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Cuentos y Aventuras

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Aventuras Cuentos y Javier Nava

IlustradoporPauMadrigal

La historia de Firulais

Había una vez una familia de dos perritos que eran muy felices juntos. Estos dos perritos decidieron unirse y pasar el resto de su vida juntos. Con el paso del tiempo tuvieron tres preciosos hijos. Rocky era el mayor, después nació Rulfo y, el último, Firulais.

Eran una familia muy unida, sus papás siempre buscaban que sus hijos jugaran entre ellos, que se defendieran, buscando que cuando pelearan entre sí lo hicieran, pero siempre manteniendo esa unidad que los caracterizaba.

Rocky tenía cuarenta y dos años, Rulfo tenía treinta y cinco y Firulais tan solo tenía veintiún años. Claro, todo esto en edad de humanos. En realidad, tenían, seis, cinco y tres años, eran muy jóvenes los tres.

Sus papás se casaron siendo unos perros muy chicos. Se conocieron en el famoso hotel para perros que se encuentra en Nueva York. Fueron en parte fundadores de ese magnífico lugar. Fue ahí donde conocieron a muchos perros y fueron muy

queridos por todos ellos. Constantemente están en contacto, pero el perro con el que más se hablan es con el chihuahua que vive en Beverly Hills.

Siempre les está contando de sus excentricidades y viajes, y a ellos los divierte mucho. Su dueña la consiente mucho.

Los papás de Firus eran una pareja muy alegre y eso se notaba porque siempre estaban moviendo la cola. Desde lejos contagiaban con sus sonrisas a la gente que tenía contacto con ellos. Toda esa felicidad que los rodeaba hizo que muy pronto tuvieron a su primer perrito. Estaban muy contentos, aunque Rocky les sacaba canas verdes, porque siempre fue un perrito muy travieso y acelerado desde pequeño.

Además, que al ser papás por primera vez había muchas cosas que nunca habían experimentado. La energía que tenía Rocky desde chico, sigue presente hasta el día de hoy, y se nota en todas las cosas que emprende e inicia, ya que no se da por vencido. Es un perro sumamente inteligente, siempre que hacía travesuras salía bien librado, siempre planeaba bien lo que iba a hacer para que no lo cacharan.

Un año después llegó el segundo perrito. Rulfo vino con un poco menos de energía. Desde pe-

queño era muy dormilón, solo buscaba comer para después poder dormir pegadito a su mamá para estar calentito. Poco a poco sus papás fueron obligándolo a que saliera con su hermano a jugar y a divertirse, se estaba perdiendo muchas cosas. Siempre acompañaba a Rocky en todas sus travesuras, pero como era algo despistado siempre lo cachaban a él, aunque no hiciera nada, solo por el hecho de estar en el lugar y no esconderse a tiempo. Digamos que no era el más brillante de la familia, hasta se podía notar un poco de torpeza en su andar.

Un día salieron los dos muy temprano de su casa para planear una travesura, pero Rocky ya tenía algo en mente, ya hasta había pensado cómo escapar para que así cacharan a Rulfo y no a él. Era muy ingenioso, y esto generalmente le funcionaba, Rulfo no se daba cuenta de los planes de su hermano. Esa mañana sus papás todavía estaban dormidos cuando salieron sin hacer ruido, se tuvieron que cortar las uñas porque hasta eso podía despertar a su mamá, que era la que tenía el sueño más ligero. Se dirigieron al patio de atrás de su casa, porque la broma iba dirigida a un gato que vivía atrás. En realidad, este gato no hacía nada, no se metía con

nadie, era un muy buen vecino, pero ellos simplemente eran traviesos. El sol no había salido, estaba muy oscuro afuera, por lo que empezaron a cavar un hueco en medio del jardín del gato. Como este gato no era muy grande, el hueco que cavaron era pequeño y no tardaron mucho, en realidad, terminaron antes de que saliera el primer rayo del sol.

