

Patricia Heredero el almaDonde renace

Capítulo I
Rutinas que duelen
El pitido de la alarma rompió el silencio de la madrugada. Carla no abrió los ojos. Solo murmuró, con la misma desgana de las últimas semanas:
—Mierda, otro día más.
Eran las 06:50 horas de un martes frío, con lluvia y niebla, típico de finales de enero. Tenía que levantarse o llegaría tarde al cambio de turno del hospital.
Trabajaba como enfermera en la planta de cirugía general y digestiva del hospital Gregorio Marañón, en Madrid.
Aquella profesión, que un día fue su vocación más profunda, se le había vuelto cada vez más ajena. No recordaba cuándo empezó a perder la ilusión, pero sí sabía que se estaba haciendo cada vez mayor.
A sus treinta y dos años seguía encadenando contratos temporales de sustitución. El último vencía el treinta y uno de enero, y la incertidumbre sobre su futuro la carcomía. Aun
así, lo que más deseaba era que esos dos días que quedaban terminaran de una vez. Necesitaba parar. Cada hora hasta el final de ese contrato parecía durar una eternidad.
Por la maldita costumbre de no madrugar, ahora tendría que estirar la cama, ducharse a toda prisa y beberse rápidamente el café si quería coger el metro a tiempo y presentarse en la planta del hospital antes de las ocho.
Consiguió llegar antes del cambio de turno, aunque con el estrés habitual pegado a la piel y un dolor sordo de estómago que no le pondría fácil la jornada.
Al salir del hospital, sacó el teléfono del bolsillo de su abrigo y llamó a Arturo, su pareja desde hacía seis años.
—Hola, Arturo. Ya he salido del hospital. ¿Comemos juntos? Hoy no he tenido tiempo de almorzar y estoy muerta de hambre.
—No puedo. Tendrá que ser mañana, si me da tiempo. Con el cierre de trimestre y de año estoy muy pillado y, esta tarde tengo que volver a la asesoría a trabajar. Te llamo por la noche y te digo si mañana puedo.
Colgó el teléfono. Carla sintió un vacío, como si estuviera al borde de un precipicio.
A la desilusión por el trabajo se sumaba su relación, que tampoco marchaba bien. Y parecía ser la única de los dos que lo notaba.
Cuando discutían, casi siempre debido al poco tiempo que compartían o por seguir posponiendo el irse a vivir juntos al estudio que Carla tenía alquilado, a Arturo le parecía que ella
alma exageraba y que todo estaba bien. Según él, darían el paso cuando fuera el momento adecuado.
Arturo tenía treinta y tres años y trabajaba a jornada completa desde hacía nueve años en una asesoría, llevando la contabilidad de varias pymes que confiaban en su meticulosa forma de trabajar. Compartía un piso en el centro con una compañera de trabajo y un viejo amigo de la facultad.
Se conocieron de forma casual a través de una aplicación.
Al principio parecía que habían conectado de verdad, pero seis años después la relación tenía grietas cada vez más difíciles de disimular.
Cuando Carla llegó a su estudio de treinta y cuatro metros cuadrados, dejó el bolso y el abrigo en la minúscula entrada, se dejó caer en el sofá de tres plazas —que a duras penas cabía en el salón— y se echó a llorar. El nudo en la garganta y en el estómago se le habían vuelto demasiado familiares. Tras liberar parte de la tristeza, metió una pizza en el horno. No tenía ganas de cocinar. Se la comió casi entera y pasó el resto de la tarde viendo vídeos en bucle en las redes sociales.
Ya de noche, sin noticias de Arturo, decidió irse a la cama.
Le escribió un WhatsApp: «Buenas noches. Me voy a dormir, que estoy cansada». No le apetecía decirle nada cariñoso. Estaba molesta, y aunque no quería iniciar una discusión, tampoco quería quedarse callada.
