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Brujería

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Brujería

Andrés Tous de Felipe


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El brujo La hoguera

Viento y marea, la brisa y tu sonrisa. El sol y las nubes, la lluvia y los montes. El dragón y la ballena, bestia y doncella. Juglar y bardo, canciones y renglones.

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Viento y marea, la brisa y tu sonrisa. El sol y las nubes, la lluvia y los montes. La puerta esconde, renglones y canciones. Las bestias salvajes, moran en los bosques. Brujos y brujas, escondidos en mazmorras. Sus hechizos y conjuros, juegos para los enanos. Caballos y leones, señores y depredadores. Marrón y amarillo, sus colores elegidos. Viento y marea, la brisa y tu sonrisa. El sol y las nubes, la lluvia y los montes.

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Persona y sombra, espejo y máscara. aria y balada, de pequeños y grandes. Azahara paró de cantar. Era de noche y los pájaros se alborotaron. Estaba buscando leña, para avivar el fuego de la hoguera. Inquieta, recogió el último tronco de madera, frunció el ceño y resopló, cansada. «¡Estoy cansada! ¡No me ha dejado ni sentarme! Es llegar y decirme: ¡ve a buscar leña!», se dijo, cuando volvía, dando grandes zancadas, ¡junto con Miqueas! Al verle, olió el aroma a hidromiel, encogió los hombros y con voz baja, le dijo: —Mica, ¿me das un poco de tu vaso de hidromiel? —dijo, mientras se sentaba sobre un tronco de madera—. Es hidromiel del Pico Kohut, ¿no? Me gusta el sabor, dulce, de miel suave. —¿Quieres fumar de mi pipa, también? —Y absorbió el humo de su pipa—. Es tabaco verde, este lo conseguí en el Bosque Negro. Su sabor es de miel; tengo tabaco verde del Bosque Negro, de los Pantanos Azules y del Reino Rocas Blancas. —Vale —dijo Azahara, con los mofletes colorados. 5


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Mica se levantó, hizo el gesto de darle la pipa, se rio, y se volvió a sentar. ¡Azahara se quedó cortada por unos instantes! Miraba a Miqueas con sus dos grandes ojos verdes bien abiertos. Después, la bruja sonrió, y un pelín resignada, y sin hacer mucho caso al brujo, con un tono complaciente continuó hablando: —Si estamos en el Norte del Bosque Rojo… Este debe de ser el río Yang, ¿no? En la ciudad donde vivía mi madre, la Ciudad del Lago Azul, teníamos un río: el río Plateado. Era pequeño, pero bonito. ¡Hace frío! Voy a ponerme la manta. —Sí, es el río Yang. Cruza el Bosque Rojo, hasta el Bosque Nevado —le dijo el brujo—. La manta la tengo en mi bolsa, en el caballo, cógela. Tápate bien, que ya no me quedan Hierbas Curativas del Pantano Verde. Ya han pasado dos meses. La bruja se acercó al caballo, metió la mano en la bolsa de Miqueas, y pudo acariciar una tela suave. Sacó la manta con cuidado y volvió con una sonrisa, ¡caminando rápidamente a la hoguera! Cuando se sentó, se colocó la manta por encima. Después, alzó la vista y vio al brujo mirándola de reojo enfrente: —Me gustaría estar en mi casa —dijo la joven bruja—, con mi madre, y mis hermanos. En el Pantano Verde, ¡fue peligroso! ¡Te quedaste medio cojo!, por 6


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ayudar a esos campesinos. —El camino de la magia es difícil, y sacrificado — le dijo el brujo—, tu madre lo sabía, y tú lo deberías saber. He conocido a muchos brujos; he conocido a grandes brujos, a brujos mediocres, a otros que no valoraban su don, y a brujos que no siguieron las tradiciones mágicas. Pero, lo más importante, es aceptar tus responsabilidades y ayudar a quien lo necesita. —Yo quiero ser una gran bruja. ¡Ya domino la espada y la varita! —le dijo Azahara. —La brujería no es solo dominar la espada y la varita —le contestó el brujo—, tienes que entender los hechizos y practicarlos. Aún te queda un largo camino por recorrer. Eres joven. —¡No me vengas con sermones! —le dijo Azahara—. El bardo, el chico del otro día, me dijo que era la bruja más joven que había conocido. —Eres joven, y eres bruja, pero no la única. Nieve, el lobo de Mica, levantó el hocico. Nieve era el doble de grande que un lobo normal y de color blanco. Miqueas lo recogió cuando era un cachorro. Lo encontró en las Montañas Nevadas, en el pico Lhout. —¿Has oído eso? —le preguntó Azahara—. Nieve también lo ha oído. Me parece que ha sido en el bosque. Llevamos varios días sin ver a ningún orco. Nieve 7


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los ahuyenta. —Ve con Nieve y mira qué era —le contestó Miqueas—, si es un grupo de orcos, vuelve y avísame. Ten cuidado, lleva la espada y tu varita. Nieve se levantó y Azahara cogió la espada y la varita.

