Skip to main content

Efímero

Page 1

Marta De los Santos

Efímero


1

—Esta chica siempre llega tarde —murmuré desganada, mal-

diciendo por lo bajo a mi profesora de Literatura: Valeria. —No te quejes, a nadie le gusta Literatura —reprochó mi mejor amiga, Bella. Bufé sonoramente, me hundí en la silla y puse los ojos en blanco. Al cabo de unos diez minutos, escuché unos pasos dirigiéndose a nuestra clase e hice gestos a mis compañeros para que se sentaran. Un chico alto, de pelo color azabache y de tez blanca se paró frente a la puerta. No fue hasta que alzó la cabeza cuando me di cuenta de quién era. Mi corazón se detuvo y juro que estuve a punto de vomitar. Llevaba unas carpetas y una cantidad de papeles considerables bajo el brazo derecho. Vestido con traje negro, camisa blanca y corbata verde botella. 3


Marta de los Santos

En cuanto dio un paso y se adentró de lleno en la clase, clavó sus maravillosos ojos azules en los míos. Estaba jodida. —¿Segundo de bachillerato? —preguntó, a lo que nosotros asentimos. Dejó sus cosas en la mesa del profesor, mesa que se encontraba justo enfrente de mí. Apoyó las manos en ella y volvió a mirarme, mientras yo intentaba asimilar que, el hombre tan sumamente atractivo que tenía enfrente y que, al parecer, iba a ser mi profesor de Literatura, era el mismo con el que la semana anterior había estado a solas en aquella habitación. «Genial, Madison, lo has clavado». —Bien —comenzó a hablar—, buenas tardes a todos, soy Alex Harrison y tengo el placer de anunciarles que seré vuestro profesor de Literatura este año. Mi mejor amiga me miró arqueando las cejas y yo le respondí frunciéndolas, apretando los labios y conteniéndome un grito de puro terror. —Me gustaría que se presenten —agregó. Tenía las manos detrás de la espalda y se paseaba de un lado a otro, mirándonos a todos. Teniendo en cuenta que yo estaba en primera fila, en la primera columna, me tocó presentarme. Me levanté en silencio y miré a cualquier lado que no fueran esos endemoniados ojos. —Soy Madison, Madison Tyler. Tengo dieciocho años y una de mis muchas pasiones es escribir, aunque tengo en mente estudiar Medicina. —¿Escribe? —preguntó él, entre asombrado y entusiasmado. Yo asentí, sin saber qué hacer o qué decir. —Mi pareja es periodista, si tiene alguna duda, puede preguntarme —dijo sonriendo, hablándome de usted en todo momento. 4


Efímero

El alma se me cayó a los pies, se me oprimió el corazón y me costaba respirar. Realmente parecía que estaba enamorada de él, pero no. O eso creía. Me sentó como una patada en la barriga, como un balde de agua fría, como una bofetada. Me dolió más de lo que yo creía que dolería, pero me callé, no dije una sola palabra que pudiera delatar mi estado de ánimo. Sinceramente, fue más rabia que otra cosa, es decir, ¡se había acostado conmigo hacía una semana! ¿Y tenía novia? No sabía qué decir, así que, simplemente, me volví a sentar y desvié la mirada a un punto fijo. No supe por qué, pero en tan solo unos segundos una especie de odio y asco crecieron en mí hacia la persona que tenía enfrente: Alex Harrison. Un bombón de metro ochenta, tez blanca y tersa, mandíbula marcada, ojos azules grisáceos y sonrisa excesivamente perfecta. Cuando la hora terminó, salí de la clase de inmediato, directa al baño. Al llegar, las puertas estaban cerradas con llave, así que no me quedó otra opción que bajar a la primera planta y entrar a los baños de abajo. Lo que nadie me advirtió era que me lo iba a encontrar de lleno al bajar las escaleras. Quedaría bien si os dijera que mi orgullo ganó y pasé de largo, ¿verdad? Ah, pero no. No tenía suficiente fuerza de voluntad para simplemente irme de allí. Así que me quedé inmóvil, mirándolo; eso sí, juro que si las miradas mataran, yo ya hubiese cometido un homicidio. —Tyler —dijo, llamando mi atención. —Tienes novia —escupí. —La tengo —me confirmó con tono neutral. Como si todo estuviera bien, como si fuera un logro, como si no me hubiese mentido ni le hubiera sido infiel a su novia. —Gilipollas —balbuceé para, ya sí, pasar de largo. —Oye, fuiste tú la que se acercó a mí —rebatió. 5


