cercanía del siguiente. Sin embargo, lo que más llamó su atención, fue la ventana de aquel ático que miraba al kiosco de prensa. Era un gran ventanal, con una cortina verde en la que destacaban extrañas formas amarillas y marrones que tenían aspecto de setas deshidratadas. Tras ella, una luz casi cegadora de lo que debía ser una gran lámpara. Le pareció una luz más propia de un quirófano de operaciones que de una buhardilla residencial como aquella. Aminoró su marcha hasta casi detenerse frente a la fachada de la casa. Tanto había centrado su atención en la planta alta que no se percató de que en la entrada, una moto Vespa color salmón del año 89 con todos los accesorios cromados, llenaba de glamour el porche anodino de una casa con aspecto casi de abandono. El amor por las motocicletas estilo retro era otro
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rasgo que, según su padre, también había heredado de su madre. Entonces, tras la cortina, vio pasar una sombra que oscureció por un momento el verde de aquella tela. Se sobresaltó, aceleró el paso y bajó su mirada intentando volver la vista a la acera. Apenas había dado dos pasos cuando la deslumbró el reflejo de un espejo redondo, cromado, que parecía tenderle la mano desde la que sin duda era la moto más bonita que había visto nunca. Quiso detenerse para observar con detenimiento aquella maravilla, pero tenía la sensación de estar siendo observada, así que, agachó la cabeza, dirigió su mirada un par de metros por delante de sus pies y continuó su marcha hasta llegar a casa. Su padre, consciente de que las circunstancias familiares obligarían a su hija a vivir en soledad situaciones impropias para su edad, se había encargado de inculcar en ella una desconfianza en forma de prejuicio hacia los hombres, en general. Ya se encontraba en La Fontana, el barrio residencial en que vivían entre espacios abiertos, el paseo fluvial y chalés de gente pudiente, ocupada e independiente que imprimían al vecindario una calma inusitada y una frialdad al trato entre vecinos que llegaba a resultar incómodo. Aún desde la acera, a escasos cuatro metros de la puerta de casa, escuchó ladrar a su perrita en una especie de bienvenida a destiempo. Al entrar, dejó sus llaves sobre aquel extraño recipiente que parecía darle las buenas tardes, en solitario y estratégicamente colocado, desde el pequeño pero elegante mueble recibidor. Su padre lo había traído de Dubái en uno de sus
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primeros viajes a Oriente, enamorado de su «perfecta imperfección», expresión esta que había provocado más de una risa entre ambos. Era un objeto pesado, de acero grisáceo, acabado tosco, envejecido y de forma irregular, aunque desde ciertos ángulos podía parecer un cenicero. Junto a él, una pequeña lámpara de cristal opaco que imprimía una capa de luz tenue a la estancia. Subió las escaleras despacio y con los ojos casi cerrados, pensando en lo agotada que estaba y en la impagable sensación de ponerse el pijama y acomodarse en el sofá, con su botella de agua y la tele solo para ella. Se quitó la ropa y la fue dejando caer sobre la silla de su escritorio, mientras pensaba en el tiempo que llevaba sin competir, después de la lesión que la había apartado durante semanas de las pistas de atletismo. Ya en el sofá, recostada levemente sobre su lado izquierdo, zapeó durante unos minutos hasta toparse con un documental sobre espeleología que emitían en Discovery Chanel. Le pareció interesante. Aún con el mando en la mano, fue observando a las personas que aparecían en él tratando de imaginar qué edades tendrían. Ella ya se veía con edad suficiente para enfrentarse a la naturaleza de ese modo, pero su padre no pensaba lo mismo. Aunque la enfurecía, en el fondo entendía que, para la generación de alguien de su edad, las niñas de diecisiete años son solo eso, niñas, niñas indefensas ante el monstruo de una sociedad dispuesta a devorarlas al menor descuido.
