
El conejito Pepito
Iba por el bosque cuando de un matorral apareció un pequeño conejito. Era blanco y con una mancha entre los dos ojos de color negra que le llegaba hasta la nariz. El conejito estaba dando vueltas a un árbol y levantaba con sus patitas delanteras las plantas que se encontraba.
Parecía que investigaba algo. Pensé que estaba buscando un tesoro.
Me acerqué por si era eso y podía ver un gran descubrimiento. Parecía nervioso. Temblaba.
—Hola. Me llamo Lara y tengo cuatro años.
El conejito dudó si contestarle. No la conocía. Aunque pareciese inofensiva.
—Hola. Yo soy Pepito y ahora no puedo jugar contigo. Me gustaría, pero estoy asustado porque he perdido a mi mamá, a mi papá y a mi hermana.
— ¿Hace mucho que los perdiste de vista?
—No lo sé. A mí me está pareciendo una eternidad, pero creo que hace poco rato en realidad.
—Te ayudaré.
—¿De verdad? Gracias. He de encontrarlos antes de que anochezca. No quiero pasar la noche fuera de mi casa.
Mi mamá siempre me dice que es muy peligroso. Además, no me quiero perder el cuento. No me sé dormir si me falta.
Una vez llovió mucho y mi papá y mi mamá estuvieron protegiendo nuestra
madriguera para que no entrara el agua y pasáramos frío. Me dijeron que me durmiera tranquilo. No podía. Me faltaba escucharlos contándome una historia.
Fue una noche muy extraña y no dormí hasta que se acostaron. No les dije que se estaban acostando sin mi cuentecito.
¿Dónde los viste por última vez?
—En el bosque.
—Eso es muy impreciso, estamos en el bosque y el bosque es enorme.
—Había un charco muy grande. Estábamos bebiendo agua y yo me quedé mirando mi reflejo en el agua, y luego apareció una mariposa a la que seguí y ahí me perdí.
¿Recuerdas el camino a tu casa? En vez de buscarlos, podríamos esperarlos allí. Seguro que en algún momento regresan para ver si estás.
—Desde aquí no, pero si viera alguna de las flores que están cerca, seguramente podría acordarme. Las veo cada día cuando vamos a buscar comida.
—Vale. Demos una vuelta por los alrededores y estate atento por si reconoces algo, un color un olor o cualquier otro detalle.
—No veo nada familiar. Estoy muy perdido. ¿Y si anochece?
—Concéntrate, por favor —le dijo Lara.
—Ahí, ahí. Ese buzón es el de nuestro vecino el topo, el señor Isidro.
¡Genial! Entonces tu casa está muy cerca, ¿no?
—Bueno sí, bastante creo.
—Preguntemos a Isidro —le animó la niña.
—A ver si está despierto ya. Tocaré la campanilla de su timbre.
—Hola, Pepito. ¿En qué puedo ayudarte?
—He salido a pasear con mi madre, mi padre y mi hermana esta mañana y no los encuentro. Nos hemos separado y tampoco sé cómo volver a casa.
—Ay, jovencito. Tienes que estar atento, que si no te das estos sustos y se lo das a tu familia. Tu casa está diez árboles en esa dirección, y luego has de girar a la derecha, y allí ya verás los girasoles que hay en la entrada de tu madriguera.
—¡Qué bien! Muchas gracias, Isidro —le agradeció Pepito.
—Corre, vayamos en busca de tu casa.
—Uno, dos, cuatro, cinco, siete, ocho y diez. No veo los girasoles de mi casa.
—Espera, espera. Diría que no hemos contado bien. Volvamos al principio. Este


no tiene que ser el árbol. El señor topo parecía muy seguro de sus instrucciones.
—Empecemos de nuevo. Uno, dos, cuatro...
—No. Después del dos va el tres.
—Ah. Uno, dos, tres, cuatro, cinco, siete...
¡No! Después del cinco va el seis.