Marta de los Santos

Me giré, completamente indignada y furiosa. —¡Tenías novia y no me dijiste nada! ¡Nada! ¿Cuántos años tienes? —Veinticinco, recién cumplidos. —Oh, Dios mío —susurré antes de llevarme una mano a la frente. —Son siete años, no exageres —dijo, al parecer, enfadado. —No es eso —me excusé. —Ah, ¿no? —preguntó con arrogancia. —No. —Bien. Escribes, ¿cierto? —cuestionó cambiando de tema. —Sí, per... —¿Por qué no me lo dijiste esa noche? —interrumpió. —¿Por qué no me dijiste tú que tenías novia? —ataqué. Resopló e ignoró mi comentario, diciendo: —Me gustaría leer lo que sea que escribas. —Lo pensaré —finalicé, yéndome al fin de allí, pudiendo respirar tranquila. —¿Quién es ese? —le pregunté a gritos a mi prima. La música del lugar no ayudaba en nada para poder mantener una conversación. O te salías, o te dejabas la garganta. Opté por la segunda opción. —Alex Harrison, la hermana de mi mejor amiga estudió con él Literatura Hispánica, pero es un máquina hablando francés —me contestó ella. —Interesante —grité—. ¿Cómo sabe francés entonces? —Su padre viene de familia francesa. Créeme, cuando habla francés lo único en lo que piensas es en tirártelo. —¡Leah! —reproché. —Vamos, está buenísimo y es tremendamente guapo. Lleva mirándote toda la noche, por cierto —agregó. —¿Tiene novia? —pregunté. —No lo sé, tendrás que preguntárselo —gritó una última vez antes de alejarse cuando el apuesto chico de ojos azules se acercó a mí. 6


Efímero

Supongo que así fue como todo comenzó, un juego; un juego que terminó en una habitación. Aquella semana, después de haberme acostado con él, no lo saqué de mi cabeza. Porque, si digo la verdad, esa noche supe más de él, me pareció un chico interesante, educado, elegante e inteligente. Un chico que me hubiese gustado conocer en un futuro. Mis amigas estaban hartas de escucharme hablar de él poniéndolo en un pedestal. Incluso me llegué a plantear si me había enamorado solo con un polvo.

7


2

Decidido. Habíamos quedado en St. Oldham a las diez para ir de

copas a una discoteca de la zona. Llevábamos tres horas, Steph se había ligado a un chico rubio, Kate seguía bailando, algo borracha, Bella y yo estábamos en la barra, sin parar de beber. —Bella, voy a vomitar, ahora vuelvo —murmuré. Bella siempre había aguantado más que yo y, aquel día, por intentar ir a la par, iba a acabar vomitando. Salí del edificio, necesitaba aire fresco. Giré hacia una calle algo estrecha intentado buscar un sitio para poder sentarme, pero me tambaleé y, al hacerlo, expulsé todo lo que mi cuerpo pidió. Puse una mano en la pared, intentando mantener el equilibrio y vi por el rabillo del ojo cómo algunas personas se paraban a mirarme con asco, no los culpaba. Hasta que 9


