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Conversación con la mente y la muerte

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Héctor Sahagún

Conversación con la mente y la muerte

Ilustraciones: Guillermo Romo y Fernando Fonseca


Conversación con la mente


Estábamos unidos por el alcohol y la energía. Me dejaste usar tu mundo para buscarme una salida. Mas palabras ya no encuentro, mi futuro es mi tormento. Y si la vida fuese un sueño… Entonces sé que estoy despierto.


Índice

Si no duele no existe....................................................... 13 Mi lugar preferido........................................................... 25 Nudo, sangre y pus......................................................... 33 Juicio espejo..................................................................... 41 Un calor hogareño.......................................................... 51 Nacimiento....................................................................... 59 Nuevo............................................................................... 67 Epílogo............................................................................. 73


t Si no duele no existe

«Es interesante, incluso poético, que hoy sea domingo. Es como si mi mente siempre hubiera sabido que llegaría este momento, prediciendo las sensaciones y avisándome del peligro. Aterrándome cada semana desde que tengo memoria».

Domingo, 27 de agosto de 2023

Me pesa el alma… Mis manos están entumecidas y mi

respiración se acelera si no tomo conciencia de ella. No hace frío pero mis músculos tiemblan, es una sensación tan conocida que me resultaría desconcertante no vivirla un día como hoy. Me ahogo en un mar negro de sensaciones de desesperanza y miedo. La ansiedad me abraza con tanta fuerza que siento reventar mis órganos… Una vez más. Creo que no recuerdo un solo día que este endiablado ente no se pose sobre mi cabeza, obligándome 7


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a odiar el mero hecho de existir. Aunque, con el tiempo, he aprendido a enamorarme de mi demonio. Es una especie de síndrome de Estocolmo en el que un trastorno gana mi pleitesía con la idea de hacerme sentir especial con respecto al resto de las personas, aunque sea negativamente. Como una noche nublada difuminando la luz de las farolas. Belleza en lo oscuro y triste. Se oyen sirenas ahí fuera, las luces intermitentes iluminan la oscuridad del salón. Veo los cuadros teñirse de azul, sombras alargadas recorren las paredes y parece que todo se mueve, que todo baila, que todo está vivo… Menos yo. La mente no filtra la espontaneidad de las ideas de autoinculpación. Sensaciones descomedidas campan a sus anchas por las puertas de mi subconsciente provocando una sobreestimulación de un cerebro dañado que amplifica el dolor hasta de las situaciones más baladíes. Me nublan tantos pensamientos y recuerdos. Deseo que sean solo parte de una cruel pesadilla que me provoque un amor más fuerte por la realidad que me espera cuando mi sueño acabe. Pero no es así. Solo despiertan recuerdos dolorosos. Una vivencia pasada aumenta su notoriedad con respecto al resto de los pensamientos. Vuelvo a despertar como cuando era un niño. Vuelvo a tener miedo. 8


Lunes, 7 de octubre de 2002 Estoy despierto, llevo horas despierto. Son las cuatro de la mañana y me encuentro tumbado en la cama empapado en sudor. Tengo mucho frío. Veo luces que se cuelan entre las rendijas de la persiana y se posan en el techo sobre mi cama. Cuento cada una de ellas para evitar dar libertad a los pensamientos que me mantienen desvelado. Tengo pánico a mi futuro. Tengo pánico de mi aspecto. Me levanto para intentar despejarme. Salgo de mi habitación y camino en silencio por el pasillo con las manos acariciando las paredes. Al llegar al baño enciendo la luz y cierro la puerta con cuidado. La temperatura es más fría, imagino que por el mármol. Sentir el frío me provoca una ligera sensación de bienestar. Me siento en el suelo y observo, con ira, mi rostro reflejado en el espejo de las mamparas. —¿Por qué eres así? —susurro—. ¿Por qué haces esto? Mi mente empieza a pensar más rápido y me recuerda todo lo que me avergüenza de mí, me recuerda todos mis errores, me insinúa que la gente me odia y que yo mismo debería odiarme. Siento que me ven tan patético que no puedo evitar avergonzarme de mí mismo. 9


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Agacho la cabeza y clavo mis uñas en mi nuca, el dolor castiga los malos hábitos. Noto la piel arrancándose y mis ojos comienzan a humedecerse… Poco a poco los pensamientos se disipan en el vacío y puedo volver a mirarme a los ojos. —¿Por qué eres así? —susurro de nuevo, está vez con la voz entrecortada por los sollozos. Sentado, en silencio, con la mirada fija en mi reflejo. Mi rostro no muestra odio, sino pena. Siento pena de mí. Siento pena por el niño del espejo, está destrozado y es todo por mi culpa. Siento una enorme culpabilidad. Pasan los minutos y el único movimiento perceptible es el de una pequeña lágrima deslizándose por mi mejilla. —Debo volver a la cama, mañana tengo que ir al colegio. Me reincorporo y trago un poco de agua del grifo del lavabo, centrándome en la sensación fría que deja por mi garganta. Ser consciente de esas sensaciones me genera tranquilidad. Abro la puerta del baño, aprieto el interruptor de la luz y ando hacia mi habitación. En mitad del pasillo me golpea un pensamiento. 10