Cubrieron el hueco con hojas y unas ramas del árbol de su misma casa para que no lo viera y se cayera cuando saliera a recoger su periódico. Si esto no era suficiente, pusieron unos cascabeles en el fondo para que hiciera aún más ruido y se rieran mucho tiempo. Ya estaba casi todo listo, esperaron alrededor de diez minutos para que pasara el repartidor de periódicos. Rocky dio la orden desde su escondite, solo faltaba que Rulfo pusiera el último cascabel en el hoyo, pero por querer correr tan rápido Rulfo cayó en su propia trampa, haciendo muchísimo ruido y no solo eso, se rompió una pata. El perrito lanzó unos aullidos que hizo que tanto el gato como sus papás salieran corriendo al patio. Rápido acudieron a ayudar a Rulfo, que estaba dolorido. Rocky, que seguía escondido, al ver todo esto corrió a su casa, se puso su pijamas y se metió

de nuevo a la cama con una gran sonrisa en la cara, pero no por el dolor de su hermano, sino porque la situación era graciosa, no podía creer que su propio hermano hubiera caído en la trampa que ellos mismos construyeron. Sus papás sabían que esto no lo había podido planear Rulfo solo, por supuesto que era obra de Rocky, pero no se pusieron a averiguar, lo primero que hicieron fue llevar a Rulfo al hospital. Afortunadamente para Rulfo, iba a estar totalmente bien, solo iba a ser cuestión de descansar un par de semanas con la pata enyesada.

Como castigo a Rocky, que después confesó que él lo había planeado, le pidieron cuidar de Rulfo. Así que se la paso encerrado cuidando de su hermano. Y por esta razón fue que sus papás decidieron darles otro hermanito, como protección de Rulfo.

Unos años después, nació Firulais. Este perrito desde pequeño demostró gran afecto por sus padres y hermanos, siempre buscaba cómo ayudar en la casa y agradar a Rocky y Rulfo, tratando de imitarlos y seguirlos. Era muy querido por todos, siempre que alguien veía a sus papás en la calle le mandaban saludar o les preguntaban por él, estaba presente en la mente de todos, y de buena manera.

En cambio, Rocky y Rulfo, todo el mundo los identificaba porque andaban metidos en líos.

Está demás mencionar que Firulais era el que mejores calificaciones sacaba en la escuela, siempre era para todos un ejemplo a seguir.

El viaje de Firulais

Los días transcurrieron en la ciudad de los perros sin muchos sobresaltos, en realidad fuera de las travesuras de Rock y Rulfo, nada interesante pasaba. Era una ciudad un tanto aburrida, por eso los hermanos de Firulais siempre estaban en busca de nuevas aventuras. Los dos perritos cumplieron con su castigo, la pierna de Rulfo ya había sanado completamente y ya podían salir a jugar nuevamente a la calle.

Firulais siempre tuvo la idea de hacer algo más grande que las simples travesuras, él quería crecer, aprender del mundo, no quería pasar todo su tiempo en la ciudad de los perros. Esto no significaba que no quisiera a su familia, al contrario, él quería que sus papás vieran la capacidad que tenía para cambiar el mundo. Claro, esto era pensar tal vez demasiado en grande, pero él sabía que si no renunciaba a sus sueños algún día los alcanzaría trabajando mucho.

Sus dos hermanos constantemente le pedían que fuera a jugar con ellos a la calle, lo que probablemen-

te significaba hacer travesuras. Pero él no se dejaba influenciar como Rulfo, al contrario, le daba la vuelta a Rocky y en algunas ocasiones hasta los convencía de quedarse a contar historias en su cuarto.

Pero una tarde de verano, el calor era sofocante dentro de la casa, por lo que no resistió las ganas de salir a la calle, buscar algún grifo y mojarse con sus hermanos y amigos como perros jóvenes que eran. Claro que sabía divertirse de esta forma, por lo que ese día estando en la calle bañándose vio en un callejón a un gato que se encontraba en apuros. Resulta que había dos perros a los que les encantaba hacer sufrir a cualquiera que se viera indefenso o de menor tamaño que ellos. A nadie de la colonia le caían bien esos perros, eran grandes, negros y apestaban porque no se bañaban, solo se la pasaban buscando animales que molestar. Firulais escuchó los aullidos del pobre gato, y no lo pensó dos veces, corrió en seguida a ayudarlo. Ninguno de sus hermanos se dio cuenta de que Firulais había ido a ayudar al gato, porque ellos seguían muy entretenidos mojándose en el grifo de la calle. De repente escucharon un ladrido fuerte y en seguida reconocieron que era Firulais, el tono del ladrido era de alerta, por

