Adriana Peña Espinoza
Emociones con
final feliz
Ilustraciones de Juan
Sebastián Amadeo
Raúl, un niño diferente Esta historia es especialmente útil para fomentar en los niños el pensamiento creativo, el optimismo, la confianza y la seguridad en sí mismos.
Raúl era un niño de una creatividad increíble; su madre siempre le decía que si era posible imaginar algo, era posible hacerlo realidad. Por esta razón, a Raúl le fascinaba soñar despierto y fantasear con cosas que pensaba que solo a él se le ocurrían. Una tarde en la que todos estaban sumergidos en sus ocupaciones, Raúl llegó de la escuela muy cansado y con muchísima hambre; apenas alcanzó a entrar a la cocina, lanzar su mochila y tomar una manzana. Al primer mordisco, Raúl comenzó a sentir cómo sus pupilas se desenfocaban y sus parpados se ponían más y más pesados. Después del segundo mordisco, sus piernas se sentían muy pero muy livianas; es más, ya no 3
las sentía, era como si no pudiera tocar el piso. Después del tercer mordisco, ya no pudo recordar nada más, solo que las cosas parecían muy pequeñas. «¡Ya va! ¡Ya va! ¡Un momento! ¿Qué es lo que está pasando? Parece como si mi casa estuviera muy lejos, aunque todavía puedo escuchar las voces de mi familia y hasta de los vecinos. Pero es como si yo estuviera más arriba que ellos; como si estuviera flotando en el aire. ¡Sí, sí!, ¡tal cual!», pensaba. «Es más, ¡es como si de pronto pudiera volar!». «¡¡Exacto!!». «¡¡POR DIOS!! ¡¡UN MOMENTO!! ¡¡ES ESO!! ¡¡ESTOY VOLANDO!!». Raúl estaba muy sorprendido, no podía entender lo que estaba pasando. El sabía del poder de la imaginación, por todas las veces que su mamá se lo había dicho. Pero en verdad nunca pensó que realmente funcionara. Entre los nervios y la sorpresa, Raúl comenzó a pensar: «Tal vez esto no está ocurriendo de verdad. Tal vez solo es un sueño». Para comprobarlo, cerró sus ojos con mucha fuerza. Respiró profundo y comenzó a contar hasta 10, pensando que cuando terminara de contar abriría sus ojos y estaría de nuevo en la cocina, porque era el último sitio donde recordaba haber estado. 4
Efectivamente. Eso fue lo que sucedió. Al contar hasta 10 y abrir los ojos, de nuevo Raúl estaba en la cocina. —¡Uf, qué ALIVIO! —Suspiró… e inmediatamente comenzó a reírse a carcajadas como loco «JA, JA, JA». Salió corriendo de la cocina hacia el patio y no paraba de reír; se lanzó sobre la grama y comenzó a ver al cielo pensando por un instante, aunque fuera en broma, que venía de dar un paseo entre las nubes. De pronto, a lo lejos se veía venir un hermoso pájaro con alas amplias y grises e inmediatamente pensó: «Qué bonito, parece amigable, como si quisiera acercarse a decirme algo». El pajarito se acercaba más y más. Cuando ya estuvo lo suficientemente cerca, se detuvo justo a su lado. Raúl estaba sorprendido, pero justo cuando pensó que todo podía ser simplemente pura casualidad, el pájaro sacudió varias veces sus alas, le arrojó la mitad de su manzana y se echó a volar de nuevo. —¡¡OH, POR DIOS, MI MANZANA! La que me estaba comiendo justo antes de quedarme dormido…¡Un momento! ¿Como pudo tenerla el pájaro?... ¿Eso quiere decir que no fue un sueño? En realidad pude volar, y estando allá arriba en el cielo, el pájaro tomó mi manzana y luego vino a devolvérmela. A la mañana siguiente, Raúl no dejaba de pensar en lo sucedido. Pero algo sí le quedó muy claro: 5
«¡Nunca subestimes el poder de tu imaginación! ¡Cuando eres capaz de soñar con algo e imaginarlo, eres capaz de que se haga realidad!». Cuando ponemos en nuestra mente pensamientos positivos y optimistas, cuando imaginamos que vamos a alcanzar una meta que deseamos, y cuando nos vemos a nosotros mismos realizando algo que nos parece muy difícil de conseguir, somos capaces de hacerlo porque si lo pusimos primero en nuestra mente, ¡quiere decir que lo podemos lograr! Pero cuando por el contrario ponemos en ella pensamientos de duda, de temor o de miedo, estos pensamientos solo van a hacer que nos sintamos incómodos, que tengamos temor a fracasar, y que no tengamos valor ni curiosidad por probar cosas nuevas. De esta manera no seríamos capaces de alcanzar nuestros sueños. Desde ese día, Raúl confió ciegamente en las palabras de su madre y en el poder de su imaginación. Porque entendió que poner en su mente cosas maravillosas es lo que más ayuda a alcanzar nuestros sueños. «Cuando somos capaces de pensar e imaginar algo, sea lo que sea ese algo, por más difícil e imposible que parezca, se puede alcanzar si somos capaces de imaginarlo».
