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La balada del marionetista II

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Capítulo 1 El río Ímara

«Sí, quiero salvarlo». Las palabras con las que selló el pacto con

aquel tipo brotaban de vez en cuando en su cabeza, torpedeándole como si su mente quisiera avisarle de que se había equivocado y aún estaba a tiempo de dar media vuelta y regresar a casa. Pero no podía, y no por un motivo, sino por dos. Era un Thunderlam, por lo que su palabra valía más que la de cualquiera, y si la había dado como firma en un contrato verbal, debía respetarla. Y pensaba hacerlo. Faltar a ella no se le pasaba por la cabeza. Además, el encargo tampoco parecía difícil ni excesivamente peligroso, sobretodo teniendo de su parte a un mago y una elfa. El otro motivo era Téondil… «Ethernia está al sur, tal vez le guste. Si no, podría ir a Harrezión, que está al lado». En Haivind habían oído rumores acerca de un asalto a la fortaleza de Valiar, el cual además habría tenido éxito por parte del 3


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ejército de Khormonh. «Y las Estrelladas, pero también un ejército de bestias y brujos negros…». Harod sabía que eso solo podían ser habladurías, que era imposible que facciones así se unieran y que además tuvieran éxito en tamaña empresa. Valiar no podía caer, era imposible. «Y Kronh los habría auxiliado, como siempre ha hecho». Eso le habían enseñado en la escuela, en las lecciones de historia, pero también en las de estrategia militar. Tras abandonar la ciudad de los ladrones y asesinos por la mañana, cabalgaban a trote suave hacia Bollvos, un poblado en el que tenían previsto coger una barcaza para surcar el Ímara hasta Saha. Quedaba poco para la puesta de sol, rojiza y anaranjada sobre la árida y despejada tierra por la que deambulaban. Las pequeñas montañas que veían al fondo eran su guía puesto que aquel pueblo se encontraba al otro lado de ellas. No faltaba mucho para acampar y descabalgar, descansando así de la silla de montar. —¡Silencio! —ordenó de pronto la elfa, tirando de las riendas para detener su caballo. —¿Ocurre algo, Taria? —preguntó al pararse. —¡Callaos un momento! —insistió ella, esta vez alzando la mano de manera enérgica para otorgar mayor énfasis en su petición. Quedó concentrada, con los ojos cerrados—. Se acercan. Sie… No, ocho. Nueve, nueve jinetes—. Volvió su equino, asió su arco y preparó una flecha. —¿Nueve jinetes, elfa? —espetó Karadian. —Sí, nueve. Y no parecen traer buenas intenciones. —Entiendo —musitó el mago, situándose junto a ella, a su derecha. —Yo no veo nada —comunicó Téondil—. Aunque claro, yo no tengo ni oídos ni vista de elfo. ¿No deberíamos aprovechar y salir pitando? Podríamos dejarlos atrás, o despistarlos. —Imposible —apuntó Taria—. Aquí no hay forma de despistar a nadie, y después de llevar en camino todo el día no podemos po4


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ner al galope a los caballos. Están cansados y aún falta mucho para llegar al pueblo ese. Hay que hacerles frente. Entonces Harod vio como de la manga izquierda de Karadian descendía sigilosamente una soga negra, la cual iba introduciéndose en la tierra, mientras que vio también que del brazo derecho salía otra hacia el frente, quedando depositada delante de su caballo. Desenvainó su espada, llevando su caballo a la izquierda de la capitana, protegiendo ese flanco. —¡Quédate atrás, Teon! Una nube de polvo se hizo visible en el horizonte. —¿Puedes verlos? —Sí, son nueve, como he dicho. Ponte atrás. —¿Qué? No pienso quedarme atrás —apuntó, molesto. —Haz caso a la elfa —agregó Karadian—. Deja esto a los mayores. —¿A los qué? ¡Soy Harod Thunderlam! Estoy más que preparado para hacer frente a unos bandidos de mala muerte. —¿Cómo sabes que son de mala muerte? —inquirió la capitana. —Eh… —Harod, he topado con bandidos que son increíblemente hábiles con la espada o el arco. ¿No aprendiste a no subestimar de antemano a tus oponentes? Las palabras de la elfa lo hicieron callar y recapacitar en silencio, aunque bajo ningún concepto se quedaría atrás, junto a Téondil. Ya podía ver él también a los jinetes, aunque aún no los distinguía bien. —No te preocupes —le dijo la elfa, tensando el arco—. Para cuando lleguen no serán más de un par. —¡Espera! —exclamó—. ¿Y si no vienen por nosotros? Taria, no puedes matarlos sin antes saber qué es lo que quieren. Lo mismo solo siguen nuestro mismo camino, hacia… el puerto ese — dijo tras no recordar el nombre del pueblo. 5