lo que corrieron a ayudarlo, ahora eran tres perros y un gato en contra de los dos bravucones, aunque el gato, de lo asustado que se encontraba, no era de gran ayuda, pero siempre ayudan un par de garras en momentos como este. Se avecinaba una pelea entre los perros, sin embargo, pronto llegaron más perros a apoyar a Firulais, Rocky y Rulfo. Sin darse cuenta, los dos perros se encontraban rodeados por más de ocho perros mojados y molestos, pero no porque fueran peleones, sino porque ya estaban hartos de tener que aguantar todos los malos ratos que les hacían pasar este par de perros para nada. Pronto se dieron por vencidos, pues vieron que nunca saldrían de esta pelea con una victoria; definitivamente, los animales buenos son muchos más que los malos, por lo que se retiraron y juraron no volver a molestar a nadie, sabían que estarían en graves problemas de volverlo a intentar.

Todos estaban muy felices, al fin habían podido vencer a sus dos grandes temores y enemigos que siempre los amenazaban. El más feliz fue Firulais, porque vio cómo todos fueron a ayudarlo, aunque tengo que decir que los perros se quedaron un poco sorprendidos cuando se dieron cuenta que Firulais se

metió en este problema por ir a ayudar a un gato. Ya sospechaban que Firulais era un perro diferente y con esto les quedó más que claro que tenía ideas grandes.

El acto de Firulais fue tema de plática toda la semana en la ciudad de los perros, simplemente, no podían creer que un perro haya ido a ayudar desinteresadamente a un gato. Esto cambió la forma en la que los papás perros educaban a sus hijos desde pequeños. Ayudar al prójimo era algo que se perseguía, ya que nunca sabían cuándo ellos mismos necesitarían ayuda de alguien más. Los papás de Firulais no podían estar más orgullosos de sus hijos, de los tres por igual, ya que Rulfo y Rocky fueron en ayuda de Firulais de inmediato, no titubearon ni cuando se dieron cuenta de que todo era por salvar a un gato.

La educación, valores y el amor de familia que sus padres imprimieron en ellos al fin había dado frutos.

Este incidente cambió la manera en que Firulais veía las cosas y moldearía su carácter de una forma que nadie, a excepción de su madre, esperaba. Ella sabía desde que lo tuvo por primera vez en sus brazos que este perro cambiaría la vida de las personas y había llegado el momento.

Firulais emprende el camino

El momento de dejar su casa había llegado, Firulais sabía que debía separarse de su familia por un tiempo para poder seguir lo que su corazón le decía, y esto era ayudar a los demás.

Firulais fue en busca de su nuevo amigo, el gato, del cual aún no sabía su nombre. Al llegar al callejón donde vivía el gato, lo primero que hizo fue presentarse formalmente.

—Buenos días, señor gato, mi nombre es Firulais. Es un gusto por fin conocerle.

—Buenos días, sí, ya sé su nombre, usted es muy famoso por estos rumbos. Mi nombre es Misifus, encantado de conocerlo. Pero pase, ¿quiere tomar una taza de té?

—Muchas gracias, con gusto se la acepto.

Ambos animales entraron a la casa de Misifus, el gato. Estuvieron platicando por dos largas horas sobre sus familias, sus gustos y sus amigos, en general, todo lo que pueden platicar dos personas que se acaban de conocer, además era uno de esos días

soleados, donde con tan solo sentir los rayos del sol te pones de buenas.

Misifus le preguntó a Firulais el motivo por el cual había ido a ayudarlo el día que los perros lo atacaron, y la respuesta de Firulais fue muy simple:

—Porque estabas en aprietos.

A Firulais no le gustaban las injusticias y eso era más que suficiente para ayudar al gato.

