

LA FÁBRICA DE LA LIBERTAD
GABRIEL NARANJO CARRASCO

Prefacio
He cumplido setenta y dos años y cuando miro hacia
atrás me doy cuenta de que muchas de las cosas y experiencias que yo he vivido a los más jóvenes les parecen simplemente increíbles o «cosas de viejos».
Una de esas vivencias fue el cambio que se produjo en la sociedad española al comienzo de los años 70.
Ese cambio lo viví muy de cerca y creo que en Grazalema fue especialmente rápido e incluso dramático para muchas personas.
Después de presenciar aquel cambio he visitado otros países y he llegado a la conclusión de que la libertad de una sociedad como mejor se mide es viendo la libertad que tienen las mujeres. Hay otras formas de medirla, pero esta nunca falla, mientras más libres son sus mujeres más libertad tiene ese país y mejor se vive.
Las personas que aparecen en el libro con nombre y apellidos son reales, (Juanito Vilches, Manolo Castro, Juan Cuello, Fernando Campuzano etc.). Esas personas existieron y dejaron un gran recuerdo en el pueblo, todos son descritos y tratados con el máximo respeto y la intención es rendirles un pequeño homenaje.
Las personas que se mencionan con su nombre propio solamente (Paco, María, Paquita etc.) son ficticias.
Puede ser que alguna persona se sienta identificada con alguno de los hechos del relato, pero lo que se describe es una situación general de aquellos tiempos y no la de nadie en particular.
Las cifras que se manejan son todas reales, a los más jóvenes les parecerán inventadas o exageradas, las personas de mi edad y más mayores saben que son muy ciertas, esas cifras son casi todas del año 1970-71.
Al igual que con mi anterior libro, El Pinsapito de Navidad, el propósito principal de este es que los mayores recuerden y los jóvenes pregunten, que no se pierda nuestra memoria y que quede algo de testimonio de lo que pasó y los efectos que produjo en nuestro pueblo.
Nota: el día 1 de enero de 2002 fue la fecha en que entró en vigor el euro, el cambio oficial fue de 1 euro = 166,38 pesetas.

Grazalema, primavera 1971
Paco y Manolo tienen dos parcelas en Los Terrajos, un terrajito es como la gente del pueblo llama a esos terrenos. Sus terrajos lindan uno con el otro y algunas veces los dos hombres coinciden allí, y cuando eso ocurre charlan y se pasan información de lo que hacen para mejorar el rendimiento de las cosas que cosechan. Paco tiene casi todo su terreno plantado de viñas menos un trozo en una esquina que lo usa de pequeño huerto, donde cultiva productos de secano que va plantando según el tiempo que va a hacer.
Y ¿cómo sabe Paco qué tiempo va a hacer durante el año? Pues porque aprendió de su padre a calcular las cabañuelas. Paco usa las cabañuelas que se hacen en enero, que también se pueden hacer en agosto, pero Paco cree más en las de los primeros días del año.
Desde el 1 al 12 de enero Paco observa el tiempo que hace en esos días. Cada día representa un mes, así que el 1 es el mes de enero, el 2 febrero, el 3 marzo, etc.
Según sean esos días así será ese mes, además Paco divide el día en tres partes, mañana, mediodía y tarde-noche, cada parte representa diez días de ese mes. Por ejemplo, si el 4 de enero amanece lloviendo Paco sabe que los diez primeros días del mes de abril va a llover, si a mediodía se clarea sabe que del 10 al 20 de abril va a hacer buen tiempo, y si por la tarde vuelve a lloviznar Paco sabe que lloverá algo en los últimos diez días de abril, y así lo hace con cada mes del año.
Paco lo apunta todo en una libreta y de acuerdo a las predicciones de las cabañuelas planta una cosa u otra en su pequeño huerto.
Muchos hombres del campo siguen esta tradición milenaria y cuando alguno no ha podido hacerlas por algún motivo les pregunta a los otros que le pasan esa información tan valiosa, sobre todo, cuando se depende de la agricultura o la ganadería como medio de vida. Manolo dice que ya está mayor para doblar tanto el lomo y tener que cavar la tierra, y por eso no tiene ni viñas ni huerto, tiene plantados árboles frutales. Hoy Paco está contento porque ha recogido algunas cebollas y patatas tempranas y le ha regalado una parte a Manolo. Los dos hombres tienen la costumbre
de cuando llega el tiempo de recolectar alguno de sus productos darle una parte a su vecino. Cuando alguno de los dos no puede ir a cuidar su terrajo por males o cualquier otra circunstancia, el otro le echa un vistazo y si observa que algo no anda bien lo arregla e informa a su amigo cuando vuelve al pueblo.
