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Todavía recuerdo, con un tanto de añoranza, aquella mañana cruel de 2017, cuando, sin pretenderlo, mi vida dio un giro de ciento ochenta grados. Todo comenzó a la hora en que los vivos colores del alba valenciana se podían apreciar desde mi ventana de marfil. Permanecí la noche en vilo, estudiando severamente, con el objetivo de aprobar un examen de matemáticas que se celebraría al día posterior. Desgranaban poco más de las siete de la mañana y, lamentablemente, la fórmula que el profesor don Carlos nos enseñó personalmente no lograba entrar a
mi enclenque cabeza. Miraba el móvil. Era consciente de que, en poco más de media hora, tendría que salir de casa para dirigirme a rellenar el examen. Durante un momento, mi cabeza se vio custodiada por unas dudas para nada livianas. En esos instantes de incertidumbre, decidí hacerlo... sin ser consciente de las consecuencias que podría generar. Saqué un boli azul de mi entrañable estuche y, seguidamente, tracé en tinta una fórmula pitagórica. Lo que coloquialmente se da a conocer como chuleta.
Me puse lívido durante un instante; mi semblante amarillento indicaba que quería olvidar aquel papel endemoniado, pero mi cabeza decía que no, que me lo guardase como oro en paño en el interior de mi bolsillo, y que, si no aprovechaba la ventaja, me vería de nuevo envuelto en otra recuperación junto al dichoso don Carlos... Tras minutos pensando, mi mente evocó que era por fin hora de despedirse de casa; por lo tanto, guardé el arrugado trozo de papel en las entrañas de mi bolsillo derecho. Rápidamente, me enfundé en un vasto abrigo color escarlata y, a continuación, abrí la puerta de mi habitación para dirigirme hacia el comedor, en donde mi abuela, la vieja Encarna, per-
manecía cosiendo paulatinamente unos jerséis de mi padre y unas bufandas de mi madre.
—Ángel, come algo. Tienes que marchar ya al colegio —dijo mi abuela, fijando su sonrisa en mi rostro.
—Sí, abuela. Comeré algo de pan y enseguida voy a la escuela.
—¿Cómo has dormido, Ángel? —preguntó—. Yo no he pegado ojo...
—Bien, abuela —mentí.
Mi abuela Encarna frunció ligeramente el ceño.
Mi abuela Encarna tenía la vetusta edad de setenta y cuatro años. A pesar de su largo transcurso de vida, ella colaboraba en las labores domésticas y en preparar la comida y la cena junto a mi madre.
Desde temprana edad, siempre la recuerdo enfundada en una empalagosa bufanda que ella misma cosió. Era famosa en la ciudad por poseer un semblante pálido cada vez que alguien nombraba el nombre de su hijo. Mi padre, llamado José. Él marchó a Reino Unido a trabajar cuando yo tenía poco más de ocho años. En aquella época, yo tenía trece años y medio, casi catorce, pero, aun así, echaba en falta su presencia.
Muchos días, iba con mi madre, Rocío, a rezar a la iglesia, y ya que estábamos, pedir por mi pa-
dre. Siempre recordaba su ausencia... hacía pocos años desde que lo vi por última vez, subido en aquel buque, llorando. Recuerdo cuando dijo adiós a su tierra, aunque sea por un tiempo, y marchó guiado por la fuerza de unas olas púrpuras y ademanes de despedida, rumbo a su nuevo país.
—Ángel, tienes que llamar a tu padre... —decía mi abuela en tiempos de miseria.
Mi madre era una mujer fiel a su andadura católica. Conmigo o sin mí, todos los puros domingos asistía a la misa que se celebraba en la Catedral de Valencia, que quedaba justo a tres minutos a pie de donde residíamos: la calle de las Avellanas, donde mis padres compraron un piso a nombre de mi abuela Encarna. Mi progenitora siempre trabajó en trabajos peculiares de la fecha, pero en marzo de 2016 se incluyó como una enfermera más en las instalaciones del ambulatorio Professionals de la Salut.
Trabajaba de lunes a sábado, sin contar las horas de guardia. Pero los domingos por la noche, siempre me portaba de su brazo hacia el bar Infinito, en donde me compraba un helado de chocolate.
—Abuela, me voy ya al instituto —anuncié, pegando un último bocado al pan.
—Vale, hijo, pero abrígate, ¿eh? Que las mañanas de primavera son muy traicioneras.
Fijé mis ocelos en su arrugado rostro y sonreí.
Seguidamente de regalarle una sonrisa cálida a mi abuela, salí de casa y podía sentir un aroma a nervios que me llegaba hasta las orejas. El cielo despertó con unas ligeras brumas que amenazaban lluvia a lo lejos del sol. La vaporosa niebla franqueaba la atmósfera. Los coches enfundaban un olor a carbón seco, mientras que las aceras cuadradas languidecían a mi merced. Contemplé cabizbajo el pavimento y, a continuación, hurgué con la mano en mi bolsillo derecho: la trampa permanecía al acecho.
Recordaba cuando mi padre me agarraba de la mano, y juntos pisábamos las aceras y las carreteras para poner en marcha mis horas lectivas. Tras escasos minutos caminando frente a las majestuosas ventanas y los grandiosos arcos de La Lonja de la Seda, detuve mi marcha para saludar a Maruja, una vecina de toda la vida, la que me vio crecer trece años y medio con la privilegiada excusa de ser amiga de mi madre y de mi abuela.
