

LIBRO PRIMERO
Capítulo I
Tenebras
«Ten calma, te lo ruego; no te desesperes… Están cargadas...Oigo las doce… ¡Sea lo que ha de ser! Carlota… Carlota… ¡Adiós, adiós!».
-Wolfgang Goethe-
«6 de enero de 2014»
«David»:
«Siempre comenzar es la parte más difícil y como me considero mejor escritor que conversador, preferí escribirte esto que platicártelo».
«Hace exactamente un año y un mes cuando todo se me vino abajo por enésima vez, platiqué con Ana, cuba en mano. Le decía que ya eran ocho años (ahora nueve) que no lograba un verdadero éxito. Cosa que me proponía, cosa que se venía abajo. No me sorprendió que el mismo día perdiera trabajo y escuela. Estaba ya acostumbrado».
«Está claro que “tengo pedos” en la cabeza, y graves. Porque supongo que todo hombre busca construir un futuro, espera, tiende a. Y parte esencial de la libertad humana es la voluntad, el querer, desear, tender».
«Y Ana me abrazaba y me decía “pero ¿qué quieres hacer ahora con tu vida?”. La respuesta es sencilla: quiero no querer. Ahí está la chingadera, pues es imposible porque entonces ya estoy queriendo algo…».
«La vida a mi parecer se compone de ciclos. Unos que abren la vida misma y el hombre lucha por cerrar. Otros que con trabajos abrimos y luchamos por que la vida no los cierre. Otros, los más cabrones, los abrimos nosotros mismos, y descubierto el error, es muy difícil cerrarlos. Su sombra nos cubrirá el resto de la vida».
«Hay grandes ciclos y hay secundarios. A veces es preciso cerrar unos con dolor para comenzar otros nuevos».
«Yo no soy un luchador como tú. A mí la derrota me abate. Y hace varios años me derribó. Perdí todo gusto. Por eso no tengo amigos, no tengo antojos… Por eso soy un mediocre».
«Cuando eso sucedió tomé una decisión (otra vez un acto de la voluntad), debía irme a la chingada, para no arrastrar con mi amargura a quienes me quieren. Pero tenía una responsabilidad de hijo. Faltó mamá y mi esperanza era esa boda tan deseada. Quince días antes se me vino todo abajo cuando supe lo que supe…».
«Vine con la esperanza de poder ayudar en algo y creo que se logró ese apoyo. El trabajo que surgió era demasiado grande para mí, me quedó gigantesco el saco y supe desde el inicio que no duraría tres años, por eso dejé la universidad».
«No me sorprendió que a cuatro días de salir de vacaciones me dijeran que a partir de enero no serían requeridos mis servicios. La verdad, fueron super buenos conmigo».
«Se cerró el ciclo. Y de nuevo me angustiaba la pregunta “¿qué quieres hacer con tu vida?” Solo quedaba un sueño: mi sueño europeo».
«Con el finiquito terminé de pagar la táblet y compré mi vuelo. Una vida sencilla, tal vez de campesino. Mi aburrida vida a la vera del aburrido Mediterráneo».
«Les deseo mucho éxito y todo lo mejor. Los quiero».
Terminé la carta toda de corrido, sin tachones, sin arrepentimientos, sin errores, con la mejor letra manuscrita que fui capaz. No me tembló el pulso. Simplemente me desvié del plan original y la escribí porque sentí que mis hermanos merecían al menos una explicación, por vaga y oscura que esta fuera.
Dejé la carta sobre la mesilla de la sala. Apagué el celular y lo lancé sobre la cama. Dejé las maletas a la puerta del departamento y salí.
Recorrí a pie esas mismas calles que hacía seis meses cruzaba a diario para ir a trabajar, para ir al abarrote, a las tortas ahogadas cada domingo por la mañana. Y no tuve nostalgia de caminarlas por última vez. Al contrario, tenía prisa, como si el oxígeno jalisciense me quemara los pulmones y ahogara el corazón. Sentía un nudo en la garganta, sí; pero era de emoción. Adrenalina de saber que, a partir de aquella noche, nada en mi vida volvería a ser igual, que emprendía un viaje del que no había retorno. Y no me equivocaba, pues si bien geográficamente sí volvería a Guadalajara, el viaje que emprendía en espíritu, en madurez, en libertad resultó mucho más importante que aquel autobús que me esperaba a media noche rumbo a la Ciudad de México.
Caminé a paso firme, pero con la pausa y la frialdad de quien tiene los tiempos controlados, sin darme cuenta en ese momento de que sería el tiempo, precisamente, quien me controlaría los siguientes cuarenta días. El tiempo no solo me controló a mí, sino que me torturó, exprimió hasta la última lágrima y me demostró que somos incapaces de contenerlo.
