EL LINCE QUE APRENDIÓ A AULLAR Antonio e Isabel Serrano Ilustraciones de
Araceli Buendía Zurita
Un asunto espinoso
—¿Qué es eso que se oye? —preguntó la loba
extrañada—. Qué raro… —¿El qué, cariño? —Escucha. —Tienes razón —dijo finalmente el lobo—, lo oigo. Sin decir ni una palabra más, los lobos se encaminaron hacia el ruido. Parecía un aullido, pero no era uno familiar. Llegaron al sitio y, con tremenda sorpresa, se encontraron a un cachorrito que lloraba algo desesperado. Los dos lobos se miraban desconcertados, no entendían qué hacía un cachorro de lince en esa parte del bosque. Ella, que era más atrevida, se inclinó para lamerle la cabecita y hacerle entender que todo iba a ir bien. Justo cuando agachaba la cabeza para acariciar al pequeño, una piedra 3
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comenzó a moverse muy muy rápido. La loba, asustada, gruñó y le dio una patada. —¡Ay! —aulló la loba. —¿Qué pulga te ha picado? —exclamó el lobo al instante. —¡Me he pinchado con la piedra! —¿Una loba que se tropieza con una piedra? —bromeó el lobo. —Lo… lo… lo siento —tartamudeó el erizo por el miedo—. Pensé que me echaríais la culpa de que el cachorrito estuviera llorando, y me acurruqué creyendo que no me veríais, pero al acercarte, sentí temor y, sin querer, me puse a temblar. —¿Ves? No era una piedra, listo. El lobo, entre risas, se dirigió al erizo y le ofreció la pata para levantarse. —En realidad no eres tú quien tiene que sentirlo, eres el que ha recibido la patada —le dijo el lobo al erizo. El cachorrito los miraba muy fijamente sin entender nada, de hecho, ya no lloraba. Los lobos y el erizo cayeron en la cuenta de que el pequeño lince aún estaba allí y se le acercaron. Ahora sí, la loba le lamió la cabecita y, sonriendo, se ganó la confianza del bebé. También el lobo le miraba con ternura, era una preciosidad. El erizo quedó apartado hasta que el lobo se giró y dijo: —Pequeño, ¿sabrías decirme qué hace este lince aquí? 5
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—Solo estaba de paso. Me… me acerqué por curiosidad, y entonces vi que era un cachorrito sin papás. —¿Sin papás? —se extrañó la loba. —¿Y sabes dónde están? —interrumpió el lobo. —Sí. ¡Yo lo sé todo, todito! ¡Si queréis os lo cuento! —¡Claro! —exclamaron los dos a la vez. —Resulta que a mis amigos y a mí nos gusta mucho la fiesta que se hace al comienzo del invierno. Bueno, la verdad es que solo he podido ir a esa, es la única vez que mi papá me ha dado permiso. Será que le insistí mucho, pero claro... ¡Cómo iba a perder la oportunidad! ¡La chica que me gusta iba a estar allí y yo estoy muy enamorado! ¡Es la única chica que hace que se me erice la piel! »Y la verdad, me alegro mucho de haber ido, fue muy chula. Había animales de todas las clases, también linces. A mi mejor amigo lo conocí allí, es un pato. Cuando entré estaba solito. Es que hay mucho «antipático» suelto, o será que todos los animales no podemos caer bien, ya sabéis, no todos somos gatos… »En general la fiesta estuvo súper guay, conocí a una mofeta muy guapa, pero un poco rara. Creo que le daba vergüenza beber del charco espumoso, después de cada sorbo se ponía colorada y se iba corriendo al jardín unos minutos. Aunque el jardín estaba reservado para los insectos. Había pensado ir a preguntarle qué le pasaba, pero algo me olía mal y me quedé a mitad de camino. Entonces fue cuando conocí al escarabajo 7
pelotero, pero lo perdí de vista pronto, seguramente fue a comer algo de comida basura. »Mi amiga la cerdita, era la más graciosa. Ella es muy religiosa y viste con un turbante que siempre está lleno de barro. ¡Je, je! »¡Ah! Sin querer pinché a la cacatúa, yo solo quería ser su amigo, pero me puse algo nervioso porque hablaba muy rápido. Al final sí que nos hicimos amigos. Bueno, en realidad fue gracias al chimpancé que, haciendo el ganso, hizo que el asunto fuese menos espinoso. »Y cuando empezó a cantar el ruiseñor fue increíble. ¡Todos nos emocionamos! Hasta la gata decía que se le había hecho un nudo