Los Terrajos están ubicados a una distancia de algo más de cuatro kilómetros del pueblo si se va por la carretera, si es andando la distancia es menor, ya que hay dos senderos llamados El Solar y La Trocha de Peñaloja que ahorran muchos pasos.
Los Terrajos son pequeñas parcelas de terreno que se repartieron por sorteo en el siglo IXX y que han ido pasando de padres a hijos hasta la época actual.
Paco va a Los Terrajos andando mientras que Manolo lo hace subido en su burra. Suelen salir del pueblo a diferentes horas, la burra de Manolo es muy rápida por eso Manolo puede salir bastante más tarde y llegar casi a la misma vez que Paco. Esta tarde vuelven los dos juntos, a Manolo le gusta volver también subido en su burra, pero hoy pone el saco de Paco en el serón y vuelve al pueblo andando para así poder charlar con su amigo. Los dos conversan mientras caminan por la Trocha de Peñaloja y luego por la carretera, pasan por debajo de Los Tajos hasta que llegan a la entrada del antiguo camino que se
cree que fue construido por los romanos y que se conoce por el nombre de El Solar.
—Paco tengo que ir al Tinte a recoger un par de litros de leche que le tengo encargados a Fernando Campuzano, ¿vienes conmigo o prefieres seguir solo hacia el pueblo?
Fernando Campuzano tiene unas cuantas vacas suizas en su finca de El Tinte. Todas las mañanas vende la leche en el pueblo donde vienen las mujeres con sus lecheras a comprarla fresca y recién ordeñada. Tradicionalmente la mayor parte de la leche que se consumía en el pueblo era de cabra, las vacas de Fernando han aumentado la oferta y la gente del pueblo aprecia mucho la nueva posibilidad de saborear algo diferente.
Ahora los ganaderos que tienen cabras usan su leche para hacer un queso excelente.
Gracias a la riqueza y calidad de los pastos de las sierras que rodean al pueblo, el queso de cabra y, sobre todo, el de oveja, son tan conocidos que incluso viene gente de otros pueblos a comprarlos.
Las ovejas de Grazalema son de la raza Merina y son ideales para el tipo de clima que hay en la zona. Las dos familias que tienen más ganado en el pueblo son la familia de los Jarillo y la de los Benito. Los quesos de oveja de estas familias son famosos por su calidad y sabor, algunas personas los conservan en sus casas
metidos en aceite de oliva dentro de una pequeña tinaja a las que llaman queseras.
—Sigo solo, Manolo, estoy deseando llegar a la casa y refrescarme. Saluda a Fernando de mi parte.
—Si quieres me llevo el saco y después vienes a recogerlo a mi casa, así te ahorras subir esa cuesta cargado.
—El saco pesa poco y estoy acostumbrado, esta burra es un tesoro muchas gracias por el achuchón, Manolo.
Diciendo esto Paco baja el saco que pesa casi cinco kilos y se lo echa al hombro, se despide de Manolo y empieza a subir por El Solar. Él está muy orgulloso de las cosas que recolecta de su pequeño huerto y sabe que son una gran ayuda para la casa, su mujer sabe sacarle partido a todo. Paco va pensando en lo buenas que estarán esas papas fritas en aceite de oliva, y si se puede recoger algún huevo para que acompañe a Paco se le hace la boca agua solo de pensarlo.
En el pueblo hay un dicho que se repite mucho: «pa la casa aunque sean piedras» y los hombres del campo saben que eso es muy cierto, así que arriman a sus casas todo lo que puede ser de utilidad o alimento, y las mujeres con lo que aprendieron de sus madres y su propia creatividad se encargan de convertir las cosas más simples en guisos que están para chuparse los dedos. Teniendo los ingredientes básicos que son aceite de oliva, ajo, cebolla, sal y vinagre cualquier mujer del
pueblo junta cuatro cosas típicas de la estación del año y te cocina un plato o prepara un guiso que quita el sentío.