Llegué a la avenida Mariano Otero y tomé un taxi de vuelta a la calle Guillermo Hernández, número 5650.
Subí al departamento, tomé las maletas y cerré la puerta. No me permití un momento para echar un último suspiro o contemplar por última vez aquel
lugar. Sabía que tenía tiempo para hacerlo, pero no lo necesitaba.
A decir verdad, no recuerdo qué hice con las llaves. Mientras me alejaba en el taxi pensé que quizá habría sido mejor dejar la televisión de mi recámara encendida o no… pero la puerta cerrada y la carta dentro. Así David, al llegar pensaría que me había quedado dormido y podría él hacer lo propio, en paz, al menos esa noche.
Lo consideré demasiado tarde, había ejecutado el plan de fuga a la perfección según lo había comenzado a maquinar más de quince días antes. No hubo fallos ni contratiempos. Lo que quedara atrás ya no importaba.
Aquello pensaba mientras respondía con monosílabos a cualquier pregunta o afirmación que el conductor del taxi me dirigía. No me importaba. Estaba absorto en mis pensamientos, en disfrutar cada momento del viaje que rompería esos ciclos malditos que describía minutos antes en una carta que sembró tanto dolor y desazón en mis hermanos, aunque yo pensaba que les hacía un bien en alejarme. Saltaba de la barca como Jonás, consciente de mi maldición y convencido de que las calamidades que se cernían sobre la familia eran culpa y responsabilidad mía. Y así esperaba que me devorara una ballena y me llevara al fondo del mar para no salir de ahí, de la oscuridad del abismo.
De vuelta a la Ciudad de México, a la ciudad que me vio nacer. Hasta entonces aquel autobús lo había tomado varias veces, incontables. Pero estaba convencido de que aquella sería la última. Y dormí, por increíble que parezca, soñé plácidamente después de perpetrar aquel atropello emocional, tras lastimar enormemente a mis hermanos, quienes tanto me querían y me quieren. Entonces yo no me daba cuenta, no percibía que detrás de lo que veía como control, había preocupación; detrás de los interrogatorios (¿qué haces? ¿con quién vas? ¿a dónde vas? ¿qué horas son estas de regresar?) hablaba el cariño.
Dormí como hacía tiempo no dormía, pensando que los había librado del hermano torpe, de una carga pesada, de una preocupación inútil. «Así podrán hacer sus vidas felices sin mí». Sin tener que soportar cada seis meses una nueva historia de fracaso. Porque ese fue el meollo del asunto. Otro fracaso que no tuve las agallas para afrontar, que no tuve la voz para mencionar e hice lo que mejor sabía hacer: huir.
A mediados de diciembre pasado me habían comunicado por parte del colegio donde trabajaba que iban a prescindir de mis labores. Era una decisión tomada y no tenía ya nada que alegar. Ni siquiera la fuerza para ello.
Mientras me explicaban los motivos yo no escuchaba, únicamente zumbaba en mis oídos la palabra «fracaso», fuerte y clara. «Otro fracaso». «¿Cómo explicar
otro fracaso sin quedar como un tonto? Santiago, eres un tonto». «Pero no tienes que explicar nada…». Ahí se había originado la idea que ahora estaba materializando.
Solicité que antes de salir de vacaciones de Navidad me fuera entregado el finiquito sin falta porque viajaría.
Y hasta ahí no había mentira, estaba planeado con mis hermanos llevar a Navolato, Sinaloa, las cenizas de mis padres para que descansaran en paz donde siempre habían deseado.
Pero al tiempo que esperábamos aquel viaje luctuoso ya empezaba yo a mover cuanta influencia podía para llegar a París. Investigué, envié correos, mensajes y más misivas con la única intención de mudarme al país galo.
Cursaba quinto de primaria cuando se jugó el Mundial de Fútbol en Francia. Veíamos en familia algunos partidos, otros los veía a escondidas en la biblioteca del colegio, no tanto porque me interesara el deporte, sino por escapar de clases. Pero siempre en familia veíamos por la noche el resumen de José Ramón Fernández y la brillante comedia de Bustamante.
Fue entonces, gracias a Francia ´98, que descubrí que en el mundo había mucho más que el trayecto diario de mi casa a la escuela. Y soñé con aprender francés y un día visitar París. La meta se quedó clavada profundamente en mi cabeza.
Finalmente, mientras estábamos en tierras sinaloenses llegó una respuesta. Un anciano español viviendo a las afueras de la capital francesa necesitaba compañía y ciertos cuidados básicos. El hijo de aquel señor me ofrecía un techo donde vivir, alimento y una paga regular, ni mucho ni poco. Pero lo más importante: la oportunidad. En pocos días lo hablamos y solucionamos todo. Me ofreció comprar él mismo el vuelo, pues contaba con puntos o millas de alguna aerolínea. Ya después ajustaremos cuentas.