Firulais había venido a ver al gato para hablarle de cómo cambió su vida después de este suceso y que muy dentro de él crecía esta necesidad de ayudar a los demás. Aún no tenía un plan elaborado, pero sabía que debía de hacer algo. Le propuso a Misifus que juntos emprendieran un viaje sin rumbo, a donde los llevara el destino. En un principio Misifus dudó del plan de Firulais, pero también le resultaba muy interesante lo que podría descubrir en caso de aceptar la invitación de Firulais. No lo pensó mucho tiempo y aceptó. Ambos estaban muy felices por lo que este viaje les podía deparar. Acordaron que saldrían de la ciudad la semana siguiente, esto para que pudieran empacar su ropa y alguna que otra cosa que pudiera servirles en el camino.

Firulais no planeaba contarles nada a sus papás, al menos hasta que se acercara la fecha en la que se iría de casa, sin embargo, su mamá ya lo presentía, tenía ese instinto maternal que le hacía intuir lo que sus hijos tenían en mente. Así pasaron los siguientes seis días, sin ningún sobresalto, pero Firulais sabía que el momento de contarle a sus padres había llegado. Así que, sin retrasar más el momento, reunió a toda su familia en la sala de estar de su casa. Una vez que todos se reunieron, les platicó con calma qué es lo que había experimentado el día en el que fue en ayuda del gato y que sabía que su destino era ayudar a las personas, y en este caso era fuera de su ciudad, por lo que tenía que irse lejos por un tiempo. En un principio sus papás dudaron un poco, sobre todo su mamá, que es la que más miedo tenía, pero entendieron que su hijo había nacido para hacer cosas diferentes a la de sus hermanos. Estaban tristes porque su hijo se iba a ausentar, pero también estaban muy felices de que Firulais hubiera descubierto su razón de ser. Esa noche, la mamá de Firulais preparó la cena más grande que jamás hayan visto, más grande que la que se preparaba en Navidad, pues tenían que celebrar este aconte-

cimiento. Todos disfrutaron mucho el banquete, la plática, los recuerdos y las bromas que habían hecho los tres hermanos juntos. Esto no era un adiós, era un hasta pronto.

Firulais se fue a dormir muy contento esa noche, pero nervioso porque nunca se había alejado tanto de casa. Al despertar, agarró sus cosas, le dio un abrazo a toda su familia y se fue en busca de Misifus. El gato ya lo esperaba con todas sus cosas listas, así que sin demorar más empezaron a caminar hasta la estación de trenes. Ya estando en la estación compraron un boleto con destino a la aventura…

La isla de los camellos

Una vez en el tren los dos amigos se pusieron a platicar sobre las cosas en común que tenían, cuáles eran sus juegos favoritos, su comida favorita.

—A mí me encanta la leche caliente —dijo Misifus, mientras sacaba de su mochila una cajita con su leche favorita. Firulais, como era un perro no era muy fanático de la leche, pero sí le aceptó un trago una vez que Misifus le ofreció.

Por las ventanas del tren se notaba que la temporada de lluvia había llegado a tiempo, todo se veía alegre, los árboles estaban llenos de frutos, las plantas tenían sus flores de colores, solo de ver el paisaje hacía que sonrieras. Tanto Firulais como Misifus estaban maravillados por lo que sus ojos podían ver. El tren seguía su camino, sin embargo, empezaba a disminuir su velocidad. Las personas encargadas de la seguridad de los vagones se movilizaban a lo largo del tren, preparando la llegada a la terminal. Algunos pasajeros ya hasta habían agarrado sus maletas de mano, se ve que no querían perder tiempo.

Acompaña a Firulais y a Misifus en grandes aventuras a lo largo de diferentes islas, donde se encuentran con desafíos peligrosos e historias divertidas, prevaleciendo la gran amistad y cariño que se tienen los dos amigos. Navega a través de diferentes mares, conociendo a diferentes personajes y paisajes. Firulais siente dudas a lo largo del camino, pero siempre guiado por la convicción de ayudar sale adelante en todos los retos que se le presentan.

Valores implícitos

La amistad, lealtad y el trabajo en equipo acompañan a Firulais por todo su recorrido. Siempre con un gran respeto por la familia y coraje para continuar en los momentos difíciles.

Suricatos

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