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—Chico, esos vienen a por nosotros —habló el mago—. A galope tendido es el único lugar al que pueden llegar. Bollvos aún queda lejos y machacarían sus caballos mucho antes de alcanzarlo. Está claro que somos su objetivo. —Pues démosles algo de dinero y que se vayan. Mejor eso que matar a nadie. —¡No pienso dejar que me atraquen unos unos bandidos de tres al cuarto! —gritó enfurecido Karadian. —Taria… —Yo tampoco, Harod. Yo tampoco voy a dejar que esos me humillen… —Pero… Espera, lo mismo podemos solucionarlo sin matar a nadie. Taria le profesó una mirada acerada que lo penetró hasta la nuca. No necesitó esgrimir palabras para hacerle ver que se equivocaba, pero que le daría la oportunidad de comprobar el error en el que estaba cayendo. Sus ojos azules parecían decirle que necesitaba aprender una lección. Los jinetes los alcanzaron, quedándose en línea ante ellos, mostrando su superioridad numérica. Eran cuatro los arqueros que los apuntaban, tres arcos y una pequeña ballesta. Harod se fijó en aquel que le apuntaba, un tipo con la piel tan negra como el carbón. Vestía de forma casi idéntica a él, con un ajustado pantalón negro y una blusa blanca, pero esta más estrecha que la que él usaba. Después ojeó al resto, advirtiendo que cada cual vestía como le daba en gana. Unos con pantalones ceñidos y otros con pantalones exageradamente anchos, blusas de diversos tallajes y colores, otros ataviados tan solo con chalecos que llevaban abiertos enseñando el torso, y gorros de lo más variopintos. Altos, grandes, de ala corta o ancha… «Sí que tienen pinta de bandidos». Quien apuntaba a la capitana llevaba uno rojo, redondo, de ala ancha y con un cono muy alto encima. También se fijó en el de la ballesta, uno 6


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de los dos que apuntaban al mago. Era un tipo muy grueso, aunque no mostraba reparos en enseñar su prominente y redonda barriga. —¿Qué…? —musitó al vislumbrar amenazante la punta de la soga de Karadian, del mismo modo que una cobra lo haría. —¿Crees que un numerito con una cuerda va a asustarnos? ¡Tú eres ese que dicen que es un brujo! —exclamó con voz aguda el forajido que estaba justo en el centro. Era un tipo bajito y enclenque, con una camisola verde esmeralda, con las mangas por los codos, tres o cuatro tallas más grande de la que le correspondería—. Entras y sales de la ciudad como te viene en gana, te paseas por ella mirándonos a los demás desde arriba, como si fueras mejor que nosotros, pero en realidad eres un ladrón como cualquiera, solo que embrujas para fabricar dinero y piedras valiosas —anotó con perspicacia—. Te he visto sacar rubíes, zafiros y esmeraldas de ese saquito que llevas escondido en tu bolsillo derecho, ese que no se ve apenas… Y seguro que también llevas diamantes, en ese o en otro bolsillo. Apuesto a que tienes unos cuantos bolsillos escondidos en ese abrigo. Con el calor que hace… Deberías estar cociéndote vivo, pero siempre lo llevas, incluso cuando el sol se pone encima y los demás casi que tenemos que refugiarnos para que no nos queme vivos… —Lo que vista o lleve en mis bolsillos no es asunto vuestro —informó Karadian con su grave y autoritaria voz, mostrándose extraordinariamente sereno a pesar de la situación—. Diría que sois del gremio de ladrones, del clan Asmith, apuesto yo… Tengo un salvoconducto del clan Haziz que… —¡A la mierda el puto clan Haziz! —espetó el pequeño bandido, interrumpiéndolo al mismo tiempo que lanzaba un asqueroso gargajo al suelo, a su derecha. Los otros ocho lo imitaron al escupir sonoros y repugnantes gargajos, mostrando así lo que aquel nombre les aborrecía. A Harod le pareció una actitud altamente repul7