«No has apagado la luz». Me giro para cerciorarme, no quiero que me riñan mañana. Todo está oscuro, mis ojos me dicen que la luz está apagada, pero ¿y si me mienten? Cualquier persona confiaría en ese sentido, pero yo no puedo. Debo volver. Aprieto la yema de mi pulgar izquierdo sobre la parte superior del interruptor y lo mantengo los suficientes segundos como para provocarme dolor. Ahora estoy seguro, el dolor no miente. Si algo no duele no existe. Vuelvo a la cama tranquilo. ¿Por qué soy así? Domingo, 27 de agosto de 2023 Mi cabeza está colapsando. Una vez leí que el sonido es al oído lo que el pensamiento es a la mente. Pues mi cabeza es una jodida estación de metro en hora punta. Recuerdos, sueños, ideas desordenadas se aglomeran negándome la claridad y la comodidad del silencio. Me pongo en pie, temblando aún, y coloco un cono de incienso en la pequeña caja de madera decorada con mandalas que corona el mueble del salón. Prendo el vértice y vuelvo a sentarme. El incienso emite una tenue luz roja que resalta entre el intermitente azul. He visto esa luz muchas veces 11


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en mi vida, pero jamás la vi tan hermosa y efímera. Hoy no la veré apagarse. El ambiente está empapado de olor a incienso y parece que me calma. Me siento en una silla cercana a la ventana del salón, con la mirada clavada en un juguete que me regalaron hace años, y sonrío. Mis obsesiones tornan en recuerdos de meditaciones pasadas. Coloco mi espalda recta, mis manos descansan sobre mis piernas y mis pulmones se llenan tras siete segundos de inhalación. Expulso el aire junto con mis miedos. Parece que el tiempo se detiene. Inhalo lentamente, con los ojos cerrados, y solo escucho la aguja del reloj de pared. Exhalo. Vuelvo a inhalar… Y se hace el silencio. Al abrir los ojos me encuentro dentro de mí. Un espacio en blanco con una temperatura cálida acompañada de una leve brisa más fría. Solo escucho mi propia respiración. Frente a mí comienza a mostrarse una figura, una especie de humo formando, poco a poco, lo que parece ser una silueta humana de baja estatura. Voces susurrando aparecen paulatinamente, son demasiadas y no logro entender qué dicen. 12


Veo unos ojos claros mirándome entre el humo. El silencio se ahoga entre las voces susurrando cada vez más alto y deja de soplar la brisa. El ambiente torna frío como la nieve. Las voces callan de golpe y la figura, ya formada, se encuentra frente a mí. Veo a mi yo de once años con la mirada perdida. Miércoles, 07 de marzo de 2001 Tres días al año se me valora, hoy es uno de esos días. Hoy nos dicen nuestras notas del colegio, no puedo estar quieto en mi pupitre porque dentro de poco es mi turno. Siento que toda mi vida se basa en los números que salgan en la hoja que guarda mi profesora sobre su mesa. La presión que siento es tan fuerte que incluso me pitan los oídos. Mis manos apoyadas en la mesa dibujan con el sudor su perfil. Intento distraerme… Giro la cabeza hacia la ventana y veo palomas volar. La profesora llama al siguiente alumno por orden alfabético, yo soy de los últimos. Estoy nervioso, pero creo que he aprobado todo, si no, mis padres se enfadarán mucho conmigo. Miro hacia mi derecha, dos compañeras hablan de sus notas. Suelen sacar buenas calificaciones, aunque 13