en la garganta, pero resultó ser solo una gran bola de pelo, con la que el topo, cegato, se tropezó varias veces. ¡Qué risa! Total, allí todos teníamos algo de raro, pero todos hablábamos con todos... »Recuerdo que había un brebaje que sabía raro y mareaba un poco, aunque te entraban ganas de reír y decir cosas estúpidas. Era como una pócima que nos convertía en gansos. Creo que el chimpancé bebía de eso todos los días. ¡Je, je! Por lo visto, la cigüeña, después de tomar este brebaje solía hacer de las suyas… Algunos animales salían de allí con un bebé sin querer. Cuando me contaron esto de la cigüeña, me quise ir de allí más rápido que un guepardo. Porque claro, yo que soy mucho de liarla sin querer, no me quería ir de allí con un bebé. 8
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»¡No me quiero ni imaginar si mi madre me viera llegar con un bebé erizo! Uf... ¡Me limaría todas las púas! Por un momento me imaginé en la situación, pero por mucho que lo pensaba, siempre llegaba al mismo sitio; yo no sé qué habría hecho… Primero pensé que les pediría perdón a mis papás y les daría el bebé, recordé lo de quedarme sin púas, y cambié de idea. Luego consideré que igual me podría convertir en un papá, pero ¿y la mamá quién sería? Por un momento medité en compartir la mía, se me vino lo de las púas a la mente y rápidamente me quité el pensamiento de la cabeza. Pensara lo que pensara siempre llegaba a una calle sin salida ¿Qué iba a hacer un pequeño erizo como yo cuidando de otro pequeño erizo? »Todo esto lo pensé a la salida de la fiesta, justo antes de marcharme, ahí fue cuando volví a ver al escarabajo. ¡Qué risa! Iba con la bola de pelo de la gata, que era mucho más grande que él. Le dije «adiós» y me fui a casa. »Cuando he visto al cachorro de lince sin papás alrededor, he recordado la conclusión a la que llegué; lo dejaría donde otro pudiera ayudarle y, a ser posible, mi mamá no se enterase —concluyó el erizo. Los lobos se quedaron profundamente pensativos, aún más perdidos que antes. —¿Y sabes dónde podemos encontrar a los papás? —dijo la loba después de un corto silencio. —No —respondió el erizo, apenado—. ¡Pero sé quién os lo dirá! 10
—¿Quién? —preguntó el lobo, realmente intrigado. —Mirad, hay una vieja tortuga que sabe todo, todito, lo que pasa en este bosque. A mí me hace mucha gracia porque siempre va con prisa, je, je. Ella es la encargada de un refugio de animalitos sin padres ¡Seguro que os ayudará a encontrar los papás del bebé lince! —Pero ¿dónde la podemos encontrar? —preguntó el lobo. —¡Ay! ¡Qué cabeza de pez! —exclamó el erizo golpeándose la frente—. El refugio está en el nacimiento del río. Los lobos, decididos, cogieron al cachorro y comenzaron el largo viaje hasta el nacimiento del río, en busca del refugio de animales perdidos de la anciana tortuga.
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ALARGAR A-VIDA -L
A
Una pareja de lobos se encuentra con una cría de lince perdida, y deciden ir en busca de sus padres. En el camino se encontrarán con diferentes animales que les ayudarán en su búsqueda, no sin antes contarles la historia de lo que les pasó a los padres del pequeño lince. Todos hablan de lo mismo, pero todos relatan sucesos muy distintos, lo cual les deja más perdidos que al principio. No obstante, siguen adelante, esperanzados en encontrar a la famosa tortuga, dueña de un refugio de animales perdidos, que vive al otro extremo del bosque, en el nacimiento del río. Valores Implícitos A través de esta obra se remarca el importante valor de la familia y la empatía. En ella se hace especial énfasis en la subjetividad de toda historia contada por un tercero, dejando claro a todo niño que haya pasado por el proceso de acogida, que lo verdaderamente importante no es de dónde vino, sino dónde está. Además, con este cuento se pretende dar mayor visibilidad a la labor y necesidad de la acogida, e instar a nuevos núcleos familiares a dar el paso para convertirse en padres de acogida.
ISBN 978-84-18499-72-2
9 788418
499722