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siva—. ¡Ahora no estamos en la ciudad, ese papel y un mojón de caballo son lo mismo! Deja de hacer chorradas con la soga y quítate ese abrigo tuyo. ¡Y bajad del caballo si no queréis quedar ensartados como pinchos de puerco a la brasa! Fue entonces cuando Karadian transformó la cuerda que mostraba delante de su caballo, la que manejaba con su mano derecha. La soga negra mutó hasta convertirse en un férreo cordón de acero el cual culminaba en una gran punta triangular, similar a la de una flecha. Se oyó un murmullo de asombro entre los forajidos, y algunos incluso recularon un paso atrás. —¡No asustas a nadie con esos truquitos de brujo! —¡Mago! Soy mago, no brujo. —¿Está de guasa? —preguntó el bandido a sus acompañantes tras recuperarse de unos instantes de perplejidad—. ¿Te ríes de nosotros? ¿Crees que esa cuerda tuya vuela más rápido que una flecha? ¿Crees que…? La cuerda voló impaciente y con su punta triangular atravesó estrepitosamente el gaznate del seboso ballestero mientras la otra, la que el mago había desplegado bajo tierra y que hizo emerger a espaldas del arquero que también le amenazaba, se cerró alrededor de su cuello, levantándolo en el aire. Casi al mismo tiempo, la elfa fue la siguiente en reaccionar. Ladeó su disparo para clavarse en el brazo del arquero que le apuntaba a él. Harod la miró instintivamente, buscando preguntarle porqué no había lanzado su flecha al que a ella la amenazaba. Una flecha surcó el aire ante sus ojos. Taria la esquivó echándose a un lado, y tras mirarle brevemente, él recordó que la única misión de ella era protegerle. La capitana armó una nueva saeta y la insertó en la clavícula del arquero que quedaba. —No necesito que me protejas —profirió Harod, blandiendo la espada y haciendo avanzar su caballo. El algarabío que se había montado lo embriagó hasta llegar a 8


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chocar su espada con la del oponente que se hallaba en ese extremo. Tenía una espada curvada, más ancha por la punta que por el mango, y un chaleco rosa abrochado que parecía hecho de seda. Intercambió varios sablazos con él, sencillos e irremediablemente previsibles. No tardó en percatarse de ello. «Son ladrones… No hay comparación». Estaba más que acostumbrado a medirse con su padre, Kréinhod Thunderlam, general de Wahl. También con Werden, el capitán que lo examinó y al que estuvo a punto de doblegar. Y con Hallson, Bállindher, Céllengord, también incluso con Taria y otros sargentos bien adiestrados con la espada y la lanza, porque Harod también era un formidable lancero. A los thargros los combatían preferentemente de ese modo, guardando la distancia siempre que se pudiera ya que eran grandes como gigantes y de un zarpazo descuartizaban al más fuerte de los humanos. Harod lanzó una frenética oleada a la que su rival no pudo hacer frente. En pocos espadazos lo llevó a dónde quería, a mostrarle el cuerpo vendido ante su filo. Tras el breve e intenso intercambio de diestras, realizó una fugaz finta a la izquierda y describió con su hoja una curva de modo tan veloz que el bandido no pudo reaccionar a ella. En lugar de chocarla de frente la rechazó por fuera, obligándolo a bajar la espada hacia el caballo, dejándole libre el camino para la estocada. «Ya es mío». Pero dudó, aunque no fuera esa su intención. Solía pasarle cada vez que se enfrentaba a alguien al que solía doblegar con frecuencia, para no hacerle daño aunque portasen espadas de prácticas. El tajo acertó a rasgar el hombro derecho del individuo, pero su intención primaria había sido la de atravesárselo. «Joder» se lamentó al darse cuenta de su fallo. El bandido no había llegado a soltar la espada y levantó el brazo para contraatacar, propiciando así su reacción. Salió del breve ensimismamiento y de forma instintiva deslizó su hoja hacia abajo, cortándole media 9