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Muerte súbita

Azahara iba con paso firme a través del bosque siguien-

do a Nieve, que iba trotando. Caminaba con los ojos bien abiertos, podía oír de fondo el agua del río Yang golpeando las piedras. La bruja veía al lobo moviéndose de un lado para otro. Buscaron en silencio un buen rato. Después de alejarse del río Yang, cruzaron un pequeño pinar y llegaron a una inmensa pared de piedra. Al sobrepasarla, la bruja se asustó porque un fuerte viento le golpeó en la cara. Inmediatamente después se sobresaltó al oír aullar a un lobo. Nieve levantó el hocico y después se puso a olfatear un tipo de conífera: —Nieve, ¿hueles algo? —dijo Azahara. La bruja miró a un lado y a otro, pero no observó nada. 9


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Atravesaron un pequeño llano y seguidamente un riachuelo. Nieve giró a la izquierda, cruzó dos robles y vio a dos orcos —eran orcos salvajes: Monstrum griseo—. El lobo arqueó su cuerpo y aulló, sin perder de vista a Azahara. La chica giró a la derecha y vio a uno de ellos. Azahara levantó su varita y gritó el hechizo: «Subita morte: ¡Ladaisical!». Nieve aulló, cogió impulso y degolló al otro orco. Azahara giró la cabeza hacia la izquierda y vio al último orco a cinco metros: el orco se le abalanzó, Azahara lo esquivó, giró su cuerpo, y le cortó la cabeza. El cuerpo del orco cayó al suelo.

Miqueas terminó de fumar su pipa e hizo otra. Miqueas era un quasque: un brujo que iba de ciudad en ciudad, ayudando a los reyes y reinas. Él y Azahara se dirigían al Palacio Real, en la capital del Reino de las Montañas Nevadas, para asistir al banquete del rey enano Gisli. El brujo bebió de su vaso de hidromiel y esperó a Nieve y Azahara.

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Casa de los pergaminos

Azahara no pudo dormir. Estuvo mirando toda la no-

che las estrellas. ¡Pudo ver dos estrellas fugaces! El silencio del bosque lo interrumpía el cri-cri, cri-cri, típico de los grillos. Miqueas, al alba, colocó los estribos a Gris y Luna; hasta el Palacio Real era un día a galope. Azahara contempló, amodorrada, cómo Miqueas ponía los soportes a los caballos. El relincho de Luna terminó de espabilar a la joven bruja. Durante el camino vieron ¡dos osos blancos!, ¡un lobo gris!, y ¡un águila de pico amarillo! A media mañana, cruzando a pie el Bosque Nevado, la bruja —confiada—, miró a Mica y le dijo: 11


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—Le hablarás de mí al rey enano —declaró, con los mofletes colorados—, he oído que Gisli, el rey, luchó contra los orcos, en la famosa batalla en el Pantano Norteño. ¡Me gustaría aprender en la Casa de los Pergaminos! El brujo miró hacia delante y le dijo: —En la Casa de los Pergaminos, los magister —maestros, en lengua común—, son enanos, y solo hay uno o dos brujos. Los discipulus —alumnos o discípulos—, son enanos. El Castillo del Rey, La Casa de los Pergaminos y la Mina de Oro, son sus tres lugares sagrados. —Hablo yo con ellos —le dijo la bruja—. Sé hablar Nusha y Taush. Además de la lengua común. He oído que, en su biblioteca, tienen libros de la Edad de Piedra. —Los enanos son recelosos, con quién entra y sale de sus lugares sagrados —le dijo Mica—, y la Casa de los Pergaminos, es un lugar sagrado para ellos, Azhy. Mica vio a un zorro asomando el hocico entre dos arbustos. Era un zorro blanco, típico del Bosque Nevado. El zorro miró con sus dos grandes ojos marrones al brujo. El animal se dio un buen susto porque un viento fuerte movió las hojas de los árboles. El brujo sonrió. A la bruja le importaba poco lo que decía su maestro. Seguía a lo suyo. La chica, inquieta, miró con los ojos bien abiertos a Miqueas: 12


