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El Sol, la Luna y el Travieso

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Alexandra Sánchez Cruz

El

medallón, el Sol y

la Luna

En un rincón del cielo donde los sueños tienen forma de estrellas, vivía un niño mago llamado Máximo, aunque todos lo llamaban el Travieso.

Era curioso, valiente y estaba lleno de energía… pero también tenía una costumbre difícil: quería que todo se hiciera a su manera.

Sus padres, sin saberlo, guardaban el Medallón del Poder Supremo: El LUSOL, un objeto perdido capaz de realizar cualquier magia y conceder cualquier deseo.

Una noche, cansado de las órdenes, el Travieso, andando de puntillas, se esca-

bulló hasta la guarida de sus padres, un lugar en las alturas de su hogar lleno de sombras, luces y secretos.

Una vez allí, tomó el medallón a escondidas y murmuró:

—¡Quiero que nadie me diga nunca más lo que tengo que hacer!

El cielo tembló.

Todos los objetos a su alrededor empezaron a volar por los aires.

Rayos caían en el techo y las pociones bailoteaban por todas partes.

Afuera, las montañas se abrieron y su mundo se partió en dos.

En un estallido de luz, el Travieso se convirtió en un joven adolescente.

Su hogar desapareció y se encontró solo, en un bosque de la Tierra que desconocía, donde el viento olía a hojas nuevas y los árboles susurraban secretos que no entendía.

Caminó y caminó, pero cada vez que parecía encontrar a alguien su temor a lo ignorado lo hacía ir en otra dirección. Por primera vez, sintió algo que nunca había experimentado antes: soledad.

Y de esa tristeza nacieron dos luces en el cielo.

De una bajó el Sol, dorada y radiante como la risa del verano.

De la otra descendió la Luna, azul y brillante como un pensamiento en calma.

—Somos tus guardianas —dijo el Sol con voz cálida.

—Más bien tus niñeras —bromeó la Luna, con una media sonrisa.

—¿Guardianas? ¿Niñeras? ¡Yo no necesito que me cuiden! —replicó el Travieso, cruzándose de brazos—. Vosotras haréis lo que yo diga.

El Sol y la Luna se miraron en silencio. La primera sonrió con dulzura; la segunda, con una ceja levantada, suspiró.

A la mañana siguiente, el Sol estaba ocupada haciendo brotar flores sobre la colina, pero el Travieso, impaciente, agitó sus manos y gritó un conjuro.

Las flores crecieron tan deprisa que el campo se cubrió de pétalos y colores… hasta que todo se marchitó. Los pájaros huyeron, los animales corrieron asustados y el viento se quedó mudo.

—¿Ves? ¡Así es más rápido! —dijo él, orgulloso—, ahora puedes venir a jugar conmigo, estoy muy aburrido —continuó.

—Más rápido no siempre es mejor —respondió el Sol con tristeza, y se fue.

Por la noche, quiso jugar con la Luna, que estaba moviendo las mareas con de-

licadeza. El Travieso volvió a usar su magia y el mar rugió tan fuerte que los peces se escondieron en el fondo del océano.

—¿Por qué no jugamos? ¡Hazme caso! —gritó él.

—No es momento, Travieso —contestó la Luna—, hay cosas que necesitan su propio ritmo.

Pero el Travieso no escuchó. Mandó, gritó, insistió, hasta que ellas simplemente dejaron de responderle.

Ese día, el Sol no salió para él, y la Luna no brilló a su alrededor. El bosque se volvió gris y silencioso.

Solo entonces, el Travieso sintió un nudo en el pecho. Extrañó la voz del Sol, las bromas de la Luna, la calidez de sus risas.

Por primera vez entendió que recibir órdenes de él no era lo mismo que tener amigos.

Con los ojos húmedos susurró al cielo:

—Lo siento… solo quería que me quisieran.

El Sol apareció primero, como una pequeña ninfa con su luz dorada.

La Luna asomó después, dulce y brillante como una lucecita azul.

—Ahora lo entiendes —dijo el Sol, sonriendo—: la luz que das es la que

te guía.

—¿Podemos volver a ser amigos?

—preguntó él.

—Siempre lo fuimos —respondieron las dos a la vez.

Desde entonces, el Travieso aprendió a pedir, no a exigir; a escuchar antes de hablar y a compartir su magia con amor.

Porque la verdadera amistad no se impone, se cultiva con paciencia, como la luz del amanecer.

Moraleja:

La amistad no ha de crecer, sin el respeto entre todos mantener.

Quien aprende a dar sin esperar, una hermosa amistad ha de ver brillar.

El sol, la luna y el Travieso es una colección de cuentos donde la magia se encuentra con el corazón. Un niño de un universo encantado llega a la Tierra y aprende a vivir guiado por dos poderosas ninfas: el Sol y la Luna. A través de fábulas de animales, pruebas y decisiones difíciles, cada historia nos recuerda que la magia verdadera vive dentro de cada niño y niña, y nos revela profundas verdades sobre el amor, el respeto, el comportamiento humano y nuestro valor como personas.

VALORES IMPLÍCITOS

Los cuentos de El sol, la luna y el Travieso promueven la integridad hacia uno mismo, la fe en la belleza de la vida, el agradecimiento y el respeto hacia los demás. A través de historias mágicas los niños aprenden a tomar decisiones honestas, a valorar sus emociones y a convivir con empatía y responsabilidad.

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El Sol, la Luna y el Travieso by BABIDI-BÚ - Issuu