

«Aullido entre las llamas»
En las montañas del Alto Najerilla, donde los inviernos hielan los huesos y los veranos resecan hasta el alma, vivía un viejo lobo llamado Sombra. Sus patas conocían cada sendero y sus ojos, amarillos como el sol de agosto, guardaban historias que nadie quiso escuchar.
Sombra cazaba ovejas de Martín, un pastor cansado de pedir ayuda. Las leyes protegían al lobo, pero nadie protegía a los ganaderos, y los políticos solo hablaban del nuevo resort de lujo en Ventrosa de la Sierra, prometiendo riqueza mientras ignoraban las voces de quienes vivían allí desde siempre.
Martín odiaba a Sombra. Lo odiaba cuando encontraba a sus ovejas muertas. Lo odiaba cuando miraba su casa humilde, sabiendo que otros
planeaban hoteles en su tierra. Pero, en el fondo, también sabía algo: el lobo no era malo, solo hacía lo que siempre había hecho para sobrevivir.
Llegaron las fiestas del pueblo. Música, risas, vino… y fuegos artificiales, pese a que el monte estaba seco como paja. Una chispa voló hacia el bosque y el viento encendió una pesadilla.
El fuego rugió como una bestia. Subió laderas, devoró pinares, rodeó casas. Una familia quedó atrapada en una granja; nadie pudo sacarlos. Su muerte fue un grito silencioso que marcó para siempre a Ventrosa de la Sierra.
Las llamas querían arrasar con todo, pero los cortafuegos que los pastores habían mantenido con su ganado abrieron una esperanza. Martín y los demás guiaron a las ovejas por esas franjas limpias de maleza. Y entonces ocurrió algo que nadie olvidaría:
Sombra apareció. Aulló, empujó con su presencia a los rebaños asustados y, junto con los pastores, formaron una barrera viva que contuvo el avance del fuego. Hombres, mujeres, animales… y un lobo. La naturaleza entera luchando por salvar lo que quedaba.
Cuando las llamas se apagaron, el dolor era inmenso. Casas calcinadas. Una familia menos. El resort cancelado. Y los políticos, tarde como siempre, hablando de lo que no hicieron.
Martín, exhausto, miró al lobo a lo lejos y entendió por fin:
«Uno solo conserva lo que no amarra».
Lo salvaje, lo libre, también es parte de nosotros. Y cuando cuidamos la naturaleza, ella también nos cuida.
Desde entonces, en el Alto Najerilla, se cuenta la historia del lobo y el fuego, no como una leyenda de miedo, sino como un aviso para quienes piensan que la naturaleza es suya y no algo que hay que respetar. Porque el fuego se previene con respeto y cuidado diario, no con discursos después de la tragedia.
El caldero del pueblo
En Alberite, los rumores viajaban más rápido que el cierzo. Bastaba una frase dicha en la cola del pan o un comentario en la carnicería para que, al caer la tarde, todo el pueblo lo supiera.
Aquella primavera, el comentario era uno solo:
«El alcalde va a poner una valla enorme en la entrada del pueblo».
Decían que sería moderna, luminosa, «como las de Logroño». Don Fermín lo explicó con orgullo en el pleno:
—Hay que dar buena imagen. Que quien pase por Alberite vea que somos un pueblo vivo, próspero, limpio. Que vea perfección.
Y así lo hizo. Unos días después, frente al cruce de la carretera vieja, apareció una estructura
metálica con una fotografía enorme: calles recién asfaltadas, fachadas sin grietas, la plaza vacía. Ni un alma. En letras doradas y brillantes se leía: «Alberite: donde todo es perfecto».
A muchos les gustó. A otros, les removió algo dentro.
La primera en decirlo en voz alta fue Rosa, la maestra jubilada, en la carnicería de Mari Carmen.
—¿Perfecto? —dijo mientras envolvía unas chuletas en papel—. Si hasta el frontón tiene las letras medio borradas, y la fuente del paseo lleva un año sin agua. Perfecto… será en su cabeza.