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No había terminado de acomodarse en el sofá del salón cuando su móvil comenzó a vibrar. Segundos después y sobre unos acordes de teclado con sonido Hammond tan característico de los años setenta, una voz quebrada e inconfundible fue emergiendo progresivamente del celular. Había oído cantar a su padre esa canción de Joe Cocker tantas veces que no dudó ni un momento en elegirla como tono de móvil para él. La de risas que había echado escuchándole imitar con dudosa fidelidad el sonido de aquel teclado puro y limpio que parecía transportarte directamente a los años del amor libre y la flor en el pelo. Seguramente la llamaba para decirle que tardaría un rato en llegar a casa. Se inclinó hacia delante, puso un pie en la alfombra para prolongar su radio de alcance y se estiró hasta llegar al extremo de la mesa de cristal y acero que se erigía como epicentro del hogar. Tomó el móvil y, mientras respondía, dobló sus rodillas, subió los pies al sofá y se apoyó lateralmente sobre el respaldo: —Hola, papi —respondió con desgana. —¿Estás en casa, Ale? —Tras la varonil y grave voz de su padre pudo atisbar, como casi siempre, un murmullo de gentes hablando y alguna risa que otra, por lo que supo que tal y como se temía, su padre seguía ocupado. —Sí, acabo de llegar. —Bueno. Acabamos de terminar la reunión así que en un ratillo estoy ahí. Saca un par de hamburguesas del congelador y las preparo cuando llegue, ¿te parece?
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Alejandra ya no miraba la tele. Se encontraba toqueteando con naturalidad sus desatendidos pies, sus amorfos dedos uno a uno, acariciándolos desde atrás hacia delante, disfrutando del cosquilleo que le provocaban aquellas caricias, palpando cada una de las minúsculas articulaciones que allí se encontraban, examinando cada uña y percatándose con resignación de la asimetría que caracterizaba a aquella zona de su cuerpo. —Vale. Voy a picar algo mientras tanto —dijo con el teléfono sujeto entre la cabeza y su hombro izquierdo. —Ok. Un beso, cariño. —Otro, papi. Chao. Tras colgar permaneció quieta unos segundos hasta que se percató, aún con el teléfono en la mano, de que había perdido por completo el interés en el reportaje que estaba viendo en la tele. Se había quedado embobada, con la mirada perdida hacia la pared color burdeos del salón donde lucía aquel cuadro abstracto. Estaba lleno de brochazos morados, blancos y grises que se cruzaban en una especie de desequilibrio policromático ordenado. Entonces miró por un momento la foto que tenía como fondo de pantalla en su terminal y esbozó una leve sonrisa. Aquel día, ella y su amiga Carla se pasaron casi una hora divirtiéndose con el móvil, haciéndose fotos en actitud desenfadada para reírse posteriormente la una de la cara de la otra. Carla era su mejor amiga desde siempre, y compartían casi todo a pesar de que tenían muy pocas cosas en común. Ella también formaba parte de una familia acomodada, pero tra-
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dicional y muy numerosa. Le costó años aprenderse los nombres de sus hermanos, tíos y primos. En una ocasión, cuando pasaban a saludarla en Navidad, su padre estuvo llamando al timbre durante minutos hasta que alguien desde dentro gritó: «¡Abrid, que están llamando!». Entonces, tras la puerta, encontraron una casa llena de gente, con cantidad de luces encendidas, reuniones en todas las estancias, y un ruido que jamás había conocido en su hogar. Ella no tenía esa suerte. No tenía hermanos y solo tenía dos primos, Ramón, a punto de cumplir los quince y la pequeña Alicia, de tres añitos de vida. Ambos eran los hijos de su tía Agri y Chema, su marido. Sus otros titos, Rogelio y Marina, aún no le habían dado primo alguno porque como alguna vez alegaron, no tenían tiempo para eso. Vivían en pleno centro de Salamanca, a escasos quince minutos en coche de Santa Marta de Tormes, municipio de las afueras en que vivían Alejandra y su padre. Gracias a Dios, sus abuelos siguieron los pasos de su hijo y compraron una casa en el mismo pueblo para no perderse ni un momento importante en la vida de su primera nieta. A la mañana siguiente se despertó con sensación de pesadez. Recordó la copiosa cena a base de hamburguesas y patatas fritas y por eso no se sorprendió. Después de pasar por el baño, como cada mañana, estiró la cama, subió la persiana llenando de luz la amplitud de su habitación, y abrió el balcón de par en par con voluntad de absorber parte del encanto de las mañanas de primavera. El mes de abril era su favorito porque en él convivían