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Preguntas de interacción para la gestión emocional después de la lectura: • • • • •
¿Cuál fue la parte que más te gusto de esta historia? Al igual que Raúl, ¿también te gusta imaginar cosas? ¿Qué es lo que más te gusta imaginar? ¿Crees que soñar despierto está bien o está mal? ¿Cómo te sentirías si después de imaginar algo, se hiciera realidad?
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Sábado Esta maravillosa historia nos hace reflexionar acerca de nuestros juicios. Nos motiva a evaluar la forma que tenemos de pensar acerca de los demás; educando el valor de la empatía, la igualdad, el respeto y el buen trato.
Como
era costumbre todos los sábados Pedro acompañaba a su padre al trabajo. Esta era una de sus rutinas favoritas por varias razones: La primera era que podía pasar buen rato compartiendo con su padre, al que consideraba su mejor amigo. La segunda era que, como la oficina de su papá quedaba justo al lado del parque, podía pasar toda la mañana entretenido. La tercera razón era que al terminar su jornada de trabajo su padre solía jugar otro rato más con él, y luego caminaban juntos hasta la pastelería de al lado por algún rico panecillo. ¡A Pedro definitivamente le encantaban los sábados! 9
Pedro era un niño muy observador, ya tenía algunos sábados seguidos viendo a un par de niños que llegaban a la misma hora; y como él pasaba la mayor parte del tiempo jugando solo, se había hecho de la intención de conocerlos para así juntarse con ellos cada sábado. Uno de los niños parecía ser de una familia muy acomodada; llegaba en un auto lujoso y oscuro, lo bajaba una señora muy elegante, y lo ubicaba en uno de los bancos del parque, justo frente al lago; pasaban aproximadamente dos horas y luego volvían por él. A juzgar por su impecable forma de vestir y su peinado cuidadosamente alineado, parecía tratarse de un niño muy educado, tal vez incluso algo arrogante. Lo extraño era que no parecía gustarle ningún juego. Durante las dos horas que permanecía en el parque, no se divertía más que con un par de audífonos de los que no se despegaba para nada, es más, ni siquiera se levantaba del banco. El otro niño parecía un poco más simpático, más alegre; pero a este no lo veía Pedro en el parque, sino en la pastelería; curiosamente cada vez que estaba con su padre escogiendo algún bocadillo para merendar, entraba este niño a la misma hora, parecía tener siempre mucha prisa, ya tenía en mente lo que quería y siempre pedía lo mismo: «Ocho pasteles rellenos de crema, por favor», pagaba y salía sin ni siquiera esperar el cambio, porque al parecer llegaba con el dinero exacto. Lo que 10
más le intrigaba a Pedro no era que el niño siempre trajera el pago justo, sino que fuera capaz de comerse ocho pasteles él solo. —¡Qué envidia! Mi papá solo me deja comer uno y sin crema, porque dice que es muy pesada —decía Pedro y después de verlo varias semanas seguidas pedir exactamente lo mismo, comenzó a pensar que debía ser muy aburrido comer OCHO PASTELES enteros y que fueran siempre los mismos, y comentaba: —¡Ay, no, por Dios! ¿Ese niño no se cansa? Al menos debería probar con los de chispas de chocolate o con los de frutilla. Y así continuaron los sábados de Pedro. Él disfrutaba al llegar al parque, jugar, correr, compartir con su papá e ir a comer a la pastelería; pero también disfrutaba sus momentos de cacería de nuevos amigos, en realidad eso le encantaba. Cada vez se sentía más cerca de atreverse a entablar una conversación con alguno. Un buen sábado, Pedro amaneció decidido, completamente dispuesto a romper el hielo, él estaba seguro de que esos dos niños también lo habían visto, y no se sentirían intimidados si él se les acercaba. Así que llegó al parque como siempre, eso sí, mucho más motivado, pues ejecutar el plan que venía evaluando desde hace tantas semanas, le hacía estar de muy buen humor, y la adrenalina por atreverse a 11