Mari Carmen sonrió, bajando la voz.
—Y sin los chavales jugando en la plaza. Eso sí que es raro.
Así empezaron las conversaciones. Primero en voz baja, luego en el bar del Jubilado, donde las tardes olían a café y a vino clarete. Allí, entre las cartas, el dominó y las bufandas colgadas de las sillas, se juntaron Rosa, Mari Carmen, Julia la enfermera y Cristina, una vecina joven que había vuelto al pueblo tras estudiar Educación Social.
Cristina hablaba con una mezcla de timidez y convicción:
—No podemos dejar que nos vendan una imagen que no somos. Alberite no es perfecto, pero es real. Es la gente, no las fotos.
Rosa la miró con una mezcla de ternura y determinación.
—Eso mismo, hija. Lo que vale la pena no sale en los carteles.
Esa tarde, el grupo decidió hacer algo simbólico. Rosa trajo un caldero viejo del almacén del bar, con el fondo abollado de tantos inviernos de patatas a la riojana. Golpeó suavemente con una cuchara de madera.
—Este ruido —dijo sonriendo con ironía— es la publicidad del alcalde. Puro ruido. Brillo vacío.
Los hombres del bar rieron, algunos con complicidad, otros con recelo.
—Mujeres, siempre buscando guerra —murmuró uno desde el dominó.
Pero ellas no querían guerra. Querían ser vistas de verdad.
Una madrugada de viento, la valla amaneció tapada con una sábana blanca. Sobre ella, pintado con spray rojo, se leía: «Ver lo que está delante de nuestros ojos requiere un esfuerzo constante».
El pueblo entero salió a mirar. Los niños, curiosos; los mayores, serios. Don Fermín llegó en su coche, con el ceño fruncido.
—¡Esto es vandalismo! —gritó.
Pero nadie respondió. Ni Rosa, ni Cristina, ni Mari Carmen dijeron palabra.
Solo el sonido del viento entre los almendros y el murmullo contenido de la gente. Por primera vez en mucho tiempo, el silencio del pueblo era respeto, no miedo.
Esa misma semana, el bar del Jubilado se llenó más que nunca. La televisión estaba apagada. Todos querían hablar. Cristina, con la voz algo temblorosa, fue la primera:
—No queremos un Alberite perfecto, alcalde. Queremos un Alberite de verdad. Con sus errores, con sus abuelos en la plaza y sus fiestas con lluvia. Eso es lo que somos.
Don Fermín la escuchó sin interrumpir. Su rostro, al principio tenso, se fue ablandando. Quizá por la sinceridad en la voz de la joven, o por el brillo emocionado en los ojos de Rosa, que lo miraba sin rencor. Julia, desde el fondo, añadió:
—Ser humano también es aceptar las grietas. Y aprender a vivir con ellas.
El alcalde se frotó las manos, suspiró hondo y no dijo nada.
Una semana después, sin previo aviso, la valla cambió. La misma estructura, la misma ubicación. Pero la imagen era distinta: la plaza llena de gente, los niños corriendo, los abuelos en el banco, la ropa tendida en los balcones, las paredes algo desconchadas.
Y una frase nueva, sencilla y luminosa: «Alberite: un pueblo que crece desde dentro».
No hubo inauguración. Nadie se atribuyó el mérito. Pero el domingo siguiente, el bar del Jubilado estaba lleno de risas. Rosa preparó un caldero de lentejas, Mari Carmen llevó pan, Cristina trajo vino y Julia una guitarra. Comieron en la plaza, todos juntos, mientras el sol se filtraba entre los árboles.
Cuando el alcalde llegó, dudó un segundo en acercarse. Pero Rosa lo llamó con un gesto amable: —Venga, Fermín, que hay sitio. Aquí somos todos imperfectos, pero comemos bien.

