Susana Arrabal Ilustrado por
Natalia Vas
1. El descubrimiento de Else En alguna parte del mundo, existe una niña llamada Else, pero mejor que ella os cuente su historia. Hola, me llamo Else y para que os hagáis una idea, os explicaré cositas de mí. Mi cabello es de color azul, como el cielo. Dicen que tengo una expresión de cara muy dulce, pero tengo algo muy peculiar: ¡Mis ojos son cada uno de un color!, tengo uno azul y otro verde. ¿Habéis visto alguna vez a alguien con un ojo de cada color? Seguro que no, dicen que mi abuela también los tenía así, pero no la conocí. A veces juego delante del espejo a guiñar un ojo, luego otro, y me invento que soy dos personas distintas, pero solo es un juego. Ja, ja, ja... En muchas ocasiones les he preguntado a mis padres por qué yo no soy igual a otras chicas, ninguna de mis amigas es como yo, pero mis padres me dicen que eso me hace especial, y la verdad es que me gusta sentirme especial, ja, ja, ja... También soy soñadora y me gusta que me pasen cosas diferentes. Os voy a contar cómo empieza mi bonita historia con quien ahora es mi mejor amiga. Un día fui con mi familia a pasear por la playa, era otoño, y ese día hacía un poquito de frío. A veces, los domingos por la mañana mis padres nos llevan a la playa a mi hermano y a mí, para que juguemos un poco con la arena, las caracolas, para que corramos bajo el sol... Cuando llegamos lo primero que hice fue quitarme las botas, mis calcetines y empecé a corretear por la arena. Era imposible entrar en el agua, por lo fría que estaba, pero lo intenté una y otra vez. Me encanta mojar mis pies y correr y correr por la arena saltando sobre el agua y salpicando todo. Mi ropa acaba muy mojada casi siempre. Hacía días que estaba intentando convencer a mis padres para pasar un día en la playa, y por fin el día había llegado. Mi hermano Pol también se lo pasa muy bien cuando vamos a la playa. A él le encanta jugar haciendo castillos. Se trae muchos muñequitos, y entre los dos hacemos un castillo de arena. Después situamos a los muñequitos como si estuvieran en una gran fortaleza, y ellos eran los guardianes. Con las caracolas, él da el toque de las trompetas para formar en filas a los soldados.
Yo poco a poco me aparto, y con la sombra de mi mano bajo el sol hago como si se acercara un monstruo. El monstruo de la cinco patas, y me acerco lentamente, muy lentamente, hasta que me tiro sobre el castillo y lo derrumbo completamente. Los soldaditos quedan todos tumbados bajo el castillo, y Pol comienza a gritar: —Corred, corred, que ha llegado el monstruo de la arena. —Soy el monstruo de arena —digo yo, con voz ronca. —No nos ataques… —dice Pol. —Sí, sí… Tengo que deshacer este castillo, porque el único castillo del mundo es el míooo —digo yo de nuevo. Pol se ríe siempre a carcajadas. Cuando todo el castillo está destruido, le ayudo a guardar todos los muñequitos dentro de una caja de lata de galletas, siempre lo guarda ahí. De tantas veces que la llevamos a la playa, ya tiene arena dentro. Después de guardar los muñequitos empecé a correr por la orilla hasta que me sentí agotada. Me senté en la arena para descansar y mirar al horizonte. Yo no sabía qué iba a ser un día súper especial para mí. ¿Sabéis por qué?... De pronto vi algo que brillaba en el agua. Sin dudarlo un instante, me puse en pie, me imaginé que era una botella con un mensaje, como en las películas. Soñé por un momento que alguien, desde una isla desierta, tenía algo que decirme, y eso era algo muy especial, muy pero que muy especial. ¿Os imagináis, alguna persona durante años viviendo en una isla desierta, y que me pide ayuda con una botella? Será un pirata, o una niña como yo, viviendo sola como un náufrago…
¡Zas! Volvamos a la realidad.
Me acerqué a la orilla para ver ese cristal que brillaba, pero para mi sorpresa, no era una botella, ¿qué era entonces?... Era un bote de cristal con una tapa de aluminio, que en el mejor de los casos fue usado en el pasado para guardar mermelada o algún otro producto. ¡Qué desilusión!
Mmm, como soy una niña muy curiosa, cogí el bote mojado y lo abrí, aunque me costó un poquito. Dentro había algo, parecía un bichito… ¿podría ser una mariposa? Metí mi dedo en el bote de cristal e intenté tocar a la mariposa, lo conseguí, pero no se movía. Me imaginé que en el pasado debió ser muy bella, con un colorido especial, pero ahora estaba fría y de color morado, quizás por el frío, quizás no tenía vida... Cerré el bote y lo metí en mi mochila. No os lo había dicho, pero siempre llevo una mochila en mi espalda. Es muy importante, porque cuando encuentro cosas interesantes y especiales, me las llevo a casa…
ISBN 978-84-17448-09-7
El equilibro de Morfeo i
9 788417 448097