Paco sube por El Solar, el antiguo camino romano que permite la entrada al pueblo por la parte de abajo, carga el saco en un hombro y en el otro lleva unas alforjas de colores. Ha hecho un día caluroso para la época primaveral en la que estamos y a Paco se le nota sudoroso y cansado. Cuando llega a la parte de arriba se desvía a la derecha y sube la pendiente empedrada del último tramo, y al entrar en la primera calle saluda a Alonso Téllez que vive justo frente de la terminación de la trocha, y que está sentado en la entrada de su casa. Paco evita la calle de Arriba porque subir por esa calle, pasar debajo del arco y seguir subiendo hasta llegar a la puerta del chalet de don Claudio es de las cuestas más empinadas del pueblo, así que para evitar ese repecho sigue a la derecha y baja un poco dejando El Cerrillo a la derecha. Allí se encuentra con Juanito Vilches que sube por las escaleras que conectan el barrio de La Fuente de Abajo con la calle Cerrillo.
Juan es un hombre afable, siempre de buen humor y muy conectado con la iglesia. Es muy amigo del cura que hace poco ha llegado al pueblo y que se llama don Guillermo.
La llegada de Guillermo Camacho Negreira ha causado una auténtica conmoción en el pueblo en
muchos aspectos. Es un hombre con una vocación inquebrantable, un hombre de fe que ha roto los esquemas de muchas personas que estaban acostumbradas a otro tipo de curas y no entienden la forma de actuar de don Guillermo.
Este cura es muy joven y ha revolucionado el gallinero, ya que, entre otras cosas, cuando llegó lo primero que hizo fue ponerse un sombrero de paja y se fue a Los Areneros a trabajar con los hombres que estaban allí todo el día sacando arena de la sierra para usarla en las obras del pueblo. Allí estaba don Guillermo como un trabajador más picando para extraer la arena y luego cargándola en los camiones de Paco o Vicente a base de paladas. Nadie podía imaginarse en el pueblo que un día verían a un cura trabajando a base de pico y pala.
Aquello fue de verdad un acontecimiento inesperado y esto fue solo el principio de los muchos cambios que introdujo don Guillermo en la vida del pueblo.
Tres de los mejores amigos de don Guillermo son tocayos entre ellos, Juan Vilches, Juan Román (Juan el de La Posadilla) y Juan Cuello, tres personalidades diversas muy amables y con mucho sentido del humor.
—¿Dónde vas tan cargao, Paco? —le dice Juanito Vilches a modo de saludo.
—Ahí voy pa la casa Juan, tengo un huertecillo en los Terrajos que me da algunas cosillas y ahí traigo algo
pa que María se lo eche a la olla. Tú tienes la suerte de que tienes de tó en ese pedazo de huerto que tienes en tu casa y no te tienes que mover. Además, nunca te puedes quejar por falta de agua.
Paco se ríe al decir esto porque el huerto de Juan Vilches está al lado de La Fuente de Abajo. En esa fuente hay ocho caños que sueltan agua limpia y cristalina todo el año. El huerto de Juan es el más grande y más productivo del pueblo.
Frente a esa fuente está uno de los lavaderos del pueblo, allí van las mujeres cargadas con la ropa, cubos y paneras a lavar. Ese agua es muy fría, casi helada, las mujeres meten las manos en el agua y ninguna protesta por la frialdad. Ríen y gastan bromas mientras que frotan las ropas en la panera, cuando coinciden muchas de ellas lavando a la vez tienen que ir tapando los caños cuando no los necesitan para que el agua llegue con más fuerza a las que están restregando la ropa. Utilizan jabón verde y un colorante azul que se llama Añil y que lo usan para mantener las sábanas muy blancas.
Cuando terminan el lavado agarran la panera debajo de un brazo, un cubo lleno de ropa escurrida en la otra mano y otro cubo también lleno de ropa en la cabeza, para que no le moleste se ponen alguna toalla enrollada sobre la cabeza y el cubo encima, y de esa forma llevan la ropa a su casa para secarla al sol en patios y corrales.
Los otros lavaderos públicos están en la fuente de La Asamblea y en El Chorrito, en las casas del pueblo no hay agua corriente en casi ninguna de ellas eso obliga a las mujeres a tener que ir a lavar la ropa a esos lavaderos con todo el esfuerzo que eso conlleva.
