

Era una noche más en aquel recóndito lugar. Otra noche fría y húmeda en el sótano de aquella pirámide escondida en el desierto junto a la ciudad de El Cairo, en Egipto.
La momia Jacinta dormía plácidamente desde la última vez que Bruno y Brahim, sus amigos incondicionales, la despertaron hace un par de veranos.
Para ella era una larga noche más en aquel sótano oscuro y frío. Una noche como otra cualquiera en el fondo de
aquellos pasadizos. Dentro del sarcófago seguía viendo pasar los días y las noches, sola y muy aburrida… y llenándose de polvo… ¡y de telarañas!
Como le habían prometido sus amigos, en cuanto podían se acercaban a verla siguiendo el camino secreto que Jacinta les enseñó, y que solo ellos conocían. Nunca contaron nada a nadie porque era su gran secreto, y el que mantenía a Jacinta segura y a salvo en su gran pirámide en el valle de los Reyes de Egipto.
Ellos sabían bien el camino, pero no era nada fácil. Tenían que llevar sus mochilas con algo de ropa, porque dentro de los sótanos y pasadizos de la pirámide hacía mucho, mucho frío; y también sus linternas, pues no se veía nada de nada. Y como son unos «tragones» y querían
también compartir muchas «sorpresas ricas» con Jacinta, llevaban las mochilas bien cargadas de «cositas de picoteo», chocolates y gominolas.
Después de un largo recorrido, de arrastrarse por pasadizos y estrechos pasillos retorcidos como un laberinto, Bruno y Brahim llegaban sucios y algo despeinados hasta la cámara donde se encontraba el maravilloso tesoro y el sarcófago de oro de Jacinta. Allí, ya fieles a su promesa, le despertaban con música, chistes y… ¡bocadillos de chocolate!
Quizás ya habían pasado muchos años desde la última vez que se abrió, o quizás solo un par de meses, eso Jacinta nunca lo sabe, porque no tiene reloj, y cuando uno está aburrido el tiempo pasa «muyyyy» despacio.
La verdad es que el conjunto del tesoro era digno de cualquier museo, de cualquier libro de arte, de reportajes y documentales para la tele… ¡era alucinante del todo!
Los niños no dejaban de impresionarse cada vez que venían a verla. Siempre descubrían algo mágico al llegar a ese lugar.
Antes de entrar por el pasadizo secreto que solo ellos conocían, caminaban por el desierto bajo la luz de la luna, y cruzaban el enorme palmeral que rodeaba la pirámide... todo ese camino les fascinaba.
Era un sitio privilegiado y muy especial.
El valle donde estaban las demás pirámides, algunas muy conocidas, se veía a lo lejos. Esa noche había una gran luna llena que iluminaba el camino hacia el palmeral que escondía la pirámide, y el sarcófago de la momia Jacinta.
Sí, Jacinta seguía allí. Sin ser descubierta, sin que nadie, excepto los dos amigos, supiesen la maravilla que allí se escondía desde hacía siglos…
Jacinta era su amiga secreta. Porque ella era quizás la amiga más fantástica y especial que nunca tendrían… y ellos debían cuidar de ella y ocultar ese secreto para protegerla.
Pero esa noche algo diferente sucedió en la estancia. Unas voces se oían a lo lejos y sonaba a «hueco».
—Jacinta, ¿estás ahí? ¿Holaaaaaa? —Se oyeron un par de voces chillando mientras caminaban por un estrecho pasadizo.
—¿Estás despierta? —dijeron de nuevo los niños.
Nada. Solo el silencio. Ninguna respuesta fue devuelta a los dos amigos, que gritaban con ánimo.
—¡Venga, Jacinta, despierta ya que tenemos que enseñarte algo!
En medio de ese silencio, un pequeño chirrido se escuchó al fondo de la cámara del sarcófago. Se dirigieron hacía allí. Al fondo, sobre un pedestal, les esperaba el fantástico y colorido sarcófago donde dormía Jacinta.
Por fin Jacinta abrió su sarcófago con una cara de dormida tremenda. Bostezando y algo despeinada, salió lentamente. Jacinta siempre sonreía, hasta dormida. Al verles reaccionó con alegría y les dio un fuerte abrazo.
—¡Hola chicos! ¡Qué bien que hayáis vuelto! Ya creía que seguiría aquí sola otro montón de años…
Bruno fue encendiendo poco a poco todas las antorchas que se habían apagado con el paso del tiempo, y todo se iluminó resplandeciente.


Bruno y Brahim mantienen en secreto su amistad para proteger a su amiga, la Momia Jacinta, un ser único y especial. Esta profunda amistad se forjó en El Cairo, en Egipto, hace ya varios veranos, cuando Bruno viajó desde España. Allí, junto con su amigo Brahim, conocieron a Jacinta y, desde ese momento, nunca dejaron de disfrutar y vivir nuevas aventuras juntos. ¿Qué sucederá esta vez cuando encuentren el Brazalete Escorpión?
VALORES IMPLÍCITOS
Esta es una historia que destaca el valor de la amistad y la generosidad auténtica entre amigos. Desde el cariño y el respeto, siempre hay que tratar de ayudar e impulsar a los amigos a mejorar. Además, respetar las distintas culturas es un valor destacado en esta historia. En esta aventura, se ensalzan también la valentía y las ganas de aprender, que sin duda siempre son útiles en el crecimiento personal y en la vida.