experimentar lo desconocido le hacía correr de un lugar a otro. Parecía como si no pudiera dedicarle su atención a una sola cosa. Comenzó a jugar con un pequeño balón de goma que siempre llevaba con él, lo rebotó un par de veces contra el asfalto, y de pronto comenzó a dar vueltas en el césped; al sentir la grama húmeda que cosquilleaba por su espalda, comenzó a retorcerse mirando hacia los árboles, y fue justo en ese instante cuando pudo ver un grupo de ardillas muy graciosas que parecían estar peleando por una nuez. Brincó del suelo para irse a trepar ese árbol y cazar alguna de las ardillas, pero fue justo en ese momento donde se percató de que el auto lujoso del niño estaba llegado al parque. Eso fue suficiente para que se olvidara de todo. Se sacudió los restos de tierra y grama que tenía en sus pantalones y corrió buscando de nuevo el pequeño balón. Pedro fingía mucha naturalidad, como si llevara horas jugando a lo mismo, pero discretamente no le perdía pisada a los movimientos del niño. Como era costumbre, la señora elegante acompañó al niño al banco de siempre. Pedro esperó hábilmente a que la señora se marchara, y comenzó a jugar con su balón lo más cerca que pudo. Después de un par de rebotes, ahí estaba Pedro, sentado junto al niño en el banco. 12
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El niño no mostraba ningún interés, ni siquiera se dio la vuelta para ver quién se había sentado junto a él, simplemente estaba absorto en sus audífonos. Pedro no desistió, hizo un par de movimientos bruscos con el balón, que él consideraba sorprendentes, e inmediatamente le preguntó en voz alta y segura: —¡Hola! ¿Quieres jugar conmigo y mi pelota? Pero el niño no contestó absolutamente nada. Solo hubo un largo silencio, y lo ignoró por completo. Pedro estaba muy extrañado. Es más, incluso algo decepcionado. ¿Qué podía haberle fallado? Su estrategia había sido perfecta. Hizo un último intento. «Tal vez la música que está escuchando está muy alta y no pudo escucharme», pensó. Entonces, se paró justo frente al niño, y agitando el balón fuertemente contra su pecho le dijo en voz muy fuerte: —¡Hey, amigo! Ven conmigo, vamos a jugar con el balón. Adivinad qué contesto el niño… Pues nada, ¡absolutamente nada! A Pedro no le quedó más remedio que darse media vuelta con su balón y con la cabeza mirando al suelo. La tristeza y desaprobación lo invadieron mientras pensaba: «Ese niño debe estar loco. O por lo menos es muy mal educado, ¿quién lo diría?... Viniendo de 14
una familia tan acomodada, parece que en su casa no le han enseñado modales. Tal vez lo que está escuchando con sus audífonos es mucho más interesante que mi viejo balón. Entre tantas ideas que le venían a la cabeza, Pedro estuvo a punto de dejar que el coraje y mal humor se apoderaran de él. Pero justo en ese instante, recordó: «¡Un momento! Aún me queda otro amigo. El niño de la pastelería. Volvió a sacudirse la ropa, esta vez, más para deshacerse del mal rato que del polvo, y continúo jugando mientras esperaba hasta que llegara la hora de la merienda. Al llegar a la pastelería, Pedro pidió esta vez un pastel relleno de crema, pensando que debían ser extraordinarios para que su amigo fuera capaz de comerse tantos. Al segundo mordisco vio entrar al niño, dejó que ordenara los ocho pasteles rellenos de crema y se le acercó diciendo: —¡Hey, amigo! ¡La verdad es que son deliciosos estos pastelitos! ¿Por qué no te sientas conmigo y así merendamos juntos? A lo que el niño contestó fríamente: —¡No tengo tiempo! Y se marchó como siempre. Pedro estaba indignado. «¿Qué les pasa a estos niños? ¿Por qué son tan groseros? ¿Es que acaso están 15
tan ocupados como para no hacer amigos? ¡Qué barbaridad!», se decía. Furioso, le comentó todo a su padre esperando contar con su apoyo y pensando que opinaría exactamente lo mismo de esos dos niños tan maleducados. Pero contrariamente su papa le contestó: —Pedro, muchas veces las personas nos sorprenden con sus respuestas, y eso hace que pensemos mal de ellas. Antes de opinar acerca de cómo actúa o piensa una persona, primero deberíamos «ponernos en sus zapatos». Te invito a que hagas la prueba. No te quedes con esa opinión de esos dos niños, atrévete a conocerlos mejor, y comprenderás el motivo que tuvieron para actuar de esa forma. Aunque Pedro no quedó del todo satisfecho con esta conversación, decidió seguir el consejo de su padre. Pasaron varios sábados, Pedro intentaba conocer un poco más a esos niños para averiguar cuál era esa poderosa razón que tenían para no conversar con él; hizo muchos intentos, cambió su pelota por un frisbee, por juegos de mesa, por patines y hasta una caña de pescar, imaginando que alguno de estos juegos podrían entusiasmar al niño del banco, pero lamentablemente este siguió ignorándolo. Por su parte el chico de la pastelería continuaba yendo a buscar sus ocho pasteles sin suficiente tiempo para quedarse a conversar. 16