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mano y, esta vez sí, desarmándolo. No conforme con el duelo a caballo puesto que no estaba habituado a ello, descendió del suyo. Echó una fugaz ojeada, justo para vislumbrar como la punta de la cuerda de acero de Karadian se incrustaba en el ojo del enclenque líder de la banda, traspasándole el cráneo al verla salir por la nuca. No pudo horrorizarse más ya que por el rabillo del ojo vio cómo por su izquierda se acercaba un equino. El bandido se había ladeado con la intención de rebanarle con su hoja corta, pero lo vio a tiempo y se preparó para ello. Agarró con todas sus fuerzas, con ambas manos, el mango de su espada y la alzó sobre su cabeza. Le salió así, sin pensarlo. Fijó la mirada en el filo que se avecinaba a cortar su cabellera y lo chocó. Pudo sentir la vibración surgida del violento golpe en todo su cuerpo, pero surtió efecto. Él estaba bien anclado al suelo, equilibrado y con sus músculos tensados a más no poder, aferrando su hoja con ambas manos. El estruendoso choque desestabilizó al jinete, al que arrebató la espada con el golpetazo. Cayó al suelo de mala manera pues quedó tumbado y retorciéndose de dolor tras el crujido de sus huesos al estamparse contra la tierra. «Uno menos». Alzó nuevamente la vista para otear la situación. Y nuevamente presenció algo que no le hubiera gustado ver. La cuerda del mago rodeó a dos bandidos con un único lazo, por el cuello, estampándolos uno contra el otro al estrechar el círculo, dejándolos con las cabezas pegadas la una a la otra. La cuerda, la que aún seguía siendo cuerda, se afinó al tiempo que mutaba como había hecho el mago con la otra, convirtiéndose en un aparente alambre, el cual continuó cerrándose, cada vez más, sobre ambos cuellos, adosados el uno con el otro. Uno de los bandidos tenía una flecha clavada en el muslo, señal de que ya había sido neutralizado por la capitana, pero aún así… No supo distinguir si aquello transcurrió tan despacio como él lo percibió o si fue algo fugaz que se le hizo 10


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eterno hasta que ambas cabezas cayeron rodando sobre el firme. No pudo evitar el vómito que brotó de su estómago y atravesó su garganta. —¡Déjalo! —exclamó Karadian, haciéndole levantar la vista, primero hacia él, y después hacia Taria. Estaba preparada para lanzar una nueva saeta, apuntando hacia aquel al que acababa de derribar y que continuaba retorciéndose en el suelo—. Que regresen y hagan correr la voz —esgrimió el mago con gran severidad tanto en su voz como en su mirada. —Yo también he vomitado, y tres veces —le confesó Téondil cuando llegó, vacilante, hasta él. Le vio con la camisa rasgada por el hombro, manchada de sangre, pero no fue capaz de preguntarle por ello. Se dejó llevar hasta llegar al pueblo hacia el que se dirigían.

Habían zarpado al amanecer. No les costó nada encontrar barcaza en el poblado de Bollvos, pues Karadian fue a tiro fijo a la hora de contratar los pasajes. Como bien les había informado, ese era su medio habitual de transporte entre Saha y Haivind, por lo que era conocido allí y sabía perfectamente a dónde dirigirse. El mago fue generoso a la hora de contratar el transporte, así como al abonar las habitaciones de la posada en la que pasaron la noche. Era vieja, roída y no demasiado limpia, pero por lo que había visto del poblado, no podrían haber encontrado algo mejor. Bollvos era un pequeño y andrajoso pueblo que basaba toda su economía en un puerto que servía de enlace entre Haivind y Saha sobretodo, un puerto casi tan grande como el resto del pueblo en el que también había numerosas posadas, las cuales solían estar llenas de marineros y mercantes de una sola noche. A nadie le apetecía pasar dos días allí ya que el olor a pescado era muy intenso en todo el pueblo, y si lo hacían era solo porque debían esperar la llegada del transporte adecuado para 11


