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De un país de fuegos

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DE UN PAÍS DE

Treinta y dos años bajo tierra

Hoy tenía el día libre, así que podía aprovecharlo para acercarse a la casa familiar que estaba a escasa media hora de su actual vivienda.

Aunque en ella ya no vivía nadie, aún guardaba allí muchas de sus cosas de la infancia y también de su etapa de estudiante en el Instituto y en la Universidad. Echaba de menos alguno de sus libros preferidos, fotos, cuadernos… Y también algunos poemas de ese tiempo.

¿Estarían en esa casa?

Seguramente sí, pero, claro, tendría que comprobarlo antes, buscarlos…

Cogió el autobús de la línea 32 y se acercó hasta ella.

Era una vivienda de casi cincuenta años —o más— de antigüedad, construida en un animado ba -

rrio de un, también, más que animado pueblo, ciudad se diría, lleno de tiendas, de bares, de comercios… Incluso tenía bancos, una sala de exposiciones, una urbanización entre los pinares, piscina municipal, un pabellón de deportes cubierto, idóneo para el deporte en los duros inviernos, y hasta un hotel. El cuartel estaba en una de las entradas del pueblo al lado de la carretera y muy pegado al castillo y al único paño de muralla que se conservaba, y que llegaba hasta la iglesia de la Plaza Mayor.

El edificio de cuatro plantas no había tenido nunca ascensor.

Dos de los vecinos que vivían en la última planta —ya entrados en años-— llevaban un año, seis meses y veinticinco días sin pisar la calle por la dificultad que tenían para bajar y subir escaleras. Igual le pasaba a otra pareja —también anciana— que vivía en una planta más abajo.

Aunque esta pareja llevaba más tiempo en esa situación, en dos ocasiones la había visto, la última vez hace cuatro meses, cuando el servicio de urgencias médicas tuvo que llevarla, con apoyo del Cuerpo de Bomberos, al hospital para corregir el alto grado de desnutrición que padecía, sobre todo ella, que tenía una avanzada osteoporosis. Pisar la calle no la pisaron, pero, por lo menos, pudieron verla a ras de suelo desde las camillas en las que trabajosamente los bajaron para hospitalizarlos.

Así que la comunidad, con el desacuerdo casi unánime de quienes residían en la planta baja, había decidido instalar un montacargas exterior.

Al llegar al edificio, aunque no se fijó con detalle en ello, supuso que, por los muchos materiales de obra que había en la calle, estarían instalando el imprescindible ascensor.

La verdad es que, con tantos materiales anárquicamente colocados por todos los sitios, más que la instalación de un ascensor o montacargas parecía otra cosa.

¿Estarían instalando eso o reconstruyendo el edificio de arriba abajo tras un bombardeo?

El tiempo le hizo un guiño y recordó que algo había escuchado o leído —tal vez, vivido— sobre ese suceso.

Según ese guiño, que no dejaba de ser más que un rumor popular, imaginado, pero posiblemente cierto, dicen algunas de las escasas personas que sobrevivieron a esa incursión aérea contra el edificio que al bombardeo le había seguido un cruel ataque con lanzagranadas, con fuego ligero de fusilería y con el de pesadas ametralladoras.

No le dio importancia a ese extraño acontecimiento, habladurías de la gente, y sacó de su bolsillo las llaves del portal.

Al abrir la puerta de entrada, que estaba rodeada de cascotes y sacos terreros, ya notó algo raro.

Subió las escaleras sorteando los amontonados escalones, los innumerables guijarros cruzados en los

descansillos, los montones de ladrillos superpuestos, rajados… Los pasamanos, doblados, retorcidos, sobresalían en las esquinas de las entreplantas como cuchillos oxidados, cortantes.

Con tantos obstáculos tardó casi una hora en llegar a la tercera planta en la que estaba su piso familiar.

Con dificultad, abrió la puerta de la casa. Tuvo que darle varios empujones. Algo desde dentro impedía que girara con normalidad. Con sofoco tras tanto empujón, al ver el panorama interior, dijo:

—Esto es peor que la guerra. Aquí no podré encontrar nada. Ni cartas ni poemas, nada.

¡Qué desastre! Todo está patas arriba. ¡Peor, peor que la guerra! Debía de ser más que cierto.

Nada más entrar en el recibidor vio el pasillo lleno de zanjas laboriosamente excavadas, seguramente con punzones, estacas o cinceles de madera y a mano, que se iban perdiendo, casi desapareciendo, en el fondo de la casa.