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se quejan de que el último examen de literatura no entre en la media. No entra en la media… En ese instante un cuchillo de hielo parece que recorre mi garganta cortando y helando mi pecho hasta el corazón. Soy incapaz de tragar saliva, mi visión se oscurece por la periferia y noto mis latidos en la parte trasera de la lengua. Necesitaba esa nota para aprobar. ¿Puede ser que haya suspendido? ¿Qué significará en mi vida? Los segundos son minutos divididos en sesenta punzadas en mi cabeza. La presión me impide mover los dedos que, involuntariamente se cierran hacia mí. Una eternidad después escucho mi nombre. Domingo, 27 de agosto de 2023 El espacio blanco que nos rodea comienza a dibujar un lugar específico: La casa donde pasé mi infancia. Reconozco ese momento, apoyado en el marco de la puerta de su habitación hay un niño vacío y perdido. Me acerco con calma. Sé qué está pensando… Recuerdo perfectamente esa sensación. Estoy reviviendo en mí el dolor emocional que está sintiendo: Culpa y decepción. Pero, sobre todo, culpa. Me sitúo frente a él y le 14


rodeo con mis brazos. Con suavidad le aprieto contra mi pecho, pero no me devuelve el abrazo. Su tacto es frío, como si la sangre no corriera por su cuerpo. Aun así, mantengo la presión. Quiero que sepa que no le juzgo, que todo está bien, que no ha hecho nada malo. Al separarme de él, veo en su rostro un cambio de expresión. Me mira a los ojos con más odio del que hace un momento sentía por sí mismo. Su mirada penetra entre todas mis emociones y congela mi voluntad, como una marioneta colgando en el aire espero el último movimiento de quien ahora maneja mis hilos. —¿Por qué lo hiciste? No sabías ni sus nombres… ¡Solo querías el silencio! —grita, sin apartarme la mirada, mientras frunce el ceño. Comienzo a notar calor en las manos, las aparto de su cuerpo y agacho la cabeza lo más rápido que los músculos agarrotados por el pánico me permiten. Veo que están cubiertas de sangre. El tacto caliente empieza a ser insoportable, aumenta tan rápido de temperatura que en pocos segundos la sangre me quema las manos. Mi yo de once años comienza a gritar. De su frente emergen venas hinchadas por la ira con la que me juzga, su cuerpo se tensa y sus ojos tornan en una mezcla heterogénea de blanco y rojo. 15


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Sus gritos son cada vez más fuertes y generan una enorme presión en mis tímpanos. Me tapo los oídos con mis manos ardiendo provocándome quemaduras en la cabeza. El ruido es más insoportable que el dolor. Noto cómo mi carne se ablanda y mis dedos se hunden hasta tocar mi cráneo. Intento suplicar que pare, pero mi voluntad le sigue perteneciendo. Cuando siento que mis tímpanos están a punto de estallar, veo que su cuello se abre horizontalmente por la garganta como si un cuchillo le estuviera cortando de lado a lado, su grito se ahoga entre borbotones de sangre que me empapan la cara, obligándome a cerrar los ojos. El dolor desaparece. Solo existe el silencio. Al abrir los ojos vuelvo a la realidad. Confuso y aturdido comienzo a escuchar un pitido constante que también me resulta muy conocido. Lo he sentido muy real y así ha debido ser. Me duelen los oídos y las manos. El dolor no miente. El niño sonrisas no sabe a dónde ir, camina sin prisas pensando en morir. 16


Pues todo su mundo se ha roto en pedazos al verse un inútil que causa rechazos. Y todo lo amado le dará de lado. En su gesto guarda su oscuro pecado. Viernes, 09 de marzo de 2001 Todavía siento el frío en mi nuca de cuando vi el suspenso. Tengo tanto miedo de contarlo… Pero aún quedan dos semanas antes de recibir el boletín de notas. He fracasado y creo que no soportaré la decepción en los ojos de mis padres. Tengo miedo de su reacción, de sentirme tan inútil. Siento culpa, una terrible culpabilidad y vergüenza. Todo mi mundo se desmorona. Este secreto me apuñala desde dentro de mi estómago. Soy una vergüenza. Debo disfrutar estas dos semanas, fingir que todo está bien y el último domingo... Marcharme para siempre, pero aún dudo de si del hogar o de la vida. Veo el mundo desde el coche, el sol vuelve a calentar tras meses de frío y pocas nubes dibujan el cielo. 17


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Siento tan cerca el final de lo que soy, que empiezo a valorar todo lo que siempre me rodeó, todos los pequeños detalles. Agacho la cabeza hacia una revista de curiosidades. «¿Existe la suerte?». Reza el título de su artículo principal. Sí existe, a mí me ha echado a un lado. Vuelvo a mirar por la ventana. Veo una gasolinera con cafetería. No creo que ninguna de las personas que se encuentren allí se hayan sentido nunca tan miserables. Realmente no creo que nadie que haya pasado por esto se sintiera tan miserable y culpable… ¿Por qué soy así?

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En la madrugada de un domingo algo ha cambiado ¿Cómo he llegado a esta situación? Los pensamientos y recuerdos despiertan las vivencias pasadas de una mente enferma. Un viaje de sensaciones y dolor, una experiencia depresiva que te acerca a comprender cómo se convive con

499906 788418 9

ISBN 978-84-18499-90-6

una enfermedad mental.


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