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—Tú le conoces —le dijo—, desde hace años. Estoy segura de que no te dirá que no. Solo déjame hablar con él. Además, así te librarías de mí. Me gustaría escribir historias populares, leyendas y tradiciones, de enanos, humanos y brujas. Mica no contestó. —¡Mica! —exclamó Azahara. —Hablarás con el rey enano —le dijo vacilante, Miqueas. —¡Y voy a ir al palacio del rey! —exclamó Azahara—, la última vez, en Ciudad Blanca, me dejaste en un granero toda la noche. Las enanas pueden entrar en el palacio, yo soy bruja, no hay diferencia. —En el granero estuviste con un herrero —le dijo Mica—, y era mayor que tú. Para tener un mal recuerdo siempre dices que quieres volver. Azahara se atusó el pelo, esquivó una rama de un árbol, miró a Miqueas y le dijo: —¡Qué esperabas que hiciese! —exclamó la bruja—. Me dejaste sola, sin comida, y con un poco de agua. ¡Toda la noche! Y tú, en un festín, con comida, vino y cerveza. Seguro que la reina Dahlia me hubiese permitido asistir al banquete. —Te pillé con un barril de hidromiel —le dijo el brujo—, no parecía que estuvieses sufriendo. 13


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Azahara se quedó en silencio: —Las mujeres —le dijo Miqueas—, porque tú, además de bruja, eres mujer, no tienen permitido asistir a ese tipo de fiestas. A no ser que seas de la familia real. En los palacios también son recelosos de quién entra en ellos. —Tú los conoces —le dijo la bruja—, y si no, hablo yo con ellos. Y sí, soy bruja y mujer, tendría que poder ir a esas fiestas. En la Edad de Piedra no dejaban a las mujeres ser brujas, y han cambiado. —Las brujas fueron perseguidas —le dijo Miqueas— durante años por humanos y brujos. Eran quemadas vivas. —¡Esta noche entro en el palacio! —exclamó Azahara—. Me da igual que no pueda, ¡tú hablas con ellos! No quiero estar toda la noche sola. El brujo rio.

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Los enanos El banquete A Azahara le gustaba caminar con su caballo por el

bosque, le encantaba el color blanco de sus hojas, por la nieve caída el día anterior. A pesar de que era otoño, en las Tierras del Norte hacía frío, ¡mucho frío! Las temperaturas eran bajas, nevaba, ¡y mucho! Tanto en el Bosque Nevado como en otras partes del Reino. La bruja, durante el camino, reía y cantaba, a veces junto con Miqueas, ¡y otras veces sola! Al brujo le gustaba cantar, ¡pero no tanto como a Azahara! Recitaba canciones y poemas de humanos y enanos. Le gustaba más las canciones de los enanos, ¡eran más divertidas! ¡Y más pegadizas! O por lo menos eso le parecía a ella. 15


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Cuando llegaron a la Gran Ciudad, vieron la Plaza del Mercado, ya medio vacía porque era tarde y los enanos ya estaban en sus casas. También vieron las casas de los enanos, ¡la mayoría eran de piedra! La ciudad era rica y ¡el rey era generoso! En otras ciudades había muchas casas de madera, ¡allí no! Los enanos se les quedaban mirando y hasta alguno, creyendo que eran dos humanos, les gritó algunas palabras en lengua Pira —era la lengua común hablada por los enanos hasta el final de la Edad de Piedra—, ¡para algunos enanos, los humanos y los brujos no eran bienvenidos! ¡Pero eran pocos, a los que no les gustaban los brujos! Dejaron al lobo en un granero y a los caballos en una posada. Después, Miqueas y la joven bruja, se dirigieron al palacio del Gran Rey enano Gisli, en el centro de la ciudad. En palacio, los custodes —los guardianes del palacio—, llevaron a los brujos al Comedor Real. Lo atravesaron y saludaron al Gran Rey enano: —Rey —le dijo el brujo. El rey enano bebía de un gran vaso de vino, no veía al brujo y a Azahara. Terminó de beber y miró al brujo: —¡Amigo mío! —le dijo Gisli. El rey tenía cuarenta y siete años, ¡bien cumplidos! Una buena barriga, y ¡mayor barba! Tenía dos bonitos ojos verdes y un largo pelo negro, ¡con muchas canas!—. Desde tu última v 16


Miqueas es uno de los Grandes Brujos de la historia de la Brujería. Él junto a su joven aprendiz se enfrentarán a numerosos enemigos. En esta novela de espada y Brujería los Brujos conviven junto con los Enanos, los Orcos y los Humanos. Mientras Miqueas y su aprendiz ayudan a los Reyes Enanos, entre los Reyes Humanos y Enanos se fragua una gran batalla, que será recordada a lo largo de la historia. Esta novela crea un mundo imaginario en el que podréis disfrutar y ver reflejadas algu-

649592 788418 9

ISBN 978-84-18649-59-2

nas de vuestras fantasías.


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