LA EN
MOCHILA
Literatura comparada. Adaptación literAria


CAPÍTULO 1
Desde las alturas
CampAnario de lA Catedral de Vetusta. 2 de oCtubre.
e ra feo. Muy feo. Doce años de fealdad genética le contemplaban. Tenía un rostro mal distribuido. Orejas grandes. Boca torcida. Ojos hundidos, casi invisibles. Cabeza ovalada. Era el encargado de tocar la campana de la Catedral de Vetusta. Se llamaba Celedonio y tenía fama de depravado. El ruido de unos pasos alertó al adolescente. Era Fermín de Pas, el provisor y magistral del obispado. El segundo cargo eclesiástico más importante de la ciudad. La presencia del clérigo intimidó a Celedonio.
—¿Qué haces, Celedonio? —preguntó con tono grave Fermín de Pas al deforme adolescente. El magistral era alto. Nariz aguileña. Barba cuidada. Mentón prominente. Corpulento. Ambicioso. Soberbio. Inteligente. Rondaba los treinta y muchos. Especialista en filosofía escolástica.
—Ya me voy del campanario, señor —contestó Celedonio torciendo más la boca debido a su nerviosismo.
—Baja con cuidado las escaleras.
—Sí, señor.
Desde la altura del campanario De Pas agarró con fuerza el catalejo cuando escuchó bajar al desagradable adolescente. Dirigió el instrumento óptico hacia la Plaza Nueva, en concreto, a la mansión de los Ozores. No vio a nadie en el jardín. Dirigió los anteojos al barrio de la Encimada, compuesto por grandes casas y viejos conventos. Al sudeste de la ciudad se multiplicaban los obreros y sus diminutas viviendas junto a las incipientes fábricas. La miseria de aquellos barrios de proletarios le resultaba indiferente al magistral. No creían en la redención, ni en una vida mejor en el más allá. La pobreza les impedía reconocer la fe y la resignación cristiana. Al Oeste contempló las lujosas viviendas de los americanos, los emigrantes espa-
ñoles que había hecho fortuna en América. Derrochaban dinero y hacían ostentación de su fortuna. El clérigo los despreciaba a todos.
CAPÍTULO 2
El arcipreste
Catedral de Vetusta
Ala salida de la catedral se congregaban la mayoría de los eclesiásticos entre bostezos, hastío, tedio e indiferencia. Cayetano Ripamilán, arcipreste de la diócesis de Vetusta, nombrado por el obispo hacía tantos años que nadie se acordaba de tal suceso, parecía un fósil viviente. Setenta y muchos años arrastraba el arrugado anciano. Parecía un pingüino de poca estatura, escaso pelo y muy delgado. Solía mirar ladeando la cabeza y cerrando el ojo derecho como una gallina desplumada. Le acompañaba Restituto Mourelo, un eminente clérigo con una pequeña malformación en el hombre
derecho. Envidiaba al magistral por su físico y su cargo. Fermín de Pas no solía quedarse con los demás, los aborrecía, pero en esta ocasión quería hablar a solas con el arcipreste. No encontraba la ocasión, Mourelo parecía la sombra del viejo pájaro. El magistral había visto a la regenta, Ana Ozores, casada con el exregente y juez, ahora jubilado, Víctor Quintanar, en su confesionario. Este acontecimiento le pareció extraño, muy extraño.
—Señor de Pas —dijo el arcipreste ladeando la cabeza—, deseo hablar con usted… a solas.
Mourelo bajó la cabeza y su cuerpo se contrajo disimulando su ira y su rabia. No podría enterarse de la conversación entre el ladino magistral y el viejo arcipreste. Una fingida sonrisa surgió del rostro de Mourelo a modo de despedida. Apareció el poco agraciado Celedonio y esperó pacientemente a que Restituto Mourelo se hubiese ido a instancias de una señal del arcipreste.
—Ahora puedes hablar, Celedonio —dijo Ripamilán.
—Señor… la regenta ya no se encuentra en el confesionario.
—¿Estaba sola?
—No. Le acompañaba otra… señora.
—¿Dijeron algo?
—Sí. Iban al Espolón (paseo de Vetusta).