A la mañana siguiente volvió a sonar la alarma a las 06:50. Era el último día de su contrato laboral y Carla no encontraba fuerza ni ánimo para levantarse. Así que pensó algo que
nunca antes se le había ocurrido, ni siquiera cuando era niña, fingir que estaba enferma. Llamó al hospital y con la excusa de una gastroenteritis, dijo que no iría a trabajar.
Sintió un fuerte remordimiento, aunque también cierto alivio. Se metió de nuevo en la cama, esta vez sin poner ninguna alarma.
Cayó en un sueño profundo y en él apareció una mujer delgada, de piel clara y cabello rubio recogido en un moño del que escapaban algunos mechones. Llevaba una blusa blanca y una falda negra larga que rozaba los pies.
Aunque aquella mujer no se parecía físicamente a Carla, por alguna extraña razón sabía que era ella misma. Carla tenía el pelo castaño, rizado, a la altura de los hombros. Su figura era armónica, de líneas suaves y de complexión media. Medía 1,68 centímetros y nunca usaba tacones. Tenía un semblante de porcelana con unas facciones delicadas que irradiaban dulzura. Unos ojos color miel de mirada viva y sus labios eran suaves y contorneados.
En el sueño la mujer estaba sola frente a una playa nocturna y desierta. El mar rugía con violencia y el viento helado la hacía tiritar de frío y también de miedo. Respiraba de forma entrecortada. Se quitó los zapatos de cuero negro con tacón, los dejó en la orilla y se adentró en el mar. El agua gélida no la detuvo. Caminaba, a duras penas, salvando las salvajes olas. Cuando el agua le llegó a la pelvis una enorme ola la cubrió por completo. Consiguió sacar la cabeza de debajo del agua y tomar una bocanada de aire, cuando otra ola volvió a cubrirla
y la empujó mar adentro. No sabía nadar. Comprendió que era su destino final, aunque sentía que había tomado la decisión correcta. Todo debía terminar.
Sin embargo, intentó resistir luchando contra el oleaje. Sacó la cabeza, respiró un aire que le supo a sangre y a sal. Estaba aterrorizada. Intentaba inútilmente luchar, pero el mar era mucho más fuerte.
Ya no había marcha atrás. Y, por primera vez, dudó de si había sido realmente la elección adecuada. Intentó regresar a la orilla, pero otra ola la sumergió con violencia. Estaba desorientada, boca abajo. Intentó gritar bajo el agua, pero no pudo. El agua llenó sus pulmones. No podía respirar…
Carla se despertó sobresaltada, jadeando. Estaba empapada en sudor y con el corazón desbocado. Las sienes y la garganta le retumbaban.
Eran las 08:20. Decidió levantarse. Hoy se ducharía sin prisas. Sin embargo, al abrir el grifo y dejar que el agua le cayera por el cuerpo, el sueño volvió con fuerza.
Se abalanzó sobre ella el remordimiento por faltar al trabajo y empezó a sentir el corazón acelerado galopar en el pecho. No podía respirar con normalidad. Los pensamientos se aceleraban, oscuros y sombríos. La angustia volvió con toda su intensidad. El estómago le ardía. Creyó que iba a desmayarse.
Tuvo que salir de la ducha cuanto antes. Se estaba asfixiando.
¿Qué le estaba pasando? Sentía que todo se desmoronaba, y no sabía cómo detenerlo.

Capítulo II
Una señal en el silencio
Tapada con el albornoz se sentó en el sofá intentando recuperar la calma.
Miró hacia la ventana y se detuvo por un instante en el árbol desnudo de hoja caduca que siempre parecía asomarse a su casa.
El suave vaivén de sus ramas logró detener el tiempo por un momento. Por primera vez en semanas se sintió algo más serena.
Nunca antes se había parado a observarlo con detenimiento, pese a que siempre había estado ahí, como un guardián silencioso frente a su estudio en la tercera planta del edificio en el que vivía desde hacía siete años.