—¡Hola, señorito Ángel! ¿Qué tal estás? —titubeó entre sonrisas.
Esbocé una sonrisa de soslayo al percatarme de su presencia.
—Hola, Maruja —saludé—. Bien, voy para el instituto. ¿Y usted?
—Bien, hijo, bien. Ven a comerte unas porras con un cafelito con leche en donde La Papallona —sugirió.
—No, Maruja, quizá otro día. Gracias —musité.
—Anda, ven. Será rápido, muchacho —insistió.
—Otro día, Maruja, que llego tarde al instituto.
—Ahhh, Dios me perdone por mis molestias. Venga, señorito. A estudiar y a jugar con los compañeros.
Asentí, alejándome
Tras negarle la invitación al bar de La Papallona a mi vecina Maruja, me precipité a embarcarme dirección al instituto, caminando de manera audaz por calles angostas que me daban paso al aroma a cobre del sol. Tras cinco minutos guiándome por el peso de mi mochila, mis útiles, y por la dirección de las farolas apagadas de las aceras, al fin llegué a la calle Colón, en donde mi instituto, Las Artes Locas, se alzaba de manera majestuosa sobre mi cabellera
ennegrecida. Sin perder un solo minuto, entré por las puertas de las instalaciones académicas y, sin dudarlo, una vez más acaricié esa liviana chuleta que me estaba acompañando todo el camino. Sorteé sin dificultad la fila de estudiantes que hacían cola para entrar a clase de Biología y, sin perder de mi tiempo un gurrumino instante, subí las escaleras y me tendí en pie en el primer piso, en donde los casilleros vistosos serpenteaban alegría e incertidumbre al lado de las aulas. Tras chocarme un par de veces con unas cuantas espaldas musculosas, tuve la certeza de que me iban a pillar copiando en pleno examen. Sin perder determinación, abrí la puerta de mi clase: 2 ESO, E, y, sin distracción alguna, me senté con aires superiores frente a mi pupitre, cuyo lugar se ubicaba en la segunda fila.
—Yeyy, ¿qué tal? —preguntó Tomás, mi mejor amigo, al percatarse de que había llegado a clase. Tomás y yo nos conocimos en una fiesta de verano, especialmente reducida a un aforo de setenta y cinco personas. La fiesta se llevó a cabo cuando yo tenía poco más de cinco años. Estaba junto a mi madre y mi padre; recuerdo que cantamos con múltiple devoción la canción Paquito el Chocolatero. Él se encontraba con sus abuelos que iban
hasta arriba de tintos de verano. Aún tengo grabada la imagen de la camisa que Tomás portó esa noche… Era de mi misma edad, con tez blanca; a veces se disfrazaba de un color cobre.
—Bueno... tirando. Menudo examen nos manda don Carlos —comenté.
—Ese es un jeta. Mi padre dice que no sabe explicar, y que siempre tiene que ir alardeando de cosas indebidas.
«Y qué sabrá tu padre...», pensé mientras reía.
—No, no, es en serio. Mi padre dice que un día, cuando él vino a recogerme cuando iba a segundo de primaria, escuchó que dijo algo así como «yo puedo controlar el tiempo». Desde ese momento, ese profesor me cae mal.
Alejé mis ojos de la cara de Tomás y contemplé el panorama que, durante esos instantes, había en mi clase. Así permanecí varios minutos. Pensaba que el profesor don Carlos no aparecería. Llegar tarde no era peculiar en él. Mientras el aburrimiento me carcomía, observé sin recelo alguno a María... Una chica que entonces se sentaba en primera fila y, sinceramente, era famosa en mi corazón debido a que era la chica que me atraía, y por la que de verdad me entraban ganas de ir al
instituto. Para contemplarla, a pesar de que fuera por tiempo limitado.
—Te vuelve loco... —comentó Tomás, quien me observaba en esos momentos mirar los lánguidos ojos agrestes de mi amada.
Callé, frunciendo las cejas.
—¡Carajos, viene el calvo! —bramó con nerviosismo una voz ronca del lado opuesto.
—Macho, viene don Carlos. Suerte —se despidió Tomás.
El docente entró por la puerta. Sin embargo, mi mirada quedó fija en él, en sus ojos pitagóricos, que resolvían ecuaciones y razonamientos desde lo más profundo de la clase. Iba adjunto a un pantalón de pana y una camisa ridícula. Don Carlos era un profesor más famoso de lo que cualquier hombre desearía serlo dentro de tales instalaciones como un instituto. La razón de su fama se debía a que se hacía llamar El Palomino, mote apodado a sus espaldas por poner los mismos exámenes para todas las clases del curso, sin cambiar ni un solo detalle.
El profesorado encendió un ventilador que se ubicaba en el centro de la sala. El viento del aparato me susurraba rumores y mitos guardados en lo más profundo del alma del instituto. Mis colo-


Ángel, un joven impaciente por crecer, recibe de su enigmático profesor don Carlos un reloj capaz de adelantar el tiempo un mes con solo pulsarlo. Lo que comienza como un juego lo arrastra a pérdidas, traiciones y encuentros paranormales, mientras descubre un amor fugaz y amistades que lo transforman. Entre fiestas en Valencia y misterios en Italia, lucha por recuperar lo perdido y entender si el tiempo destruye… o también puede salvar. Si no lo leo no lo creo