—¡Al Espolón! ¡Al Espolón! ¡Vamos, Fermín, dese prisa!
—Pero… —balbuceó el magistral.
El arcipreste andaba como un pingüino del ártico ladeando la cabeza y ambas piernas. Mientras caminaban hacia el Espolón conversaban sobre la regenta.
—Mire usted, Fermín. Estoy cansado del confesionario. Se quedará usted con la regenta como confesor.
—¿Yo? —dijo el magistral mientras esbozada una sonrisa.
—Sí. Usted. Ya sabe cómo es Ana Ozores. Tiene accesos de misticismo y su marido… es como es.
—¿Qué quiere decir?
—Ya sabe. Ya sabe.
—Lo que se murmura… ¿es cierto?
—Vera usted, es mejor que la regenta hable con un sacerdote joven.
—¿Por qué?
—Usted la comprenderá mejor que yo.
CAPÍTULO 3
Un matrimonio desigual
Caserón de los ozores
e l viejo exregente, Víctor Quintanar, un sesentón jubilado, nunca hizo caso de la leyenda oscura que acompañaba al clérigo Fermín de Pas. Consideraba que eran habladurías de la gente sobre la inclinación del magistral hacia las mujeres jóvenes, los turbios negocios de su madre, Paula Raíces, y la sospechosa protección que recibía del provisor del obispo y del arcipreste.
Su mujer, Ana Ozores, no llegaba a los treinta años y el hastío envolvía su vida de casada con Quintanar. No paraba de pensar en Álvaro Mesía, líder del partido liberal dinástico y presidente del Casino. Era el único
hombre interesante de Vetusta. Un ruido provocó que se difuminara la imagen de Mesía y apareciera la triste realidad: el bigote blanco de su marido, un sesentón poco agraciado, muy cerca de ella.
—¿Cómo te encuentras, Anita? —preguntó el caduco regente jubilado.
—Un poco cansada.
—Debes dormir. Es muy temprano. Dentro de tres horas ladrará Tomás desde la ventana para irnos de caza.
—¡Tan temprano!
—Sí, hija mía. Debemos levantarnos pronto. El camino es largo.
—¿Quieres ser padre, Quintanar?
El exregente se sobresaltó. No pensaba ser padre. ¡A su edad! No podría jugar con su hijo. Además… no podía.
—¡Claro! ¡Claro que sí, hija mía!
—Debemos intentarlo, Quintanar.
—¡Por supuesto! Esta madrugada debo descansar un poco porque Tomás es muy puntual con sus ladridos de advertencia. Otro día… lo intentamos.
—No te vayas a tu habitación. ¡Quédate aquí, conmigo!
—Debo irme a mi cuarto, Anita. Intenta dormir un poco.
Y el bigote blanco de Quintanar se alejó entre las tinieblas del pasillo. La regenta suspiró de pena y de frustración y recordó su pasado en una lejana aldea. Su madre falleció cuando ella era muy pequeña y su padre siempre estaba de viaje. Fue criada por una institutriz muy severa y cruel llamada Camila.
Jardín de los ozores
Los ladridos de Tomás Crespo alertaron a Víctor Quintanar. Siempre eran tres: de menor a mayor intensidad.
—Acabo de soñar con una comedia de Calderón de la Barca —dijo a modo de saludo Quintanar a Tomás Crespo.
—¡Déjate de comedias! Tenemos un día de caza maravilloso.
—He soñado con El médico de su honra. Si yo fuera un marido cornudo vengaría mi honra matando al hombre que se acuesta con mi mujer.
—¡No seas dramático, Víctor! Tu mujer nunca haría algo parecido.
—Lo sé. Lo sé. Y sabes que manejo bien la esgrima, el florete… y la pistola. Lo desafiaría a duelo y luego… lo mataría.
—¡Vamos! ¡Vamos! El coche de caballos nos espera.
El libro es la historia de dos mujeres insatisfechas por diferentes causas (amor y maternidad) a finales del siglo XIX en una ciudad de provincias (La Regenta) y en un medio rural a principios del siglo XX (Yerma) que acabarán en tragedia.