Movida por ese inesperado paréntesis de tranquilidad, pensó que tenía que hacer algo para cambiar su vida. Se sentía estancada en un bucle de días iguales, marcados por la apatía, la desgana y una sensación casi constante de estrés que desde hacía tiempo se le había instalado dentro, como una humedad que lo cala todo.
Impulsada por un deseo vago pero firme de transformar algo, recordó que unos días atrás había recogido algunas cartas del buzón, entre las que se incluían facturas y publicidad. Nada urgente, por lo que las había dejado olvidadas en la mesita del recibidor. Se levantó y fue a buscarlas. Entre sobres y papeles encontró un folleto de un centro de psicología situado a solo tres calles de su casa.
Sin pensarlo demasiado marcó el número de teléfono que aparecía en el tríptico.
Al cuarto tono, una voz femenina, cálida y serena, respondió al otro lado de la línea.
—Buenos días, centro de psicología Pensamiento Positivo. ¿En qué puedo ayudarle?
—Buenos días, llamaba para reservar una cita.
—Por supuesto, ¿preferiría por la mañana o por la tarde?
—En estos momentos me da igual. Puedo adaptarme a cualquier horario que tengan disponible.
—De acuerdo, si le viene bien mañana tenemos una cita libre a las 11:00 horas por una cancelación. Si no le viene bien, puedo ofrecerle otro día.
—Sí, me viene perfecto. Mañana estaré allí —dijo Carla. A pesar de la ansiedad que sentía durante la llamada, le invadió un alivio inesperado al saber que la cita ya estaba fijada.
—Se la reservo. ¿Es su primera consulta?
—Sí, es la primera vez que voy a su centro. Hace unos años hice terapia cognitivo-conductual en otra clínica. Me ayudó mucho, pero de nuevo necesito terapia. —Al pronun-
ciar esas palabras, Carla notó un nudo en la garganta que le dificultaba hablar. La angustia seguía apretándole por dentro.
—De acuerdo, dígame su nombre para anotarlo.
—Carla Fernández.
—Muy bien, Carla. Queda entonces reservada su cita para mañana jueves. Gracias y que tenga un buen día.
—Perfecto, allí estaré. Muchas gracias a usted.
Colgó el teléfono y, aunque la ansiedad había vuelto a aparecer, estaba aliviada al haber agendado la cita. Esperaba que esa mujer de tono de voz calmado pudiera ayudarle.
Tras ello, Carla decidió llamar a su hermano Dani. Desde niños tenían una relación muy estrecha. Carla era apenas diecinueve meses mayor y juntos crecieron jugando, compartiendo amigos de la infancia en el pueblo, secretos y confidencias.
Dani estudió Ingeniería Agrícola y Agroambiental, influenciado por su padre que se dedicaba a la agricultura. Desde pequeño le había fascinado todo lo relacionado con el campo. Sin embargo, ya hacía casi dos años que Dani, que siempre fue valiente y decidido, dejó su profesión para dedicarse en cuerpo y alma a la fotografía.
Era un artista. Le gustaba capturar «la vida» como solía decir. Le apasionaba retratar la naturaleza y a las personas, era especialista en capturar emociones en una imagen.
Para ganarse la vida hacía impecables reportajes en bodas y comuniones. Además, había convertido una de las habitaciones de su piso, donde vivía con su pareja Sofía, en un estudio de fotografía creativa infantil y edición de sus trabajos.
Carla, enfermera de profesión, sobrevive a una vida que la consume en silencio. Un accidente inesperado marca un punto de inflexión que la impulsa a emprender un viaje al sudeste asiático. Allí, entre paisajes desconocidos, personas que despiertan algo en ella y una pasión olvidada que vuelve a encenderse, descubre que el mayor viaje no es hacia fuera, sino hacia dentro. Una novela íntima y transformadora sobre el despertar, la libertad y el coraje de escucharse.