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el género con el que comerciara. —Aunque no me guste y no me caiga bien, debo reconocer que es una suerte que venga con nosotros —comentó Teon, sentado en otra silla a su lado en el tejadillo que había sobre la cabina de mando de la barcaza, el cual el capitán utilizaba como terraza particular. Karadian, en cambio, estaba de pie en proa, oteando el río por el que navegaban. Era el más largo y caudaloso de todos, y tan ancho que la vista se perdía sin hallar la orilla contraria. —Lo que hizo con aquellos tipos… —musitó Harod, contemplándolo también. —Sí —suspiró Teon—, a mí también me pareció un… poco exagerado. —Fue excesivo, no había necesidad de matarlos, y menos de ese modo. En la taberna casi mata a aquellos tipos. Cuando llegamos vimos al tabernero asfixiándote y al otro aplastando a Taria… Tuve que pararle, si no… —Se ve que está acostumbrado a matar —anotó Teon—. Dijo que tiene un salvoconducto del clan… Haziz. Según explicó, Haivind está dividida en for… barrios, o como sea, de ladrones y asesinos. Seguro que los Haziz son asesinos. —Puede ser. ¿Te acuerdas del dragón ese que hay en el lago del bosque? ¿Ese tan grande, negro? —Cómo olvidarlo… —Karadian sabe su nombre. Conoce el puto nombre de ese dragón, Teon. ¿Cómo puedes explicar que conozca el nombre de un dragón al que nadie antes había visto, uno que luchó además del lado de Hakrott el Oscuro? —Es… extraño. Incluso para un tipo como él. ¿Cuál… Cuál es el nombre? —¿El nombre? —Sí, el del dragón. ¿Cómo se llama? ¿Llamaba? 12


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—Backarión… Backarión Pesadilla Tenebrosa… —Backarión… Pesadilla Tenebrosa… —susurró Teon, absorto en el nombre—. Pues estaría bien preguntarle al respecto, aunque fuera solo por curiosidad —dijo tras una breve pausa. —No, ya… ya le pregunté por ello y no está dispuesto a hablar del tema. Atrás dejaron las aguas del pequeño río Yabo, discurriendo ahora su camino por el impresionante Ímara. El río más largo de Ixceldior los había dejado anonadados por la extraordinaria anchura de su cauce, por la que veían cruzarse barcos y barcos más propios de surcar mares que de remontar ríos, y lo hacían sin estorbarse lo más mínimo. El capitán apareció ante ellos tras subir por los barrotes de hierro de la escalera. —¿Han desayunado bien los caballeros? —preguntó Hopaniro, aunque todos le llamaban Hop, capitán, o capitán Hop. Era fornido, aunque no era un tipo alto, pero imponía respeto. Era calvo y con una prominente y negrísima barba redondeada, y extremadamente cuidada en apariencia. Teon le dijo que debía de emplear en ella algunos aceites o jabones especiales para ello, alguno de los cuales debía de oler a albaricoque ya que de manera muy sutil le llegaba dicho aroma. Llevaba remangadas sobre los codos las mangas del corto jubón de lana, rojo y con una franja diagonal verde desde el hombro izquierdo a la cadera derecha. Los pantalones de lino negro no eran muy anchos, recogidos con unos dobladillos hasta subirlos por encima de los tobillos, como también hacían el resto de tripulantes. Iba descalzo, también como los demás. —Sí, y generoso como los anteriores —contestó condescendiente Harod mientras el capitán sacaba del arcón que había a su izquierda una silla plegable de tela, sentándose mirando hacia ellos. Calculaba que tendría cincuenta y pico años. —Bueno, por ponerle alguna pega, yo echo en falta algo de acei13


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ISBN 9788418911705

Harod y Téondil se ven envueltos en una inesperada misión tras su desconcertante encuentro con Xáinvier: hacer llegar una importante misiva al líder de los airins. Se adentrarán en ese misterioso y desconocido lugar sin ser conscientes del gran y terrorífico poder que envuelve la carta y con la que sienten, abrumados, que el destino del mundo está en sus manos. Mientras Lékar comienza a dudar de su papel en el asedio tras las rencillas que surgen con la llegada de los reyes, en el interior de Álanor, Iva tendrá que lidiar con el dolor del desprecio, las mentiras y las ocultaciones de su fragmentada familia. En Wahl, la Sombra ha colocado a Kréinhod ante una inquietante encrucijada, pues su repentina marcha por resolver ese misterio le lleva a un destino tan incierto como a su reino, el cual queda sumido en una sucesión de extraños enfrentamientos, traiciones y muertes.

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