No había ni luz ni agua, pero en lo que parecía un antiguo salón-comedor, un enorme socavón de ocho o diez metros de diámetro con forma de embudo estaba repleto de ella. Era un agua verdosa, algo maloliente, sucia, que, tras las abundantes lluvias había quedado allí detenida en el tiempo como huella imborrable de la explosión de una bomba de quinientas libras caída hace meses, cuando empezaron los primeros ataques.

Todas las paredes tenían profundos agujeros, un sinfín de orificios —como de balas— de formas redondeadas y tamaños diferentes, especialmente en las proximidades del cuarto de baño, del trastero y de la terraza abalconada. Sin duda alguna, por esas marcas y los cientos de casquillos desperdigados por el suelo, allí debieron de ser muy serios y duros los enfrentamientos armados entre el Ejército de la Dictadura y las unidades guerrilleras para mantener el control de la vivienda y cortar las rutas de acceso desde su interior a la cocina, a la despensa y, sobre todo, a las cercanías del cuarto de baño, que era donde, supuestamente, la guerrilla tenía su radio rebelde, y a los tendederos. En ellos, y siempre bajo suposición del Mando Militar, estaba instalada una antena móvil clandestina, imprescindible para las diarias retransmisiones revolucionarias que iban informando del curso de la guerra civil a la población del bloque, del vecindario y de todo el territorio sometido por aquella Dictadura. El eco de sus ondas llegaba a países del mundo entero y sus mensajes se tenían que traducir a varios idiomas. Y eso, al Mando Militar lo traía de cabeza. No podía dormir pensando en destruir esa radio. Cuando pensaban que ya habían acabado con ella y con sus periódicas retransmisiones, la radio volvía a emitir cada día, puntual y a su hora, sus informaciones. Tres veces al día; nunca fallaba.

Por la mañana:

«Buenos días. Desde las montañas de nuestros territorios controlados, Radio 1932, la voz revolucionaria…».

A mediodía:

«Desde nuestras zonas bajo control, saludamos al pueblo…».

Y a las seis de la tarde:

«Buenas tardes. Desde las montañas…».

Loco. El Mando Militar estaba loco, obsesionado con Radio 1932, la voz revolucionaria.

Duros. No cabe duda; debieron de ser muy duros los enfrentamientos en esta zona de la casa.

Siguió mirando el bélico escenario en el que esta se había convertido.

En uno de los rincones de la galería que daba al patio interior había un montón de cajas de madera tableada. Por las indicaciones que llevaban grabadas, claramente visibles a corta distancia, eran las cajas de munición para los lanzagranadas empleados por el Ejército. En cada una había espacio para ocho artefactos, que eran de fabricación estadounidense. Así constaba en las etiquetas.

La casa, sin embargo, no parecía deshabitada.

Tras los rotos cristales y las desvencijadas persianas de las ventanas de las habitaciones, se escuchaban claramente voces, sonaban guitarras y alegres canciones. Toda la vivienda olía a café recién hecho, a pan dulce

horneado con leña seca de tamarindo, a tortas de maíz y a pupusas. Alguien vivía entre aquellas ruinas.

No se asustó, pero volvió a quejarse —con razón— de aquel desordenado paisaje de escombros.

—Aquí no encontraré nada. ¿Dónde podrán estar esas cartas, los poemas que guardaba? ¿Qué habrá sido de mis libros más queridos?

Con algo de alivio, pensó que aún conservaba alguno de esos poemas, pero lejos de esas ruinas. Y, tal vez, entre sus numerosos papeles y libros de literatura francesa aún vivos, hubiera cartas antiguas esperando que el tiempo no se olvidara de ellas.

Con cierta esperanza miró entre los restos de una de las estanterías que aún quedaban en pie, pero no encontró nada legible. Lo que no había hecho la humedad o la lluvia durante tanto tiempo expuesta a la intemperie lo habían conseguido hacer las termitas. Ni rastro de poemas. Nada. El tiempo se lo había llevado por delante, aparentemente.

De pronto, sintió un sabor a magdalena y a té caliente, a chocolate, y no pudo evitar que ese tiempo reapareciera ahora, para echarle una mano en su fracasada búsqueda.

—Buscaré en los libros de Proust o en los de Historia a ver si entre sus páginas encuentro algo.

Ahora ya no se oía nada en esa ruinosa casa. Las voces se habían callado, pero en el pasillo, por encima

de las zanjas, circulaba una leve corriente de aire con un agradable regusto a más té que café y a magdalenas cubiertas de chocolate.