—Sí, sí. La emoción me hace ir más rápido. Seis, siete, ocho y diez.
—No, falta un árbol, el nueve.
—Es cierto. Pues nueve y diez. ¡Es aquí! Son esas plantas amarillas.
—Mira a ver si está tu familia.
—No están. ¿Y ahora qué hago? ¿Los espero aquí?, pero si los espero aquí y ellos me siguen buscando todo el día creyendo que no he vuelto, se les hará de noche a ellos y dormirán fuera y correrán peligro ellos.
—¿Has escuchado eso?
¡Pepitoooo, Pepitoooo!
—Esa voz es la de mi hermana. ¡Estoy aquí! —le gritó el conejito.
—¿Dónde es aquí?
—En la puerta de casa.
—Ahora no se escucha nada —advirtió Lara.
—Míralos, ahí están.
—Qué susto nos has dado, hijo. Démonos un abrazo todos juntos.
—Sí, mamá. Lara, tú también.
— ¿Quién es? —preguntó mamá conejo.
—Me ha ayudado a dar con vosotros.
—Te estamos muy agradecidos, Lara
—dijo el papá conejo.
—Bueno tendría que irme ya. Yo también me he separado de mi familia y no sé dónde pueden estar.
—No puede ser. Te ayudaremos igual que has hecho tú con Pepito. Sobre todo, no os separéis ninguno porque si no este será el cuento de nunca acabar. —Mamá conejo puso una voz muy seria con estas palabras.
—¿Habías salido de excursión con tu papá y tu mamá?
—Sí. Estábamos en el parque y había atracciones y me distraje porque quise volver a la noria y quedarme mirando un rato más.
—Sé dónde está el parque —clamó la hermana de Pepito—. Seguidme.
—No os separéis. Daos la mano los unos a los otros, así nos aseguraremos de que todos llegaremos al mismo sitio —comentó la mamá conejo.
¡Ya veo el tobogán del parque! Ya estamos —anunció Lara.
—¿Ves a tu madre o a tu padre? —comentó mamá conejo.
—No los veo. ¿Y si han vuelto a la ciudad sin mí? —se preocupó Lara.
—No te quepa duda de que te estarán buscando —le habló mamá conejo.
—Mirad, ahí hay un puesto de churros y chocolate. Preguntemos si han visto a alguien buscando a una niña. —Mamá coneja se acercó con Lara a interrogar a la dependienta del puesto.
—Hola. Me he perdido y no sé si ha visto a mi padre o a mi madre buscándome. No sé dónde están y quiero encontrarlos —le explicó la niña.
—Hola. Sí. Había un señor y una señora muy nerviosos porque no sabían dónde estaba su hija. Me han dejado su número de teléfono por si te veía y me han enseñado una foto. Ahora los llamo.
Han ido a la policía para que les ayudasen con la búsqueda. No te muevas y espera que les avisaré para que estén aquí cuanto antes. Tendréis frío y estaréis cansados de tanto caminar. Tomad un chocolate calentito. El chocolate se hace con cacao que viene de una planta.
El mejor es el puro sin añadidos. Este es natural. A ver si os gusta.
—Gracias. Está muy rico. Nunca había probado uno igual.
—Laraaaa, cariño.
—¡Los hemos encontrado! Os estoy muy agradecida, conejitos. Tenía pánico de no volver a verlos más.
—Como yo cuando me ayudaste —le refirió Pepito.
—Tener miedo es normal cuando nos encontramos con algún problema o percibimos peligro, pero pedir ayuda y
dejarnos acompañar hace que todo pase mejor —comentó el papá de Pepito.
La mamá y papá de Lara la abrazaron muy fuerte y al enterarse de que la familia de conejos había hecho posible el reencuentro, quedaron para celebrarlo otro día en el bosque y prometieron que tanto Lara como Pepito no se separarían de su familia de camino al encuentro.
Cuando tienes miedo, sin ninguna duda, es de valientes pedir ayuda.
