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El último zarpe

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José Tuñas Guidú

Capítulo 1

El Último Zarpe

El mar estaba quieto, demasiado quieto. Aquella mañana el horizonte parecía infinito, sin una sola nube que interrumpiera el azul claro del cielo. El viento no soplaba, lo que no era común. El silencio se adueñaba del aire, cargado de una tensión invisible. La única compañía que tenía era el viejo navío que se deslizaba sin prisa, empujado por la inercia de una corriente apenas perceptible. Viejo, sí, pero confiable. Y junto a

mí, en su habitual puesto junto al timón, estaba el capitán. Mi yayo.

Cada zarpe con él era un ritual. No importaba si el día era caluroso o frío, si la mar estaba tranquila o picada. Desde que tenía uso de razón, los días que pasaba con él en la embarcación eran los más esperados. Me gustaba el olor del barco: a madera, sal, cuerda vieja y recuerdos.

Todo estaba impregnado de historia. En el camarote, había una taza de esmalte blanco que solo usaba él. Y una brújula antigua, tan desgastada que apenas se distinguían los puntos cardinales.

Ese día, todo parecía suspendido. La nave se deslizaba como si el mar no la tocara. El cielo era tan claro que parecía pintado. Las velas colgaban, flojas, como esperando una orden que no llegaba.

—Hoy el mar parece dormido —co-

mentó el abuelo sin apartar la vista del horizonte.

Su voz era baja, como si no quisiera molestar al silencio. No era una observación cualquiera. Sonaba más a despedida que a frase del día. Yo intenté romper la extrañeza con nuestra broma habitual:

—Nunca te fíes del mar quieto —dije, sonriendo.

Pero él no respondió como siempre. Solo me miró y asintió. Y en su mirada vi algo distinto. Algo que me dio miedo. Recordé una vez, años atrás, cuando me perdí dentro del barco. Tendría unos siete años. Me metí entre las velas enrolladas, jugando, y cuando quise salir no encontraba la escotilla. Grité. El viento silbaba fuerte ese día, y mi voz se perdía. Pero entonces lo escuché, tranquilo, sin alzar la voz:

—No tengas miedo. Estás a bordo.

Nadie se pierde del todo si el corazón recuerda el camino.

Tardé años en entender lo que quiso decir. Pero esa frase se me quedó grabada como un tatuaje invisible.

Llevaba puesta su chaqueta azul, esa de bolsillos profundos donde siempre guardaba trozos de cuerda, nudos viejos, una pequeña navaja. La chaqueta olía a sal y a tiempo. A todas las estaciones vividas en ese barco. Cuando se abrochó hasta el cuello, supe que algo no iba bien.

Él siempre me dejaba llevar el timón durante un rato. Me enseñaba con calma, corrigiendo con el dedo, no con la voz. «El barco responde mejor a quien lo escucha», decía. Ese día, sin embargo, fue él quien tomó el timón desde el inicio. Y lo sujetó con fuerza, como si quisiera memorizar la forma de la madera.

El sol empezó a subir y el agua brillaba como si estuviera cubierta de cristales. El mar estaba tan plano que podías ver reflejadas las nubes, aunque no hubiera ninguna. Todo parecía demasiado perfecto. Falso. Un decorado antes de un cambio de escena.

Me acerqué y pregunté:

—¿Hoy no toca historia?

Él solía contarme leyendas marineras: islas que aparecían solo una vez cada cien años, peces que hablaban en sueños, marineros que se convertían en gaviotas.

Pero ese día solo negó con la cabeza.

—Hoy no hay historia, rapaz. Hoy… solo hay camino.

Me callé. No sabía qué hacer con esas palabras. Pero él parecía en paz.

Como si llevara tiempo preparándose para ese día.

Y entonces, después de un largo silencio, soltó el timón. Lo giró hacia mí y me lo entregó con lentitud. Sus manos temblaban apenas, pero su gesto era firme.

—Hoy lo llevas tú —dijo.

Fue diferente. No como otras veces, en las que me guiaba con una sonrisa o corregía mis movimientos con paciencia. Esta vez, al darme el timón, me miró como si me entregara algo mucho más grande que un barco.

Lo tomé y sentí el peso. El peso simbólico. Como si el velero entero dependiera de mí.

Él se sentó en su banco habitual. Cruzó los brazos. Cerró los ojos.

—Navega recto —dijo, casi en un susurro—. No te detengas si el viento se va. El rumbo no lo pone el mar.

Eran frases suyas, viejas, repetidas tantas veces que ya vivían en mi memoria. Pero esa vez sonaron distintas. Como si fueran sus últimas palabras.

Seguí navegando en silencio. Miraba al horizonte, pero de reojo lo observaba a él. Su respiración se hizo más lenta. Su cuerpo seguía firme, pero su alma parecía estar soltando amarras.

Me acerqué. Le toqué la mano. No respondió.

—Yayo…

Nada. Le puse la mano en el hombro, temblando.

El mar seguía tranquilo. Las velas crujían levemente, pero no había brisa. Solo el rumor de las olas que tocaban suavemente el casco.

Él se había ido.

Sin dolor. Sin aviso. Solo... se fue.

Como se va la marea cuando nadie la mira.

Me arrodillé a su lado. No lloré. No podía. Sentía el pecho lleno de algo inmenso. Algo que dolía, pero también abrazaba.

A su lado, su cuaderno de bitácora. Lo abrí con manos torpes. Tenía páginas y páginas de anotaciones: estados del mar, fechas, pequeñas frases, dibujos de nubes, cálculos de navegación. Pero en la última hoja, escrita con tinta azul: «Cuando me vaya, lleva mi recuerdo a San Millao. Que no se quede en el mar».

Me quedé leyendo esa frase una y otra vez. San Millao. El nombre retumbó dentro de mí. Lo había escuchado tantas veces. Una aldea entre montañas, donde él había nacido. Donde jugó descalzo en veranos eternos. Donde aprendió a leer

las estrellas desde la tierra, antes de subir a un barco.

Nunca volvimos allí. Él decía que la tierra no lo llamaba. Pero en el fondo, creo que siempre deseó regresar. Y ahora me pedía que lo llevara. No su cuerpo.

Su recuerdo.

Miré al cielo. Una gaviota pasó volando en silencio. Me sentí solo. Completamente solo. Pero al mismo tiempo, como si algo más me rodeara.

—Te lo prometo, yayo —murmuré—. Te llevo a casa.

Y con el timón entre las manos, el mar delante y la promesa ardiendo dentro de mi pecho, comencé mi viaje.

El último zarpe narra la travesía de un joven marinero que, tras la pérdida de su abuelo, debe enfrentarse a un viaje que mezcla el mar, la tierra y la memoria. Guiado por los recuerdos y las enseñanzas del capitán que fue su abuelo, el protagonista emprende una aventura simbólica de crecimiento y descubrimiento personal. Entre desafíos, encuentros inesperados y momentos de introspección, aprenderá a navegar no solo por el mundo exterior, sino también por su propio corazón.

VALORES IMPLÍCITOS

Amor y memoria como brújula vital, resiliencia ante la pérdida, respeto por la naturaleza y sus ritmos, paciencia como forma de sabiduría y la importancia de escuchar el corazón. La historia invita a comprender que crecer implica aceptar la ausencia, encontrar sentido en el camino y descubrir que quienes amamos siguen vivos en lo que somos y en cada paso que damos.

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El último zarpe by BABIDI-BÚ - Issuu