Un buen día, cuando ya Pedro jugaba en el parque sin pensar en conseguir amigos, vio a la señora elegante acercarse al banco, venía ya de vuelta a buscar al niño. ¡Qué raro!..., parecía más temprano de lo normal, apenas lo había dejado ahí hace un rato. Pero extrañamente la señora pasó junto al banco donde estaba el niño sentado y siguió de largo, acercándose a Pedro, o al menos eso parecía, puesto que no había más nadie en el parque. Se detuvo frente a él y se agachó poniéndose a su altura. Lo miró fijamente a los ojos y le dijo: —He visto cómo observas a Gregorio cada sábado cuando llegamos. Pedro temblaba, pensaba que iba a reñirle por haberlo molestado todo este tiempo insistiendo en jugar con él. —Gracias por acercarte a él. Discúlpalo si no te ha correspondido cuando le hablabas, pero no ha sido su intención hacerlo. Él no puede verte, es ciego y su única forma de distraerse es escuchando su música. Fue justo ahí cuando Pedro comprendió todo. Y no pudo dejar de darle la razón a su padre. Ahora sabía a lo que se refería cuando le dijo que debíamos ponernos en los zapatos de los demás. Esa tarde Pedro entró en la pastelería contándole a su padre cada detalle de lo ocurrido, y mientras lo hacía llegó como era costumbre el niño de los «ocho pasteles rellenos de crema», pero Pedro estaba muy distraído 17
conversando con su padre, hasta que escuchó algo que le hizo guardar silencio. El niño esta vez pidió ¡¡nueve!! Sí, sí, ¡nueve pasteles rellenos de crema! Era increíble, este niño cada vez tenía más espacio en su estómago. Pero justo cuando Pedro esperaba que el niño pagara y se marchara a toda prisa, este se detuvo frente a él y le dijo: —¿Quieres acompañarnos? Justo el cruzar la calle había una casa hogar de niños sin recursos, y Agustín reunía su dinero de toda la semana para aprovechar el momento en que salían al jardín, pasaba un rato jugando con ellos y compartiendo los pasteles rellenos de crema que eran sus favoritos. Ese sábado Agustín quiso invitar a Pedro a que viniera con ellos. Desde entonces, Pedro, Gregorio y Agustín comparten cada sábado. Construyeron una amistad extraordinaria, donde cada uno es capaz de «ponerse en los zapatos del otro». «Ponernos en el lugar de los demás nos hace comprender que todos tenemos razones muy valiosas que nos hacen ser como somos». ************ Preguntas de interacción para gestionar emociones después de la lectura: 18
• ¿Qué fue lo que más te gustó de esta historia? • ¿Sabías lo que era «ponerse en los zapatos de los demás»? • ¿Qué fue lo primero que pensaste cuando los niños no querían jugar con Pedro? • Después de entender los motivos que tenía cada niño, ¿qué pensaste? • ¿Alguna vez has juzgado a alguien por su actitud sin conocerlo lo suficiente? • ¿Cuál crees que es el mensaje que nos deja esta historia?
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E
n un mundo sobrecargado de estímulos, puede ser todo un reto educar la inteligencia emocional de nuestros pequeños, y más aún cuando nosotros, como adultos, todavía necesitamos un empujoncito para expresar lo que sentimos de manera asertiva. Este libro surge con el propósito de hacer más viable y placentera la labor de educar el mundo interno en la infancia, aprovechando la conexión mágica que solo se logra a través del espacio íntimo de la lectura. Emociones con final feliz reúne 12 historias capaces de sanar las emociones del niño que las oye, y del adulto que las cuenta. Cada historia nos permite hacer un recorrido divertido a través de nuestras emociones, nuestras inseguridades, nuestros temores y nuestras expectativas, regalándonos un mensaje muy poderoso, a través del cual los niños pueden dar cabida a la gestión de sus conflictos internos, además de fomentar su autoconcepto, su autoestima y su autoconfianza, y también desarrollar habilidades sociales como la empatía y la asertividad. Al final de cada historia aparece una pequeña lista de preguntas, que puede servir como el «broche de oro» para que pueda exteriorizar lo que ese cuento movió en su interior, y así conseguir en la lectura un espacio tan maravillosamente divertido como terapéutico.
ISBN 978-84-18499-94-4
9 788418
499944