Sin quererlo siquiera, una historia se coló en la vivienda y saltó entre los escombros, y el té caliente que esperaba encima de la única mesa que, a duras penas, se sostenía todavía.

Era una sensación que llegaba, casi inesperadamente, como una carta o un verso que hayan estado escondidos en un secreto agujero del monte durante muchos años, como un topo de guerra que, tras años de silencio enterrado vivo bajo el sótano de su casa, haya sentido el calor del sol, la luz de la vida, acariciándole de nuevo la cara.

Sin demora, sacó su lapicero y escribió en su inseparable cuaderno lo que la propia historia —voz, cuerpo y memoria al mismo tiempo— le iba dictando pausadamente, como si ayer fuera ahora:

«Susana» o «Chana» o «Isabel». Así se llamaba cuando la conocí.

En realidad, se llamaba Virginia Peña Mendoza. En la década de los años ochenta del siglo XX, el Ejército se la llevó por delante junto a su operadora de radio, «Paty», a «Douglasito», de doce años, hijo de esta, y a «Óscar», miembro de su seguridad, en un lugar llamado Cuevitas, en el Norte del país donde todos habían nacido.

Dos años antes de la emboscada de Cuevitas, «Susana» me había dicho que, dadas las circunstancias, no se daban las condiciones para continuar la campaña de alfabetización que se estaba desarrollando en las zonas que estaban bajo control de una de las cinco organizaciones clandestinas que existían en ese territorio.

Que podía irme o quedarme.

Dicho esto, decidí dejar la zona y el país, pero solo provisionalmente. Gracias a la protección de «Susana» salvé la vida.

Hace poco tiempo, en el municipio de Las Vueltas, situado en la zona donde teníamos alguno de los núcleos de alfabetización, un campesino encontró un contenedor de plástico en el que «Susana» había embutido y enterrado numerosos documentos, entre ellos, cartas y algunos poemas suyos.

Esos documentos, durante casi treinta y dos años, permanecieron bajo tierra en un «tatú», un agujero excavado en el suelo, cuya ubicación solo ella conocía.

Dicha documentación, tras el hallazgo, fue donada al Museo de la Palabra y de la Imagen de la capital del país.

Cuando conocí a «Susana» no sabía que fuese también poetisa.

Cuando supe que en Las Vueltas se habían encontrado esos documentos, poemas y cartas, hablé con una amiga que desde aquellos años hasta ahora ha mantenido fuertes lazos de solidaridad con ese país de fuegos y volcanes, y me dijo:

«Cierto. Encontraron esos papeles de «Susana». Entre ellos, una carta que yo le había escrito y que me ha sido devuelta hace poco».

Guardó el cuaderno, pensando que ahí acababa todo, que ya no había más palabras, pero la voz de la memoria le volvió a dictar:

Desde entonces pienso que todo aparecerá. Inesperadamente aparecerá. Como esas cartas. O como los versos que Virginia Peña le escribió a su compañero, poeta y guerrillero como ella:

Tu camino y el mío nunca

se podrán juntar: vienes cuando he partido llego cuando te vas… en mi soledad siempre, siempre en tu soledad.

Tras anotar esa historia y esos versos, releyó todo de nuevo y no pudo evitar una rabiosa y emocionada lágrima pensando en quienes, como «Susana», habían sido víctimas de las emboscadas que la vida enemiga les tendió para impedirles escribir sus sueños algún día.

Se secó esa lágrima y añadió un poema suyo a la historia:

Todo aparecerá

Las cartas perdidas y los sueños que se fueron no se vuelan de las manos para siempre, de la memoria de mañana o de ayer; son palabras, aliento de ahora, verdad todavía.

En un rincón guardan sus frases, sus luchas, como un tesoro que nombra lo sabia y lo injusta que es la es vida.

¿Dónde están que no las veo, hacia dónde uyeron con sus ojos? Si no tienen alas,

¿tendrán frío?

¿Será su nombre solo un recuerdo, un pasado escondido?

¿Dónde viven?

¿Se habrán ido? Para siempre…

¿se habrán ido?

Si fueron palabras encontradas, juntas alguna vez, una tras otra, separadas por

De un país de fuegos es una novela poética que fusiona la memoria personal y colectiva de un país marcado por la guerra civil y la represión. A través de un narrador que regresa a su casa en busca de recuerdos, se revela una historia de luchas guerrilleras, exilios y persecuciones. La poesía surge como testimonio de resistencia, especialmente a través de figuras como Susana y Lil, guerrilleras y poetisas, que dan voz a la esperanza, la identidad y la memoria de un país en ruinas.

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