noté cómo alguien puso una mano en mi frente y escuché una voz masculina, ya conocida. —Madison, pero ¿qué has hecho? —¿Quién eres? —pregunté, desubicada. —¿No me reconoces? Soy Alex. —Las piernas me flaquearon, no podía ser. Me limpié la boca con cuidado y me di la vuelta, encarándolo con dificultad. —¿Y qué haces tú aquí? —¿Yo? Querrás decir, qué haces tú aquí. Vamos, te llevaré a casa —se ofreció, pero yo negué de inmediato. —No, no, no. Mis amigas están dentro —me quejé. Él insistió. —Se acabó la fiesta por hoy. No puedes ni mantenerte en pie, vamos. —¡No! Déjame. Me voy a bailar. —En ese mismo instante, noté cómo me cargaba en su hombro. Y sin más, comencé a patalear. —Deja de patalear. Joder, Madison, estás muy borracha. Te llevaré a mi casa. —¡¿A tu casa?! —grité, a lo que él gruñó: —Deja de gritar. —Abrió la puerta derecha de su coche, me sentó, me abrochó el cinturón y luego se incorporó en el asiento del conductor—. Dame tu móvil. —Lo saqué con dificultad y se lo di ya desbloqueado. Buscó a Bella en mis contactos y la llamó. Lo cogió al instante, ella no iba borracha, se le notaba en la voz—. Bella, soy Alex, tu profesor de Literatura, me llevo a Madison a mi casa. Está muy borracha. —¡No estoy borracha! —grité. —¡Shh! —me mandó a callar—, no os preocupéis, está conmigo. —Vale, gracias —dijo Bella. Me devolvió el móvil, quitó el freno de mano y arrancó el coche.


—Madison, ¿te han dejado entrar? —preguntó. —El tío ese de tres metros nos ha dejado pasar sin pedirnos nada. Además, parezco mayor así vestida, ¿verdad? Ah, y ya tengo dieciocho, aunque no lo parezca. Lo dije el primer día. —Uno: da igual que tengas dieciocho, te recuerdo que la mayoría de edad es a los veintiuno. Dos: ¿Por qué no aprendes a beber? No hacía falta llegar a ese extremo. —Vale, papá, lo siento —respondí con un tono burlón. Ignoró mi infantil comentario y siguió conduciendo en silencio durante unos veinte minutos, hasta que llegó a un edificio, aparcando justo enfrente. —Ahora no grites, no quiero que despiertes a los vecinos —pidió. Entramos a su apartamento, impoluto, amueblado y ordenado. Era considerablemente grande, con ventanales gigantes y techos altos. Me quité los tacones, procurando no hacer ruido por si había alguien. —No hay nadie —informó. —Pensaba que tenías novia. Él rio. —Y la tengo, pero no vive conmigo, además, está fuera del país por una conferencia. Vuelve mañana. —Se adentró en la cocina y preparó una tila—. Toma, esto te calmará. Voy a prepararte una ducha. —No hace falta, de hecho, creo que ya no estoy borracha —mentí. —Sí, claro. —Se fue y me tomé el líquido caliente que me ofreció. Cuando terminé, lo dejé en el fregadero y subí las escaleras, mareada—. Ten cuidado —dijo él desde arriba—, te he dejado la bañera llena, algo de ropa y un cepillo de dientes. Dormiré en el sofá, la cama está ahí. Fruncí el ceño, mirándolo. —Oh, no, no. Yo dormiré en el sofá, no quiero causarte más 11


Madison Tyler. Alex Harrison. Sus caminos se cruzarán en un cúmulo de coincidencias donde las mentiras son las principales protagonistas. Los sentimientos y teorías convergerán en un mundo donde los Harrison parecen gobernar. Secretos. Mentiras. Amor. Deseo.

NG

339645 788419 9

RI

SITY

INSPI

ISBN 978-84-19339-64-5

Odio. O no…

mirahadas.com

R CU IO


Turn static files into dynamic content formats.

Create a flipbook
Efímero by BABIDI-BÚ - Issuu