El jabón verde y el Añil se venden en la tienda de Blas, Blas Gutiérrez Benítez es un hombre muy culto, amable y siempre de buen humor. La tienda se conocía en el pueblo como El Cafelillo, aunque ese nombre ha ido cambiando y ya cuando hay que comprar alguna cosa difícil de encontrar las madres mandan a sus hijos «a lo de Blas», ya que lo más seguro es que lo encuentren en esa tienda.
Las otras tiendas del pueblo más conocidas son la de Antonio Soto en la parte alta del pueblo en una esquina de la calle Nueva, y la de Pedro García y su esposa Isabelita Vera cerca de la plaza donde está el Ayuntamiento.
—No me digas, Paco, que vienes cargado desde los Terrajos hasta aquí —le dice Juanito algo asombrado.
—Desde los Terrajos no, Juan, he tenido suerte y Manolo Rebollo lo cargó en su burra hasta la punta de abajo del Solar, pero incluso esta trocha me ha calentao bien el jato, Juan. Al principio te parece que no pesa mucho, pero después de un rato tienes la impresión de que el saco pesa tres arrobas.
—Cuando quieras algo de mi huerto me lo dices, no te quiero ver con esas trabajeras, Paco —le responde Juanito.
—Gracias, Juan, igual te tomo la palabra, que no está uno ya pa estos trotes. —Paco sigue su camino y sube por la vereda que pasa por debajo del Banco de Los Flojos, cruza la carretera y sigue subiendo en dirección al Montón. A la derecha hay un «echaero», que es como le llaman la gente del pueblo al sitio donde tiran la basura. Hay varios de esos «echaeros» en el pueblo. Por debajo pasa un arroyo con aguas fecales. Al llegar arriba de la cuesta Paco se encuentra con Juan Narváez, al que en las largas y cálidas tardes de primavera y verano le gusta asomarse al mirador del Montón dando vista a la fábrica de las mantas.
Juan y sus hermanos Vicente y Lucas son dueños de la panadería más importante que hay en el pueblo, y que todo el mundo conoce con el nombre de «La Panadería de Los Narváez». Juan es soltero, hombre de pocas palabras y de costumbres muy rutinarias, una de esas rutinas es que siempre viste su mono gris de trabajo, y otra es asomarse al Montón por las tardes, cosa que hace casi cada día.
La panadería está ubicada en la mitad de la calle Arcos y se puede comprar pan de una calidad extraordinaria. Dentro hay una ventana con un mostrador de ma-
dera y allí siempre están o Vicente o su esposa Eduarda, y son ellos los que despachan el pan, los molletes, las teleras y unos panes riquísimos para comer con aceite o manteca que son más largos, casi cuadrados y de poco grosor, y le llaman «pan carreteao».
En esa panadería, según se entra, en la pared de la derecha hay varios carteles informando de la clase de pan que se vende. En esos papeles se puede leer «Pan candeal», «Pan flama miga blanda» y «Pan flama miga dura», y una especificación de cómo y de qué están hechos esos panes tan deliciosos.
Los agricultores que cultivan trigo son casi todos de La Ribera de Gaidovar traen su trigo a la panadería y a cambio de ese trigo reciben unos vales de metal en los que está impreso «Vale 1 kilo», y con ese vale pueden ir a la panadería y recibir un pan sin tener que llevar dinero. La gente suele comprar por las mañanas temprano, casi todos los compradores son mujeres que madrugan para recoger ese pan tan delicioso que acaba de salir del horno y está todavía caliente. La telera pesa entre 800 y 850 gramos y la diferencia hasta el kilo es la ganancia del panadero acordada con el agricultor.
Justo enfrente de donde despacha el pan está la fábrica donde se hace todo el proceso. Los agricultores traen el trigo en sacos con sus bestias de carga y lo meten dentro, donde se pesa antes de que diversas máqui-
Grazalema a principios de los años 70 era un pueblo donde la vida diaria estaba más cerca de los duros años de la posguerra que del desarrollismo que se podía apreciar en ciudades más grandes y menos aisladas.
En esos años ocurrió algo en el pueblo que aceleró el cambio de una sociedad donde muchas de sus costumbres y forma de vida se asemejaban la Edad Media.
El libro habla de ese cambio tan radical, las circunstancias que lo impulsaron y cómo afectó a la vida de prácticamente todo el pueblo.