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los rayos de sol con temperaturas bajas y ambientes húmedos, condiciones meteorológicas que hacían mucho más atractivos y placenteros los paseos por la vega del río que tanto le gustaban. El río Tormes la había visto crecer. De niña paseaba con su padre de la mano y cuando hubo cumplido los ocho, llegaron caminando hasta Aldehuela de los Guzmanes, un pequeño pueblo de poco más de doscientos habitantes que se encontraba a casi tres kilómetros de distancia. Sentada en el margen del río, había llorado tanto la muerte de su madre que sentía que aquellas aguas llevaban parte de su dolor. Un día, en clase de Artística, se dibujó llorando al cielo y cómo sus lágrimas, suspendidas, volaban hacia el río hasta tocar sus aguas en una especie de vals tirolés. Hasta que no hubo cumplido los catorce, su padre no la dejó pasear sola por el río a pesar de que ella conocía el sendero como la palma de su mano. En algunos de sus árboles podían leerse los nombres del primer chico que le gustó, del amor platónico de su amiga, del cantante de pop con el que habían forrado sus carpetas al pasar al instituto; incluso el seudónimo que se puso cuando niña, «astilla». Tanta gente había usado el refrán «de tal palo tal astilla» para referirse a algún rasgo de su personalidad que recordaba a su madre que, en homenaje a ella, firmó con él durante algún tiempo. Bajó para desayunar y encontró a su padre en la cocina preparándose un zumo de naranja. —Hola —dijo desperezándose, mientras se rascaba la espalda por debajo del jersey.
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El exprimidor dejó de sonar por un momento y vio cómo su padre se volvía para sonreírle. —Buenos días. ¿Has dormido bien? —Aquel ruido molesto pero hipnótico acompañado por aromas cítricos se adueñó nuevamente de la cocina. —Me duele un poco la barriga. —Mientras iba de un lado a otro de la cocina, moviendo cosas de la mesa al fregadero, de la nevera a la mesa, de la encimera a la nevera, fue repasando mentalmente su agenda. Era el ritual de todos las mañanas. Rara vez repetía desayuno y aquel día no iba a ser una excepción. —Tómate una manzana, chiqui. Son muy digestivas —puntualizó sabiendo que así convencería a su hija. Los zumos, los yogures, los batidos de plátano natural y las galletas de fibra tendrían que esperar a otro día. Hizo caso a su padre, tomó una manzana Golden del frutero de cristal que estaba bajo la ventana, la lavó, la secó con papel cocina y empezó a mordisquearla. Desayunaron como cada mañana, ambos concentrados en su rutina, sin prestar atención, aparentemente, a los movimientos del otro. Describían pequeños desplazamientos, calculados, precisos e idénticos día a día, pero habían conseguido entenderse a la perfección apenas sin mirarse. Mientras tanto, una voz de mujer se colaba en la cocina a través de la radio y, entre noticia y noticia, sonaba una especie de melodía distorsionada que simulaba lo que parecía un instrumento de viento. Ese sonidito les había regalado muchas carcajadas mañaneras.
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Acabado el desayuno y recogida la cocina, ambos tomaron sus carteras y abrigos y salieron de casa en coche camino al instituto.
CAPÍTULO 2
La pequeña y deseada Alejandra
Su llegada al mundo fue tan deseada como oscura. Sus padres, Rafael y Lola, se procesaban un amor puro, profundo y sincero admirado por quienes los habían visto tratarse en la intimidad. Todos sabían lo mucho que se amaban porque así lo demostraban constantemente. Nunca hubo besos para la galería, ni viajes de ensueño, tampoco discursos de película, ni grandes regalos. No los necesitaban; les bastaba con mostrar esa mirada dulce, cómplice, repleta de respeto y comprensión que para ellos era todo un lenguaje. Parecía distinta a todas las demás. A pesar de eso, todo cambiaría. Después de siete años de relación y dos como marido y mujer, la engendraron, en parte, con el convencimiento de
Una espiral de extraños acontecimientos desestabiliza la acomodada vida de
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ISBN 978-84-19339-07-2
una una joven de 17 años. Cuando su castillo de naipes está a punto de desmoronarse, ella decide afrontar sus miedos y desafiar su existencia, emprendiendo una aventura hacia lo desconocido en busca de respuestas.
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