Parecía que la vida me sonreía finalmente. Insistí y subrayé que no tenía visado americano, que no comprara con escalas en el país vecino. Mi regalo de año nuevo fue la notificación de que se había comprado el vuelo por equis aerolínea, saliendo de Ciudad de México el día 7 de enero en la mañana. Tenía un voucher, pero no tenía un itinerario de vuelo.
Recuerdo el ronroneo del autobús y de cuando en cuando abrir los ojos para mirar un momento por la ventanilla, sin suspiros, ni lágrimas, sin expresión, y me quedaba dormido de nuevo.
El autobús había salido de Guadalajara en torno a la media noche. Ya era el alba y llegábamos a la estación de Observatorio. De ahí debía tomar el metro, toda la línea rosa hasta el final, hasta Pantitlán, donde trasbordaría a la amarilla hasta el aeropuerto, Terminal Aérea.
Frío 7 de enero, la ciudad aún dormía esa madrugada. No hubo tumultos en Tacubaya ni cantantes de subterráneo en Pino Suárez. Cruzamos el valle mucho más rápido de lo que esperaba.
Y ahí estaba con una maleta grande, una mochila, una almohada azul de viaje, bufanda gris a cuadros y chamarra de piel llegando al aeropuerto a punto de cumplir el sueño: París.
Me acerqué al mostrador y entregué mi pasaporte. Me avisaron de que el vuelo seguramente tendría retraso debido a las tormentas de nieve que sufría Estados Unidos aquel invierno y, así como los grandes lagos, se me heló la sangre al escuchar el nombre de aquel país.
—Todo está perfecto —sonrió la señorita de la boina inclinada y el pañuelo al cuello—, ¿me permite su visa, por favor?
Sonreí. Una parte de mí me decía que no me podría salir nada bien. Estaba claro: otra jugarreta de la vida, otra burla. No me frustré, salí de la fila disimulando buscar el documento solicitado y me perdí entre la multitud que empezaba a llenar la terminal.
Capítulo II
La
ciudad
«La ciudad tan conmovida violentamente por la desgracia, no puede levantar la cabeza del fondo del sangriento torbellino que la sacude. Los frutos de la tierra en los mismos tallos se secan; caen muertos los rebaños que pacen en las praderas, y los niños fallecen en los pechos de sus madres».
-Sófocles-
Debía despertar a más de nueve mil kilómetros de distancia, con una temperatura mucho menor, que me calaría hasta lo más profundo del alma, si es que aún la tenía por ahí escondida. A estas alturas ya lo dudaba. Esperaba ese 8 de enero de 2014 estar muy lejos y, sin embargo, me encontraba demasiado cerca de donde todo había comenzado.
Me duché temprano, me vestí y bajé a desayunar al bufet como me gusta: a tres tiempos. Ya que había pagado aquel hotel en el corazón de la Zona Rosa, debía desquitarlo. No tenía todavía ánimo para pensar en el siguiente paso hasta apurar el café y salir a la banqueta a fumar un cigarrillo.
Ya estando afuera decidí dar un paseo. El pequeño, pero caro, hotel se levantaba sobre la calle Londres, muy cerca de Hamburgo, donde estaba el departamento que me vio crecer los primeros meses de vida.
Cuenta Lucía, mi hermana mayor, que aquellos años en el mínimo departamento de Hamburgo no fueron precisamente de abundancia, sino de penurias y dificultades. Pensaba que quizá, veintisiete años atrás, mi padre recorrería aquellas mismas calles igualmente con el ceño fruncido y un tabaco en la mano pensando qué haría conmigo, qué haría ahora para darme de comer, qué sería de mí cuando fuera adulto. Así como un eterno retorno de los libros de Unamuno, solo que yo no lograba rebelarme contra el escritor de aquellas desventuras.
En medio de la oscura tempestad que atormentaba mi cabeza, algunas cosas sí tenía claras: no había marcha atrás, nadie debía saber que estaba tan cerca y era preciso resolver antes de que agotara el dinero.
Lo primero era buscar un lugar más económico para pasar las noches mientras descubría cómo enderezar el rumbo a Europa.
Deambulé algunas horas sin intención, sin prisa, sin destino, y de pronto me encontré en la esquina de Circuito Interior y Río Nilo. Hay ahí un modesto hotel, el Plaza Luar. Aparté una habitación y devolví mis pasos para recuperar mi maleta y enseres. Una vez instalado, me di de

